1 - LAS DIOSAS COMO IMÁGENES INTERNAS

A mi amiga Ann le pusieron en los brazos un frágil bebé, una “bebé azul”, con un defecto cardíaco congénito. Ann estaba conmovida mientras sostenía a aquella pequeña recién nacida y le miraba a la cara. También sintió un intenso dolor en el centro del pecho bajo el esternón. En unos pocos instantes, ella y aquel bebé habían forjado un vínculo. Después, Ann visitó a la pequeña con regularidad y mantenía el contacto todo el tiempo que le era posible. La criatura no sobrevivió a una operación de corazón. Sólo vivió unos meses, pero causó una profunda impresión en Ann. En aquel primer encuentro había evocado una imagen interna empapada de emoción que se depositó en lo más profundo de su psique.

En 1966, Anthony Stevens, escritor y psiquiatra, estudió los lazos de cariño de la infancia en el Centro de Bebés Metera, cerca de Atenas. Lo que observó que sucedía entre las nodrizas y estas criaturas huérfanas era análogo a la experiencia de Ann. Descubrió que se establecía un vínculo especial entre un bebé y una nodriza determinada a través de una deleite y atracción recíprocos, proceso parecido al de enamorarse.

Las observaciones de Steven contradicen la “teoría del amor interesado”, que postula que los lazos se crean entre madre e hijo a causa de los cuidados y del sustento. Steven descubrió que al menos de un tercio de los bebés se encariñaban con nodrizas que no les habían proporcionado cuidados rutinarios, o muy pocos, antes de que se estableciese el vínculo de afecto. Después, invariablemente, la nodriza hacía mucho más por la criatura, normalmente porque llegaba a responder recíprocamente al cariño, pero también porque el bebé solía rechazar ser atendido por otra nodriza, cuando la “suya” estaba cerca[1].

Algunas nuevas madres experimentan un cariño inmediato por sus recién nacidos; brota en ellas un amor fieramente protector y una ternura profunda hacia esa criatura cuando tienen en sus brazos al indefenso bebé al que acaban de dar a luz. Nosotros decimos que el bebé evoca el arquetipo de madre en tales mujeres. Para otras nuevas madres, sin embargo, el amor maternal se desarrolla a lo largo de varios meses, y se hace evidente cuando el bebé tiene ocho o nueve meses.

Cuando tener un bebé no activa “la madre” en una mujer, la mujer suele saber que no está sintiendo lo que otras madres sienten, o algo que ella misma ha sentido por otro niño. El bebé echa en falta una conexión vital cuando no es activado el arquetipo de “la madre”, y sigue anhelando que se establezca (aunque, como ocurría con las nodrizas del orfanato griego, este patrón arquetípico madre-hijo puede ser realizado a través de una mujer que no sea la madre biológica). Y el anhelo de este cariño puede continuar durante la época adulta. Una mujer de cuarenta y nueve años, que estaba en un grupo de mujeres conmigo, lloraba mientras hablaba de la muerte de su madre, porque estando su madre ya muerta nunca podría desarrollarse esa deseada conexión.

Lo mismo que “la madre” es una manera de ser profundamente sentida que un niño puede activar en una mujer, cada niño está “programado” para buscar una madre. Tanto en la madre como en el hijo (y por lo tanto en todos los seres humanos), la imagen de la madre se asocia a una conducta maternal y a la emoción. Esta imagen interna activa en la psique —una imagen que determina inconscientemente el comportamiento y las respuestas— es un arquetipo.

“La Madre” es sólo uno de los muchos arquetipos —o papeles latentes e internamente predeterminados— que pueden activarse en una mujer. Cuando reconocemos los diferentes arquetipos podemos ver con más claridad lo que está actuando en nosotros/as y en los demás. En este libro introduciré arquetipos que están activos en las psiques de las mujeres, y que están personificados como diosas griegas. Por ejemplo, Deméter, la diosa maternal, es una encarnación del arquetipo de la madre. Las otras son Perséfone (la hija), Hera (la esposa), Afrodita (la amante), Artemisa (la hermana y rival), Atenea (la estratega), y Hestia (la mantenedora del hogar). Como nombres para los arquetipos, por supuesto, las diosas son útiles únicamente cuando las imágenes se ajustan a los sentimientos de la mujer, ya que los arquetipos no tienen realmente nombres.

