DOS
El empresario barcelonés don Germán Alapont
I Castelldans estaba considerado uno de los hombres más ricos de
Cataluña. De joven había heredado la fortuna de un tío indiano y
él, con buen criterio, la consolidó fundando una colonia industrial
en la ribera del Llobregat. Lo tenía todo menos descendencia para
perpetuar su linaje y dejar la empresa Textiles Alapont en buenas
manos, porque su esposa no lograba darle hijos, aunque un médico de
Madrid le había revelado a don Germán Alapont que la culpa de no
poder engendrar era suya. No es que fuera impotente ni le faltase
vigor, muy al contrario, de su furor sexual daban fe las jóvenes
doncellas de las dos mansiones que poseía, pero por lo visto la
calidad de su semen era escasa.
Tras muchos años de incertidumbre, ya en una
edad que parecía poco probable para procrear, la esposa por fin se
había quedado embarazada, lo cual hubiera debido ser motivo de
sospecha para don Germán, pero como tenía tanto empeño en tener
descendencia, pasó de largo aquella especie de milagro. Para
completar la felicidad del empresario, el médico de la familia le
anunció que vendrían al mundo mellizos.
Alapont poseía un hermoso palacete
neoclásico en Avenida Tibidabo, la opulenta calle ocupada por la
gran burguesía barcelonesa, pero con el fin de que su esposa diese
a luz con mayor tranquilidad, prefirió trasladarse a su finca de
Vallvidrera, una impresionante villa rodeada de monte, pinares y
jardines, legada por su tío. Allí se quedó vigilando el embarazo
hasta que su mujer alumbrase a las dos criaturas, confiando en que
al menos una de ambas fuese varón para nombrarlo hereu, el heredero de la estirpe y la
empresa.
Don Germán Alapont era un empresario con
visión para los negocios, pero desprovisto de cultura y
conocimientos para ser un buen administrador de las finanzas. Para
ese cometido confiaba desde hace muchos años en Emilio Gamazo, al
que había conocido siendo un simple y joven contable. Un hombre de
traje gris y temperamento taimado, metódico y calculador, que
ocultaba su ambición de ascenso bajo una falsa modestia. Pálido,
con el flequillo cayéndole sobre la frente, habría parecido un
poeta romántico de no ser por su mirada yerta y tan oscura como sus
propias intenciones.
El empresario, que había heredado de su tío
el indiano la facultad para leer en el corazón de las personas,
nombró a Gamazo primero administrador y luego apoderado de la
empresa textil, que poseía las oficinas centrales en Poblenou. Así
es como Emilio Gamazo se convertiría con el paso del tiempo era su
mano ejecutora y hombre de confianza. Por eso ahora don Germán
Alapont permanecía tranquilo en la finca de Vallvidrera cuando su
esposa sintió los primeros dolores del parto. Alertado el servicio
y avisado el médico de la familia, ya sólo quedaba esperar con
paciencia el feliz alumbramiento.
Aquel natalicio le hacía una gran ilusión a
Dorotea Vilella, el ama de llaves del matrimonio Alapont. Dora
(como todos la llamaban) era una madura solterona que no había
podido casarse ni mucho menos tener hijos, mujer poco agraciada y
más beata que una monja de clausura, echaba de menos el haber
tenido un infante propio para darle todo el amor que a ella le
habían escamoteado desde su niñez. Por eso, ya que Dios no le había
concedido su deseo, ahora se conformaba con poder criar a los hijos
de sus señores.
El ama de llaves, que había permanecido
durante todo el embarazo junto a su señora, era la más nerviosa,
porque su intuición de campesina, criada en las montañas de Lérida
entre cerdos y otros animales de granja, le dictaba que algo no
marchaba bien, que la señora Alapont presentaba un aspecto cada vez
más demacrado y aquel tardío embarazo le venía demasiado grande
para su escasa vitalidad y melindrosa pudibundez. Cuando por fin
llegó el médico de la familia, don Rafael Capafons, corroboró de
inmediato el diagnóstico de Dora.
