13
Recordemos que había en la casita una galería, mitad sala de billar, mitad gabinete de trabajo, mitad comedor. Esta heteróclita galería ya lo era aunque sólo fuera por el hecho de que en realidad no lo era y a nada conducía tampoco. Una banda de alfombra de escalera atravesaba su linóleo por la derecha y se detenía en la pared. Al entrar, hacia la izquierda, podía verse una mesa de comedor bajo una especie de lámpara colgante, algunas sillas y unos biombos de panel flexible adaptándose a la forma deseada. Esos biombos aislaban este esbozo de comedor de un esbozo de gabinete de trabajo, con sofá, sillón de cuero, biblioteca giratoria, planisferio terrestre, agrupados sin estilo en torno a otra mesa, una mesa de arquitecto, sobre la cual una lámpara con reflector formaba el único foco luminoso del vestíbulo.
Mas allá de unos espacios que quedaban como vacíos a pesar de unos asientos en balancín, un billar asombroso a fuerza de soledad. De tanto en tanto, unos altos ventanales proyectaban sobre el techo unos centinelas de luz, una iluminación procedente del exterior y en vertical hacia abajo que, formando una rampa, impregnaba al conjunto con un teatral claro de luna.
Cabía esperar alguna linterna sorda, alguna ventana que cede, el sigiloso salto de algún ladrón.
Este silencio, esta rampa, recordaban la nieve, el salón antaño suspendido en el aire de la calle Montmartre, e incluso, antes de la batalla, el conjunto de la cité Monthiers reducida por la nieve a las proporciones de una galería. Era, en efecto, una soledad similar, como la espera, como las pálidas fachadas simuladas por las vidrieras.
Esta habitación parecía uno de esos extraordinarios fallos de cálculo de un arquitecto que descubre demasiado tarde el olvido de la cocina o de la escalera.
Michaël había reconstruido la casa; no había podido resolver el problema de ese callejón sin salida en el que siempre se desembocaba. Pero, en un Michaël, un error de cálculo significaba la aparición de la vida; el momento en que la máquina se humaniza y se deja alcanzar. Ese lugar muerto de una casa poco viva era el sitio en el que la vida se había refugiado al precio que fuera. Acorralada por un estilo implacable, por una jauría de hierro y de hormigón, se ocultaba en ese rincón inmenso con el aspecto de las princesas destronadas que escapan llevándose cualquier cosa con ellas.
La gente admiraba la casa; decían: «Nada superfluo. Nada más que la nada. No está mal, para ser un millonario.» Ahora bien, los amantes de Nueva York que hubieran despreciado esta habitación, no podian imaginarse (como el propio Michaël) hasta qué punto resultaba americana.
Mil veces mejor que el hierro y el mármol, representaba a la ciudad de las sectas ocultas, de las teosofías, de la Christian Science, del Ku-Klux-Klan [36], de los testamentos que imponen a la heredera misteriosas pruebas, de los clubs fúnebres, de las mesas giratorias, de los sonámbulos de Edgar Poe.
Este locutorio de manicomio, este decorado ideal para los difuntos que se materializan y anuncian su muerte a distancia, evocaba además el gusto judío por las catedrales, por las naves, por las plataformas en un piso cuarenta en el que las señoras viven en capillas góticas, tocando el órgano y haciendo arder cirios. Porque Nueva York, consume más cirios que Lourdes, que Roma, que cualquier otra ciudad santa del mundo entero.
Galería hecha para la infancia angustiada cuando no se atreve a atravesar ciertos corredores, cuando se despierta, cuando escucha crujir los muebles y girar los pomos de las puertas.
Y por este monstruoso cuarto trastero tenía Michaël una debilidad, su sonrisa, lo mejor de su espíritu. La habitación evidenciaba la existencia en él de algo anterior a su encuentro con los muchachos y que le hacía digno de ellos. Probaba lo injusto de su exclusión de la habitación, lo fatal de su boda y de su tragedia. En ella se volvía cristalino un gran misterio: ni por su riqueza, ni por su fuerza, ni por su elegancia Elisabeth se había casado con él, ni por su encanto. Se había casado con él por su muerte.
