ESCENA CUARTA

 

Cosecha de aquella siembra
—Buenos días, Chabás, También eres bello mientras duermes. Creo que tuve un sueño en el que andaba yo enamorándome de un republicanazo —le musitó Carmen al oído mientras se desperezaba con lentitud y mil muecas... Hasta que él decidió levantarse y preparar los utensilios para afeitarse. Caminaba quejoso por las agujetas.
Era el trece de abril, lunes, día de san Hermenegildo. La víspera, el pueblo había buscado su liberación cívica en las urnas, muchos con un lacito sobre el corazón o prendido en las solapas y repitiendo la coletilla ¡Cada voto es una escoba! Carmen y Juan pensaban regresar aDenia, pero optaron por quedarse en Madrid a tenor de lo que estaba ocurriendo y para vigilar la dolencia que Carmen sufría durante los últimos días. La victoria en los comicios municipales de las candidaturas de la conjunción republicano-socialista en las ciudades era abrumadora, sin paliativos. Valía la pena retrasar la vuelta a los días junto al mar. Desayunarían fuera para tomar el pulso a la calle antes de acercarse hasta Sol, todavía enarenada para que la caballería a las órdenes del general Mola hiciera del espacio su capricho. Se cruzaron con algunos taxis que llevaban aún el retrato de Fermín Galán en el parabrisas. Llegando a la Plaza del Carmen vieron un cartelón en lo alto del teatro Muñoz Seca, que anunciaba el éxito clamoroso de Margarita Xirgú en la obra de Benavente De muy buena familia. En la esquina de Mayor un grupo de hombres comentaban que los monárquicos habían comprado votos a diez pesetas en el distrito de la Latina, donde había ganado el socialista Julián Besteiro, y que incluso los curas habían votado por Pedro Rico tratando de salvar el cepillo y sus prebendas. Los periódicos recogían la proclamación de diecisiete republicanos frente a siete monárquicos en Denia. La Conjunción había triunfado en la capital y en la gran mayoría de los municipios de la provincia de Alicante. Chabás no disimuló su contento. Cada día tiene su afán, le dijo a Carmen.
Antes de toda esta efervescencia y mudanza de régimen, se habían dado cita a principios de mes en Valencia. Era la primera vez que ella iba a visitar la infancia y juventud de Juan, a recorrer llevada de su mano los recuerdos, a saborear el olor de azahar, a granjearse el afecto de sus amigos y familiares. El tren proveniente de Madrid tuvo un ligero retraso y Juan, llegado poco antes desde Barcelona, la estaba esperando en el andén de la Estación del Norte. Max Aub les reservó en el Hotel Inglés una habitación con balcón de piedra desde el que casi podía alcanzarse con la mano la Virgen del Rosario, que esculpida en alabastro preside la puerta principal de estilo rococó del Palacio de los marqueses de Dos Aguas.
—Hacerlo delante de esa Virgen me causa cierto repelús; pero a ti, cheri cheri, no parece afectarte su presencia, al contrario, se diría que te gusta provocar dejando las contraventanas abiertas.
—Esa imagen es como los búhos, se fija mucho, pero no ve. Lo que te mira es la conciencia... y si cierro, ¿cómo nos emborracharemos con el olor del azahar? No me llames irreverente, chérie, chérise...
