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Caterina profirió una maldición entre dientes y lanzó al suelo el bastidor de bordar sin tener en cuenta que era el mismo que habían usado las mujeres de su familia durante generaciones. La escasa aptitud y el poco interés que mostraba levantaban las iras del aya María, por fortuna ausente en ese momento. La pésima obra que pretendía ser un ramo de rosas era signo de la lucha que la amargaba, de su silenciosa rebelión.

Ya habían pasado tres días desde que dejó a Irene y Tristán en las Magdalenas y se enfrentó a la cólera de su padre. Desde entonces estaba confinada en su aposento bajo estricta vigilancia. Eimerich permanecía en el establo y, según los criados, sólo saldría para embarcar con Garsía y viajar a la Universidad de Bolonia, elegida finalmente por Nicolau aconsejado por mestre Antoni Tristany, de donde ya no debía volver.

A pesar del encierro, a través de Guillem había contactado con una amiga de las clases de doña María de Centelles con parientes en Daroca y había descubierto que los Gallach habían muerto años atrás durante una epidemia. El padre de Hug y los familiares que asistieron a la boda eran meros farsantes. La maltrecha Guiomar tenía razón y todo había sido una mascarada que ella habría evitado de haber estado más atenta antes de que se celebrara el enlace. Pero ya era tarde, y su padre, harto de sus elucubraciones, no quería escucharla.

Fuera como fuese, la desazón de Caterina brotaba de una frustración aún más profunda, vital. El drama de Irene era fruto de su condición de mujer, de la falta de libertad que padecían todas. Como reses las entregaban para establecer alianzas o negocios, cuando no, en ocasiones, simplemente para quitárselas de encima. Impotente, veía como su propio destino transcurría paralelo al de su amiga, pues su padre había decidido que la única manera de corregir tal rebeldía era firmando sin demora esponsales con el hijo de algún compañero o cliente de los que mostraban interés por unirse a los Coblliure y su saneado patrimonio, alguien de su condición o superior.

La mayoría de las doncellas que asistían a la escuela de doña María de Centelles ansiaban una vida regalada con alguien de prestigio y rico, pero ella se ahogaba con sólo pensarlo. Aborrecía unirse a un desconocido, dejar que la poseyera y criar a la prole encerrada en un universo doméstico, de obligaciones religiosas y alguna comedida reunión de damas para conversar sobre poesía y remedios caseros.

Involucrarse en los misterios de En Sorell había inoculado en ella el ansia por percibir el latido fuerte de la emoción, del riesgo. Sentir la vida a flor de piel era algo de lo que no lograba desprenderse.

Prometió a su padre acatar sus deseos sumisa, si bien en el fondo de su pecho se hacinaba una montaña de yesca que podía prender a la mínima chispa.

En ese momento entró Garsía en la cámara y sonrió divertido.

—¿Aún no se te permite salir?

—¿Dónde está padre?

—En el Temple, tratando de arreglar el asunto de la muerte de don Joan de Vallterra a manos de don Felipe de Aragón. Aunque el animoso maestre parece más interesado en la recepción que ofrece el Consejo de la Ciudad esta noche para celebrar el día de Todos los Santos y agradecer el final de la riada. Imagino que después el noble regresará con su tío el rey a la guerra de Granada para evitar represalias de los Vallterra y sus nobles aliados.

Ella asintió abatida. El crimen entre los amantes de la duquesa de Crotone, al contrario que el de Irene, quedaría impune, salvo si había ajuste de cuentas.

Garsía recogió el bastidor del suelo y con una sonrisa sardónica lo tendió a la disgustada Caterina.

—¿Sabes cuánto ofrece el justicia por tu amiga la adúltera? ¡Cuarenta libras!

Caterina se concentró en el desastroso bordado.

—Seguro que no se toma con tanto interés investigar las corruptelas del racional y de los miembros del consejo.

—Llevan tres días ocultos en algún lugar —siguió él—, justo desde que muestras una inusitada generosidad por ayudar al convento de las Magdalenas…

—Madre solía visitarlas con frecuencia —afirmó Caterina, impasible—. El mercado está vacío tras la riada. Sólo ayudo a las hermanas; no son hijas de nobles como las del convento de la Trinitat.

—No estarás pensando en profesar, ¿no?

—¡Déjame en paz! —le espetó incómoda, contemplando con frustración el amasijo de hilo rojo que pretendía ser un pétalo de rosa.

El joven la miró sin rastro de su sonrisa.

—Tan egoísta como siempre, hermana. Tú bien servida y con una jugosa dote que te asegurará una vida plácida, pero a mí casi no me alcanza con la asignación.

—¡Eres el heredero de todo esto, Garsía! —estalló colérica—. Podrás estudiar y gobernar tu vida, ¿no tienes aún bastante? ¡Modérate!

Su hermano se plantó ante ella y la obligó a mirarlo, invadido por la rabia.

—Tal vez podría compartir mis sospechas sobre las Magdalenas con el justicia —simuló reflexionar en voz alta para provocar a Caterina— o con algún secretario del obispo auxiliar Jaume Pérez. Una autoridad eclesiástica las hará hablar.

—¡Deja a las pobres monjas tranquilas, no tienen nada que esconder!

—¿No están allí entonces? —Garsía la observaba con detenimiento—. ¡Vamos, Caterina, a mí no puedes engañarme!

Ella se mordió el labio lamentando haber replicado con tanto énfasis.

—¡Márchate, Garsía!

—Ya entiendo. No están allí, sino en alguna propiedad del convento. Será sencillo encontrarlos siguiendo a las monjas que les llevan la comida de Guillem.

La joven lo miró implorante.

—Nunca has sido así, Garsía. Conoces bien a Irene, fuisteis amigos en la infancia. Ningún mal te ha hecho, déjala en paz.