C.G.Jung introdujo el concepto de arquetipos en la psicología. Él consideraba los arquetipos como pautas de comportamiento instintivo comprendidas en un inconsciente colectivo. El inconsciente colectivo es la parte del inconsciente que no es individual sino universal, con contenidos y modos de comportamiento que son más o menos los mismos en todas partes y en todas las personas[2].

Las diosas como arquetipos

A la mayoría de nosotros se nos enseñó algo acerca de los dioses y diosas del monte Olimpo en algún momento en la escuela y hemos visto estatuas y pinturas de ellos. Los romanos veneraban estas mismas veleidades, dirigiéndose a ellas con sus nombres latinos. Los dioses del Olimpo tenían atributos humanos: su conducta, reacciones emocionales, apariencia y apariencia y mitología nos proporcionan patrones que se asemejan a la conducta y actitudes humanas. También nos son familiares porque son arquetípicos; es decir, representan modelos de ser y de actuar que reconocemos a partir del inconsciente colectivo que todos compartimos.

Los más famosos de ellos eran los doce dioses del Olimpo: seis dioses —Zeus, Poseidón, Hades, Apolo, Ares, Hefestos— y seis diosas —Hestia, Deméter, Hera, Artemisa, Atenea y Afrodita. Una de las doce, Hestia (diosa del Hogar) fue sustituida por Dionisos (dios del vino), cambiando así el arquetipo hombre/mujer en siete dioses y cinco diosas. Los arquetipos de las diosas que describo en este libro son las seis diosas del Olimpo: Hestia, Deméter, Hera, Artemisa, Atenea y Afrodita— más Perséfone, cuya mitología no se puede separar de la de Deméter.

He dividido estas siete diosas en tres categorías: las diosas vírgenes, las diosas vulnerables y las diosas alquímicas (o transformadoras). Las diosas vírgenes fueron puestas juntas en la antigua Grecia. Las otras dos categorías son clasificaciones mías. Las formas de conciencia, los papeles favorecidos y los factores motivadores son las características que distinguen a cada grupo. Las actitudes hacia los demás, la necesidad de cariño y la importancia de las relaciones son también claramente diferentes en cada categoría. Las diosas que representan las tres categorías requieren ser expresadas por algún lado en la vida de una mujer que ésta pueda amar profundamente, trabajar con sentido, y ser sensual y creativa.

El primer grupo que se encontrará en estas páginas son las diosas vírgenes: Artemisa, Atenea y Hestia. Artemisa (a la que los romanos llamaron Diana) es la diosa de la caza y de la luna. Sus dominios eran las tierras vírgenes. Era la arquera de disparo certero y la protectora de la juventud de todas las cosas vivientes. Atenea (conocida como Minerva por los romanos) era la diosa de la sabiduría y la artesanía, patrona de Atenas, ciudad que tomó su nombre, y protectora de numerosos héroes. Normalmente se la representa llevando una armadura y era conocida como la mejor estratega en las batallas. Hestia, la diosa del Hogar (la diosa romana Vesta), era la menos conocidas de todas las diosas del Olimpo. Estaba presente en las casas y en los templos como fuego en el centro del hogar.

Las diosas vírgenes representan la cualidad de independencia y autosuficiencia en las mujeres. Por el contrario de las demás diosas del Olimpo, estas tres no podían enamorarse. Los apegos emocionales no les desviaban de lo que consideraban importante. No eran victimizadas y no sufrían. Como arquetipos, expresan la necesidad de autonomía en las mujeres y la capacidad que éstas tienen de centrar su conciencia en lo que tiene sentido personalmente para ellas. Artemisa y Atenea representan la actitud de ir directamente a los objetivos y el pensamiento lógico, que hacen de ellas los arquetipos orientados hacia el logro. Hestia es el arquetipo cuya atención está enfocada hacia dentro, hacia el centro espiritual de la personalidad de una mujer. Estas tres diosas son arquetipos femeninos que persiguen sus metas de manera activa. Amplían nuestro concepto de los atributos femeninos para incluir la competencia y la autosuficiencia.

