XX
El viejo Rubén se dirigía hacia su lugar de pesca de casi todos los días. Como cada vez dormía menos, más temprano se sentaba en la roca contemplando el mar enrojecerse al amanecer. Poco le quedaba para llegar, cuando vio a cinco jinetes dirigirse al norte, por la vereda que llegaba hasta San Marcos de Apalache, y cuál fue su sorpresa al descubrir entre ellos al señor Gobernador, su paisano. Sabía que algo había pasado en aquel fuerte del norte, por algunos comentarios que pudo intuir, más que oír, de una conversación mantenida por unos lugareños, cuando el día anterior se dirigía a su casa al concluir la jornada. Algo importante debió ser, cuando la máxima autoridad de La Florida emprendía la marcha hacia aquel lugar, apenas el sol, como un hierro al rojo, surgía al borde del horizonte. Le quedó pena por no saludar a su amigo, pero cuando Rubén atravesó el camino, los cinco jinetes ya se perdían en la lejanía, aún en tinieblas.
Benavides, avezado jinete, cabalgaba entre Martín y el capitán Primo de Rivera. Tras ellos, Gran Águila Pescadora y Pantera Valiente. Por orden del Gobernador, los intérpretes iban armados tan sólo con un puñal al cinto; el capitán y él mismo, con sable y pistola. Tanto al capitán como a los indios, el nuevo Gobernador inspiraba gran confianza, y ninguno sabría explicar por qué. Fundamentalmente, se trataba de pura intuición, además de las coherentes y tranquilizadoras explicaciones dadas sobre su plan a seguir en la grave empresa que abordarían ese día. Aquella circunstancia y la disciplina militar constituían las razones por las cuales Primo de Rivera ni siquiera había cuestionado el descabellado plan del Gobernador. «Descabellado... por todos los santos... Madre Santísima, protégenos», musitaba el joven militar al recordar la costumbre de arrancar el cuero cabelludo que practicaba aquella tribu. Martín, siguiendo el consejo del padre Venancio, rezaba un Padrenuestro y un Ave María cada vez que el temor le atenazaba. Al igual que Gran Águila Pescadora y Pantera Valiente, Martín consideró justamente pagado el riesgo que asumía con el puñado de monedas recibido a la partida, más el que recibirían al regreso, bajo la palabra del Gobernador. Delante de los indios, había ordenado al coronel Maeztu que, en el caso de qué él mismo no regresara, abonase a los intérpretes o a su familia, a falta de éstos, el resto de la recompensa prometida. Nada dejaba Benavides al azar, y esa cualidad ya era conocida y valorada por sus subordinados.
A la izquierda del camino, observaba Benavides el terreno pantanoso. De pronto algo chapoteó no lejos de la orilla. Miró hacia el lugar y observó lo que parecía un tronco flotar.
—Es un caimán, Excelencia —le indicó el capitán—. Los pantanos están infestados de esos bicharracos. Algunos llegan a medir hasta dieciséis pies y pesar las cuatrocientas libras y hasta algo más.
—Ya lo veo —dijo el Gobernador—. En África, a lo largo del Nilo, particularmente, también abundan. Allí los llaman cocodrilos, del latín crocodīlus. Y pueden llegar a ser más del doble que estos caimanes. Un animal prehistórico. Su cuerpo está cubierto por una coraza extraordinariamente dura y sus mandíbulas son de las más poderosas del reino animal —ilustró al capitán, según había leído.
El capitán escuchaba sorprendido y admirado del conocimiento que poseía el Gobernador; mientras que Martín, que no conocía de la existencia de aquel lugar llamado África, se estremecía al pensar que existiesen caimanes que alcanzasen más del doble del tamaño de los que abundaban en aquellos cenagales. Entre tanto, los otros dos intérpretes, varios pasos por detrás, conversaban entre ellos, en voz baja, ambos de acuerdo en unirse al enemigo si las cosas se torcían y eran hechos prisioneros. Ninguno de los dos pretendía traicionar al Gobernador español de antemano, pero no estaban dispuestos a dejarse torturar por ninguna causa, o en el mejor de los casos ser vendidos como esclavos o esclavizados por los mismos apalaches hasta el final de sus vidas.