Los cuatro días en Valencia se les fueron como un suspiro. Aprovechaban al máximo las horas entre los amigos entrañablemente litorales, como los llamaba Juan. A diario se encontraban con Max Aub Mohrenwithz: un socialistón de última hora y de los flojos, republicano federalista, franchute agnóstico, el hombre múltiple que encantó a Díez-Canedo, mago del arte dramático experimental, escribidor y fraternal amigo, le dijo de carrerilla a Carmen. Ella conocía algunas avanzadillas teatrales y prosas suyas por boca de Juan; y que su amistad venía de lejos, de una tarde tertuliana del Levante hacia 1927, antes de que a Max le tocasen quinientas pesetas a la lotería. Ambos vestían con esmerada elegancia, muy europeamente, aunque a Aub le distinguía un algo que de pronto imantaba a quienes a él se aproximaban. Tal vez aquellos ojos claros y miopes, saltones de curiosidad y malicia, o que se le encandilaban de bondadosa admiración, tras los espejuelos montados al aire. Aún se le reconocía de lejos por su pelo rubio que con el cerveguillo grueso, la cara ancha y rosada le daban, con esas erres que le rodaban de la garganta a los labios, un acento extranjero. Según le cuadrara era alemán, francés o valenciano. Carmen estaba deseosa de conocer a su mujer, Perpetua Barjau, de la que tanto le había hablado Juan. Por eso, el mismo día de su llegada Max quiso invitarlos a cenar en su casa del carrer Almirante Cadarso. Peua se deshizo en atenciones y desde el primer momento se instaló entre ella y Carmen un espacio de complicidad y confidencia. Al día siguiente fueron a tomar horchata a la calle del Mar y a visitar el taller que Genaro Lahuerta tenía en un bajo de la misma calle; una mañana los llevaron al balneario de Las Arenas donde Peua calibraba el grado de enamoramiento de Carmen concluyendo que parecía estar en relación directamente proporcional con la dilación de su mirada absorta escuchando a Juan; encargaron una paella y tras una perezosa sobremesa, descalzas por la playa de la Malvarrosa, las dos parejas alargaron su paseo hasta más allá de la casa de Blasco Ibáñez en El Trompo. Otro día Juan y Max matarían la tarde con el poeta Joan Gil-Albert en la trastienda de un librero de ocasión cuyo mayor tesoro sólo lo mostraba en su almacén del barrio marinero del Cabanyal a media docena escasa de clientes: entre otras piezas, Les onze mille verges ou les amours d’un hospodar, de Apollinaire, [ustine ou les malheurs de la vertu, del Marqués de Sade, una rara edición del Arte de las putas, de Nicolás Fernández de Moratín... Especial interés mostró Chabás por Los Borbones en pelota, unas satíricas acuarelas procaces contra Isabel II que erróneamente se atribuían a los hermanos Bécquer. Iba comentando con Max las escenas procaces de la reina con su amante, Carlos Marfori, en feliz trío con el rey consorte, Francisco de Asís, o bailando desnuda el cancán con el padre Claret y Napoleón III, generosamente dotados con atributos de dimensiones considerables.
—Estos solícitos afanes orgiásticos pierden a los Borbones. El sexo les obsesiona alejándolos de otros menesteres y terminan ganándose su final a pulso. El pueblo es permisivo hasta límites insospechados, pero no olvida los excesos y la desidia —dijo Aub.
—Esta debe ser sor Patrocinio, bien enjaretada por González Bravo, reclamado por Paco El Natillas —observó Chabás ante la orgía palaciega que reproducía una lámina—. A aquella reina, excelsa fornicadora, le llegó la revolución de La Gloriosa mientras se ventilaba a un político en las caballerizas de Palacio. Sentada está en su poltrona, con cetro, chulo y corona.
—El de ahora es digno heredero suyo. Sus muchas aficiones de señorito le costarán la corona. Es el mejor reclamo para la República. —añadió Aub mientras echaban un vistazo a una gaveta llena de postales eróticas, subidas de tono, pornográficas, sin duda la mejor colección sicalíptica del reino. Chabás guardó silencio.
Ante la pregunta de Max, el viejo Gomís ni desmintió ni confirmó que a menudo llegaran personas de Palacio a procurarse material. Al rato salieron en busca de Peua y Carmen, quienes aquel atardecer se contaron hasta los recodos de sus vidas. Incluso los últimos enfados con sus hombres.
—Los celos maltratan el espíritu, son la lenta carcoma de la desconfianza. Hay que evitarlos a golpe de razón y voluntad de olvido, y sanarse de la emponzoñada imaginación que los alienta. Y no te digo su absurdidad si, además, se fundamentan en el pasado. No debes recriminar a Juan sus amoríos de antaño. Que los tuvo, y de muy buena planta. Tampoco has de mortificarte. Olvida ese viaje que Juan y Max hicieron a París, al que Max hizo indiscreta referencia en el balneario, que parece atormentarte tanto.
—Ponte en mi lugar. ¿Cómo crees que pude sentirme cuando sospeché que el padre de mis hijos me había ocultado que tiene otro con una mujer, amante suya antes de conocerme?
