ESCENA CUARTA
Cosas de esta güerita, como él decía
Quienes tenían trato próximo con Carmen Ruiz
Moragas conocían unos hechos que se remontaban a diciembre de 1909.
En círculos taurinos hacían protagonista de ellos a Rodolfo Gaona.
Se decía que una jovencita mexicana de familia adinerada de origen
alemán, María Luisa Noeker, se hizo invitar a una fiesta organizada
por el industrial Cirilo Pérez en la calle Victoria, a la que
acudiría el maestro de León, quien, al parecer, no se presentó a la
juerga. Según se dijo, el industrial y sus amigos tras
emborracharla abusaron de ella en el hotel en el que se alojaba la
cuadrilla de Gaona y regresó bien amanecido a la casa de un tío
suyo con quien vivía, en la calle Nuevo México. Por las razones que
fueran, vuelta a su habitación supuestamente deshonrada, se disparó
en la sien con una pistola de su pariente, según dejó constancia la
prensa. Jamás se probó el encuentro del torero con la muchacha y
mucho menos que provocase su suicidio. Hasta hubo quien dedujo que
Enrique, hermano del torero, aprovechara el hechizo de la jovencita
por el matador para ofrecerle una pronta cita con él, a cambio de
que juntos alcanzaran el alba entre las sábanas. El encarcelamiento
del diestro veintiún días en la cárcel de Belem por presunto
responsable del crimen causó un gran revuelo, hasta que fue puesto
en libertad bajo fianza de cinco mil pesos.
Carmen se enteró de ello por boca de su
marido durante una agria discusión en el coche camino de Granada.
En medio de la violencia que ensucian las palabras a causa de los
celos, él reconoció que estuvo besuqueándose con aquella chiquilla
en la balconada del hotel de la esquina del Zócalo y la avenida 16
de septiembre, y que eso era ya agua pasada. Pero Carmen nunca
olvidaría aquella confesión, que sonaba a falsa.
Entre ella y Rodolfo todo comenzó a
derrumbarse un par de semanas después de las navidades, acabando el
mes de enero de 1918, cuando más necesitaban comprenderse.
Aborrecía los toros y le horrorizaba imaginar caballos agonizantes
en el albero. Era incapaz de conocer la costumbre de ofrecer los
palos a un compañero de lidia hasta que llegó la moda descortés de
que cada matador banderilleara su propio toro; incapaz de
diferenciar una verónica del pase al natural, o de explicar el
porqué del viciado latiguillo, tan de Gaona, de chocar los palos en
el tercio de banderillas perdiendo el tiempo necesario para
levantar los brazos e igualar; incapaz de describir la gaonera,
inventada por su marido. Rodolfo la aburría con sus triunfos en las
Ventas, en la peruana de Acho, en el Circo metropolitano de
Caracas, en la Maestranza, en Colmenar Viejo... Que si Belmonte
había logrado por despecho la faena de su vida en la corrida del
Montepío, después de que el público le hiciera de menos pidiendo
que torease sólo con Gallito; que si vestía de oro y plomo en el
par inolvidable que le puso en todo lo alto a Rodillero, con el
morro rozándole la taleguilla, en una de feria de los Sanfermines
de 1915; que si los cuatro toros de prueba con Gallo, Belmonte y
Fortuna; que si su presentación en 1917 en el entonces recién
inaugurado Toreo de la Condesa en Ciudad de México... A Carmen,
alejada de las tablas, le amedrentaban los grandes precipicios de
la soledad; él desconocía lo que fuera de los cosos le
disgustaba.
Las tardes fueron haciéndose borrosas.
Alguna verónica, algún quite, aislados pases apretados y vistosos,
algún par al quiebro... Ni siquiera aparecía la galanura de sus
gaoneras. Decididamente la suerte parecía haberle dado la espalda.