Y también era normal que los muchachos hubieran buscado la habitación por toda la casa, menos en esta galería. Vagaban entre sus dos habitaciones como almas en pena. Las noches en blanco ya no constituían ese ligero espectro que se escapa con el canto del gallo, sino un espectro inquieto y flotante. En posesión, por fin, de sus respectivas habitaciones y sin querer dar su brazo a torcer, se encerraban con rabia en ellas o se arrastraban de una a otra, con pasos hostiles, los labios apretados, con las miradas como cuchillos lanzados.
Esta galería no había dejado de embrujarles. Su llamada les asustaba un tanto, les impedía franquear su umbral. Habían notado una de sus peculiares virtudes y no la más nimia; la galería derivaba en todos los sentidos, como un navio amarrado a una única ancla.
Cuando se encontraban en cualquier otra habitación, les resultaba imposible ubicarla y, cuando entraban en ella, darse cuenta de su situación respecto a las otras habitaciones. Apenas podían orientarse gracias a un difuso ruido que les llegaba de la cocina.
Ese ruido y esas magias evocaban la infancia somnolienta en pos del funicular, los hoteles suizos en los que las ventanas caen a pico sobre el mundo, desde los que se ven los glaciares enfrente, tan cerca, tan cerca, al otro lado de la calle, como una casa de diamante.
Ahora le tocaba a Michaël conducirles donde fuera preciso, coger la caña dorada [37], marcar los límites y señalarles el lugar.
Una noche en que Paul andaba enfurruñado y Elisabeth quería impedirle dormir, se largó dando portazos y se refugió en la galería.
No era un gran observador. Pero recibía los efluvios bruscamente, los almacenaba y los orquestaba rápidamente para su propio uso.
Apenas llegado a esta hilera misteriosa de planos alternativos de sombra y de luz, apenas había avanzado por entre los decorados de este desierto estudio, se transformó en un gato prudente al que no se le escapa ningún detalle. Sus ojos relucían. Se detenía, daba la vuelta, husmeaba, incapaz de relacionar una habitación de esa casa con la cité Monthiers, un silencio nocturno con la nieve, pero recuperando a través de ella y en profundidad las experiencias de una vida anterior.
Inspeccionó el gabinete de trabajo, volvió a levantarse, anduvo yendo y viniendo y enrolló los biombos de manera que aislaran un sillón, se tumbó en él, con los pies en una silla; luego, con el espíritu sereno, intentó irse. Pero el decorado se iba, abandonando a su personaje.
Sufría. Sufría por orgullo. Su desquite con el doble de Dargelos era un lamentable fracaso. Agathe le dominaba. Y, en vez de comprender que él la amaba, que ella le dominaba con su dulzura, que le interesaba dejarse vencer, se engallaba, se encrespaba, se rebelaba contra esa diabólica fatalidad que tomaba por su demonio.
Para vaciar una tina en otra mediante un tubo de caucho, basta con comenzar.
Al día siguiente Paul se organizó, construyéndose una cabaña como en Las Vacaciones de Mme. de Sègur [38]. Con los biombos combinó una puerta. Este recinto, abierto hacia lo alto y cómplice de la sobrenatural existencia del lugar, se pobló de desorden. Paul traía a él el busto de escayola, el tesoro, los libros, las cajas vacías. La ropa sucia se amontonaba. Un enorme espejo se enfrentaba con las perspectivas. Una cama de campaña reemplazaba al sillón. La tela de algodón cubrió la pantalla.
Anunciándose al principio con algunas visitas, Elisabeth, Agathe y Gérard, incapaces de vivir lejos de este excitante paisaje de muebles, emigraron tras los pasos de Paul.