Al segundo grupo —Hera, Deméter y Perséfone— le llamó las diosas vulnerables. Hera (conocida como Juno por los romanos) era la diosa del matrimonio. Era la esposa de Zeus, el dios que reinaba sobre los dioses del Olimpo. Deméter (la diosa romana Ceres) era la diosa de las cosechas. En su mito principal se enfatizaba su papel de madre. Perséfone (en latín, Proserpina) era la hermana de Deméter. Los griegos la llamaban también Koré, “la doncella”.

Las tres diosas vulnerables representan los papeles tradicionales de la esposa, la madre y la hija. Son los arquetipos orientados hacia las relaciones, cuyas identidades y bienestar dependen de tener una relación significativa. Expresan la necesidad de las mujeres de afiliación y vinculación. Están armonizadas con otras personas y son vulnerables. Estas tres diosas son violadas, raptadas, dominadas o humilladas por dioses masculinos. Cada una sufrió a su manera al romperse o deshonrarse una relación afectiva, y mostraron síntomas similares a los de una enfermedad psicológica. Cada una de ellas también evolucionó, y puede proporcionar a las mujeres una comprensión interna de la naturaleza y pauta de las propias reacciones que deben abandonarse, y el potencial para el crecimiento interno mediante el sufrimiento inherente a cada uno de estos tres arquetipos de diosas.

Afrodita, diosa del amor y de la belleza (más conocida por su nombre romano como Venus), se encuentra por derecho propio en la categoría de las diosas alquímicas. Era la más bella e irresistible de las diosas. Tuvo muchas aventuras y numerosa descendencia de sus numerosas relaciones. Creaba amor y belleza, atracción erótica, sensualidad, sexualidad y nueva vida. Entablaba relaciones por decisión propia y nunca fue victimizada. Así pues, siempre mantuvo su autonomía como diosa virgen y tuvo relaciones como diosa vulnerable. Su conciencia era receptiva y al mismo tiempo estaba concentrada, lo que permitía un intercambio en dos direcciones, que le afectaba tanto ella como a la otra persona. El arquetipo de Afrodita motiva a las mujeres a perseguir intensamente las relaciones más que la permanencia, a valorar el proceso creativo y a estar abiertas a cambiar.

El árbol de la familia

Para apreciar mejor quiénes son las diosas y qué relaciones tienen con otras deidades, situémoslas primero en su contexto mitológico. En esto estamos en deuda con Hesiodo (700 años aproximadamente a, de C.) que fue el primero que intentó clasificar de manera ordenada las numerosas tradiciones relativas a los dioses. Su principal obra, la Teogonía, es un relato del origen y descenso de los dioses[3].

Al principio, según Hesiodo, existía el Caos, el punto de partida. Del Caos surgió Gea (Tierra), el oscuro Tártaro (las más bajas profundidades del mundo subterráneo), y Eros (amor).

Gea, con el género femenino de Tierra, dio a luz a un hijo, Urano, que también fue conocido como el Cielo. Después se unió a él para crear, entre otros, a los doce titanes remotos y primordiales poderes de la naturaleza, que fueron venerados en la antigua Grecia. En la genealogía de los dioses de Hesiodo, los titanes constituían una temprana dinastía gobernante, padres y abuelos de los dioses del Olimpo.

Pero, Urano, la primera figura patriarcal o paterna de la mitología griega, se sentía resentido por los hijos que había engendrado con Gea, de manera que los enterraba en el cuerpo de ella en cuanto nacían. Esto causó gran dolor y congoja a Gea, que llamó en su ayuda a sus hijos, los titanes. Todos tenían miedo de intervenir excepto el menor, Cronos (llamado Saturno por los romanos), que respondió a su llanto de solicitud de ayuda y, armado con la hoz que ella le había dado y el plan que también ella había urdido, se tumbó a la espera de su padre.

Cuando Urano llegó para yacer con Gea, derramándose con ella, Cronos tomó la hoz, cortó los genitales de su padre y los arrojó al mar. Cronos se convirtió entonces en el Dios masculino más poderoso. Junto a los titanes gobernó el universo y creó nuevas deidades. Muchas representaban elementos presentes en la naturaleza, como los ríos, los vientos y el arco iris. Otros eran monstruos, que personificaban el mal o ciertos peligros.

