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Tristán aguardaba su ejecución desde hacía días. Encapuchado y encadenado dentro de una cabaña de adobe en el real de las Siete Fuentes, oía los cantos del exterior que celebraban el fin victorioso del asedio. La mayoría de los combatientes sarracenos podrían marcharse hacia dominios del rey de Granada conforme a las capitulaciones firmadas; sin embargo, él, Ira del Infierno, no esperaba clemencia.

Le sorprendía que lo mantuvieran con vida todavía, y aún más las visitas de diferentes físicos para examinarle la marcada cicatriz de la sien y la hendidura de parte del cráneo. Había respondido a sus preguntas sobre el presente entre los sarracenos y sobre su pasado a las órdenes de mosén Jacobo de Vic, caballero de la Orden de Nuestra Señora de Montesa. A medida que transcurrían los días su mente se aclaraba. Revivía los recuerdos de su vida anterior, que alimentaban los sentimientos más profundos. Una enorme desolación se había apoderado de su ser.

Con sus propias manos había golpeado a Irene cuando se la llevó como una cautiva más. Impasible, había escuchado su llanto en la celda y el terrible periplo desde que la Santa Coloma se hundió. Su corazón se había removido al saber que había sido madre de una hija, el fruto de su pasión cuando ambos se sabían perdidos.

También su periplo había sido amargo. Había estado en una cochambrosa posada a las afueras de Cartagena, donde un barbero le curó la herida y fue vendido sin contrato por Hug Gallach y Josep de Vesach a un musulmán llamado Abdel Bari, quien lo embarcó en secreto hacia Almería para venderlo a su vez como esclavo.

La Providencia cruzó su destino de nuevo con el de Irene, pero él se aterró. Desde que la subió a la grupa de su corcel sabía que era especial sin entender la razón. Fue cobarde al no querer indagar en su interior a tiempo y la había perdido. En cambio Zahar, su propia esposa, herida de celos y pena, se conmovió y con su naturaleza generosa la había dejado proseguir con su extraño periplo.

Había rogado a los soldados noticias de Irene Bellvent, de Valencia, pero ni ellos ni los físicos respondieron. Tal vez seguía en el real… Él podría entonces asomarse a sus ojos grises para pedirle perdón. Zahar siempre ocuparía un lugar en su corazón, pero la dueña de éste por derecho propio era Irene, y a cada momento Tristán lo sentía así con más fuerza.

Observó las recias cadenas y pensó en los miles de soldados que rodeaban el cobertizo. Jamás saldría vivo de aquel campamento. Con lágrimas, imploró por ella sin saber muy bien con qué nombre invocar a Dios.

La llama de la sabiduría
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