Conflictos psicológicos

La mayoría de los hombres Hefesto han tenido que soportar el sentirse inaceptables, el no ser capaces de encajar en el estereotipo (o las expectativas) de cómo debería ser, primero como niño y luego como adulto. Si tiene una vida familiar complicada o en la que padece abusos y además es un niño rechazado, esta experiencia generalmente le volverá más solitario de lo que ya habría sido de todos modos. Con su actitud cerrada, introvertida, no suele compensar la falta de amor o de aprobación en el hogar mediante la popularidad o el éxito escolar (a menos que también se encuentren otros arquetipos).

Como hombre seguirá hallando dificultades en encajar y adaptarse. En su trabajo puede descubrir que es una persona productiva, valorada y creativa, pero le faltan aptitudes políticas, sociales y de comunicación, de modo que esta vía tampoco se le abre con facilidad. Por consiguiente se pueden prever los problemas psicológicos.

Cojera emocional: la consecuencia del rechazo

Hefesto fue rechazado al nacer por su nada maternal madre Hera cuando descubrió que no era perfecto. Avergonzada por su aspecto, lo arrojó desde el Olimpo, un destino literalmente compartido por esos bebés recién nacidos que se encuentran en los contenedores de basura, cuyas madres los tratan como si fueran vergonzosos errores que hubieran de ser eliminados. Este sino también lo comparte metafóricamente un gran número de bebés que no cumplen con las expectativas y son rechazados emocionalmente.

Los bebés a los que no se coge en brazos ni se les acaricia no llegan a crecer emocionalmente y (tal como se descubrió en Inglaterra en tiempos de guerra) sin el contacto humano (que equivale al amor), un bebé morirá, aunque se le alimente con regularidad y esté en un entorno limpio. Muchos bebés bajos de peso, apáticos “que no llegan a prosperar”, eran ingresados en las urgencias de los dos hospitales estatales del distrito en los que yo estaba de prácticas; su principal problema parecía ser el rechazo materno y la falta de atención.

Incluso aunque un bebé rechazado sobreviva físicamente, el daño psicológico sigue provocando una cojera emocional. A esa criatura le falta la confianza básica de que el mundo es un buen lugar y padece ansiedad y desconfianza. Comienza su vida como un solitario porque no tiene a quién vincularse.

En otra versión del rechazo, Hefesto fue lanzado desde el monte Olimpo y herido por un iracundo Zeus cuando se puso al lado de su madre en una pelea entre Hera y Zeus. Esta vez era la conducta del niño la inaceptable y la causa del rechazo paterno. En esta versión, Hefesto se convirtió en un tullido a causa de los malos tratos. De nuevo, la vida imita literalmente este mito con mucha frecuencia, cuando una mujer con un hijo pequeño vive con un hombre que no es el padre de la criatura y a quien le molesta la presencia del niño, ya sea porque le considera su rival o porque le pone nervioso y lo maltrata. Al quedarse desprotegido por la madre y sufrir malos tratos por parte de una figura paterna, este niño puede sobrevivir a los abusos físicos, pero quedará emocionalmente afectado, y el temor y la ira estarán latentes en su interior.

Un niño Hefesto que se vuelve emocionalmente cojo puede vivir una serie de experiencias con sus padres, desde los extremos del abandono materno o los abusos paternales hasta los efectos más sutiles del distanciamiento de la madre y las críticas del padre. El grado de afectación no tiene por qué estar directamente relacionado con el grado de dificultad al que se enfrenta, sino más bien con su experiencia subjetiva. Puede llegar a observar mucho después que, considerada objetivamente, aquella experiencia “no había sido tan mala”, pero esta sensibilidad al rechazo, unida a su introversión innata, produce fuertes reacciones y sentimientos dolorosos. A este niño se le puede “herir” fácilmente, lo que aumenta las dificultades.

Sus características intensifican los efectos de las experiencias dolorosas. Un niño más extravertido o impulsivo que padece abusos puede convertirse en una persona vengativa y que intimide a los demás, o puede explicarle a alguien su situación y acaparar la atención hacia ella. Hefesto no hará ninguna de estas cosas y se retraerá sin revelar hasta qué punto está herido, furioso y tiene miedo; no habla con nadie de lo que le pasa y puede quedar emocionalmente trastornado, con dificultades para comunicarse y alienado de los demás. Como hombre puede repetir sus experiencias de la infancia, ser rechazado por las mujeres en las que busca el afecto y ser juzgado negativamente por los hombres.

Distorsión de la realidad: problemas con la emoción introvertida

Al albergar sentimientos ocultos y ser fácil de herir hace que sea probable que distorsione lo “que realmente ha pasado”, lo cual es un problema tanto para Hefesto como para quienes le rodean. El efecto emocional que tiene sobre él, más que la intención de la otra persona o los hechos de la situación, son lo que determina su perspectiva.

