ESCENA SEXTA
Las emboscadas del destino
El tiempo acaba con las ilusiones si tardan
en llegar, primero quiebra sus quimeras, después las desvanece.
Carmen Ruiz Moragas apilaba grandes proyectos para su compañía
teatral sobre el escenario del Fontalba. Los atesoraba con celo.
Sus allegados percibían la felicidad y la ilusión con la que
hablaba de sus nuevos planes, convencida de tener el reconocimiento
del público al alcance de la mano, a merced de su constancia, mimo
y firmeza. Tan sólo lamentaba el desinterés del monarca ante sus
comentarios sobre perspectivas de trabajo. Le dolían sus desdenes,
pero se resistía a ser una actriz frustrada. Las desavenencias
entre ellos estaban al cabo de la calle, la sentencia popular
entendió que el interés del rey por el teatro no era otro que
enredar por los rincones en penumbra de los camerinos y levantar
las enaguas a las jóvenes meritorias. Alguna voz más osada quiso
añadir que La Moragas le servía de señuelo.
En tertulias y mentideros de la capital se
interpretaba la escasa actividad teatral de la actriz como una
imposición de Palacio. Desde las representaciones de la compañía en
Logroño durante el mes de marzo de 1923 poco se había prodigado por
los escenarios de la capital o de provincias.
El éxito llegó en tierras riojanas de la
mano de Benavente, de los hermanos Quintero y con la inevitable
La dama de las camelias de Alejandro
Dumas. En el repertorio de la compañía no podían faltar dos obras
favoritas de Carmen: Reinar después de
morir, de Vélez de Guevara, y El
vergonzoso en palacio, de Tirso de Molina. Junto a Rafael
Calvo y Pepe Monteagudo las volvió a representar con ocasión de una
gira iniciada en Valladolid y Salamanca, finalizada en el Teatro
Juan Bravo de Segovia. Meses después, el 23 de febrero de 1924, el
diario ABC titulaba «La Moragas en Zaragoza» la noticia del estreno
de Marta la piadosa en el Teatro
Principal. El rey se mostraba cada vez más reacio a la presencia de
su amante en los escenarios y ella un día evitaba contrariar su
voluntad y al siguiente ponía todas las fuerzas en convencerle de
lo absurdo de su testarudez.
Temía Carmen que reaparecieran los tiempos
infelices que sufrió por semejantes motivos siendo esposa de Gaona,
precisamente cuando debido a los azares de la vida su marido volvía
a la prensa madrileña avivando ingratos recuerdos. Quien entonces
se opuso a su trabajo de actriz, alimentaba su ilusión de ser un
gran actor después de realizar un film corto que había suscitado el
interés de un cineasta norteamericano. Al menos era lo que estaba
leyendo a su madre el sábado diez de enero de 1925 en La Libertad, que reproducía a su vez la noticia de
El Universal de México:
—Mr. Hall es uno de los jóvenes directores
de prestigio. Su última película fue La danza
del Nilo, con la perturbadora Carmel Myers. Ahora se propone
crear una serie de películas de asuntos eminentemente taurinos.
Hace poco vino a México, para estudiar a Rodolfo, ya la fecha ha
obtenido ya varios miles de pies de película, en los cuales se ve a
Rodolfo en su casa de campo entregado a las dulzuras de su vida de
hogar, a la equitación, la natación y, naturalmente, a sus labores
profesionales. Lo ha seguido por las plazas del Estado tomando
detalles, atisbos artísticos, gestos y desplantes del
lidiador.
Continuaba leyendo para sí que Rodolfo había
sufrido hasta la tortura con el make-up y
le costaba imaginar su actuación frente a las cámaras. Gaona creía
haber descubierto sus dotes cinematográficas en La gitana blanca, de Ricardo Baños, interpretada
magistralmente por la aragonesa Raquel Meller, en la que se veía
con rara perfección una corrida suya con el Gallo y joselito. Desde
luego, si fue un diestro muy artista, fino y elegante con el capote
y la muleta, verdaderamente admirable como banderillero y no tan
afortunado en la suerte del estoque, su orgullo y su inquietud le
empujaban en osadía extrema a ser actor de cine.
