CAPITULO X

 

A través de la ventana, y con la respiración contenida, Carrol Tracy vio avanzar a Alan Dexter hacia el cobertizo de los infortunados perros.

Protégelo, Dios mío musitó, cerrando un instante los ojos.

Justo cuando los abría de nuevo, llegaban el profesor Nicholson, el doctor Wiler, Buddy Hobson y Dorothy Evans.

¿Dónde está Dexter? preguntó el jefe de la base.

Ha salido en busca de Oliver respondió Carrol.

¿Qué? exclamó Walter Nicholson.

¡Es una locura! opinó Shaw Wiler.

¡El monstruo lo matará! dijo la pelirroja Dorothy.

Se lo dije, pero no me hizo caso contestó Carrol, mirando de nuevo por la ventana. Los demás miraron también.

Alan Dexter ya no se veía.

Había alcanzado el cobertizo y lo estaba rodeando.

¡Voy a salir también! dijo Buddy Hobson.

¡Coja un lanzallamas, Hobson! indicó Nicholson.

¡Pensaba hacerlo, profesor!

Alan lleva el otro hizo saber Carrol.

Esperemos que eso frene al monstruo murmuró el doctor Wiler.

Al mismo tiempo que Buddy Hobson se equipaba y se colocaba el otro lanzallamas, Alan Dexter descubría el cadáver de Oliver Cort detrás del cobertizo.

Oh, Dios exclamó, casi sin voz, porque el espectáculo no podía ser más horrendo. La bestia antártica se había ensañado cruelmente con su cuarta víctima, ya que,

después de destrozarle el antebrazo derecho, ambos muslos, y la garganta, causándole la muerte, le desgarró la ropa y lo dejó prácticamente desnudo.

Entonces, destrozó su amplio y musculoso pecho, su estómago, su vientre, y hasta sus órganos masculinos, causando la carnicería más estremecedora que se pueda imaginar.

Y es que el monstruo estaba rabioso por la guerra que Oliver le había dado. Rabioso... y dolorido, porque el culatazo en plena boca le había hecho sufrir terriblemente, y también le hizo daño con su segundo culatazo, al pillarle los dedos de su mano izquierda.

Luego, cuando le saltó a la espalda y le cercó el cuello, con intención de estrangularlo, la furia del monstruo aumentó, porque le costó mucho librarse del bravo Oliver.

Por todo ello, la bestia de los hielos no se conformó con dar muerte a su cuarta víctima y la descuartizó horriblemente, cosa que no había hecho con las otras tres víctimas.

Alan Dexter tenía el estómago fuerte, pero no sabía si podría resistir lo que sus ojos estaban viendo, porque era demasiado horroroso y sentía unas náuseas terribles.

Sin embargo, hizo un esfuerzo por sobreponerse. No podía darle esa ventaja al monstruo.

Alan no lo veía por ninguna parte, pero sospechaba que andaba cerca. Acechando.

Esperando el momento de saltar sobre él y desgarrarle el cuello de un solo zarpazo. Era así de traicionero.