CAPITULO IX
Alan Dexter seguía teniendo entre sus brazos a Carrol Tracy, cuya boca besaba con avidez, complaciéndole que también los labios de la muchacha se mostrasen muy activos.
Cuando se tomaron un respiro, Alan la miró a los ojos y preguntó:
—¿Ya no estás enfadada conmigo, Carrol?
—Un poco, todavía.
—¿Qué es lo que aún no me has perdonado?
—Que te dejaras tentar por la zorra de Dorothy.
—Si hubieras visto cómo me resistí.
—Pero finalmente caíste.
—No volverá a suceder, te lo prometo.
—No estoy muy segura. Sé que Dorothy recurrirá a todo, con tal de recuperarte. Y los hombres sois tan débiles, cuando de luchar contra los encantos de una mujer se trata.
Dexter la apretó contra sí.
—Los únicos encantos que a mí me interesan, son los tuyos.
—¿Estás seguro?
—¿Cómo puedes dudarlo?
—Bueno, te has limitado a besarme y abrazarme.
—¿Qué quieres decir?
—Pues, que voy a tener que hacer lo mismo que esa desvergonzada de Dorothy. Levantarme el jersey, para que me acaricies.
Dexter rió.
—Tú no necesitas tentarme mostrándome tus pechos, Carrol. Toda tu persona, aun vestida, es una tentación para mí. Si no he intentado acariciarte, es porque temía que lo interpretaras mal. Comprende que, después de la discusión que tuvimos, y de todo lo que me llamaste...
—Perdóname, Alan —rogó la joven—. Estaba tan furiosa que no sabía lo que decía ni lo que hacía.
—Está olvidado, no te preocupes. Aunque me siguen doliendo las espinillas y tengo varios chichones en la cabeza.
Ahora fue Carrol la que rió.
—¿De veras?
—Tócame y lo comprenderás. Carrol le palpó la cabeza.
—Te compensaré por cada chichón, te lo prometo.
—¿Cómo?
—Con un beso.
—¿Dónde? —preguntó Alan, deslizándole ya las manos por debajo del jersey.
—Donde tú desees dármelos —respondió Carrol, con picara sonrisa.
Alan la empujó con suavidad y la hizo caer sobre la cama, tendiéndose él junto a ella. La besó en los labios, mientras le levantaba el jersey, hasta dejarla con los senos al aire.