VI
Habían pasado tres meses desde que Antonio visitara el almacén de la Plaza de Armas donde encontró la mayor colección de libros que nunca había contemplado hasta entonces. Ese día había amanecido gris y fresco. Inmensos y plomizos nubarrones cubrían el cielo anunciando lluvia. Nunca hacía realmente frío en La Habana, las temperaturas según las estaciones eran similares a las que se daban en Canarias, pero cuando llovía podía hacerlo a cántaros. Hacía unos días que un chiquillo le había llevado una nota del viejo tendero de la plaza de Armas:
Estimado y reconocido amigo Benavides, después de una ardua búsqueda, ya obran en mi poder y a vuestra disposición los libros que vuestra merced me encargó.
Afectuosamente
Serafín Valladares del Real
La Habana, a 15 de enero de 1700
Entusiasmado, Antonio emprendió en solitario el camino hacia el almacén de la plaza de Armas. Ese día ni Paquito ni Mariano libraban. Antonio había pensado en pasarse primero por el almacén, y luego, con toda la tarde por delante para ojear los libros, comer algo en la taberna de La Española, y de paso entregarle a Carmen la nota que Paquito le había dictado el día anterior. A las pocas semanas del día en que se conocieron, la hija del tabernero y el antiguo pescador chicharrero se habían comprometido. Desde entonces, Paquito parecía estar todo el día levitando.
Antonio se abotonó la casaca hasta el gaznate, corría una brisa fresca. Mientras bordeaba el tramo de muelle que separaba el castillo del Morro del centro de la ciudad, observaba con curiosidad las muchas naves fondeadas en la bahía y las amarradas en los muelles. El ajetreo era inmenso en el puerto. Carros tirados por mulas o caballos esperaban junto a los barcos o en las cercanías de los desembarcaderos a ser descargados o cargados de multitud de mercancías. Los capataces apremiaban a los esclavos negros en las tareas de carga y descarga. Los viajeros recién llegados caminaban desorientados, buscando coches de caballo que le llevasen a su destino o tratando de encontrar a familiares o amigos que quizá les hubieran ido a recibir al muelle.
Comenzaron a caer gotas y Antonio apretó el paso, sabedor de que aquello podía ser el preludio de un aguacero. A unos pasos del viejo almacén, en la Plaza de Armas, tronó el cielo y reventó a llover. Por poco, de buena se había librado.
—Buenos días, señor Valladares —saludó Antonio al tendero.
—Joven amigo, buenos días, por decir algo.
—¿No tiene un buen día? La lluvia, claro...
—Ya ves... ¿quién se aventura por estas calles con un día como este? Mis clientes son gente adinerada, a la que no le gusta mojarse innecesariamente, y no es mi establecimiento lugar al que mandas un criado. A mis clientes les gusta escudriñar entre las estanterías... Por cierto, mira qué sombreros de señora me llegaron a la vez que tus libros. ¿No tienes una dama a quien hacerle un bonito regalo? —Valladares señaló el escaparate, donde lucían algunos sombreros de mujer a la última moda, que según el tendero eran el último grito en París.
—Quizá un amigo; ya se lo diré. Yo vengo a por lo que vengo —dijo ansioso el joven tinerfeño.
—Me parece muy bien... Y no sabes cuánto me ha costado conseguir tus encargos —decía el viejo, consciente de que así más justificaría el precio que pretendía por aquellos libros.
De debajo del mostrador, el señor Valladares fue cogiendo los libros y colocándolos sobre el mueble. Antonio fue leyendo los títulos que rezaban en las portadas: La Dorotea y Fuenteovejuna, ambos de Félix Lope de Vega y Carpio; Vida de Marco Bruto, de Francisco de Quevedo y Villegas; Soledades, de Fernando de Góngora; El alcalde de Zalamea, de Pedro Calderón de la Barca. Luego comprobó que el interior estaba completo y en buen estado.
—¿Y de Cervantes no consiguió nada, señor Valladares?