No cesó la odisea de sus fracasos. Se antojaba difícil justificar
el de Valencia por los toros aplomados y muy distantes. De plaza en
plaza arreciaban los gritos airados, las protestas... Era ya
demasiado. Debió sonar la hora del desquite el 12 de mayo de 1918
—¡qué ocasión inmejorable para el desquite!—, pero tampoco pudo ser
en Madrid. De ello levantó acta una crónica. Estaba el público de
uñas. Sonaron los primeros pitos en el paseíllo y los impacientes
quisieron ensañarse la primera vez que el maestro metió el capote
para quitar. Se abrió de capa en su toro y lanceó quieto, con
admirable juego de brazos, con finura, con elegancia, con esa
elegancia peculiar que era su arte y su éxito. Después, en el
primer quite, dominó y mandó colosalmente. ¿No oyó las palmas? ¿No
vio cómo el público se rendía y le aclamaban hasta los descontentos
de poco antes? Allí estaba el desquite; allí, en aquel público que
esperaba la faena y en aquel toro nobilísimo, que ni una sola vez
se le había puesto por delante. No quiso o no pudo. Volvió el Gaona
de las faenas interminables, del muleteo sin ton ni son, del
macheteo, de los ratimagos. Media estocada desprendida y otra
trasera y tendida. El mexicano parecía medio ausente. Por los
tendidos se murmuraba que tanta ruina sin duda se debía a la
ineptitud para templar sus desavenencias con La Moragas. Que eran
muy ciertas.
Carmen había prometido una larga
conversación periodística al Heraldo de
Madrid tan pronto como se fallara el pleito. Se sinceraría
ante el reportero que con el seudónimo de “El hermano Melitón”, en
honor al fraile gracioso y gruñón de Don
Álvaro o la fuerza del sino, firmaba crónicas sociales. Podría
preguntarle acerca de cualquier cosa. La cita era a la hora del
té.
—Ante todo me preocupa conocer cómo ha
salido su espíritu de la tragedia... ¿Resistente? ¿Abatido?
Carmen se quedó un instante suspensa, con
los brazos en alto y la mano derecha aprisionando una copa de
jerez; abrió mucho sus ojos claros, y al cabo contestó:
—No crea usted, no crea usted... No ha
quedado del todo mal. .. Pero se ha refugiado en el Arte; no quiero
pensar en otra cosa. Ahora, ¿lo sabe usted?, soy artista
cinematográfica.
—¿En Madrid?
—Sí, señor... Como lo oye, con Benavente. A
poco de separarme de mi marido, Benavente vino a verme una tarde y
me invitó a hacer La madona de las rosas.
Le expuse mi situación, un tanto difícil, y le pedí que aguardase
hasta el fallo definitivo... Al día siguiente de hacerse público,
me llamó por teléfono. ¿Ya?, me preguntó. ¡Ya, ya!, le contesté yo.
El rodaje ha sido agotador. Me paso los días preguntando al
operador cuándo podré verla...
—¿Le agrada a usted el cine?
—Sobre todo, trabajar con Benavente... Pero
es claro que el cine no es una expresión completa del Arte si falta
la voz, ¡que es tanto! Recuerdo haber leído que en cierta reunión,
donde nadie entendía el polaco, se pidió a la actriz madame
Modjesha que recitase versos en su idioma siempre exótico, siempre
extraño. La dama accedió y comenzó. Los oyentes, que no conocían el
sentido de las palabras, advirtieron al principio cierta rara
repetición; pero poco a poco, vencidos a las modalidades, al tono,
a los efectos de la voz, se emocionaron y aplaudieron. Sólo un
caballero sonreía en vez de emocionarse. Alguien le reprochó la
irreverencia, pero éste, que entendía el polaco, explicó que
sonreía viendo cómo madame Modjesha les emocionaba recitando la
tabla de multiplicar. Eso es el efecto de la voz... ¡Y la voz está
ausente del cine!
—Sospecho entonces que usted volverá pronto
al teatro, señora Moragas.
—Posible es que sí, porque mi ideal es ser
una gran actriz. Acaso estoy un poco desorientada. Mi afición al
cine me ha hecho pensar hasta en marchar a Nueva York, a Los
Ángeles de California... Otras veces, la idea de conquistar un alto
puesto en la escena me seduce, me atrae, me domina...
—¿Qué obra dramática la agrada a usted
más?
—Resulta difícil contestar con acierto, pues
los artistas dramáticos no juzgamos nunca las obras por su mérito,
sino porque contengan un papel acomodado a nuestras aptitudes. Por
ejemplo, Marco Antonio y Cleopatra no es
lo mejor de Shakespeare, pero representarla bien es mi mayor
aspiración de artista, De Ibsen, lo mismo. ¿Quién dice que
Hedda Gabler es su mejor obra? Nadie, sin
duda; mas hacerla y hacerla con acierto es una ilusión mía. Otra
cosa que me agrada mucho es el recitado de versos, que se desdeña
en España. Aquí nadie se cuida de ello, porque acaso se entiende,
mal entendido, que la poesía lírica no se ha escrito sino para que
se lea...