Pequeñas heridas que a otro hombre les pasarían inadvertidas a él pueden causarle estragos. Y al no mencionarlo o no poder aceptar la versión de otro, cualquiera que fuere el incidente para él se convierte en “lo que ha sucedido”. Si meses o incluso años más tarde, al final habla de ello, la otra persona puede que no recuerde el incidente y se sienta atacada, triste, consternada o furiosa con él por sentir de ese modo respecto a ella.

Los sentimientos positivos también pueden despertar con pequeños gestos, una ternura que le conmueve y le da moral durante años. Y estos gestos pueden haber sido o no una expresión significativa por parte de la otra persona.

Con el sentimiento de introversión, la reacción interna al acontecimiento externo queda retenida. El recuerdo de la persona no es de los hechos, sino de los acontecimientos teñidos por las emociones. Todo el mundo lo hace hasta cierto punto, por supuesto, pero Hefesto mucho más.

Falta de éxito en el mundo

Hefesto fue arrojado desde lo alto del Olimpo, que es el pináculo simbólico del poder. Y cuando visitó el Olimpo, era evidente que no pertenecía al grupo de gente rica y bella de la cima. Lo mismo sucede con los hombres Hefesto. La imagen de Hefesto en su forja recuerda al obrero siderúrgico, al soplador de vidrio o al herrero en el horno: el aristócrata trabajador que ya no goza de mucho prestigio en un mundo dominado por amasadores de dinero. No se confieren demasiados honores a los hombres que trabajan con sus manos en lugar de con sus mentes, tanto si son expertos, mediocres o trabajadores rasos. Las cimas olímpicas están pobladas de hombres que no hacen nada tangible por sí solos: son hombres de negocios e inversores.

La rabia se esconde en muchos hombres Hefesto que en su adolescencia se dan cuenta de que nunca serán “alguien”. Un hombre puede sentir esa misma rabia cuando se da cuenta de que una mujer no le mirará como un posible compañero porque es de clase trabajadora o cuando no puede dar a sus hijos algo que necesitan y que está fuera del alcance de sus medios. Si nunca encuentra un trabajo gratificante y si (de acuerdo con su naturaleza hefestiana) su forma de manejar su rabia es contenerla, se deprimirá y amargará. En esto no es como Ares y Poseidón, que bajo circunstancias similares explotan descargando su rabia contra los demás.

El papel de bufón: problemas con la baja autoestima y sentirse inadecuado

Fuera de su taller, Hefesto se convirtió en un bufón. Los dioses del Olimpo se partían de risa cuando veían a Hefesto con sus peculiares andares yendo y viniendo afanosamente por las salas de palacio sirviéndoles néctar que extraía de un gran cuenco. Se rieron cuando les invitó a contemplar la escena de ver a su esposa Afrodita y Ares atrapados en su red invisible, en lugar de solidarizarse con él.

Philip Slater, autor de The Glory of Hera, en su interpretación psicológica de la mitología y de la familia griega, vio en el papel de Hefesto como payaso “su resignación a la humanidad”:

Hefesto transmite el mensaje interpersonal: “No tenéis nada que temer de mí, tampoco hay nada en mí que pueda despertar envidia o resentimiento. Soy únicamente un pobre payaso cojo, dispuesto a serviros y a haceros reír con chistes sobre mí[53]”.

El Hefesto que sigue este patrón se convierte, muchas veces sin darse cuenta, en un payaso. Con su “descompasada” personalidad introvertida, siempre está haciendo algo inapropiado, que provoca la risa o el ridículo. Es el niño cuyo atuendo escolar incita a los comentarios despectivos de los demás, o que no sabe qué decir a la chica más popular de la clase, y le dice algo memorable y que provoca la risa de todos. Es el muchacho que reacciona desproporcionadamente a una burla y que a raíz de ello recibe una paliza despiadada. Quizás aprenda que su humillación siempre es peor si se opone a ella y se dé cuenta de que si hace de bufón suaviza la situación. En el Sur profundo cuando a los hombres de color se les llamaba “negros” y se les podía linchar, un hombre de color podía salvarse de la agresión convirtiéndose en el arrastrado y modesto Hefesto. El hombre Hefesto que actúa de este modo suele estar en una posición similar por sentirse un rechazado solitario, sin nadie que le respalde.

Pero esta solución suele ser autodestructiva. Cada incidente que tiene lugar es a expensas del respeto hacia sí mismo y hacia los demás. A menudo incita a alguien que disfruta humillando a los demás a que se meta con él.

Una persona o “rostro público” mucho más sutil que algunos Hefesto utilizan es el de la afabilidad: el eterno “señor Buen chico”, que bajo su máscara alberga ira o depresión porque fue rechazado de alguna forma significativa por sus padres. Un patrón bastante común es el de la relación de Hefesto con Zeus y Hera: es un hijo “sin padre” de un padre ausente o distante, que también estuvo “huérfano de madre” por ser ésta egoísta y narcisista.