—Antes de conocerte, como muy bien dices... Una amante de circunstancias.
—Esa mujer tuvo más descendencia y al correr de los años una de sus hijas se acostó con Juan...
—Casualidades, Carmen. Cosas de novela que se hacen ciertas en la realidad. Max nunca me habló de ello. Sé que estuvieron en París con Jean Cocteau, y que entablaron amistad con escritores y artistas. Paul Morand, Claudel, tal vez Gide...
—Alguien les presentó a Antoine de Saint-Exupery ya su amiga, Louise. Pues resulta que esta francesa es la hija de Mélanie de Vilmorin y hermana de Roger, hijo de Alfonso, hermanastro de mis chiquis. Lo sé por mi tío Natalio Rivas.
Pocos detalles más conocía Carmen Ruiz Moragas de esta historia. Louise era la segunda de seis hermanos. Su madre fue una persona muy liberal, viajera, inquieta, casi obsesiva por ser siempre el centro de atención durante cualquier reunión, tuvo un gran afán por rodearse de celebridades y frecuentar las esferas del poder. La jerarquía política la distinguió con un alto honor, por lo que Alfonso XIII, más que amigo suyo, le hizo llegar una nota: Señora, esa bien merecida distinción me provoca —no lo diga a nadie— el deseo de gritar i Viva la República! La «hermosa jardinera», que no dejaba a ningún hombre indiferente, se vanagloriaba de no haber engañado nunca a su marido, el comerciante de granos Philippe de Vilmorin, durante sus muchos viajes y aventuras..., obviamente si se excluían a los reyes, apostillaba de inmediato con picardía irónica. De ella heredó Louise un fuerte deseo por gustar y el buen vivir, la devoción a la lectura y a las compañías ilustres. Tuvo amores juveniles con el escritor y aviador Antoine de Saint-Exupéry, llegando a preparar con él su boda, mal vista y truncada por sus padres. Louise se casaría en 1925 en la iglesia parisina de La Madelaine con el americano Henry Leigh-Hunt, hijo de un adinerado amigo de la familia, y trasladó su residencia a Las Vegas. Dos años después regresó a París necesitada de los aires de su juventud. En los salones del hotel Pont-Royal recibía a sus amistades. Cuando el poeta Jean Cocteau, muy amigo suyo, le presentó a Max Aub y a Juan Chabás, llamaban la atención su esbeltez y una cojera que disimulaba difícilmente, su larga cabellera de rizos del color de la miel añeja y aquella voz ronca que le daba un especial empaque a su figura. Una mañana quiso mostrar a Chabás la sombra de un robusto castaño que había en la hacienda familiar de Godets, muy cerca de Vertieres, y no volvieron hasta muy avanzado el día siguiente.
La víspera de la partida de Carmen y Juan aDenia, Max organizó una merienda de amigos en el café Ideal Room. Los primeros en acudir, Pepe Gaos, filósofo y amigo de Chabás desde tiempos universitarios, y, recién llegado de Castellón, José Medina Echevarría, un sociólogo con gran porvenir. Celebraron con regocijo el encuentro; después fueron llegando el pianista Leopoldo Querol Roso, el poeta y fundador de la revista Murta Pascual Pla y Beltrán, el profesor Luis Guarner y los pintores Genaro Lahuerta y Pedro de Valencia.
En el centro de tres mesas de mármol unidas, la improvisación había establecido dar asiento a modo de protocolaria presidencia a Juan Chabás, flanqueado por Carmen y Peua. A ambos extremos se colocaron Gaos y Genaro. A su alrededor los demás comensales. Alguien comentó que nunca antes habían conseguido reunirse todos los amigos, hecho que otro atribuyó al efecto catalizador de Chabás.
—Yo diría que el mérito se debe a Carmen —se apresuró a corregir Max—. Porque todos estabais muy curiosos por saber quién ha logrado que Juanito siente la cabeza.
—Siempre la tuvo en ordenado sitio —medió irónico Genaro ante la mirada suplicante de intercesión del aludido.
—¡En unos días todos republicanos! —quiso cambiar de tercio Pedrito de Valencia.
