ESCENA SEXTA

 

Vengo a consumir tu boca
Esta miseria estaba produciendo estragos a velocidad de vértigo. Estuve mucho tiempo, quizás demasiado, ocultándolo, incluso a mí misma por tozudez. Me agobiaban las sombras de una dolorosísima torre de babel sustentada sobre niveles de glucemia y patologías: distrofia, astenia, estasia leucocitaria, retinopatía aguda, edema macular quístico y no sé cuántas coronas de espinas más. En fin, que sin haber puesto cuidado para remediarlo me estaba quedando ciega. A pasos agigantados, pues cada día me hería mucho más la luminosidad de las mañanas y sólo la penumbra reconfortaba en las horas íntimas de la siesta. Estaba quedándome ciega por golosa.
Y por si faltara poco, hacía semanas que no lograba quitarme de encima un carraspeo de garganta, agotador. Después de mis doblajes en París me dispuse a vivir con sosiego en el espíritu. Si buceo en la memoria, seguro que tropiezo con lo que le dije al Brujo Bohemio asomándome precisamente al espíritu:
—Lo primero que encuentro es mucha sensibilidad, tanta, que me hace sufrir; buena para mi arte, pero fuera del teatro tan fuerte sensibilidad sólo sirve para dar malos ratos. Siento mucho las desdichas ajenas, lo cual tiene una pequeña ventaja, y es que, pensando en las desdichas de los demás, tiene una menos tiempo para pensar en las suyas. Yo sé que al exterior no reflejo mi verdadero carácter, innata y eterna melancolía. ¡ Si viera usted cuántas veces, por efecto de mi sensibilidad, paso bruscamente de la tristeza al alborozo! Claro que las mujeres tal vez somos un poco más locas que los hombres, o los hombres saben disimularlo mejor que las mujeres. ¡Ah! Desde luego, creo más en la amistad de los hombres que de las mujeres. En los hombres admito que, generalmente, saben guardar un secreto, y las mujeres no. Yo he guardado alguno ¡pero cuánto trabajo me ha costado!
Más de un secreto atesorado, puntualizaría ahora. Era cierto que pensar en las calamidades e infortunios de los demás facilita un poco el olvido de las propias, hace que duela menos esta melancolía mía. Inevitablemente me acuerdo de Alfonso y en cuánta fue mi tentación de verle en París. Tal vez me hubiera citado en el hotel Meurice y yo sólo le hubiera consentido cualquier restaurante discreto en Montmartre, que era lugar más de la gente que frecuento. Habría sido otra de mis locuras.
Puesto que no tenía ensayos ni funciones leí cuanto pude de Freud y varias obras de Gabriel Miró. Me encerré en casa con Sobre los ángeles y Cal y canto, los libros de Alberti de los que había escrito Juan varias artículos de periódico, me agradaron Viviana y Merlín de Benjamín Jarnés, Tercetos de Pirandello y La moral del divorcio de don Jacinto. Por supuesto, releí las tres novelitas de Juan y alguna noche me quedé dormida con las cursilerías de Emilio Carrere en La mala pasión.
