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La herencia, las firmas, las reuniones con los administradores, los crespones y las fatigas agobiaban a la joven que no conocía del matrimonio más que los formalismos legales. El tío y el médico, cuyo dinero ya no era necesario, sí que lo eran ellos mismos. Tampoco de esta manera cosecharon una mayor gratitud. Elisabeth descargaba sobre ellos todas sus obligaciones.

De acuerdo con los administradores, inventariaban, hacían balances, liquidaban sumas que sólo eran cifras y abrumaban a la imaginación.

Ya hemos mencionado cierta aptitud para la riqueza gracias a la cual nada podía aumentar la riqueza natural de Paul y de Elisabeth. La herencia constituyó una buena prueba de ello. La sacudida del drama les cambió mucho más. Querían a Michaël. La asombrosa aventura de la boda y de su muerte proyectó a este poco secreto ser hacia el espacio secreto. La bufanda viva, al estrangularle, le había abierto la puerta de la habitación. Sin eso, nunca hubiera entrado en ella.

En la calle Montmartre, la realización del proyecto de soledad que Paul acariciaba en la época en que su hermana y él se tiraban de los pelos se hizo insostenible al irse Agathe. Este proyecto tenía sentido en la época de su gula egoísta; perdía cualquier significado al agravar la edad sus deseos.

Aunque esos deseos carecieran de forma definida, Paul descubrió que la soledad ansiada no le procuraba ningún beneficio y, en cambio, ahondaba en él un horrible vacío. Aprovechó su marasmo y aceptó irse a vivir con su hermana.

Elisabeth le dio la habitación de Michaël, separada de la suya por un enorme cuarto de baño. Los criados, tres mulatos a las órdenes de un mayordomo negro, quisieron regresar a América. Mariette contrató a una compatriota. El chófer se quedaba.

Apenas instalado Paul, reformaron el dormitorio.

Agathe tenía miedo, arriba, sola... Paul dormía mal en una cama con dosel... El tío de Gérard solía visitar las fábricas de Alemania... En suma, Agathe dormía en la cama de Elisabeth, Paul arrastraba su ropa de cama y construía su refugio en el sofá, Gérard se amontonaba sus chales.

Es en esta habitación abstracta, capaz de ser recreada en cualquier lugar, donde Michaël vivía desde la catástrofe. ¡La virgen sagrada! Gérard tenía razón. Ni él, ni Michaël, ni nadie en el mundo poseerían a Elisabeth. El amor le revelaba ese círculo incomprensible que la aislaba del amor y cuya transgresión costaba la vida. E incluso admitiendo que Michaël hubiera poseído a la virgen, nunca habría poseído el templo en el que sólo gracias a su propia muerte él vivía.