ESCENA QUINTA

 

Avenida del Valle, treinta (Donde la imaginación tiene sobresaltos)
Nunca antes había reparado en que parir un hijo pudiera dar un golpe de timón a la existencia, virándola hacia un destino orientado por la estela de las renuncias, que irremediablemente dejaría atrás todo lo que hasta entonces la había dotado de pleno sentido. Convine que sería dejar por un tiempo los escenarios, sin que esto conllevara interrumpir las conversaciones con la empresa del teatro Fontalba para ubicar en él nuestra joven compañía. Otra cosa muy distinta fue la imposición de que diera a luz lejos de España. Alfonso se ocuparía de todo. Convendría que me acompañara mi madre.
—¿Acaso no hay en Madrid buenas comadronas, o es que tal vez el reino carece de paritorios dignos como para que la querida del rey tenga que irse a parir al extranjero? —No es eso, Carmela, no es eso.
—Pues tú me dirás qué es —repliqué elevando la voz más de lo que cualquier contrariedad permite—. Que sepas que vas descaminado si pretendes que oculte nuestra descendencia y que si por ese maldito guardar las apariencias he tenido que aguantar carros y carretas siendo tu amante clandestina, pues hasta aquí hemos llegado, me niego a seguir entre las sombras y mucho menos como madre de un hijo tuyo.
—Así no son las cosas, Carmela.
—Pues si no son así las cosas, yo me quedo a parir en
la villa y corte; y espero que me digas qué se me ha perdido en Florencia.
Le ahorraré al lector otros detalles de la discusión, aunque admito que se verá sorprendido al conocer que sería incapaz de explicar ahora cómo terminamos en la alcoba y, más todavía, que fue de nuevo el tío Natalio Rivas quien habló con mis padres para hacerlos cómplices. Consiguió convencerme y trajo los billetes de tren para el nueve de mayo. Recuerdo bien la fecha, pues conservo el recorte del ABC en el que se informaba de la salida, acompañada por mi madre, para Florencia, Roma y otras ciudades europeas.
Durante el viaje me vino a la memoria la entrevista que concedí a El Caballero Audaz en el veintiuno, cuando había logrado alejarme definitivamente de aquella especie de mancuerda a la que me sometió Gaona. Fue premonitoria:
—¿Con que le gustan a usted los niños?
—Sí, ¡mucho! —respondí como un suspiro.
—¿Le gustaría a usted ser madre, tener una niña así, aura, nacarina, estilizada y frágil como usted?
—¡Oh!, ya lo creo.
—Pues, Carmen, dada su situación, tiene usted que renunciar a ese sueño.
—¡Ah!, ¡claro!; pero es una pena.
Cuatro años después vino al mundo María Teresa. Me hubiera gustado ver qué cara puso Alfonso cuando le comunicaron que tenía una nueva hija, aunque era fácil imaginármela. Digo esto porque cierto día, al regreso de una escapada para cenar en una de las ventas de la carretera de Extremadura, quizás La Rubia, detuvo el coche en un camino arbolado con la excusa de fumar al aire libre y evitar así cualquier perjuicio a mi avanzado estado de gestación. Allí retomó el asunto del viaje a Florencia y propuso la posibilidad de que tras el parto pasara unos días de descanso en Biarritz. Nos veríamos, aprovechando su estancia estival en el palacio de Miramar. Antes de arrancar me pidió entre arrumacos que le diera un varón.