—Es necesario sedarla para practicar una
cesárea de urgencia —les anunció—, debo trasladarla de inmediato al
hospital clínico.
—¡No! —rechazó el empresario—, mi futuro
heredero debe nacer aquí.
Don Germán tenía ínfulas de aristócrata y
consideraba la extensa finca de Vallvidrera como su casa solariega.
Por eso quería que su heredero naciese allí, para instaurar una
costumbre de linaje nobiliario.
—Puede haber complicaciones —advirtió el
médico.
—No importa, doctor, yo me hago
responsable.
Ante la irrevocable pretensión, el médico lo
dispuso todo para practicar él mismo la cesárea. La parturienta
respiraba con dificultad y padecía fuertes dolores, incapaz de dar
a luz con tan poca fuerza. Lo primero que hizo el doctor Capafons
fue sedarla mediante un extracto químico del opio, luego desplegó
sobre la mesa una batería de utensilios de cirujano que causaban
terror de tan sólo mirarlos; brillaban afilados y relucientes ante
la escasa luz que proyectaba la rica pero mortecina lámpara
cincelada en bronce y cristal de Murano colgando del techo, pues
era de madrugada y no había dado tiempo a mejorar las condiciones
técnicas para una operación de tal envergadura.
Dora rezaba el Rosario de rodillas junto a
la ostentosa cama de madera noble, ricamente ornamentada, mientras
el empresario daba vueltas como un león enjaulado, aguardando el
desenlace a puerta cerrada en su despacho, un lujoso gabinete con
el frontispicio de la gran chimenea de mármol presidido por el gran
retrato al óleo de su tío el indiano, posando muy serio como si le
reclamara silenciosamente un vástago para perpetuar el árbol
genealógico de los Alapont.
La primera en salir del útero fue una niña,
que llegaba llorando con fuerza, completamente sana, de peso normal
y reluciente de vida. Dora redobló las oraciones, ya que su
inquietud se centraba en la siguiente criatura. Era un varón y
salía en silencio, envuelto en una crisálida de color violáceo, que
dejó un rastro nauseabundo impregnado en el aire. Dora se
santiguaba murmurando jaculatorias, mientras el doctor Capafons
pedía que avisaran de inmediato al dueño de la casa. Llegó
apresurado el señor Alapont, oyendo el llanto de la niña envuelta
en lienzos y en brazos de una doncella. Pero cuando se acercó a la
cama y vio lo que reposaba sobre una jofaina de acero encima de la
cómoda, una criatura pestilente, medio tapada por una toalla, clavó
su mirada contra él médico, exigiendo una explicación.
—Lo siento —dijo el doctor, pálido como la
cera.
—¡Qué es eso! —clamó Alapont con los puños
cerrados.
—Es un varón —confirmó el doctor Capafons—,
pero ha llegado al mundo con un grave deterioro físico.
Dora lloraba enjugando el rostro de su ama,
que seguía sin sentido, bajo el efecto de la sedación. El señor
Alapont sacudió la cabeza, como si aquel grumo sanguinolento fuera
un insulto hacia su reputación.
—Padece una enfermedad muy rara llamada
hematodixia —explicó el médico, culminando la sutura de la
madre.
—¡Pero eso es
monstruo —temblaba de ira don Germán señalando hacia la criatura—,
esa cosa horrible no puede ser hijo mío!
—La hematodixia es un mal muy poco frecuente
—ilustró del doctor limpiándose las manos de sangre con una
toalla—, considerado durante siglos como un estigma entre la gante
inculta de otras épocas, aunque la enfermedad constituye todavía
una incógnita para la ciencia. Lo mismo el niño dura unas horas que
supera el siglo de vida. Nadie puede saberlo.
El empresario no quiso continuar escuchando
más. Apartó de un manotazo a una doncella, que se le acercaba en
ese momento para poner en sus brazos a la recién nacida, una niña
preciosa, pelirroja como su madre. Se recluyó de nuevo en su
despacho, descolgó el teléfono, marcó el número de las oficinas
centrales y pidió que le pusieran de inmediato con el
apoderado.
—Diga, señor Alapont —contestó Emilio
Gamazo.
