ESCENA SEXTA
Vengo a consumir tu boca
Esta miseria estaba produciendo estragos a
velocidad de vértigo. Estuve mucho tiempo, quizás demasiado,
ocultándolo, incluso a mí misma por tozudez. Me agobiaban las
sombras de una dolorosísima torre de babel sustentada sobre niveles
de glucemia y patologías: distrofia, astenia, estasia leucocitaria,
retinopatía aguda, edema macular quístico y no sé cuántas coronas
de espinas más. En fin, que sin haber puesto cuidado para
remediarlo me estaba quedando ciega. A pasos agigantados, pues cada
día me hería mucho más la luminosidad de las mañanas y sólo la
penumbra reconfortaba en las horas íntimas de la siesta. Estaba
quedándome ciega por golosa.
Y por si faltara poco, hacía semanas que no
lograba quitarme de encima un carraspeo de garganta, agotador.
Después de mis doblajes en París me dispuse a vivir con sosiego en
el espíritu. Si buceo en la memoria, seguro que tropiezo con lo que
le dije al Brujo Bohemio asomándome precisamente al espíritu:
—Lo primero que encuentro es mucha
sensibilidad, tanta, que me hace sufrir; buena para mi arte, pero
fuera del teatro tan fuerte sensibilidad sólo sirve para dar malos
ratos. Siento mucho las desdichas ajenas, lo cual tiene una pequeña
ventaja, y es que, pensando en las desdichas de los demás, tiene
una menos tiempo para pensar en las suyas. Yo sé que al exterior no
reflejo mi verdadero carácter, innata y eterna melancolía. ¡ Si
viera usted cuántas veces, por efecto de mi sensibilidad, paso
bruscamente de la tristeza al alborozo! Claro que las mujeres tal
vez somos un poco más locas que los hombres, o los hombres saben
disimularlo mejor que las mujeres. ¡Ah! Desde luego, creo más en la
amistad de los hombres que de las mujeres. En los hombres admito
que, generalmente, saben guardar un secreto, y las mujeres no. Yo
he guardado alguno ¡pero cuánto trabajo me ha costado!
Más de un secreto atesorado, puntualizaría
ahora. Era cierto que pensar en las calamidades e infortunios de
los demás facilita un poco el olvido de las propias, hace que duela
menos esta melancolía mía. Inevitablemente me acuerdo de Alfonso y
en cuánta fue mi tentación de verle en París. Tal vez me hubiera
citado en el hotel Meurice y yo sólo le hubiera consentido
cualquier restaurante discreto en Montmartre, que era lugar más de
la gente que frecuento. Habría sido otra de mis locuras.
Puesto que no tenía ensayos ni funciones leí
cuanto pude de Freud y varias obras de Gabriel Miró. Me encerré en
casa con Sobre los ángeles y Cal y canto, los libros de Alberti de los que había
escrito Juan varias artículos de periódico, me agradaron Viviana y Merlín de Benjamín Jarnés, Tercetos de Pirandello y La
moral del divorcio de don Jacinto. Por supuesto, releí las
tres novelitas de Juan y alguna noche me quedé dormida con las
cursilerías de Emilio Carrere en La mala
pasión.
