A principios del siglo IV de nuestra era, en una sórdida celda cerca de Pavía, un condenado a muerte por el emperador Teodorico recibía la extraña visión de una mujer con el aspecto de una estatua antigua y maltrecha. En su vestido, rasgado violentamente, lucía bordadas las letras griegas phi y theta, y entre ellas algo parecido a una escalera. Sostenía en la mano derecha un libro y en la izquierda un cetro.
El preso era Boecio y la mujer se reveló como Sophia, la Sabiduría. Así lo describe él mismo en su obra La consolación de la filosofía. Las letras del vestido representaban el conocimiento teórico y práctico. Este sabio redactó obras que abarcan las siete Artes Liberales y aún hoy son lectura obligatoria en todas las universidades del orbe.
Es por ello, querida hija, que encontrarás en libros miniados representadas las Artes envolviendo a esa reina sedente, señora del conocimiento. Medita sobre si se trata de una alegoría o bien encierra una verdad que, al igual que el vestido de Sophia, se halla desgarrada y maltrecha, oculta bajo el peso del tiempo.
La historia está llena de damas «esclarecidas» que aportaron grandes beneficios a la humanidad, como Carmenta, Minerva o Ceres. Se aferraron a ella en forma de leyendas y mitos para no quedar sepultadas.
No olvides a las sibilas, sacerdotisas y profetas, con la capacidad de establecer un puente sólido entre el mundo tangible y el más allá.
Ahora levanta tus ojos hacia los altares. Verás a Catalina de Alejandría, que estudió en la mayor biblioteca jamás vista y alcanzó tal sabiduría que superó con su dialéctica a los filósofos del emperador Magencio. Como Hipatia de Alejandría, también fue condenada por no renunciar a sus ideas. Sorprende el paralelismo entre ambas sabias de aquel tiempo, una cristiana y otra pagana; dos caras de una misma moneda. Al lado verás a santa Ana, que es la madre de la Madre, al igual que las diosas Deméter y Perséfone de los antiguos griegos; transmisoras del saber. Otras santas, Bárbara, María Magdalena o Eulalia, sostienen libros como símbolo de conocimiento y fortaleza.
De ellas conservamos su erudición y su testimonio. Pero ¿son ellas las únicas? No. Son sólo un símbolo que evoca a las mujeres que te rodean, anónimas, con defectos y virtudes, pero que custodian la memoria familiar, los remedios curativos y otros saberes propios de las damas; también las que enseñan a rezar y muestran los rudimentos de la fe a los hijos y los nietos.
Así lo estableció Platón en Crátilo y en Las leyes al señalar a las mujeres como las que guardan mitos y fábulas útiles para la educación. Lo que transfieren en realidad es la memoria genealógica, los cimientos de la identidad de una familia, una comunidad o una patria.
Cada una es una sibila y ejerce la sagrada labor de sacerdotisa y profeta.
Estas especiales funciones nos hacen distintas a los varones pero iguales en dignidad, y así lo han manifestado defensores de la Querella, entre otros don Álvaro de Luna en el Libro de las virtuosas y claras mujeres, Juan Rodríguez del Padrón o fray Martín Alonso de Córdoba en su Jardín de nobles doncellas dedicado a la futura reina Isabel de Castilla, la que sería esposa de don Fernando de Aragón.
La dignidad nos corresponde por derecho natural y nuestras capacidades intelectuales nos sitúan en un mismo nivel. Una vez asumido este aspecto externo, debemos quebrar el sello y penetrar en el misterio que nos elevará del conocimiento mundano al primigenio.