La rabia vertida hacia dentro: problemas de depresión

La depresión puede ser un grave problema crónico para los Hefesto, cuya naturaleza introvertida hace que sea más frecuente que repriman su dolor y su ira a que expresen externamente estos sentimientos. El rechazo, la falta de aceptación y de éxito —las susceptibilidades de este patrón— son fuentes evidentes de ira y de dolor: tiene razones para enfurecerse, pero no lo hace. Cuando se reprime y se encierra en sí mismo, la depresión es el resultado.

Las adicciones

Los hombres Hefesto pueden recurrir al alcohol para acallar sus sentimientos y sentir con menos intensidad. El alcohol también les puede ayudar a ser afables con los demás, es un medio para ser más dulces. Muchos hombres de clase trabajadora, cuyo trabajo es duro físicamente y cuya sensibilidad está enterrada y reprimida por naturaleza y por cultura, se emborrachan deliberadamente cuando tratan de sobreponerse a alguna pena. Beber demasiado, seguido de una resaca, es una forma aceptable de permanecer insensible y de sufrir: una semana dedicada a superar algo de este modo también se considera como una cosa de hombres.

Las copas del final del día, de después del trabajo, cuando ya no hay nada que hacer, que se toman para acallar el dolor que producen los sentimientos no compartidos o expresados, sirven de anestésico emocional. El alcohol, utilizado a modo de droga, se puede convertir en el propio problema. La televisión se utiliza de modo similar para aplacar los sentimientos y apartarse de la intimidad pasando horas delante de la pantalla.

Pagar un precio muy alto por la paz

Cuando un niño maltratado y emocionalmente traumatizado se convierte en el mediador de la familia —papel que puede durar toda una vida—, suele hacer algo para calmar la situación en cuanto nota que la tensión va en aumento, para evitar a toda costa un estallido del temido padre o madre. Muchas veces el niño o el hombre ni siquiera se da cuenta de esa percepción, ni elige conscientemente lo próximo que va a hacer. El potencial explosivo de la situación no hace más que crecer y él se va poniendo cada vez más ansioso hasta que se ve obligado a hacer algo apaciguador.

Para apaciguar a un padre o madre temibles, un Hefesto puede llegar a sacrificar esas partes de sí mismo que le ponen en peligro. Suele reprimir lo que siente, conduciendo su propia ira y hostilidad cada vez más hacia dentro. El precio que paga por ser conciliador y tranquilizante es muy alto: se desconecta de lo que realmente siente y tampoco puede tolerar la ira en los demás. Como adulto, el precio es su propia autenticidad y la falta de tolerancia por la expresión de los sentimientos ajenos, lo cual pasa factura en cualquier tipo de relación.

Las dificultades para los demás

La comunicación con un Hefesto en la vida de una mujer puede resultar problemática si ella quiere o necesita que él hable de lo que está sintiendo o de lo que piensa hacer respecto a alguna cosa. Encaja en el estereotipo del hombre fuerte y silencioso. Puesto que siente las cosas con mucha intensidad, la atmósfera puede resultar pesada a su alrededor y, sin embargo, si se le pregunta qué está pasando no dice nada.

Cuando ella le habla de sí misma, nunca sabe exactamente cómo se lo va a tomar. Años más tarde puede descubrir que le afectó o conmovió mucho aquella conversación, a la que parecía no responder en aquel entonces.

Los intentos de cambiarle y de hacerle más comunicativo pueden funcionar o no; generalmente no funcionan. Una mujer casada con un Hefesto a menudo ha de plantearse si abandona sus intentos de hacer que él se comunique.

Relaciones de abusos

El fuerte, silencioso y furioso hombre que se siente impotente, bebe demasiado y estalla con los que tiene más cerca es el padre en el caso de muchos hijos de alcohólicos que ya son adultos. Aunque Hefesto suele reprimir su ira, cuando empina el codo puede abrirse la tapadera de esa rabia. Sus hijas a menudo han observado la sensibilidad y el dolor de sus padres o conocido habilidades que nunca han desarrollado o han sido reconocidas. Crecen con un punto débil en su corazón respecto a estos hombres, con la esperanza de hacer que su vida tenga sentido y con una gran capacidad para tolerar los abusos. Estas mujeres son susceptibles de entablar relaciones en las que se abusa de ellas, como hicieron antes sus madres.

Inversión de los papeles

Si un Hefesto tiene problemas en ganar dinero porque es un artesano al que no le pagan, porque los que le contratan no necesitan sus habilidades o no aprecian su personalidad, entonces una mujer que le ame puede ser la que mantenga la familia. Los papeles también pueden cambiar cuando surgen tareas en las que uno de ellos ha de negociar algo. Si es ella la que posee una mente más lógica y más habilidades sociales, será ella la que les represente a los dos en el mundo.

En la inversión de papeles, ella puede complacerse en su propia competencia y aceptar la situación o puede estar resentida contra él. Éste a su vez puede sentir resentimiento o gratitud. Dado el poder de “lo que debería ser”, una relación que va en contra de la tradición suele ser estresante para ambos.