Apolo y la profecía

Apolo era la divinidad de la profecía, aunque él mismo no profetizaba según su mitología. Éste era un atributo del que se había apropiado. Conquistó el oráculo de Delfos, un lugar con una larga historia de adivinación profética. Antes de Apolo, Delfos había sido el santuario prehelénico de una diosa, posiblemente una serpiente. En la mitología de Apolo, éste mata a un gran dragón o serpiente llamada Pitón para conseguir el dominio de Delfos. A partir de entonces, se le llamó Apolo el Pitio y a su sacerdotisa Pitia o Pitonisa.

Las médium de Apolo eran todas mujeres que estaban bajo su control y sus poderes de adivinación se atribuían a su comunión con él. En la práctica, el control lo ejercía un exegeta, un sacerdote-intérprete que atendía a las sacerdotisas. Cuando la Pitia entraba en trance, el sacerdote le hacía preguntas y anotaba sus palabras. Entonces la respuesta se pasaba a otro sacerdote, que solía ponerlas en forma métrica. El significado de las palabras a menudo era oscuro y ambiguo, y el oráculo solía utilizarse con fines políticos.

Delfos

Al pie del monte Parnaso, en la cámara más oculta repleta del denso humo de las hojas de cebada, cáñamo y laurel, la anciana Pitia se sentaba en un trípode y entraba en trance.

En esta cámara interna estaba también el ónfalo o piedra umbilical (la palabra delfi significa “útero”). Delfos era considerado el ombligo o el útero de la Tierra y el centro del mundo, incluso antes de que Zeus —con un espíritu de investigación científica— decidiera marcar el centro del mundo. Soltó a dos águilas, una volaba desde el extremo más oriental del mundo y la otra desde la frontera más occidental. Soltadas al mismo tiempo y volando a la misma velocidad, se encontraron en Delfos.

En el santuario interior del templo de Apolo se hallaba la tumba de Dionisos. Durante los tres meses de invierno cedía su templo a Dionisos, mientras él se iba al lejano norte, a la legendaria tierra de los hiperbóreos.

La gente acudía al templo de Apolo por dos razones principales (además de venerar al dios): para consultar su oráculo y para conseguir purificarse tras haber cometido un crimen. Los juristas buscaban consejo en Apolo como intérprete y otorgador de la ley. Y los estados griegos le atribuyeron sus constituciones. Era la divina autoridad de la ley y el orden.

Además de sus dos famosos preceptos, también había otros inscritos en su templo, los cuales transmitían los valores de moderación y autoridad propios de Apolo:

Refrena tu espíritu.

Observa el límite.

Odia a hubris (el orgullo).

Que tus palabras sean respetuosas.

Teme a la autoridad.

Inclínate ante lo divino.

No te vanagloríes de la fuerza.

Controla a las mujeres[24].

Apolo era una deidad panhelénica, cuya influencia en toda Grecia sólo era superada por Zeus. No sólo las ciudades enviaban emisarios a Delfos en busca de consejo, sino que los ministros de Apolo también eran enviados a las ciudades griegas como intérpretes de las leyes civiles y religiosas.