Benavides intuía que sólo Martín era realmente de fiar. Pero era un riesgo contar sólo con un intérprete. Del capitán esperaba que siguiera a pies juntillas las órdenes establecidas la tarde anterior. De que todos se mostrasen serenos, en gran parte, dependía el éxito de su plan. A cada paso que avanzaban, Antonio repasaba la estrategia a seguir que mantenía en mente, imaginando cómo sería el recibimiento de los apalaches. Observó su entorno. A la derecha se abría la gran bahía de aguas tranquilas. La luz solar inundaba ya desde el horizonte marino hasta donde la vista perdía la inmensa ciénaga. Entre las plantas acuáticas y lo turbio de las aguas, los caimanes pasaban ciertamente desapercibidos. Eso pensaba Antonio cuando un pollo de un ave desconocida para él, de las muchas que anidaban entre las ramas de los árboles que penetraban en la ciénaga, calló del nido. Chapoteaba tratando de remontar el vuelo. Le fue inútil el esfuerzo a la infeliz ave. Unas mandíbulas serradas de dientes se abrieron y cerraron sobre él en menos de un segundo. «Inmisericorde naturaleza», se dijo Antonio. Entonces introdujo los dedos en la abertura de la casaca y del jubón. Palpó el crucifijo que siempre llevaba colgado al cuello. El tacto de aquella pequeña cruz de plata siempre le tranquilizaba. Sabía que Dios estaba con él.
Carmen estiraba los brazos, sentada en la cama junto a su esposo, que aún dormía. Por el resquicio de la ventana entraban los primeros rayos de sol de la mañana. No quiso despertarlo, había pasado una mala noche y se durmió apenas una hora antes del amanecer; ya lo despertarían las voces de sus hijos. Escuchó a Caridad andar ya por la cocina, preparando el desayuno para toda la prole, que en una hora partirían a la misión, donde los religiosos impartían las enseñanzas a gran parte de los niños del pueblo, junto con los pequeños de las familias indígenas que vivían al amparo de los franciscanos. Fue despertando uno a uno a sus hijos. Primero a Marta y a María, luego a Candelaria y a Belarmino, y por último a Juan Miguel. Cuán deprisa crecían, decía para sí cada mañana. La infantil algarabía que a diario alegraba el comienzo de la jornada despertó al pater familias, que malhumorado y con gran dolor de riñones se desperezó frente al espejo que su esposa visitaba cada mañana para arreglarse los cabellos y empolvarse los mofletes y la nariz. Luego de enjuagarse la cara con el agua de una jofaina, se vistió deprisa y se despidió de la esposa y los niños. Atravesando el umbral de la puerta de la calle, Caridad le tendió una hogaza recién horneada.
—¿Dónde vas tan deprisa, Paco? —le gritó desde lo alto de la escalera la madre de sus hijos.
—A ver si llego a tiempo a despedir a Antonio y a la tropa que hoy marcha hacia fuerte Apalache —contestó él, ya casi en la calle.
Al acercarse al castillo de San Marcos y no apreciar movimiento alguno de tropas, Paquito supuso que habían partido antes de salir el sol. Se dirigió al centinela de plantón al comienzo del puente que atravesaba el foso que rodeaba la fortaleza y le preguntó.
—Su Excelencia el Gobernador partió muy temprano, con el capitán Primo de Rivera y tres intérpretes —informó el militar, encogiéndose de hombros, ante la expresión de sorpresa del paisano.
Paquito no podía creer lo que acababa de oír. En ese instante llegaba el padre Venancio acompañado por otro religioso, el padre Augusto, el más anciano de la misión, y, casi a la vez, Antoñito, seguido de Canelo, salía del castillo atravesando el puente.
—Los rezos de primera hora del día no nos han dejado llegar a tiempo. Ya veo que han partido hacia el norte —dijo el superior de la misión.
—Antes del amanecer —confirmó el chicharrero.
—Buenos días, padre Venancio, padre Augusto, don Paco —saludó Quijano, seguido de Canelo, que meneaba el rabo al reconocer a los hombres que hacían un corro.
—Buenos días, hijo —contestaron al unísono los religiosos.
Paquito aún sopesaba la circunstancia de la que acababa de enterarse.
—El señor Gobernador ha marchado solo hacia fuerte Apalache... vamos, con un oficial y tres indios —dijo de súbito.
—¿Cómo dices, hijo? —exclamó sorprendido el padre Venancio.
—Como oye vuestra reverencia, padre —confirmó Paquito, que no comprendía los motivos de aquella decisión temeraria.
—Cinco hombres... —dijo el padre Augusto, volviendo la vista hacia el camino que llevaba al norte—. Su Excelencia pretende convencer con la palabra y así evitar el derramamiento de más sangre.
