XXV

 

 

 

Marta pasó las horas acurrucada en un rincón de la cabaña, agotada de intentar mover algún tablón de las paredes, luego de haber tratado de forzar la puerta hasta la extenuación. Sentía la boca seca y necesitaba beber agua, la sed se le hacía insoportable. «Madre... madre... madre», pensaba en su desesperación. Se cerró la noche y todo se hizo negro. Sólo se oían los sonidos emitidos por los animales que hacían vida nocturna, y el agudo silbido del viento atravesar la copa de los árboles. Escuchó el graznido de un ave y un chapoteo en el agua. El graznido parecía desesperado y el chapoteo se incrementó. De súbito cesó aquella lucha por la vida que, sin duda, aquella desgraciada ave de los pantanos había mantenido con algún caimán. Aquella escena se repetía con frecuencia en los pantanales. «Estoy muy cerca de las ciénagas», pensó ella y sintió miedo. Se sorprendió de que la sed, después de tanto sufrimiento, le estuviera desesperando tanto. En su angustia trató de pensar fríamente, tenía que salir de allí. Se aterrorizó al imaginar que Fernando hubiera decidido abandonarla en aquel lugar para evitar que pudiera denunciar la violación. La ansiedad le hizo respirar agitadamente. «¿Será capaz el desalmado de dejarme morir aquí adentro?», se angustiaba más y más. «¿O regresará a violarme otra vez el muy canalla, o a violarme y a matarme para que calle para siempre?... Oh, Dios mío, ayúdame... Madre... madre...». Marta era un mar de lágrimas.

 

 

Caridad entró al comedor, entorno a cuya mesa estaban sentados el señor Gobernador y los padres de Marta.

              —Tomad este caldo, os vendrá bien —ofreció, posando sobre la mesa una bandeja con cuatro cuencos humeantes.

              Paco y Antonio sorbieron el líquido reconfortante, Carmen sólo lo miraba, como quien mira al infinito, como hacía un instante antes con los ojos clavados en la llama de la lámpara de aceite que descansaba sobre un aparador. Caridad se sentó junto a la amiga y posó su mano sobre la de ella, confortándola en lo posible. La habanera también sufría. Paco se puso en pie y se asomó a la ventana que daba a la calle. Desde la planta alta se apreciaba en la lejanía el fuego de las antorchas de las partidas de voluntarios. Paquito quiso participar en la búsqueda de su hija, pero Antonio le convenció para que aguardara junto a su esposa, acompañándola en la tensa espera, ya que un hombre más recorriendo los campos y las granjas no era necesario.

 

 

En el burdel la noche estaba muerta. Las putas hablaban en el porche, fumando o echando un trago de licor, o ambas cosas, como hacían Donata y Obdulia. Isidora asomó la cara y miró a sus chicas.

              —¡Qué asco de noche! —dijo la regente del prostíbulo cuando pasaban a caballo dos soldados con antorchas—. ¿Qué habrá pasado? —preguntó la mujer mayor, que ya apuntaba los sesenta, más alta que muchos hombres y tan delgada que se le notaban los huesos de todo el cuerpo, cada dedo esquelético parecía un garfio.

              Hacía diez años que Isidora no ejercía el oficio.

              —Ha desaparecido una niña —informó Donata.

              —Pues será de familia bien para que haya tanto movimiento —repuso Isidora, liándose un cigarrillo, después de sentarse en un sillón de mimbre de su uso exclusivo.

              —Es hija del nuevo tabernero, el que llegó de Cuba con la familia —informó de nuevo Donata.

              —La niña es sobrina del Gobernador, creo —aclaró una de las mujeres.

              —¿Conoces tú a ese chica, Fernando? —le preguntó la madre cuando éste se asomaba al exterior.

              Fernando emitió una especie de bufido.

              —¿Qué muchacha?

              —La hija del tabernero, la que ha desaparecido —dijo Isidora, dando una profunda calada al cigarrillo.

              —No —contestó sin más y volvió al interior de la casa.

              Donata y Obdulia se miraron. Isidora esperó unos minutos y entró en la casa, luego subió a la primera planta. Al final del pasillo, frente a su dormitorio, estaba el de su hijo, de cuyo padre desconocía la identidad. Aunque siempre había sospechado de un fulano de procedencia desconocida con quien pasó cada noche de toda una semana. Capricho que pagó generosamente, quizá porque ya tenía decidido quitarse la vida y, conocedor del nulo valor del vil metal en el otro mundo, quiso gastarlo dándole gusto al cuerpo hasta quedarse sin un maravedí. Fue sonado aquel suicidio en San Agustín. Hasta entonces, nadie se había quitado la vida prendiéndose fuego delante de una casa, gritando como un poseso el nombre de una mujer casada. Aún se retorcía entre las llamas cuando el marido de la nombrada le pegó un tiro en la cabeza. Dijo después que lo hizo para acabar con el terrible sufrimiento que debía estar padeciendo.

