INTRODUCCIÓN: HAY DIOSAS EN CADA MUJER
Toda mujer tiene un papel fundamental en el desarrollo de la historia de su propia vida. Como psiquiatra he oído cientos de historias personales y me doy cuenta de que existen dimensiones míticas en cada una de ellas. Algunas mujeres vienen a verme como psiquiatra, cuando están desmoralizadas o no funcionan; otras, cuando perciben sabiamente que están atrapadas en una situación que necesitan entender y cambiar. En cualquiera de los dos casos, me parece que las mujeres necesitan la ayuda de un terapeuta para aprender cómo ser mejores protagonistas o heroínas en las historias de su propia vida. Para llegar a ello, las mujeres tienen que tomar opciones conscientes que moldeen sus vidas. Lo mismo que las mujeres solían ser inconscientes de los poderosos efectos que tenían en ellas los estereotipos culturales, pueden también ser inconscientes de las poderosas fuerzas internas que influyen en lo que hacen y cómo se sienten. Estas fuerzas las introduzco en este libro bajo la forma de diosas griegas.
Estos poderosos patrones internos —o arquetipos— son responsables de las principales diferencias entre las mujeres. Por ejemplo, algunas mujeres necesitan la monogamia, el matrimonio o los hijos para sentirse realizadas, y sufren y se encolerizan cuando la meta está más allá de su alcance. Para ellas, los papeles tradicionales tienen pleno sentido desde el punto de vista personal. Tales mujeres se diferencian marcadamente de otro tipo de mujer que valora al máximo su independencia cuando se centra en lograr metas que son importantes para ella, o también de otro tipo que busca intensidad emocional y nuevas experiencias y que, en consecuencia, cambia de una relación o esfuerzo creativo a otro. Pero otro tipo de mujer busca la soledad y considera que la espiritualidad es lo que más le importa. Lo que llena a un tipo de mujeres puede no tener sentido para otro, dependiendo de cuál es la “diosa” que está activa en ellas.
Es más, existen muchas “diosas” en una sola mujer. Cuanto más complicada es ésta, más probable es que haya muchas “diosas” activas en ella. Y lo que es satisfactorio para una parte de sí mismas puede ser irrelevante para otra parte.
El conocimiento de las “diosas” proporciona a las mujeres medios de entenderse a sí mismas y de entender sus relaciones con hombres y mujeres, con sus padres, amantes e hijos. Estos patrones de diosas también ofrecen revelaciones de lo que es motivador (incluso irresistible), frustrante o satisfactorio para algunas mujeres y no para otras.
El conocimiento de las “diosas” también aporta información útil a los hombres. Los hombres que quieren entender mejor a las mujeres pueden utilizar los patrones de las diosas para aprender que existen diferentes tipos de mujeres y lo que pueden esperar de los mismos. También ayudan a los hombres a entender a mujeres complejas o que parecen contradictorias.
El conocimiento de las “diosas” también ofrece a los terapeutas que trabajan con mujeres útiles percepciones clínicas de los conflictos interpersonales e intrapsíquicos de sus pacientes. Los patrones de las diosas ayudan a explicar las diferencias de personalidad; aportan información sobre el potencial de las dificultades psicológicas y de los síntomas psiquiátricos. También indican las maneras en que puede evolucionar una mujer con un determinado patrón de diosa.
Este libro describe una nueva perspectiva psicológica de las mujeres basado en imágenes de mujeres —proporcionadas por las diosas griegas— que han permanecido vivas en la imaginación de la humanidad a lo largo de tres mil años. Esta psicología femenina discrepa de todas las teorías que definen como mujer “normal” a la mujer que se adapta a un modelo, patrón de personalidad o estructura psicológica “correctos”. Es una teoría basada en la observación de la diversidad de las variedades normales que existen entre las mujeres.
