36
Cuando Caterina corrió el pestillo de su habitación trató de serenarse y miró la ropa elegante de su madre que había sacado del arcón familiar. Una fuerza extraña, intensa, la recorría. Sentía que estaba a punto de cruzar un umbral decisivo y que no podría regresar nunca más. Esa noche su existencia iba a dar un cambio hacia lo desconocido, y sin embargo lo ansiaba aunque pudiera acabar en dolor e incomprensión. Lo lamentaba por su padre, un viudo atribulado que albergaba la esperanza de tener un yerno decente y la casa llena de nietos. Rezaría por él y para que algún día la perdonara.
Se soltó el peinado y se mesó la rubia melena. Tras lavarse el cuerpo con una toalla humedecida de agua enjabonada y esencia de espliego, sin ayuda comenzó a vestirse con el corpiño de seda carmesí y la falda hasta los pies, ajustado con un fajín de ribetes dorados. Se asombró del generoso escote, bajo y de corte cuadrado adornado con cenefa de oro, que mostraba las curvas de sus senos, y se perfumó con ámbar.
En una pequeña caja halló maquillaje. Se aplicó en los labios grana de un rojo intenso y se perfiló las cejas con polvo de antimonio. Cuidaba la palidez de la piel, como correspondía a una joven de próspera familia burguesa, pero la empolvó ligeramente. Se limpió los dientes con un pequeño cepillo de hebras y luego pasó casi una hora creando finas trenzas que fue engarzando con pequeñas flores de tela alrededor de su larga melena, bien cepillada, hasta casi la cintura. Por último, se adornó el escote con un delicado colgante de plata, coral rojo y una esmeralda en el centro, la joya más cara que poseía la familia.
Tomó una bandeja bruñida y contempló el resultado. Sonrió coqueta y se pasó las manos por el fino talle, cuidando que se mantuviera bien ajustado. Jamás se había atrevido a vestirse de tal guisa, Nicolau no lo habría aprobado, y le gustó.
Repasó el plan y la invadieron las dudas, pero no se amilanó.
Cuando los relojes de la seo y de la Casa de la Ciudad dieron las ocho se cubrió con una capa añil. Con los elegantes chapines de raso verde de su madre en las manos descendió la escalera con sigilo. El abogado no tardaría en llegar y los criados estaban cenando en la cocina. Era su oportunidad de abandonar la casa.
Entró en el establo. Eimerich estaba sentado en el suelo con una mueca de dolor en el semblante y sin la camisa. No tenía heridas abiertas, aunque sí laceraciones.
—Siento lo que te ha hecho Garsía, pero necesito que vengas conmigo.
—¿Adónde? —preguntó, extasiado al verla tan radiante.
—Tal vez aún podamos salvarlos. —Desvió la mirada. De pronto le entraron remordimientos; iba a traicionar sus sentimientos—. Sólo te ruego que no preguntes.
Eimerich la siguió atónito. Con alivio comprobaron que la puerta no estaba cerrada con llave y salieron a la oscura calle.
Ayudada por el criado se calzó los altos chapines y caminó con dificultad sorteando los charcos malolientes. La gente congregada para la procesión se dispersaba, pues sólo el patriciado urbano y los notables se quedaban a la celebración ofrecida por el consistorio. De lejos vio a su padre conversando con algunos juristas.
—Quiero que te quedes aquí fuera y que estés atento, Eimerich.
—¿Vas a entrar en la fiesta? —demandó, desconcertado.
Los invitados accedían al consistorio por la calle de les Barres, llamada así por las barras de hierro que impedían el paso de caballería. Ante la puerta, iluminada por antorchas y adornada con una alfombra, permanecían dos ujieres con sobreveste de terciopelo negro y un gran medallón metálico con el escudo de la ciudad. Caterina tragó saliva y se acercó. Caminar con los chapines le hacía perder elegancia y rezaba para no caerse ante la concurrencia. La detuvieron al intentar entrar.
—Disculpad, gentil dama —dijo el ujier, cortés—. ¿A quién debo anunciar?
Había llegado el momento tan temido y ansiado al mismo tiempo. Ni siquiera sabía si él habría asistido, pero era el único que podía ayudarla.
—Informad a don Felipe de Aragón que lo aguarda Caterina Coblliure.
Los dos hombres se miraron atónitos y uno se internó. La joven esperó simulando distraerse alisándose el vestido. Su corazón latía desbocado y evitó volverse hacia Eimerich.