—Sube cuanto antes a Vallvidrera —ordenó don
Germán autoritario—, necesito que soluciones un problema.
—¿Sucede algo, señor Alapont?
—Tú ven ahora mismo, ya te lo explicaré
cuando llegues. No tardes, coge mi automóvil más rápido y trae a un
hombre de tu plena confianza.
—Lo que usted ordene, señor Alapont
—obedeció el apoderado, siempre dispuesto a cumplir las órdenes de
su amo.
La conversación había sido escuchada
involuntariamente por Dora, que temiéndose lo que planeaba don
Germán, se apresuró. Fue hasta su alcoba, situada en la parte más
alta de la villa, cogió de su mesita de noche un escapulario que
guardaba desde niña bordado en forma de corazón y lo dividió en
dos. Luego, utilizando una cinta de seda negra, confeccionó sendos
lazos iguales, a los que cosió las porciones del escapulario. Bajó
de nuevo junto a su ama, todavía tendida en la cama, medio
inconsciente a causa de la sedación. Despidió a las doncellas, que
acababan de lavar y vestir a las dos criaturas recién nacidas,
reprimiendo el rechazo que les causaba tocar al niño. El ama de
llaves anudó los lazos negros en el cuello de ambos infantes, cogió
al niño y se dirigió hacia la parte posterior de la casa,
procurando que nadie le viese. Cuando llegó al cuarto de Luis, tocó
en su puerta mientras alertaba:
—Despierta, viejo borracho.
Luis era el antiguo cochero de la finca, ya
jubilado, a quien don Germán Alapont había permitido quedarse a
residir allí como agradecimiento por toda una vida sirviendo a la
familia, ya que había sido el cochero de su tío. Ahora pasaba el
día dormitando la borrachera en el jergón de su modesto cuartucho,
situado junto a las caballerizas de la mansión, sacándole brillo a
los carruajes de antaño, cepillando al último y viejo caballo, del
que no se había querido desprender, y despotricando malhumorado
contra los automóviles a motor, aquel maldito invento del
diablo.
Luis abrió la puerta, vio a Dora con el niño
en sus brazos y la miró desconcertado ante la inesperada visita.
Tiempo atrás, cuando todavía era un mozo maduro pero apuesto, el
cochero hubiese aprovechado la oportunidad, pues Dora le atraía lo
suficiente como para meterla en su cuarto y pasar la noche
domándola, porque Luis trataba lo mismo a los caballos que a las
mujeres. Pero desde hace mucho era un anciano doblegado por los
achaques y la edad, borracho, malafeitado y andrajoso. Por eso
ahora la miraba perplejo, mientras Dorotea entraba en su cuarto y
cerraba la puerta sigilosa.
—Escucha, Luis, debes aparejar a ese viejo
animal moribundo, engancharlo a un carruaje y salir disparado a
toda prisa en dirección a la ciudad.
—¿Qué llevas ahí? —quiso saber el cochero
jubilado.
—Es el hijo de la señora. Hemos de sacarlo
de aquí cuanto antes.
—¡¿Qué —replicó alucinado—, quieres que
secuestre al hijo del señor Alapont?!
Entonces Dora levantó los lienzos que
cubrían a la criatura.
—¡Dios mío! —retrocedió el cochero,
espantado ante la visión de aquel grumo de carne pestilente y de
color violáceo.
—Ha nacido enfermo —explicó Dora— y me temo
que don Germán piensa deshacerse de él, aprovechando que la señora
sigue anestesiada.
—¿Cómo sabes tú eso?
—He oído al señor Alapont conversando por
teléfono con Emilio Gamazo.
El anciano cochero sabía muy bien lo que
Gamazo significaba para don Germán Alapont. Era un individuo
inquietante, con ojos de ofidio, tan rastrero con los amos como
temible con los trabajadores, que dirigía los negocios del
empresario con mano de hierro, un tipo insensible y
desalmado.
—Hemos de darnos prisa —urgió ella—, el
apoderado viene de camino para llevarse a la criatura.
—Pero la señora no lo consentirá —objetó el
cochero.