Sin querer se me escapó la imaginación a San Sebastián. Llueve a mares y atardece. Un hombre con librea, exquisito en modales protocolarios y excesivas atenciones me ha recogido en la estación del Norte y subo sin mediar palabra a la reluciente limusina Packard que habitualmente usaba la esposa de Alfonso. Lo sé porque para rellenar el silencio durante el trayecto comenté la comodidad, la distinguida prestancia del vehículo, a lo que el chófer lacónicamente apostilló que era el de su majestad la reina. No me importa demasiado ni me causa disgusto alguno, al contrario, incluso siento cierta complacencia al reclinarme y ver pasar el paisaje y todo el tiempo de este mundo. Lo que ha de llegar, llegará. La bahía de la Concha se alarga interminablemente a nuestra derecha como la eternidad de un abrazo, no hay ni un alma en el paseo y de pronto, en lo alto de una loma, distingo la torre octogonal de Miramar, roja como el resto de la gran casona. Cruzamos un túnel y giramos a la izquierda. Hemos llegado, señora. Un guarda nos abre la verja del parque y a través de un camino empinado el coche llegamos hasta el mismo pórtico almenado que da abrigo a la entrada principal del palacio. Llaman la atención los blasones que lo adornan y por la fecha, MDCCCXCII, tallada en el frontal, deduzco que lo estrenó la reina María Cristina. Me está esperando. Abre la puerta, se inclina hacia mí, sujeta mis mejillas con sus manos como si quisiera decidir sólo él la duración del beso en la boca. Dice hola Carmela, bienvenida a casa. Un nuevo beso, me ayuda a bajar del coche. Me deja la timidez de un beso en la mejilla. Entramos en el zaguán y subimos en volandas nueve larguísimos placeres, uno por cada peldaño de la escalera. Al fondo del pasillo nos espera una enorme chimenea de mármol blanco. Necesito cambiarme, ponerme guapa. Nos servirán la cena en el Petit salón. Alfonso aguarda en un descanso acristalado del corredor entre dos columnas que parecen de marfil, con base color caoba también de mármol. Me toma de la mano, oprime con su cuerpo el mío, estoy a su merced contra una columna. Cuando recompongo el aliento, y el vestido, parezco la jovencita afortunada a quien le han dado su capricho, me siento atractiva, voluptuosa, una pizca frívola, lo justo para comenzar a enardecer los sentidos y oír galanterías acerca de mi cuerpo con raza, como suele definirlo, y sobre la gratitud que debe a la providencia, dice, por tanta sazón que doy a los deleites. Noto que estamos en la antesala de las demandas carnales y de las travesuras.
—Después de cenar, por favor, Alfonso, llévame a lo alto del torreón, hazme reina.
En el mes de julio tuve otra gran alegría. Estando aún en Florencia, los empresarios arrendatarios del renovado Fontalba me comunicaron su disposición a formalizar un contrato a razón de ochenta duros diarios y una función de beneficio. La compañía que creé con Ricardo Puga inauguraría la temporada con la comedia de Benavente Los nuevos yernos, con la que tuvimos gran éxito y a la que asistió Alfonso. Antes de las navidades estrenamos un Don Juan Tenorio y, creo recordar que en noviembre, La nave sin timón, un bello poema dramático en cuatro actos de Luis Fernández Ardavín —cuyos personajes femeninos interpretamos Blanca Jiménez y yo misma junto a nuestros compañeros Peña, Puga y Orduña—, y repusimos La perla de Rafael, comedia muy aplaudida de Luis Manzano, en la que de nuevo compartí protagonismo con Blanquita y el seductor Puga. En las navidades del veinticuatro estrenamos ¡Qué encanto de mujerl, adaptada por Arniches y Antonio Paso, y algo del francés Louis Verneuil. Lógicamente, a lo largo de mil novecientos veinticinco María Teresa me apartó de los escenarios
