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Habían pasado tres días desde que partió el correo hacia Baza a través de las postas situadas cada catorce millas, con caballos de refresco. Aunque era palpable la tensión, En Sorell proseguía su lucha sin cuartel contra la pestilencia. Habían llegado dos carretas de hielo, que Irene había repartido entre todos los hospitales de la ciudad, y en cada cuadra los médicos combatían la fiebre con nuevas armas.
Nadie dudaba del origen divino de la peste, pero la tregua había permitido a Peregrina, a través de mestre Lluís Alcanyís, influir en varias decisiones de la Junta de Murs i Valls. Se organizó una esmerada limpieza de los fosos de las murallas y se acometió tanto el cambio de aguas en los baños públicos como el exterminio del mayor número de ratas posible. Había convencido además al único jurado para prohibir el consumo de carne sin hervir, la pesca en el Turia a su paso por la ciudad y la venta de legumbres u hortalizas de lugares infectados.
La actividad de En Sorell se había intensificado. Levantaron tiendas en el huerto para alojar a los enfermos que ya empezaban a llegar también de las huertas. Irene no negaba la entrada a nadie, pero a su encarnizada lucha contra la desesperación se habían sumado numerosos vecinos, los esclavos comprados a Vesach, los franciscanos y las monjas de las Magdalenas. Agotada como el resto, organizaba el régimen de la casa, los turnos de comidas y la compra de los fármacos que los físicos pedían.
Al final del día la luz crepuscular llevó un poco de sosiego a la febril actividad. Una paloma mensajera había llegado al palomar del palacio Real con la noticia de que el correo del rey estaba en camino y arribaría al amanecer. La noche se avecinaba y todos pensaban en la mañana siguiente, cuando se conocería la decisión del monarca.
Irene, como cada día, encontraba un hueco para acudir al monasterio de la Trinitat, escoltada por hombres de Arlot y guardias de Vesach. Sentía el deber de mostrar a Gostança las enseñanzas verdaderas de su madre, aunque le resultaba difícil perdonarla. La dama sería entregada a la justicia una vez recuperada y seguía bajo su capa de odio y sufrimiento, pero en ocasiones sus ojos destellaban mientras escuchaba alguna reflexión del breviario de Elena. Ya no mencionaba las voces de su mente; aun así, incluso sor Isabel advertía que no era posible mudar el color del alma en tan poco tiempo.
En el equilibrio de fuerzas pactado, habían llevado al rufián Arlot a En Sorell para visitar a su amada, si bien él prefería el sosiego de su hostal. Muhdia se fue con él a cambio de que siguiera protegiendo el hospital.
Oscurecía mientras la spitalera seguía ausente, y Eimerich aguardaba a que fray Ramón concluyera el funeral por una mujer viuda y una pecadriu de quince años. Junto a Nemo cargaron a los amortajados en el carro y el criado africano salió guiando la mula hacia las fosas de cal viva más allá del Portal Nuevo.
El joven regresó a la capilla vacía y agradeció un instante de paz y soledad.
—Audite quid dixerit… Iudicii signum.
Se estremeció al reconocer las palabras dichas por Andreu Bellvent hacía una eternidad. Se volvió hacia fray Ramón. Lo miraba con tristeza desde la entrada.
—Todo esto parece un vaticinio del fin de los tiempos, ¿no lo crees, Eimerich?
—Así es —indicó intrigado.
—Estoy buscando al hermano Edwin para preparar los responsos.
—Hace rato que no lo veo.
El franciscano iba a salir cuando a Eimerich se le pasó un detalle por la mente.
—Fray Ramón, esas palabras pertenecen a El cant de la Sibil·la, ¿verdad?
—En efecto. Son cantados en la seo la víspera de Navidad.
Eimerich examinó las diez pinturas de las profetisas que coronaban el retablo.
—¿Cuál de ellas realiza ese vaticinio?
—La sibila Eritrea. Según Lactancio, Eusebio de Cesárea y san Agustín fue la que anunció la llegada del Redentor. Es un canto muy bello en latín, pero el original griego es un portento; guardamos una copia en el convento. Dicen que Eritrea inventó los acrósticos, pues al tomar la primera letra de cada verso griego de su canto se lee la frase: «Jesús, verdadero Hijo de Dios».
El fraile salió de la capilla y Eimerich sintió que las piernas le temblaban. Se acordó de una frase de la carta de Andreu: «Abre tu mente y pide ayuda a Eimerich; quizá su sagacidad te ayude a entender cómo Eritrea ocultó secretos en el principio de su lamento». Siempre pensó que las palabras de Andreu eran parte de la clave. Su mentor, fra Armand, también lo creía. De pronto en su mente estalló un fogonazo. Andreu no deliraba. Ese canto, esculpido en la falsa tumba de Elena de Mistra, no fue escogido por casualidad. Miró a las diez sibilas, todas similares.
