Extraño desinterés de la sexualidad por la existencia de una progenie espiritual

El arte nace del coito entre el elemento macho y el elemento hembra, que nos forman a todos, más equilibrados en el artista que en los otros hombres. Proviene de una especie de incesto, de amor de uno consigo mismo, de partenogénesis. Esto es lo que hace el matrimonio tan peligroso en los artistas, para los cuales representa un pleonasmo, un esfuerzo de monstruo hacia la norma. El signo del «triste señor» que marca a tantos genios proviene de que el instinto de creación, satisfecho por otra parte, deja al placer sexual en libertad de practicarse en el puro dominio de la estética y lo lleva también hacia formas infecundas.

No se puede traducir a un verdadero poeta, no porque su estilo sea musical, sino porque el pensamiento entraña una plástica, y si la plástica cambia, el pensamiento cambia.

Un ruso me decía: «El estilo de ORFEO es musical en contraposición a lo que el público llama musical. A pesar de su carencia de música, es musical porque deja al espíritu en libertad de aprovecharse de él como quiera».

Un poeta, a menos de ser político (Hugo, Shelley, Byron), no debe contar más que con los lectores que conozcan su lengua, el espíritu de su lengua y el alma de su lengua.

La multitud ama las obras que imponen su canto, que la hipnotizan, hipertrofiando su sensibilidad hasta adormecer el sentido crítico. La multitud es femenina; le gusta obedecer o morder.

Radiguet decía: «El público nos pregunta si es serio. Yo le pregunto a él si es serio». ¡Ay!, las obras geniales requieren un público genial. Llega uno a un sustitutivo de ese estado receptivo genial por la electricidad, que exhala una aglomeración de personas mediocres. Ese sustitutivo permite ilusionarse sobre la suerte de una obra de teatro.

Desde 1870 los artistas se acostumbran a despreciar al público. La necedad del público está admitida. Este prejuicio corre el riesgo de unirse con los prejuicios del público. Lo mismo que el absurdo prejuicio contra la Comedia Francesa, la Ópera, la Ópera Cómica, teatros de todos los escándalos ilustres.

¿No habrá en esto un problema a resolver para los investigadores? En otros tiempos el genio conmovía al público con lentitudes, concesiones, incluso con intermedios. Habría que estudiar al público, hallar el truco de cartas, que lo engañaría ante unas obras rápidas.

El cine ha despejado los cerebros. Con Dullin hemos conmovido doscientas veces al público popular por mediación de ANTÍGONA (la obra dura cuarenta minutos), representada a toda velocidad y sin más trama que el amor fraternal. Este público desconocía a Sófocles.

¿Cuál sería el poeta, el dramaturgo dotado de las facultades de hipnosis colectiva del fakir de las Indias? ¿Por qué os jactáis entonces de no hallaros en la zona de ilusión y de ver el truco detrás de ese telón? Es el caso de las personas que se burlan del genio porque no puede conmoverlas. Es toda la diferencia que hay entre nosotros y la cámara filmadora con su ojo de vaca. Muchos espíritus confunden ser conmovidos con ser víctimas, admirar con ser engañados. Se rebelan contra la hipnosis. Es fácil, ¡ay!, porque el poeta juega su fluido por banda y posee los medios más débiles para convencer.

Un museo sólo tiene disculpa en la medida en que atestigua actividades antiguas, en que conserva lo que queda de fosforescencia en torno a las obras, el fluido que ellas exhalan y por medio del cual llegan a vencer a la muerte.

Stendhal tiene mucha razón al escribir que una mujer subía al coche genialmente. El empleo de la palabra «genio» hiere nuestra avaricia de elogios.

Ahora bien; jamás un poeta —pintor, por ejemplo— gasta tanto genio como en ciertas farsas, en ciertas charadas, en ciertos disfraces improvisados que lo hacen sospechoso a los espíritus torpes y por medio de los cuales se expresa sin la interposición de ninguno de los cálculos ni de ninguna de las materias muertas indispensables para la duración de una obra de arte.