La programación del año siguiente la había preparado en el hotelito a pie de playa de Biarritz donde me instalé a primeros de agosto con mi madre e hija yen el que descansamos hasta el veintitantos de septiembre. Alfonso iba a visitarnos muy de tarde en tarde, al principio dos días por semana, después fue distanciándose de sus compromisos paternos. Cuando llegaba, lo hacía en coche alrededor del mediodía, se esforzaba en hacer cuatro carantoñas a su Terete y enseguida me apremiaba para que me arreglase si quería salir a comer marisco. Enjaretábamos las conversaciones y soluciones a mil asuntos frente al Cantábrico. Estaba inquieta porque nuevamente le veía desinteresado por mis propósitos teatrales, creyendo tal vez que mis desvelos terminaban con su ayuda económica o, peor todavía, que sería difícilmente conciliable mi maternidad con los escenarios. Protesté diciéndole que me dolía que pensara así, que relegase a las mujeres de manera tan laxa a actividades o a funciones restrictivas por una supuesta inferioridad y que las condenase a servidumbres inaceptables en los tiempos que corren. Y él, erre que erre, seguía sacando del morral una ristra de argumentos y contradicciones que me sabía de memoria. En alguna otra ocasión la comida giró en torno a la hartura que le producían las rencillas políticas, cuando debería imponerse el acuerdo unánime para acabar con el rebelde rifeño Abd-el Krim y reconquistar el Protectorado. Guiada quizás por el instinto concluía yo que para ello entendía imprescindible, irrenunciable, la cooperación de Francia, como en verdad luego sucedió. Un par de veces también saqué a colación mi gran ansiedad ante la vuelta a casa y, sobre todo, por las obras de edificación que pensaba acometer en el terreno de la avenida del Valle, cuya propiedad había escriturado meses atrás, así como por el acondicionamiento interior y la mudanza. Pero a Alfonso todo aquello..., como si le hablaran a tontas y a locas. Tenía la impresión de que mi felicidad y su hija le importaban un rábano. y así se lo reprobé. Pretextaba que los últimos meses la campaña de Marruecos le tenía absorbido, máxime desde que el general Primo de Rivera había dispuesto el intervencionismo militar y cuando, decidida la colaboración francesa, parecía inminente el desembarco de Alhucemas. A finales de agosto regresó a Madrid para seguir de cerca los acontecimientos. Aún me pregunto cómo en su última visita a Biarritz, al despedirnos, me atreví a pedirle ser su esposa. Ahora comprendería mejor aquel embarazoso silencio suyo y lo que entonces leí de corrido en sus ojos. Lo cierto es que aquella mirada me impidió dormir toda la noche.
Tuve la absoluta certeza de que entre la gente malévola, esa que disfruta denigrando con maledicencias a granel para regocijarse con el daño ajeno, comenzó a rumorearse que el rey andaba en negocios muy rentables con los hermanos Otamendi y que en reconocimiento de determinados favores le regalaron una casa baja con jardín para que su hija y yo viviéramos en ella. Hasta se dijo que existía un túnel secreto que conducía a Palacio. Pero convendría que el lector conociera mi versión de los hechos.
Miguel Otamendi, ingeniero de Caminos fue el inspirador del proyecto del ferrocarril metropolitano de Madrid, llamado Metropolitano Alfonso XIII precisamente por la importante aportación real al proyecto. Un millón y pico de pesetas, de las de mil novecientos diecinueve, le oí decir un día. Los hermanos guipuzcoanos le estaban tremendamente complacidos y, según me contó en la casa de la calle del Reloj, en compensación desde mucho tiempo atrás querían retribuir de alguna manera la generosidad de la corona.
Yo conocí a Miguel a través de un amigo común durante una velada en el Círculo de Bellas Artes; se acercó para darme a entender muy sutilmente que estaba al tanto de mis estrechas relaciones con Alfonso, por cuanto insistió en la necesidad de contar con su apoyo en la búsqueda de inversores para hacer viable la segunda línea del Metro y cuan apreciada sería mi intermediación. Le contesté que se lo haría saber a su Majestad. Al día siguiente así lo hice.
—Los cuatro hermanos están sacando pingües beneficios de la revalorización que está produciendo el Metro en la zona de Cuatro Caminos —Alfonso se quitó la chaqueta y me la tendió—. Hay que reconocer que la Urbanización Metropolitana funciona debidamente. Para el consejo del grupo empresarial propuse al duque de Alba, al marqués de Villabrágima y el conde de la Dehesa de Velayos.