Sentía una especie de impulso desmedido por apremiarme en acudir a cuantos libros iba procurándome, antes de que la bruma perenne del ojo izquierdo se hiciera más que tela tupida, negro sudario. De pronto se me escapaba la vista al infinito y volvían mis amores bonitos al gabinete. Entraban como palabras a borbollones los que tuve con Alfonso antes de que espaciara sus visitas y demorara las disculpas y fuera yo perdiendo sus galanterías y lisonjas, las que antaño festejaban mi gracia, el talle, la cintura, las caderas de ninfa, la pequeñez traviesa de mis pechos; antes, mucho antes de que olvidara aquello tan empalagosamente suyo de los bucles de oro bajo una corona, de que se hartara de celebrar la hermosura quieta en mis mejillas, de que me dolieran hasta los huesos la resaca de su lujuria rancia y tanta inmisericorde soledad. Fueron días de ardor romántico que borró lentamente la tristeza. Sin duda lo fueron porque quise y me convino aquel idilio a escondidas, sin poder pasearlo por calles y jardines, o porque estaba dispuesta a todo sin importar la hora, separadas bien las piernas y a merced de sus caprichos. Después se convirtió en el padre de mis hijos y comenzaron a escasear las horas, los ratos, los minutos de intimidad. Fui perdiendo el sabor de las salidas al Pardo, de las escapadas a Biarritz para desear celosa su cuerpo mientras él cenaba en familia en Miramar, de mis correrías por despecho. Por no haber, no hubo ni siquiera tardes de amor urgente. Aquello nuestro duró probablemente porque Alfonso era el marido ideal. Ese que no se tiene nunca. Creía firmemente, y así lo dije a Blanco y Negro por entonces, que suponiendo que la mujer se casara verdaderamente enamorada, llegaría, fatalmente, el momento trágico de la desilusión. Y entonces el ideal, si es que ha existido alguna vez, muere irremisiblemente. El hombre es ideal —o puede serlo— hasta que llega a ser marido. Entonces la vida descubre su secreto y no queda más remedio que aceptar el sacrificio de vivirlo entre los dos lo más resignadamente posible. Con estas elucubraciones aún trato a veces de complacerme a mí misma. Para explicarme en buena medida el fracaso con Alfonso. El marido ideal sería, precisamente, el que nunca se cansara de su mujer..., ni diera motivos para que su mujer se cansara de él... En verdad, yo me cansé de amante, aunque procuré aguantar un tiempo por los niños. Hasta que consideré llegado el momento de hacer tabla rasa del pasado.
No recuerdo cuántas veces le dije a cada espejo que me hubiera gustado mantener mi pelo rubio, pero sin tinte, que querría tener la nariz más baja o más larga, que de mí lo que me gusta y me encanta es la voz. Y así también se lo conté al Brujo Bohemio en una de sus entrevistas. Pero callé que deseaba verme eternamente guapa para Juan y que me enamoré de él hasta las trancas. El suyo era otro tacto. Con forma de hoz para segar a ras de suelo mis nostalgias hasta que de ellas no quedaran ni un rastrojo. Con él me dispuse a comerme el mundo y a respirar felicidad a bocanadas. Mi madre pronto se dio cuenta de mi ánimo exultante y que el rey ya no ocupaba las conversaciones exclusivas entre las dos, más allá de una fingida apariencia de relación sin sobresaltos. Pero, como bien saben los lectores, con la propia madre resulta muy difícil mantener el disimulo. Todavía conservo intacto en la memoria cómo fue pasando de la regañina con argumentos delicadamente maternales a la guerra declarada, con el único propósito de que me aviniese en razones, me retractase y cambiara de intención.
—¡Eso, ni se te ocurra! ¿Cómo vas a atreverte a tal ignominia para la familia? —no quise dejar de mirarla en su ir y venir de un lado a otro del comedor, mientras yo hacía esfuerzos para contener el silencio—. Carmela, hija, déjame convencerte y no hagas locuras, al menos por vuestros hijos. Es el rey, por favor, Carmela. Bueno, ya hablarás con tu padre.
Hablé con mi padre para decirle que había otro hombre. Mientras liaba un pitillo me reprochó sin mirarme todo lo que podía reprender a una hija, buscaba fundamentos y valores en los que él mismo no creía para tratar de acercarme a mi cordura, y aún tuvo tiempo para lamentar que por mi cabezonería se perdiesen sus buenas relaciones con el monarca. Luego se levantó y dijo que había terminado de hablar, no sin antes quebrársele la voz a medio camino entre la resignación y la tristeza:
—Haz lo que más te plazca, Carmela, lo que la voluntad y la sensatez te dicten. Nunca hagas caso al corazón. Por cierto, ¿quién ha sido el valiente que ha destronado al rey?
—Juan Chabás se llama. Escritor. Novelista y poeta.
Colabora en los periódicos. Muy atento, muy buena gente. Y guapo a rabiar. Amante del teatro...
—Y tuyo, al parecer —aguijoneó mi madre.
