40

 

 

 

El reloj de la seo señaló la medianoche de aquel agitado día de Todos los Santos. Caterina regresaba a casa, en silencio, flanqueada por su padre y el criado Guillem. En el pecho le revoloteaba un enjambre de sensaciones: orgullo por el éxito de su desesperada treta, agitación por el beso apasionado con el sobrino del rey y pena por Eimerich. Había dejado atrás la adolescencia, la cándida inocencia de mirar la vida aguardando que otros decidieran por ella, la de besos robados y tímidas caricias con un criado entre la curiosidad y los remordimientos.

Regresaba a la morada de su padre, pero ya no era la hija que salió esa tarde hacia la Casa de la Ciudad. Jamás podría dejar de buscar las sensaciones vividas.

Temía la reacción del jurista una vez en la intimidad de la casa. Desde que Nicolau apareció en la sala Dorada sólo veía miedo en su semblante. Ni siquiera las felicitaciones de don Felipe lo habían serenado.

—¡He hecho lo que debía, padre! —exclamó buscando una palabra de afecto o reconocimiento—. Creéis que no le corresponde a una dama inmiscuirse en tales asuntos, pero también sois justo. Irene y Tristán fueron objeto de un burda falacia para acusarla de adulterio y apropiarse limpiamente del hospital. Ese hombre, Pere Ramón…

—¡Pere Ramón Dalmau no existe! Recuérdalo.

—Ése fue el pacto, sí. Hug Gallach lleva muertes a sus espaldas y quedará impune, pero al menos no ha causado las de Irene y Tristán. Estoy segura de que detrás de todo está esa siniestra dama, Gostança. Si el influyente Dalmau la protege ahora, entiendo por qué la justicia no ha sido capaz de atraparla en estos meses. Esa mujer se mueve con impunidad, pero esta vez ha sufrido un duro revés.

Nicolau se detuvo y la miró gélido.

—¿Eso crees? ¡Lo que has hecho en realidad es acabar con los Coblliure!

—¡Padre!

El abogado asintió circunspecto.

—Dentro de tres días Garsía embarcará hacia Bolonia y Eimerich irá con él. Tú serás enviada al convento de las clarisas de Gandía y permanecerás allí hasta que recapacites sobre tu inadecuada conducta o decidas profesar en la orden.

Caterina sintió que el corazón se le paraba. Se detuvo, pero él siguió andando. Se debatía entre la ira y la pena. Barruntaba un rápido compromiso, no los sombríos muros de un cenobio donde el mundo quedaba en suspenso.

—¿Por qué tenéis tanto miedo?

Nicolau se paró también, aunque tardó en volverse.

—Crees que has salvado a tus amigos, pero los Dalmau no olvidarán a Irene. ¡No la dejarán abandonar el reino y a nosotros nos hundirán por lo que has revelado! Lo único que espero es que para entonces tú y tu hermano estéis lejos de aquí, a salvo.

La joven avanzó en silencio mientras sentía aflorar las lágrimas.

—¡Sólo con que hubieras tenido tú un poco de miedo, todo esto no habría ocurrido! —siguió él—. Debiste confiar en tu padre. Mosén Francesc Amalrich tenía en alta estima a Irene. Habríamos conseguido que fuera azotada públicamente pero sin ejecución. Todo habría terminado y el tiempo habría borrado el incidente; sin embargo… ¡preferiste jugar a ser amazona!

Caterina estalló en un amargo llanto, pero su padre no había terminado.

—No me gusta lo que he visto en los ojos de don Felipe, hija. Es un noble tan fogoso como caprichoso en sus conquistas. Tú, en cambio, eres la hija de un ciutadà converso y sin linaje, un mero entretenimiento antes de partir a la guerra. Tu virginidad es cuanto posees para aspirar a una vida digna y respetable, no lo olvides.

Guillem abrió el portón de casa y Caterina corrió hacia su aposento. Se echó sobre el catre sollozando desconsoladamente, herida en lo más hondo.