Cronos se emparejó con su hermana titán, Rea. De su unión nació la primera generación de los dioses del Olimpo, Hestia, Deméter, Hera, Hades, Poseidón y Zeus.

Una vez más, el progenitor patriarcal —esta vez, Cronos— intentó eliminar a sus hijos. Prevenido de que estaba destinado a ser destronado por su propio hijo, y determinado a que esto no sucediera, se tragó a cada uno de sus hijos nada más nacer, sin siquiera mirar si el recién nacido era niño o niña. En total se comió a tres hijas a dos hijos.

Abatida por el dolor ante el destino de sus hijos e hijas, y encinta de nuevo, Rea recurrió a Gea y a Urano para que le ayudaran a salvar al último y castigaran a Cronos por haber castrado a Urano y haberse comido a cinco hijos. Sus padres le aconsejaron ir a Grecia cuando llegase el momento del parto y engañar a Cronos envolviendo una piedra en los pañales. En su apresuramiento, Cronos se tragó la piedra pensando que era el bebé.

Este último niño salvado fue Zeus, que, naturalmente, destronó posteriormente a su padre y llegó a gobernar sobre los mortales y sobre los dioses. Después de ser criado en secreto, engañó a su padre para que vomitase a sus hermanos y hermanas. Con la ayuda de éstos, Zeus, se embarcó en una larga lucha por la supremacía, que terminó con la derrota de Cronos y de los titanes y con su reclusión en las mazmorras del Tártaro.

Tras su victoria, los tres dioses hermanos —Zeus, Poseidón y Hades— echaron suertes para dividirse el universo. Zeus ganó el cielo, Poseidón el mar, y Hades el mundo subterráneo. Aunque se suponía que la tierra y el monte Olimpo constituían un territorio compartido, Zeus consiguió extender su ley a estas zonas. Las tres hermanas —Hestia, Deméter y Hera— no poseían derechos de propiedad, conforme a la naturaleza patriarcal de la religión griega.

Mediante sus relaciones sexuales, Zeus engendró la nueva generación de deidades: Artemisa y Apolo (dios del sol) eran hijos de Zeus y Latona, Atenea era hija de Zeus y Metis, Perséfone, hija de Deméter y Zeus, Hermes (el dios mensajero) era hijo de Zeus y Maia, mientras que Ares (dios de la guerra) y Hefestos (dios de la forja) eran hijos de su real consorte, Hera. Existen dos historias sobre el origen de Afrodita: en una, es la hija de Zeus y Dione; en otra, era anterior a Zeus. Zeus engendro a Dionisos en una relación con una mujer mortal, Semele.

Al final del libro se da una lista de personajes: resúmenes biográficos de dioses y diosas, en orden alfabético, como ayuda para mantenerse al tanto de quién es quién en la mitología griega.

Historia y mitología

La mitología que dio lugar al nacimiento de las diosas y dioses griegos surgió de acontecimientos históricos. Es una mitología patriarcal que exalta a Zeus y a los héroes, y que refleja el encuentro y el sometimiento de pueblos que tenían religiones basadas en la madre, por parte de invasores que poseían dioses guerreros y teologías basadas en el padre.

Marija Gimbutas, profesora de arqueología europea en la Universidad de California en los Ángeles, describe la “Vieja Europa”, la primera civilización de Europa[4]. Remontándose al menos 5.000 años (tal vez, incluso 25.000 años) antes del surgimiento de la religión masculina, la Vieja Europa era una cultura “matrifocal”, sedentaria, pacífica, amante de las artes, y ligada a la tierra y al mar, que rendía culto a la Gran Diosa. Las pruebas entresacadas de los yacimientos arqueológicos funerarios muestran que la Vieja Europa era una sociedad no estratificada e igualitaria, que fue destruida por una infiltración de pueblos indoeuropeos seminómadas, que se desplazaban a caballo, desde los lejanos norte y este. Estos invasores eran “patrifocales”, móviles, amantes de la guerra, orientados ideológicamente hacia el cielo e indiferentes al arte.

