CAPITULO PRIMERO
Robert Sullivan, de treinta y siete años de edad, pelo oscuro y facciones agradables, detuvo su «Mercedes-Benz» frente al edificio de apartamentos en donde vivía Marion Tracy, su prometida, que tenía diez años menos que él.
Marion era una mujer realmente atractiva, con unos preciosos ojos verdes, los labios rojos y apetecibles, de pelo castaño, muy rizado, y una figura esbelta, cuidada, en la que no faltaban ni sobraban centímetros por ninguna parte.
Robert le pasó el brazo por los hombros, la atrajo hacia sí, y la besó en los labios, recreándose en la acción. Al propio tiempo, con la otra mano, acariciaba los sedosos muslos de su novia, que ella entreabrió, como invitándole a profundizar.
Pero la mano de Robert ni siquiera rozó la prenda íntima de su prometida, en aquella ocasión, porque no quería empezar lo que sabía que no podría terminar, por falta de tiempo.
Separó su boca de la de ella y dijo:
—Hasta mañana, cariño.
Marion, desilusionada, preguntó:
—¿No vas a subir ni siquiera unos minutos a mi apartamento, Robert?
—No puedo, ya lo sabes. Tengo que trabajar hasta muy tarde esta noche. Y las siguientes. Es la única manera de que podamos disfrutar de nuestra luna de miel. Dos semanas enteras en las Islas Canarias. ¿No crees que vale la pena sacrificarse un poco...?
—Nos sacrificamos porque tú quieres, Robert. No eres el dueño de «London Ediciones». Sois tres socios, y David Owens y Trevor Borex deberían hacerse cargo de todo durante tu ausencia. Te casas y tienes derecho no ya a dos semanas de descanso, sino a un mes entero. Y sin necesidad de adelantarte el trabajo. Que lo hagan tus socios. La Editorial es de los tres.
—Owens y Borex también trabajan, Marion.
—Ni la mitad que tú. Sin embargo, a la hora de repartir los beneficios, los tres cobráis igual.
Robert Sullivan sonrió levemente.
—No es cierto que Owens y Borex trabajen menos que yo, cariño Lo que sucede es que tienen un trabajo distinto. El mío, bien lo sabes, consiste en admitir o rechazar los originales que nuestros autores nos presentan para su publicación. Tengo que leerme detenidamente todas las obras, valorar sus virtudes y señalar sus defectos. Es una tarea importante y delicada. Y yo la realizo mejor que Owens o Borex, porque también conozco mejor los gustos de los lectores que suelen comprar nuestras novelas. Una buena prueba de que acierto en la admisión de originales, es que nuestra Editorial prospera año tras año. «London Ediciones» es ya una Editorial importante. Figura entre las mejores del Reino Unido.
Ahora fue Marion Tracy la que sonrió ligeramente.
—Te sientes orgulloso, ¿verdad?
—Mucho.
—Yo también me siento orgullosa, pero de ti. Discúlpame por lo que dije antes, Robert. Pensaba sólo en mí, no en ti ni en «London Ediciones». Deseaba hacer el amor contigo esta noche.
Robert le acarició el rostro con suavidad.
—Sólo falta una semana para nuestra boda. Marion. Pasará en seguida, y después...
—A Canarias.
—Eso es. Y allí, durante dos semanas, nos amaremos hasta la saciedad.
—Si esperas que yo me sacie en sólo dos semanas, estás fresco.
Robert rió.
—¡Es un decir, mujer!
—¡Ah!, bueno —rió también Marion.
Robert la besó de nuevo.
—Tengo que irme, cariño.
—Está bien, no te entretengo más —sonrió Marion, y salió del coche.
Se asomó un instante por la ventanilla y le lanzó un beso.
—Te quiero. Robert
—Y yo a tí
—Anda, márchate ya.
Robert Sullivan puso el «Mercedes-Benz» en movímiento y se alejó, en dirección a su casa.
Vivian las afueras de Londres, en una zona tranquila.
Su casa, de una sola planta, estaba rodeada de césped.
Era una casa moderna
Bonita.
En ella viviría con Marion, después de la boda.
Robert Sullivan se sentía muy feliz.
En primer lugar, por el buen funcionamiento de la Editorial y por el prestigio que estaba alcanzando. Y, en segundo lugar, por haber encontrado a Marion Tracy.
Había tardado en hallar una mujer como ella, pero al fin lo había conseguido e iba a perder muy gustosamente su soltería a los treinta y siete años de edad.
De haber conocido antes a Marion, antes se habría casado, porque no era en absoluto enemigo del matrimonio. Si seguía soltero, es porque ninguna de las mujeres que había conocido anteriormente le había interesado lo suficiente.
Y había conocido muchas.
Y había intimado con casi todas.
Pero ninguna de ellas se podía comparar con Marion.
Tenerla en brazos era...
Robert prefirió pensar en otra cosa, porque si rememoraba esos maravillosos momentos, daría media vuelta y regresaría al apartamento de Marion, para hacer el amor con ella.
Y no debía regresar, con el trabajo que llevaba en su maletín.
Robert Sullivan llegó sin novedad a su casa, accionó el mando de control remoto que llevaba en la guantera del coche, y la puerta del garaje se abrió automáticamente.