—Sí, me corteja desde hace ya más de tres años y medio —respondí airada.
Al día siguiente me presenté con Juan y los niños en casa de mis padres poco antes de la cinco. A mi madre, sorprendida y azorada en extremo, lo único que se le ocurrió, después de las presentaciones y alguna mirada de soslayo, fue mandar a comprar más pastas de té porque, según ella, estaba muy menguada la bandeja, de las de chocolate y de las que tienen un trozo de fresa en el centro y ese gusto entre limón y vainilla. Y enseguida se puso zalamera con el invitado al abrir la caja de bombones Nestlé que le ofrecimos. Se interesó por sus gustos gastronómicos, por la posibilidad de invitarle a comer cualquier domingo, por sus deberes como hijo de notario, por sus quehaceres en Denia, por lo difícil que debe ser contar historias de novelas. Dudo que les apasionaran las explicaciones sobre sus afanes literarios. Mi madre celebró feliz que Terete le mostrara a Juan gran afecto y que Leandrito, con apenas año y meses, se acurrucase en sus brazos rechazando irse a los de la abuela. He de reconocer, Carmela, que es un tipo fascinante, tan educado y caballero como lo fue tu padre, me dijo a hurtadillas en el hall doña María de las Mercedes Moragas Pareja mientras nos despedíamos.
Al lado de Juan Chabás fui aprendiendo a vivir desde entonces de otra manera; comencé a explorar el lado oculto de la luna, ese del que sólo saben los pícaros y los bohemios, el de los lugares canallas, el de las mercaderes de insomnios y de cuantos ronronean promesas como gatos encelados por las oscuridades de Chamartín de la Rosa. Mi madre y Filomena solían cuidar de los niños mientras cenábamos fuera con amigos o asistíamos a algún acto de vida social, cuando salíamos al teatro o al cine o nos atrevíamos a curiosear en cabarets de moda, cuando viajaba con Juan, mientras bailábamos bien apretados en la sala de fiestas Casablanca o en el patio interior de un colmado popular de La Guindalera hasta más allá de la madrugada. Si acaso dudaba la respuesta a su pregunta de a dónde ir de noche, hacía añicos mi indecisión con un beso largo y terminábamos en su pisito de Chamberí haciendo con vicio el amor hasta que las del amanecer serían.
Indagando en los recuerdos, sólo le reprocharía que fuera el culpable de mis desvelos y que me volviera deliciosamente tarumba cuando hacía el gamberro como el chiquillo más enredador en el recreo. A la última luz pálida de una tarde, camino de la calle de la Reina para tomarnos un cocktail en Cock, de repente se encaramó a la reja de una de las ventanas del Banco Español de Crédito, frente a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, y ante la sorpresa de los paseantes, me amenazaba con quedarse allí reclamando a voz en grito que le dijese que siempre le iba a querer, que bajaría cuando escucharan los transeúntes mi promesa; otras veces, sin importarle en absoluto que la acera estuviese concurrida, se colgaba de mi brazo, se despeinaba y haciéndose el contrahecho me manoseaba sin cesar una mejilla llamándome guapa, linda, guapa, hasta que no le diese un beso. Entre éstas y mil ocurrencias más fui perdiendo no poca timidez y desarrollando una capacidad de abstraerme de la gente, como si fuéramos los únicos dueños antojadizos de los espacios. A mediados de noviembre, una noche en la que se había marchado de Madrid el otoño, me di cuenta de esa aptitud en el momento que abrí los ojos al lado de la chimenea prusiana de la Cervecería Alemana y vi reflejado nuestro beso junto a las miradas trasegando luminosas en el gran espejo. Porque no se me subieron los colores, al contrario, disfruté confundiéndome con ellas mientras Juan me apretaba contra él y deslizaba un abrazo lento por la espalda y recorría mi cuello hasta el ángulo del hombro con su boca. Pero no sólo me deleitaba que nos vieran querernos, también que imaginaran hasta dónde podía llegar mi atrevimiento a altas horas con aquel hombre a quien estaba acariciando la nuca y mordisqueándole el lóbulo de la oreja. Tal vez la primera vez que renegué de las composturas de la pacatería en público ocurriera frente a un grupito de desconocidos que hablaban con el jactancioso cachorro de don Miguel, José Antonio Primo de Rivera, y con César González Ruano en el café Bakanik, próximo a la casa de Gregorio Marañón en la calle Salustiano Olózaga. Crucé las piernas ostentosamente, arreglé y desarreglé mi escote, con descaro me pinté los labios y la desquerida del rey se dispuso a ensayar con un republicano, a quien aquellos mirones sin duda odiaban, todas sus mejores zalamerías. Recuerdo que volvíamos de ver a Celia Gámez en el Pavón por dos pesetas.