Volvían a la vida. Montaron el campamento. Aprovecharon los manchones de luna y de oscuridad.
Al cabo de una semana, unos termos reemplazaban al café Charles y los biombos no formaban sino una única habitación, isla desierta rodeada de linóleo.
Desde el malestar creado con las dos habitaciones, sintiéndose de más y atribuyendo a la pérdida de su ambiente el malhumor de Paul y de Elisabeth (malhumor sin ninguna facundia), Agathe y Gérard salían a menudo juntos. Su profunda amistad era como la de los enfermos que padecen el mismo mal. Como Gérard a Elisabeth, Agathe situaba a Paul muy por encima de lo terreno. Ambos amaban, no se quejaban y nunca se hubieran atrevido a formular su amor. Desde abajo, con la cabeza erguida, adoraban a los ídolos; Agathe al muchacho de nieve, Gérard a la virgen de hierro [39].
Jamás se les hubiera ocurrido creer a ninguno de los dos que pudieran obtener, a cambio de su fervor, algo más que benevolencia. Encontraban admirable que se les tolerara, temblando con la idea de entorpecer el sueño fraterno y alejándose cuando se creían de más, por delicadeza.
Elisabeth olvidaba sus coches. El conductor se los recordaba. Una noche en que había llevado a Gérard y a Agathe a dar un paseo, Paul, que se había quedado solo, prisionero de su actitud, descubrió su amor.
Mientras miraba hasta el vértigo el falso retrato de Agathe, este descubrimiento le dejó de piedra. Le saltó a la vista. Se parecía a esas personas que, al observar las letras de un monograma, ya no pueden distinguir las líneas insignificantes que esas letras parecen a primera vista entrelazar.
Los biombos, como un camerino de actriz, lucían las revistas desgarradas de la calle Montmartre. Semejantes a las marismas chinas en las que los lotus se abren al amanecer con un inmenso ruido de besos, abrieron repentinamente los rostros de sus asesinos y de sus actrices. El tipo de Paul [40] surgía, multiplicado por un palacio de espejos. Comenzaba siendo Dargelos, se afirmaba a través de las más nimias muchachas escogidas en la penumbra, conciliaba las cabezas de los ligeros tabiques, se purificaba con Agathe. ¡Cuántos preparativos, esbozos, retoques antes del amor! Él, que se creía víctima de una coincidencia entre la muchacha y el colegial, comprendió hasta qué punto el destino prepara sus armas, su lentitud en apuntar y en atinar en el corazón.
Y el gusto secreto de Paul, su gusto por un tipo especial, no había representado en ello papel alguno, puesto que el destino, entre mil muchachas, había hecho de Agathe la compañera de Elisabeth. Era preciso, por consiguiente, remontarse hasta aquel suicidio por gas para buscar a los responsables.
Paul quedó maravillado por este descubrimiento y sin duda su sorpresa habría sido ilimitada, si su repentina clarividencia no se hubiera limitado a su amor. Se hubiera podido dar cuenta, entonces, de cómo trabaja el destino, imitando lentamente el vaivén de las encajeras, acribillándonos con sus agujas y manteniéndonos en su regazo, como su propio cojín.
Desde esta habitación tan poco apta para organizarse, para equilibrarse, Paul soñaba su amor y no lo relacionó con Agathe al principio a partir de ninguna perspectiva terrena. Se exaltaba en soledad. Bruscamente, vio en el espejo su rostro sereno y se avergonzó de la cara ceñuda con que su estupidez lo había transformado. Había querido contestar al daño haciendo daño. Ahora bien, su mal se transformaba en un bien. Iba a devolver bien por bien lo más rápidamente posible. ¿Sería capaz de ello? Amaba; eso no significaba que ese amor fuera recíproco y que nunca pudiera serlo.