—Eso mismo le escuché decir anoche a Su Excelencia —observó Antoñito.
—Qué temeridad, por Dios...
—Confiemos en su buen juicio.
Benavides observó el humo de algunas hogueras del campamento que los indios apalaches habían levantado junto al fuerte, desde cuyos restos también se alzaba una columna de humo de los rescoldos que aún quedaban. Los cinco jinetes avanzaban al paso. El gobernador ordenó a Martín que le tradujera cada palabra que escuchara pronunciada por los indios y que tradujese las suyas alto y claro, para que fuesen oídas y bien entendidas por todos los presentes. Los jinetes habían sido descubiertos por avanzados centinelas a un cuarto de legua del fuerte destruido, que enseguida avisaron a los jefes de los diferentes poblados que habían engrosado el ejército apalache. Los vigías recibieron órdenes de dejarles avanzar. A tiro de piedra del fuerte, fueron recibidos por una multitud vociferante y amenazadora. Cuando los jefes supieron que tan sólo cinco jinetes se acercaban, debiendo ser uno de ellos, por su porte y ropajes, una alta autoridad española, sintieron gran curiosidad por conocer a semejante osado o inconsciente personaje, en todo caso un temerario. De no ser por ese hecho, hubiesen ordenado a sus guerreros acabar con los incautos de inmediato. Por el contrario, el jefe de los jefes, el patriarca del poblado que más hombres aportaba al ejército indígena, había ordenado no agredirles hasta que él mismo diera una nueva orden.
Los cinco jinetes fueron rodeados por los indios, que no paraban de increparles. El vocerío era ensordecedor. Todos alzaban sobre sus cabezas lanzas, machetes y hachas, cada cual torciendo el gesto amenazante, con la intención de infundir el mayor terror posible. Algunos se golpeaban el pecho, como posesos. Benavides examinaba el entorno, intercambiando miradas con Primo de Rivera. Del fuerte sólo quedaban troncos ennegrecidos y rescoldos. Entre las ruinas, el capitán descubrió algunos cadáveres. Benavides le hizo señas con la mirada para que aguantara el genio. El oficial suspiró. Los gestos amenazantes y el vocerío se incrementaban a medida que los jinetes se adentraban en el improvisado poblado indígena.
—Somos amigos —gritaban los tres intérpretes, una y otra vez, siguiendo las instrucciones del Gobernador.
—¿Qué gritan, Martín? —le preguntó Benavides, alzando la voz.
—Nos insultan, Excelencia. Algunas de las ofensas no tienen ni traducción. Lo más obsceno y ofensivo que Vuestra Excelencia pueda imaginar y más.
Benavides asintió, pensando que aquel muchacho indígena hablaba un español más correcto que el de muchos compatriotas que conocía, y siguió observando los restos de la desgracia. De las casas del pueblo y de la misión no quedaban más que maderos carbonizados. ¿Dónde están los prisioneros?, se preguntaba Benavides una y otra vez, desesperado por conocer la situación de los supervivientes. Una veintena de grandes tiendas cónicas se había levantado entre lo que quedaba de la misión y el fuerte. Tras la enorme pared que formaban las tiendas se apreciaba una arboleda. Allí supuso Benavides que se encontrarían los prisioneros. Pero, ¿en qué condiciones? Entonces, casi al mismo tiempo, Benavides y Primo de Rivera se percataron de las cabelleras arrancadas que colgaban de la cintura de algunos indios. Las voces comenzaron a acallarse. Algunos guerreros aborígenes sujetaron las bridas de los caballos y la multitud abrió paso a los que, sin duda —imaginó el Gobernador—, eran el jefe y su consejo. Eran seis hombres de edad avanzada. Enjutos, secos, ágiles, nervudos. Adornaban los largos cabellos con plumas que sujetaban al pañuelo que rodeaba la cabeza a la altura de la frente. Se adornaban de collares de huesos, piedras pulidas y pequeñas tallas de madera; de los lóbulos de las orejas, a algunos les colgaban adornos y pequeñas plumas. Sobre la piel oscura de la cara, el torso desnudo y los brazos, se apreciaban extrañas pinturas multicolores. «Pinturas de guerra», pensó Benavides. El jefe se adelantó. El Gobernador descabalgó, luego los demás. Los guerreros señalaban los sables y pistolas que portaban los dos españoles. Alguno hizo ademán de arrebatárselas al capitán, que las aferró decidido, pero un bramido del gran jefe lo paró en seco. Se hizo el silencio. Apenas se oían algunos murmullos. Entonces, Benavides escuchó llegar desde detrás de las tiendas, desde la arboleda, voces en español.
