DOS

 

El empresario barcelonés don Germán Alapont I Castelldans estaba considerado uno de los hombres más ricos de Cataluña. De joven había heredado la fortuna de un tío indiano y él, con buen criterio, la consolidó fundando una colonia industrial en la ribera del Llobregat. Lo tenía todo menos descendencia para perpetuar su linaje y dejar la empresa Textiles Alapont en buenas manos, porque su esposa no lograba darle hijos, aunque un médico de Madrid le había revelado a don Germán Alapont que la culpa de no poder engendrar era suya. No es que fuera impotente ni le faltase vigor, muy al contrario, de su furor sexual daban fe las jóvenes doncellas de las dos mansiones que poseía, pero por lo visto la calidad de su semen era escasa.
Tras muchos años de incertidumbre, ya en una edad que parecía poco probable para procrear, la esposa por fin se había quedado embarazada, lo cual hubiera debido ser motivo de sospecha para don Germán, pero como tenía tanto empeño en tener descendencia, pasó de largo aquella especie de milagro. Para completar la felicidad del empresario, el médico de la familia le anunció que vendrían al mundo mellizos.
Alapont poseía un hermoso palacete neoclásico en Avenida Tibidabo, la opulenta calle ocupada por la gran burguesía barcelonesa, pero con el fin de que su esposa diese a luz con mayor tranquilidad, prefirió trasladarse a su finca de Vallvidrera, una impresionante villa rodeada de monte, pinares y jardines, legada por su tío. Allí se quedó vigilando el embarazo hasta que su mujer alumbrase a las dos criaturas, confiando en que al menos una de ambas fuese varón para nombrarlo hereu, el heredero de la estirpe y la empresa.
Don Germán Alapont era un empresario con visión para los negocios, pero desprovisto de cultura y conocimientos para ser un buen administrador de las finanzas. Para ese cometido confiaba desde hace muchos años en Emilio Gamazo, al que había conocido siendo un simple y joven contable. Un hombre de traje gris y temperamento taimado, metódico y calculador, que ocultaba su ambición de ascenso bajo una falsa modestia. Pálido, con el flequillo cayéndole sobre la frente, habría parecido un poeta romántico de no ser por su mirada yerta y tan oscura como sus propias intenciones.
El empresario, que había heredado de su tío el indiano la facultad para leer en el corazón de las personas, nombró a Gamazo primero administrador y luego apoderado de la empresa textil, que poseía las oficinas centrales en Poblenou. Así es como Emilio Gamazo se convertiría con el paso del tiempo era su mano ejecutora y hombre de confianza. Por eso ahora don Germán Alapont permanecía tranquilo en la finca de Vallvidrera cuando su esposa sintió los primeros dolores del parto. Alertado el servicio y avisado el médico de la familia, ya sólo quedaba esperar con paciencia el feliz alumbramiento.
Aquel natalicio le hacía una gran ilusión a Dorotea Vilella, el ama de llaves del matrimonio Alapont. Dora (como todos la llamaban) era una madura solterona que no había podido casarse ni mucho menos tener hijos, mujer poco agraciada y más beata que una monja de clausura, echaba de menos el haber tenido un infante propio para darle todo el amor que a ella le habían escamoteado desde su niñez. Por eso, ya que Dios no le había concedido su deseo, ahora se conformaba con poder criar a los hijos de sus señores.
El ama de llaves, que había permanecido durante todo el embarazo junto a su señora, era la más nerviosa, porque su intuición de campesina, criada en las montañas de Lérida entre cerdos y otros animales de granja, le dictaba que algo no marchaba bien, que la señora Alapont presentaba un aspecto cada vez más demacrado y aquel tardío embarazo le venía demasiado grande para su escasa vitalidad y melindrosa pudibundez. Cuando por fin llegó el médico de la familia, don Rafael Capafons, corroboró de inmediato el diagnóstico de Dora.
—Es necesario sedarla para practicar una cesárea de urgencia —les anunció—, debo trasladarla de inmediato al hospital clínico.
—¡No! —rechazó el empresario—, mi futuro heredero debe nacer aquí.
Don Germán tenía ínfulas de aristócrata y consideraba la extensa finca de Vallvidrera como su casa solariega. Por eso quería que su heredero naciese allí, para instaurar una costumbre de linaje nobiliario.
—Puede haber complicaciones —advirtió el médico.
—No importa, doctor, yo me hago responsable.
Ante la irrevocable pretensión, el médico lo dispuso todo para practicar él mismo la cesárea. La parturienta respiraba con dificultad y padecía fuertes dolores, incapaz de dar a luz con tan poca fuerza. Lo primero que hizo el doctor Capafons fue sedarla mediante un extracto químico del opio, luego desplegó sobre la mesa una batería de utensilios de cirujano que causaban terror de tan sólo mirarlos; brillaban afilados y relucientes ante la escasa luz que proyectaba la rica pero mortecina lámpara cincelada en bronce y cristal de Murano colgando del techo, pues era de madrugada y no había dado tiempo a mejorar las condiciones técnicas para una operación de tal envergadura.