Sentía una especie de impulso desmedido por
apremiarme en acudir a cuantos libros iba procurándome, antes de
que la bruma perenne del ojo izquierdo se hiciera más que tela
tupida, negro sudario. De pronto se me escapaba la vista al
infinito y volvían mis amores bonitos al gabinete. Entraban como
palabras a borbollones los que tuve con Alfonso antes de que
espaciara sus visitas y demorara las disculpas y fuera yo perdiendo
sus galanterías y lisonjas, las que antaño festejaban mi gracia, el
talle, la cintura, las caderas de ninfa, la pequeñez traviesa de
mis pechos; antes, mucho antes de que olvidara aquello tan
empalagosamente suyo de los bucles de oro bajo una corona, de que
se hartara de celebrar la hermosura quieta en mis mejillas, de que
me dolieran hasta los huesos la resaca de su lujuria rancia y tanta
inmisericorde soledad. Fueron días de ardor romántico que borró
lentamente la tristeza. Sin duda lo fueron porque quise y me
convino aquel idilio a escondidas, sin poder pasearlo por calles y
jardines, o porque estaba dispuesta a todo sin importar la hora,
separadas bien las piernas y a merced de sus caprichos. Después se
convirtió en el padre de mis hijos y comenzaron a escasear las
horas, los ratos, los minutos de intimidad. Fui perdiendo el sabor
de las salidas al Pardo, de las escapadas a Biarritz para desear
celosa su cuerpo mientras él cenaba en familia en Miramar, de mis
correrías por despecho. Por no haber, no hubo ni siquiera tardes de
amor urgente. Aquello nuestro duró probablemente porque Alfonso era
el marido ideal. Ese que no se tiene nunca. Creía firmemente, y así
lo dije a Blanco y Negro por entonces,
que suponiendo que la mujer se casara verdaderamente enamorada,
llegaría, fatalmente, el momento trágico de la desilusión. Y
entonces el ideal, si es que ha existido alguna vez, muere
irremisiblemente. El hombre es ideal —o puede serlo— hasta que
llega a ser marido. Entonces la vida descubre su secreto y no queda
más remedio que aceptar el sacrificio de vivirlo entre los dos lo
más resignadamente posible. Con estas elucubraciones aún trato a
veces de complacerme a mí misma. Para explicarme en buena medida el
fracaso con Alfonso. El marido ideal sería, precisamente, el que
nunca se cansara de su mujer..., ni diera motivos para que su mujer
se cansara de él... En verdad, yo me cansé de amante, aunque
procuré aguantar un tiempo por los niños. Hasta que consideré
llegado el momento de hacer tabla rasa del pasado.
No recuerdo cuántas veces le dije a cada
espejo que me hubiera gustado mantener mi pelo rubio, pero sin
tinte, que querría tener la nariz más baja o más larga, que de mí
lo que me gusta y me encanta es la voz. Y así también se lo conté
al Brujo Bohemio en una de sus entrevistas. Pero callé que deseaba
verme eternamente guapa para Juan y que me enamoré de él hasta las
trancas. El suyo era otro tacto. Con forma de hoz para segar a ras
de suelo mis nostalgias hasta que de ellas no quedaran ni un
rastrojo. Con él me dispuse a comerme el mundo y a respirar
felicidad a bocanadas. Mi madre pronto se dio cuenta de mi ánimo
exultante y que el rey ya no ocupaba las conversaciones exclusivas
entre las dos, más allá de una fingida apariencia de relación sin
sobresaltos. Pero, como bien saben los lectores, con la propia
madre resulta muy difícil mantener el disimulo. Todavía conservo
intacto en la memoria cómo fue pasando de la regañina con
argumentos delicadamente maternales a la guerra declarada, con el
único propósito de que me aviniese en razones, me retractase y
cambiara de intención.
—¡Eso, ni se te ocurra! ¿Cómo vas a
atreverte a tal ignominia para la familia? —no quise dejar de
mirarla en su ir y venir de un lado a otro del comedor, mientras yo
hacía esfuerzos para contener el silencio—. Carmela, hija, déjame
convencerte y no hagas locuras, al menos por vuestros hijos. Es el
rey, por favor, Carmela. Bueno, ya hablarás con tu padre.
Hablé con mi padre para decirle que había
otro hombre. Mientras liaba un pitillo me reprochó sin mirarme todo
lo que podía reprender a una hija, buscaba fundamentos y valores en
los que él mismo no creía para tratar de acercarme a mi cordura, y
aún tuvo tiempo para lamentar que por mi cabezonería se perdiesen
sus buenas relaciones con el monarca. Luego se levantó y dijo que
había terminado de hablar, no sin antes quebrársele la voz a medio
camino entre la resignación y la tristeza:
—Haz lo que más te plazca, Carmela, lo que
la voluntad y la sensatez te dicten. Nunca hagas caso al corazón.
Por cierto, ¿quién ha sido el valiente que ha destronado al
rey?
—Juan Chabás se llama. Escritor. Novelista y
poeta.
Colabora en los periódicos. Muy atento, muy
buena gente. Y guapo a rabiar. Amante del teatro...
—Y tuyo, al parecer —aguijoneó mi
madre.
