CAPITULO XI
Trevor Borex tenía cuarenta y cinco años de edad, era de estatura media y complexión delgada. Se estaba dando una ducha, antes de meterse en la cama, porque necesitaba relajarse.
El día no había podido ser más nefasto.
Primero, la noticia del suicidio de Marion Tracy, la prometida de Robert Sullivan, justo una semana antes de la boda. Después, la muerte de David Owens, cosido a cuchilladas por Jennifer, su mujer, en un terrible ataque de cólera.
Trevor no entendía ni lo uno ni lo otro, y le dolía la cabeza, de tanto pensar en ello. Si su jaqueca no desaparecía con la relajante ducha, tendría que tomarse una aspirina, o no podría conciliar el sueño.
Agatha, su mujer, también pensaba en Marion Tracy y David Owens.
Se había acostado ya.
Contaba treinta y nueve años de edad, y no podía decirse que fuera una mujer guapa. Ni siquiera atractiva, porque tenía los ojos pequeños, la nariz demasiado larga, y los labios muy delgados.
También su cuerpo tenía bastante que desear, y ella lo sabía.
No era una mujer bien formada.
Nunca lo había sido, ni siquiera a los veinte años, así que menos podía serlo ahora, cuando estaba a punto de cumplir los cuarenta.
Desde que había sabido lo de David Owens, Agatha no paraba de preguntarse si también su marido la estaría engañando. Ella pensaba que no, pero tampoco hubiera sospechado que David Owens mantenía relaciones íntimas con Susie Caswell, la secretaria de Robert Sullivan, y sin embargo...
¿Cómo podría saber si Trevor le era fiel o no?
—Yo te lo diré, Agatha.
La esposa de Trevor Borex respingó en la cama.
—¿Quién es...? ¿Quién habla...? —exclamó, irguiendo el torso con brusquedad.
En el dormitorio, no había nadie.
Sin embargo, la voz de mujer había sonado claramente en él.
Y volvió a escucharse:
—Levántate de la cama, Agatha.
—¡No!
—¿Quieres saber si tu marido te engaña o no?
—Sí, pero...
—Entonces, obedéceme. Te prometo que lo averiguarás.
Agatha, muy asustada, no se movió de la cama.
—¿Por qué no puedo verte? ¿Dónde estás? Sólo oigo tu voz...
—No tengas miedo, Agatha. Soy una mujer. Quiero ayudarte.
—Pero...
—Por favor, haz lo que te digo.
Agatha se levantó de la cama.
Llevaba un camisón largo, muy bonito y muy caro, pero ni así estaba deseable.
Y es que, aunque la mona se vista de seda...
—Entra en el baño, Agatha —indicó la misteriosa voz.
La esposa de Trevor Borex caminó hacia allí.
No sabía negarse.
Su voluntad parecía controlada por la invisible mujer que le hablaba.
Agatha entró en el baño.
Trevor seguía bajo la ducha.
Su cuerpo desnudo se vislumbraba a través de la delgada cortina de plástico.
—Abre el armario y coge la navaja de afeitar de tu marido —dijo la voz.
Agatha obedeció.
Estaba totalmente dominada por la mujer a la que no veía.
Parecía un robot.
Trevor Borex, ajeno por completo al peligro que corría, seguía relajando sus nervios. De repente, la cortina fue retirada y Trevor descubrió a su mujer, esgrimiendo su navaja de afeitar, abierta, lista para soltar el primer tajo.
Trevor se quedó paralizado.
—Agatha... —pronunció, con un hilo de voz.
—Eres igual de cerdo que David Owens —dijo su mujer, con voz que no se parecía a la suya.
—¿Qué?
—Voy a hacer contigo lo mismo que Jennifer hizo con él.
Trevor sintió culebrear el pánico en sus huesos.
—¿De qué... de qué estás hablando, Agatha...? —tartamudeó.
—Me has estado engañando, Trevor.
—¿Yo... ?
—Sí, con otras mujeres, más jóvenes y más atractivas que yo.
