Oliver se agachó con rapidez y la poderosa mano de la bestia sólo desgarró la fría atmósfera del continente antártico.

Oliver contraatacó con celeridad, consciente de que sólo así lograría sorprender al espeluznante ser.

Y lo consiguió.

Había agarrado su rifle por el cañón, con las dos manos.

Y, con toda la fuerza de que era capaz, proyectó la culata del arma hacia la horrible cara del monstruo, alcanzándole de lleno en su bocaza.

Mucho daño debió hacerle, porque la bestia antártica rugió de un modo distinto y se llevó ambas manos a la cara.

Duele, ¿eh? dijo Oliver, y le atizó un segundo culatazo al monstruo, pillándole los dedos de su mano izquierda.

También debió de hacerle daño, porque el ser rugió de nuevo, de la misma forma que antes, y retiró ambas manos de su rostro.

Oliver pudo ver entonces que el monstruo sangraba por la boca. Tenía los labios partidos.

Se fijó también en sus ojos.

¡Se habían convertido en dos auténticas bolas de fuego!

Era la furia de la bestia, que le salía por sus horribles órganos visuales.

Oliver siguió sin dejarse impresionar y le atacó nuevamente con la culata de su rifle, buscándole ahora sus encendidos ojos. Si conseguía dejar tuerto al monstruo, le sería más fácil derrotarle y acabar con él.

Desgraciadamente, el ser movió velozmente su garra derecha y atrapó el arma antes de que la culata se estrellase de nuevo en su cara, arrebatándosela de un tirón a Oliver.

Este dio un salto hacia atrás.

¡Maldito! barbotó.

La bestia partió el rifle en dos, como si partiera un barquillo, y arrojó ambos pedazos muy lejos, lanzando un rugido ai propio tiempo.

Después, saltó sobre Oliver.

Este se arrojó al suelo, por su izquierda, y consiguió burlar al monstruo, que cayó sobre el hielo.

Al verlo así, echado de bruces, Oliver gritó:

¡Ya eres mío, engendro del demonio!

Se lanzó sobre la espalda del monstruo y le cercó el cuello con su brazo derecho. Empezó a apretar.

Con todas sus fuerzas.

El monstruo dio un rugido de cólera y se irguió de un salto. Oliver no lo soltó.

Siguió montado a su espalda, y para que la bestia no pudiera quitárselo de encima, le rodeó la cintura con sus piernas.

¡No te será fácil librarte de mí, monstruo de los infiernos! dijo, apretándole más y más el cuello.

El gigantesco ser levantó los brazos y echó las manos hacia atrás, buscando la cabeza de Oliver, pero no pudo atraparlo. Luego, rabioso, intentó arrancar de su cuello el brazo del