—Sí, me corteja desde hace ya más de tres
años y medio —respondí airada.
Al día siguiente me presenté con Juan y los
niños en casa de mis padres poco antes de la cinco. A mi madre,
sorprendida y azorada en extremo, lo único que se le ocurrió,
después de las presentaciones y alguna mirada de soslayo, fue
mandar a comprar más pastas de té porque, según ella, estaba muy
menguada la bandeja, de las de chocolate y de las que tienen un
trozo de fresa en el centro y ese gusto entre limón y vainilla. Y
enseguida se puso zalamera con el invitado al abrir la caja de
bombones Nestlé que le ofrecimos. Se interesó por sus gustos
gastronómicos, por la posibilidad de invitarle a comer cualquier
domingo, por sus deberes como hijo de notario, por sus quehaceres
en Denia, por lo difícil que debe ser contar historias de novelas.
Dudo que les apasionaran las explicaciones sobre sus afanes
literarios. Mi madre celebró feliz que Terete le mostrara a Juan
gran afecto y que Leandrito, con apenas año y meses, se acurrucase
en sus brazos rechazando irse a los de la abuela. He de reconocer,
Carmela, que es un tipo fascinante, tan educado y caballero como lo
fue tu padre, me dijo a hurtadillas en el hall doña María de las
Mercedes Moragas Pareja mientras nos despedíamos.
Al lado de Juan Chabás fui aprendiendo a
vivir desde entonces de otra manera; comencé a explorar el lado
oculto de la luna, ese del que sólo saben los pícaros y los
bohemios, el de los lugares canallas, el de las mercaderes de
insomnios y de cuantos ronronean promesas como gatos encelados por
las oscuridades de Chamartín de la Rosa. Mi madre y Filomena solían
cuidar de los niños mientras cenábamos fuera con amigos o
asistíamos a algún acto de vida social, cuando salíamos al teatro o
al cine o nos atrevíamos a curiosear en cabarets de moda, cuando
viajaba con Juan, mientras bailábamos bien apretados en la sala de
fiestas Casablanca o en el patio interior de un colmado popular de
La Guindalera hasta más allá de la madrugada. Si acaso dudaba la
respuesta a su pregunta de a dónde ir de noche, hacía añicos mi
indecisión con un beso largo y terminábamos en su pisito de
Chamberí haciendo con vicio el amor hasta que las del amanecer
serían.
Indagando en los recuerdos, sólo le
reprocharía que fuera el culpable de mis desvelos y que me volviera
deliciosamente tarumba cuando hacía el gamberro como el chiquillo
más enredador en el recreo. A la última luz pálida de una tarde,
camino de la calle de la Reina para tomarnos un cocktail en Cock, de repente se encaramó a la reja
de una de las ventanas del Banco Español de Crédito, frente a la
Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, y ante la sorpresa
de los paseantes, me amenazaba con quedarse allí reclamando a voz
en grito que le dijese que siempre le iba a querer, que bajaría
cuando escucharan los transeúntes mi promesa; otras veces, sin
importarle en absoluto que la acera estuviese concurrida, se
colgaba de mi brazo, se despeinaba y haciéndose el contrahecho me
manoseaba sin cesar una mejilla llamándome guapa, linda, guapa,
hasta que no le diese un beso. Entre éstas y mil ocurrencias más
fui perdiendo no poca timidez y desarrollando una capacidad de
abstraerme de la gente, como si fuéramos los únicos dueños
antojadizos de los espacios. A mediados de noviembre, una noche en
la que se había marchado de Madrid el otoño, me di cuenta de esa
aptitud en el momento que abrí los ojos al lado de la chimenea
prusiana de la Cervecería Alemana y vi reflejado nuestro beso junto
a las miradas trasegando luminosas en el gran espejo. Porque no se
me subieron los colores, al contrario, disfruté confundiéndome con
ellas mientras Juan me apretaba contra él y deslizaba un abrazo
lento por la espalda y recorría mi cuello hasta el ángulo del
hombro con su boca. Pero no sólo me deleitaba que nos vieran
querernos, también que imaginaran hasta dónde podía llegar mi
atrevimiento a altas horas con aquel hombre a quien estaba
acariciando la nuca y mordisqueándole el lóbulo de la oreja. Tal
vez la primera vez que renegué de las composturas de la pacatería
en público ocurriera frente a un grupito de desconocidos que
hablaban con el jactancioso cachorro de don Miguel, José Antonio
Primo de Rivera, y con César González Ruano en el café Bakanik,
próximo a la casa de Gregorio Marañón en la calle Salustiano
Olózaga. Crucé las piernas ostentosamente, arreglé y desarreglé mi
escote, con descaro me pinté los labios y la desquerida del rey se
dispuso a ensayar con un republicano, a quien aquellos mirones sin
duda odiaban, todas sus mejores zalamerías. Recuerdo que volvíamos
de ver a Celia Gámez en el Pavón por dos pesetas.
