CAPITULO II

 

Al oír gritar a Doris Remick de aquel modo tan sobrecogedor, Barry Stevens se detuvo en seco.

Pero sólo estuvo parado un instante.

Inmediatamente le dio de nuevo a las piernas, con toda la potencia de que era capaz.

Más que correr, parecía volar.

Alcanzó las rocas y se metió por entre ellas.

Descubrió la cueva.

Y los gritos salían de allí.

Barry irrumpió en la cueva.

También él se quedó helado de horror al descubrir lo que había dentro de la cueva.

—¡Barry! —gritó Doris, refugiándose en los brazos del reportero.

La horrorizada joven temblaba como un flan.

Barry la estrechó contra su pecho.

—Cálmate, Doris.

—!Es horrible, Barry! ¡Ese hombre está muerto!

—Sí, de eso no hay duda.

—¡Debe llevar varios días en esta cueva!

—Tres o cuatro, por lo menos.

—¡Salgamos de aquí, Barry!

—Sí, será lo mejor. La cueva apesta a cadáver.

Barry sacó a la joven de la cueva.

Ella apoyó la espalda contra una roca.

Estaba muy pálida y seguía temblando.

Doris miró al reporte, Barry.

—¿Quién será, Barry?

—No lo sé. Aunque...

—¿Sí, Barry?

—Su cara no me resulta desconocida. La he visto antes, estoy seguro. Pero no consigo recordar dónde.

—Habrá que avisar a la policía.

—Sí, claro.

—Vamos, Barry.

—Espera un momento, Doris.

—¿Qué sucede?

—Voy a entrar de nuevo en la cueva.

—¡No, Barry! —suplicó la joven, agarrándole.

El reportero sonrió suavemente y le acarició la mejilla.

—No hay nada que temer, Doris.

—¡ Hay un muerto en la cueva, Barry!

—Por eso precisamente, porque el hombre está muerto, no hay nada que temer. Los muertos no hacen daño a nadie. Son los vivos, los peligrosos.

—¿Por qué quieres entrar de nuevo en la cueva?

—Para fijarme mejor en la cara del tipo.

—Del muerto, querrás decir —corrigió la modelo publicitaria, estremeciéndose.

—Bueno, del muerto.

—No es agradable fijarse en las caras de los muertos. Especialmente, de los muertos que llevan algunos días muertos.

—Ya sé que no. Pero sigo pensando que ese rostro me es familiar. Tal vez, si me fijo mejor, recuerde de quién se trata.

—¿Y qué importancia puede tener eso? Ya se encargará la policía de averiguar la identidad del muerto.

—Soy reportero, Doris, ¿Lo has olvidado ya?

—No, no lo he olvidado. Ni tampoco que eres un caradura.

—¿Vas a echarme otra bronca?

—No me siento con fuerzas.

—Entonces, ahora es la mía —sonrió Barry, y la besó en los labios.

Doris no hizo nada por evitar el beso.

Sin embargo, cuando el reportero se separó de ella, gruñó:

—Lo que yo decía, un caradura.

—Que se ha prendado de ti —confesó Barry.

—A saber con qué intenciones. Bueno, yo ya lo sé.

—Tú qué vas a saber.

—Hace un rato me hiciste toda una demostración de lo que pretendes de mí.

—Sólo te demostré que me gustas.

—También tú me gustas a mí, y no por eso te dejé en cueros.

—Ni yo a ti.

—Poco faltó.

—Faltó mucho, no seas exagerada.

—Será mejor que dejemos el tema, o volveré a ponerme furiosa.

—Sí, mejor dejarlo. Espérame aquí, Doris —rogó Barry, pellizcándole la barbilla.

—No estés mucho tiempo dentro, o también tú apestarás a cadáver.

—Descuida, sólo estaré un par de minutos.

—Afina la vista, a ver si recuerdas quién es en sólo uno.

—Lo intentaré —prometió Barry, y penetró en la cueva.

Se acercó al muerto.

Era un hombre de unos cuarenta y siete años, delgado, de estatura corriente, cejas espesas, nariz aguileña, mentón afilado.

Permanecía sentado en el suelo, la espalda contra la pared de la cueva. Estaba prácticamente desnudo, ya que sólo conservaba el slip.