La sorpresa de Carmen fue mayúscula cuando,
una semana después, el mismo diario hablaba de nuevo sobre Gaona
para censurar su vanidad y la obsesión de provocar cualquier
noticia con tal de salir en la prensa. La
Libertad mencionaba la separación judicial y su voluntad de
contraer nuevas nupcias y de dedicarse al arte cinematográfico. La
novia era Enriqueta Gómez, diestra en el deporte de la pelota y a
quien el torero había conocido en el mismo vapor que le condujo de
retorno a México. Y de pronto, Carmen retuvo el aliento. Según
El Universal azteca la boda podría
celebrarse una vez que se declarase que el divorcio entre Rodolfo
Gaona y ella, más allá de la separación de los cónyuges y
subsistencia del vínculo conforme las leyes españolas, en México
suponía la disolución de ese vínculo y dejaba a los interesados la
posibilidad de contraer nuevo matrimonio. La noticia era generosa
en detalles, pues explicitaba que con tal propósito el licenciado
Escoto, en nombre del torero, había recurrido invocando ante el
juzgado décimo de lo Civil, cuyo titular era Alfonso Cruz, la ley
de Relaciones familiares de la República mexicana. Merced a ella,
todo divorcio en México de simple separación de cuerpos tenía
consigo la disolución del vínculo. La sentencia favorable causó
ejecutoria a los tres días de pronunciarse. Carmen dedujo que desde
el 20 de diciembre de 1924 podía casarse de nuevo, pero únicamente
en México. Entonces contrajo los labios, encogió los hombros y un
rictus de resignación mudó transitoriamente su rostro mientras
cerraba el periódico hablándose entre dientes:
—Vaya, Carmela, no eres ni estás soltera, ni
casada, ni viuda... ¡ni tampoco divorciada!
Todo un folletín. Y lo aprovecharon
Francisco Gómez Hidalgo y José Luis de Lucio para idear La malcasada, una comedia en tres actos estrenada
el 27 de junio de 1925 en el Teatro de los Campos Elíseos, de
Bilbao, por la compañía de Gómez Hidalgo. Tuvo enorme éxito por
basarse en un asunto real con personajes fácilmente reconocibles. A
nadie se le escapaba que Félix Celaya, torero mexicano de Veracruz
llegado a España, era el trasunto de Rodolfo Gaona. La intriga
arranca cuando Agustín de Figueroa, hijo de Romanones, le presenta
a María Escobar, condesa de Villanueva, y de inmediato decide
casarse con ella. Mas los continuos escándalos del torero provocan
que la esposa le abandone, pese a la oposición de los padres en
virtud de la sumisión debida al marido. Entretanto, Celaya se
reencuentra en Madrid con Carmen, su antigua novia mexicana, recién
llegada a la capital con su padre y la hija que tuvo con el diestro
y que éste aún no conoce. Deseoso de rehacer su vida, consulta a
expertos juristas, que le remiten a la fuerza vinculante del
derecho canónico. La única solución para deshacer el matrimonio
será la vuelta de Félix Celaya a su país, si bien dejaría en
situación de difícil clasificación ante las leyes españolas a su
primera mujer, que termina marchándose de enfermera a la guerra de
Marruecos ante la imposibilidad de casarse con Alberto, su nuevo
amor.
Carmen Ruiz Moragas encajó mal el estreno a
pocas semanas antes del parto. Se sentía traicionada. Pero no le
causaba tanto daño que se manosearan sus heridas, que reabiertas
supuraban pesadillas y rencor, como el hecho de que los autores de
la comedia callaran la continuación feliz que tuvo la historia en
la realidad: sus amores con Alfonso XIII. Paco Gómez Hidalgo sabía
que el rey no lo hubiera consentido. Por ello también dejó sin
final feliz dieciocho meses después, cuando la adaptó al cine a
partir de la versión novelesca de la obra del joven José Luis
Salado, lujosamente editada e ilustrada como número extraordinario
de La Novela Cine.