—Menos tú y Leopoldo, que sabemos de qué pie cojeáis —replicó Pascual Pla—. Se dice que la Conjunción va a arrasar. Ni el mismo Cambó salvará al rey. Por mucho que la hoja de ruta del gobierno Aznar prevea sucesivas elecciones, no irá más allá de las municipales de la próxima semana. Ya veréis como no me equivoco. El juicio contra los responsables del pronunciamiento de Jaca provocará que se llenen las urnas con votos antimonárquicos. Vamos derechos a la Segunda República. El rey cosechará lo que fue sembrando. Todo un campo yermo rodeado de ortigas. Tiene los días contados.
Carmen notó que se le venían encima varias miradas y decidió retomar la conversación con su nueva amiga simulando no haber escuchado a Pla y Beltrán, quien con incómodo retraso cayó en la cuenta de su desliz. Chabás y Peua Aub, e intuitivamente acaso Max, eran las únicas personas de aquella mesa que sabían que la relación de La Moragas con Alfonso XIII estaba germinando con fuerza en el olvido. Como si quisiera enmendar su entuerto, el propio Pascual cambió su discurso interesándose por el periódico de El País, portavoz de Izquierda Republicana en La Marina con sede en Denia, fundado y dirigido por Chabás apenas hacía tres semanas.
Luego, ya en los postres, a cada uno le fueron brotando incontrolados los recuerdos, variadas anécdotas que revestían de gracia, novedades editoriales y noticias de distinto pelo, mil chascarrillos, asuntos de faldas a media voz. Abreviaron la velada, pues al día siguiente los homenajeados saldrían temprano en automóvil hacia Polop de la Marina, para cumplir una visita a la casona en la que tantas veces recibió Gabriel Miró a Chabás, y llegar a Denia a buena hora.
Esta vez Miró no saldría a darle la bienvenida a la puerta de su masía de alquiler, austera y entrañablemente acogedora, entre los pueblos Chirles y La Nucía, en el valle de Polop alicantino, desde la que se veía el recorte orgulloso del peñón de Ifach. A Chabás se le fueron despeñando con dolor y nostalgia los recuerdos, que en voz alta confiaba a Carmen. Sabía de memoria fragmentos de la correspondencia que con él mantuvo muy joven desde Génova, aludió a su obsesión al principiar a ser viejo a los cincuenta y poder hacer propia en sus libros la tierra que nunca pudo comprar. Casi siempre andaba desdeñoso don Gabriel, marcando las lindes de su soledad en quietud laboriosa y disfrute en su tierra, ajeno a las tertulias capitalinas ya los enredos literarios de sus coetáneos, codiciando un bancal de almendros, olivos y algarrobos. Era un excelente conversador, aunque escogía el momento oportuno de hablar —le dijo a Carmen—; todas las cosas vivían en su palabra y en su voz, tostada, cálida, suave, como el aire que en las tardes de agosto se para y se duerme en los valles de su infancia. Su coloquio se impregnaba de la sensualidad y la dulzura de ese aire.
En Chirles llegaron hasta donde se curvaba un riachuelo con aguas abundantes y saltarinas, de esas que invitan al sorbo en toda estación y contagian el susurro transparente de la apacibilidad. Chabás señaló del otro lado del río la casa del maestro Miguel Fuster, el don Justo de su cuento «Peregrino sentado», y más allá, rodeada de parrales, la del tío Toni el Mortero, personaje de Sin velas, desvelada. Hasta ahí vino de excursión la paralítica Teresa Beniatlá con sus amigos en esa novela, según iba sabiendo Carmen. Chabás conocía palmo a palmo aquella tierra de La Marina: sus plazas encaladas, sus torres de campanario azules y relucientes aguijoneando como abejorros quietos la calima, los almacenes llenos de pasas de Pedreguer, las mimbres en Gata de Corgos... Se les echó encima la hora del almuerzo en Chirles. Comieron en la única fonda del lugar un aliño de pollastre y conejo a la cazuela. Pasando por Altea, que como una Génova pequeñita descendía hasta el mar, dejaron Benissa a su derecha y se detuvieron en Gata para mostrar a Carmen el calvario que entre cipreses y capillas con cúpulas azules conduce en cuesta hasta una ermita blanquísima. Por la carretera de La Xara llegaron a Denia guiados por el monte Montgó.