El segundo aniversario de la República lo
celebramos yendo al estreno del cine Alkázar. Ponían la película
Primavera en otoño, dirigida por nuestro
querido Martínez Sierra y protagonizada por Catalina Bárcena. Su
título se me antojaba refrendo de mi estado de ánimo por aquellos
días. Cuando Juan vino a recogerme a primera hora de la tarde
estaba sola, pues los niños poco antes habían salido de paseo con
Filomena. Tenía unas ganas desbordantes de amarle en casa. Por eso,
le atraje por la corbata hasta el mismo butacón de mis cabezadas
durante la siesta. Se quitó la chaqueta, por detrás llevaba fuera
el faldón de la camisa como siempre. Fuimos desabotonándonos, le
recordé maliciosamente que era diestro en desabrochar sostenes.
Dábamos besos sucesivos. Tiré un puñado de seda con labores al
canapé de al lado y de pronto nos bajamos del mundo en el apeadero
de la lujuria. Le empujé bruscamente contra el sillón y encabalgada
sobre él busqué sus labios nuevamente, mordí, chupé, succioné sus
pezones. Él pellizcaba sagaz los míos. De súbito aconteció esa
plenitud carnal de quienes son capaces de demorar los instantes.
Arrebujé mi falda del traje sastre por encima de la cintura,
sentada sobre sus muslos desnudos me echó las manos a las nalgas y
fui acomodándome sin reglas ni piedad a su reciura insolente
mientras reinventaba la felicidad y, convertida ya en amazona a
toda brida, iba pasando de una especie de convulsiones al mareo y
del mareo al vértigo. Terminamos queriéndonos sudorosos sobre el
suelo de tarima. Vaya usted a saber qué pensarían Dido y Eneas, que
no nos perdían de vista, bordados en el tapiz que a Terete le
regaló su padre.
Más de dos años habían transcurrido sin ver
a Alfonso y aún no parecía que estuviera acostumbrada del todo a su
ausencia. En absoluto echaba de menos su compañía de circunstancias
y nuestra rutina de amantes; sin embargo, fue tan intensamente
gozada aquella relación, irracional al mismo tiempo que lógica, tan
extraordinario y tan poco liviano peso la descendencia que le di,
que resultaba imposible desterrar su recuerdo. A menudo tropezada
con aquellos ojos suyos que me clavaban invisibles aguijones
envenenados de reproche en la conciencia. La entrada de Juanito en
el escenario de mi vida con intención de quedarse, redujo lo que
antes era advenedizo en mera sombra, quebrada sólo por una brizna
de luz muy tenue en la memoria, que integré en mi existencia sin
mayor esfuerzo, que sólo avivaba la infancia de María Teresa y
Leandro. Únicamente.
La primavera del treinta y tres fue intensa.