Si el embarazo y nacimiento de María Teresa
mantuvieron a Carmen alejada del escenario, el contrato firmado con
el Teatro Fontalba facilitó su regreso a las tablas con renovado
entusiasmo. La primera temporada fue un remanso de satisfacciones,
que tuvo como broche una deliciosa pieza titulada Poderoso caballero..., con vueltas de fino
vaudeville de Armón y Gerbidou. A su
estreno acudió Alfonso XIII, quien pudo apreciar el fondo amargo de
una sociedad que le era familiar, e incluso reconocerse en alguna
de sus escenas, en medio de aquel enjambre de muchachitas frívolas
asiduas a fiestas, tes y comidas danzantes de los palaces internacionales. Desde luego es lo que
pensaría Carmen, de quien la crítica resaltó su dicción,
naturalidad y prestancia en la obra, su buen hacer al lado de
Ricardo Puga, Peña y la joven actriz Pilar Calvo. Pero al pie de la
primavera de 1926, decidió retirarse de la escena tras haber
representado la comedia en tres actos, original de Claudio de la
Torre, Un héroe contemporáneo. Era el 14
de mayo. Sólo entonces el rey creyó ganada la partida.
Entre bambalinas Carmen Moragas veía pasar
el futuro. Recordaba. Recordaba que para el periodista Arturo Mori
era como el quince de las loterías, la niña bonita; la actriz de la
voz musical y femenina, la que si perdiera sus grandes facultades
artísticas seguiría triunfando con sus vestidos... En el salón
comenzaba a trastabillar su hija y siguiéndola en su vagar
desnortado, como si quisiera atrapar el aire, volvía ella a la
niñez y al ensueño. María Teresa era la única razón que justificaba
su circunstancial anclaje a las renuncias prometiéndose que pronto
soltaría amarras con rumbo a la celebridad. Cuando eso llegase
nadie se lo impediría.
Acostumbraba a escuchar los diarios
hablados, que habían comenzado a emitirse en los primeros días de
1926. Ramón Franco acababa de llegar a la Argentina con otros
compañeros a bordo del hidroavión Plus
Ultra y su hermano Francisco había sido nombrado general, el
más joven de la patria. Especial placer le produjo oír una mañana
que se estaba celebrando la primera fiesta nacional del libro,
inaugurada por el rey por sugerencia suya; que se habían acuñado en
plata de ley las monedas de cincuenta céntimos con la efigie de
Alfonso XIII y, en la cruz, el escudo ovalado coronado de España
con volutas alrededor; que Primo de Rivera atravesaba horas bajas;
que Josephine Baker triunfaba en el Folies
Bergere... Fue el año en el que murieron el poeta checo Rainer
María Rilke, Rodolfo Valentino y el limpiabotas más cotilla de la
botillería-café Pombo, Carlos Méndez; el mismo año en el que un
tranvía arrolló a Antonio Gaudí en la Gran Vía de les Corts
Catalanes y Dalí conoció a Picasso en París. Eran tiempos de
decadencia para el charlestón y los primeros movimientos poéticos
de vanguardia, cuando los buenos modales eran la contención
hipócrita del arte y alguien escribió que enamorarse es una
imperdonable falta de amor propio.
Una mañana de septiembre, poco antes del
mediodía, cuando la fiel Filomena salía bien abrigada hacia Cuatro
Caminos a por El Heraldo y La Esfera, el cartero le entregó un sobre azul que
llevaba al dorso escrito Juan Chabás y la dirección Fuencarral149,
principal A, Madrid. Al cabo de un rato Carmen recordó haber visto
ese nombre en la página cultural de La
Libertad firmando cosas sobre teatro y cinematógrafo.
Regresaron a la avenida del Valle, después
de haber asistido a la función nocturna del Fontalba para ver a
Margarita Xirgú en La princesa Bebé, de
Benavente. Mientras Alfonso XIII servía dos copas de champán en el
gabinete, Carmen reparó en que encima del recibidor estaba el sobre
azul que llevó el cartero.
—¡Qué calamidad soy, aún no lo he abierto!
Es de un periodista. Algo querrá.
Lo abrió con diligencia y, apenas leída la
carta, dijo al rey que el tal Chabás, recién llegado de Italia, se
decía amigo de Gregorio Martínez Sierra. Es para una cita de
trabajo.