Carmen estaba ansiosa por conocer a los familiares y allegados de Juan y a otras gentes y los lugares que evocaba en sus novelas. Le hablaba de la voz aguda y la poblada barba canosa de su padre, don Juan Chabás Bordehore, notario, gran conversador, exquisito en modales de recia hombría, austero en el vestir, de caminar erguido. Sus silencios eran sentencias. Imaginó la admiración que relumbraría en los ojos penetrantes de doña Josefa Martí Mifsud cuando su hijo hablaba. Era una mujer de fácil trato, entrañable, meditabunda, consagrada en cuerpo y alma a su hija Marita, paralítica desde un desgraciado accidente de la matrona, la mayor de los tres hermanos, a quien Juan había convertido en protagonista de Sin velas, desvelada, dueña de una tristeza siempre pendiente y perseguidora desde su sillón de las correrías de Pepita, la más pequeña.
La primera noche que pasaron en la casa veraniega de Les Marines, Carmen sintió un pinchazo agudo en el bajo vientre, como si alguien le infligiera sin aviso un doloroso pinzarniento que le subía como un latigazo hasta el cerebro. Decidieron dar un paseo por la playa. Antes, Juan la besó en el porche y buscaron juntos la luna, trataba de distraerla y borrar su gesto del dolor con sus caricias. Hubo otro beso bajo el pino que presidía el espacio, el mismo que daba sombra a Teresa, a Marita, en su novela Sólo pareció calmar ligeramente aquella tortura el frescor de la arena que pisaba descalza y una brisa que venía del cabo de san Vicente. Determinaron adelantar el regreso a Madrid. Carmen nada dijo sobre un flujo raro y la hemorragia que tuvo a media noche.
Tampoco ellos quisieron perderse el frenesí popular del 14 de abril. Hasta la Puerta del Sol, atestada de un público expectante, llegaron enarbolando una bandera republicana enorme los muchachos de la Federación Universitaria Escolar, cuyas protestas aceleraron en buena medida la caída del régimen. Se vieron envueltos por una ovación ensordecedora, que se convirtió en delirio de multitud al entrar un automóvil con varias mujeres del Lyceum Club, Victoria Kent a la cabeza. Carmen se hizo camino, empujó a desconocidos sin cuidado, quiso abrazarlas, pero Juan la retuvo:
—No provoquemos, Carmen. Alguien malintencionado puede reconocerte, hacer una desafortunada amalgama y la liamos... Vámonos al Regina a ver qué se cuece por allí. Y luego, si quieres, bajamos hasta la Cibeles, que seguramente ya estará vestida de tricolor.
Valle-Inclán, que se alojaba en el hotel Regina desde su fractura conyugal, estaba en la terraza del café hablando ufano con el socialista Indalecio Prieto, sentados a la misma mesa en la que hacía ocho años detuvieron al político socialista por injurias al rey. Del contiguo café Colón salió Luis Araquistáin charlando con Marcelino Domingo, ya casi ministro de Instrucción Pública. Comentaban que Eduardo Marquina había sido ovacionado por los manifestantes en la Puerta del Sol. Carmen se sorprendió al ver que se unía a ellos Natalio Rivas. Al encontrase se hicieron las presentaciones, bromearon suponiendo cuáles eran los bares de la conspiración política y quiénes los conspiradores. Manuel Azaña había estado hace unos días en una mesa del Regina con Negrín y Álvarez del Vayo. De ello dio fe Natalio Rivas. Araquistáin advirtió que el hijo del dictador solía armarla en La Ballena Alegre empuñando una pistola. Chabás añadió airado que ojalá la utilizara para matar uno a uno sus propios versos. En su despedida convinieron todos una próxima velada en la casa de don Natalio animada con valdepeñas y jamón de Trévelez. ¡En un Madrid republicano!, apostilló voz en grito Araquistáin al cruzar la calle hacia Cedaceros.