—Ah, ya me olvidaba... Es que estuve yo echándoles un vistazo. Aquí las tienes.
Antonio leyó en voz alta:
—Rinconete y Cortadillo, La ilustre fregona, El licenciado Vidriera... Señor Valladares, no puedo más que felicitarle. No sabe qué feliz me hace, pero que no sirva mi sinceridad para que aumente el precio que por estas joyas tuviera vuestra merced estipulado. Mire que soy un buen cliente y mejor puedo llegar a ser.
—Pues precisamente, soldado, porque eres un buen cliente y te aprecio —decía lisonjero el tendero, buscando algo en una estantería tras de sí—, aquí llevo días guardándote esta otra joya.
El viejo entregó en las manos otro libro a Benavides, quien lo examinó entusiasmado. Luego leyó en voz alta el texto de la portada:
— El burlador de Sevilla y convidado de piedra, de Tirso de Molina.
—Es una edición de 1630 —indicó el viejo, socarrón.
—Pues hágame la cuenta, señor Valladares, también me llevo éste.
Se oyó un trueno lejano; luego otro mucho más cerca. Antonio y el señor Valladares miraron al exterior. La lluvia arreciaba. La Plaza de Armas se había convertido en una laguna, en un instante.
—Con este aguacero no puedo salir a la calle con los libros en la mano —se lamentó Antonio.
—Por eso no te preocupes, soldado, que por cuatro perras de nada te los llevas envueltos en este papel encerado a prueba de cualquier chaparrón —le ofreció el viejo tendero, mostrándole un pliego de un grueso papel impermeabilizado con una capa de cera.
Luego de envolver los libros y atarlos con una fina pero resistente soga, el tendero se los tendió a Antonio a la vez que le cantaba el precio de la compra. Benavides, sin regatear, le entregó los reales solicitados, que el señor Valladares guardó en una caja de madera bajo el mostrador.
—Da gusto hacer negocio contigo, soldado —reconoció el tendero—. Y antes de que te vayas... Tengo curiosidad por saber por qué precisamente me has encargado estos libros y no otros.
—Oh, señor Valladares... Estas obras de estos genios de nuestra literatura y de la literatura universal, además de entretenerme muchísimo, me enseñan... tantas cosas. Me enseñan historia, filosofía, geografía... me hacen reflexionar sobre planteamientos vitales, a través de sus personajes y del narrador. Adquiero vocabulario, aprendo a expresarme mejor. A través de sus historias en prosa y en verso, descubro una parte de nuestro mundo cada día. Estos libros son un tesoro, señor Valladares, y su lectura me lleva al encuentro de otros títulos y de otros autores. Todo se andará. Dispongo de tiempo y de reales, porque el tiempo libre que me deja mi oficio no lo malgasto en frivolidades, que además vaciarían mi bolsa, impunemente.
—Qué pena no tener una docenita de clientes con esas... inquietudes... En fin, hasta la próxima, amigo Benavides.
Antonio, protegido de la lluvia, recorrió el perímetro de la plaza bajo los soportales, hasta llegar a la taberna de La Española. Llevaba hambre. Carmen lo vio enseguida que entró. En el local, dada la oscuridad del día, se habían encendido todas las lamparillas de aceite que descansaban sobre las mesas y las velas de dos enormes lámparas que colgaban del techo. No había mucha clientela ese día. El viento que se había levantado empujaba las gotas de lluvia hasta el interior del local.
—Antonio, ¿cómo tú por aquí? Qué alegría verte —le saludó ella, acercándosele sonriente, y cerrando la puerta en cuanto él atravesó el umbral.
No había vuelto Antonio a pasar por La Española desde la primera vez, y en aquella ocasión no se presentó a la muchacha, así que supuso que Paquito le había hablado de él y la bella jovencita se había aprendido su nombre.
Antonio le devolvió el saludo afectuosamente. Le caía bien la muchacha.
—Te traigo una carta de Paco —le dijo, sacando la misiva de uno de los bolsillos de la casaca.