Transcurrieron desde entonces varios meses
hasta que en el entreacto de una lectura poética en el Teatro
Español su amiga y vecina Catalina Bárcena se acercó a ella cogida
del brazo de un joven apuesto.
—Carmela, mira, este es mi nuevo galán, pues
a Pepe Crespo ya no hay quien se le acerque desde que rueda su
primera película en el mismo Hollywood. Juan. Juan Chabás. Poeta y
novelista.
Le observó sonriendo. Era de mediana
estatura, muy mediterráneo, de tez morena y cabellera peinada hacia
atrás, muy pobladas las cejas, pestañas enormes a lo María Félix y
ojos, negros y lucientes, como culata de revólver, muy capaces de
cruzar indiferentes al pasmo de señoras acomodadas y al de todas
las niñeras. Quizás tuviera la misma edad que el siglo.
—Ah, es usted quien me envió una carta. Por
lo que le hicieron en Roma. He leído alguna crónica suya de
La Libertad. Una vez aparecimos los dos
en la misma página.
—Carta que nunca contestó. Fue en Génova, no
en Roma —a Carmen le agradó su voz tostada, con cierta inclinación
al engolamiento de los barítonos, pero nada petulante.
—Perdóneme, no tengo excusas. ¿Por qué le
expulsaron?
—Pedí su mediación para conocer la respuesta
del rey a una carta que le remití, pero ya aquel desagradable
asunto carece de importancia.
—Tendría mucho gusto en recibirle a la hora
del té en casa.
—Mejor, ¿se atreve a aceptarme una cena? En
Lhardy.
Carmen esbozó una sonrisa, mitad pícara,
mitad cómplice, al tiempo que agradecía la invitación. Hablaron de
amigos comunes, se observaban, iban de un asunto a otro
atropelladamente. Juan se interesó por su compañía de teatro, sin
saber que era lo que a ella más le gratificaba, le habló de su
Denia natal, de sus colaboraciones en la prensa, de proyectos y
aficiones marineras. Cualquiera podía notar que Carmen se sentía a
gusto antes de verle marchar con firmes andares, embutido en la
elegancia de la chaqueta cruzada, el pantalón de talle alto, la
camisa Samaral impolutamente blanca y su corbatín. Rezumaba un
sugestivo encanto con el fedora borsalino piamontés de pelo de
conejo. Debía ser un tipo propenso a la bondad, a las mujeres de
carácter y a la escritura.
—No olvides lo de Lhardy... —había susurrado
Juan a la actriz, tuteándola, al mismo tiempo que dejaba un par de
besos en sus mejillas.
—Nunca olvido lo que la curiosidad persigue,
mi querido don Juan.
Convinieron asistir al estreno de la
película La bohéme en el teatro Princesa
y acercarse luego al restaurante de la hija de Agustín Lhardy.
Carmen tomó todas las precauciones para que no se enterara el
rey.
Al cabo de unos días, estaba aferrada al
sosiego morboso de la siesta en la parte más fresca del salón. En
la mecedora, con los ojos cerrados todo sucedía muy deprisa
confundiéndose en torno a ella. En su mente se entremezclaban
imágenes nebulosas con el recuerdo de la cena con Juan
Chabás.
Una tarde del otoño le vio dispuesto a
recorrer la distancia que separa la estación Piazza Principe del Hotel Genes, apenas a un
centenar de metros de la Universidad. Entraba con el andar pausado
de los cantantes de ópera e hizo repicar el timbre mientras dejaba
su sombrero flexible, gris perla, de ala delantera caída, sobre el
mostrador de la recepción. Un viejo de figura abreviada y color
aceituna le asignó una habitación sin número en el primer piso, con
una ventana a la Via Balbi. La habitación tapizada de rojo era de
dimensiones extremadamente reducidas, con una cama canónica, de
caoba, de altas patas, bajo la que había un orinal esmaltado, rojo
con borde azul. Completaban la estancia un perchero cojo, una silla
de enea, un armario siempre abierto con olor a naftalina, y un
velador cubierto con mantelillo de paño morado. Se sentó sobre la
colcha de damasco verdeoscuro e hizo inventario de cuanto pendía de
las paredes: la página de septiembre del calendario Pirelli de
1924, la virgen de escayola ahorcada de una alcayata y un retrato
de Mussolini gritando en la plaza del Caricamento. Se apresuró a
descolgar al dictador y a la virgen.