El segundo aniversario de la República lo celebramos yendo al estreno del cine Alkázar. Ponían la película Primavera en otoño, dirigida por nuestro querido Martínez Sierra y protagonizada por Catalina Bárcena. Su título se me antojaba refrendo de mi estado de ánimo por aquellos días. Cuando Juan vino a recogerme a primera hora de la tarde estaba sola, pues los niños poco antes habían salido de paseo con Filomena. Tenía unas ganas desbordantes de amarle en casa. Por eso, le atraje por la corbata hasta el mismo butacón de mis cabezadas durante la siesta. Se quitó la chaqueta, por detrás llevaba fuera el faldón de la camisa como siempre. Fuimos desabotonándonos, le recordé maliciosamente que era diestro en desabrochar sostenes. Dábamos besos sucesivos. Tiré un puñado de seda con labores al canapé de al lado y de pronto nos bajamos del mundo en el apeadero de la lujuria. Le empujé bruscamente contra el sillón y encabalgada sobre él busqué sus labios nuevamente, mordí, chupé, succioné sus pezones. Él pellizcaba sagaz los míos. De súbito aconteció esa plenitud carnal de quienes son capaces de demorar los instantes. Arrebujé mi falda del traje sastre por encima de la cintura, sentada sobre sus muslos desnudos me echó las manos a las nalgas y fui acomodándome sin reglas ni piedad a su reciura insolente mientras reinventaba la felicidad y, convertida ya en amazona a toda brida, iba pasando de una especie de convulsiones al mareo y del mareo al vértigo. Terminamos queriéndonos sudorosos sobre el suelo de tarima. Vaya usted a saber qué pensarían Dido y Eneas, que no nos perdían de vista, bordados en el tapiz que a Terete le regaló su padre.
Más de dos años habían transcurrido sin ver a Alfonso y aún no parecía que estuviera acostumbrada del todo a su ausencia. En absoluto echaba de menos su compañía de circunstancias y nuestra rutina de amantes; sin embargo, fue tan intensamente gozada aquella relación, irracional al mismo tiempo que lógica, tan extraordinario y tan poco liviano peso la descendencia que le di, que resultaba imposible desterrar su recuerdo. A menudo tropezada con aquellos ojos suyos que me clavaban invisibles aguijones envenenados de reproche en la conciencia. La entrada de Juanito en el escenario de mi vida con intención de quedarse, redujo lo que antes era advenedizo en mera sombra, quebrada sólo por una brizna de luz muy tenue en la memoria, que integré en mi existencia sin mayor esfuerzo, que sólo avivaba la infancia de María Teresa y Leandro. Únicamente.
