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Poco antes de anochecer Caterina llegó a la casa de Luis de Santángel y se sorprendió al ver pesados arcones dispuestos en el patio y casi una docena de lacayos atando fardos. Entró en el despacho del escribano de ración y lo encontró vestido con un elegante jubón oscuro, una gorguera almidonada y una capa de viaje. Ante la mesa leía una pequeña cinta de cuero con gesto grave.

—Mi señor, ¿os marcháis? —preguntó sorprendida.

—¡Ha llegado un mensaje en paloma mensajera! —respondió él—. ¡Baza ha capitulado por fin! ¡En seis días los monarcas oirán misa en la mezquita de la almedina!

Te Deum laudamus.

—He dado aviso al cabildo catedralicio para que sea entonado el Te Deum esta misma noche en la seo con vuelo de campanas. Si el Zagal ha cedido Baza es porque ha perdido toda esperanza. En unos meses veremos conquistados sus territorios y apenas quedará la ciudad de Granada a manos de Boabdil.

—El vasallo infiel de los reyes resistirá. Una cosa es pagar impuestos y otra ceder su capital.

—¡Pues afrontará un largo asedio y una vergonzante derrota! —Santángel guardó el mensaje—. Marcho hacia la corte para felicitar al monarca por su victoria. Es hora de cerrar acuerdos con los nobles y pagar a las mesnadas antes de licenciarlas.

Caterina sintió un escalofrío. Había previsto contar con la protección del poderoso escribano de ración para contener al lloctinent del justicia.

—Mi señor, la mayoría de las autoridades forales han huido de la peste. Sois el único hombre de confianza del monarca que aún permanece dentro de los muros de Valencia… Si la abandonáis, podría desatarse el caos.

—Mosén Josep de Vesach cumple órdenes del justicia.

—Ha amenazado a la propietaria de En Sorell. Muchos guaytas han huido de la peste, pero aún dispone de una treintena de hombres. Dicen que él mismo les compensa el sueldo ya que la ciudad no lo atiende. Le sirven a él antes que al propio justicia.

Luis levantó la mirada, curioso; aun así, negó con la cabeza.

—He sabido que mosén Amalrich está en el hospital. Josep jamás se atrevería a importunar a un noble tan influyente. En cualquier caso, rogaré al rey que exija el regreso de los jurados ausentes y a una mayoría suficiente del consejo.

Caterina asintió. En Roma ella tenía sus propios lacayos, todos entrenados en armas, pero su refugio en el palacio de los Borja quedaba lejos.

—Por cierto… —siguió Santángel al tiempo que iba ordenando los papeles de la mesa—. Como me pedisteis, he indagado sobre vuestro criado. Ha sido inútil. Son tiempos convulsos, a diario se recogen cadáveres por las calles y nadie se molesta en identificarlos.

Al ver su cara apocada se levantó y la asió por los hombros, paternal.

—Aún estoy admirado por los planos que conseguisteis. Cuando acabe la campaña de Granada estoy seguro de que los reyes cambiarán de opinión respecto a Colón. Sois brillante y con los Borja haréis leyenda. Aquí ya habéis hecho lo más loable para una hija: salvar a su padre y cuidarlo. Pero las cosas están cada vez peor y nadie está seguro en la ciudad. Sé que tenéis en alta estima a Irene Bellvent. Ella sabrá lo que hace, pero a vos os aconsejo que os marchéis, al menos hasta que remita la peste.

—¿No puedo convenceros para que recapacitéis?

Santángel mostró una sonrisa condescendiente.

—El rey necesita a su escribano de ración para las cuentas y las pagas. Rezaré por vos y vuestro padre; son tiempos inciertos para los conversos del reino.

Caterina se despidió con una cortés reverencia y desolada abandonó la casa del converso más influyente de Valencia. La marcha de Luis de Santángel dejaba la ciudad aún más desamparada.

La llama de la sabiduría
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