—¡No es cierto!
—¡Confiésalo, puerco!
—¡Estás equivocada, Agatha!
—¡Yo te haré hablar!
Agatha movió la mano derecha y la navaja de afeitar produjo una herida en el muslo izquierdo de Trevor, haciendo brotar la sangre, que resbaló rápidamente por la pierna.
Trevor dio un grito y se agarró el muslo.
—¡Has perdido la razón, Agatha!
—¡Y tú vas a perder la vida, como no confieses, rata asquerosa! —respondió su mujer, y le atacó de nuevo con la navaja de afeitar.
Le causó una segunda herida, ésta en el brazo.
Trevor volvió a gritar.
Agatha le cruzó el pecho con la navaja, aunque sin profundizar demasiado, porque todavía no quería acabar con la vida de su marido.
Trevor, al verse el pecho cubierto de sangre, se dejó caer de rodillas. El pánico debilitaba sus piernas y las hacía temblar, lo que le impidió sostenerse en pie.
—¡Te lo suplico, Agatha! —chilló, desesperado.
—¡No supliques, sanguijuela! —rugió su enloquecida esposa, y le causó una tremenda herida en el hombro derecho.
Trevor aulló.
Agatha se ensañó con él.
Le produjo varias heridas más.
Finalmente, le soltó un tajo en la garganta.
El más terrible de todos.
Lo degolló literalmente, haciendo brotar un torrente de sangre de su garganta.
Escasos segundos después, Trevor Borex era ya cadáver.
* * *
Chris Ralston y Lucy Gardner se encontraban ya en el dormitorio del escritor.
—Tendré que prestarte la chaqueta de mi pijama, ¿no? —dijo Chris, con una sonrisa.
—Sí, por favor —respondió la periodista.
—En seguida te la doy.
—Espero que el crucifijo me proteja también de ti, Chris.
Ralston rió.
—No soy ningún demonio, Lucy.
—Ya sabes a lo que me refiero.
—No te preocupes, no pienso violarte. Dormiremos en la misma cama, pero no pasará nada que tú no quieras que pase.
—¿Seguro?
—Te doy mi palabra.
—Veremos si la cumples.
Ralston le entregó la chaqueta del pijama.
—Puedes desvestirte en el baño.
—¿No será peligroso que nos separemos, Chris? Sólo tenemos un crucifijo...
—Tienes razón, es mejor que estemos juntos en todo momento. Me daré la vuelta, para que puedas desnudarte.
—No mires por el rabillo del ojo, ¿eh?
—Descuida.
Chris se dio la vuelta y Lucy se despojó del vestido, quedando en pantaloncitos, porque no llevaba sujetador. Se colocó la chaqueta del pijama del escritor y se la abrochó.
—Ya puedes volverte, Chris.
—Te viene un poco grande, ¿no?
—Mejor. Así me cubre más.
—Ahora me toca a mí,
—¿Tengo que darme la vuelta, también?
—No es necesario.
—Vale.
Chris se desvistió y quedó en slip.
Entonces, se puso el pantalón del pijama y dijo:
—Podemos acostarnos, Lucy.
—Te apuntaré con el crucifijo, por si acaso.
—¿Tanto miedo me tienes... ?
—Más que a «lady» Deborah.
Rieron los dos y se metieron en la cama Ralston acarició el rostro de la periodista.
—Buenas noches, Lucy —dijo, y le dio un cálido beso en los labios.
Ella lo miró.
—¿Eso es todo?
—No me atrevo a más, mientras me apuntes con el crucifijo.
La periodista lo puso debajo de la almohada.
—Ya no está —dijo, con maliciosa sonrisa.
Chris la abrazó.
—Me has perdido el miedo, ¿eh?
—Por completo.
Chris la besó con ganas.
Lucy puso también mucho de su parte en el beso.
En esos momentos, ninguno de los dos se acordaba de «lady» Deborah. Ella, sin embargo, no se había olvidado de ellos.
Y no tardaría demasiado en demostrárselo.