La primavera del treinta y tres fue intensa. Madrid olía aún a conspiración después del fracaso de los generales Sanjurjo y Barrera. En un bar de la plaza de Santa Ana me enteré de que la gente confiaba en la pronta caída de don Manuel Azaña, del que se decía que iba a recibir más tortas que las que le propinó el mismísimo Paulino Uzcudun al alemán Guehring. En el otro extremo de la barra un hombre leía el periódico a un grupo de amigos y se preguntaba la idoneidad de la Comisión que las Cortes, presididas por Julián Besteiro, había enviado a Casas Viejas; y levantaba aún más la voz al leer las intervenciones de diputados sobre el proyecto de congregaciones religiosas. Por entonces debió decir Onésimo Redondo aquello de la violencia saludable para que las milicias de las JONS se tomaran la justicia por su mano y sembraran el miedo en pleno centro o, más cobardemente, en los barrios de las afueras. Eran los lobeznos fascistas de Ledesma Ramos con sus berreos y pistolas, cuya sinrazón volvía loco a Juan. Casi tanto como que el hecho de que el teatro no lograra desprenderse de su crisis galopante y que se vendiera a unas quince mil pesetas imposibles aquel nuevo Plymouth descapotable, con frenos hidráulicos, motor flotante y rueda libre, al que se quedaba mirando cada vez que pasaba frente al escaparate del número trece de la calle Génova. Aquellos días los vivimos Juan y yo a nuestra manera. Me sentía rejuvenecida, como si el doctor Fernando Asuero hubiera manipulado mi nervio trigémino para curar todos mis inoportunos achaques: apenas tosía y carraspeaba menos; lo que no distinguía a ver con claridad de lejos, me lo acercaba la imaginación para acertar su naturaleza; los que Juanito llamaba dolores de ingles debió apaciguarlos tanta agujeta por batallas de amor en campos de pluma.
Decidimos recuperar el tiempo que pensamos perdido. Juan redujo sus compromisos políticos a medida que se implicaba en las tareas propias del secretariado de la sección de Literatura del Ateneo, cargo para el que había sido nombrado un año antes junto a Antonio Espina, Jarnés y Valentín Andrés Álvarez, bajo la presidencia de Unamuno; y también a medida que se adentraba con mayor dedicación en el mundo del teatro. Y en mi cuidado.
Lo que más disfrutaba yo de su actividad política era el placer de la intimidad durante las horas únicamente nuestras en cualquier hotel, después de escucharle señalar desde la tribuna en los actos de propaganda del Partido Radical Socialista los contrastes entre los regímenes monárquico y republicano. Como en aquel de enero del treinta y dos en el Cinema Ateneo de Guadalajara, en el que intervino con el hijo de Clarín y Joaquín Pérez Madrigal, cuando aplaudí, como me aplaudían en el más logrado de los estrenos, al oírle decir que la Monarquía era un monopolio de privilegios, mientras que la República, al acrecentar el volumen histórico del país, eleva su condición cívica, establece la solidaridad social y acentúa la responsabilidad. Incluso en nuestras luchas amorosas conservaba el empaque de gallardía y señorío del día en el que le conocí, educado a lo parisién, orgulloso de su palabra bien dicha con voz poderosa, fuerte, segura en razones políticas, sensualmente tostada para la voluptuosidad de la ternura bajo las sábanas.
Le ocupaban también sus afanes por terminar un manual literario que publicaría Joaquín Gil coincidiendo con la Feria del Libro. Para él esa empresa producía sosiegos económicos. Su amigo Guillermo de Torre destacó en una acertada recensión en Luz el empeño de Juan por hacer en Historia de la literatura española un índice de valores para someterlos a la sensibilidad de nuestros días, por rehabilitar a los clásicos, por la exposición inteligente y el excelente estilo. Desde luego, yo admiraba su capacidad de trabajo. El mismo mes la editorial barcelonesa Seix Barral hermanos incluyó en catálogo Vida de Santa Teresa, que celebró Benjamín Jarnés con generosidad también en Luz. En marzo apareció su primera colaboración en ese diario madrileño. Su nombre firmaba una columna sobre la representación del drama histórico de Joaquín Dicenta, Leonor de Aquitania, por la compañía Xirgú y Borrás en El Español.
No me equivoqué. Aquella crítica fue muy comentada en los ambientes teatrales y obviamente tuvo la complacencia de la dirección de Luz. Lo cierto es que Juan pronto se creó una reputación de crítico teatral exigente e implacable, capaz de no dejar títere con cabeza si la obra así lo merecía, ecuánime y, llegado el caso, espléndido en halagos. Nunca fuimos tanto al teatro. Él luego escribía, se desvivía. Al principio tuvo una dedicación frenética, se publicaban sus colaboraciones del periódico cada dos días. Hubo algún mes que, entre unas cosas y otras, alcanzó a ganar trescientas cincuenta pesetas. Y por si fuera esto poco, me propuso que escribiera un libro sobre los problemas del teatro, de su crisis. Él me ayudaría puesto que era asunto que le azoraba con inquietud.