—¡Ayyy, mi Paquito! —exclamó emocionada, sujetando la carta con ambas manos contra el pecho.
—Le diré que te has alegrado mucho al recibirla.
—Ayyy, sí... Mi Paquito...
Aquella chiquilla estaba realmente enamorada de Paco. Antonio comprendió que aquel estado de continuo atontamiento en el que vivía su amigo, desde que Carmen y él se habían hecho novios, era equiparable al que ella mostraba. Le enterneció comprobar que ella correspondía de igual forma al amor del chicharrero.
Antonio decidió comer algo y esperar a que escampara lo más mínimo, para salir a paso ligero hacia el Morro. Debía aprovechar la primera oportunidad, porque el aguacero podía prolongarse todo el día. No le importaba en absoluto acabar empapado, pero no las tenía todas consigo en cuanto a la total impermeabilidad del paquete que le había hecho el señor Valladares. Así que en cuanto vio a través de los vidrios de la taberna que la lluvia aflojaba, pidió la cuenta a don Belarmino, que así se llamaba el padre de Carmen, se despidió de la muchacha, y se dispuso a salir corriendo hacia el castillo. Cuando ya pisaba las baldosas del soportal, escuchó tras de sí la vocecilla cantarina de Carmen.
—Antonio, ¿tú serías tan amable de darle a mi Paco esta nota? —le dijo, tendiéndole un papel doblado cuatro veces.
—Faltaría más, guapísima. Paco se alegrará muchísimo.
A poco de dejar atrás la Plaza de Armas, arreció la lluvia. Antonio apretó contra el pecho el paquete de libros, como si así evitase en algo que se mojaran. Confió en el grueso papel encerado. No tenía otro remedio. Apenas había gente en la calle. Personas que atravesaban el adoquinado corriendo de un lado a otro, buscando el refugio momentáneo de alguna repisa para seguir su camino a continuación. Realmente, aquellas paradas al amparo de alguna cubierta sólo servían para coger resuello. A los pocos pasos que se dieran bajo aquella lluvia torrencial, se acababa empapado de arriba a abajo. Comprendió que correr no servía de nada; por el contrario, podía tropezar y aterrizar sobre el piso anegado. Así que siguió avanzando dando grandes zancadas, pero cuidándose mucho de por dónde pisaba. El agua que caía a mares provocaba un estruendo ensordecedor. De vez en cuando el fogonazo de un relámpago iluminaba el cielo gris, y, a los pocos segundos, el trueno consiguiente se escuchaba en toda La Habana. El soldado avanzaba calado hasta los huesos, con el agua por los tobillos, cuando oyó a duras penas un grito que le llegó desde un portal a su izquierda. Miró hacia allí, y a través de la espesa cortina de agua pudo distinguir a unos hombres que le señalaban con aspavientos a su espalda. En un instante sucedió todo: miró tras de sí, un segundo antes de que un sujeto se le echara encima empuñando una daga de enormes dimensiones que dirigía hacia él. El criminal, que sin duda pretendía apuñalarlo por la espalda, se encontró de bruces, inesperadamente, con el rostro descompuesto del militar. Con todas sus fuerzas, descargó la puñalada contra el pecho de Antonio. En ese momento vio a los tres hombres que gritando corrían hacia él. El asesino voló como alma que lleva el diablo en dirección contraria, desapareciendo por una de las callejuelas. Dos de los muchachos que habían salido del zaguán, donde se resguardaban del chaparrón, corrieron en vano tras él. El tercero atendió al soldado que yacía en el suelo encharcado. Antonio abrió los ojos, aturdido. La lluvia le caía en la cara, lo veía todo turbio. Al erguirse, consiguió distinguir el rostro del hombre que le sostenía la cabeza por la nuca. Lo reconoció, se trataba de uno de los jóvenes criollos con los que mantuvo una fuerte discusión en la Plaza de Armas hacía unos meses.
—De buena te has librado, amigo —le dijo el joven—. ¿Te encuentras bien?