—Ella ni siquiera sabe lo que ha parido.
Cuando despierte le dirán que sólo ha sobrevivido la niña.
—¿Tú sabes lo que propones, Dora? Si nos
descubren iremos a la cárcel. Don Germán es uno de los hombres más
influyentes de Barcelona. No habrá sitio donde podamos ocultarnos
de su larga mano.
—Tú no te preocupes, eres demasiado viejo
para ir a la cárcel. En cuanto a mí, tengo un lugar donde ocultarme
para el resto de mi vida.
—No sé —Luis dudaba, dando vueltas por su
alcoba, mesándose las hilachas de cabello canoso y amarillento—, lo
que planeas es un delito muy gordo. ¡A quién se le ocurre
secuestrar un recién nacido!
—Peor sería dejar que lo maten.
—¿Y qué piensas hacer con él?
—Llevarlo a un lugar seguro. Al menos así
tendrá una oportunidad.
—¿Pero por qué supones que quiere
matarlo?
—Tú mismo has visto el aspecto que tiene y
lo mal que huele. Don Germán no consentirá que un hijo suyo, el
hereu, tenga esa horrible lacra.
—Dices que también ha parido una niña.
—Al ser mujer, no le corresponde nada.
Y así era según los antiguos fueros
catalanes, todavía vigentes en aquella época. No hizo falta más. El
viejo cochero enjaezó al anciano caballo y lo enganchó en una
calesa ligera de dos plazas. Partieron por la parte trasera de la
mansión sin que nadie los viese, dando un rodeo por caminos de
bosque serpenteando entre los pinares, y luego se dirigieron hacia
Barcelona. El niño iba en brazos de Dora, tan quieto y mudo como si
estuviese muerto. El antiguo carruaje circulando entre la multitud
de automóviles que plagaba la ciudad ofrecía una estampa pintoresca
y anacrónica. La gente volvía la cabeza pensando que aquello era la
celebración de alguna boda de postín.
Cuando llegaron al centro de la ciudad
enfilaron hacia el barrio de la Barceloneta, un humilde suburbio
urbano poblado con chabolas de inmigrantes de otras regiones, que
llegaban a la prospera Cataluña en busca de trabajo, para caer
explotados en las factorías como la de Textiles Alapont. El anciano
jaco llegó agotado y sudoroso por el trayecto de varios kilómetros
al trote desde Vallvidrera. Dora ordenó a Luis detenerse junto a
unas casamatas antiguas, entre hangares y almacenes del puerto,
donde destacaba un sombrío edificio, en cuyos bajos hubo antaño un
taller de carpintería para los barcos de madera.
—Es aquí —anunció el ama de llaves—, deja
que baje y ya puedes marcharte. Por nada del mundo digas a nadie lo
que sabes. Te lo ruego.
Dora descendió con el niño y se despidió del
Luis otorgándole un beso en la flácida mejilla sin afeitar. Una
lágrima rebasó los ojos húmedos del cochero cuando arreó de nuevo
al caballo de regreso a casa, porque aquel beso llegaba más de
medio siglo tarde.
El barrio de la Barceloneta era por aquel
entonces un laberinto de almacenes, fábricas y callejuelas tan
intrincado que los mapas turísticos no lograban cartografiar. Allí
residía Basilio Mascaró, viudo maduro y taciturno; antiguo maestro
represaliado por el franquismo, expulsado para siempre de su
profesión por haber sido un librepensador y abrigar ideas
republicanas. Desde hace mucho tiempo sobrevivía regentando una
penumbrosa librería de obras antiguas y descatalogadas, porque lo
que más amaba en el mundo era la literatura.
Basilio habitaba en los interiores de su
comercio junto a una sobrina con los treinta bien cumplidos llamada
Rebeca y un enorme gatazo atigrado, que pasaba las horas dormitando
tumbado en los libros apilados a la entrada de la tienda sobre una
mesa dislocada. Como a los turistas extranjeros les hacía gracia el
animal, se acercaban a fotografiarlo y a veces compraban algo,
cualquier volumen con apariencia de joya bibliográfica sepultada
entre montones de hojarasca polvorienta y sin el menor valor.