—Para que el teatro se salve, es más que preciso destruirlo —repetía, citando seguidamente a la autora de esas palabras, la actriz italiana Eleonora Duse—. Aunque no creo que todos los actores y actrices deban morir de peste, como dice Duse, porque estén haciendo el arte imposible... La culpa es más enteramente de autores, directores y escenógrafos.
Insistió sobre la idea días más tarde a la salida del café Iruña, donde acudíamos con frecuencia y solía reunirse Acción Literaria, un colectivo que en esas fechas solicitaba ayuda económica para el Club Teatral de Cultura Anfístora, dirigido por García Lorca. Asistimos a la velada del estreno de la aleluya erótica Amor de don Perlimplin con Belisa en su jardín y de la reposición de La zapatera prodigiosa en el Teatro Español. La mujer de Martínez Sierra, mi amiga María Lejárraga, quiso en su momento que yo formara parte del club femenino Asociación de Cultura Cívica, fundado con su marido y la pianista María Rodrigo, y con el que tenía una relación muy estrecha Anfístora, pero decliné mi participación pretextando algo que no recuerdo. Aunque he de reconocer ahora que de aquello hubiera podido salir una buena complicidad teatral con Lorca, tal vez algún estreno de su producción. —Federico tiene talento. Por donde va se siente el hechizo de su presencia —dije de sopetón a la puerta del teatro.
—¡Lástima ese afán por ser el centro del universo y de buena parte del paraíso! Es tan torpe su mala follá granaína y a veces esa gracia de pantomima suya, como la torpeza ladeada de su andar. Aunque empieza a ser ya un nuevo genio. Estaba proclamando a los cuatro vientos que Lola Membrives le ha invitado a viajar con su compañía a Buenos Aires, donde ha de estrenar sus obras.
No hacía falta mucho esfuerzo para intuir que el encantamiento de Federico no había hecho en Chabás mella alguna o, dicho de otro modo, que no ocultaba cierta antipatía hacia su persona; sin embargo, aquella misma noche, tan pronto como llegamos al pisito de Génova, se sentó para escribir de corrido una extensa recensión sobre la función de gala en honor de Lorca sin escatimar elogios al estreno de su nueva obra. Le esperé leyendo acostada. Al rato entró en la alcoba:
—Aquí estoy, Carmen Moragas. Vengo a consumir tu boca y arrastrarte del cabello en madrugadas de concha. Porque quiero y porque puedo... —creí reconocer en su declamación los octosílabos de Federico ligeramente adaptados para mí.
Diabetes. Fue el veredicto y la condena del doctor Luis Jiménez Encinas, médico de la General, el mismo que atendía a la gente de la farándula. A la luz de los análisis y después de abroncarme por ocultar los problemas de visión y los desarreglos con el período, nos animó diciendo que podía darme con un canto en los dientes y que estábamos de suerte, que a partir de aquel momento tendría la insulina de invitada en mi existencia. Debería verme un colega suyo especialista. La noticia no impidió que ese mismo día saliéramos en mi coche hacia Mérida. Margarita Xirgú y Enrique Borrás presentaban la Medea de Séneca en el teatro romano, traducida por Unamuno. El verano estaba reventón ya en junio. Durante el viaje quise eludir hablar del asunto y Juan hizo mil esfuerzos por disimular su contrariedad; estaba molesto porque nunca le dije que se me iba apagando la expresión de la mirada. Seguramente no se perdonaba haber comprendido tan tarde que le pidiera siempre que en el patio de butacas nos sentáramos de la fila del medio para atrás. Para que la luminotecnia del escenario no me hiriera como un navajazo en la traición de la penumbra.