—Somos amigos y venimos con la intención de hablar —tradujo Martín las palabras del Gobernador, que fueron cortadas por las del gran jefe.
El gran jefe apalache miraba a los ojos del jefe español, que a su vez miraba fijamente a los suyos. El gran jefe se extrañaba de no sentir aversión y odio por el recién llegado, que realmente era lo que deseaba y consideraba su deber; a la vez le sorprendía aquella mirada serena. Le admiraba e irritaba a la vez no encontrar en él algún síntoma de temor o nerviosismo, como sí mostraban los ojos del español más joven y los tres nativos que les acompañaban. Entonces dijo algo en voz muy alta; quería que todos le escucharan bien.
—Se ha presentado, Excelencia —traducía Martín—. Dice ser el jefe de los guerreros que han alcanzado la gran victoria sobre los españoles en la gran batalla de ayer. Dice llamarse Ocgeechicola, cacique de la aldea más grande de las que suman el gran pueblo Apalache, que ahora ha reconquistado esta tierra usurpada por los soberbios españoles —estas últimas palabras alentaron el ardor guerrero de los presentes, que elevaron al cielo gritos y aullidos más animales que humanos.
Ocgeechicola alzó los brazos mandando a callar, tenía gran curiosidad por conocer lo que aquel jefe español, que se había presentado sin ejército alguno, iba a decir. Las voces se fueron desvaneciendo y Benavides pronunció unas palabras, en voz alta y firme, que Martín iba traduciendo, también en voz muy alta, literalmente, siguiendo las precisas instrucciones previamente dadas por el Gobernador, que había insistido en que no se permitiese ninguna licencia de su cosecha.
—Soy don Antonio Benavides González, Capitán General y Gobernador de La Florida, representante de Su Majestad Felipe V, rey de España y todo su Imperio —Martín traducía, y Benavides bajó la voz para que sus palabras no confundieran las del intérprete—. Y, como ves, jefe Ocgeechicola, me presento ante ti y tus guerreros sin mi ejército, en son de paz, con la intención de hablar y de conocer por qué el gran pueblo Apalache, al que España considera amigo, nos ataca, matando españoles y destruyendo propiedades.
Ocgeechicola se sorprendía de lo que oía. Aquel hombre era el gran jefe de los españoles en el vasto territorio que ellos llamaban la Florida. Y en aquellas condiciones de inferioridad absoluta se presentaba ante él y sus guerreros para pedirle explicaciones del motivo de su ataque. No pudo evitar reír. Muchos rieron con él. Benavides se mantuvo serio y sereno. ¿Aquel español estaría cuerdo?, se preguntó de pronto Ocgeechicola. Primo de Rivera giró la cabeza para ver mejor la expresión del Gobernador. Le pareció impávido, a pesar de la sonrisa que mostraba en todo momento. Sintió una gran admiración por él. Pensó que si las cosas se torcían, vendería muy cara su vida. Imaginó disparar su pistola sobre el cacique que ahora reía, y a sablazos matar a cuantos pudiera hasta ser abatido. Vivo no pensaba dejarse coger, y deseó que el Gobernador hiciese lo mismo. Bajo la casaca sintió estar empapado en sudor. No quería sentir miedo. Volvió a mirar al Gobernador. «Tranquilo, capitán», le dijo éste. Se sintió mejor. No tenía miedo. Todo iría bien, aquel canario parecía saber qué hacía. «A la orden de vuecencia, mi general, con dos cojones, si vuecencia me lo permite, por nuestro Rey, por Dios y por España», dijo el joven oficial sin pensarlo. Benavides rió ante las palabras del capitán, que sin duda trataba de infundirse valor. Aquella circunstancia no pasó desapercibida para el jefe apalache. Habló y Martín tradujo de inmediato sus palabras.
—Dice que por qué se ríe Vuestra Excelencia y qué ha dicho el capitán...
Martín recordó la orden dada de traducir literalmente y añadió:
—Exactamente ha preguntado «¿qué ha dicho el español que suda como una parturienta que ha causado tu risa? La risa de Vuestra Excelencia», aclaró.
—Repita sus palabras, capitán, y tradúcelas exactamente, Martín —ordenó Benavides.
Así lo hizo Martín. Ocgeechicola se quejó de no entender bien el sentido de todas ellas. Benavides retomó la palabra, ante la expectación del cacique y de todos los presentes. Martín volvía a traducir alto y claro.
