57

 

 

 

Eimerich había pasado dos semanas sin apenas salir de la posada salvo para visitar a los niños del orfanato. Lluís Alcanyís le había recomendado evitar las calles, pues la pestilencia no remitía y corría el riesgo de señalar dónde se estaba curando su señor. En su aposento aislado, Nicolau mejoraba lentamente soportando las sangrías y los brebajes costeados con moneda de los Borja.

Como criado de los Coblliure, Eimerich se alojaba en un cubículo junto a las cuadras de la posada y atendía los recados de su señor. Pero la búsqueda se había estancado y echaba de menos su vida en Bolonia, las clases, a su amigo Lucca e incluso los pesados trabajos en la huerta del convento. Ése era su mundo, entre el libro y la azada, para alcanzar el grado de bachiller o quizá una licenciatura.

Debía pedir permiso para encontrar una ocupación y ahorrar hasta poder pagar el pasaje de vuelta, algo que podría llevarle meses, incluso años. Caterina pasaba la mayor parte del tiempo junto a su padre, entre recuerdos y largos silencios. Su única preocupación era evitar que los descubrieran. Eimerich deseaba acercarse a ella, ser confidente de su tribulación, pero de nuevo se mostraba fría, como la encontró en Florencia.

En las horas ociosas releía la carta de Andreu y algunas notas que había tomado en sus conversaciones con el benedictino Armand y la condesa de Quirra. No tenían noticias de Irene y a menudo rezaba por ella. Sólo le quedaba visitar un lugar que había evitado desde su llegada. Temía ser vencido por los recuerdos.

Esa tarde plomiza y lluviosa por fin decidió acercarse a En Sorell. Pidió permiso a su señor y deambuló por calles desiertas y embarradas. La suciedad se hacinaba en los rincones y las ratas se enseñoreaban, altivas, de una urbe infectada. El hedor era insoportable. En los pórticos de iglesias y conventos, cientos de famélicos y consumidos por la fiebre se guarecían de la lluvia e imploraban con las manos extendidas. Se alejó, presa del terror atávico que sentía como cualquiera ante la peste.

En la pequeña plaza de En Borràs recuperó el aliento ante la fachada desconchada y los escudos deslucidos sobre el arco de la puerta de En Sorell. Sintió deseos de llorar. Al acercarse vio el portón abierto y empujó la hoja, que se desplazó con un ligero chirrido.

Un rumor de voces y lamentos lo dejó helado. Se asomó al cuarto de recepción y vio los viejos armarios abiertos, incluso atisbó consilium y receptarios enmohecidos en el suelo. El alma se le encogió al llegar al patio. Hedía a heces, que cubrían el suelo embarrado. Encadenados en el muro junto a la antigua sala de curas, cuatro hombres y dos mujeres, sucios y desnutridos, lo miraron con expresión vacía.

Se sintió arrasado por la tristeza que emanaba de cada rincón del antiguo hospital.

Un hombre grueso, casi tan cubierto de mugre y tan harapiento como los cautivos, se le acercó y lo empujó de malos modos. De su cinto colgaban decenas de llaves.

—¿Tú quién eres? —Lo apuntó con un cuchillo herrumbroso—. ¡Lárgate!

—Está aquí a petición mía, Bargils. Déjalo, sólo viene a rezar.

—¿Fray Ramón? —exclamó Eimerich.

Fray Ramón Solivella, el franciscano que siempre había atendido las necesidades de En Sorell, salió de la capilla, lo tomó del brazo y lo condujo al interior. Su estado contrastaba con el abandono del hospital. La lámpara del sagrario seguía encendida y el suelo estaba limpio. El fraile entonces sonrió y lo abrazó con fuerza.

—¿Eimerich? Deo gratias!

No pasaba de los cuarenta años, pero había envejecido. Su poblada barba tenía vetas de plata y la tonsura había dado paso a una generosa calvicie.

—Los corredores de esclavos saben que su actividad ofende a Dios —explicó el clérigo, apenado—. Para acallar los escrúpulos, Hug y Josep dejaron a los franciscanos seguir oficiando en la capilla, sin que falte aceite en la lámpara del sagrario. Este lugar está poblado de fantasmas. No debemos privarlos de la presencia de Dios.

El joven asintió.

—He visto paredes agujereadas y el suelo levantado en algunos lugares.

