CAPÍTULO II
Chris Ralston se encontraba en su despacho, dándole a la máquina de escribir, cuando oyó sonar el timbre de su apartamento. Interrumpió su trabajo y se levantó.
Era alto, moreno, de fuerte constitución. Tenía treinta y dos años, los ojos oscuros, y las facciones correctas. Por toda vestimenta, llevaba un pantalón de pijama.
Y así acudió a abrir.
Cuando tiró de la puerta, encontró a una joven de pelo rubio, ojos azules, y nariz ligeramente respingona. Tendría unos veinticuatro años, y vestía un pantalón color naranja y una blusa azul celeste.
—¿Le he sacado de la cama…? —exclamó, al ver a Chris en pantalón de pijama y con el torso desnudo.
—No
—¿Y cómo es que...? —la chica le señaló el pantalón de pijama con el dedo.
—Trabajo más cómodo así —explicó Chris.
—Ya
—¿Quién es usted?
—Me llamo Lucy Gardner, y soy periodista. Trabajo para El Noticiero de Londres.
Chris estrechó la mano que le ofrecía la chica.
—Mucho gusto. Lucy.
—El gusto es mío, señor Ralston.
—¿Qué es lo que quiere, hacerme una entrevista?
—Con esa intención he venido, pero si considera que no es el momento oportuno, puedo volver mañana, a la hora que usted me diga..
—No, pase usted —rogó Chris.
—Dijo usted que estaba trabajando, señor Ralston...
—No importa.
—El caso es que no quise venir antes para no interrumpir su trabajo. No sabía que escribía usted por la noche, señor Ralston.
—Bueno, no siempre lo hago.
La periodista había entrado ya en el apartamento del escritor, así que éste cerró la puerta e indicó:
—Pase al living y siéntese, Lucy. Sólo tardaré un minuto .en reunirme con usted.
—No irá a vestirse, ¿verdad?
—Pues, sí. No sería correcto someterme a la entrevista en pantalón de pijama, ¿no le parece?
—A mí no me importa, se lo aseguro.
—¿De veras?
—Le doy mi palabra.
—En ese caso, me pondré solamente la chaqueta del pijama. Voy por ella.
—Bien.
—Espéreme en el living, Lucy. Y prepare un par de copas.
—De acuerdo.
Chris se dirigió a su dormitorio y la periodista pasó al living.
El mueble-bar estaba bien surtido.
Lucy preparó las bebidas.
En ello estaba, cuando regresó el escritor, luciendo ya la chaqueta del pijama.
—¿Cómo prefiere el whisky, señor Ralston?
—Con hielo.
—Yo también.
La periodista echó un par de cubitos en cada copa, y le ofreció una al escritor.
—Gracias, Lucy.
—De nada.
—Sentémonos en el sofá.
Lo hicieron y la periodista dejó su bolso sobre la mesa.
—¿Sabe que he leído muchas de sus novelas, señor Ralston? —dijo Lucy.
—¿En serio?
—Me encantan las novelas de terror. Y usted es mi autor favorito, señor Ralston.
—Cómo me halaga eso.
—He traído un ejemplar, para que me lo dedique.
—Lo haré con sumo gusto.
—Es usted un maestro del género, no cabe duda.
—Bueno, tanto como un maestro…
—Es cierto, lo domina a la perfección. Sus relatos son estremecedores. La ambientación, fantástica. Y sus personajes, más que creados por usted, parecen haber existido de verdad.
—En algunos casos, así es.
—¿De veras?
—La novela que estoy escribiendo ahora, por ejemplo, tiene como protagonista a un personaje real.
—¡Qué interesante! —exclamó la periodista—. Hábleme de ese personaje, señor Ralston.
—Se trata de «lady» Deborah Marley.
—¿Quién era esa «lady» Deborah...?
—Una mujer tan hermosa como perversa y diabólica. Tenía extrañes poderes, y hacía uso de ellos para sembrar el terror, la angustia, y la muerte. Para algunos, era una bruja. Para otros, tenía al demonio metido en su escultural cuerpo. Vivió en el siglo XVIII.
—¿Y cómo murió…?
—Envenenada, por una de sus sirvientas, que fue pagada para que pusiera fin a la vida de esa endemoniada mujer. La doncella logró su objetivo, pero no pudo disfrutar del dinero que le ofrecieron.
—¿Por qué?
—«Lady» Deborah adivinó que había sido ella la que le había echado el veneno en el vino, y aún tuvo fuerzas para empuñar un cuchillo y abrirle el pecho a la sirvienta. Le arrancó el corazón y lo arrojó a los perros, que se lo disputaron, mientras «lady» Deborah agonizaba.
—¡Qué horror! —exclamó la periodista, estremecida.
Chris Ralston sonrió.
—Es lo que cuenta la leyenda, al menos. Pudo suceder así, o puede que la gente de aquel tiempo exagerara. En cualquier caso, la leyenda de «lady» Deborah es ideal para una novela de terror. Hace tiempo que quería escribirla, pero he preferido esperar hasta reunir toda la información necesaria. Y no ha sido fácil conseguirla, se lo aseguro.
—Pero lo ha logrado, ¿no?
—Sí, poseo los datos suficientes para contar la historia de «lady» Deborah Marley. Y precisamente cuando se cumplen los doscientos años justos de su muerte,
—¡Qué casualidad!
—Esperemos que no le dé por resucitar, para celebrarlo.
Lucy Gardner respingó.
—¡No lo diga ni en broma, señor Ralston!
—Algunos de esos seres diabólicos suelen reencarnarse, ¿no lo sabía?
—¡En sus novelas!
Chris rió.
—Ya le he dicho que algunas de mis novelas están basadas en hechos reales, Lucy.
—¿Qué es lo que quiere, que no duerma esta noche?
—Si tiene miedo, puede quedarse en mi apartamento.
—¿Cuántas camas tiene?
—Sólo una; la mía. Pero no me importaría compartirla con usted.
La periodista sonrió.
—Es usted un descarado, señor Ralston.
—Y usted una chica muy bonita, Lucy.
—Muchas gracias. Y ahora, con su permiso, prepararé mi magnetófono y le haré la entrevista.
—Estoy a su disposición, Lucy —dijo el escritor, y tomó un sorbo de whisky.