Madrid olía aún a conspiración después del fracaso de los generales
Sanjurjo y Barrera. En un bar de la plaza de Santa Ana me enteré de
que la gente confiaba en la pronta caída de don Manuel Azaña, del
que se decía que iba a recibir más tortas que las que le propinó el
mismísimo Paulino Uzcudun al alemán Guehring. En el otro extremo de
la barra un hombre leía el periódico a un grupo de amigos y se
preguntaba la idoneidad de la Comisión que las Cortes, presididas
por Julián Besteiro, había enviado a Casas Viejas; y levantaba aún
más la voz al leer las intervenciones de diputados sobre el
proyecto de congregaciones religiosas. Por entonces debió decir
Onésimo Redondo aquello de la violencia saludable para que las
milicias de las JONS se tomaran la justicia por su mano y sembraran
el miedo en pleno centro o, más cobardemente, en los barrios de las
afueras. Eran los lobeznos fascistas de Ledesma Ramos con sus
berreos y pistolas, cuya sinrazón volvía loco a Juan. Casi tanto
como que el hecho de que el teatro no lograra desprenderse de su
crisis galopante y que se vendiera a unas quince mil pesetas
imposibles aquel nuevo Plymouth descapotable, con frenos
hidráulicos, motor flotante y rueda libre, al que se quedaba
mirando cada vez que pasaba frente al escaparate del número trece
de la calle Génova. Aquellos días los vivimos Juan y yo a nuestra
manera. Me sentía rejuvenecida, como si el doctor Fernando Asuero
hubiera manipulado mi nervio trigémino para curar todos mis
inoportunos achaques: apenas tosía y carraspeaba menos; lo que no
distinguía a ver con claridad de lejos, me lo acercaba la
imaginación para acertar su naturaleza; los que Juanito llamaba
dolores de ingles debió apaciguarlos tanta agujeta por batallas de
amor en campos de pluma.
Decidimos recuperar el tiempo que pensamos
perdido. Juan redujo sus compromisos políticos a medida que se
implicaba en las tareas propias del secretariado de la sección de
Literatura del Ateneo, cargo para el que había sido nombrado un año
antes junto a Antonio Espina, Jarnés y Valentín Andrés Álvarez,
bajo la presidencia de Unamuno; y también a medida que se adentraba
con mayor dedicación en el mundo del teatro. Y en mi cuidado.
Lo que más disfrutaba yo de su actividad
política era el placer de la intimidad durante las horas únicamente
nuestras en cualquier hotel, después de escucharle señalar desde la
tribuna en los actos de propaganda del Partido Radical Socialista
los contrastes entre los regímenes monárquico y republicano. Como
en aquel de enero del treinta y dos en el Cinema Ateneo de
Guadalajara, en el que intervino con el hijo de Clarín y Joaquín
Pérez Madrigal, cuando aplaudí, como me aplaudían en el más logrado
de los estrenos, al oírle decir que la Monarquía era un monopolio
de privilegios, mientras que la República, al acrecentar el volumen
histórico del país, eleva su condición cívica, establece la
solidaridad social y acentúa la responsabilidad. Incluso en
nuestras luchas amorosas conservaba el empaque de gallardía y
señorío del día en el que le conocí, educado a lo parisién,
orgulloso de su palabra bien dicha con voz poderosa, fuerte, segura
en razones políticas, sensualmente tostada para la voluptuosidad de
la ternura bajo las sábanas.
Le ocupaban también sus afanes por terminar
un manual literario que publicaría Joaquín Gil coincidiendo con la
Feria del Libro. Para él esa empresa producía sosiegos económicos.
Su amigo Guillermo de Torre destacó en una acertada recensión en
Luz el empeño de Juan por hacer en
Historia de la literatura española un
índice de valores para someterlos a la sensibilidad de nuestros
días, por rehabilitar a los clásicos, por la exposición inteligente
y el excelente estilo. Desde luego, yo admiraba su capacidad de
trabajo. El mismo mes la editorial barcelonesa Seix Barral hermanos
incluyó en catálogo Vida de Santa Teresa,
que celebró Benjamín Jarnés con generosidad también en Luz. En marzo apareció su primera colaboración en
ese diario madrileño. Su nombre firmaba una columna sobre la
representación del drama histórico de Joaquín Dicenta, Leonor de Aquitania, por la compañía Xirgú y Borrás
en El Español.
No me equivoqué. Aquella crítica fue muy
comentada en los ambientes teatrales y obviamente tuvo la
complacencia de la dirección de Luz. Lo
cierto es que Juan pronto se creó una reputación de crítico teatral
exigente e implacable, capaz de no dejar títere con cabeza si la
obra así lo merecía, ecuánime y, llegado el caso, espléndido en
halagos. Nunca fuimos tanto al teatro. Él luego escribía, se
desvivía. Al principio tuvo una dedicación frenética, se publicaban
sus colaboraciones del periódico cada dos días. Hubo algún mes que,
entre unas cosas y otras, alcanzó a ganar trescientas cincuenta
pesetas. Y por si fuera esto poco, me propuso que escribiera un
libro sobre los problemas del teatro, de su crisis. Él me ayudaría
puesto que era asunto que le azoraba con inquietud.