Cuando vio aparecer al caballero se sintió pequeña ante su imponente aspecto. Decían que don Felipe contaba por decenas sus amantes de entre las más ilustres familias, a pesar del voto de castidad como maestre de la Orden de Nuestra Señora de Montesa. A ella siempre la había tratado cortésmente en las visitas al despacho de su padre, pero apenas lo conocía y distaba un universo entre ellos.
El caballero vestía como un rico ciudadano, con un elegante jubón negro y la cruz de la orden bordada en el pecho. Las calzas, claras y ajustadas, ceñían unas piernas vigorosas. Sus facciones varoniles se recortaban con una fina barba y su media melena castaña con suaves ondas brillaba, limpia. Aún conservaba la tez morena de su estancia en el prolongado asedio de Málaga. Caterina se quedó sin aliento al verlo tan apuesto, pero trató de disimular la turbación.
Don Felipe la observó con interés. Del desconcierto inicial pasó a una abierta sonrisa y con un gesto permitió su entrada.
—No esperaba una cita con un ángel —la saludó al tiempo que le besaba la mano.
A Caterina le ardían las mejillas, cautiva de sus ojos negros y profundos.
—¿Sabe vuestro padre que habéis venido?
—No, no lo aprobaría —musitó ahogándose. Todo podía terminar ahí.
Las pupilas del hombre destellaron y sonrió, aceptando el enigmático juego.
—Me tenéis intrigado, pero si os soy sincero lo que más deseo ahora es alardear ante todos de la compañía de la dama más bella de Valencia.
Ella se dejó recorrer por sus ojos poco recatados. Casi podía sentir que la acariciaba con las manos. Sólo había conocido la mirada tímida y enamorada de Eimerich. Movió la cabeza con coquetería y se apoyó en el brazo que él le ofrecía. Junto a la personalidad de mayor alcurnia entre los presentes cruzó el atrio y levantó comentarios en los pequeños corros. Saludando a unos y otros recorrieron el patio interior adornado con faroles de papel y ascendieron por la escalera de piedra hasta el salón de los Ángeles.
El rezo en la capilla concluyó y los ujieres recogieron los velos y las mantillas de las mujeres para dar comienzo al banquete.
El grupo de cámara se situó bajo una estatua de san Miguel y empezó a interpretar una suave pieza que resonaba en el fastuoso techo artesonado. Aparecieron camareros con viandas y vino en copas de plata. En el salón la aturdió el intenso aroma de mosquet, de moda en la ciudad, un dulzón perfume de almizcles que no lograba ocultar el olor corporal. Su fragancia de ámbar fue un reclamo y tuvo que prodigar sonrisas y leves muestras de respeto con la cabeza. Asistía una buena representación de consejeros, además de numerosos cargos de la ciudad y de la bailía real. Muchos la reconocieron al instante. Ya no había vuelta atrás.
—La Providencia os ha traído para mí —le musitó Felipe al cuello—. Vuestra presencia parece ahuyentar a los que desean provocarme por lo del Vallterra.
—Yo soy la que me siento afortunada. He soñado con estas fiestas desde niña.
—Dejadme que sea vuestro guía en esta selva. Se está más seguro en el fuego cruzado con los moros que entre tanto noble, banquero, oficial y prelado.
—Estaré encantada —le susurró acercándose. Don Felipe olía a lavanda.
A pesar de sus votos, el maestre de la Orden de Nuestra Señora de Montesa la exhibió vanidoso. Caterina se sintió como una princesa, contemplada y admirada por todos. Tenía que hacer esfuerzos por recordar el motivo de aquella locura. Por primera vez agradeció las lecciones de María de Centelles; no desentonaba en aquel ambiente elegante. Vio al justicia y evitó acercarse a él, pero al menos su presencia significaba que no estaba llevando a cabo ninguna búsqueda. Garsía no había encontrado de momento a los fugitivos.
Algunas damas la cercaron intrigadas, con peinados excéntricos y largos vestidos escotados que dejaban sus pechos prácticamente al descubierto. Era inconcebible que aquella doncella hija de un simple jurista estuviera sola en la fiesta con el codiciado don Felipe de Aragón, pero éste se encargaba de ahuyentarlas con maneras finas aunque contundentes.
—Es un placer hallaros aquí, Caterina.
Su sonrisa se borró al ver el pálido rostro de Hug Gallach.
—No os esperaba en esta fiesta, dadas las circunstancias.