Rebeca era como aquellos libros, una flor de catacumba, lánguida y
romántica, esperando desde hace tiempo a su príncipe azul, que por
lo visto se retrasaba en llegar.
La librería ocupaba los bajos de un edificio
casi medieval, sumido en una tortuosa callejuela en lo más
inhóspito del barrio. La única luz natural que penetraba era un
famélico rayo de sol reflejado en los brillantes mosaicos que
decoraban la fachada de la Torre de las Aguas, un edificio
industrial construido en el siglo XIX para el tratamiento del
carbón destinado a la primera central termoeléctrica establecida de
la ciudad. Aquel efecto refractario se producía siempre a
determinada hora de la tarde, cuando el ocaso relumbraba con
fulgores de fuego durante una media hora sobre los mosaicos
policromados en la parte alta de la torre, para luego extinguirse
dejando en el aire un halo de luz temblorosa.
Rebeca pasaba los días aguardando que
apareciera su príncipe azul entre la despistada concurrencia de
turistas en chancletas y bermudas que atravesaban esa la zona del
puerto buscando rincones pintorescos para fotografiar y luego
exhibir en sus países de origen la España de posguerra.
El maduro librero y su marchita sobrina
conocían a Dora por ser amiga de la difunta señora Mascaró, ya que
ambas eran igual de beatas y solían acudir juntas a las adoraciones
nocturnas celebradas en el templo de San Felipe Neri, con sus
escapularios entre pecho y espalda, sumidas en el sahumerio del
incienso y el humo acre de los velones, entre hornacinas,
confesionarios y reclinatorios.
Fue allí, a la salida del oficio y ya de
madrugada, una noche que Dora no pudo acompañarla y aquella
circunstancia le salvó la vida, cuando la mujer de Basilio Mascaró
cayó abatida por la metralla de una bomba. Poco antes de llegar las
tropas nacionales para liberar la ciudad
del oprobio rojo, los aviones franquistas habían atacado por
sorpresa el centro de la urbe con el fin de doblegar la posible
resistencia civil. En aquella explosión murieron también decenas de
niños vestidos de blanco, que acudían justo en ese instante a tomar
la primera comunión al templo de San Felipe. Fue después de aquella
crueldad cuando Basilio se tornó un hombre taciturno y ermitaño,
ajeno a todo lo que no fueran sus libros, ya que Dios, por lo
visto, siempre luchaba en el bando de los vencedores.
Por eso, cuando Dora entró en la tienda y
depositó al recién nacido en el mostrador de madera carcomida,
Mascaró no dijo nada, se limitó a escuchar los argumentos de
aquella mujer entristecida, que le traía el recuerdo de su esposa
reventada entre cuerpecitos vestidos de blanco, todo rodeado de
humo, alaridos de dolor, sangre derramada y el fragor de las
explosiones.
—Basilio, tienes que hacerme un favor,
aunque sea en memoria de tu santa mujer —Dora se santiguó—, quiero
que te quedes con este niño y hagas lo que puedas para que
sobreviva. Es una criatura inocente y alguien desea matarlo, como
hizo Herodes con los infantes —creyó conveniente añadir.
El maduro librero accedió con mudo
asentimiento y allí mismo, en la pequeña cocina de la trastienda,
bautizaron a la criatura con agua del grifo, imponiéndole de nombre
Julián, ya que Julia se llamaba la esposa de Basilio.
Cuando la señora Alapont recuperó el
conocimiento tras el accidentado parto, don Germán le dijo que, de
los mellizos alumbrados, el varón había nacido muerto. El
empresario encargó entonces un lujoso sepulcro en el cementerio de
Poblenou y organizó un opulento sepelio, al que asistió casi media
ciudad. Nadie, salvo Dora y el médico de la familia, conocía la
verdad: que aquel pequeño féretro blanco era sepultado vacío. Pero
el dinero y las amenazas cerraron todas las bocas. Don Germán
ordenó entonces a su fiel apoderado Emilio Gamazo buscar al niño y
eliminarlo, junto a todo el que lo hubiese visto y supiera de quién
era hijo aquella monstruosidad.