—Para que el teatro se salve, es más que
preciso destruirlo —repetía, citando seguidamente a la autora de
esas palabras, la actriz italiana Eleonora Duse—. Aunque no creo
que todos los actores y actrices deban morir de peste, como dice
Duse, porque estén haciendo el arte imposible... La culpa es más
enteramente de autores, directores y escenógrafos.
Insistió sobre la idea días más tarde a la
salida del café Iruña, donde acudíamos con frecuencia y solía
reunirse Acción Literaria, un colectivo que en esas fechas
solicitaba ayuda económica para el Club Teatral de Cultura
Anfístora, dirigido por García Lorca. Asistimos a la velada del
estreno de la aleluya erótica Amor de don
Perlimplin con Belisa en su jardín y de la reposición de
La zapatera prodigiosa en el Teatro
Español. La mujer de Martínez Sierra, mi amiga María Lejárraga,
quiso en su momento que yo formara parte del club femenino
Asociación de Cultura Cívica, fundado con su marido y la pianista
María Rodrigo, y con el que tenía una relación muy estrecha
Anfístora, pero decliné mi participación pretextando algo que no
recuerdo. Aunque he de reconocer ahora que de aquello hubiera
podido salir una buena complicidad teatral con Lorca, tal vez algún
estreno de su producción. —Federico tiene talento. Por donde va se
siente el hechizo de su presencia —dije de sopetón a la puerta del
teatro.
—¡Lástima ese afán por ser el centro del
universo y de buena parte del paraíso! Es tan torpe su mala
follá granaína y a veces esa gracia de
pantomima suya, como la torpeza ladeada de su andar. Aunque empieza
a ser ya un nuevo genio. Estaba proclamando a los cuatro vientos
que Lola Membrives le ha invitado a viajar con su compañía a Buenos
Aires, donde ha de estrenar sus obras.
No hacía falta mucho esfuerzo para intuir
que el encantamiento de Federico no había hecho en Chabás mella
alguna o, dicho de otro modo, que no ocultaba cierta antipatía
hacia su persona; sin embargo, aquella misma noche, tan pronto como
llegamos al pisito de Génova, se sentó para escribir de corrido una
extensa recensión sobre la función de gala en honor de Lorca sin
escatimar elogios al estreno de su nueva obra. Le esperé leyendo
acostada. Al rato entró en la alcoba:
—Aquí estoy, Carmen Moragas. Vengo a
consumir tu boca y arrastrarte del cabello en madrugadas de concha.
Porque quiero y porque puedo... —creí reconocer en su declamación
los octosílabos de Federico ligeramente adaptados para mí.
Diabetes. Fue el veredicto y la condena del
doctor Luis Jiménez Encinas, médico de la General, el mismo que
atendía a la gente de la farándula. A la luz de los análisis y
después de abroncarme por ocultar los problemas de visión y los
desarreglos con el período, nos animó diciendo que podía darme con
un canto en los dientes y que estábamos de suerte, que a partir de
aquel momento tendría la insulina de invitada en mi existencia.
Debería verme un colega suyo especialista. La noticia no impidió
que ese mismo día saliéramos en mi coche hacia Mérida. Margarita
Xirgú y Enrique Borrás presentaban la Medea de Séneca en el teatro romano, traducida por
Unamuno. El verano estaba reventón ya en junio. Durante el viaje
quise eludir hablar del asunto y Juan hizo mil esfuerzos por
disimular su contrariedad; estaba molesto porque nunca le dije que
se me iba apagando la expresión de la mirada. Seguramente no se
perdonaba haber comprendido tan tarde que le pidiera siempre que en
el patio de butacas nos sentáramos de la fila del medio para atrás.
Para que la luminotecnia del escenario no me hiriera como un
navajazo en la traición de la penumbra.