Los invasores se consideraban a sí mismos como un pueblo superior, a causa de su capacidad para conquistar a los anteriores pobladores, culturalmente más desarrollados, que rendían culto a la Gran Diosa. Conocida con muchos nombres —Astarté, Ishtar, Inanna, Nut, Isis, Astoreth, Au Set, Hathor, Nina, Nammu y Ningal, entre otros—, la Gran Diosa era venerada como la fuerza femenina profundamente conectada con la naturaleza y la fertilidad, responsable de la creación y de la destrucción de la vida. La serpiente, la paloma, el árbol y la luna eran sus símbolos sagrados. Según el historiador de mitos Robert Graves, antes de la llegada de las religiones patriarcales, la Gran Diosa fue considerada como inmortal, inmutable y omnipotente. Tenía amantes, no para que le proporcionasen hijos, sino por placer. La paternidad no se había introducido todavía en el pensamiento religioso, y no existían dioses (masculinos)[5].

Sucesivas olas de invasores de indoeuropeos iniciaron el destronamiento de la Gran Diosa. Las fechas de comienzo de las mismas son situadas por diversas autoridades entre los años 4.500 y 2.400 a, de C. Las diosas no fueron completamente suprimidas, sino que fueron incorporadas a la religión de los invasores.

Los invasores impusieron su cultura patriarcal y su religión guerrera a los pueblos conquistados. La Gran Diosa se convirtió en la esposa subordinada de los dioses invasores, y los atributos o el poder que originalmente pertenecían a la divinidad femenina fueron expropiados y dados a la deidad masculina. En los mitos apareció pro primera vez la violación, y surgieron mitos en los que héroes masculinos mataban serpientes, símbolos de la Gran Diosa. Y, como se refleja en la mitología, los atributos, símbolos y poder que en otro tiempo se ponían en una solo Gran Diosa se dividieron entre muchas diosas. La mitóloga Jane Harrison señala que la Diosa Gran Madre se fragmentó en muchas diosas menores, cada una de las cuales recibió atributos que en otro tiempo pertenecieron a aquélla: Hera obtuvo el ritual del matrimonio sagrado; Deméter, sus misterios; Atenea, sus serpientes; Afrodita, sus palomas; Artemisa, su función de “señora de las cosas de la naturaleza” (de la vida natural)[6].

Según Merlin Stone, autora de When God Was a Woman, el destronamiento de la Gran Diosa, iniciado por los invasores indoeuropeos, fue completado definitivamente por las religiones hebrea, cristiana y musulmana que surgieron posteriormente. La deidad masculina tomó el lugar predominante. Las diosas se marchitaron en un segundo plano, siguiéndoles las mujeres en sociedad. Stone señala: “Tal vez nos encontremos preguntándonos a nosotras mismas hasta qué punto la supresión de los ritos femeninos ha supuesto en realidad la supresión de los derechos de las mujeres”[7].

Diosas históricas y arquetipos

La Gran Diosa fue venerada como la creadora y la destructora de la vida, responsable de la fertilidad y destructividad de la naturaleza. Y la Gran Diosa existe todavía como arquetipo en el inconsciente colectivo. Yo he sentido con frecuencia la presencia de la Gran Diosa sobrecogedora en mis pacientes. Una de mis pacientes del periodo posterior al parto se identificaba con la Gran Diosa en su aspecto terrible. Gwen era una joven madre que se había vuelto psicótica tras el nacimiento de su hijo. Convencida de que había consumido el mundo, padecía de alucinaciones y estaba deprimida. Deambulaba por la sala del hospital, hundida en su culpabilidad y dolor. Cuando yo acompasaba el paso para hacerle compañía, solía decirme que ella había “engullido y destruido el mundo”. Durante su embarazo, se había identificado con la Gran Diosa en su aspecto positivo, como la creadora de vida. Después, tras el parto, se sentía como la Gran Diosa que tenía el poder de destruir lo que creaba y que lo había destruido. Su convicción emocional era tan intensa que ignoraba las pruebas de que el mundo todavía existía.

El arquetipo también vive todavía en su aspecto positivo. Por ejemplo, la Gran Diosa, como sostenedora de vida, es la imagen mantenida por una persona que está convencida de que su vida depende del nacimiento del vínculo con una mujer concreta. La mujer “se toma por” la Diosa. Esto es un espejismo bastante común. Cuando la pérdida de esta relación es tan devastadora que conduce a alguien a suicidarse, la vida depende literalmente de ella.

