78

 

 

 

Josep, en la baranda junto a la tolda, contemplaba la línea de la costa levantina. Había perdido a buena parte de los hombres, lo que facilitaría la hora de deshacerse del resto en las costas de África. Casi todo el botín había quedado en el muelle y él debería desaparecer en alguna remota aldea cercana al desierto hasta que otras mil tragedias sepultaran el recuerdo de la traición cometida a su ciudad y al reino.

Sonrió despectivo. Su nombre sería maldecido durante décadas, pero si no lo compartía tenía oro para vivir con holgura una larga temporada, quizá para siempre.

—Josep, ¿qué hacemos con la dama?

Ante el comentario de uno de sus hombres lo recorrió un escalofrío.

—¿Qué dama? —preguntó con malos modos.

El otro se encogió de hombros.

—Gostança de Monreale apareció en el muelle mientras combatíais con Tristán. Estaba malherida y nos dijo que habíais ordenado su embarque. Ya sabéis que no da suerte tener una mujer a bordo, el cómitre y los galeotes murmuran…

Josep lo empujó con brusquedad y cruzó la tolda hasta la trampilla de la pequeña bodega situada bajo el castillo de popa. El cubículo permanecía en penumbras, pero la vio con claridad, con su vestido negro empapado de sangre. Estaba sentada sobre un barril y atisbó el fuste astillado de la flecha clavada en su pecho. Sostenía una lámpara en el regazo con la mirada fija en la llama. Habló sin levantar los párpados.

—Violaron a Elena de Mistra y le hicieron creer que yo había muerto. A nadie importó su sufrimiento ni tampoco el mío.

Josep advirtió que junto a ella uno de los barriles de pólvora estaba abierto.

—Mi señora, dejad la lámpara en el suelo.

—Desde niña he oído las voces que clamaban sangre. Las he silenciado una a una para que Dios me perdonara. —Levantó el rostro. Ni las lágrimas ni la palidez por la pérdida de sangre empañaban su belleza fría, hipnótica. Señaló el mástil de la flecha—. Dios no me ha absuelto; sin embargo, me ha abierto los ojos para ver el error.

Josep trató de acercarse, pero el fuego de sus pupilas negras lo paralizó.

—Esta flecha clavada en el pecho y tu traición me han hecho comprender al fin el significado de las lectionis de Elena de Mistra. —Sus ojos descendieron hacia la llama—. ¿Sabes cuál es?

—Gostança, aún estamos a tiempo —musitó él notando un sudor frío en la frente—. Trataremos de curaros la herida, pero soltad la lámpara.

La dama sonrió desdeñosa y prosiguió:

—Que la ponzoña son los hombres como tú, Hug Gallach, Conrad von Kolh o Nicolau Coblliure. Nos agreden, abusan de nosotras y se esconden. El miedo los hace fanáticos o esclavos. Se lamentan y piden perdón a Dios al borde de la muerte, pero no reparan el daño. Lo que oí durante tanto tiempo era en realidad el dolor amargo de mi alma. El mismo que padecen incontables mujeres sometidas, engañadas y sin consuelo ante la indiferencia o el desprecio.

—¡Detente! —imploró Josep, aterrado.

Gostança de Monreale levantó la lámpara sobre la negra pólvora. Él dio un paso atrás e instintivamente se cubrió el rostro con los brazos.

—Hoy acaba lo que empezó hace años. No me reuniré con mi madre para pedirle perdón, pero Irene lo hará por mí. Te espero en el infierno, Josep de Vesach.

 

 

En el muelle todos vieron desconcertados que la lejana galera quedaba envuelta en una esfera de luz brillante.

—¡Ha estallado!

Al instante arribó la profunda deflagración. Uno de los mástiles se desplomó sobre las aguas. La gente del puerto se agolpó en la orilla señalando la columna de humo bajo la que se atisbaban restos del casco flotando, aún en llamas. Varias barcas se aprestaron para salir hacia el naufragio en busca de restos y supervivientes, pero la explosión había sido terrible y era difícil imaginar que alguien viviera aún.

—Gostança —musitó Irene. Un velo de pena y alivio contrajo sus facciones.

—¿Crees que ha sido ella? —indicó Tristán.

—¿Por qué? —se preguntó Eimerich—. Ya conocía el paradero de Elena.

Tristán se adentró en la mirada profunda de Irene, carente de la dulce candidez de antaño. Algo de la joven se hundía hacia el abismo junto con los restos del barco.

—Quiso ser espectro, demonio, amante, verdugo… —siguió la spitalera de En Sorell—. Y, tal vez, la verdad se abrió paso al fin en la costra malvada de su alma y no pudo soportar el peso de tanta sangre derramada. —Se encogió de hombros con la mirada perdida en la lejanía y apretó la carta de Elena—. Nunca lo sabremos.

La llama de la sabiduría
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