XXVI

 

 

 

En casa de Paquito, salvo los tres pequeños, nadie había dormido esa noche. La angustia que Carmen estaba padeciendo le había demacrado el rostro en unas horas. A Caridad no le salían ya palabras de consuelo. María y Candelaria, al amanecer, agotadas y con los ojos enrojecidos de tanto llorar, se dejaron vencer por el sueño, abrazadas la una a la otra, tendidas en la cama de Marta. Al oír voces en la taberna, Carmen y Caridad corrieron escalara abajo. Eran Antonio y Paco, que acababan de regresar del castillo.

              —¿Y Marta? ¿Se sabe algo? Decidme, decidme algo, por el amor de Dios —imploró Carmen, con el alma en vilo.

              —Seguimos buscándola, Carmen —dijo Antonio, intentando encontrar algún argumento que le sirviera de consuelo a la madre desesperada.

              —¡Mi niña...! ¿Dónde estará mi niña? —decía Carmen, ya sin fuerza en la voz, abrazada a su esposo, que era incapaz de articular palabra.

 

 

El viejo Rubén, que antes de que asomara el sol se había encaminado hacia su lugar de pesca, se preguntaba qué irían a hacer aquellos dos malandrines a esas horas de la madrugada, camino de los cenagales. Uno de ellos era el hijo de la pelandusca dueña del burdel del pueblo, un muchacho mal encarado. Al otro no lo recordaba de nada. «Mala hierba, seguro, el uno y el otro. Porque dime con quién andas...», pensaba el anciano, que los había visto sin ser visto, que para algo servía el tener los ojos acostumbrados a la oscuridad. Suficiente luz del farolillo les llegaba a los dos a la cara para reconocerles. Ahora, sentado en la roca, frente al mar, ya le calentaba el sol los viejos huesos y secaba la ropa empapada por la lluvia. La mar estaba echada en la bahía de aguas turquesas, no se notaba ni una ligera brisa luego del aguacero que cayó hasta poco antes del alba. «No tenía que haber venido hoy a pescar, no estaba Maruja muy católica. Pero ella se empeñó en que viniera», pensaba Rubén, pulsando con sumo oficio las vibraciones de la caña. «Un salmonete», musitó.

 

 

Marcelo entró en el burdel. Preguntó por Isidora a la primera mujer que se encontró en el recibidor. La madre de su amigo asomó la cara de momia. Vio que se trataba del amigo de su hijo y se alarmó. A señas lo hizo pasar a un pequeño salón; no quería que ninguna de sus muchachas pudiera oír algo inconveniente, que de algo así se trataba con toda seguridad.

              —¿Qué haces aquí? ¿Dónde está Fernando? —inquirió de malos modos.

              —Para el carro, para el carro, Isidora, y sujeta los malos modos que vengo a hacerle a tu hijo un gran favor —le espetó él, considerando a Isidora furcia y no señora, por lo que apeó el trato cortés.

              Isidora se tragó la dignidad dadas las circunstancias, porque ganas de dar un bofetón al niñato no le faltaron. Para colmo de males, aquel «vengo a hacerle a tu hijo un gran favor» no le gustó un pelo. No obstante, se andaría con mucho tiento en aquella conversación. ¿Le habría dicho Fernando que ella estaba al tanto del asunto de la hija del tabernero? Se le había escapado el «¿dónde está Fernando?». La edad le hacía perder reflejos.

              —Bueno... Habla, te escucho —le dijo, suavizando el tono.

              —Marta no estaba cuando llegamos —murmuró, como si las paredes pudieran oír.

              Isidora sintió un súbito mareo.

              —¿De qué me estás hablando, Marcelo? —por puro instinto, quiso fingir ignorancia.

              —Isidora, no me hagas perder el tiempo, demonios.

              —Bueno, es... es... un enorme contratiempo —cedió a lo inevitable—. Alguien la sacó de allí, ¿o se escapó por su cuenta? ¿Cómo ha podido suceder?

              —No pudo escaparse sin ayuda, la puerta estaba cerrada por fuera. Gritaría, alguien la encontró y la sacó de allí, cerrando la puerta otra vez —explicó él.