Mucho de lo que he aprendido sobre las mujeres fue dentro de un contexto profesional: en mi consulta de psiquiatra y analista junguiana, supervisando alumnos y enseñando como profesora de psiquiatría clínica en la Universidad de California, y como analista supervisora en el Instituto C.G. Jung de San Francisco. Pero la psicología femenina que desarrollo en estas páginas procede de algo más que únicamente la experiencia profesional. Gran parte de lo que sé proviene de ser mujer desempeñando papeles de mujer: ser hija, esposa, y madre de un hijo y una hoja. Mi conocimiento aumentó también a través de conversaciones con mujeres amigas y en grupos de mujeres. En ambas situaciones se reflejan entre sí aspectos de ellas mismas: nos vemos reflejadas en las experiencias de otra mujer y nos hacemos conscientes de algún aspecto de nosotras mismas del que no nos dábamos cuenta previamente, así como de los que tenemos en común como mujeres.
Mi conocimiento de la psicología femenina también se ha desarrollado a partir de la experiencia de ser mujer en esta época de la historia. En 1963 empecé como médico interno mi periodo de prácticas en psiquiatría. En el mismo año, dos acontecimientos desembocaron en el movimiento de las mujeres de los años 70. En primer lugar, Betty Friedan publicó The Feminine Mystique, articulando el vacío y la insatisfacción de las mujeres que habían vivido para y a través de los demás. Friedan describió la fuente de su infelicidad como un problema de identidad, cuyo núcleo consistía en una atrofia o en una evasión del desarrollo. Sostenía que su problema es alimentado por nuestra cultura, que no permite a las mujeres aceptar o satisfacer su necesidad básica de desarrollo y realizar su potencial como seres humanos. Denunciando los estereotipos culturales, los dogmas freudianos y la manipulación de las mujeres por los medios de comunicación, su libro presentaba ideas cuyo tiempo había llegado, ideas que condujeron a una efusión de la rabia reprimida, al movimiento de liberación de las mujeres y, posteriormente, a la formación de NOW, National Organization for Women[1].
Ese mismo año, 1963, la Comisión del Presidente John F. Kennedy sobre el Estatus de las Mujeres publicó su informe, documentando las desigualdades del sistema económico de los Estados Unidos. Las mujeres no estaban siendo pagadas lo mismo que los hombres por realizar las mismas tareas; a las mujeres se les estaba denegando oportunidades de empleos y de promoción. Esta injusticia notoria constituyó una prueba suplementaria de cómo estaban desvalorizados y limitados los papeles de la mujer.
Así pues, empecé psiquiatría en el mismo periodo en el que los Estados Unidos se encontraba en el umbral del movimiento de las mujeres, y mi toma de conciencia fue aumentando a lo largo de los años 70. Me di cuenta de las desigualdades y de la discriminación contra las mujeres y aprendí de las pautas culturales determinadas por los hombres premiaban o castigaban a las mujeres por abrazar o rechazar los papeles estereotipados. Como consecuencia, me uní a un puñado de compañeras feministas en la Sociedad de Psiquiatría del Norte de California y en la Asociación Americana de Psiquiatría.
Visión binocular de la psicología de las mujeres.
Durante el mismo periodo en el que estaba adquiriendo una perspectiva feminista, estaba haciéndome simultáneamente analista junguiana. Después de completar mi periodo como médico interno en psiquiatría en 1966, entré en el Instituto C.G. Jung de San Francisco, como alumna del programa de formación y recibí el título de analista en 1976. Mi visión sobre la psicología femenina se desarrolló ininterrumpidamente durante este periodo, incorporando percepciones feministas a la psicología arquetípica junguiana.
Me sentía como si estuviera haciendo el puente entre dos mundos cuando me aventuraba yendo y viniendo entre los analistas junguianos y las psiquiatras feministas. Mis colegas junguianos no se preocupaban demasiado de lo que ocurría en el mundo político y social. La mayoría parecía sólo vagamente consciente de la relevancia del movimiento de las mujeres. Mis amigas feministas en psiquiatría, si es que pensaban en mí como analista junguiana, lo hacían para considerar este aspecto, bien como un interés personal místico o esotérico, o bien como una subespecialidad respetada que no tenía nada que ver con los problemas de las mujeres. A pesar de todo, haciendo de lanzadera descubrí que se produce una nueva profundidad de comprensión cuando se ponen juntas dos perspectivas, junguiana y feminista. Las dos proporcionan una visión binocular de las mujeres.