 

 

Esa noche las horas pasaron lentas para Eimerich en el establo. Se había limpiado y llevaba viejas ropas prestadas por Guillem, demasiado grandes pero limpias. Con la espalda aún ardiendo por los azotes de Garsía, permanecía sentado en el mismo lugar donde le replicaba a Caterina las clases de maese Antoni Tristany. Parecía haber transcurrido un siglo desde entonces. Recordaba sus profundos ojos azules y la irónica sonrisa en sus labios carnosos, siempre con una capciosa pregunta en la punta de la lengua. En aquel rincón polvoriento y de ambiente cargado fue feliz.

La puerta se abrió con un ligero crujido y su corazón dio un vuelco al ver a Caterina con un manto gris. Siguió un largo silencio en el que ninguno de los dos encontraba las palabras adecuadas. Algo se había quebrado entre ellos para siempre.

—Mi padre dice que mañana iniciará los preparativos para vuestra marcha. Seguirás como asistente de Garsía —musitó ella viendo la marca morada en su pómulo.

—¡El Studio General de Bolonia!—replicó él, mordaz—. Me dejaría apalear cien veces por esa oportunidad. Quizá encuentre a fra Armand de San Gimignano.

—Yo marcharé a un convento.

Eimerich ya lo sabía por los lenguaraces criados. La conocía, y el matiz subversivo de su voz lo descorazonó.

—Pero no estáis dispuesta a someteros a los deseos de don Nicolau, ¿verdad? —El silencio fue elocuente—. ¡Vais a recurrir a… él!

—¡No quiero acabar encerrada entre monjas!

—¿A cuántas jóvenes habrá seducido don Felipe en su vida? ¡Arruinaréis vuestra vida por…!

—¡Cállate, Eimerich! —Sus pupilas azules oscilaban—. ¿Me hablas de vida ruinosa? Después de lo ocurrido hoy, mi padre no pondrá excesivos reparos al primer pretendiente que quiera cargar con la rebelde hija del Coblliure que se pavoneaba con el maestre de Montesa. Puede que ayer lo hubiera aceptado, pero ahora todo es distinto. No deseo una vida si no es en libertad, por alto que sea el precio.

Eimerich sintió que lo embargaba la tristeza. A pesar del muro levantado entre ellos podía percibir la desolación que la arrasaba. La quería demasiado para verla así.

—Habéis estado extraordinaria, Caterina —le dijo, captando su atención—. Por mucho que hablen, hoy habéis demostrado un valor que muy pocos poseen. Me siento dichoso de haberos servido durante estos meses. Os pido disculpas por mi actitud en la Casa de la Ciudad; por un momento olvidé cuál era mi lugar. —La miró a los ojos con intensidad y abandonó al hablarle el debido respeto a la hija de su señor—. Si hay una mujer en el orbe que pueda plantar cara a la vida eres tú.

Sus palabras resultaron un bálsamo para la atribulada joven, y cuando volvió a mirarla atisbó el habitual brillo en sus ojos. Antes de que pudiera reaccionar, ella lo besó en la boca. Fue un beso dulce y prolongado; a Eimerich le supo a despedida. Luchó contra el dolor, contra la imagen de la majestuosa pareja abrazada que tanto lo había humillado.

Caterina sacó de su mano un humilde anillo de plata y lo entregó al criado.

—Te querré siempre, Eimerich —le susurró al oído—, aunque no de la manera que te gustaría. Espero que seas feliz en Bolonia. Ojalá pudieras ser tú el estudiante.

—Deseo que también tú lo seas, Caterina, allí donde la Providencia te lleve —respondió él mientras se ponía el anillo en el dedo anular. No se desprendería jamás de él.

Su mano le rozó la piel pálida de la mejilla y ella le regaló la sonrisa más dulce. Eimerich anhelaba retener su imagen, el olor y el tacto de su piel.

—Nadie en el orbe te será más leal que yo —musitó él. Sus labios se buscaron una vez más, fugaces—. Si todo se tuerce, acuérdate del joven criado que salió del hospital… Daría la vida por ti.

El último beso fue eterno y profundo. Cuando la vio salir sigilosa del establo, un vacío lóbrego invadió su alma. Decidió entonces luchar por adormecer sus sentimientos durante un tiempo, quizá para siempre.

La llama de la sabiduría
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