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Fue el miedo, hija, Caterina —gimió Nicolau contrayendo el rostro por el dolor—. El miedo a morir, a perderos a ti y a tu hermano… Simón de Calella me delató y Gostança vino a por mí, el siguiente de la cadena.
El vestido de la joven, arrodillada junto a su padre, se iba empapando de sangre. El jurista tenía el semblante mortecino y la mirada fija en el crucifijo del muro desnudo de la celda. La herida en el costado no dejaba de sangrar y la monja de la enfermería ya lo había desahuciado. Ninguna sospechó cuando el abogado llegó al convento y solicitó entregar a Gostança un recado personal de Irene. En realidad pretendía sacarla de allí. Con la pequeña María de Aragón como rehén, la dama había recuperado el vestido negro y su cepillo. Sin embargo, antes de huir culminó su venganza contra la séptima larva.
Eimerich recogió del suelo la tosca máscara amasada con cera.
—Gostança de Monreale llegó a Valencia siguiendo el rastro de las larvas —musitó el joven. Su manera de hablar distaba ya mucho de la de un mero criado—. Tras acabar con el médico Simón escapó de Dels Ignoscents. Según los documentos, solían conversar dando paseos por los huertos del hospital. Pudo matarlo y saltar el muro.
—Yo era el siguiente. La larva invitada por el médico. —La necesidad de explicarse ante su hija consumía las últimas energías de micer Nicolau—. Pero antes Gostança quiso vengarse de las tres mujeres que participaron aquella lejana noche en la reunión, en especial de Elena, la madre que la abandonó, la bruja que la infectó. Doña Angelina y sor Teresa cayeron víctimas de su odio en poco tiempo. Había estudiado con detalle sus movimientos y descubrió que la noble tenía un hijastro díscolo, ambicioso y lleno de odio hacia la nueva esposa de su padre.
—Josep de Vesach.
—Ella lo sacó de su sórdida existencia en la mancebía y le prometió riquezas si la ayudaba a terminar con doña Angelina. Su muerte conmocionó a la ciudad, pero cuando al poco tiempo aconteció la de sor Teresa, Andreu y yo intuimos que podían estar relacionadas con lo ocurrido en Bolonia. Pronto Elena comenzó a sentirse mal y de manera sorpresiva se anunció su muerte en el hospital. El breve velatorio en la capilla se hizo ante una blanca mortaja y fue un entierro precipitado, ni siquiera esperaron el regreso de su hija para enterrar a Elena en el sepulcro familiar de Sant Berthomeu.
»A pesar de los gestos abatidos y las miradas de inquietud conocía bien a Andreu; no se comportaba como lo hace alguien que ha perdido a su amada esposa. Traté de sonsacarle la verdad y él selló sus labios. Aun así, deduje el ardid para salvar a Elena de la venganza. Me pidió ayuda para detener a Gostança, pues éramos los siguientes larvas tras Simón de Calella, pero la dama era cauta y escurridiza, tenía fondos, dos fieles criados y a un generós, Josep, como aliado.
»Yo estaba dispuesto a huir de Valencia con mis hijos, cuando Gostança me abordó una tarde ante la tumba de mi esposa. Me entregó un kipá para cubrirse la coronilla al entrar en la sinagoga, la peor amenaza para un converso. Escuché su relato deformado de lo ocurrido en Bolonia. Las dos últimas larvas debíamos morir como el resto, de un modo atroz por haber ofendido a Dios. Jamás dijo que era el fruto de aquella violación, que consideraba un ritual voluntario entre una bruja y un hombre enfebrecido.
—Acorralado, ofrecisteis la sospecha de que Elena no estaba muerta para salvar la vida —lo acusó Eimerich eludiendo la encendida mirada de Caterina.
—¡Hubiera sido mi fin y el de toda mi familia! —siguió el hombre—. Le imploré piedad a cambio de la información. ¡Que Dios me perdone! Me ofrecí a sonsacar a Andreu el paradero de Elena. Cumplí los dictados de Gostança y le cubrí las espaldas.
—Accedisteis al hospital Dels Ignoscents para eliminar el rastro que podía relacionarla con el crimen del médico.
—Sí. Por otra parte no era ningún secreto para las larvas el valioso ajuar que se decía Elena trajo desde Constantinopla. Sin saberlo a ciencia cierta, también aseguré a Gostança y a Vesach que estaría oculto en el hospital. Las pinturas de la cripta parecían un señuelo. Cuando mosén Jacobo de Vic por orden del maestre de Montesa comenzó a indagar, Gostança perdió la paciencia y me encomendó una nueva tarea a cambio de la vida.
—¿Vos envenenasteis a Andreu? —preguntó Eimerich, sobrecogido.
—Ambos sabíamos que estábamos en peligro por ser larvas. Gostança apareció varias veces por el hospital, pero era yo quien echaba cantarella en su copa durante las últimas visitas. Pensé que, amenazado, se sinceraría conmigo… Soportó la agonía con los labios sellados. No sé si sospechó de mí, pero luego supe que había legado el secreto a su hija, oculto en una caja blanca.