Bajando por Alcalá, a la altura de la iglesia de las Calatravas, se toparon con El Caballero Audaz. Saludó efusivamente a Carmen. Aunque la situación no era muy propicia, le propuso una entrevista para cuando amainara el temporal. Ella accedió por quitárselo de encima, más que por interés de notoriedad. En un quiosco de Colón compraron uno de los últimos ejemplares de la edición de noche del Heraldo de Madrid y se entretuvieron con Benja Ortuño, el lotero tartamudo a quien el tranvía cincuenta le amputó las dos piernas antes de la parada de Cuatro Caminos. Parecía olvidar su oficio empeñado en resumirnos la actualidad del día, bien cargadita, mientras cortaba un boleto de la lotería que le había pedido Carmen. Le dio el número 22613. Con gran júbilo repitió un par de veces que algún reyezuelo adulador de Palacio, De la Cierva o algún otro, ya reconocía que el país se acostó monárquico aún de madrugada y que amaneció con ojeras decididamente republicano. Riendo las ocurrencias de Ortuño subieron la cuestecilla de la calle Génova camino del piso. El Royalti anunciaba la comedia El rey de los frescos, de George Milton.
—¿Qué dice la prensa de la noche? —preguntó mientras sacaba del aparador dos copas de champán.
—El Heraldo abre con una fotografía de los alabarderos desfilando delante de Palacio. Y otra de Dámaso Berenguer. Mientras los ministros estaban cavilando, la gente les ha proclamado la República en numerosas ciudades y aldeas. Yen letra más pequeña dice que al mediodía Maciá se hizo con el mando de Barcelona y que en Madrid, sobre las cuatro de la tarde, fue izada la bandera tricolor en el Palacio de Comunicaciones.
¡Lástima que no fuera cuando estuvimos allí!
—Te leo —le dijo Carmen—: Estamos frente al mo mento quizá más trascendente de cuantos se han producido en la Historia de nuestro país, y hemos de afrontarlo con serenidad digna, con serenidad que acredite al pueblo español de capacitado para asumir la grave responsabilidad de gobernarse y de liquidar con justicia el período infamante que precedió inmediatamente a este momento.
—Y de tu ex, ¿qué se dice?
—Pues que a eso de las tres recibió a Romanones en
Palacio. Y que Sánchez Guerra le estuvo hablando sobre el momento político y a su salida se le ocurrió decir a los periodistas que todo esto era la cosecha de aquella siembra. También le visitó Villanueva, quien no tuvo pelos en la lengua para decirle con toda cortesía que no le quedaba otra que obedecer la voluntad del pueblo ausentándose de España, renunciar ante el poder constituyente. O sea, que Alfonso debe acatar la voluntad del país y obedecerla ciegamente.
—Entonces, seguro que te llamará para despedirse.
—Eso ni lo pienses. No tendrá agallas... Sólo lo siento por los chiquis.
En el silencio los pensamientos tienen voz propia y a veces gritan. Los de Carmen Ruiz Moragas se sucedían entre recuerdos lacerantes y conjeturas acerca de los acontecimientos que estaban produciéndose en aquel momento en Palacio. Venía a zancadas la República, empujada a empellones por el entusiasmo popular. Esperaba que sus compatriotas se condujeran con grandeza mientras se pasaba la página histórica del último rey Borbón. Le hubiera gustado acercarse a la Plaza de Oriente, pero supuso que los husares de la Princesa sólo dejarían pasar a quienes mostraran una cédula acreditativa de que eran vecinos de la zona. Pensaba en él y en lo mucho que le desagradaban las despedidas. Aquella habría sido tremendamente cruel, muy difícil disimularla en su rostro. ¿Cómo habrían sido los adioses?
Estaba segura de que el subsecretario Mariano Marfil informaría al rey del fervor de la calle y de los gritos de muera el rey que se escuchaban. Conociéndole como le conocía, no pudo menos de suponer que una de sus últimas decisiones habría sido dar la orden de reprimir las manifestaciones con el temor de que, tal como estaban las cosas, no le obedecieran. Si acaso así ocurrió, habría sido la gota que colmaba el vaso para decidir abandonar el país. E inmediatamente se habría interesado a través de los gobernadores acerca del camino libre para salir de España. Carmen leyó que a las seis de la tarde había terminado el último Consejo de ministros y se estaba preparando el escrito de abdicación. Ella sabía que el rey era capaz de mantenerse en apariencia sereno, pero también que por dentro ya le estaría carcomiendo la cobardía con la que iba a enfrentarse a la soledad. Y sabía, además, que se marcharía pusilánime, huyendo con alevosía y nocturnidad; pero le costaba admitir que se fuera sin despedirse de ella ni de los hijos que le dio. Recordó aquella frase sobre su disposición a ofrecer a la República su espada por amor a España, pero estaba segura de que ahora dejaba a la patria sin corona exclusivamente por simple imposición de sus miedos, que tanto le apremiaban y empujaron a dejar detrás a su propia familia. No se equivocaba Carmen.
