22

 

 

 

A la noche en la que El latido de la sibila removió de nuevo las conciencias de las damas siguió una jornada intensa y agotadora en el hospital. Los fogones de Magdalena estuvieron encendidos durante todo el día para alimentar tanto a los pacientes como al personal. La alegría se convirtió en exultación al hallar entre las viandas florines y alguna libra, que se usó para fármacos y pagar parte de lo adeudado a los médicos.

Fray Ramón y Edwin celebraron un sentido funeral por el pequeño Gaspar, al que enterraron en el cementerio del huerto, pero pronto la atención se centró en la inminente boda, lo que causaba una profunda desazón en Irene.

Era ya de madrugada y no lograba conciliar el sueño. Abrumada por los preparativos a acometer, se levantó y abrió el postigo de la ventana para dejarse acariciar por el aire fresco. El cielo negro estaba encapotado y al fondo destellaban silenciosos relámpagos. Octubre era época de lluvias y temporales en el Reino de Valencia.

Se atavió con un gastado traje oscuro y tomó el manto de lana. Bajó al patio y llamó a la puerta de los criados. Nemo abrió somnoliento.

—¿Ocurre algo, señora?

—Llévame con Tristán —le susurró.

—¿A estas horas? —Nemo, inquieto, miró en derredor para cerciorarse de que los criados de Hug no estuvieran husmeando como de costumbre.

—Por suerte han salido —indicó ella leyendo en los ojos del negro—. No me pierden de vista ni un minuto, y me temo que me esperan días intensos. No tardaremos. —Lo miró lastimera—. Necesito verlo.

El hospital estaba tranquilo esa noche y Llúcia, la encargada de ese turno, deambulaba por las cuadras. Salieron discretamente y tras una larga caminata llegaron a la ermita de San Miguel. Había comenzado a llover e Irene se arrebujó con su capa.

Sobre un olivo frente al pórtico los observaba una lechuza blanca. Irene tuvo la sensación de que la vigilaba atenta. Antes de entrar, Nemo la miró con expresión grave.

—Sed fuerte.

Un escalofrío descendió por su espalda. La única vela del sagrario mostraba el contorno de una bañera de bronce en el centro. Sólo la cabeza de Tristán sobresalía del fango oscuro y cuarteado. El rostro macilento e hinchado tenía un rictus mortal. Al lado, sobre una estera de esparto, un hombre cuyos rasgos la joven jamás había visto permanecía sentado con las piernas cruzadas y la espalda recta. Parecía sumido en un profundo estado de meditación.

—¡Dios mío! —exclamó Irene corriendo hacia Tristán—. ¿Está…?

—No —indicó Jacobo de Vic desde una puerta situada junto al humilde presbiterio—. Vive y se está recuperando.

Tras el caballero apareció Eimerich. Tenía permiso de micer Nicolau para pasar la noche junto a su amigo. Irene se acercó con el corazón encogido.

—¿Qué te han hecho, Tristán? ¿Qué te han hecho?

Rozando su melena oscura lloró desconsolada. Acarició su piel ardiente como si quisiera transmitirle fuerzas.

—Nemo, no debiste traerla —dijo el caballero.

—Mi señora huella su propio camino.

Jacobo le presentó a Romeu de Sóller. Irene lo saludó, intrigada, y escuchó por fin el relato detallado del enfrentamiento con Tora, que permanecía junto al herido observándola. Llevaba dos días ansiando saber qué había ocurrido en realidad.

—¿Cómo llegó la licencia a ese sórdido lugar? —preguntó ella, aunque temía conocer la respuesta.

—Todo lo que ocurre en el Partit se queda allí —repuso Eimerich lúgubre.

—Si es Hug el que está detrás de todo esto, no sé qué haré…

Nadie respondió. La misma sospecha flotaba oleosa entre ellos. Sus manos siguieron acariciando a Tristán.

—Te debo mucho —musitó con ternura al oído del joven inconsciente—. Perdóname. Vuelve, te necesito a mi lado…

Jacobo se le acercó y ella suspiró.

—No sé quién es Tristán en realidad, ni por qué ha hecho tanto por nosotros a pesar de mi desprecio —se sinceró Irene desolada, dirigiéndose al caballero.

—Como os podréis imaginar, la Orden de Nuestra Señora de Montesa no habría protegido jamás a un parricida sin una causa justa.

—Explicaos —demandó; la curiosidad la devoraba.

—El padre de Tristán, Jean de Malivern, fue uno de los caballeros fieles al rey Juan II que luchó contra los franceses para que el Rosellón siguiera formando parte del Principado de Cataluña. Tenían la residencia en la ciudad de Prades, en el corazón de la región, con tierras de viñedos. Su madre, Simonetta, regentaba un modesto taller de pasamanería para cortinas. Cuando el monarca cedió los territorios a la Corona francesa a cambio de apoyo en la guerra catalana, se sintió traicionado por su señor. El honor humillado quebró el alma del caballero. Como dicen los médicos, la bilis amarilla, que procede del hígado y crea el temperamento colérico, lo dominó y descargaba el enojo sobre su esposa. Tal vez envidiaba que pudiera regentar un negocio próspero mientras a él se le herrumbraba la espada. Tristán y sus hermanos menores crecieron ocultándose tras un arcón, presenciando palizas y curando con paños mojados las heridas de su madre. Pero la del alma del muchacho siguió abierta y con el tiempo comenzó a supurar.