Gamazo le pasó la orden a Ramiro Albarrán,
hijo de un sanguinario anarquista muerto a tiros por la Policía
franquista, rescatado en plena calle por Gamazo, que se le llevó
consigo a las oficinas centrales de Textiles Alapont, donde lo crió
como a un perro de presa, siempre a las órdenes de su amo. Y
Albarrán prometió cumplir el encargo aunque le llevase toda la
vida. Lo primero que hizo fue obligar al cochero jubilado que
confesase dónde había llevado al hijo del señor Alapont. Pero se le
fue la mano en el interrogatorio y Luis murió antes de poder
hablar. Dora no había regresado a la finca tras llevarse al niño y
Albarrán, de momento, aplazó su búsqueda para seguir otra
pista.
En cuanto Basilio Mascaró se hubo hecho
cargo del niño llamó a un médico de confianza, un republicano
represaliado como él, expulsado de todas partes, para conocer por
qué motivo la criatura padecía ese horrible aspecto.
—Sufre una enfermedad porfiría —informó el
doctor cuando acabó su examen—, la parte superficial de la carne se
le pudre conforme va entrando en contacto con el aire, de ahí el
tufo maloliente que desprende.
—¿Qué podemos hacer? —preguntó
Mascaró.
—Se aliviará si lo alimentas con
sangre.
—¿Cómo? —replicó Rebeca, extrañada por el
remedio—, que yo sepa los niños recién nacidos beben leche.
—Los pacientes que padecen esta rara
enfermedad mejoran mucho ingiriendo plasma sanguíneo —explicó el
doctor—, en la sangre se hallan los nutrientes necesarios para
mantenerlos con vida.
Según explicó el médico, Julián había venido
al mundo con una rara dolencia física llamada zoonosis, la menos
común de todas las que aquejan al ser humano. Se trata más bien de
un conjunto de enfermedades agrupadas bajo el calificativo de
porfirias; la más infrecuente de todas llamada hematodixia. Un
siglo atrás la gente todavía pensaba que ciertos animales, como el
murciélago, pueden inocularla en el ser humano a través de la
saliva.
—Las alteraciones que produce la hematodixia
incluyen al sistema límbico y al inmunológico. El enfermo nace con
una grave carencia de vitamina B12, por ello los glóbulos rojos no
maduran como es debido y el paciente presenta un aspecto tan
espantable.
—¿Y no existe algún tratamiento? —preguntó
Mascaró, aunque no pudiera pagarlo, ya que junto a Rebeca vivían
con lo justo.
—Mejoraría con el suministro masivo de
vitamina B12, hierro y ácido fólico, aunque no es un remedio
definitivo. La hematodixia no tiene solución.
—¿Qué podemos hacer?
—Suministrarle plasma de cualquier animal,
vaca, cerdo, cabra..., cuanto más fresca mejor. Antiguamente, los
enfermos buscaban alivio en la sangre humana, de ahí las leyendas
que han proliferado sobre vampirismo.
—Qué horror —lamentó Basilio.
—Si no ingiere plasma empeora su apariencia
física, la carne se va pudriendo al contacto con el aire, parecido
a lo que ocurre con la lepra, y el paciente adquiere todo el
aspecto de un monstruo, los ojos amarillos y brillantes, uñas y
dientes dimensionados y la piel pálida y jabonosa.
—Pobre criatura —compadeció Rebeca.
—Os aconsejo que no pruebe la sangre humana,
de lo contrario ya no podrá pasar sin ella. Su falta funcionaría
entonces como el síndrome de abstinencia para el drogodependiente.
Se volvería inestable y violento, no dudaría en hacer lo que sea
necesario para calmar su necesidad.
Rebeca prometió que aquel niño, puesto en
sus manos por el capricho del azar, conservaría la vida contra todo
pronóstico. Era cuanto poseía en este mundo y no estaba dispuesta
de ningún modo a perderlo.