Se tomó una cafiaspirina con un vaso de leche tibia yen los brazos de Juan quiso dejar de pensar. Tuvo unas ganas irreprimibles de bailar desnuda La Cumparsita, del uruguayo Matos Rodríguez. Si supieras que aun dentro de mi alma, conservo aquel cariño que tuve para ti... Quién sabe si supieras que nunca te he olvidado, volviendo a tu pasado te acordarás de mi... Para La Moragas aquella noche sonaba a tango. Ya tristeza infinita.
En el mes de junio de 1931 respondió en una entrevista a su amigo José María Carretero que volvía al teatro, convencida de que no podía vivir sin él porque sin él la hastiaba todo, porque era lo que más amaba en este mundo...
—Ya nada tengo que hacer aquí, y me voy con mis compañeros de siempre, los comediantes, a renovar, a recobrar más bien, el ritmo de mi existencia que un azar venturoso (¡y desventurado, al fin!) había alterado...
La persona enterada podía leer entre líneas e interpretar a qué infortunio se refería la actriz. El entrevistador se interesó de inmediato por sus propósitos.
—Arrancar a primeros de octubre —contestó Carmen—. Y actuar. Primero en Salamanca; luego, en Zamora. En Valladolid volveré a vestir las tocas de novicia y seré de nuevo la doña Inés de Ulloa de otros tiempos. Y completaremos la gira inicial con Bilbao, Zaragoza, Barcelona y Valencia... Hasta el Sábado de Gloria no podré contar con un teatro en Madrid. Yeso, si antes no emprendo una tournée por el extranjero.
—¡Muy interesante! ¿La llaman de París o Londres, sin duda?
—No. Es que hace tiempo sueño con llevar nuestro teatro fuera de España, pero con un repertorio universal de gran teatro dramático, fácil de apreciar, con una buena interpretación y una presentación digna. En esa excursión interpretaría figuras de mujer como Margarita Gautier, Manon Lescaut, Juana de Arco, Lady Macbeth, Arnoureuse, Hedda Gabler, Francesca di Rímini y julieta, antes de que se me pase la edad de hacer perder la cabeza a Romeo y tenga que limitarme a ser la Gradéniga del Sueño de un atardecer de otoño...
—¿Obras españolas?
—El desdén con el desdén, Reinar después de morir, La villana de Vallecas, Marta la piadosa... De Tirso de Molina también quiero hacer La espigadora Ruth, pero en una refundición que recoja preferentemente el aroma idílico de la obra. Y de Calderón, la primera parte de La hija del Aire: me tienta el papel de Semíramis. Haré, alternando con las piezas clásicas, otras de Benavente y los Quintero; y hasta comedias cómicas, como la de Arniches ¡Qué encanto de mujer! Y, en fin, teatro moderno ruso, alemán, norteamericano. Ardavin, Juan Chabás y Claudio de la Torre me están preparando traducciones y escenificaciones muy interesantes, desde la Berenice de Racine hasta La ráfaga de Berstein y Los muñecos de Wolf. Completaré mi repertorio shakesperiano con Cuento de invierno y Cuento de amor, y estrenaré obras poéticas de Marquina y los Machado. Y me rodearé de actores capaces de secundarme en la empresa, desde luego ambiciosa por lo inusitada: ya cuento con Rafael Calvo, qué acabará de consagrarse como un gran actor en lo trágico, y con Ricardo Juste, un excelen tísimo acto r de carácter...