Es ese minuto llameante de lirismo, ese incendio, limpio de todo ese hastío que ejerce una fascinación sobre los graves imbéciles, lo que Picasso logra fijar en ciertas obras.

Uno no sale de su asombro. Si Picasso, en uno de sus ataques contra la pintura, se tirase por el balcón, el señor X.…, el genial coleccionista, diría: «¡Qué bonita mancha!», compraría la acera y haría que se la enmarcara, con un falso balcón, Z…, el marquero genial.

Picasso, pintor de crucifixiones. Sus lienzos que nacen de ataques de rabia contra la pintura (lienzo desgarrados, clavos, cuerda, hiel), en los que el pintor se crucifica, crucifica a la pintura, escupe sobre ella, da el lanzazo, y se encuentra domado, obligado fatalmente a que todo aquel destrozo acabe en una guitarra.

Mi sueño, en música, sería oír la música de las guitarras de Picasso.

(Abril, 1930). En pleno cielo azul, de pie sobre una bola como el mundo hindú descansa sobre el elefante y sobre las tortugas, mundos que son personas de carne y hueso, armazones rosadas, monstruos de soledad y de amor.

El escándalo de Parade era un escándalo de público. Procedía también de una coincidencia de la representación con la batalla de Verdún. El rótulo del diario L’Oeuvre decía: «Esperábamos una aplanadora y nos dan un ballet ruso».

El escándalo de los ESPOSOS fue un lavado de trapos sucios en familia. El público se ajustaba a la opinión ajena. El escándalo fue originado por unos artistas que consideraban la torre Eiffel, la antepasada de las máquinas, la primera palabra del modernismo, como si fuera suya, y que no soportaban el verla incorporarse al bazar encantador de la Exposición del 89.

Los escándalos de ideas no me conciernen. Sólo me ocupo de escándalos de materia. Si me preguntan sobre el escándalo de una obra de tesis no podría responder. El escándalo podría producirse en la Cámara, en la iglesia, en el tribunal, en cualquier parte.

La ausencia de escándalo en EL BUEY SOBRE EL TEJADO, en ANTÍGONA, en ROMEO, en ORFEO, se debe a un largo período en que el snob, prevenido por sus papelones, se aplaudía a sí mismo.

MERCURIO aprovechó esta disposición del público. Además, el espectáculo distraía, impedía oír la orquesta de Satie.

En vísperas de 1930, el snob, que había recobrado su cerrazón mental, se permite condenar con el silencio unas obras en las que Stravinsky consigue los más altos triunfos sobre sí mismo y sobre la música.

Puesto que el visado ministerial está en vigor para los films, nos separa un pelo de la censura.

El desastre de una censura sería terrible en nuestra época en que la juventud rotura tierras que había dejado incultas por culpa de la censura. No prejuzgo el porvenir. La censura desarma a un Proust, a un Gide, a un Radiguet, a un Desbordes. Figuraos. Se amputa la psicología. Los procesos contra autores se pierden. Se multa, se encarcela, se destierra. El eterno escándalo recomienza.

El semisueño del opio nos hace doblar pasillos y cruzar vestíbulos y empujar puertas y perdernos en un mundo en que las gentes, despertadas sobresaltadamente, sienten un miedo horrible de nosotros.

El opio debe hacernos un poco visibles a lo invisible, hacer de nosotros espectros que espantan a los espectros en su morada.

El opio es realmente eficaz una vez de cada veinte.

No confundir nunca al fumador de opio con el opiófago. Distintos fenómenos.

Después de haber fumado, el cuerpo piensa. No se trata del pensamiento confuso de Descartes.

El cuerpo piensa, el cuerpo sueña; el cuerpo se desmembra, el cuerpo vuela. El fumador, embalsamado vivo.