A cien leguas de imaginarse inspirando respeto, acababa incluso de interpretar el respeto de Agathe como aversión. El sufrimiento que esta idea le causaba ya no ofrecía ninguna relación con el sufrimiento sordo que él creía procedente de su orgullo. Le invadía, le hostigaba, exigía una respuesta. Nada tenía de estático; era preciso obrar, buscar qué era lo más conveniente hacer. Nunca se atrevería a hablar. Por lo demás, ¿dónde hacerlo? Los ritos de la común religión, sus cismas, dificultaban cualquier intriga y su confuso modo de vida tenía tan poco que ver con ciertas cosas especiales dichas en ciertas fechas especiales que se arriesgaba a hablar sin que sus palabras fueran tomadas en serio.
Se le ocurrió escribir. Una piedra caída acababa de ondular la superficie encalmada; una segunda piedra tendría otras consecuencias que no podía prever pero que decidirían en su lugar. Esta carta (por sistema neumático) [41] sería la presa del azar. O bien caería en mitad del grupo, o bien con Agathe sola y obraría en consecuencia.
Disimularía su ansiedad, fingiría uno de sus enfurruñamientos hasta el día siguiente, lo aprovecharía para escribir y para no mostrarles su rostro enrojecido.
Esta táctica irritó a Elisabeth y desmoralizó a la pobre Agathe. Creyó que Paul le había tomado ojeriza y la evitaba. Al día siguiente se declaró enferma [42], se acostó y cenó en su habitación.
Tras una cena lúgubre cara a cara con Gérard, Elisabeth le envió con Paul, le suplicó que intentara entrar, que le sonsacara[43], que le contara lo que tenía contra ellos, mientras que ella cuidaría del resfriado de Agathe.
La encontró llorando, tumbada boca abajo, con su cara contra el almohadón. Elisabeth estaba pálida. El malestar de la casa despertaba en ella ciertos estratos dormidos de su alma. Olfateaba un misterio y se preguntaba qué era. Su curiosidad ya no conocía límites. Mimó a la infeliz, la meció, la confesó.
—Le amo, le adoro, y él me desprecia —sollozaba Agathe.
Así que era cosa de amores. Elisabeth sonrió:
—Mira qué cabeza loca —exclamó, entendiendo que Agathe hablaba de Gérard—; me gustaría saber con qué derecho se atreve a despreciarte. ¿Acaso te lo ha dicho? ¡No! ¿Entonces qué? ¡Qué suerte tiene, este imbécil! Si tú le amas, debe casarse contigo, tienes que casarte con él.
Agathe se deshacía en lágrimas, tranquilizada, anestesiada por la simplicidad de esta hermana, por el inconcebible desenlace que Elisabeth proponía en vez de burlarse de ella.
—Lise... —murmuraba, apoyada en el hombro de la viudita—, Lise, eres buena, eres tan buena... pero él no me ama.
—¿Estás segura de lo que dices?
—Es imposible...
—Ya sabes que Gérard es muy tímido:..
Y continuaba meciéndola, mimándola, con el hombro inundado de lágrimas, cuando Agathe se enderezó:
—Pero... Lise..., no se trataba de Gérard. ¡Estoy hablando de Paul!
Elisabeth se enderezó. Agathe tartamudeaba:
—Perdona..., perdóname...
Elisabeth, con su mirada fija, con las manos abandonadas, se sentía naufragar, firme como en la habitación de la enferma, y de la misma manera que había visto cómo antaño una muerta que no era su madre había tomado su lugar, miraba a Agathe, y en vez de esta chiquilla deshecha en llanto veía a una sombría Athalie, a una ladrona que se había introducido en la casa.
Quería saberlo todo; se dominó. Vino a sentarse en el canto de la cama.
—¡Paul! Estoy confusa... Nunca me lo hubiera imaginado...
Adoptaba un tono amable.
—¡Sí que es una buena sorpresa! Es tan extravagante. La deja a una de piedra. Cuenta, cuenta deprisa.