Benavides seguía apretando con ambas manos contra su pecho el paquete de libros que había atravesado la hoja de metal de lado a lado. Sólo separaba la punta de acero del corazón la fina tapa de El burlador de Sevilla, como comprobaría más tarde.
Refugiados de la tromba de agua en el zaguán, Antonio se recuperaba de la impresión que le había causado el intento de asesinato que acababa de sufrir. Los tres jóvenes no salían de su asombro.
—Te ha salvado el paquete —decía uno.
—Mirad hasta dónde ha penetrado la hoja —observó otro.
—Esta puñalada te hubiese matado —concluía el tercero.
Antonio sostenía con ambas manos, aun aturdido, el paquete de libros atravesado por el puñal, abandonado por su agresor. Lo miraba imaginando cómo hubiese entrado en su cuerpo la hoja de acero quitándole la vida, sin remisión. La estocada fue tan violenta que lo tiró de espaldas contra el suelo. Suspiró varias veces. Luego alzó la cara y miró con gratitud a los tres jóvenes que le habían salvado la vida, porque de no haber escuchado sus gritos de advertencia, no se hubiese dado la vuelta al percibir de soslayo el ataque de aquel malnacido, y, en consecuencia, hubiese recibido la puñalada en plena espalda. Además, de no haber intervenido aquellos muchachos, haciendo huir al criminal, éste podía haber tratado de rematar la faena. Se preguntó si el asesino se habría percatado del infructuoso apuñalamiento.
—Estoy en deuda con vosotros —dijo al fin, mirando a cada uno de los hombres que tenía frente a sí.
—En absoluto —le contestó el que parecía líder del grupo, precisamente aquel a quien zarandeó meses atrás, en los soportales de la Plaza de Armas, agarrándolo por la pechera de la chaqueta de terciopelo verde, la misma que vestía ese día—. Lo que lamento es no haber alcanzado y detenido a ese demonio.
—Iba directo a por ti, como si te hubiese estado siguiendo... —supuso uno de ellos.
—No lo sé. Hasta que no escuché, de milagro, vuestros gritos de advertencia y miré hacia atrás, no me había percatado de que me seguían. Lo cierto es que con el sonido de la lluvia era imposible escuchar tras de mí los pasos de nadie.
—¿Pudiste verle la cara? ¿Lo identificarías si volvieras a verlo? —inquirió el de la chaqueta de terciopelo verde.
—Es posible... quizá... No lo sé con certeza. Se me echó encima de pronto. Además con la lluvia resbalándome por los ojos, poco podía ver —explicaba Antonio, tratando de reproducir en su mente la cara del criminal—. Ahora sólo quiero dar gracias a Dios por haberos situado en este portal, en ese preciso instante, y que me avisarais del ataque, y que además estos libros recién adquiridos se interpusieran entre mi corazón y el puñal.
—Ciertamente, un cúmulo de afortunadas coincidencias —afirmó uno de los muchachos.
Antonio se preguntaba si aquellos jóvenes lo habían reconocido de aquel incidente en el que salió en defensa del mendigo.
—¿No me reconocéis? —indagó de súbito, sin pensarlo.
—Por supuesto que te hemos reconocido —dijo el muchacho de la chaqueta verde—. A punto estuvimos de tener un fuerte altercado contigo y con tus amigos. Tú creíste que maltratábamos a un desvalido anciano y saliste en su defensa. Pero te aseguro que nosotros somos gente de bien, aunque pudiéramos haberte dado otra impresión. Aquel sujeto ni es un anciano ni un impedido. En ocasiones merodea por la Plaza de Armas, en busca de gente adinerada a la que sacarle los cuartos, y cuando no se le atiende como le gusta al señor, te dedica los más soeces adjetivos. Aquella tarde había ofendido a nuestras amigas, que paseaban por la plaza. Y te sorprenderá lo que voy a decirte, pero el hombre que te atacó viste con harapos como ese pordiosero. Pero la densa cortina de agua apenas nos ha dejado ver su silueta y el brillo del puñal al acercarse por detrás.