Hug asintió.
—Es grande la ofensa contra mí cometida, pero la vida sigue y confío en que esta misma noche acabe todo. Vuestro hermano está siendo colaborador, cosa que honra a los Coblliure, aunque me extraña que vos hayáis venido…
Caterina se mostró impasible.
—Dicen que habéis cerrado el hospital y que ahora alojáis esclavos en él.
—Demasiados recuerdos amargos, ¿no os parece? —siguió Hug con sorna—. En el fondo, he vuelto al espíritu caritativo de su fundador, Tomás Sorell. Esos desgraciados merecen techo y curas antes de afrontar su triste sino. ¿No es eso de buen cristiano?
Cada una de sus palabras era como el restallar de un flagelo y Caterina lo odió. Altiva, regresó junto al noble. Probó con mesura algunas viandas y simuló que bebía algún que otro licor de sabor dulce. A medida que pasaban las horas y se sucedían los elegantes bailes, ascendía el tono de las conversaciones, estallaban sonoras carcajadas entre flirteos y veladas proposiciones. Comprobó, asombrada, que muchos hombres y mujeres de la aristocracia urbana que solía ver comedidos en los oficios religiosos se mostraban esa noche ebrios y seductores, dando pábulo sin rubor a sus inclinaciones más recónditas.
Don Felipe, animado por el alcohol, le rozó la cintura. Su primera reacción fue apartarse; aun así, logró disimular con un contoneo.
—Esta noche celebramos que la ciudad se ha salvado del desastre —adujo el caballero con una sonrisa felina—, pero también lo efímera que es la existencia. Un golpe de espada, una epidemia o la furia del Turia y todo acaba. Son signos de la Providencia que nos revelan que no hay que contener lo que se desea, pues luego podría ser tarde.
Ella adivinó el sentido de sus palabras y sonrió estremecida.
—Esta noche he visto cómo bulle la vida más allá de los muros de mi casa.
Las pupilas oscuras del noble destellaron. La curiosidad lo corroía.
—A pesar de vuestra juventud os movéis con soltura en este ambiente. Prodigáis encanto y elegancia, pero no buscáis un pretendiente o un amante como imaginé al principio. Vuestros ojos vigilantes me recuerdan más a los de un informador.
El momento había llegado.
—Debo pediros disculpas, no fue arbitrario haceros avisar a mi llegada.
—Lo imagino, y lejos de ofenderme me intriga más. Desde el incidente con el Vallterra en el palacio de Centelles, las damas me rehúyen por orden de sus maridos.
—Sé que sois un hombre de acción y un caballero al que el buen nombre y la honorabilidad le importan por encima de todo.
—La disputa fue una cuestión de honor. Hubo un combate justo entre caballeros y uno cayó vencido. —Don Felipe se encogió de hombros, airado—. No entiendo tanto revuelo.
La joven disimuló su disgusto. Aquel caballero representaba la nobleza rancia, elegida por Dios para la gloria. Despreciaban los Fueros y la justicia por ser cosa de ciudadanos y plebeyos. Ellos resolvían los conflictos a golpe de espada, sin importar el daño que causaban a propios y ajenos. Sólo por una cuestión de formas aceptó someterse al consejo de un ciudadano abogado. No obstante, aquel comentario le brindaba la oportunidad de llevar a cabo su treta.
—Nadie cuestiona vuestro honor, y gozáis de fama y gloria en el presente, pero ¿qué dirán las generaciones venideras? ¿El hijo de Carlos de Aragón, príncipe de Viana, será recordado por sus gestas en realidad o por el crimen de Joan de Vallterra a causa de una amante?
La mirada de don Felipe centelleó y Caterina prosiguió, temiendo haberlo ofendido.
—Existe en este palacio un misterioso libro donde todos los cargos, hechos relevantes y crímenes que han quedado impunes se registran para la posteridad.
—El Llibre del Bé e del Mal —musitó Felipe pensativo.
—He venido para comprobar si se hizo constar un crimen acaecido en el Partit hace nueve años. Podéis ayudarme… y también comprobar por vos mismo el modo en que la ciudad ha dejado plasmado vuestro incidente para las generaciones venideras. —Entornó los ojos—. Seguro que al sobrino del rey no se le negará ver el singular volumen.
El noble, aún crispado, la miró con tal intensidad que la hizo encogerse.
—¿No es algo inaudito que una doncella se dedique a husmear en hechos escabrosos del pasado?