—No creas, de cerca veo de maravilla. ¿Debo extrañarme porque te encuentre cada vez más guapo, Chabás mío? Y si acaso un día no alcanzo a distinguirte, echaré mano del tacto...
—No tienes perdón. Ahora caigo en el porqué de esa manía tuya de ir apagando luces y ese andar al retortero persiguiendo las penumbras, cerrando las cortinas incluso a media mañana. O que el otro día pusieras peros a sentarnos a la solana en la terraza del Regina...
—Sin duda será una versión espléndida y en Mérida tendrá una especial e intensa emoción. Me encantaría representar alguna obra allí. De Sófocles, Esquilo o Eurípides. Lo que son hoy ruinas le dan paradójicamente grandiosidad al espectáculo. —dije yo, y entendió que debíamos entretener el trayecto hablando de nuestros asuntos teatrales.
—El ministro Fernando de los Ríos hace bien en contribuir con una consignación modesta a que se representen estas obras. Esperemos que nosotros tengamos la subvención. Convendría instituir al menos anualmente un encuentro teatral en Mérida, pues el lugar lo merece y un futuro Teatro Nacional debiera incorporarlo a su programa.
Nos hospedamos en el Parador del Patronato Nacional de Turismo, un antiguo convento encalado en el centro de la ciudad, junto a todos los actores, Miguel de Unamuno, Cipriano Rivas Cherif, que era el director artístico y asesor literario de la obra. Allí se alojaban también Fernando de los Ríos y el presidente de gobierno Manuel Azaña con su séquito. Margarita nos invitó al ensayo general, según dio fe un amigo cotilla de La Voz, y también al banquete celebrado al final de la obra. Poco antes de terminar los postres se nos dijo que el café y las copas se servirían en los jardines. Azaña, se acercó con De los Ríos hasta nosotros, que estábamos en conversación amena con su cuñado Rivas Cherif y con Borrás. El jefe de gobierno no se parecía a otros políticos, el suyo era un empeño por vivir con modesta comodidad de pequeño burgués y administraba severamente sus tiempos. Yeso se le notaba. Los anteojos redondos, que achicaban sus ojos y agrandaban la curiosidad por el hombre, le daban un aire de muy serio profesor de ciencias universitario. Me sorprendió su descuidado aliño, su manera en el porte del traje gris claro de verano. Juan le conoció como director de la revista La Pluma, hacía unos diez años, le había tratado muy de cerca en el Ateneo y le respetaba muchísimo por su erudición, criticismo intelectualista y elegancia de su prosa narrativa.
—No se incomoden —dijo al advertir que interrumpía nuestro diálogo.
—Comentábamos la pertinencia y urgencia de crear un proyecto de Teatro Dramático Nacional —quiso Cipriano retomar la situación con normalidad.
—Creo recordar que leí algo suyo al respecto, señor Chabás, me parece que en Luz, quizás hace un par de meses —frunció el ceño Azaña con cierta pose de personaje benaventino—. El gobierno de la República pondrá al servicio de la causa nacional todo lo que convenga al interés y bien públicos. Y el Teatro Nacional debe ser una de nuestras tareas prioritarias.
—Mediante un presupuesto consecuente, con el dinero necesario, si permite precisar...
—El interés de la República por el teatro es incontestable. Ahí tiene usted, querido amigo Chabás, la Junta Nacional de Música, organizadora del Teatro Lírico Nacional. Y el buen hacer del anterior ministro de Instrucción Pública, Marcelino Domingo, compañero suyo.
Juan reafirmó tal apreciación, precisando que sería imprudente zaherir los aciertos y la magnitud de lo emprendido, como también necio e injusto sería desconocer las cantidades que el ministro de Instrucción concede para alivio y socorro de las compañías dramáticas.
—Pero, perdóneme, convendrá conmigo lo insuficiente que es ese auspicio.
Pensé por un momento que en situación tan distendida, casi familiar, Juan insistiera en que el favor institucional fuese aliento y no limosna; pero, sorprendentemente comedido, prefirió precisar que para el reparto de una mayor ayuda se tuviera en cuenta el grado de penuria económica de cada compañía, así como lo por ellas realizado, los proyectos y los medios artísticos para llevarlos a término. Cipriano asentía y temí que diera alas a mi Juanito.