Dora rezaba el Rosario de rodillas junto a la ostentosa cama de madera noble, ricamente ornamentada, mientras el empresario daba vueltas como un león enjaulado, aguardando el desenlace a puerta cerrada en su despacho, un lujoso gabinete con el frontispicio de la gran chimenea de mármol presidido por el gran retrato al óleo de su tío el indiano, posando muy serio como si le reclamara silenciosamente un vástago para perpetuar el árbol genealógico de los Alapont.
La primera en salir del útero fue una niña, que llegaba llorando con fuerza, completamente sana, de peso normal y reluciente de vida. Dora redobló las oraciones, ya que su inquietud se centraba en la siguiente criatura. Era un varón y salía en silencio, envuelto en una crisálida de color violáceo, que dejó un rastro nauseabundo impregnado en el aire. Dora se santiguaba murmurando jaculatorias, mientras el doctor Capafons pedía que avisaran de inmediato al dueño de la casa. Llegó apresurado el señor Alapont, oyendo el llanto de la niña envuelta en lienzos y en brazos de una doncella. Pero cuando se acercó a la cama y vio lo que reposaba sobre una jofaina de acero encima de la cómoda, una criatura pestilente, medio tapada por una toalla, clavó su mirada contra él médico, exigiendo una explicación.
—Lo siento —dijo el doctor, pálido como la cera.
—¡Qué es eso! —clamó Alapont con los puños cerrados.
—Es un varón —confirmó el doctor Capafons—, pero ha llegado al mundo con un grave deterioro físico.
Dora lloraba enjugando el rostro de su ama, que seguía sin sentido, bajo el efecto de la sedación. El señor Alapont sacudió la cabeza, como si aquel grumo sanguinolento fuera un insulto hacia su reputación.
—Padece una enfermedad muy rara llamada hematodixia —explicó el médico, culminando la sutura de la madre.
—¡Pero eso es monstruo —temblaba de ira don Germán señalando hacia la criatura—, esa cosa horrible no puede ser hijo mío!
—La hematodixia es un mal muy poco frecuente —ilustró del doctor limpiándose las manos de sangre con una toalla—, considerado durante siglos como un estigma entre la gante inculta de otras épocas, aunque la enfermedad constituye todavía una incógnita para la ciencia. Lo mismo el niño dura unas horas que supera el siglo de vida. Nadie puede saberlo.
El empresario no quiso continuar escuchando más. Apartó de un manotazo a una doncella, que se le acercaba en ese momento para poner en sus brazos a la recién nacida, una niña preciosa, pelirroja como su madre. Se recluyó de nuevo en su despacho, descolgó el teléfono, marcó el número de las oficinas centrales y pidió que le pusieran de inmediato con el apoderado.
—Diga, señor Alapont —contestó Emilio Gamazo.
—Sube cuanto antes a Vallvidrera —ordenó don Germán autoritario—, necesito que soluciones un problema.
—¿Sucede algo, señor Alapont?
—Tú ven ahora mismo, ya te lo explicaré cuando llegues. No tardes, coge mi automóvil más rápido y trae a un hombre de tu plena confianza.
—Lo que usted ordene, señor Alapont —obedeció el apoderado, siempre dispuesto a cumplir las órdenes de su amo.
La conversación había sido escuchada involuntariamente por Dora, que temiéndose lo que planeaba don Germán, se apresuró. Fue hasta su alcoba, situada en la parte más alta de la villa, cogió de su mesita de noche un escapulario que guardaba desde niña bordado en forma de corazón y lo dividió en dos. Luego, utilizando una cinta de seda negra, confeccionó sendos lazos iguales, a los que cosió las porciones del escapulario. Bajó de nuevo junto a su ama, todavía tendida en la cama, medio inconsciente a causa de la sedación. Despidió a las doncellas, que acababan de lavar y vestir a las dos criaturas recién nacidas, reprimiendo el rechazo que les causaba tocar al niño. El ama de llaves anudó los lazos negros en el cuello de ambos infantes, cogió al niño y se dirigió hacia la parte posterior de la casa, procurando que nadie le viese. Cuando llegó al cuarto de Luis, tocó en su puerta mientras alertaba:
—Despierta, viejo borracho.
Luis era el antiguo cochero de la finca, ya jubilado, a quien don Germán Alapont había permitido quedarse a residir allí como agradecimiento por toda una vida sirviendo a la familia, ya que había sido el cochero de su tío. Ahora pasaba el día dormitando la borrachera en el jergón de su modesto cuartucho, situado junto a las caballerizas de la mansión, sacándole brillo a los carruajes de antaño, cepillando al último y viejo caballo, del que no se había querido desprender, y despotricando malhumorado contra los automóviles a motor, aquel maldito invento del diablo.