Comenzó a traerle sangre de ternera
conseguida en los mercados del Borne y la Boquería, tal como
recomendaba el buen doctor. Poco a poco, Julián empezó a mejorar y
su apariencia cambió. En realidad era un chico atractivo, dotado de
gran inteligencia. Durante algunos años creció feliz, rodeado de
libros antiguos, con el gato como amigo de juegos en aquel
inhóspito territorio de la Barceloneta, barrido por el aire salobre
de la playa.
Un día, leyendo la novela Nuestra Señora de París, del gran escritor francés
Victor Hugo, el chico descubrió su similitud y paralelismo con
Quasimodo, el patético jorobado que habitaba en la catedral de
Notre-Dame de París. Y como la Torre de las Aguas quedaba muy cerca
de la librería que regentaba su padre adoptivo, pronto encontró
allí su propia catedral. Aquellos
antiguos edificios abandonados por la compañía del gas eran como un
territorio secreto. Allí dentro nadie se aventuraba, porque toda
esa zona industrial causaba temor entre los vecinos, ya que durante
la Guerra Civil, todo ese inframundo urbano había servido como
guarida de indeseables, criminales y perseguidos por la
justicia.
Julián ascendía por la escalera de caracol
que atraviesa el interior de la torre, iluminada por estrechas
troneras, hacia la cima. Un espacio circular alumbrado por
alargadas ventanas ojivales y coronado por un formidable cono
puntiagudo cubierto de mosaico policromado. Pasaba los días oculto
en lo alto de la torre, contemplando la visión de Barcelona toda
extendida bajo sus pies, alimentándose de las palomas, golondrinas
y estorninos que anidaban entre las oquedades. Aprendió del gato a
moverse rodeado de oscuridad, su sigilo felino, junto a las artes
para el acecho y la caza. Compartían las piezas cobradas, Julián
consumía la sangre y le dejaba la carne al animal. Era la perfecta
simbiosis entre gato y humano.
Pasó el tiempo y Julián fue creciendo
saludable, aunque su piel continuaba tan membranosa como las alas
de un murciélago. Por eso iba solo a todas partes, nunca se
relacionaba con nadie, salvo con el gato. Había leído casi todos
los fondos de la librería y Basilio Mascaró le impartía clase de
distintas materias, pues era un buen profesor. Julián no necesitó
ir al colegio para crecer mucho más culto que la mayoría de los
jóvenes de su edad, ya que su padre adoptivo le adiestró incluso en
el idioma francés.
Mientras Basilio envejecía, su sobrina iba
perdiendo la esperanza de hallar a su príncipe azul, cada vez más
deprimida y desengañada. Una noche de tormenta, con el cielo negro
inflamado de relámpagos, mientras caía un aguacero furioso, entró
en la librería Ramiro Albarrán portando un cuchillo de grandes
dimensiones, con el que amenazó al anciano.
—Dime dónde se oculta —exigió el
sicario.
Finalmente, Albarrán había dado con Dorotea
Vilella, oculta en un monasterio de monjas carmelitas enclavado en
Sarrià. Le costó que Dora confesara dónde había llevado al niño
malformado. Pero cuando él comenzó a sacarle un ojo con el
cuchillo, Dorotea no pudo aguantar semejante dolor y reveló entre
alaridos el paradero de la criatura, confiando en que ya hubiera
muerto hace años debido a su enfermedad. Ramiro Albarrán terminó de
arrancar el ojo y luego la dejó con vida, con el fin de que pasara
el resto de su existencia culpándose por aquella la delación.
—¿Quién es usted? —preguntó Basilio.
—Para ti, como si fuera la muerte —amenazó
Albarrán—, venga, no me hagas perder el tiempo. Dime donde puedo
encontrar a ese malnacido.
—No sé de quién me hablas —negó el anciano
librero tuteando al desconocido, apenas un muchacho pero de visible
peligrosidad.
Entonces Albarrán golpeó el rostro de
Basilio con la empuñadura metálica del cuchillo y masculló:
—Ni se te ocurra jugar conmigo, viejo
idiota, o te parto el corazón.