El fumador se observa a vuelo de pájaro.

No soy yo quien me intoxico, es mi cuerpo.

«… como ciertos radicales químicos, esencialmente inquietos en el estado de pureza, se apoderan ansiosamente de un elemento capaz de proporcionarles el reposo». JULIEN BENDA.

Mi naturaleza necesita serenidad. Una mala fuerza me impulsa a los escándalos como a un sonámbulo al tejado. La serenidad de la droga me amparaba contra esta fuerza que me obliga a sentarme en el banquillo, cuando la simple lectura de un periódico me aniquila.

No servimos más que de modelo para nuestro retrato glorioso.

Todo es cuestión de velocidad. (Velocidad inmóvil. La velocidad en sí. Opio: la velocidad de seda).[13] Después de las plantas, cuya velocidad distinta a la nuestra nos muestra sólo la inmovilidad relativa, y la velocidad de los metales, que nos muestra todavía más inmovilidad relativa, empiezan unos reinados demasiado lentos o demasiado rápidos para que podamos ni siquiera verlos, ser vistos por ellos. (EL CABO, el ángel, el ventilador). No es imposible que el cine pueda algún día filmar lo invisible, hacerlo visible, ajustarlo a nuestro ritmo, lo mismo que ajusta a nuestro ritmo la gesticulación de las flores.

El opio, que cambia nuestras velocidades, nos proporciona la intuición clarísima de mundos que se superponen, se compenetran y ni siquiera se sospechan unos de otros.

«Si Jesús, en vez de haber sido crucificado, hubiera sido lapidado, ¡qué cambio en la suerte del cristianismo!». BENDA. Mi primer testamento.

Aun saliendo de mí mismo y adoptando el punto de vista de Benda, él se equivoca. Olvida lo extraño de Cristo desnudo en las iglesias y de un aparato de tortura que correspondía a la guillotina.

El Cristo lapidado ofrecía una gran imagen; de pie, con los brazos en cruz (Cristo hecho cruz), sangrante la faz.

La mazmorra: daba origen al misterio de Cristo desaparecido. En las iglesias: Cristo arrebatado por los ángeles.

Cristo decapitado: muere por la espada (la cruz). En las iglesias: una espada en forma de cruz.

No condeno la música verbal con todo lo que entraña de disonancias, de purezas, de nuevas dulzuras. Pero una plástica del alma me atrae mucho más. Oponer una geometría viva al encanto decorativo de las frases. Tener estilo y no un estilo. Un estilo que no se deje plagiar de ningún modo. No se sabría por dónde tomarlo. Un estilo que no nazca sino de un corte mío, de un endurecimiento del pensamiento por el paso brutal desde el interior al exterior. Con esa parada atónita del toro al salir del toril. Exponer nuestros fantasmas al chorro de una fuente petrificadora, no aprender a retocar objetos ingeniosos, sino a petrificar al paso cualquier cosa informe que salga de nosotros. Hacer voluminosos algunos conceptos.

El opio permite dar forma a lo informe; impide, ¡ay!, transmitir este privilegio al prójimo. A riesgo de perder el sueño, acecharé el momento único de una desintoxicación en que esta facultad funcione todavía un poco y coincida, por descuido, con la reaparición del poder comunicativo[14].

En cuanto un poeta se despierta, es idiota. Quiero decir inteligente. «¿Dónde estoy?», pregunta, como las damas desmayadas.

Las notas de un poeta despierto no valen gran cosa. No las doy más que por lo que valen; por mi cuenta y riesgo. Una experiencia más.

Hay que curarse a todo precio de la inquietud maniática de escribir. El estilo que viene de afuera es indigno, aunque se superponga exactamente al estilo interior. El único estilo posible es el pensamiento hecho carne. Leer sumarios, y a los matemáticos, a los geómetras, a los especialistas en la rama que sea. Suprimir toda otra lectura.