              —Entonces, ha podido regresar al pueblo y ya las autoridades estarán informadas...

              —Eso es lo que se teme tu hijo.

              —¡Maldito bastardo! —exclamó ella, pensando en la desgracia que su hijo le traería más temprano que tarde—. ¿Dónde está ahora?

              —Escondido por allí, esperando que le lleve noticias.

              —Ya es mediodía y nadie ha venido preguntando por él —reflexionaba Isidora.

              —Marta... —comenzaba a decir Marcelo.

              —Deja de nombrarla de una vez, maldita sea —le cortó ella, que no quería oír su nombre, como si así llevara menos pecado.

              —La muchacha no sabe que tu hijo es tu hijo. Vamos, que Fernando nunca se lo dijo. Sólo sabe que se llama Fernando y cree que se gana la vida como arriero. Así que eso tendrá distraído a la autoridad un tiempo. Jajaja, el muy marrullero... no es tonto del todo.

              —No me hace ninguna gracia.

              —Pues a mí, sí... Necesita comida y agua, para aguantar allí el tiempo que sea necesario. Que ahora que lo pienso, ¿y si se la ha llevado otro tan hijoputa como tu hijo, para disfrutarla él? Y así se acabaron los problemas... Jejeje...

              —¿Y ahora de qué te ríes?

              —Nada, que lo de hijoputa se me ha escapado, que no iba con segundas —volvió a soltar una carcajada.

              «¡Y en manos de este mastuerzo pueden estar los destinos de Fernando y el mío propio!», pensaba Isidora, a la que no le faltaban ganas de degollar al estúpido bufón con el puñal que guardaba siempre en el refajo.

              —Entonces, ¿qué? —continuó hablando él—. Si me preparas algo, no sé, queso, tocino, pan, agua y algo de dinero, psss, ¿diez reales?

              —¿Dinero? ¿Para qué quieres...?

              —¿Y mis servicios, qué? Poco son diez reales para tan arriesgado trabajo.

              Isidora asintió, palpando el bulto que el puñal hacía bajo la ropa.

 

 

La esperanza de llegar a casa y abrazar a sus padres y hermanos dio fuerzas a Marta para no dejar de avanzar entre la tupida vegetación, arrastrando los pies por el barrizal. Hasta que fue consciente de que se había perdido. Estaba agotada, dolorida y hambrienta. Llevaba treinta horas sin ingerir alimentos y apenas había bebido un trago de agua de lluvia. Sentía mareo y náuseas, y le flaqueaban fuerzas para seguir. ¿Y para seguir hacia dónde? Se dio cuenta de que no podía pensar. «Sólo puedo seguir hacia adelante. Si retrocedo sobre mis pasos me puedo encontrar con Fernando... Madre, madre...», susurraba Martita. Sin pensarlo, dejándose llevar, se acurrucó entre unos matorrales, donde el sol ya había secado la tierra.

              «Tiíto, ¿por qué tú no tienes una esposa y unos hijos como padre?», revivía Marta en su sueño una conversación reciente con su tío Antonio. «Porque a la mujer que yo amaba, siendo muy joven, casi como tú, mi niña bonita, el Señor se la llevó con Él», le respondió en el sueño, como aquel día, mirando el horizonte desde la plataforma alta del castillo. «Pobrecito, tiíto. ¿Y por eso a veces estás triste?», le preguntaba en el sueño. A lo que él, de igual modo, le contestaba: «Por eso mismo, Martita. Aunque a veces no es que esté triste, sino pensativo».

 

 

Dando vueltas en torno a la cabaña, nervioso, aguardaba Fernando el regreso de su amigo Marcelo. La cabeza le daba vueltas pensando en la posibilidad de que Marta hubiese regresado al pueblo y le hubiera delatado. Si así había sido, sus horas estaban contadas; se pudriría en la cárcel, si no terminaba ahorcado. «¿Y no será mejor que huya ahora que estoy a tiempo? ¿De qué sirve... de qué sirve...?», pensaba cuando observó en un lateral de la cabaña las huellas de unos pies pequeños. Se acercó y observó de cerca las señales en la tierra ya casi seca. «Es como si salieran los pasos de la cabaña de la misma pared», y pensando esto empujó los tablones de donde parecían surgir los pasos arrastrados y una de las tablas cedió. La empujó con fuerza y concluyó que por la estrecha abertura cabía el delgado cuerpo de Marta.