Y de nuevo enlazaba, mecía, atrapaba las confidencias, alumbraba con argucias ese rebaño de oscuros sentimientos.
Agathe secaba sus lágrimas, se sonaba, se dejaba mecer, convencer. Vaciaba su corazón y se entregaba con Elisabeth a confesiones que nunca se hubiera atrevido a formularse a sí misma.
Elisabeth escuchaba la descripción de este humilde, de este sublime amor, y la pequeña que hablaba recostada en el cuello y el hombro de la hermana de Paul se habría quedado estupefacta si hubiera visto, por encima de la mano que maquinalmente le acariciaba los cabellos, un rostro de juez inexorable.
Elisabeth se levantó de la cama. Sonreía:
—Escucha —dijo—, descansa, tranquilízate. Es muy simple, voy a comentarlo con Paul.
Agathe se enderezó, aterrorizada.
—¡No, no, que no se entere de nada! ¡Te lo ordeno! Lise, Lise, no se lo cuentes...
—Deja, querida. Tú amas a Paul. Si Paul te ama, todo es perfecto. No te voy a traicionar, quédate tranquila. Se lo preguntaré sin que parezca que lo hago y así sabré. Ten confianza, duerme; no salgas de tu habitación.
Elisabeth descendió los peldaños. Llevaba un albornoz atado en la cintura con una corbata. El albornoz colgaba y le molestaba. Pero bajaba maquinalmente, poseída por un mecanismo del que ella no escuchaba sino su ruido. Ese mecanismo la dirigía, impedía que sus sandalias pisaran el borde del albornoz, la hacía girar hacia la izquierda o la derecha, la llevaba a abrir, a cerrar las puertas. Se sentía como una autómata, fabricada para llevar a cabo cierto número de actos y que debía cumplirlos a menos que se rompiera antes. Su corazón latía a hachazos, sus oídos campanilleaban, ninguno de sus pensamientos tenía que ver con ese paso activo. Pasos semejantes pueden ser escuchados en sueños, pasos pesados, que se acercan y que piensan, que proporcionan un andar más ligero que el vuelo, que combinan ese peso de estatua con la soltura de los nadadores al sumergirse bajo el agua tras saltar.
Elisabeth, pesada, ligera, volátil, como si su albornoz hubiera rodeado sus tobillos de ese hervor con el que los primitivos señalaban a los personajes sobrenaturales, seguía por los corredores, con el vacío en su cabeza. Esta cabeza tan sólo abrigaba un rumor indefinible y su pecho nada más que los regulares golpes del leñador.
A partir de entonces, la muchacha ya no iba a detenerse. El genio de la habitación venía a ocupar su lugar, se convertía en su doble como cualquier genio, apoderándose de un hombre de negocios, le dicta las órdenes que impiden su quiebra, de un marino los gestos que salvan el navio, de un criminal las palabras que forman una coartada.
Su andar la condujo ante la escalera que conducía a la sala desierta. Gérard salía de ella.
—Iba a verte —dijo—. Paul está raro. Quería que fuera a buscarte. ¿Cómo está la enferma?
—Tiene jaqueca, pide que la dejemos dormir.
—Yo subía ahora a su habitación...
—No subas. Está descansando. Vete a la mía. Espérame en mi habitación mientras veo a Paul.
Segura de la obediencia pasiva de Gérard, Elisabeth entró. La antigua Elisabeth despertó por un momento, contempló los juegos irreales de la falsa luna, de la falsa nieve, el linóleo que espejeaba, los muebles perdidos que en él se reflejaban y, en el centro, la ciudad china, el recinto sagrado, las altas murallas flexibles que guardaban la habitación.