—¿Aquel mendigo?... —Por un instante quedó meditabundo—. Lo cierto es que otros, en vuestro lugar, hubiesen dejado que me apuñalaran por la espalda, como fría venganza. Me alegro de que no hayáis resultado ser de semejante calaña, sino hombres de honor —reconoció Antonio, palmeando afectuosamente el hombro de uno de los muchachos.
—Eres un soldado español, y nosotros somos tus compatriotas; muy canallas tendríamos que haber sido para no intervenir en este lance, por mucho que aquel día nos embroncáramos, cuando además fue fruto de un mal entendido, realmente —concluyó el que llevaba la voz cantante.
—¡Vive Dios, que os debo la vida, compatriotas! —exclamó el canario.
Estrechó Antonio la mano de cada uno de los muchachos y se despidió de ellos, agradeciéndoles una vez más su providencial intervención. Luego siguió camino del Morro, bajo la intensa lluvia, con los libros apretados contra el pecho y el puñal en un bolsillo de la casaca. Aceleró el paso, mirando para todos lados, inquieto, con el temor de que de cualquier portal o callejón surgiera alguien empuñando un cuchillo. La cabeza le daba vueltas. Pensaba en la buena fortuna que había tenido; ahora podía estar tirado en el suelo, muerto, o agonizando sobre un charco de agua y de su propia sangre. La cabeza le seguía dando vueltas a cada paso que daba; no podía controlar los pensamientos que se solapaban entre sí. «Maldito asesino malnacido, mis libros destrozados... Pero me han salvado la vida... Todo hubiese acabado, en un suspiro... Josefina, ahora podíamos estar juntos, pero Dios no lo ha querido así... ¿Habrá sido tan sólo el intento de robo frustrado por los gritos de los muchachos? El ladrón pudo apuñalarme por puro instinto criminal, al verse descubierto... ¿O alguien le pagó para que me asesinara? Pero... ¿quién? Y... ¿por qué? ¡Romeral! ¿Romeral? ¿Por las cartas? No puedo creerlo; no puede ser... Josefina, amor mío, cuanto te echo de menos...».
Seguía diluviando cuando, al atardecer, Antonio entraba por la puerta de acceso de la tropa del castillo del Morro. Una vez dentro, pidió audiencia para ver al capitán Montañés, que se encontraba ese día de guardia en las dependencias del casillo. El capitán lo recibió enseguida y Antonio le relató con detalle el suceso. Montañés inspeccionó sorprendido el paquete de libros atravesados y el arma de un palmo de acero.
—¡Santo Dios, Benavides! Está claro que allí arriba no te quieren todavía—exclamó, mirando al techo—. Dado que el incidente se ha producido fuera de instalaciones militares, informaré al coronel y daremos parte al Alguacil Mayor de la ciudad. Tenemos que dar con ese hijo de puta. ¡Y tanto que daremos con él!... ¿Crees que pudo ser un intento de robo?
—No lo sé, mi capitán; todo fue muy deprisa. Ya le he dicho que se me echó encima, justo al darme la media vuelta.
El capitán observaba el arma blanca. La empuñadura era de metal forrado de tiras de cuero y la hoja de un magnífico acero, muy afilada, dos tercios de la longitud total.
—¿Qué será esto, Benavides? —señaló una sustancia oscura alojada entre los pliegues de las tira de cuero que envolvían la empuñadura.
Antonio pasó un dedo por el cuero y luego estudió de carca aquel resto de mugre negra, por último la olió cerrando los ojos.
—Sin duda es polvo de carbón que se ha hecho una pasta al haberse mojado con la lluvia —afirmó Antonio, con seguridad.