Igualando el poder contenido en la Gran Diosa cuando era venerada, la Gran Diosa arquetípica tiene el efecto más poderoso de cualquiera de los arquetipos; es capaz de evocar miedos irracionales y de distorsionar la realidad. Las diosas griegas eran menos poderosas que la Gran Diosa, y más especializadas. Cada una de ellas tenía su propio reino y poder, que estaba limitado a dicho reino. En la psique de las mujeres también las diosas griegas son fuerzas menos poderosas que la Gran Diosa; su poder para sobrepasar emocionalmente y para distorsionar la realidad es menor.

De las siete diosas griegas que representan los principales arquetipos comunes en las mujeres, Afrodita, Deméter y Hera poseen el mayor poder para dictar la conducta. Éstas tres están relacionadas más de cerca con la Gran Diosa que las otras cuatro. Afrodita es una versión menor de la Gran Diosa en su función de diosa de la fertilidad. Deméter es una versión menor de la Gran Diosa en su función de madre. Hera es una versión menor de la Gran Diosa como reina de los cielos. Sin embargo, aunque cada una de ellas es “menor” que la Gran Diosa, representan las fuerzas instintivas en la psique que pueden ser irresistibles cuando “exigen lo que les corresponde”, como veremos en capítulos posteriores.

Las mujeres que actúan impulsadas por cualquiera de estas tres diosas deben aprender a resistir, porque seguir ciegamente el mandato de Afrodita, Deméter o Hera puede afectar de manera adversa a la vida de una mujer. Estos arquetipos —al igual que sus diosas correspondientes en la Grecia antigua— no consideraban los mejores intereses de las mujeres mortales, o de sus relaciones con los demás. Los arquetipos existen fuera del tiempo, desinteresados de las realidades de la vida o de las necesidades de una mujer.

Tres de los restantes cuatro arquetipos —Artemisa, Atenea y Perséfone— eran diosas “doncellas”, que pertenecían a la generación de las hijas. Estas tres constituían una generación más separada de la Gran Diosa. Como arquetipos, son consecuentemente menos abrumadoras, pero influyen de manera importante en los patrones de carácter.

Y Hestia, la más anciana, la más sabia y la más venerada de todas las diosas, evitaba totalmente el poder. Representa un componente espiritual que una mujer hace bien en honrar.

Diosas griegas y mujeres contemporáneas

Las diosas griegas son imágenes de mujeres que ha vivido en la imaginación de la humanidad durante más de tres mil años. Las diosas son patrones o representaciones de cómo son las mujeres, con más poder y diversidad de comportamientos de los que se ha permitido ejercer históricamente a las mujeres. Son bellas y fuertes. Están motivadas por lo que les importa, como sostengo en este libro representan patrones intrínsecos o arquetipos que pueden conformar el curso de la vida de una mujer.

Estas diosas se diferencian unas de otras. Cada una tiene sus rasgos positivos y potencialmente negativos. Sus mitos muestran lo que es importante para ellas y expresan con metáforas lo que una mujer que se les parezca puede hacer.

Por mi parte, también he llegado a pensar en las diosas griegas del monte Olimpo —cada una de las cuales era única, y algunas de ellas antagónicas entre sí— como una metáfora de la diversidad y del conflicto interior de las mujeres, que somos complejas y multifacéticos. Todas las diosas se hallan potencialmente en cada mujer. Cuando varias diosas compiten por el dominio de la psique de una mujer, ésta necesita decidir qué aspecto de ella misma quiere expresar y cuando. De otra manera, será empujada primero en una dirección y después en otra.

Las diosas griegas también vivían, como nosotras, en una sociedad patriarcal. Dioses masculinos gobernaban la tierra, los cielos, el océano y el mundo subterráneo. Cada diosa independiente se adaptaba a esta realidad a su manera, separándose de los hombres, juntándose a los hombres como uno de ellos o retirándose hacia su propio interior. Cada diosa valoraba una relación concreta era vulnerable y relativamente débil en comparación con los dioses masculinos, que podían negarle lo que ella quería y dominarla. Así pues, las diosas representan patrones que reflejan la vida de una cultura patriarcal.