Tosió sangre. Caterina le acarició el rostro y él reaccionó mirando a su hija.
—Todo habría sido más sencillo si Irene hubiera vendido la casa y regresado a Barcelona. Cuando propuso casarse con Tristán para convertirse en spitalera me vi obligado a forjar una nueva alianza con mi mayor deudor, Miquel Dalmau, al que había prestado dinero para el rescate de su hijo y no podía devolvérmelo. Su propio hijo, Pere Ramón, sería el esposo bajo una nueva identidad, un títere para arrebatar a Irene En Sorell, cerrarlo y buscar su secreto: el paradero de Elena de Mistra y su valioso ajuar.
»Tras la orden de búsqueda, Gostança se ocultó en el palacio Sorell, habitado sólo por Hug. Miquel y yo influimos para evitar una persecución oficial por el justicia. Mi intención era alejar a Irene o reducirla al ámbito doméstico, pero cuando Gostança comprendió que no iba a desentenderse del hospital y que se interesaba por las enseñanzas de su madre, decidió eliminarla bajo la acusación de adulterio, y que su esposo se adueñara definitivamente de En Sorell.
—¿Por qué os detuvo la Inquisición? —quiso saber Caterina—. ¿Fue por mi osadía ante el Consell Secret en la fiesta tras la riada?
—Después de aquello la alianza se rompió. Ya tenían el hospital y yo debía morir como las larvas. Os dispersé, tú al convento y Garsía a Bolonia. Convencí a Gostança de que Elena estaría con algún hermano de Andreu, bien en Gandía, bien con el que residía en Burgos. Era una pista falsa, pero me brindaría el tiempo suficiente para huir. Entonces supe de tu fuga con don Felipe de Aragón y llegaban desde Bolonia cartas de Garsía falseadas por Eimerich. —Las lágrimas corrían por su rostro macilento—. Al final no hizo falta Gostança para perder a mi familia. Había fracasado.
»La dama regresó a Valencia hace unos meses, furiosa, y no tardó en detenerme la Inquisición, acusado de judaizante. Era su venganza final. —Posó los ojos lastimeros en su hija—. Pero ni siquiera Gostança, que aguardaba mi ejecución pública, imaginaba tu providencial intervención. La dama y Vesach aparecieron en la posada y me amenazaron con tu vida, hija. Conté lo que habíais averiguado y que Eimerich guardaba una carta de Andreu dirigida a Irene. La alianza renació por el miedo a perderte de nuevo.
El silencio se instaló en la celda. Sin ser conscientes, dos jóvenes mujeres, un doncel parricida y un criado, hijo de una prostituta del Partit, habían hecho frente a una oscura conjura urdida por hombres poderosos y una dama enferma de odio.
—Padre… —comenzó Caterina casi temblando. Necesitaba saberlo—. ¿Fuisteis vos quien violasteis a Elena de Mistra en aquella bodega hace treinta años?
El hombre desvió la mirada y su rostro se contrajo por la pena.
—¡El deseo carnal, hija, ése fue mi pecado! Para estudiar ingresé como novicio en la Orden de los Predicadores. Sin una clara vocación clerical me esforzaba por mantener el rigor y la vida célibe. Cuando llegó Elena la vi tan radiante que enfermé de deseo. Se adueñó de mi mente, turbando mi sosiego; jamás me había sentido así. —Caterina tenía los ojos cerrados por el dolor y micer Nicolau lloró—. La noche de la discusión la vi salir discretamente de la bodega y me escabullí tras ella. La encontré en uno de los cubículos deshecha en lágrimas. Estábamos solos, sin apenas espacio. Le pedí que regresara, ella rogó que me marchara. Aspiré el aroma de su piel, el calor de su aliento me alcanzaba y me estremecía. Sentí que me ahogaba, sólo era un novicio y jamás la tendría tan cerca. Excitado la abracé, de repente y sin pensar. Fantaseaba con una apasionada respuesta, pero ella se apartó. Su desprecio me enfureció y la zarandeé. Entonces quiso arrancarme la máscara y la empujé contra el muro. El fuerte golpe la dejó sin sentido. Al verla indefensa, a mi merced en aquel solitario cubil, me cegó el deseo y rasgué su vestido para admirar lo que tantas veces había imaginado en mis desvelos.
—¡Dios mío, padre! —gimió Caterina.
—¡Sí, enfebrecido la poseí! —Su padre siguió descargando el peso de la culpa—. Elena recuperó la consciencia, se defendió y la golpeé. ¡No era yo! ¡No era yo!
—¿Qué pasó después?