—El capitán Primo de Rivera es un soldado español, un guerrero tan valiente y ardoroso como lo son los guerreros apalaches —se oyeron voces de protesta que Ocgeechicola acallaba de nuevo gesticulando con los brazos—. Y en este momento de la verdad, cuando dos soldados españoles nos presentamos ante vuestro aguerrido ejército, a merced de vuestra voluntad, me ha ofrecido un acto de valor, confirmando su lealtad inquebrantable a este otro soldado que os habla, a nuestro Rey, a Dios Nuestro Señor y a España, nuestra patria. Y yo añado, gran jefe Ocgeechicola, que tanto suda el capitán Primo de Rivera como yo mismo, porque bajo esta casaca más sufrimos este calor agobiante, que tus guerreros y tú aplacáis, sabiamente, cubriendo vuestros cuerpos tan sólo con unos taparrabos.
Los calificativos lisonjeros, que Benavides colocaba justamente en su sitio, agradaban a Ocgeechicola y los demás caciques. No obstante, el jefe apalache volvió a la carga. Defendió el derecho de su pueblo a explotar aquellas tierras y su bahía, de la que habían vivido todas las generaciones pasadas y calificó a los españoles de usurpadores. Benavides alzó la mano derecha y le cortó. Ocgeechicola asintió, quería escuchar al español.
—Tienes gran razón, jefe Ocgeechicola, tienes gran razón —repitió a propósito; Martín traducía—. Tu pueblo tiene todo el derecho a vivir del fruto de estas tierras y de la pesca que ofrece esta bahía, y los españoles nunca nos hemos negado a ello. Por el contrario, os hemos ofrecido nuestra amistad y nuestra protección. Y ambas cosas vuelvo a ofreceros a ti a tu pueblo, en nombre mi rey.
Ocgeechicola intervino. Martín traducía.
—Yo soy el jefe de mi pueblo, y no tengo a nadie sobre mí. Tendrá que ser tu rey quien hable conmigo...
—Soy la máxima autoridad... española —quiso matizar para evitar susceptibilidades, en esas circunstancias— en toda la Florida. Y no tengo más que mirarte a los ojos y escuchar atentamente tus palabras, para saber que eres un gran cacique y un hombre inteligente, jefe Ocgeechicola —el cacique volvió a centrar su atención en las palabras del español; le agradaba sobremanera aquellos reconocimientos vertidos delante de su pueblo y de los demás caciques—. Y a tu inteligencia y equidad apelo para que me permitas transmitirte algunas cosas de grandísima importancia, sentados frente a frente, sin las tensiones que este escenario propician.
Los guerreros indios guardaban silencio. Ocgeechicola consultó con los otros caciques. Asentían, mirándose entre ellos y alternativamente al Gobernador español. Al fin, Ocgeechicola accedió a la petición del Gobernador español. Los caciques y el gran jefe, seguidos de los españoles y los intérpretes, se dirigieron hacia una de las tiendas. Benavides se sorprendió de lo grande que eran, no lo parecían de lejos. Observó que había mujeres ocupadas en diversas labores. Atendiendo al gesto de uno de los caciques, los dos militares dejaron las armas a la entrada de aquella vivienda de piel de animales; los intérpretes dejaron sus cuchillos. El mismo cacique ordenó que nadie tocara las armas. Haciendo un corro se sentaron en el centro de la tienda. Ocgeechicola tomó la palabra. Repitió el mismo discurso ofrecido desde el principio del encuentro. Benavides escuchó pacientemente, con mucha atención, asintiendo a propósito, para que aquellos indígenas, elementales y complejos a la vez, percibieran su consideración y respeto a todas sus reivindicaciones y quejas. Otros caciques hablaron, no querían dejar de ser partícipes de aquella reunión cuya suma importancia había sabido transmitir el gobernador español. De pronto se hizo el silencio. Parecía que los caciques habían expresado todo lo que guardaban dentro. Martín tradujo las últimas palabras de Ocgeechicola: «Y éste será un nuevo poblado apalache, en estas tierras en las que nunca se debió construir el fuerte que ayer nuestros guerreros destruyeron para siempre. Y memoriza bien lo que acabo de decirte, gobernador Benavides, porque de mis palabras tendrás que informar a tu rey. Y para que así lo hagas y en reconocimiento a tu valor y al de tus fieles servidores, vuestras vidas serán perdonadas, pues vuestro destino era morir en la hoguera, como lo hacen los espías de nuestros enemigos».