Su cabeza aparecía cubierta por un amplio vendaje.

Barry fijó toda su atención en la cara del muerto.

De pronto, dio un respingo.

El reportero, naturalmente.

Los muertos no dan respingos.

Barry acababa de recordar el nombre del tipo.

Un tipo bastante importante, por cierto.

El reportero salió de la cueva y se reunió con Doris Remick.

—¡Lo tengo, Doris!

—¿El qué?

—¡El nombre del muerto!

—¿De veras...?

—Se llamaba Michael Kelly, y era un eminente científico. Desapareció misteriosamente hace una semana. La policía le anda buscando desde entonces.

—Oh...

—Vamos, Doris. Hemos de telefonear a la policía.

—Sí.

Barry la tomó del brazo y echaron a andar.

Mientras caminaban por la playa, en dirección al empinado sendero, Doris preguntó:

—¿Quién lo dejaría en esta cueva, Barry?

—Los hombres que lo secuestraron, de eso no hay duda. Lo mataron y escondieron su cadáver.

—¿Por qué lo matarían?

—Eso ya no lo sé. Como tampoco el motivo del secuestro. Su familia asegura que no ha recibido noticia alguna de los secuestradores, por lo que hay que descartar que haya sido para obtener un buen rescate.

—A veces, los familiares de la persona secuestrada mienten al decir que los secuestradores no se han puesto en contacto con ellos, Barry —observó Doris.

—Lo sé. Lo hacen para que la policía no intervenga. Pero éste no debe de ser el caso del profesor Kelly, pues fue precisamente su familia la que informó a la policía de su desaparición —explicó Barry.

—¿El profesor Kelly era rico?

—Bueno, no demasiado. Su mayor fortuna era su cerebro. Un cerebro privilegiado de verdad. Gracias a ello pudo llevar a cabo, con éxito, toda una serie de complicados experimentos, de los cuales cuentan y no acaban quienes se hallan metidos de algún modo en el mundo de la ciencia.

—Tal vez lo secuestraron por eso, Barry. Para arrancarle alguno de sus descubrimientos científicos.

—Es posible.

—El profesor Kelly se negó a revelarles nada y los tipos le mataron.

—O lo mataron después de que les dijese lo que querían saber, para que no pudiera delatarles a la policía.

—También es posible —convino Doris.

—Lo que me tiene intrigado es ese vendaje que cubre su cabeza.

—¿Por qué?

—No sé, lo encuentro raro.

—Debió sufrir alguna herida en la cabeza, y por eso se la vendaron.

—¿Los secuestradores? Qué atentos.

—No seas irónico, Barry.

—Lo siento, pero es que me cuesta admitir eso. No sé si tú te darías cuenta, pero el profesor Kelly no tiene ni un rasguño en el resto de su cuerpo. Es lógico, pues, pensar que lo que le causó la muerte fue la herida que debe tener en la cabeza. Pero lo que ya no es tan lógico es que sus asesinos se tomasen la molestia de vendérsela. Y otra cosa: ¿por qué lo dejaron sin ropa?

—No tengo ni idea.

—Es muy extraño todo esto, Doris.

—La policía esclarecerá los hechos, no te preocupes.

—A propósito de la policía... ¿No será embarazoso para ti responder a sus preguntas?

—¿Embarazoso?

—Querrán saber para qué te traje a este lugar.

—Eso te lo preguntarán a ti, no a mí.

—Pero yo tendré que responder delante de ti, y si les digo que te traje para que contemplaras el mar al atardecer, no me van a creer.

—Yo tampoco.

Barry carraspeó.

—Doris, creo que lo mejor para los dos será que tú te vuelvas a casa. Yo hablaré con la policía.

—Y no mencionarás mi nombre para nada.

—Eso es.

—De acuerdo, Barry. Te evitaré el trago de tener que confesar a la policía, delante de mí, que me trajiste a este solitario lugar para hacerme el amor.

El reportero tosió.

—Eso es lo que ellos pensarán, sí.

—Y harán muy bien en pensarlo, porque es la verdad.

—Doris, por favor, no empecemos otra vez.

—No temas, tampoco yo tengo ganas de discutir.

Alcanzaron el sendero y subieron por él.

Poco después, el reportero ponía en marcha su descapotable azul y se alejaban del acantilado.