—Se apagó el fuego de mi cuerpo y desperté de la pesadilla. Había cometido un pecado abominable y me entró el pánico. Estuve oculto hasta lograr mezclarme entre las otras larvas cuando las damas encontraron a Elena. Los convencí para sellar un pacto de silencio, pero sabía que Andreu, el más noble de la hermandad, y mi mejor amigo, no cejaría. Necesitaba ayuda y recurrí a la larva que había iniciado la discusión. Hacía tiempo que lo había reconocido, pues su acento tirolés era inconfundible. Era otro novicio y compartíamos el dormitorio comunitario del convento. Conrad von Kolh, un estudiante exaltado, protegido de Heinrich Kramer.
—¿El Inquisidor de Salzburgo y Moravia? ¡El Martillo de las Brujas!
—Conrad buscó a los esbirros para que apalearan a Andreu y dejara de husmear. Como imaginaba, me exculpaba de la agresión y tildaba a Elena de bruja por sus ideas. Para él era obvio que la griega me había hechizado para forzarme a la cópula. ¡Una hereje y un futuro monje! Hay leyendas medievales que aseguran que así se concebirá al Anticristo que traerá el terror al orbe. Por Andreu supe que Elena quedó preñada y que residía oculta en un cenobio de Cáller. Para Conrad, la criatura no debía crecer con su madre o abriríamos una puerta al mal que nos perseguiría toda nuestra vida.
—¿Participasteis en el robo de la hija de Elena? —Eimerich estaba pasmado.
—No fue difícil sobornar a un fraile lego para entrar en el convento de San Francisco de Stampace. El milagroso nacimiento por cesárea sólo alentó la idea de su inspiración diabólica. Que fuera una niña y no el Anticristo no disipó la obsesión. Peregrina nos la entregó a cambio de olvidarnos de la madre. Por fortuna no hablé ni mostré mi faz ante la física. Luego Conrad se llevó a la niña para limpiar el estigma del mal y jamás supe nada de ella. Era el mes de julio, abandoné la orden y viajé al Studi de Lleida, donde pagué los siguientes cursos copiando libros.
Caterina entornó los ojos. Nicolau era un abogado sobrio y comedido.
—Padre, sed sincero conmigo… aunque sólo sea por una vez: ¿de verdad creíais toda esa patraña brujeril que vomitaba Conrad?
El hombre cerró los ojos. Su hija y su criado lo conocían demasiado.
—Sabía que en realidad era culpable de una execrable violación, pero estaba aterrado —reconoció desolado—. Me dejé llevar por los desvaríos de Conrad, que atemperaban mi culpa. El fanatismo siempre encubre el miedo. Elena era una mujer más y yo, un dotado estudiante con un futuro brillante que se torcería si se conocía mi crimen.
Caterina se apartó como si de pronto le asqueara el contacto con su padre y comprendió que tras la Academia de las Sibilas se ocultaba la lucha contra aquella manera de pensar, contra el desprecio y la humillación de las hijas de Eva.
—¡Elena cargó con vuestro delirio y vuestra cobardía!
Nicolau la miraba con lástima, deseaba concluir su confesión antes de descansar.
—Cuando terminé los estudios regresé a Valencia, donde se habían instalado los Bellvent. Ver a Elena con su esposo era una agonía intensa, pero suponía un pago mínimo después de lo que le hice. Como Peregrina, también quise purgar mi culpa ayudando al hospital y a sus propietarios, hasta que regresó el espectro del pasado.
—¡Vuestra propia hija! —gritó Caterina trastornada—. Mi hermana…
Eimerich, por su parte, se limpió la cara con la manga del hábito estudiantil. Micer Nicolau era el hombre que más había admirado en su vida. Ansiaba estudiar para ser un día como él. El desengaño lo desgarraba. A pesar de todo, aún quedaba una última pregunta.
—Cuando descubrí el secreto de la capilla erais vos quien espiaba. Os bastaba con ir a Josep y revelarlo, ¿por qué me empujasteis?
—Por la misma razón por la que he liberado a Gostança —le respondió desvaído. Miró al criado—. Soy la séptima larva; para conjurar la condena tenía que acceder al escondrijo antes que tú y obtener algo más valioso que el ajuar.
—¿Qué? —exigió saber Caterina, despavorida.
—Lo único que hará que Gostança se aleje de los Coblliure y de Valencia para siempre. Se lo entregué, pero al final no me ha servido para que cumpla su venganza. Miserere nobis.
Micer Nicolau cerró los ojos. Aunque todavía respiraba, su vida se extinguía. Caterina, al verlo agonizar, se acercó de nuevo y lo acunó, llorando no sólo de pena.
Eimerich, ofuscado, abandonó la celda dejando atrás el rezo de las monjas por la vida de María de Aragón. Decían que los caballeros de la ciudad y el justicia habían acudido al puerto. Salió del convento y se encaminó hacia allí.
La brisa otoñal enfrió sus mejillas húmedas. Algo se había quebrado en su interior al desenmascarar la traición y supo que jamás sería el mismo.