              —Por aquí escapaste, zorra... Las huellas se adentran en la selva... Y has dejado un buen rastro —decía para sí, siguiendo las huellas que en la tierra encharcada había dejado Marta y que ahora, al secarse, mostraban claramente el camino que había seguido.

 

 

Le dolían los riñones a Rubén, y ya tenía la cesta bien repleta de pescado; había sido una mañana fructífera. Así que decidió volver a casa, pensando, además, en que había dejado a Maruja un tanto pachucha. Pero antes pasaría por el pozo más cercano, uno muy cerca del castillo, a echar un trago de agua; el sol caldeaba de lo lindo ese día, lo que ocurría siempre luego de un chaparrón. Al llegar al pozo, el anciano esperó a que unas mujeres llenaran los cubos del preciado líquido. Leyó en los labios de una de ellas que una muchachita había desaparecido el día anterior y que aún no se sabía nada, y especulaba sobre su trágico fin. Marcharon las mujeres y le tocó el turno al anciano. Subió el cubo que colgaba de la soga, introdujo las manos y bebió con avidez; mucha sed llevaba. «Pobre criatura...», pensaba entre trago y trago. Dejando el cubo llegaron otras mujeres que hablaban de lo mismo.

              —¿Y quién es esa muchacha que ha desaparecido? —preguntó Rubén a las mujeres.

              —Una niña buenísima, pobrecita. ¡Cómo estarán los padres! —exclamó una de ellas.

              —Es la hija mayor de los Jiménez, los de la venta nueva. Sobrina muy querida del señor Gobernador —aclaró la mujer, suspirando.

              —¿Ha dicho sobrina del señor Gobernador? —quiso asegurarse Rubén, que miraba con gran atención los labios de la mujer.

              —Sí, la sobrina del señor Gobernador. Pobre niña, con lo linda y simpática que era.

              —No digas que era, mujer, que puede aparecer de un momento a otro... —replicaba la otra.

              —Ay por Dios, o muerta como la otra pobre muchacha —recordó una tercera que se acercaba al pozo en ese instante.

              «¿Qué estarían haciendo aquellos dos malandrines a esas horas de la madrugada, bajo el aguacero, camino de los cenagales?», se preguntó de nuevo Rubén. El anciano se dirigió todo lo deprisa que pudo hacia el castillo. A los pocos minutos solicitó al centinela audiencia urgente con el Gobernador. Un oficial habló con el viejo y de inmediato informó a Benavides, que al escuchar las explicaciones del teniente, salió al encuentro del anciano que aguardaba a la entrada de la fortaleza.

              —Rubén, querido amigo —le saludó Antonio estrechando con ambas manos la diestra del anciano—. ¿Qué has visto que te resultó sospechoso?

              Rubén explicó el extraño paseo de los dos jóvenes en la madrugada.

              —Más de una hora faltaría para la alborada, cuando vi a esos dos malandrines dirigirse hacia los pantanos. Uno de ellos no es trigo limpio, bien que lo sé. Al otro no lo conozco o no lo recuerdo. Y ya me pregunté entonces qué harían esos dos, a esa horas, bajo la lluvia que caía a cántaros...

              —¿Quién es ese joven? ¿Dónde vive? —preguntaba Benavides.

              —No sé cómo lo llaman, pero sé que es el hijo de la dueña del burdel más antiguo del pueblo y único desde hace tiempo, que yo sepa —explicó Rubén, deseando ayudar en algo.

              —¿Ese fulano? —exclamó Maeztu que se acercaba en ese instante, informado por el oficial de guardia.

              —¿Lo conoce, Maeztu? —preguntó ansioso Benavides.

              —Aquel gilipollas que tiró una colilla encendida al perro de Vuestra Excelencia, cuando aún era un cachorro. ¿Lo recuerda, Vuecencia? —asintió el Gobernador—. Me informé sobre su identidad al día siguiente —aclaró el coronel.