—Toda la casa está igual. Fue registrada a fondo, como si buscaran algo. Pero, salvo por la suciedad, está en buen estado.

—Esto se ha convertido en el infierno —dijo Eimerich.

—Esas personas que has visto son capturas del corso o traídos de Asia. Es un negocio muy lucrativo en el reino, donde intervienen notarios, juristas, clérigos y hasta alguna monja. —Fray Ramón no disimuló su disgusto—. La bailía cobra por el certificado de bona guerra que permite venderlos, y es una fuente de ingresos importante para las arcas reales. Suelen transcurrir algunos días desde que sus captores obtienen ese certificado y son vendidos. La mayoría de los clientes de Josep son nobles o comerciantes que los compran y los venden rápidamente para especular con los precios. Se transmiten según la costumbre corsaria, es decir, el vendedor no responde del estado de salud pero sí de que es una esclavización justa: de reinos no cristianos ni aliados. Josep, como corredor, los aloja aquí a la espera de comprador. Percibe una comisión por cada esclavo y a veces él mismo compra y vende. En la casa permanecen unos días y, en ocasiones, los examina un médico. Los frailes tratamos de consolarlos y bautizamos a algunos.

—Es como una cárcel —musitó Eimerich.

—Apenas comen y ni siquiera les permiten salir al huerto para hacer sus necesidades. Lo hemos denunciado a la bailía, pero Josep de Vesach cada día es más rico e influyente. Amenazó con echarnos y derruir la capilla.

—¿Dónde está el generós?

—Ahora vive con ostentación en su palacete, cerca del Almodí. En Sorell es insalubre, así que sólo acude acompañado de un notario para formalizar la transacción o pagar el suelo a su esbirro Bargils y sus dos esclavos, encargados de vigilar la… mercancía.

—¿Y no les afecta la peste en estas condiciones, fray Ramón?

—Si alguno tiene fiebre, Bargils manda llevarlo al puente Nuevo y lo arrojan al río. —El fraile torció el gesto, desolado—. ¡Es horrible!

Eimerich se santiguó espantado y puso al corriente al franciscano del perverso modo en que arrebataron el hospital a Irene Bellvent.

—¡Hug sólo era un vicioso sin escrúpulos, incapaz de urdir un plan así! —exclamó el monje con el ceño fruncido—. Miquel Dalmau tal vez fuera capaz, pero era un hombre rico e influyente, no tenía ninguna necesidad. También murió el año pasado por la peste.

—Lo que nos lleva de nuevo a esa dama, Gostança…

—¿Para qué has regresado, Eimerich? —demandó el clérigo, suspicaz.

—Busco respuestas.

—¿Y si empiezas por las preguntas?

El joven aceptó el desafío.

—¿Estudiasteis en Bolonia, fray Ramón?

—¡No! —respondió sorprendido y un tanto avergonzado—. Nunca he salido de Valencia. Se me da mejor ejercer más las manos que el intelecto.

—¿Sabéis si alguien vinculado a En Sorell, además del señor Andreu, lo hizo?

—Puede que alguno de los médicos, también micer Miquel Dalmau del consejo y el predicador Edwin de Brünn.

La séptima larva podía ser cualquiera de ellos o ninguno. Pensó en el circunspecto monje alemán, de rasgos angulosos y profundas ojeras. Salvo en sus sermones, apenas lo había escuchado. Discreto y silencioso, confesaba a enfermos y dispensaba los sacramentos sin apenas tener contacto con los criados.

—¿Dónde se encuentra fray Edwin? Desearía hablar con él.

—Lo estoy esperando para celebrar misa, lo único que Josep nos permite. Aún acuden familiares de pacientes fallecidos en el hospital para adecentar el pequeño cementerio y rezar. Podrías quedarte y acompañarnos.

Eimerich aceptó. A media tarde llegó el monje alemán y un puñado de feligreses atribulados por el horror del patio. Se alegraron al ver al antiguo criado y, a pesar de sus inquietudes, fue un momento emotivo.

Tras la celebración, el joven abordó a Edwin para preguntarle sobre todo lo ocurrido.

—Lo siendo por ti, hijo —comenzó el predicador con acento áspero—, pero si la spitalera Elena no hubiera muerto, los Bellvent habrían acabado en manos de la Inquisición. Las mujeres no tienen ninguna necesidad de reunirse salvo para rezar o realizar alguna tarea doméstica. Otra actividad es sospechosa, y los rumores preceden a la certeza.