Las rodeó, separó una hoja del biombo y encontró a Paul sentado en el suelo, con el busto y la nuca sobre sus mantas; estaba llorando. Sus lágrimas ya no eran aquellas que derramaba por la amistad destruida y tampoco se parecían a las lágrimas de Agathe. Se formaban entre las pestañas, crecían, desbordaban y se derramaban a largos intervalos, alcanzando tras un rodeo la boca entreabierta en donde se detenían y desde donde volvían a caer como otras nuevas lágrimas.
Paul esperaba un resultado violento de su carta. Agathe no podía dejar de haberla recibido. Esa estratagema fallida, esta espera le mataban. Las promesas de prudencia, de silencio que se había hecho a sí mismo, le abandonaron. Quería saber, a cualquier precio. La incertidumbre se le hacía insoportable. Elisabeth acababa de salir de la habitación de Agathe; la interrogó.
—¿Qué carta?
Si no hubiera dispuesto Elisabeth más que de sus propios recursos, sin duda habría comenzado una discusión y los insultos la habrían hecho derivar rápidamente, alertando a Paul. Éste se habría callado, habría contestado, gritado más alto. Pero ante un tribunal, ante ese tierno tribunal, él confesó. Confesó lo que había descubierto en su interior, su torpeza, su carta, y suplicó a su hermana que le dijera si Agathe le rechazaba.
Estos golpes sucesivos no provocaban en la autómata sino la puesta en marcha de resortes que modificaban su comportamiento. Elisabeth se espantó ante la idea de esa carta. ¿Agathe la conocía y se había burlado de ella? ¿Había podido olvidarse de abrir una carta neumática y, al reconocer la letra, estaba abriéndola en este instante? ¿Iba a aparecer de un momento a otro?
—Un momento —dijo—, querido. Espérame, tengo cosas serias que contarte. Agathe no me ha hablado de tu carta. Una carta neumática no desaparece en el aire. Es preciso encontrarla. Vuelvo con ella; regreso en un instante.
Salió y, recordando las quejas de Agathe, se preguntó si el neumático no se habría quedado en el vestíbulo. Nadie había salido. Gérard nunca miraba las cartas. Si lo habían dejado abajo, era posible que todavía estuviera allí.
Allí estaba. El sobre amarillo arrugado, curvado, imitaba una hoja muerta, colocada sobre una bandeja.
Encendió la luz. Era la letra de Paul, una escritura gruesa de mal alumno, pero el sobre también le estaba dirigido. ¡Paul escribía a Paul! Elisabeth rasgó el sobre.
Esta casa ignoraba lo que era el papel para correspondencia; escribían en cualquier cosa. Abrió una hoja cuadriculada, un papel de anónimo.
Agathe, no te enfades, te amo. Yo era un idiota. Creía que tú querías hacerme daño. He descubierto que te amo y que si tú no me amas, me moriré. Te pido de rodillas que me contestes. Estoy sufriendo. No pienso moverme de la galería.
Elisabeth sacó un poco su lengua, se encogió de hombros. Siendo la misma dirección, Paul, trastornado, apresurado, había escrito su propio nombre en el sobre. Ya sabía ella cómo hacía las cosas. Nunca cambiaría.
Suponiendo que la carta, en vez de vegetar en el vestíbulo, hubiera vuelto, como un aro, a manos de Paul, se habría desalentado por esta devolución hasta el punto de romper la cuartilla y perder cualquier esperanza. Ella le evitaría las desagradables consecuencias de su distracción.
Fue hasta el lavabo del vestidor, rompió la carta e hizo desaparecer sus restos.
De regreso al lado del infeliz, le contó que volvía de la habitación de Agathe, que Agathe dormía y que la carta se encontraba encima de la cómoda: un sobre amarillo del que sobresalía una cuartilla de papel de cocina. Había reconocido el sobre por un paquete de sobres semejantes que había encima de la mesa de Paul.
—¿No te había dicho nada antes?
—No. Preferiría incluso que no se enterara nunca de que yo lo he visto. Y, sobre todo, no hay ni que mencionárselo siquiera. Contestaría que no sabe de qué estamos hablando.