Cuando al final de la interviú el periodista intentó en vano unas fotos familiares, comprendió que la intimidad de Ruiz Moragas era inexpugnable y que al pedirle dejarse retratar con sus dos hijos, se excusara arguyendo cualquier ocurrencia. Pese a ello, acabada la entrevista, durante la sesión fotográfica, Carretero le arrancó algunas confidencias que publicó sin el menor escrúpulo. Entre veladas referencias a su relación con el rey, la describió rodeada de suntuosidad palaciega, objetos de lujo y dádivas. Le sonsacó su idilio con el monarca.
—Nuestras relaciones no eran de ayer. Me regaló esta casa, con todo lo que hay dentro y todo lo que la rodea, y me dio hijos para que sentara la cabeza. No tengo la menor queja de él. Conmigo ha sido siempre muy cariñoso, muy simpático y muy espléndido; su pena y la mía ha sido tener que vivir separados, ocultando nuestro amor, y tener que vernos en secreto, aunque sin utilizar para ello ese subterráneo completamente fantástico del que ha hablado la gente.
—Un túnel que comunicaba con Palacio. Después, el rey tuvo que marcharse...
—Lo que más debió entristecerle no fue haber perdido la corona, sino la idea de no poder volver más a España. Para él, que ha viajado tanto, no hay nada como este sol de nuestra tierra.
Al periodista le hubiera gustado escuchar a La Moragas un mínimo deseo de volver a encontrarse pronto con el monarca, o que se mostrase solícita a su llamada llegados el caso. Pero la actriz no lo hizo.
Después de las despedidas, al quedarse sola, a Carmen se le vino encima un pensamiento de reproche al rey. Lo fue hilvanando con la misma ilusión que se construye el deseo irresistible de que algo que en verdad no fue, hubiera sucedido.
Antes de abandonar las dependencias de Palacio, Alfonso XIII ni siquiera se dignó a hacerle una llamada de teléfono. Hubiera querido verle frente a la estación del Norte ordenando que la comitiva diera media vuelta para dirigirse a la avenida del Valle por la calle de la Princesa. Porque estaría pensando en la Chata, su hermana. De haber sido así, Juan y Carmen habrían escuchado detenerse varios coches delante de la casa. Salieron los dos a recibirle. Volvía e estar allí, junto a la verja, vestido de gabán marrón y flexible del mismo color.
—Buenas noches, Carmela. Usted debe ser... —se le quebró la voz.
—Juan Chabás. Siento conocerle personalmente en estas circunstancias.
—¿Cómo estás, Alfonso?, ¿quieres pasar? —Carmen no pudo articular ni una palabra más refugiándose temblorosa en un abrazo.
—No, gracias, el tiempo apremia. No quiero hacer esperar a esa gente que me acompaña.
—Que tenga buena suerte. ¡Salud! —se despidió Juan Chabás dejándolos solos.
—¿Has leído mi manifiesto? He renunciado a todas mis prerrogativas temporalmente. Si me quedase, mi presencia lanzaría a unos contra otros y correría sangre fratricida —continuó diciendo el rey en la mente de Carmen mientras intentaba aferrarse a la mirada de unos ojos de color verde claro que habían perdido definitivamente la brillantez del deseo de antaño—. Propuse Cortes constituyentes. Acobardándose Aznar, recurrí a Sánchez Guerra. Pero nada. Me dijeron que en la casa del doctor Marañón se consumó la conspiración republicana de la mano intransigente de Alcalá Zamora. Intenté resistir, incluso proclamando la ley marcial. Porque desde luego no me faltaban generales.
—Imagino las presiones de Mola, Berenguer y De la Cierva. Pero has hecho bien evitando lo peor. ¿Dónde vas? —Saldré desde Cartagena a Marsella y allí tomaré un tren para Fontainebleau. ¿Vendrás algún día?
—¿No quieres despedirte de tus hijos?
—Dales un beso de mi parte. Me preocuparé de que no les falte educación...
La imaginación de Carmen Moragas iba desbaratándose y perdiéndose lentamente en esa escena, que hubiera deseado interpretar. Aún tuvo tiempo para volver a pensar un final de otra manera. Pero de pronto concluyó que el amor de Alfonso XIII hacia ella debía haber sido minúsculo. O, al menos, que fue reduciéndose a esa dimensión.
Como la mera inercia de una llama cuando se consume y deja un instante de humo de lo que fue.