—Porque me ocupé de los discursos grotescos
de Farinacci y de las comparsas del dictador, de Ferderzoni, de las
escuadras con camisas negras y pistolas —Carmen le escuchaba—.
Porque tildé como uno de los más repugnantes crímenes
revolucionarios el rapto asesino del diputado socialista Giacomo
Matteotti. Porque denuncié las noches fascistas de Florencia y las
soflamas del Duce, o los escritos de Malaparte.
—¿Sólo por eso te expulsaron de lector en
Génova?
—y porque les dije que tenía necesidad de
conocerte.
—Comprenderás que esto último era una justa
reivindicación que te condenaba. También yo hubiera firmado esa
expulsión por vía de urgencia.
A Carmen se le iba el santo al cielo
recordando lo que Juan llamaba sucesivas emboscadas del destino. Se
resistía a aceptar que Gina existiera más allá del sueño. Aún
dormitando se agolpaban de nuevo las imágenes. La reconoció y se le
vinieron encima los celos por su belleza en Portofino, desnuda en
el lago Como, estrechada por la cintura en un pueblecito de
Lombardía, sonriente en la fuente Navona, recostada en unas ruinas
del Pincio, cruzando el puente de Sant Angelo del brazo de Juan.
Sobresaltada, no atinaba a diferenciar entre la curiosidad y lo que
no deseaba saber.
—El rector Moresco me expulsó del país sin
contemplaciones y sin cobrar las seis mil liras anuales del
contrato, sospeso, pese a haberlo
reconducido. Chabás Giovanni: cessato
1927. Ni siquiera incoaron el correspondiente expediente
administrativo por mis colaboraciones en la prensa española y,
según aquella panda de vendidos, carecer del mínimo respeto debido
a la hospitalidad institucional italiana. Pero no hay mal que por
bien no venga. Los artículos me sirvieron para el libro Italia fascista (política y cultura) y pude asistir
en Valencia a la boda del bueno de Max Aub con Peua Barjau. Lo
celebramos en al playa de Las Arenas, tan tierna de rubia belleza
ella, Max con su mofletuda gravedad de mocetón maduro.
Carmen parecía adherida al silencio. Recordó
por un instante la reverencial admiración que sentía Alfonso XIII
hacia Mussolini y la parafernalia fascista. En uno de sus viajes a
Italia le sorprendió gratamente el orden, los principios
inalienables de autoridad, la perseverancia organizadora, el alarde
y la voluntad recia, las fábricas y la industria del automóvil.
Todo aquello que a su parecer debería importarse y de lo que el
presidente de gobierno tenía que tomar buena nota. Juan leyó su
pensamiento:
—Un día vi pronunciar a Mussolini un
discurso en una plaza pública. Iba vestido de chaqué negro y
llevaba un cuello alto, de pajarita. Tenía un cuerpo muy recortado,
compacto y brioso, esforzadamente erguido; la cabeza desnuda, un
poco calva, morena y reluciente, de rasgos duros, gruesos, tenía un
vigor de aldeano romano. Hablaba con voz mate, aguda, casi de
cabeza, intuitivamente, y accionaba con el brazo derecho
recogiéndolo hacia el pecho y desplegándolo luego con violencia,
cerrando el puño, con la convicción de que era el hombre para
dominar. Un tipo despreciable.
—A Génova puedes ir, que es un jardín en la
tierra.
Desde los rincones más humildes hasta los
más ricos nos ofrecen una larga delicia, a veces próxima a la
delicia de una mujer hermosísima.
Carmen veía que sus pies la llevaban
aventureros por los vicoli hasta la
estatua negra de Vittorio Emanuele II, en la plaza ancha y sola del
Corvetto. Pero enseguida volvió al tiempo comprimido en una tarde
de vagancias, piensa que te piensa, obsesionada por recomponer el
pasado de su nuevo amigo a fuerza de imaginación, incapaz de
discernir entre lo oído en la mesa del Lhardy y lo soñado.