Paul no había imaginado desenlace alguno para la carta. Su deseo le hacía inclinarse por ciertas perspectivas de éxito. No esperaba este abismo, este vacío. Sus lágrimas manaban en su rostro erguido. Elisabeth consolaba, entraba en detalles acerca de una escena en la que la pequeña le habría confiado el amor que Gérard le inspiraba, el amor de Gérard, sus proyectos de boda.
—Es extraño —insistía—, que Gérard no te haya hablado de ello. Yo le intimido, le hipnotizo. Contigo, es distinto. Ha debido suponer que te burlarías de ellos.
Paul callaba, bebía la amargura de esta revelación inconcebible. Elisabeth desarrollaba su argumento. ¡Paul estaba loco! Agathe era una chiquilla simple y Gérard un buen muchacho. Estaban hechos el uno para la otra. El tío de Gérard se hacía viejo. Gérard sería rico, libre, se casaría con Agathe y formaría una familia burguesa. Ningún obstáculo se presentaba ante su suerte. Sería atroz, criminal, sí, criminal, atravesarse en su camino, suscitar un drama, trastornar a Agathe, desesperar a Gérard, envenenar su futuro. Paul no podía hacerlo. Se comportaba dominado por un capricho. Ya reflexionaría, comprendería que un capricho no puede interponerse frente a un amor compartido.
Durante una hora ella habló, habló, defendió la causa justa. Se exaltaba, se comprometía con su argumentación. Sollozaba. Paul bajaba la cabeza, admitía, se abandonaba en sus manos. Prometió que se callaría y que pondría buena cara a la joven pareja cuando le dieran la noticia. El silencio de Agathe respecto a la carta probaba su decisión de olvidar, de considerar la carta como un capricho, de no guardarle rencor. Pero, tras esta carta, podría subsistir una situación embarazosa que Gérard se sorprendería al notar. El anuncio del compromiso arreglaría las cosas, distraería a la pareja, luego un viaje de novios acabaría definitivamente con esta molesta situación.
Elisabeth secó las lágrimas de Paul, le abrazó, le arrebujó y acabó por irse del recinto. Debía continuar su tarea. Su instinto sabía que los asesinos golpean sin parar, que no pueden detenerse a tomar aliento. Como una araña nocturna, continuaba su camino, tejiendo su hilo, constelando su trampa en todas las direcciones de la noche, pesada, ligera, infatigable.
Encontró, a Gérard en su habitación. Se aburría esperando:
—Bueno ¿qué? —exclamó.
Elisabeth le regañó.
—Nunca perderás tu costumbre de dar gritos. No puedes hablar sin gritar. Pues bien, Paul está enfermo. Es demasiado tonto para darse cuenta él solito. Basta con mirar sus ojos, su lengua. Tiene fiebre. El médico nos dirá si es una gripe o una recaída. Yo le ordeno que se quede acostado y que no te vea. Tú dormirás en su habitación.
—No, yo me largo.
—Quédate. Tengo algo que decirte.
Elisabeth tenía un tono severo. Le hizo sentarse, anduvo arriba y abajo por la habitación y le preguntó qué pensaba hacer respecto a Agathe.
—¿Hacer, por qué? —preguntó.
—¿Cómo que por qué? —y, con un tono seco, imperioso, le preguntó si se burlaba de ella y si acaso no sabía que Agathe le amaba, que esperaba una petición de mano, que no se explicaba su silencio.
Gérard abría unos ojos estúpidos. Los brazos le colgaban.
—Agathe... —balbuceaba— Agathe...
—¡Sí, Agathe! —pronunció ardientemente Elisabeth.