—Eso puede ser una pista. El arma será muy útil para la investigación, si es que las autoridades civiles le dedican tiempo y medios, que lo dudo, al no tratarse de un asesinato consumado —el capitán Montañés calló un instante, parecía pensar en algo que le había asaltado la mente de pronto—. Haremos algo mejor, Benavides, yo mismo me ocuparé de la investigación. No hablaremos a nadie de lo sucedido, salvo al coronel, que estará de acuerdo con que yo me ocupe del caso. Además necesitaré que me cubra. Tendrás que describirme lo mejor posible al individuo; cualquier detalle será importante. Ahora descansa, mañana hablaremos... Y quítate esa ropa mojada, si no quieres coger una pulmonía.
Se despidió Antonio del capitán, con la cabeza aún dándole vueltas. Los soldados se dirigían hacia el comedor de tropa. Ya era la hora de cenar, y tenía hambre, sin embargo no le apetecía comer, y menos aún sentarse a una de las mesas del comedor atestado de hombres escandalosos. Prefirió primero cambiarse de ropa y comprobar el estado de los libros. Sobre el catre, abrió con cuidado e incertidumbre el paquete de papel encerado. Por el hueco abierto por la hoja de acero había entrado agua, afortunadamente no demasiada, se secaría en unas horas. La hoja de metal estaba tan bien afilada que atravesó limpiamente los libros; no habían sufrido un destrozo que impidiese su lectura. Suspiró aliviado.
—¿Dónde estabas, Antonio? —oyó a su espalda la voz inconfundible de Paquito—. Me han dicho que has estado hablando con el capitán Montañés y que no traías buena cara.
—¡Paco, mi amigo! —exclamó Antonio, abrazándolo.
—¿Y a ti qué te pasa? Pues sí que tienes mala cara...
—Es que me he enfriado, me ha calado el agua hasta los huesos, Paquito. Eso es todo.
—Y yo buscándoos por el comedor y los dos aquí de monsergas —se quejó Mariano que apareció por el mismo pasillo de catres por donde lo hizo Paquito—. ¿Y tú estás bien, Antonio? Que me han dicho que has estado hablando un buen rato con el capitán Montañés, y que traías descompuesta la cara.
—¡Mariano, grandullón! —le saludó Antonio, abrazándole también.
—A ti te ha pasado algo, Antoñito —decía Mariano, mirándolo con extrañeza.
—Eso le decía yo.
—Más que un fuerte militar, este cuartel parece una casa de vecindad, con tanto cotilleo. No me pasa nada, sólo que este chaparrón me ha cogido de lleno, me ha empapado las ropas y me he enfriado. Y ahora vámonos a cenar, que ya me han entrado las ganas de comer que se me habían ido hace un rato. Que además... ¿hoy no tocan garbanzos con carne de cochino? —de pronto, Antonio se sintió extrañado ante su propia tranquilidad, después de haber sufrido semejante atentado a la propia vida.
—Eso mismo, garbancitos ricos, ricos. Así que vamos, que nos dejan sin cenar y yo sí que tengo hambre —dijo Mariano, cantarinamente, provocando la risa de los dos amigos y compañeros de armas.
—Ah, Paquito, ya se me olvidaba. Aquí te traigo una cartita de tu amada Carmen —diciendo esto, Antonio sacó del bolsillo de la empapada casaca la cuartilla doblada cuatro veces. Suspiró al palpar el papel muy humedecido.
A Paco se le cambió la cara. Lelo se quedaba siempre que algo le recordaba a su novia o alguien la nombraba en las conversaciones con sus íntimos amigos. No pasaba desapercibido a los otros dos aquella circunstancia. «No sólo la música amansa a las fieras», decía a veces Antonio a Mariano, cuando Paquito parecía levitar pensando en Carmen. Ambos se reían.
—Ay, mi Carmen —dijo besando el papel húmedo, que devolvió de inmediato al mensajero—. Pues dime que dice la carta, por Dios, no me hagas esperar.
Antonio desdobló la cuartilla. La tinta se había difuminado por toda la superficie vegetal; aquellos diez renglones eran ininteligibles. Tragó saliva.
—Dime, dime que dice mi amor. No me mantengas en ascuas, desgraciao... —insistió, en verdad emocionado y expectante.