La perspectiva junguiana me ha hecho consciente de que las mujeres están influidas por poderosas fuerzas internas, o arquetipos, que pueden ser personificadas por las diosas griegas. Y la perspectiva feminista me ha proporcionado una comprensión de cómo las fuerzas externas, o estereotipos —los papeles a los que la sociedad espera que la mujer se adapte—, refuerzan algunos patrones de diosas y reprimen otros. Como consecuencia, yo veo a cada mujer como una “mujer intermedia”: impulsada desde dentro por arquetipos de diosas y desde fuera por estereotipos culturales.
Una vez que la mujer se vuelve consciente de las fuerzas que influyen en ella, obtiene el poder que ese conocimiento proporciona. Las “diosas” son fuerzas poderosas e invisibles que moldean la conducta e influyen en las emociones. El conocimiento acerca de las “diosas” dentro de las mujeres constituye un nuevo territorio para el aumento de la conciencia sobre las mujeres. Cuando una mujer sabe qué “diosas” son las fuerzas dominantes dentro de ella, adquiere autoconocimiento sobre la fuerza de ciertos instintos, las prioridades y las capacidades, y también las posibilidades de encontrar un propósito personal de las opciones que toma y que otras personas pueden no estimular.
Los patrones de diosas afectan también a las relaciones con los hombres. Ayudan a explicar algunas de las dificultades y afinidades que determinadas mujeres tienen con determinados hombres. ¿Escogen hombres poderosos y triunfadores en el mundo? ¿Lisiados y creativos? ¿Infantiles? ¿Qué “diosa” es el impulso inadvertido que empuja a una mujer hacia un tipo particular de hombre? Dichos patrones influyen en la selección y estabilidad de las relaciones.
Los patrones de relación también llevan la impronta de diosas concretas. Padre-hija, hermano-hermana, madre-hijo, amante-amante, o madre-hija, cada pareja representa una configuración que corresponde de manera natura a una diosa concreta.
Cada mujer posee dones “otorgados por la diosa”, que ha de aceptar con agradecimiento y sobre los que tiene que aprender. Cada mujer tiene también riesgos “otorgados por la diosa”, que debe reconocer y superar para cambiar. No puede resistirse a vivir un patrón determinado por el arquetipo de una diosa subyacente que es consciente de que dicho patrón existe y de que trata de realizarse a través de ella.
Los mitos como herramientas de comprensión interna.
El primer vínculo importante que vi entre los patrones mitológicos y la psicología de las mujeres me lo proporcionó Erich Neumann, un analista junguiano, en su libro Amor and Psyche. Neumann utilizaba la mitología como instrumento para describir la psicología femenina. Yo me di cuenta de que la combinación de Neumann del mito y del comentario psicológico era una poderosa “herramienta de comprensión interna”.
En el mito griego de Amor y Psique, por ejemplo, la primera tarea de Psique consistía en seleccionar un enorme montón de semillas mezcladas, colocando cada clase de semilla en un montón diferente. Su reacción inicial a esta tarea, lo mismo que a las tres siguientes, fue de desesperación. Me di cuenta de que este mito encajaba con numerosas pacientes que estaban debatiéndose en medio de varias tareas importantes. Una de ellas era una estudiante de licenciatura que se sentía abrumada por un trabajo trimestral, al no saber cómo podría organizar todo el material disponible. Otra era una joven madre deprimida que tenía que resolver cómo organizar su tiempo, seleccionar sus prioridades y encontrar la manera de seguir pintando. Al igual que Psique, cada mujer era llamada a hacer de lo que se sentía capaz de hacer, aunque en una dirección que ella misma había elegido. Ambas cobraron ánimos a partir de un mito que reflejaba su situación, les proporcionaba una comprensión interna de la manera en que reaccionaban a las nuevas exigencias, y dieron un sentido más amplio a sus esfuerzos.
Cuando una mujer siente que existe una dimensión mítica en algo que está emprendiendo, ese conocimiento afecta e inspira centros creativos en ella misma. Los mitos evocan sentimientos e imaginación y tocan temas que forman parte de la herencia colectiva de la humanidad. Los mitos griegos —y todos los demás mitos y cuentos de hadas que se cuentan todavía tras miles de años— continúan siendo corrientes y personalmente relevantes porque hay en ellos una resonancia de verdad sobre la experiencia humana compartida.