—No creas, de cerca veo de maravilla. ¿Debo
extrañarme porque te encuentre cada vez más guapo, Chabás mío? Y si
acaso un día no alcanzo a distinguirte, echaré mano del
tacto...
—No tienes perdón. Ahora caigo en el porqué
de esa manía tuya de ir apagando luces y ese andar al retortero
persiguiendo las penumbras, cerrando las cortinas incluso a media
mañana. O que el otro día pusieras peros a sentarnos a la solana en
la terraza del Regina...
—Sin duda será una versión espléndida y en
Mérida tendrá una especial e intensa emoción. Me encantaría
representar alguna obra allí. De Sófocles, Esquilo o Eurípides. Lo
que son hoy ruinas le dan paradójicamente grandiosidad al
espectáculo. —dije yo, y entendió que debíamos entretener el
trayecto hablando de nuestros asuntos teatrales.
—El ministro Fernando de los Ríos hace bien
en contribuir con una consignación modesta a que se representen
estas obras. Esperemos que nosotros tengamos la subvención.
Convendría instituir al menos anualmente un encuentro teatral en
Mérida, pues el lugar lo merece y un futuro Teatro Nacional debiera
incorporarlo a su programa.
Nos hospedamos en el Parador del Patronato
Nacional de Turismo, un antiguo convento encalado en el centro de
la ciudad, junto a todos los actores, Miguel de Unamuno, Cipriano
Rivas Cherif, que era el director artístico y asesor literario de
la obra. Allí se alojaban también Fernando de los Ríos y el
presidente de gobierno Manuel Azaña con su séquito. Margarita nos
invitó al ensayo general, según dio fe un amigo cotilla de
La Voz, y también al banquete celebrado
al final de la obra. Poco antes de terminar los postres se nos dijo
que el café y las copas se servirían en los jardines. Azaña, se
acercó con De los Ríos hasta nosotros, que estábamos en
conversación amena con su cuñado Rivas Cherif y con Borrás. El jefe
de gobierno no se parecía a otros políticos, el suyo era un empeño
por vivir con modesta comodidad de pequeño burgués y administraba
severamente sus tiempos. Yeso se le notaba. Los anteojos redondos,
que achicaban sus ojos y agrandaban la curiosidad por el hombre, le
daban un aire de muy serio profesor de ciencias universitario. Me
sorprendió su descuidado aliño, su manera en el porte del traje
gris claro de verano. Juan le conoció como director de la revista
La Pluma, hacía unos diez años, le había
tratado muy de cerca en el Ateneo y le respetaba muchísimo por su
erudición, criticismo intelectualista y elegancia de su prosa
narrativa.
—No se incomoden —dijo al advertir que
interrumpía nuestro diálogo.
—Comentábamos la pertinencia y urgencia de
crear un proyecto de Teatro Dramático Nacional —quiso Cipriano
retomar la situación con normalidad.
—Creo recordar que leí algo suyo al
respecto, señor Chabás, me parece que en Luz, quizás hace un par de meses —frunció el ceño
Azaña con cierta pose de personaje benaventino—. El gobierno de la
República pondrá al servicio de la causa nacional todo lo que
convenga al interés y bien públicos. Y el Teatro Nacional debe ser
una de nuestras tareas prioritarias.
—Mediante un presupuesto consecuente, con el
dinero necesario, si permite precisar...
—El interés de la República por el teatro es
incontestable. Ahí tiene usted, querido amigo Chabás, la Junta
Nacional de Música, organizadora del Teatro Lírico Nacional. Y el
buen hacer del anterior ministro de Instrucción Pública, Marcelino
Domingo, compañero suyo.
Juan reafirmó tal apreciación, precisando
que sería imprudente zaherir los aciertos y la magnitud de lo
emprendido, como también necio e injusto sería desconocer las
cantidades que el ministro de Instrucción concede para alivio y
socorro de las compañías dramáticas.
—Pero, perdóneme, convendrá conmigo lo
insuficiente que es ese auspicio.
Pensé por un momento que en situación tan
distendida, casi familiar, Juan insistiera en que el favor
institucional fuese aliento y no limosna; pero, sorprendentemente
comedido, prefirió precisar que para el reparto de una mayor ayuda
se tuviera en cuenta el grado de penuria económica de cada
compañía, así como lo por ellas realizado, los proyectos y los
medios artísticos para llevarlos a término. Cipriano asentía y temí
que diera alas a mi Juanito.