—¿Cómo lo mató?

El caballero se frotó las sienes.

—Tenía dieciocho años cuando una noche a Jean de Malivern se le fue la mano, ebrio e iracundo. Simonetta murió en brazos de su hijo desangrándose por una herida en el costado. Tras el entierro, Tristán exigió a su padre que se entregara a la justicia. El caballero, fuera de sí, comenzó a golpearlo con furia, pero el joven ya había aprendido los rudimentos de la esgrima y el combate. Si bien no era su intención, supongo que imagináis cuál fue el desenlace. —Negó con la cabeza—. Sus hermanos fueron amparados por un pariente de la madre, pero él tuvo que huir. Durante años malvivió en tugurios como el Partit o ejerciendo de esbirro en la soldada de algún noble. Un alma ganada para el infierno.

»Nuestros caminos se encontraron hace seis años en Zaragoza. Se vio envuelto en una trifulca cerca del convento donde yo estaba alojado con mis hombres, y pudimos detenerlo. Desde el principio intuí que había bondad en su alma, sepultada bajo un légamo de miedo y tristeza. No quise entregarlo a la justicia sin escuchar antes una confesión. He visto mucha crueldad a lo largo de mi vida, pero la que padeció su madre fue gratuita, sin razón, algo que ofende gravemente los principios de la orden de caballería. El maestre de entonces, Lluís Despuig, comprensivo, me concedió permiso para acogerlo como sirviente y escudero, de modo que quedara sometido a la jurisdicción de la Orden de Nuestra Señora de Montesa hasta hacer méritos y lograr el perdón. El año siguiente murió Despuig, al poco de ser nombrado virrey de Valencia, y la redención de Tristán se ha ido retrasando, pero él se mantiene leal a la orden y fiel a mí.

Los presentes tuvieron la sensación de que, más que un escudero, era el hijo que nunca tuvo por su celibato.

—Cuando le encomendé infiltrarse en el hospital lo hice sabiendo que en un lugar como En Sorell vería que no siempre el combate de la luz contra las tinieblas acaba en derrota; eso le purificaría el alma.

Irene notó las lágrimas aflorar de nuevo. Ahora entendía el brillo de los ojos de Tristán en la cesárea de Ana, su pugna contra las necesidades del hospital. Era Simonetta la que gritaba de dolor sobre el catre, también la que bajaba brincando con entusiasmo la escalera al verlo llegar con comida y la que lo bendecía mientras transportaba a los enfermos en volandas hasta la sala de curas o a las camas.

Por salvar a su madre los había estado alimentando y había recuperado la licència d’acaptes.

Cuando Irene abandonó la ermita seguida de Nemo dejó fluir un llanto que se mezcló con el agua de lluvia. No era de dolor. Por fin conocía el secreto del hombre al que amaba y sólo esperaba poder verlo sano y abrazarlo algún día. No le importaba casarse con Hug. Como para cualquier noble o burguesa, el matrimonio era algo distinto al amor.

Había comenzado a llover con fuerza y el rumor engullía cualquier otro sonido. Un relámpago rasgó las tinieblas, e Irene vio una sombra negra desvanecerse por un campo vecino. Ella y Nemo aceleraron el paso temerosos, convencidos de que no estaban solos en las huertas. De pronto apareció en el lodo del camino una máscara de cera y se detuvieron, aterrados. La pesadilla regresaba como anunció Peregrina al decidir despertar El latido de la sibila. Al igual que lágrimas, las gotas de lluvia se deslizaban por la cera desde las cuencas vacías de la larva.

—¡Has desoído mi advertencia y emulado a Elena de Mistra, la matriz del mal! —gritó una voz desde el aguacero.

El siguiente relámpago llegó acompañado de un terrible estruendo. La noche se convirtió en día durante un fugaz instante para iluminar a Gostança, inmóvil bajo la lluvia, como un espectro errante en medio de la tormenta. La fugaz claridad mostró a Irene que la dama lucía el broche de su madre, el que robó de la caja blanca.

—¿Quién eres? —clamó aterrada—. ¿Qué quieres de nosotros?

—¡Acallar los susurros! —respondió desde la oscuridad ominosa—. Dios quiere que mueras y de la manera más horrible… Implora perdón o púdrete en el infierno, pues tu sangre está infectada con la ponzoña.

El pánico paralizó a Irene cuando otro trueno estremeció el paraje. Nemo la arrastró por la senda embarrada hacia la ciudad. La siniestra amenaza arrancó el tierno brote de ilusión nacido en su pecho.

La llama de la sabiduría
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