Cuando se interpreta a un mito, puede tener como resultado, intelectual o intuitivamente, que se capte una comprensión. Un mito es como un sueño que recordamos, incluso cuando no lo comprendemos, porque es simbólicamente importante. Según el mitólogo Joseph Campbell, “el sueño es el mito personalizado y el mito es el sueño despersonalizado”[2]. No es de extrañar que invariablemente los mitos parezcan vagamente familiares.
Cuando se interpreta correctamente un sueño, la persona que lo ha soñado tiene un vislumbre de comprensión interna —una “¡ajá!”—, cuando la situación a la que se refiere el sueño se clarifica. El “soñador” capta y conserva el conocimiento obtenido de manera intuitiva.
Cuando alguien tiene una respuesta de “¡ajá!” a la interpretación de un mito, el mito en cuestión está simbólicamente emitiendo algo que es personalmente importante para la persona. Ésta capta algo y ve una verdad a través de ello. Ese nivel profundo de comprensión se ha producido en públicos a los que me he dirigido cuando he relatado mitos e interpretado a continuación su significado. Es una manera de aprender que toca una cuerda sensible, en la que la teoría sobre la psicología de las mujeres se vuelve, bien autoconocimiento o bien conocimiento sobre mujeres significativas con las que tienen relación los hombres y las mujeres del público.
Empecé a utilizar la mitología en seminarios sobre la psicología de las mujeres hacia finales de los años sesenta y principio de los setenta, primero en el Centro Médico e Instituto Psiquiátrico Langley Porter de la Universidad de California, y después en la Universidad de Californa en Santa Cruz y en el Instituto C.G. Jung de San Francisco. Durante la siguiente década y media, dar conferencias me proporcionó una oportunidad suplementaria de desarrollar mis pensamientos y las respuestas del público en Seattle, Minneapolis, Denver, Kansas City, Houston, Pórtland, Fort Wayne, Washington, D.C., Toronto, Nueva York, y en el área de la bahía de San Francisco, en donde vivía. En todos los lugares en donde daba conferencias, la respuesta era la misma: cuando utilizaba mitos junto con ejemplos de casos clínicos, experiencias personales y comprensiones internas procedentes del movimiento de las mujeres, se producían comprensiones nuevas y profundas.
Había empezado con el mito de la Psique, un mito que habla de mujeres que ponen las relaciones en primer lugar. Después contaba un segundo mito —uno cuyo significado había desarrollado—, que describía a mujeres que se sentían estimuladas más que abrumadas cuando había obstáculos que superar o tareas que realizar a la perfección y que, en consecuencia, tenían buenos resultados en la escuela y se desenvolvían bien en el mundo. La heroína mitológica era Atalanta, corredora y cazadora que triunfó en los dos papeles, venciendo a hombres que intentaban derrotarla. Era una mujer hermosa que fue comparada con Artemisa, diosa griega de la caza y de la luna.
Esta manera de enseñar invitaba naturalmente a plantear cuestiones sobre otras diosas, y así empecé a leer y a preguntarme sobre su alcance y sobre lo que representaban. Empecé a tener mis propias reacciones de “¡ajá!”. Por ejemplo, una mujer celosa y vengativa entró en mi consulta, y reconocí en ella a la encolerizada y humillada Hera, diosa del matrimonio y esposa de Zeus. Los devaneos de su esposo provocaron los repetidos esfuerzos de la diosa para encontrar y destruir a “la otra mujer”.
Aquella paciente era una mujer que acababa de descubrir que su marido estaba teniendo una aventura. Desde entonces había estado obsesionada con la otra mujer. Tenía fantasías de venganza, la espiaba, y estaba tan atrapada con la obsesión de ser ecuánime que se sentía enloquecer. Lo mismo que era típico de Hera, su cólera no estaba dirigida hacia su marido, que era quien le había mentido y sido infiel. Fue muy útil para mi paciente el ver que la infidelidad de su marido había evocado en ella una respuesta de Hera. Ahora entiendo por qué se sentía “poseída” por su cólera y cómo ésta le estaba destruyendo. Pudo comprender que necesitaba enfrentar a su marido con su conducta y hacer frente a los problemas maritales que existían entre los dos, en lugar de convertirse en una Hera vengativa.