Un garaje amplio, en él que cabían perfectamente dos coches.
Robert introdujo su «Mercedes-Benz», paró el motor, y se apeó, sin olvidar su maletín. Salió del garaje, cenó la puerta, y entró en la casa.
Al instante, descubrió una luz al fondo.
Era su despacho.
La puerta estaba entornada.
Robert Sullivan se había quedado muy quieto.
Estaba seguro de no haberse dejado la luz de su despacho encendida, ni la puerta entornada. Siempre cerraba, cuando salía.
Cautelosamente, Robert caminó hacia su despacho.
Podía haber alguien en él.
Robert era un tipo alto y atlético, y no se asustaba fácilmente.
Alcanzó el despacho con paso silencioso.
No podía asomar la cabeza por el hueco de la puerta, por hallarse muy entornada, por lo que la empujó algunos centímetros, sin hacer el menor ruido.
Después, se asomó por el hueco y echó una mirada al despacho.
Efectivamente, había alguien en él.
Pero Robert Sullivan no tendría necesidad de liarse a puñetazos, porque la persona que había allanado su morada no era un hombre, sino una mujer.
¡Y qué mujer!
Tendría unos veinticinco años y poseía una frondosa cabellera rubia.
Era hermosa de verdad.
Y tenía un cuerpo...
Lo más sorprendente de todo, es que no estaba vestida.
Bueno, tampoco estaba desnuda.
Llevaba una bata de baño.
¡La bata de Robert!
Este pensó que la hermosa desconocida se había duchado tranquilamente en su cuarto de baño, mientras le esperaba, y después, en vez de vestirse de nuevo, se había puesto su bata de baño, trasladándose así al despacho, descalza.
La chica se había sentado en el sofá, de cuero negro, y tenía un libro en las manos. Lo había cogido de la librería y parecía enfrascada en su lectura.
No había descubierto todavía a Robert Sullivan.
Este seguía asomando solamente la cabeza.
Y mirando, con ojos perplejos, a la exuberante rubia, que tenía una pierna sobre la otra.
Las dos estaban al descubierto.
Totalmente, porque la bata, que le venía holgada a la chica, estaba descuidadamente cerrada, tanto por abajo como por arriba, así que no sólo exhibía sus fenomenales piernas, sino también una buena parte de sus rotundos senos.
Robert se preguntó quién diablos sería aquella preciosidad de cabellos rubios. Y qué hacía en su casa.
Como lo mejor era preguntárselo a ella, acabó de abrir la puerta y entró en el despacho.
—Buenas noches —saludó, en tono irónico.
La belleza rubia levantó la vista del libro que estaba leyendo y le miró tranquilamente. Tenía los ojos felinos, brillantes, peligrosos, porque parecían los de una pantera a punto de saltar sobre su presa, para devorarla.
Sin embargo, continuó sentada en el sofá.
Y no se molestó en cerrarse mejor la bata.
—Hola —dijo, con voz cálida y sensual
Robert se fijó en su boca.
Tenía los labios carnosos, brillantes, húmedos.
Y los había entreabierto de una forma…
Robert se vio obligado a emitir una tosecita.
—¿Quién es usted? —preguntó.
—Me llamo Deborah.
—¿Cómo ha entrado en mi casa?
—Por una ventana.
—¿No podía esperarme en la puerta?
—No
—¿Por qué?
—Estaba desnuda.
Robert respingó.
—¿Desnuda?...
—Completamente.
—¿Qué pasó con su ropa...?
—No lo sé.
Robert elevó las cejas.
—¿Cómo que no lo sabe...?
—Es la verdad. Tampoco sé cómo llegué hasta esta casa. No puedo recordar absolutamente nada. Es como si me hubiesen borrado la memoria. Lo único que recuerdo, es que mi nombre es Deborah, que me vi delante de esta casa, totalmente desnuda, y que me asusté mucha Llamé, pero nadie me abrió. Por fortuna, una de las ventanas estaba abierta y pude colarme por ella. En el cuarto de baño encontré esta bata y me la puse. Es suya, ¿verdad?
—Sí.
—¿Cómo se llama?
—Robert Sullivan.
La chica lo examinó de pies a cabeza.
—¿Sabe que es usted un tipo muy apuesta señor Sullivan...?
—Y usted muy embustera, Deborah.
—¿Por qué lo dice?
—No creo una sola palabra de lo que me ha contado. Ni ha perdido la memoria, ni llegó desnuda a esta casa.
—Busque mi ropa, ande. Verá como no la encuentra.
—Porque la habrá escondido.
La rubia rió.
—¡Qué desconfiado es usted, señor Sullivan!
—Dígame quién es y qué pretende, se lo ruego.
Deborah dejó el libro en el sofá y se puso en pie.
Era una mujer alta.
Sin dejar de sonreír sensualmente, se despojó de la bata y la dejó caer al suelo, quedando completamente desnuda.
Robert la miró, claro.
Y casi pone los ojos bizcos, porque había mucho que mirar.
Deborah se le acercó, le pasó los brazos por el cuello, y sugirió:
—¿Por qué no hacemos el amor, señor Sullivan...?