Anatole France: el clásico conforme a los clásicos. El arte conforme al arte. Nunca un talento semejante fue puesto al servicio de la vulgaridad.

El pulmón es una bolsa de glóbulos. Cada glóbulo se divide en alvéolos que están en correspondencia directa con los bronquios. Un glóbulo imita el pulmón entero de una rana. La superficie interna, lisa, está tapizada por una red de capilares sanguíneos. De tal modo que sí se extendiera, planchado, el pulmón cubriría doscientos metros cuadrados. Habéis leído bien.

El humo impregna, por consiguiente, de una sola vez ciento cincuenta metros cuadrados de superficie pulmonar.

La masa sanguínea pulmonar, que no tiene más que siete milésimas de milímetro de espesor, representa un litro de sangre.

Dada la velocidad de la circulación pulmonar, puede imaginarse la masa de sangre que atraviesa el aparato respiratorio.

De aquí los efectos instantáneos del opio en el fumador. El fumador sube lentamente como un Montgolfier; lentamente se vuelve y vuelve a caer lentamente sobre una luna muerta cuya débil atracción le impide partir de nuevo.

Aunque se levante, hable, actúe, sea sociable, viva en apariencia, gestos, andar, piel, miradas, palabras, no por eso reflejan menos una vida sometida a otras leyes de palidez y de gravedad.

El viaje contrario tendrá lugar por su cuenta y riesgo. El fumador paga primero su rescate. El opio lo suelta, pero el regreso carece de encantos.

Sin embargo, al volver a su planeta, conserva una nostalgia.

La muerte separa completamente nuestras aguas pesadas de nuestras aguas ligeras. El opio las separa un poco.

El opio es la única sustancia vegetal que nos comunica el estado vegetal. Por él nos formamos idea de esa otra velocidad de las plantas.

Se puede decir: «el sol es grande, este polvo es pequeño», porque participan de nuestra escala de valores. Es insensato decir: «Dios es grande, un átomo es pequeño». Es muy raro que casi nadie viva con el sentimiento de los siglos que pasan, entre cada una de nuestras respiraciones, para los mundos creados y destruidos por nuestro cuerpo, que la idea de las tinieblas del cuerpo les oculte los fuegos que lo llenan, y que una diferencia de medidas les haga incomprensible el hecho de que esos mundos estén civilizados o muertos; en suma, que lo infinitamente pequeño sea un descubrimiento en vez de ser un instinto.

Lo mismo sucede con lo infinitamente grande (grande, pequeño, con relación a nosotros), puesto que no sentimos que nuestro cielo, nuestra luz, nuestros espacios son un punto de sombra para el ser cuyo cuerpo nos contiene y cuya vida (corta para él) se desarrolla en siglos para nosotros.

A pesar de la fe, Dios daría náuseas. La sabiduría de Moisés fue circunscribir los hombres a su pequeña vivienda.

El hombre normal. —Fumador de médula de saúco, ¿por qué vivir esta existencia? Más le valdría tirarse por el balcón.

El fumador. —Imposible; floto.

El hombre normal. —Su cuerpo llegará pronto abajo.

El fumador. —Llegaré lentamente tras él.

Es difícil vivir sin el opio después de haberlo conocido, porque es difícil, después de haber conocido el opio, tomar a la tierra en serio. Y, a menos de ser un santo, es difícil vivir sin tomar en serio a la tierra.

Después de la desintoxicación. El peor momento, el peor peligro. La salud con esa brecha y una tristeza inmensa. Los doctores os entregan lealmente al suicidio.

El opio, que aparta un poco los pliegues apretados gracias a los cuales creemos vivir largo tiempo, por minutos, por episodios, nos quita primeramente la memoria.

Resurgimiento de la memoria y del sentimiento del tiempo (aun en mí, que existen muy poco en estado normal).

El espíritu del fumador se mueve inmóvil, como el muaré.