              Isidora entró en la habitación de Fernando sin llamar a la puerta, sin contemplación alguna, con la expresión tan seria como seco tenía el rostro. Él estaba sentado sobre la cama, descalzándose las botas. Miró a su madre. Supuso a qué se debía su visita.

              —¡Otra vez, Fernando! ¡Maldita sea la hora en que te parí! —le espetó, casi sin abrir los labios, con un rictus de desagrado y desprecio.

              —¿Qué? ¿Qué... quéee? —repetía, estrellando la bota que ya tenía en la mano contra la pared de enfrente.

              —¿Qué ha sido esta vez? ¿Qué te ha hecho esa niña esta vez? ¿Y tú qué le has hecho? —le decía con rabia, pero evitando gritar para no ser oída por las mujeres de la casa.

              El rostro de Isidora se torcía con cada palabra que le escupía al hijo que nunca deseó ni amó. Sin embargo, ella se sentía en la obligación de ocultar sus «desvaríos», como así llamaba a sus atroces actos criminales. No amaba a Fernando, al menos como una madre en su sano juicio ama a un hijo, pero era suyo, ella lo había parido y sólo ella tenía derecho a castigar sus desmanes o a perdonarlos.

              —Ese arañazo de la cara te lo ha hecho ella, ¿verdad? ¿Es que no te basta con gozar de cualquiera de las siete mujeres que viven en la casa? ¿Es que quieres terminar en la horca, imbécil? ¡Ahhh...! ¿Qué voy a hacer contigo, Fernando? —le espetaba entre salivajos de ira.

              —Hace meses que Donata no me deja que la toque... madre.

              —Harta acabó de tus modales y tus caprichos degenerados. ¿Qué querías...? ¡Ahhh! Traerás la desgracia a mi vida, a la tuya y a esta casa... —resopló—. ¿Has matado a esa niña o la tienes encerrada como tuviste a la última? —indagó Isidora, fríamente, pensando en cómo dirigir los pasos de su hijo en la resolución de aquel entuerto, como así consideraba ella aquel y otros abyectos actos criminales.

              —Está... en la cabaña.

              —Tendrás que hacerla desaparecer. No puede regresar al pueblo.

              —Ya lo sé.

              —Evita que sufra, al menos, que sea rápido. Y asegúrate de que se coman los caimanes el cuerpo, es la mejor manera de evitar que deje algún rastro —decía ella, ya tranquila, liándose un cigarrillo, sentada en la cama, junto al hombre que parió hacía veintidós años.

              —Tendré que ir con Marcelo —recordó de pronto.

              —¿Tendrás que ir con Marcelo?

              —Le había dicho que pasaría la tarde con... Marta.

              —¿Pero tú estás mal de la cabeza? ¿Por qué lo hiciste?

              —Porque sólo quería estar con ella, no pensé... Todo salió mal. No quería... pero salió mal. No me contuve... no me pude contener... Marcelo sabe que me vería con ella y...

              —¡Calla, desgraciado, calla! Terminará delatándote —le dijo, poniéndose en pie, nerviosa, tratando de pensar en las consecuencias de aquella indiscreción de su inútil hijo—. Te delatará tarde o temprano.

              —No, madre, porque lo haré mi cómplice y tendrá que callar si no quiere acabar ajusticiado. Será tan culpable como yo —explicó, orgulloso de su mente prodigiosa.

              —Tu cómplice...

              —Sí. Marcelo está loco de deseo por Marta. Se recomía de envidia porque yo me veía con ella.

              —Deja de nombrarla de una vez, maldita sea —bufó Isidora.

              —Le he prometido que dejaré que goce de ella y ahora estará contando los minutos que faltan para encontrarla en la cabaña. Está tan entusiasmado que ni siquiera ha pensado en que luego habrá que hacerla desaparecer —decía Fernando, como si tal cosa, tranquilo al saber que su madre estaba al tanto del asunto y sabría aconsejarle adecuadamente, como había hecho sabiamente en otras ocasiones.

              —Tendrás que salir del pueblo antes de que amanezca, y dando un rodeo, evitando que te vea nadie. Toda prudencia es poca.

              —Ya lo había pensado.

              —¿Cómo has quedado con el idiota de tu amigo?

              —En un lugar fuera del pueblo. He pensado en todo, madre —dijo, sonriendo, orgulloso de su mente privilegiada.

              —Más te vale, Fernando —gruñó ella, cual alimaña.