—¡Un acróstico!
Excitado, cerró de un golpe la puerta de la capilla. La carta de Andreu la tenía Josep de Vesach desde que se la arrebató a Irene, pero él la había repasado incontables veces en Bolonia y la recordaba palabra por palabra. Tomó un pequeño carbón de un brasero y en un rincón del enlosado de la capilla emuló el acróstico según el canto original de Eritrea, es decir, eligiendo la primera letra de cada frase de la carta.
Estimada hija:
Recibe mi abrazo afectuoso. Intentaré ser breve en mis palabras, pues mi pulso es ya débil. Temo que no tardaré en comparecer ante el Altísimo. Rezo por ti, consciente de las dificultades que te esperan, pero no puedo marcharme sin revelarte lo ocurrido y advertirte del terrible peligro que podría envolverte si permaneces en el hospital. El mal nos ha encontrado después de tantos años. Ahora ha mostrado su cara en forma de bella mujer.
—¡ERITREA! —exclamó al leer las toscas letras.
Siguió recordando el texto de la carta y escribió la inicial de cada frase.
—ERITREAENLACUARTACASAP —musitó estremecido.
Retrocedió al centro de la capilla y estudió con atención el retablo. La cuarta sibila de la derecha tenía un pebetero para iluminar el voluminoso libro. La P podía referirse a aquel detalle… y su rostro se asemejaba curiosamente al de Elena de Mistra. Temblando, acercó la vieja escalera de mano y subió hasta ella. El retablo se sostenía con un recio armazón unido al muro de la torre y la pintura era mayor de lo que se apreciaba desde abajo. Con el estilete hurgó los bordes. La tabla chasqueó y se abrió como un portillo.
—¡Dios mío!
La tabla de la sibila era la puerta a un cubículo situado encima del acceso secreto a la cripta, el espacio perdido entre la torre árabe y la vivienda. Aunque en la penumbra, Eimerich distinguió rollos de pinturas, bustos antiguos y algunas piezas cuyo destello denotaba que podían ser valiosas. Era el ajuar que Elena había traído consigo desde la Universidad de Constantinopla. Cuando su vista se acostumbró, divisó varias cruces de oro y una diadema de brillantes.
De pronto la escalera osciló y perdió el equilibrio. Gritó mientras caía al enlosado y creyó ver una sombra ocultándose. Antes de que el mundo desapareciera maldijo su imprudencia al haber actuado solo.
—¡Eimerich! —lo llamaban con insistencia.
Sintió frío en la cara. Lentamente regresó de la oscuridad. Cuando despertó, un latigazo de dolor le recorrió todo el cuerpo desde la cabeza.
—No te muevas aún. —Peregrina le aplicaba hielo con una vejiga de cordero.
Enfocó la vista y los vio a todos inclinados sobre él: Irene, Caterina, Nicolau, los criados, los médicos y los frailes. Nemo sostenía a Hug por el cuello. El hombre se retorcía y repetía una y otra vez entre lamentos que él no tenía nada que ver. En lo alto del retablo seguía abierta la pintura de la sibila Eritrea y era visible el hueco.
—Me caí, no sé cómo… —logró decir tras beber.
—Lo imaginábamos —indicó Irene, preocupada—. Hemos visto lo que has descubierto. ¡Dios mío! No debiste hacerlo solo.
—Lo siento… ¿Cuánto tiempo ha pasado?
—Te encontró fra Edwin tendido junto a la escalera, inconsciente. El entierro fue hace algo más de una hora.
—¿Ha sido un accidente?
Eimerich no respondió, su mente palpitaba dolorosamente y era incapaz de recordar con detalle lo sucedido.
—Estarás dolido unos días, pero no tienes nada roto —afirmó mestre Lluís con una sonrisa.
—¡Has descubierto los tesoros de la academia y de mi madre, Eimerich! —añadió Irene con un matiz temeroso en la voz—. Las escasas pinturas de la cripta sólo eran un señuelo. Ahí arriba hay un valioso ajuar, pinturas y pequeñas imágenes de alabastro y jade.
—Si Dios quiere, mañana tendremos un veredicto favorable del rey y estaremos seguros —adujo Caterina con gesto grave—. Ni siquiera Josep de Vesach se atrevería a desafiar la voluntad del monarca. Aun así, hasta entonces nadie debe enterarse; la vida de todos los que estamos en el hospital depende de ello.
Eimerich asintió con el resto, aunque en su corazón notaba una estaca de hielo. Su mente se aclaraba. Recordó el instante en que la escalera cedió y la fugaz sombra que vio ocultarse con el rabillo del ojo. Alguien lo había empujado y estaba en el hospital. Prefirió no revelar su sospecha ante los demás. Recorrió cada rostro con la mirada, buscando un matiz de culpa o temor, pero el dolor lo obligó a bajar los párpados.