—Dicen que media ronda de Cuatro Caminos es suya —añadí—... El barrio de la Garata. Lo mejor de los madriles, donde está la flor y nata.. .
—Parece ser que han reservado un terreno inmejorable. Sugerí a Miguel que lo pongan a tu nombre y que construyan un hotelito.
De palacete regio —no sin ironía— y de villa d’ annunziana calificó Juan González Olmedilla al hotel que estrenamos antes de que María Teresa cumpliera un año. Situado en un lugar privilegiado, el final de la avenida Reina Victoria, hoy Pablo Iglesias, a la entrada de la Colonia Metropolitana, aún destaca —en palabras del periodista— una torre desde la que se domina a oriente, el Madrid tentacular y populoso, a mediodía, la mole gris del viejo Palacio Real; a poniente, la Casa de Campo, la Ciudad Universitaria; al norte, los caminos —todos los caminos, los comunales y los secretos— de El Pardo. Las páginas de Crónica, que recogen la entrevista de Olmedilla y que conservo, tienen por fecha el siete de julio del treinta y uno.
Dos años después, en febrero, Luis Casas, El Brujo Bohemio volvió a interesarse por el hotel del número treinta de la avenida del Valle. Lo hizo en la sección «Cómo viven nuestras artistas» de Blanco y Negro. Una larga entrevista con fotografías de Zegrí. Allí me refería yo a mi rinconcito apartado, confortable, silencioso, donde los nervios se apaciguan. En una extensa finca se construyó una edificación concebida con esmero y capricho, tanto como si se tratara de la vivienda propia del arquitecto que la había proyectado, o cuyos dueños hubieran querido hacer gala de su exquisito gusto. Los Otamendi conocían bien su oficio. Idea mía fue levantar un torreón de planta octogonal que siempre me recuerda la torre del palacio de Miramar, al igual que la de abrir a la luz la original fachada mediante atrevidas balconadas.
El Brujo Bohemio comenzaba su reportaje interesándose por la extensión de los jardines, del hotel, de su costo. Contesté a cuánto ascendía el valor de la propiedad, pero esta vez creí juicioso silenciar cómo se produjo la adquisición y quien la pagó:
—Veinticinco mil pies de terreno. Dos mil construidos. Costo del hotel, terreno y jardín, sesenta y ocho mil duros, un total de dieciocho habitaciones, repartidas entre el sótano, dos plantas y el torreón, donde tengo mis libros y paso grandes ratos; vamos, mi torre de marfil.
—¿Y muebles?
—Yo tenía bastantes cuando mandé construir esto; el mueblista me arregló varias habitaciones. Arreglos y adquisiciones nuevas me costaron unos dieciséis mil duros.
Y era verdad. La venta del piso de la calle Lagasca y algunos ahorrillos me permitieron afrontar la decoración interior, obsesionada por la limpieza y la sencillez, huyendo de telas y cosas colgadas de las paredes. Prefiero los colores claros. En general, sencillez, ausencia de complicaciones, mucha limpieza, yen los adornos es mejor tener dos o tres detalles elegantes definitivos a tener muchos detalles mediocres. Como confesé en aquella entrevista, quizás fuera mi mayor ilusión una casa de cristal y mármol, porque podría estar siempre impecablemente limpia. Los muebles deben ser cómodos, no tan exageradamente como esos butacones que llaman al sueño a todas horas, ni tan incómodos como esas sillas que despiden en seguida a las visitas. Los estilos antiguos son bonitos, porque generalmente son decorativos, ahora que todos los muebles antiguos son acogedores.
—Y en la casa, ¿es partidaria de mucha luz? —preguntó el periodista.
—Bastante para leer, poca para pensar. Me agrada extraordinariamente esa luz pálida en la caída de la tarde, luz misteriosa, única, para que la imaginación juguetee un poco, agradabilísima para conversar.
Como dije, así fue y sigue siendo mi rinconcito. Donde la imaginación no tiene sobresaltos.