»Está ocurriendo en otras partes, según afirma un hermano de mi orden, Heinrich Kramer, inquisidor de Bohemia y Moravia, en su libro Malleus Maleficarum. Por todo el orbe surgen conventículos para realizar ofrendas en recónditas cuevas, compartir remedios naturales y ayudarse ante las miserias de la vida; sin embargo, con frecuencia sopla el aliento de Satán en tales encuentros. Me enviaron a En Sorell para vigilar que tal efluvio no hubiera infectado el hospital.

Eimerich se estremeció ante el ardor de su mirada. En Bolonia oyó que la caza de brujas en Europa se había recrudecido, mientras que en los reinos de España la cruzada era contra los conversos. Edwin no disimulaba su animadversión hacia Elena y su academia, pero no necesitaba urdir un plan tan retorcido para acabar con los encuentros, le bastaba con advertir a la Inquisición, regentada por los predicadores.

—Si como dices Irene vive, espero que se mantenga alejada de los oscuros tratos de su madre. Ya hemos sufrido bastante por ofender a Dios.

La lluvia había cesado y comenzaba a oscurecer. El Miquelet de la seo pronto anunciaría el cierre de las puertas. Eimerich se despidió de los monjes y salió al huerto. Estaba lleno de malezas y los frutales se veían descuidados. Mientras se acercaba al cementerio comprobó apenado que la parcela de hierbas medicinales había desaparecido. Se detuvo ante las humildes lápidas. En una anónima reposaba su pobre madre, nunca había sabido en cuál y no solía visitarlo, pero esa noche tuvo la necesidad de acercarse en busca de aliento. Confiaba en que desde algún lugar viera a su hijo, al que ni siquiera pudo abrazar al nacer, estudiante en una de las universitas más prestigiosas del orbe.

De pronto notó una presencia a su espalda y se volvió creyendo que sería alguno de los marchantes. Se estremeció ante Gostança de Monreale. Ni la oscuridad ni el fino velo velaban la gélida belleza que recordaba de su breve estancia en el hospital.

—En Bolonia te has convertido en un joven apuesto, Eimerich —musitó con voz serpentina. Hasta él llegó el aroma de jazmín—. También yo he hecho un largo viaje por tierras de este reino y de Castilla en busca de los parientes de Andreu Bellvent. Alguien me dijo que Elena podía estar escondida por ellos, pero todo fue una burda treta para alejarme de aquí. Regresé hace unos meses para culminar mi venganza y ahora el destino nos vuelve a convocar en Valencia. —Lo miró con recelo—. ¿Por qué has regresado? Ya registramos el edificio a conciencia… ¿Dónde está su secreto?

El muchacho no se dejó amilanar.

—Sé quién sois y he visto la ermita donde crecisteis, pero no comprendo la causa de tanta crueldad por algo que pasó hace décadas. —Señaló el broche que perteneció a Elena—. ¿Acaso esa mujer no os abrió las puertas de su casa? ¿No os trató con respeto y quiso insuflaros parte de su luz?

Los ojos de Gostança refulgieron como si Eimerich hubiera hurgado en una llaga abierta, pero tras un instante de lucha interna se enfriaron.

—¿Crees saber quién soy? —rezongó con rabia—. ¡Ingenuo! ¡No sabes nada!

—¿Quién es la séptima larva? ¿Fray Ramón, Edwin, Miquel Dalmau, alguno de los médicos? —Esas cuestiones inundaban su mente mezcladas con el miedo—. ¿Es Peregrina quien os ayuda o alguno de los criados?

Gostança sacó un pañuelo de una bolsa negra y Eimerich notó un intenso olor a éter. Retrocedió, sorprendido, pero la dama se abalanzó hacia él con un movimiento estudiado y le cubrió la cara con el paño.

—Guardas algo que me interesa… —Apretaba con fuerza, ahogando a Eimerich—. Aunque ya sabes muchas cosas, sigues palpando en la oscuridad. Yo te llevaré hasta ella.

Antes de caer en el pozo de la inconsciencia, el joven pensó en la carta de Armand que llevaba oculta en sus ropajes y se preguntó si a eso se refería la dama, pero la sustancia nubló su mente. Agitó las manos en la espalda y notó que perdía el anillo de plata de Caterina, un nefasto presagio de que no volvería a verla.

La llama de la sabiduría
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