—Espero que la veamos pronto con sus dones
sobre los escenarios guiada por la mano de su gran talento, señora
Moragas — el presidente se despidió con un besamanos para dirigirse
al grupo en el que estaban su mujer Lola Rivas Cherif y Margarita
Xirgú.
—Tan pronto como las condiciones sean
propicias.
No quisiera que me pusieran falta y perdiera
la ocasión de entrar en el olimpo del arte —contesté con una
interminable sonrisa.
De vuelta a nuestra cotidianidad madrileña
fui incapaz de imaginar qué diría el padre de mis hijos si supiera
que el mismo Manuel Azaña me agasajó con exceso de cumplido en
Emérita Augusta, incluida la despedida protocolaria, desde luego
una pizca traviesa. Si bien me afanaba por deshacerme de ellos, los
daños en el alma que me produjo Alfonso XIII parecían indelebles
retales de recuerdos; pero ya no estaba dispuesta a continuar
sufriéndolos como desgarros o costurones. El lector acordará
conmigo lo fáciles y ocurrentes que son las posibles casualidades
de la historia, y que tuvo su gracia que el mismísimo Manuel Azaña
rindiera pleitesía en Mérida a la que llamaban en voz baja La
Borbona.
Pienso que por entonces estaba sucediendo el
final de lo que fue un tiempo y el principio de otro, que
indudablemente estaba bien cosido en el horizonte. En Madrid nos
esperaba una sobrecargadísima agenda social para los próximos
meses. Aún no repuesto del escándalo de Casas Viejas, en septiembre
se derrumbó el gobierno republicano—socialista de Azaña,
precisamente tres días después de que La
Voz anunciara que La Moragas, servidora, volvía al teatro. En
verdad, informaba al dictado del rumor, confundiendo sin duda
alguna mi supuesta vuelta a las tablas con las gestiones que
habíamos emprendido Juanito y yo para formar una nueva
compañía.
Los amigos más allegados dijeron que se nos
veía la felicidad estallando por dentro, la misma que nos llenaba
enteramente la boca de esperanza, abriéndonos a la ilusión como se
abren a la delicia las granadas antes de que acabe el otoño. En el
bar Pidoux, que me agradaba por su ambiente en penumbra, decidimos
al final de una tarde que escribiera yo un ensayo en el que hablase
de mi experiencia en el teatro y de los problemas que tanto lo
habían debilitado en nuestros días.
—Se me ocurre que podría titularse
El teatro de hoy desde dentro —apuntó en
una servilleta de papel.
—Preferiría algo más atrayente para el
lector de a pie, con cierto gancho, que suscite curiosidad. Como
ahora estoy alejada de la escena por descanso forzoso, podría ser
Vacaciones de una actriz.
Brindamos por la idea y la común empresa con
un vermouth di Torino, especialidad de la
casa. Y quisimos reírnos.
—Chabás, échame uno de esos embustes tuyos
—le pedí amarrándome con fuerza a su cintura apenas que salimos del
Pidoux.
—Pues dicen que el alcalde Pedro Rico editó
un bando para dar con el cisne libidinoso que yació con Leda a
orillas del Manzanares, pero jamás lo encontraron por ningún lado,
ni siquiera los del Ayuntamiento, por mucho que se buscó entre los
mil cisnes blancos del Retiro. Porque se había transformado en
cisne negro para seguir amando impunemente a Leda en la oscuridad
de una noche oscura con ansias en amores inflamada...
—Señor Chabás, ¡es usted un tonto
encantador...! Vous êtes vraiment fou,
Monsieur !
Regresamos a casa por el paseo de Recoletos.
Antes de torcer en Colón hacia Génova, en la misma esquina de la
Biblioteca Nacional, detuvo el paso y me llevó de repente hacia una
farola contra la que me abrazó como si a ella quisiera atarme. Me
hacía daño la luz, sin embargo me dejé matar de complacencia bajo
la oblea luminosa y, abriéndome con su codicia el abrigo, comencé a
ser asaetada a besos al igual que un san Sebastián
concupiscente.