              —¿Aquel energúmeno? Dijo llamarse... Prieto, eso Fernando Prieto. No me falla la memoria.

              —Sé que vive con la madre en la misma mancebía y que no tiene oficio conocido —informó el coronel.

              —No obstante, Rubén, que esos dos jóvenes anduviesen de madrugada por esos parajes no implica que... —decía el Gobernador cuando intervino Rubén.

              —El mismo día en que hace año y medio desapareció una chiquilla, de la que nunca más se supo, también vi al hijo de la regenta del burdel camino del mismo lugar... Por eso, yo...

              —¿Quién conoce la casa? —le cortó Benavides, con prisas, tenso, a la vez que esperanzado.

              —Media guarnición, mi general —dijo el teniente.

              A los pocos minutos, Benavides partía a caballo, seguido de Canelo y acompañado de diez soldados de caballería al mando de un teniente. Llegando al lugar, que ya un soldado señalaba a voces al Gobernador, éste observó a un hombre joven que marchaba en sentido contrario con un petate al hombro. El sujeto y él se cruzaron la mirada por un instante. «¡El amigo de Prieto!», le vino a la memoria. ¡Bendita memoria! Tiró de las riendas del caballo y se volvió hacia el sujeto. Los demás le siguieron. En unos segundos estaban a su altura. Antonio se situó frente al hombre, que no tuvo más remedio que detener la marcha, y sin bajar de su montura Antonio le habló.

              —Tú eres amigo de Fernando Prieto —dijo Benavides a un palmo de Marcelo.

              El cómplice de Fernando asintió con un leve movimiento de cabeza, estaba petrificado. «Ya lo saben... ¿Cómo lo han sabido? ¿O no lo saben y están buscándola? Lo saben, si no ¿por qué buscan a Fernando?», pensaba deprisa, asustado.

              —Tú vienes de su casa —supuso Antonio por la dirección que traía—. ¿Se encuentra Prieto en la casa? —Marcelo callaba—. Eres tú quien esta madrugada lo acompañaba camino de los cenagales, ¿verdad? ¡Responde! —le gritó Antonio.

              «¿Cómo lo sabe, cómo lo sabe?», pensaba Marcelo, con el ánimo descompuesto.

              —¿Yo? No..., no..., no...

              Aquel hombre mentía, de esa circunstancia no tuvo duda Benavides. Con suma agilidad, descabalgó de un salto. El teniente y dos soldados le imitaron. Marcelo dio un paso atrás y dejó caer el petate. Antonio lo sujetó por la pechera.

              —¿Qué me estás ocultando, malnacido? —le espetó a la cara—. Prieto no está en la casa, ¿verdad?, pero tú sabes dónde está... Y esa cara que se te ha puesto es porque tienes algo que esconder, y no será nada bueno.

              Un grupo de vecinos ya se había congregado en torno a Benavides y su escolta. Murmuraban. Habían escuchado las palabras del Gobernador y observado la actitud del muchacho y todos conocían la desaparición de la hija del tabernero. El murmullo de la gente aumentó de volumen. Antonio intuyó que no podía perder más tiempo.

              —¿Qué sabes de la desaparición de Marta Jiménez? —exclamó de súbito, sabiendo que la reacción del sujeto sería determinante. No tenía nada que perder por intentarlo y todo por ganar.

              —¿Jiménez...? ¿Qué Jiménez? —improvisó Marcelo.

              Antonio le soltó un bofetón que sonó en medio pueblo, ante la sorpresa de todos los presentes. Aquella súbita propina le haría reaccionar.

              —No me tomes el pelo, maldito bergante.

              Y así fue, no se equivocó Antonio. A Marcelo Solares se le quebró el rostro enrojecido del tortazo y del acojono que llevaba, en un rictus delator. Los lugareños congregados se percataron de lo evidente: algo sabía aquel hombre relativo a la desaparición de la niña. Algunos profirieron insultos; otros directamente preguntaron a gritos al sospechoso por el paradero de la hija del tabernero. Lo que en plena calle, a escasa distancia del burdel de Isidora, estaba acaeciendo se corrió como un zumbido por San Agustín. Isidora observaba desde el porche del lupanar lo que estaba sucediendo. Con el rostro demacrado se introdujo en la casa. Tenía que pensar fríamente; muy fríamente si no quería quemarse con el fuego provocado por el depravado que parió.