Había estado demasiado ciego, en conclusión. Sus paseos con Agathe hubieran debido sacarle de dudas. Y, poco a poco, ella transformaba las confianzas de la muchacha en amor, fechaba, probaba, hacía vacilar a Gérard con un sinfín de pruebas. Añadió que Agathe sufría, que se imaginaba que él amaba a Elisabeth, lo que resultaría cómico, además de que, de todos modos, su propia fortuna, de ella, de Elisabeth, lo haría imposible.
Gérard deseó que la tierra se abriera bajo sus pies. Lo vulgar de este reproche estaba tan alejado del estilo de Elisabeth, tan inconsciente de los problemas pecuniarios, que se sentía atrozmente perturbado. Ella se aprovechó de esta turbación para rematarle y, dándole grandes golpes en su cabeza, le conminó a no seguir mirándola con ojos lánguidos, a casarse con Agathe y a no dar a conocer nunca su papel de pacificadora. Tan sólo la ceguera de Gérard la obligaba a representar este papel y, ni por todo el oro del mundo, podría soportar que Agathe pudiera creer que le debía a ella su felicidad.
—Venga —concluyó—, así está bien hecho. Acuéstate, yo voy con Agathe a anunciarle la buena nueva. Tú la amas. La manía de grandezas te embriagaba. Despierta. Felicítate. Abrázame y confiesa que eres el hombre más feliz del mundo.
Gérard, boquiabierto, manejado, confesó lo que le ordenaba la muchacha. Ella le encerró y, continuando con su tela de araña, subió con Agathe.
De entre todas las víctimas de un asesinato, ocurre que sea una muchacha la que mayor resistencia ofrezca.
Agathe se tambaleaba bajo los golpes y no cedía. Al final, aniquilada por el cansancio, tras una pelea exacerbada en la que Elisabeth le explicaba que Paul era incapaz de amar, que no la amaba porque no amaba a nadie, que se estaba destruyendo a sí mismo y que ese monstruo de egoísmo sería la perdición de cualquier mujer crédula; que, por otra parte, Gérard era un espíritu escogido, decente, enamorado, capaz de asegurar su futuro, la muchacha acabó por reprimir la opresión que la hacía aferrarse a su sueño. Elisabeth la veía colgar fuera de las sábanas, con sus mechones pegados, con su rostro boca arriba, una mano en su herida, la otra caída por el suelo como un guijarro.
La levantó, la empolvó, le juró que Paul no sabía nada de sus confesiones y que bastaba con que Agathe le anunciara alegremente su boda con Gérard para que jamás fuera a sospechar lo más mínimo de todo ello.
—Gracias..., gracias..., qué buena eres... —hipaba la desdichada.
—No me lo agradezcas, duerme —dijo Elisabeth—; y salió de la habitación.
Se detuvo un instante. Se sentía tranquila, inhumana, liberada de un peso. Iba a llegar al final de la escalera cuando su corazón volvió a latir. Oía algo. Y, al levantar un pie, vio a Paul que se acercaba.
Su largo vestido blanco iluminaba la penumbra. Inmediatamente se dio cuenta Elisabeth de que caminaba presa de una de aquellas pequeñas crisis de sonambulismo frecuentes en la calle Montmartre, siempre causadas por un disgusto. Ella se apoyaba en el pasamanos, manteniendo el pie en el aire, sin atreverse a hacer el más mínimo movimiento, por miedo a que Paul se despertara, le hiciera preguntas acerca de Agathe. Pero él no la veía. Su mirada se posaba tanto en esta mujer suspendida en el aire como sobre cualquier lámpara; miraba la escalera. Elisabeth temía el tumulto de su corazón, al leñador que golpeaba y debía hacerse oír.
Tras un breve alto, Paul regresó allí de donde venía. Ella posó su pie entumecido, escuchó cómo se alejaba hacia la placidez. Luego, alcanzó su habitación.
La habitación de al lado estaba en silencio. ¿Dormía Gérard? Se mantuvo erguida frente al tocador. El espejo la intrigaba. Bajó la mirada y lavó sus pavorosas manos.