—Sin duda conocéis a Tristán de Malivern, el escudero de vuestro caballero Jacobo de Vic.
Don Felipe asintió con gravedad.
—Un joven leal y valeroso al que persigue la desgracia. Por si fuera poco, no hallamos rastro alguno de mosén Jacobo.
—Hug Gallach, el hombre que ha provocado la desgracia de mi amiga Irene Bellvent y del escudero de vuestra orden, oculta un secreto. Es probable que sea un impostor y que todo haya sido una burda mascarada. Sólo tengo dos claves: un nombre, Pere Ramón, y un hecho no aclarado en la mancebía ocurrido en 1478. Quiero saber si es él quien debería estar oculto de la justicia y no Irene Bellvent.
Don Felipe la estudió con atención, sin condescendencia; tenía ante sí un espíritu valeroso y tenaz.
—No sé si sois audaz o si habéis perdido el juicio, pero habéis despertado mi interés como ninguna dama lo ha hecho en mucho tiempo, Caterina Coblliure. ¿Son honorables vuestras razones o las mueve únicamente el deseo de ayudar a vuestra amiga, una adúltera infame?
—Sólo busco la verdad, don Felipe, os lo aseguro. —Le devolvió la misma oleada de calor que las pupilas del caballero desprendían, consciente de que sería una señal para cruzar ciertas barreras que el noble no osaría franquear sin su consentimiento.
—Aguardad aquí —dijo él con el ceño fruncido.
En la calle de la Acequia Podrida, Irene se asomó a la ventana y abrió el postigo para otear la noche. La asediaba un mal presentimiento.
—Demasiado silencio abajo.
—La hermana Consuelo ya nos lo ha advertido —afirmó Tristán a su lado—. La presencia de Garsía, el hermano de Caterina, por estos lares era muy sospechosa.
—Debemos irnos. Lo conozco y no es de fiar. La recompensa por nuestras cabezas es demasiado jugosa. —Suspiró—. La cuestión es ¿adónde?
—No lo sé, pero ten fe, aún nos quedan amigos ahí fuera.
Ella negó con la cabeza desesperadamente.
—¡El hospital cerrado y convertido en refugio de esclavos!
Tristán la cogió por la cintura y se abrazaron en la oscuridad. Perseguidos e injuriados, habían reafirmado su amor en la soledad de aquel pequeño y humilde alberch de paredes encaladas pero limpio y acogedor. Sin más lágrimas que derramar y ante un futuro aciago, se amaron con pasión conscientes de que cada beso podía ser el último de sus vidas. Desnudos sin rubor ni pudores, sobre una estera de esparto y rasposas mantas exudaron con ansia la amargura, escondidos de la muerte que acechaba en las calles, y sus jadeos resonaron en las viejas vigas con ristras de higos secándose y manojos de hierbabuena. Perdidos y sin futuro, fueron felices y sellaron su unión, no ante los hombres pero sí ante sus corazones.
Sabían que era tiempo robado. El cerco se estrechaba y la noche estaba teñida de amenaza. Tristán se acercó a la esquina y rozó la espada que arrebató al guayta en el palacio Sorell. Las fuerzas habían regresado, pero no era más que un hombre. La ciudad había establecido un férreo control en las puertas y no tenían forma de escapar sin ser descubiertos. Necesitaban otro refugio temporal.
—¡Ahora se acercan soldados de la guayta! —exclamó ella, asomada de nuevo.
Tristán se situó a su lado y oteó por el ventanuco. La luna brillaba entre nubes dispersas e iluminó a una docena de soldados con antorchas aproximándose por la sucia calle esquivando los charcos. No era la ronda habitual.
—Salgamos de aquí. El alberch es una ratonera.
Apagaron la única vela y bajaron la escalera de madera hasta la planta baja. La casa tenía allí dos dependencias, el taller y la cocina. En la parte trasera, por una estrecha puerta se accedía a un viñedo. Justo cuando salían resonaron fuertes golpes en la entrada principal. Se deslizaron por el pequeño campo embarrado mientras oían voces increpando y la orden seca del lloctinent del justicia mosén Francesc Amalrich de rodear el alberch.
—¡Son demasiados! —exclamó Irene, aterrada, cansada ya de huir.
Tristán le acarició las mejillas y la besó.
—Te protegeré hasta con mi último aliento.
Un siniestro crujido anunció que la muerte por fin había logrado franquear la entrada, y ellos escaparon hacia las sombras de la noche.