              —¿Dónde está la niña, qué le habéis hecho? —le preguntó Benavides, casi levantándole los pies del suelo, seguro de que el fulano estaba a punto de confesar lo que sabía.

              La muchedumbre increpaba al amigo de la Isidora. Los soldados impedían que avanzaran sobre el sospechoso. Marcelo, haciendo de tripas corazón, trató de recomponerse, a pesar del pavor que sufría. Tenía que tranquilizarse. No eran más que faroles las acusaciones del Gobernador —se engañaba—. Negaría conocer de qué le estaba hablando. «Niégalo, Marcelo, di que no sabes nada de nada», se decía, tratando de infundirse algo de valor. Por un instante hasta pensó en sacar tajada por su silencio. «Mantendré la boca cerrada y le sacaré uno cuartos a Isidora», se animaba, en un momento de delirio. Sin embargo, sin saber por qué, cuando más seguro estaba de hacer lo mejor callando, lo soltó:

              —Todo ha sido cosa de Fernando, yo no sabía nada hasta... esta mañana, lo juro.

              La multitud calló de pronto. El silencio de sepulcro fue roto por la voz de Benavides.

              —¿La niña vive? —preguntó Benavides, con un nudo en la garganta y una punzada en el corazón.

              Marcelo callaba.

              —¡Habla, malnacido! —gritó Benavides, zarandeándolo como a un guiñapo.

              —Creo... que sí —farfulló Marcelo.

              —¿Dónde la tiene ese animal? —inquirió Antonio, agarrándole por el cuello.

              Marcelo confesó lo que sabía, sin mencionar a Isidora.

              Cuando Paquito y Carmen llegaron al lugar donde el señor Gobernador había detenido a un sospechoso del secuestro de Marta —según le avisaron los vecinos—, el mismo Benavides y su escolta habían partido al galope, guiados por el sospechoso, hacia el lugar donde confesó que el hijo de la regenta del burdel había llevado engañada a la muchacha desaparecida. Carmen rompió a llorar, deshecha, al escuchar las versiones que de lo allí hablado le daban las vecinas. Paquito buscaba un caballo, desesperado por partir al galope al encuentro de su hija. Un arriero se ofreció a llevarlo en el coche tirado por dos mulas, el medio más rápido que encontró. Partiendo ambos, llegaban corriendo, sudando a chorros, sujetándose los bajos del hábito, el padre Venancio y el padre Rafael. Hasta la misión también había llegado la noticia de la posible involucración del hijo de la Isidora en la desaparición de Marta. Carmen, deshecha en lágrimas, se abrazó al mayor de los franciscanos.

              —Padre, ¿qué... qué le han hecho a mi niña, qué le... le han hecho a mi niña...? —decía la madre, con tal angustia que apenas eran entendibles sus palabras.

              —Tengamos fe en Dios Nuestro Señor, Carmen.

              Entretanto, muchos señalaban hacia la casa de la Isidora. Hombres y mujeres, enardecidos e indignados, marcharon hacia el burdel, gritando acusaciones contra la puta más vieja del pueblo. El padre Rafael se interpuso alzando los brazos, pidiendo calma y apelando a la razón.

              —Dejemos que el señor Gobernador, con la ayuda de Dios, imparta justicia. No seamos tan bárbaros como ellos.

              El padre Venancio se sumó a las palabras del franciscano más joven. Los hombres y mujeres, que respetaban a los religiosos, frenaron la marcha. Antes sobre unos que sobre otros, a regañadientes, la razón del padre Rafael se impuso y los lugareños, que seguían profiriendo insultos a la Isidora, retrocedieron. Al rato se disolvió la muchedumbre. Carmen seguía llorando en los brazos del padre Venancio. Isidora maldecía una y otra vez el haber parido aquella bestia.

La cruz de plata
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