El Hermano Melitón la describió alta,
gentilísima, con pelo rubio, muy blanca; los ojos grandes y claros,
la nariz perfecta, la boca pequeña, de dientes cuidados y bonitos y
labios rojos, era una de esas bellezas que jamás se olvidan. Y
apuntó que su felicidad conyugal se derrumbó, acaso sin iniciarse,
a los tres meses de convivencia. Luego se las arregló para traer a
colación el divorcio, pero Carmen había decidido callar las
razones. Ya se sabe que la repudia es algo muy hondo y muy
negro...
—Y aparte de su trabajo cinematográfico,
¿qué vida hace usted? —el periodista retomó la senda donde la
actriz mejor sonreía.
—Leo en la cama; hago música, pinto, visito
los museos y los estudios de los pintores... Por la tarde paseo
generalmente a caballo por la Casa de Campo. No habré de decírselo:
a la amazona, porque a la americana sería llamar la atención
demasiado. Por la noche no salgo nunca, o casi nunca... Estoy aquí
con mis padres... y con mi hija...
—¿Con su hija? —le preguntó un poco
sorprendido.
—Con mi perrita Greñúa —sonrió con un poco de condescendencia—.
Aguardaba, Hermano Melitón, que me preguntara sobre mis ideas sobre
feminismo.
Carmen se puso en pie de repente, bebió en
trago largo el jerez que quedaba en la copa y dio una vuelta por el
salón. Estaba decidida a publicar sus convicciones.
—Le voy a decir a usted que cuando oigo
hablar de que hay que dar voto a la mujer y hacerla concejal y
diputado y senador, como mujer que soy no me desagrada que nuestra
condición se exalte; pero pienso que no es ese el mejor camino. La
misión de la mujer debe ser hacer los concejales, los diputados y
los senadores. Criar hijos fuertes de cuerpo y de cerebro. Hacer
hombres. ¡Se lo digo yo a usted, incapacitada ya moralmente de por
vida para desempeñar esta alta misión! Pero créame, créame usted.
Los derechos a que debe aspirar la mujer, no son políticos, sino
familiares; por ejemplo, ese honor de que la potestad sobre los
hijos sea siempre del hombre...
—¿Y el divorcio, Carmelita?
—En España es incompleto. Vea usted mi caso.
A mí me han dicho que tengo razón, que mi causa es justa, pero
quedo condenada a no amar nunca, a no ser de otro hombre; a no dar
cabida jamás en mi corazón a una ilusión. Y esto, en verdad, a los
veinte años es muy triste. ¿No cree usted que es muy triste?
—¡Mucho, mucho! —asintió el
periodista.
—Pero, también —siguió diciendo ella— vea
usted lo que sucede en Francia, donde la mujer cambia de brazos y
de casa sin problema, dejando siempre víctimas a los hijos. Eso es
también horrible.
—¿No volverá usted, a lo largo de la vida, a
reconciliarse con su marido?
La actriz comenzó a negar rápidamente con la
cabeza. Volvió a llenar las copas mientras se alargaba el silencio.
Hasta que pareció retumbar un nunca, seco y retador, en el
salón.
—Lo dice usted con resolución, y hasta
afirmaría que sin pesar.
—Lo puede usted afirmar. He llorado tanto
que aquellas largas pestañas que yo tenía, poco a poco las han ido
quemando las lágrimas y han desaparecido. Pero ya no lloro; entre
otras razones, porque no quiero ver tristes a mis padres.
El final del encuentro se les vino encima,
pues Carmen debía salir antes de la cena. Quizás por ello consintió
volver a los recuerdos. Precisó que había conocido a Gaona en
Madrid, aunque sus amores comenzaron en América, que se trataron en
visita apenas cuatro meses, que sólo tres bastaron para que se
deteriorara la convivencia conyugal a pasos agigantados. Pues
carecía de sentido prolongar la paciencia entre escándalos y celos
a cualquier hora de su marido. Pues era grande el hartazgo por
reproches vehementes y la cólera sin límites y los gritos y la
ruindad perversa de quien puso condiciones y rejas a las labores
del querer.
—Me he refugiado en el Arte —afirmó
sonriendo—, y quiero pensar que no hay hombres ni hay nada que
pueda conmoverme. A lo hecho, pecho. Pero, quiero que diga usted
una cosa como final de nuestra conversación. Quiero que escriba que
no me han gustado nunca los toros, y mucho menos los toreros. ¡Vea
usted lo que son las cosas de esta güerita, como él decía!
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