EPÍLOGO

 

Barry Stevens dejó a Doris Remick en el apartamento de ella y luego fue en busca del teniente Cramer, a quien halló, como de costumbre, acompañado del gruñón del sargento Bishop.

Les informó de lo ocurrido y luego los llevó a la casa del doctor Klugman.

De allí, el reportero se dirigió a la redacción de su periódico, donde estuvo trabajando casi dos horas.

Sobre las tres de la madrugada, Barry llegaba al apartamento de Doris.

No pulsó el timbre.

Había acordado con ella que entraría sin llamar.

Barry abrió la puerta y penetró en el apartamento, una de cuyas luces permanecía encendida: la del living:

Allí estaba Doris.

Tendida en el sofá.

Plácidamente dormida.

Barry se acercó a ella y se sentó en el borde del sofá.

Contempló durante un tiempo el hermoso rostro de Ia modelo publicitaria y luego se inclinó sobre ella, besándola tiernamente en los entreabiertos labios.

Doris se despertó en el acto.

—¡Barry! —exclamó, rodeando el cuello masculino.

—No he podido venir antes, cariño.

—No importa, estás aquí —sonrió la joven, y ahora fue ella quien le besó. Luego, dijo—: ¿Has comido algo?

—No.

—Te prepararé unos emparedados.

—No, déjalo.

—Debes tener un apetito feroz, Barry...

—Sí, pero no de emparedados, sino de otras cosas —hizo saber el reportero, comenzando a acariciar atrevidamente el cuerpo femenino, que se estremeció, acusando las caricias.

—¿Has pensado lo que te dije, Barry? —preguntó Doris, sin frenar las manos de él.

—¿A qué te refieres?

—A lo de nuestra boda.

—Qué perra has cogido con eso —rezongó Barry, que la estaba besando en el cuello.

—Quiero que seamos marido y mujer, Barry.

—Y yo. Pero más adelante, ¿eh?

—No, más adelante, no; mañana mismo.

El reportero respingó.

—¿Tan pronto.,.?

—Sí. ¿Qué respondes?

—Maldita sea...

—Eso no es una respuesta, Barry.

—¡Naturalmente que lo es!

—¿Ah, sí...? ¿Y qué significa?

—¡Que sí!

—¡Barry! —exclamó Doris, radiante de alegría, y se abrazó fuertemente a él.

Barry Stevens se mostró mucho más atrevido que hasta entonces.

Sabía que ya podía.

Que Doris Remick no pondría objeciones.

Y así fue.

No las puso.

¿Cómo iba a ponerlas, si aquellas manos que tan hábilmente la acariciaban, eran las del hombre que ella quería y que antes de veinticuatro horas sería su marido?

 

 

FIN