Después, una colega habló inesperadamente contra la Enmienda sobre la Igualdad de Derechos, que yo estaba apoyando. En medio de los sentimientos de dolor y de rabia, tuve de repente una comprensión interna de “¡ajá!” sobre la situación. Se trataba de un choque de tipos basado en las diosas de nuestras psiques respectivas. En aquel momento, sobre aquel tema, yo estaba actuando y sintiendo como Artemisa, arquetipo de la Gran Hermana, protectora de las mujeres. Mi oponente, por el contrario, era como Atenea, la hija que había surgido ya crecida de la cabeza de Zeus, y era, por lo tanto, la diosa-patrona de los héroes, defensora del patriarcado y, en gran medida, “hija de su padre”.
En otra ocasión, estaba leyendo acerca del secuestro de Patty Hearst. Me di cuenta de que el mito de Perséfone, la doncella que fue raptada, violada y mantenida en cautividad por Hades, señor del mundo subterráneo, estaba siendo representado una vez más, esta vez, en los titulares de los periódicos. En aquella época, Hearst era una estudiante de la Universidad de California, una hija protegida de dos actuales y ricos “dioses olímpicos”. Fue secuestrada —llevada al mundo subterráneo del líder del Ejército Simbiótico de Liberación— encerrada en un armario oscuro y violada repetidamente.
En poco tiempo estaba viendo a las “diosas en cada mujer”. Descubrí que el saber qué “diosa” estaba presente ahondaba mi comprensión de los sucesos cotidianos, así como de los acontecimientos más graves. Por ejemplo: ¿qué diosa puede estar mostrando su influencia cuando una mujer prepara y realiza tareas domésticas?
Me di cuenta de que existía una prueba sencilla: cuando el marido de una mujer se ausenta durante una semana, ¿cómo se comporta ésta respecto a las comidas para sí misma y que le sucede a la casa? Cuando una mujer Hera (abreviación de “esta diosa concreta constituye la influencia dominante”) o una mujer Afrodita cena sola, probablemente se trata de un asunto triste y descorazonador: tal vez requesón envasado. Cuando está sola, para ella cualquier cosa que haya en la nevera es suficiente, en marcado contraste con las buenas o elaboradas comidas que prepara cuando su marido está en casa. Ella cocina para él. Por supuesto, hace lo que a él le gusta en lugar de lo que ella prefiere, porque es una buena esposa que ofrece buenas comidas (Hera), está motivada por si naturaleza maternal de cuidarle (Deméter), hace lo que él desea (Perséfone) o intenta serle atractiva (Afrodita). Pero si Hestia es la diosa que le influye, una mujer pondrá la mesa y se proporcionará a sí misma una auténtica comida cuando está sola. Y la casa estará en su buen orden habitual. Si son las otras diosas las responsables de la motivación de hacer las tareas domésticas, lo más probable es que éstas sean descuidadas hasta que vuelva el marido. Una mujer Hestia pondrá flores nuevas para sí misma que nunca verá su marido ausente. Su apartamento o su casa tiene el aire de su hogar, porque es ella la que vive allí, y no porque hace las cosas para otra persona.
A continuación surgió la pregunta: “¿Encontrarían también otras personas útil y aprovechable esta manera de conocer la psicología de las mujeres mediante los mitos?”. La respuesta vino mientras daba conferencias sobre “Diosas en cada mujer”. Los públicos estaban “enchufados”, interesados comentaban el entusiasmo de utilizar la mitología como una herramienta de comprensión interna. Era una manera para todo el mundo de entender a las mujeres, un método emocionalmente conmovedor. A medida que compartía los mitos, la gente oía, veía y sentía lo que yo estaba diciendo; cuando interpretaba esos mitos, la gente tenía reacciones de “¡ajá!”. Tanto hombres como mujeres captaban el significado de los mitos como una verdad personal, comprobando algo que ya conocían y de lo que en aquellos momentos se hacían conscientes.
También hablaba en encuentros de organizaciones profesionales y discutía mis ideas con psiquiatras y psicólogos. Partes de este libro fueron desarrollados previamente como exposiciones ante la Asociación Internacional de Psicología Analítica, la Academia Americana de Psicoanálisis, la Asociación Americana de Psiquiatría, el Instituto para la Mujer de la Asociación Americana de Ortopsiquiatría y la Asociación de Psicología Transpersonal. Mis colegas hallaron clínicamente útil este enfoque y apreciaron la nueva percepción interna en los patrones caracterológicos y los síntomas psiquiátricos que una compresión de las “diosas” puede proporcionar. Para la mayoría de ellos/ellas, fue la primera exposición sobre la psicología de las mujeres que habían oído dar a una analista junguiana.