Antonio sopesó la situación. Paquito, con los nervios, y ya por costumbre, no había desdoblado la cuartilla, así que no había reparado en la desgracia. Entonces, decidió improvisar y no amargar la noche al amigo: a fin de cuentas, después de haberle leído una docena de amorosas misivas que sólo distaban unas de otras en un amor mío más o menos, supuso que esa no variaría la canción.
—Verás, Paco —comenzó a explicarle—, se ha mojado un poco el papel y no se entiende demasiado bien lo que dice, así que quizá alguna línea que otra la tengamos que pasar por alto.
—No me fastidies, Antonio. ¿Cómo que no...? —se expresaba, angustiado, el joven enamorado hasta el tuétano
—Calla, anda, calla... Si casi todo se lee... En fin, dice tu novia que... te echa de menos, más cada día y que...
—Y yo a ella, por mi madre, que la echo de menos.
—... también te ama más cada día que pasa...
—Madre mía, y yo a ella, y yo a ella.
Antonio miraba de soslayo al otro, que abría los ojos embobado, mientras Mariano, apartándose del ángulo de visión del enamorado, gesticulaba aguantando la risa.
—Que a ver cuándo vas a verla, que los días se le hacen eternos sin escuchar tu voz.
Ya que se había metido en tal berenjenal, y bien metido, Antonio decidió alegrarle del todo la noche al enamorado amigo, al que sólo le faltaba llorar de emoción. Así que luego de expresar de diversas maneras el amor que por él profesaba la bellísima Carmen, concluyó con una despedida que a poco dejó a Paco sin aliento.
—«Y más cosas te diría que me pide el corazón, mi amado Paquito, si tú leyeras estas letritas que de un tiempo acá, con tanto gusto e ilusión te escribo, y no te fueran leídas por tu buen amigo Antonio, pues el pudor me lo impide. Tu Carmen» —al término de su improvisación, Antonio miró a los ojos a Paco—. Y no será porque no te lo vengo diciendo. ¡Qué mujer tan prudente y tan juiciosa ha puesto Dios en tu camino! Eres un hombre afortunado.
—Mañana, mañana mismo me pongo con las letras, por muy dichosas que sean, como Francisco Jiménez de la Rosa que me llamo...; como que me parió mi santa madre en el pueblo de Santa Cruz de Tenerife; como...
—Muy bien, Paquito. Obras son amores y no buenas razones —le decía Antonio, señalándole con el índice, cual maestro que advierte al alumno del deber de cumplir los compromisos.
—Antonio, que por Carmen doy hasta el pellejo curtido que cubre mi pobre cuerpo. Que mañana me pongo, te digo, entre rato y rato; a tu vera, que si no... no me hallaré. Pero que mañana empiezo como que saldrá el sol otro día; como que...
—Vaaa, para el carro, Paquito. Dicho está. Mariano...
—Mande.
—A cenar, que nos dejan sin rancho.
—Ya era hora, madre de mi alma. Que parece que tengo un tambor en las tripas.
En el comedor abarrotado por los soldados de la guarnición del castillo, Antonio, Paquito y Mariano, una vez les sirvieron el pan y los garbanzos, se sentaron donde de siempre, que aunque los cadetes lo hacían en mesa aparte, el matancero prefería comer en compañía de sus dos amigos. Dos mesas más allá, cenaba Romeral. Antonio lo observó tratando de encontrar en el granadino algún gesto que delatase su sorpresa al verle en el comedor tan fresco como una lechuga. No pudo reprimirse. Fue hacia él y se plantó a su lado, al borde de la mesa, ante la mirada sorprendida de Paquito y Mariano. Entre la tropa era vox populi el enfrentamiento de Romeral con Benavides a cuenta del asunto de las cartas, y muchos pensaban que algún día llegarían a las manos. Al matancero le mortificaba pensar que aquel criminal podía ser un sicario contratado por Romeral. Necesitaba mirar a los ojos al granadino y leer en ellos su culpa o su inocencia.