A las diez y media del 15 de octubre de 1926
los reyes y las infantas Cristina y Beatriz llegaron en visita
oficial al apeadero del Paseo de Gracia. La jornada se presentó
espléndida, con un descarado sol de otoño. En su lectura de la
prensa, se detuvo en los detalles que andaba buscando. El rey
vestía uniforme kaki y ella, la reina, bajó del tren con traje
color café y cuello de piel; la seguían las infantitas con
sombreros sencillos y abrigos azul marino y, detrás, el aya, la
condesa de Campo Alegre. El marqués de Viana se había quedado en
Madrid y en su lugar viajaba el mayordomo mayor Luis María de Silva
y Carvajal, duque de Miranda. Después de los actos protocolarios el
coche de los reyes enfiló la Diagonal hacia el Palacio Real de
Pedralbes. Que no se hubieran producido manifestaciones
catalanistas tranquilizó a la actriz, cuya satisfacción fue grande
al leer que el rey había salido de paseo en coche hasta Tarrasa y
la reina, por su lado, a Mataró con las infantas. Mucho la
sorprendió, en cambio, que el rey recibiera en domingo al embajador
de España en París, Quiñones de León, llegado en el rápido de
Madrid la noche anterior, lo cual le hizo pensar inevitablemente en
la hija bastarda que le atribuían con Beatrix Noon y llevaba el
apellido del embajador. Con él y el duque de Miranda fue el rey de
improviso por la tarde a Montserrat, mientras la reina acudía a un
festejo taurino en la Monumental. Desde el monasterio se
desplazaron a algún lugar que silenciaba la prensa y en el que se
entretuvieron hasta el anochecer, lo cual produjo que se retrasara
hasta pasadas las diez y media el concierto de gala en el Liceo.
Esto contrarió a Carmen al tiempo que le entraron unas ganas locas
de salir de nuevo con Juan Chabás.
A media mañana del día 26, martes, se
recibió en la avenida del Valle la carta que Alfonso XIII había
remitido desde Pedralbes el viernes anterior; breve, apenas una
docena de líneas, en la que confirmaba las muestras de cariño y las
muchas ovaciones recibidas durante su visita a Cataluña, en aumento
como las amabilidades redobladas después de la salida de la reina
hacia París; todo ello contrariamente a lo que algunos habían
augurado por estar el problema catalán tan latente. Si puedo te
veré el miércoles, decía el rey, pues el jueves me voy de caza para
cuatro días a descansar. Esta vida es dura y tengo un resfriado que
ya voy dominando. Te quiero de veras y te beso y abraza, tu
soldadín. Y la querida tan de veras debió pensar que otra en su
lugar trataría cuando menos de caradura al autor de aquellas
líneas. Como era de esperar, el miércoles no pudo verla porque por
la tarde se fue a cazar rebecos a los Picos de Europa.
Precisamente el mismo día que el rey le
escribió desde Barcelona, aquel mismo viernes, Carmen propuso a
Juan acercarse a la tertulia de Jacinto Benavente en El Gato Negro,
de la calle del Príncipe. Quería darle un recado de Catalina
Bárcena y, si acaso luego, pasar a la función del Teatro de la
Comedia. Estaba don Jacinto con su sombrero negro sentado en los
divanes rojos del fondo a la izquierda, entre cinco contertulios
rodeados por las siluetas de gatos pintadas por Enrique Martín. Se
levantó tan pronto como vio a Carmen y procedió a las
presentaciones lamentando ante los presentes que la señora Ruiz
Moragas estuviera retirada de los escenarios por reales razones de
madre. Tuvieron un aparte y, seguidamente, Carmen pidió a Juan el
abrigo para marcharse. Estuvieron de pinchitos y raciones por la
plaza de Santa Ana. En la cervecería decretaron que deberían dejar
que se sucedieran las emboscadas del destino.
En una de aquellas citas, fijada a media
tarde en el café Comercial, Juan cumplió la promesa de llevarle
Sin velas, desvelada. Primero hablaron de
sus vacaciones. La segunda quincena de agosto había sido reparadora
para ella y su hija en una casa baja frente a la playa de Zurriola
en San Sebastián. En cambio, Juan pasó en Denia todo el verano
queriendo terminar su segunda novela y echándose al mar a bordo de
su chalana Pepita con el bueno de Pedro
Ivars.