—Espero que la veamos pronto con sus dones sobre los escenarios guiada por la mano de su gran talento, señora Moragas — el presidente se despidió con un besamanos para dirigirse al grupo en el que estaban su mujer Lola Rivas Cherif y Margarita Xirgú.
—Tan pronto como las condiciones sean propicias.
No quisiera que me pusieran falta y perdiera la ocasión de entrar en el olimpo del arte —contesté con una interminable sonrisa.
De vuelta a nuestra cotidianidad madrileña fui incapaz de imaginar qué diría el padre de mis hijos si supiera que el mismo Manuel Azaña me agasajó con exceso de cumplido en Emérita Augusta, incluida la despedida protocolaria, desde luego una pizca traviesa. Si bien me afanaba por deshacerme de ellos, los daños en el alma que me produjo Alfonso XIII parecían indelebles retales de recuerdos; pero ya no estaba dispuesta a continuar sufriéndolos como desgarros o costurones. El lector acordará conmigo lo fáciles y ocurrentes que son las posibles casualidades de la historia, y que tuvo su gracia que el mismísimo Manuel Azaña rindiera pleitesía en Mérida a la que llamaban en voz baja La Borbona.
Pienso que por entonces estaba sucediendo el final de lo que fue un tiempo y el principio de otro, que indudablemente estaba bien cosido en el horizonte. En Madrid nos esperaba una sobrecargadísima agenda social para los próximos meses. Aún no repuesto del escándalo de Casas Viejas, en septiembre se derrumbó el gobierno republicano—socialista de Azaña, precisamente tres días después de que La Voz anunciara que La Moragas, servidora, volvía al teatro. En verdad, informaba al dictado del rumor, confundiendo sin duda alguna mi supuesta vuelta a las tablas con las gestiones que habíamos emprendido Juanito y yo para formar una nueva compañía.
Los amigos más allegados dijeron que se nos veía la felicidad estallando por dentro, la misma que nos llenaba enteramente la boca de esperanza, abriéndonos a la ilusión como se abren a la delicia las granadas antes de que acabe el otoño. En el bar Pidoux, que me agradaba por su ambiente en penumbra, decidimos al final de una tarde que escribiera yo un ensayo en el que hablase de mi experiencia en el teatro y de los problemas que tanto lo habían debilitado en nuestros días.
—Se me ocurre que podría titularse El teatro de hoy desde dentro —apuntó en una servilleta de papel.
—Preferiría algo más atrayente para el lector de a pie, con cierto gancho, que suscite curiosidad. Como ahora estoy alejada de la escena por descanso forzoso, podría ser Vacaciones de una actriz.
Brindamos por la idea y la común empresa con un vermouth di Torino, especialidad de la casa. Y quisimos reírnos.
—Chabás, échame uno de esos embustes tuyos —le pedí amarrándome con fuerza a su cintura apenas que salimos del Pidoux.
—Pues dicen que el alcalde Pedro Rico editó un bando para dar con el cisne libidinoso que yació con Leda a orillas del Manzanares, pero jamás lo encontraron por ningún lado, ni siquiera los del Ayuntamiento, por mucho que se buscó entre los mil cisnes blancos del Retiro. Porque se había transformado en cisne negro para seguir amando impunemente a Leda en la oscuridad de una noche oscura con ansias en amores inflamada...
—Señor Chabás, ¡es usted un tonto encantador...! Vous êtes vraiment fou, Monsieur !
Regresamos a casa por el paseo de Recoletos. Antes de torcer en Colón hacia Génova, en la misma esquina de la Biblioteca Nacional, detuvo el paso y me llevó de repente hacia una farola contra la que me abrazó como si a ella quisiera atarme. Me hacía daño la luz, sin embargo me dejé matar de complacencia bajo la oblea luminosa y, abriéndome con su codicia el abrigo, comencé a ser asaetada a besos al igual que un san Sebastián concupiscente.