 

 

Marta estaba temblando, la temperatura del cuerpo le había subido hasta hacerla sudar. Seguía echada en posición fetal, en un rincón de la cabaña. En la noche cerrada la oscuridad era total. Si había luna, ni un minúsculo haz de luz blanca se colaba por alguna rendija entre los tablones. Escuchaba los sonidos nocturnos de la selvática ciénaga. Pensó en sus padres, en sus hermanos, en su familia, en el tío Antonio, en el padre Augusto, buscando algo de consuelo, aunque fuesen meras imágenes mentales. Todas aquellas personas habían hecho de la suya una vida feliz. Todas las personas que formaban parte de su vida eran buenas, hasta ese día. Su mundo lo conformaban infinidad de circunstancias, a cual más gratificante. Sólo en una ocasión de su aún corta existencia sintió miedo, verdadero temor: cuando aquel hombre trató de alcanzarlas a ella y a su hermana en la callejuela, en La Habana, camino de la escuela. Pero allí estuvo su padre, corriendo a socorrerlas. Fue una pesadilla. Una fugaz pesadilla casi olvidada. Pero lo que ahora sufría no era una pesadilla; era real, tan real como la sequedad de su boca, como la insoportable sed y el dolor que padecía. Pero lo más real y doloroso era el ultraje a su voluntad, la violación de su dignidad, la terrible humillación que había sufrido. Eso era lo que más daño le hacía. Su mundo feliz se había derrumbado en un instante, quizá para siempre.

              —¡Nooo! —gritó sin fuerzas.

              Entonces oyó las primeras gotas de lluvia golpear sobre el techo de la cabaña y sobre la tierra y sobre las hojas de los árboles. Y de súbito escuchó el aguacero caer sobre las aguas del pantano. Llovía a cántaros, con estrépito. Por las rendijas del techó comenzaron a colarse minúsculas torrenteras, que Marta escuchaba y sentía salpicar en la cara y el cuerpo. Se puso de nuevo en pie y palpando el aire encontró el chorro más cargado de agua que caía del techo. Se enjuagó la cara, a la vez que bebía con avidez. Luego arrancó una tira de las enaguas, la empapó del líquido benefactor y se limpió con desesperación sus partes más íntimas. Le dolía y escocía, pero sabía que era un dolor necesario, que aquel paño empapado arrancaba una pequeña parte de su humillación. El agua que cubrió su cuerpo le trajo fuerzas renovadas. Buscó de nuevo en las paredes algún punto vulnerable. Golpeó los tablones, uno a uno, con toda la fuerza que pudo y con toda la rabia que le sobraba. Seguía lloviendo a mares, como lo hacía en aquella parte de las Américas con frecuencia. Ya no escuchaba los sonidos de la fauna nocturna, sólo se oía el reventar del agua del cielo sobre la tierra y el resoplido que acompañaba a cada patada, a cada empujón que propinaba Marta a los tablones. Hasta que la determinación de la muchacha dio su fruto, cuando, al dar otra patada a la tabla, sintió ceder la base sobre el suelo de la cabaña, que se había convertido en un barrizal.

 

 

Una hora antes de que siquiera despuntara el sol tras el horizonte, se encontraron Fernando y Marcelo en el lugar acordado. Siguieron el sendero que llevaba a los pantanos. Llovía con fuerza. El camino estaba embarrado. Torcieron por la vereda estrecha que llevaba hasta la oculta y desconocida cabaña donde se hallaba encerrada Marta. Marcelo se quejaba de la inoportuna lluvia. Por fortuna el farol estaba bien construido y protegía la llama del agua.

              —Ya falta poco, no te quejes, que ahora bien que te lo vas a pasar, cabrito —le decía Fernando.

              —Estoy empapado; maldita sea mi estampa.

              —El agua se seca... Ya estamos... Es ahí, a veinte pasos —dijo el hijo de la puta más vieja del pueblo, señalando lo que sólo era una mancha negra en la densa vegetación.

              —Yo no veo nada. ¿Seguro que llegamos?

              —Que sí, pesao, que conozco bien el lugar, y no protestes más, carajo —vociferó el asesino violador.

              La débil luz del farolillo se reflejó sobre un bulto a los pies de un ciprés de los pantanos.

 

 

Marta empujó con más y más fuerza, con toda la energía que iba renovando a golpe de esperanza; a golpe de ganas de vivir. Hasta que la tabla cedió y la chiquilla comprobó que su delgado cuerpo cabía por la abertura. En ese instante, entre el estrépito de la lluvia, pudo oír una voz:

              —... y no protestes más, carajo.

              Era la voz de Fernando. Le gritaba a alguien, a tan solo unos pasos de la cabaña. Sintió terror. Empujó la tabla y su delgado cuerpo se coló por la abertura. Marta estaba fuera de la cabaña, había escapado por un lateral que no podía verse desde la senda. Vio débiles destellos de luz reflejarse sobre las plantas chorreantes. Fernando se acercaba con alguien. Comprendió que no podía tomar el camino directo al pueblo, porque sería descubierta, así que decidió huir por detrás de la cabaña, aunque tuviera que dar un rodeo. Llovía y llovía a cántaros, y aquel estrépito benefactor ocultaba el sonido de sus pasos. ¡Bendita lluvia!