—Lo haría, hermana —respondió con calma—, pero creo que soy el único que ve lo que está ocurriendo. ¡Los Coblliure estamos señalados! Haber sido el abogado personal de la adúltera y su hospital nos deshonra. Podría ser el fin de la carrera de padre y nuestra ruina. Somos ricos y conversos, Caterina, eso significa una cosa: envidias y enemigos. Nuestro mejor cliente y valedor, don Felipe, regresará a la guerra y nuestros rivales o la propia Inquisición no tardarán en codiciar todo este patrimonio.

Caterina no pudo replicar. En los tres últimos días apenas habían entrado clientes ni amigos de la familia. Su padre deambulaba por la casa pensativo y temeroso.

—¿Pretendes delatar a Irene para recuperar nuestro prestigio?

—El adulterio es una falta que nos afecta a todos, lo sabes bien. Si prestamos ese servicio al justicia se diluirán los recelos sobre los Coblliure. Ya algunos dudan entre bromas de tu honestidad por ser amiga de Irene.

Caterina bajó el rostro, pues sabía que era verdad; toda mujer estaba bajo sospecha por la tendencia natural a la lascivia, y su relación con Irene la señalaba como proclive a tal desviación. Nadie se acordaba ya de que la joven Bellvent presentó un candidato para casarse y tuvo que aceptar que le impusieran a Hug Gallach.

—Si quieres recuperar nuestra buena fama persigue a Hug y averigua la clase de persona que es, empezando por que probablemente su nombre real sea Pere Ramón y protagonizó algún luctuoso incidente en el Partit hace nueve años. Estoy segura de que lo de Irene no es nada comparado con sus crímenes.

—No, Caterina —repuso Garsía, disgustado—. Seguiré a las monjas, y si encuentro a los adúlteros los denunciaré esta misma noche, durante la fiesta en la Casa de la Ciudad. Sería un excelente golpe de efecto. Aunque lo siento por Irene, debo proteger a esta familia.

—¿Servirá de algo que te implore? —musitó ella hastiada.

Por respuesta Garsía mostró una tira larga de cuero y la agitó en el aire.

—Esto es para tu amigo Eimerich. Seguro que sabe algo, pero no voy a perder tiempo platicando para arrancarle la información.

—¡Garsía! —exclamó espantada—. ¡Sabes que padre no permite maltratos!

—Una manía absurda que no tendrá en cuenta si lo salvo de la ruina.

La joven, de nuevo sola, se acercó a la ventada y la abrió en busca de aire. Era casi medio día y el cielo estaba cubierto de jirones grises que se desplazaban lentos hacia poniente. Vio a su hermano dirigirse hacia el establo y se pasó la mano por la frente. Si se quedaba en la alcoba, como era su deber, Tristán e Irene estarían perdidos, pero si los ayudaba todos sabrían que se había implicado y no sólo ella sino la familia entera caería en la vergüenza y el desprestigio.

Durante horas estuvo caminando en círculos por la cámara como una fiera enjaulada. Nicolau no estaba y Garsía no tuvo piedad. Se oyeron gritos y ruegos entre el restallar seco del cuero. Lloró por Eimerich, si bien sabía que no hablaría, pues era leal y más fuerte de lo que parecía. Cuando comenzaba a declinar la luz plomiza de la tarde vio salir a su hermano, sudoroso, y marcharse de la casa sin cruzar una palabra con nadie.

Las campanas de la seo señalaban la salida de la procesión de acción de gracias por el cese de la séptima avenida del Turia.

Se mesó la rubia melena, pensativa. La misma idea de los últimos días pulsaba en su interior con fuerza: quedaba un cabo suelto, una posibilidad remota e insospechada para dar un vuelco a la fatídica situación; había que probar ante la autoridad quién era en realidad Hug Gallach. Se estremeció. Sin duda los archivos del justicia criminal, por ser un cargo anual, podían manipularse con facilidad, pero en Valencia había un sitio en el que la verdad quedaba registrada para siempre sin injerencias de nadie, ni siquiera del rey. De todos modos, si trataba de acceder a él y llevaba adelante la treta que tenía en mente, el precio no lo pagaría Irene sino ella misma.

Una fuerte tensión la dominó. Miró el bastidor y lo dejó con cuidado sobre la mesa con la extraña sensación de que el pasado quedaba abandonado allí para siempre.

 

 

No muy lejos de la calle dels Juristes sonaban tambores y trompetas al paso del multitudinario cortejo que salió de la seo para recorrer las calles engalanadas con mantos bordados y banderas, haciendo el mismo trayecto que el del Corpus Christi. Micer Nicolau se unió con el resto de los juristas de la ciudad, tras los notarios. Aunque aún no eran gremio ni cofradía, se habían convertido en un colectivo influyente.

Cada arte y oficio desfilaba portando sus pendones e insignias, en perfecto orden y posición, seguidos del séquito municipal portando la senyera de Valencia, clavarios, menestrales, la nobleza y el nutrido clero con la imagen de Nuestra Señora y el Lignum Crucis bajo palio. El festejo concluiría con una misa de acción de gracias en la capilla principal de la Casa de la Ciudad y un banquete en el salón de los Ángeles, sede del Consell, del que formaban parte más de ciento sesenta ciudadanos de los diferentes brazos, parroquias y oficios.

Nicolau caminaba erguido, soportando réprobas miradas y habladurías a sus espaldas por su relación con la joven Bellvent como abogado de la familia, adúltera y prófuga de la justicia. Palideció al ver el pendón de la Inquisición y a los frailes predicadores con sus austeros hábitos blancos y su escapulario oscuro. A todos los conversos les convenía hacerse ver como píos cristianos. Bajó el rostro y unió las manos para rezar.

La llama de la sabiduría
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