Sólo mis colegas junguianos/as eran conscientes de que yo estaba (y estoy) proponiendo nuevas ideas sobre la psicología femenina, que difieren de algunos conceptos de Jung, así como integrando perspectivas femeninas junto con psicología arquetípica. Aunque este libro está escrito para un público no especializado, el lector sofisticado junguiano tal vez advierta que una psicología de las mujeres basada en los arquetipos femeninos desafía la aplicabilidad de la teoría de ánimus-ánima de Jung (véase el capítulo 3, “Las diosas vírgenes”). Muchos escritores junguianos han escrito sobre los dioses y las diosas griegos como figuras arquetípicas. Estoy en deuda con ellos por haber aportado su conocimiento y comprensiones internas, y por ello cito sus trabajos (capítulos de notas). Sin embargo, al seleccionar siete diosas griegas y clasificarlas en tres grupos específicos, según su funcionamiento psicológico, he creado una nueva tipología, así como un instrumento de comprensión de los conflictos intrapsíquicos (todo el libro). Dentro de esta tipología, he añadido el concepto de conciencia de Afrodita, como un tercer modo de centrar la conciencia y la atención difusa que han sido ya descritas en la teoría junguiana (véase el capítulo 11, “Las diosas alquímicas”).
Se introducen dos nuevos conceptos psicológicos adicionales, pero no muy elaborados, ya que desarrollarlos más habría supuesto una desviación del tema de este libro.
En primer lugar, las “diosas” proporcionan una explicación de las contradicciones entre el comportamiento de las mujeres y la teoría de Jung de los tipos psicológicos. Según los tipos psicológicos de Jung, se supone que una persona es de actitud extravertida o introvertida; utiliza el sentimiento o el pensamiento para afirmar su actitud, y percibe mediante la intuición o la sensación (a través de los cinco sentidos). Además, se supone que una de estas cuatro funciones (el pensamiento, el sentimiento, la intuición y la sensación) es la más conscientemente desarrollada en la que más se confía; cualquiera que sea ésta, se presupone que la otra mitad es la menos consciente o en la que menos se confía. Las excepciones al modelo junguiano de “o una cosa o la otra. O más desarrollado conscientemente o menos desarrollado” han sido descritas por las psicólogas junguianas June Singer y Mary Loomis. Yo creo que los arquetipos de las diosas proporcionan una explicación a las excepciones en las mujeres.
Por ejemplo, cuando una mujer “cambia de marcha” y va de una faceta de sí misma a otra, puede cambiar de un patrón de diosa a otro: en una situación, por ejemplo, es la Atenea extravertida y lógica que presta atención a los detalles; en otra, es una Hestia introvertida y hogareña para la que “la procesión va por dentro”. Este cambio explica la dificultad que tiene una mujer multifácetica de determinar a qué arquetipo junguiano pertenece. O tal vez esté enormemente atenta a los detalles estéticos (que Afrodita influye) y no darse cuenta de que el horno está encendido o la bombona de gas está casi vacía (detalles que a Atenea no se le escaparían). La “diosa” preponderante explica cómo una función (en este caso, la sensación) puede paradójicamente ser al mismo tiempo inconsciente y estar altamente desarrollada (véase el capítulo 14, “¿Qué diosa consigue la manzana de oro?”).
En segundo lugar, a partir de la observación clínica me he dado cuenta de que el poder del arquetipo de una diosa de arrollar el ego de una mujer y producirle síntomas psiquiátricos se iguala con el poder históricamente atribuido a esa diosa —poder cuya influencia ha disminuido desde la Gran Diosa de la antigua Europa a través de las fases de las diosas griegas (véase capítulo 1, “Las diosas como imágenes internas”).
Aunque este libro formula teorías y proporciona información útil para terapeutas, esta escrito para toda persona que quiera entender mejor a las mujeres —en especial, aquellas mujeres que están más cerca de ella, que le son más queridas o que le dejan más perpleja—, y para las mujeres, con el objeto de que descubran dentro de sí a las diosas.