 

 

Fernando y Marcelo se hallaban frente a la cabaña. Fernando retiró el grueso travesaño que aseguraba la puerta cerrada, la abrió y adelantó la mano que sostenía el farolillo. El amigo le seguía expectante, ansioso por gozar de la bella prisionera.

              —Marta... —dijo Fernando, echando a un lado la lámpara para no ser deslumbrado.

              —Este suelo está tan embarrado como el de fuera... Asco de techo, el agua se cuela a chorros y... —decía Marcelo cuando el otro le cortó, espantado.

              —¿Cómo carajo...? —exclamó.

              —¿Qué pasa?

              —¿No ves que no está Marta? ¡Por todos los diablos! ¿Cómo es posible? —se desesperaba.

              —Tenía que estar aquí...

              —Aquí la dejé ayer, encerrada. La puerta es robusta y el travesaño es grueso. Ya has visto que sólo se puede abrir desde fuera. ¿Cómo ha podido escapar, la muy...?

              La tabla forzada por Marta había vuelto a su lugar, y a simple vista era imposible apreciar que había sido separada lo suficiente como para que el delgado cuerpo de la niña se hubiese podido colar por allí.

              —Sólo hay una explicación —dijo Marcelo.

              —Es cosa de brujas. ¿Será Marta una bruja? —especulaba Fernando, creyendo lo que decía.

              —Es más sencillo. Alguien abrió la puerta y la dejó salir. Después cerró la puerta y se fue. Así de simple —concluyó Marcelo.

              —Claro, qué idiota soy. Ha debido ser eso. Habrá sido de noche, mientras dormíamos. ¿Pero quién iba a pasar por aquí? —se preguntaba, desesperado por el inesperado acontecer.

              —Quizá algún indio de cualquiera de los poblados que rodean San Agustín.

              Fernando se asomó al exterior y observó el cielo que empezaba a azularse, a través del espacio que las nubes dejaban. Estaba escampando.

              —Amanece. Ahora puede estar hablando con las autoridades... Estoy perdido, Marcelo —hablaba con el ánimo descompuesto.

              —Estás jodido, Fernando, bien jodido.

 

 

Marta avanzaba deprisa, pero sin correr, pisando con cuidado de no tropezar con piedras, raíces y matorrales, ansiosa por alejarse de su raptor. La lluvia y la oscuridad habían sido inmejorables aliados en la huida. Se había adentrado en la selva, ya lejos de la cabaña y del peligro. Miró hacia arriba y contempló el cielo azulado del amanecer, las nubes se dispersaban. Había dejado de llover. A la luz del día encontraría el camino de vuelta, lo haría con cuidado, atenta al mínimo sonido que pudiera avisarle de la presencia de Fernando, que podía estar buscándola. La tupida vegetación también sería su aliada. Sintió hambre y náuseas; no se encontraba bien. Tenía que resistir. Al menos, ¡era libre!

 

 

Amanecía el cielo despejado, apenas el firmamento se tornaba de negro a azul pasando por los mil degradados que cada día el alba regalaba a los ojos de los marinos. El capitán Palacios, ya en la toldilla del Virgen del Carmen, abría los pulmones con una gran bocanada de aire fresco salpicado de minúsculas gotas de agua de mar. Tosió y se desperezó estirando los brazos.

              —Buenos días, señor capitán —le saludó el timonel.

              —A la orden —le saludó el joven oficial de guardia.

              Palacios trató de divisar con el catalejo la costa cubana, que se podría apreciar a estribor en cuanto asomara algo más el sol. Por el este, el cielo y el mar se iban llenando poco a poco de luz.

              —La goleta sigue nuestra estela, capitán. Y está más cerca que ayer—informaba el primer oficial, justo cuando Palacios volvía la vista hacia popa.

              —Ese hijo de cabra nos está siguiendo, sin duda —afirmó el comandante del galeón, seguro de lo que decía.

              —Piratas... —apuntó el joven oficial.

              —Seguro... Barco ligero, rápido y ágil. A la espera de que amanezca para atacarnos. Ayer ya atardecía cuando se nos pusieron a popa. Nos han seguido toda la noche, a la espera de que salga el sol.

              —Nos ganan distancia, capitán —informó el oficial sin quitar el ojo del catalejo.

              —Un galeón con la línea de flotación al límite es una jugosa presa. Ellos son rápidos y nosotros lentos en el avance y en la maniobra.

              —Bandera negra, capitán.

              —Ya la he visto, muchacho. ¡Contramaestre! —gritó.

              —Capitán...

              —¡Zafarrancho de combate! ¡Piratas a la vista!

La cruz de plata
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