—A lo mejor me hacías un favor —replicó el
anciano—, para lo que hay que ver en este mundo —miró al joven
sicario con desprecio—, porque alimañas como tú ya he conocido a
muchas.
Era la frase más larga que había dicho en
toda su vida.
Cuando la sobrina llegó de su ronda diaria
por los mercados y mataderos de la ciudad, siempre recolectando
sangre para Julián, que cada vez necesitaba más en abundancia,
encontró a su tío al pie del mostrador, los ojos abiertos y
perdidos en la nada, con una brutal cuchillada en el pecho. Julián
llegó a los pocos minutos, acompañado del gato.
—¿Quién ha hecho esto? —preguntó
enfurecido.
Entonces Rebeca le reveló por primera vez en
todos aquellos años de bendita ignorancia su verdadera
identidad.
—Escucha Julián: eres hijo de un empresario
muy rico y te apellidas Alapont. Tu padre te repudió al nacer y
nosotros te acogimos. Pero desde hace mucho tiempo la gente del
empresario te busca para eliminarte. Debes marcharte de aquí cuanto
antes y lo más lejos posible.
—¿Adónde voy a ir? —preguntó el muchacho con
los ojos rebosando de llanto —vosotros sois lo único que
tengo.
—Vete, por favor, el que ha matado a mi tío
no tardará en volver a por ti.
—¿Qué harás tú?
—A mí ya no me quedan ganas de seguir en
este mundo.
Dicho aquello, Rebeca se desabrochó el botón
superior de la modesta indumentaria que vestía y le ofreció el
cuello.
—Toma mi sangre, te dará las fuerzas que
necesitas para escapar.
Hubo un fuerte fogonazo en el cielo y un
rayo cayó rasgando la noche sobre uno de los pilares metálicos que
rodeaban el enorme depósito de gas, todavía medio lleno de
combustible, abandonado por los dueños cuando desmantelaron la
factoría. La explosión fue oída en toda Barcelona. Una cegadora
llamarada iluminó la noche por un instante. Mucha gente humilde que
residía en las chabolas de la playa murió en el acto.
Milagrosamente, la Torre de las Aguas quedó intacta. Cuando por fin
llegaron los bomberos, algunos vecinos del barrio afirmaron haber
visto una silueta humana surgiendo de la bola de fuego como un ser
incombustible.
Por aquellos días actuaba en Barcelona una
extraña compañía de circo en un pequeño y ruinoso teatro del Raval,
uno de los barrios menos recomendables de la ciudad, lleno de
prostíbulos y antros para fumar opio. Julián había presenciado
furtivo una de las representaciones, cayendo fascinado ante la
joven contorsionista de la troupe, llamada Liana, flexible como la
cera caliente. Cuando surgió entre las llamas ocasionadas por la
explosión, asombrosamente intacto, porque su piel de batracio le
protegía de calor, caminó bajo la lluvia que caía en ese momento
hacia donde acampaba la modesta compañía circense. Al llegar frente
al responsable, un tipo barrigudo apellidado Sevestre, descubrió su
cuerpo, con la ropa chamuscada por el fuego, todavía oliendo a
humo, y solicitó que le contratase como fenómeno de feria. El
hombre contempló el infrahumano aspecto que presentaba Julián y
aceptó enseguida, pensando que con aquel muchacho se iban a
forrar.
—Bienvenido al circo de los horrores. Dime
tu nombre y apellido para que te inscriba y anunciemos tu función
en los carteles publicitarios.
—No tengo apellido —negó Julián, renegando
de su verdadero padre.
—Pues elige uno, aquí a nadie le importa
quién seas en realidad.
Entonces fue cuando Julián recordó al
ingeniero francés que había diseñado los gasómetros y la Torre de
las Aguas. El emblema elegido como marca profesional, impreso en
los pilares metálicos del gasómetro, era un ángel surgiendo de una
llamarada junto a su extraño apellido: Carax.
—A partir de ahora —proclamó—, me llamaré
Julián Carax.
Partieron al día siguiente muy temprano y
con rumbo desconocido, cinco carromatos medio dislocados
perdiéndose con la niebla del amanecer.