Romeral levantó la cara y miró a Antonio.
—¿Se puede saber que tripa se te ha roto, Benavides? —le espetó, dejando la cuchara en el plato, y poniendo ambas manos sobre la mesa.
—¿No te alegras de verme, Romeral? —inquirió, con temple.
Romeral lo miró extrañado, pero no vio Antonio en sus ojos ni culpa ni sorpresa al verle esa noche en el comedor.
—Tú estás majara, canario. ¿A qué vienen esas gaitas?
—A nada, amigo, a nada.
—Yo no soy tu amigo, Benavides.
Antonio ignoró las palabras de Romeral y siguió hablando.
—Sólo venía a desearte las buenas noches y... a decirte que ha llegado a mis oídos que andas diciendo que me partirás la cara un día de estos —a Romeral le cambió el rostro; se le tensaron todos los músculos faciales—. Pero quiero que sepas que no he dado crédito a ese chisme cuartelero, porque te considero un hombre, algo majadero, pero un hombre, y no una portera de barriada. Y como así te considero, doy por hecho que si tuvieras que decirme algo, vendrías a decírmelo a la cara. ¿Verdad, Romeral?
—¿Me... me has llamado... majadero? —balbuceó Romeral.
—Disfruta de la cena, Romeral —dijo Antonio, volviéndose a su mesa, donde le aguardaban los dos amigos, que no habían podido dar ni un bocado durante la escena inesperada.
Antonio cenó tranquilo y desahogado. Romeral podía ser un mentecato fanfarrón, pero no un asesino.
Al poco de dormirse, a Antonio le vino en sueños el rostro desencajado del criminal, corriendo hacia él. Curiosamente, lo veía perfectamente; distinguía las facciones marcadas por la mala vida. El hombre achicó los ojos y apretó los dientes en el instante en que se abalanzaba sobre él y le asestaba la puñalada. La enorme hoja de acero atravesó los libros y el corazón, y un chorro de sangre fluyó del tajo con fuerza. Antonio miró a sus pies; el suelo anegado por la lluvia empezó a teñirse de rojo. De súbito se despertó con el corazón acelerado. Sentado sobre el catre, escuchó el concierto de ronquidos que cada noche se daba en aquella atmósfera maloliente y oscura del dormitorio de tropa. Aún quedaban un par de horas para el amanecer y sabía que no conciliaría el sueño. Decidió enfundarse el uniforme y, a hurtadillas, subir a la plataforma alta del castillo; ya no se oía llover.
El refrescante aire marino le dio en la cara. Inspiró y espiró aprovechando al máximo su capacidad pulmonar. Se sintió mucho mejor. Algunos soldados de guardia, con el mosquete en bandolera, hablaban en un corro. Más allá, otros dos miraban el mar. Y en el otro extremo, un oficial fumaba; era el capitán Montañés. Antonio observó durante unos minutos la bahía atestada de buques, donde pululaban las llamas de las lamparillas. En la ciudad, se apreciaban algunas luces desperdigadas. De lejos llegó el aullido de un perro; al instante algunos ladridos. Luego la noche siguió silenciosa. La lluvia había limpiado la atmósfera haciendo de ella una infinita transparencia. Nunca había visto Antonio una luna más nítida. Parecía más cercana. Dio unos pasos y se acodó sobre una almena, mirando al océano. Las aguas lucían plateadas, definiendo la perfecta línea curva del horizonte, sobre el que se apreciaban multitud de estrellas que iban desapareciendo a medida que los ojos de Antonio se acercaban a la luna. Una ola reventó contra las rocas sobre las que se levantaba el castillo de los Tres Reyes Magos del Morro, un sonido que encantaba a Antonio. «Qué poco ha faltado, mi amada Josefina, para que nos encontrásemos de nuevo; por un pelo, amor mío, por un pelo», murmuró, inspirando y espirando con fuerza, tratando de aliviar la ansiedad.