—Tendrás que venir a mis amaneceres de pesca
al curricán de fondo alrededor del Cabo de San Vicente en el barco
del viejo Huitón. E iremos a Polop de la Marina a visitar a Gabriel
Miró ya Valencia para comer una paellita en el Cabañal o en la
playa de la Malvarrosa con mis íntimos Max Aub y Genaro Lahuerta.
Le pediré a Genaro que te pinte un cuadro y nos acercaremos a Gata
de Gorgos, verás las cestas de palma y caña que hace una mujer
amiga mía. Son mis dominios.
El Comercial fue llenándose con los asiduos
del atardecer. Carmen juzgó todavía prematuro confiarle sus pésimas
relaciones con Alfonso XIII y; desde luego, se guardaría mucho de
comentarle el enfriamiento de su amor y las frecuentes
desavenencias... Le hubiera encantado decirle que había sabido por
los diarios que el 3 de junio el rey inauguró la conferencia
arrocera en el Paraninfo de la Universidad valenciana, y que se
sirvió de ese viaje para verse con Francesca Bertini, la Vitiello, la célebre diva del cine mudo. Alguien
debió decirle que habían visto a Alfonso XIII en la alta madrugada
de una fiesta que preparó la actriz en su casa de Nápoles la
víspera de la boda del duque delle Puglie con la princesa Ana de
Francia. Contuvo las ganas de expresar el daño que producen las
pesadillas de los recuerdos y de las evidencias, mas prefirió
escuchar a Chabás.
Se quejaba Juan de la fatiga que le causaban
sus colaboraciones en la sección «Resumen literario» de La Libertad. Aunque era de pluma fácil, los
artículos le exigían el esfuerzo de lecturas previas y cuidado en
el análisis. Se propuso dar a conocer la obra de sus amigos.
Mencionó de corrido a Rafael Alberti, Manolo Altolaguirre, Pepe
Bergamín, Vicente Aleixandre, Pedro Salinas, Pedro Garfias,
Benjamín Jarnés y a Lorca con su Mariana
Pineda. Algo en sus palabras debió recordarle el homenaje que
algunos jóvenes escritores pensaban tributar el mes de diciembre en
Sevilla al poeta barroco Luis de Góngora con motivo del tercer
centenario de su muerte. Según le dijo Alberti una tarde en la
tertulia de Ortega y Gasset en La Granja El Henar, en el número 40
de la calle Alcalá, les invitaba el torero Ignacio Sánchez Mejías a
unas veladas literarias en el Ateneo:
—Juan, anímate, allí estaremos casi todos:
Gerardo Diego, Bacarisse, Lorca, Pepín Bello, Guillén, Bergamín y
Dámaso Alonso. Antonio Espina, Marichalar y Melchor Fernández
Almagro parece difícil que asistan, pero se lo están
pensando.
Según dijo a Carmen Moragas, Chabás preguntó
curioso si estaría allí Luis Cernuda, que sin duda aún afligido por
la reseña que le hizo de su Perfil del
aire.
—Irá con el grupo de la revista Mediodía. Anímate, de verdad, Juanito, será una
inmejorable oportunidad para reivindicar nuestras voces —le
respondió Alberti.
Carmen calculaba el tiempo por el último
turno de los camareros, ya casi anocheciendo, y se resistía a
abandonar aquella amenidad de emboscadas reiteradas del destino. De
vuelta a casa, fue a dar un beso a María Teresa, que ya dormía, y
sin probar bocado de la cena que le había preparado Filomena
decidió leer en la cama Sin velas,
desvelada. En lo alto del margen derecho de la página Juan
había escrito: «Para Carmen, a cambio del primer beso de un
inagotable racimo. Enero y 1927». Sonrió mientras releía la
dedicatoria premonitoria, pues aquella misma noche, ante la puerta
de entrada, Juan se había atrevido a besarla en los labios al
despedirse. Un vuelo de ansia apenas de dos segundos.