Luis abrió la puerta, vio a Dora con el niño en sus brazos y la miró desconcertado ante la inesperada visita. Tiempo atrás, cuando todavía era un mozo maduro pero apuesto, el cochero hubiese aprovechado la oportunidad, pues Dora le atraía lo suficiente como para meterla en su cuarto y pasar la noche domándola, porque Luis trataba lo mismo a los caballos que a las mujeres. Pero desde hace mucho era un anciano doblegado por los achaques y la edad, borracho, malafeitado y andrajoso. Por eso ahora la miraba perplejo, mientras Dorotea entraba en su cuarto y cerraba la puerta sigilosa.
—Escucha, Luis, debes aparejar a ese viejo animal moribundo, engancharlo a un carruaje y salir disparado a toda prisa en dirección a la ciudad.
—¿Qué llevas ahí? —quiso saber el cochero jubilado.
—Es el hijo de la señora. Hemos de sacarlo de aquí cuanto antes.
—¡¿Qué —replicó alucinado—, quieres que secuestre al hijo del señor Alapont?!
Entonces Dora levantó los lienzos que cubrían a la criatura.
—¡Dios mío! —retrocedió el cochero, espantado ante la visión de aquel grumo de carne pestilente y de color violáceo.
—Ha nacido enfermo —explicó Dora— y me temo que don Germán piensa deshacerse de él, aprovechando que la señora sigue anestesiada.
—¿Cómo sabes tú eso?
—He oído al señor Alapont conversando por teléfono con Emilio Gamazo.
El anciano cochero sabía muy bien lo que Gamazo significaba para don Germán Alapont. Era un individuo inquietante, con ojos de ofidio, tan rastrero con los amos como temible con los trabajadores, que dirigía los negocios del empresario con mano de hierro, un tipo insensible y desalmado.
—Hemos de darnos prisa —urgió ella—, el apoderado viene de camino para llevarse a la criatura.
—Pero la señora no lo consentirá —objetó el cochero.
—Ella ni siquiera sabe lo que ha parido. Cuando despierte le dirán que sólo ha sobrevivido la niña.
—¿Tú sabes lo que propones, Dora? Si nos descubren iremos a la cárcel. Don Germán es uno de los hombres más influyentes de Barcelona. No habrá sitio donde podamos ocultarnos de su larga mano.
—Tú no te preocupes, eres demasiado viejo para ir a la cárcel. En cuanto a mí, tengo un lugar donde ocultarme para el resto de mi vida.
—No sé —Luis dudaba, dando vueltas por su alcoba, mesándose las hilachas de cabello canoso y amarillento—, lo que planeas es un delito muy gordo. ¡A quién se le ocurre secuestrar un recién nacido!
—Peor sería dejar que lo maten.
—¿Y qué piensas hacer con él?
—Llevarlo a un lugar seguro. Al menos así tendrá una oportunidad.
—¿Pero por qué supones que quiere matarlo?
—Tú mismo has visto el aspecto que tiene y lo mal que huele. Don Germán no consentirá que un hijo suyo, el hereu, tenga esa horrible lacra.
—Dices que también ha parido una niña.
—Al ser mujer, no le corresponde nada.
Y así era según los antiguos fueros catalanes, todavía vigentes en aquella época. No hizo falta más. El viejo cochero enjaezó al anciano caballo y lo enganchó en una calesa ligera de dos plazas. Partieron por la parte trasera de la mansión sin que nadie los viese, dando un rodeo por caminos de bosque serpenteando entre los pinares, y luego se dirigieron hacia Barcelona. El niño iba en brazos de Dora, tan quieto y mudo como si estuviese muerto. El antiguo carruaje circulando entre la multitud de automóviles que plagaba la ciudad ofrecía una estampa pintoresca y anacrónica. La gente volvía la cabeza pensando que aquello era la celebración de alguna boda de postín.
Cuando llegaron al centro de la ciudad enfilaron hacia el barrio de la Barceloneta, un humilde suburbio urbano poblado con chabolas de inmigrantes de otras regiones, que llegaban a la prospera Cataluña en busca de trabajo, para caer explotados en las factorías como la de Textiles Alapont. El anciano jaco llegó agotado y sudoroso por el trayecto de varios kilómetros al trote desde Vallvidrera. Dora ordenó a Luis detenerse junto a unas casamatas antiguas, entre hangares y almacenes del puerto, donde destacaba un sombrío edificio, en cuyos bajos hubo antaño un taller de carpintería para los barcos de madera.
—Es aquí —anunció el ama de llaves—, deja que baje y ya puedes marcharte. Por nada del mundo digas a nadie lo que sabes. Te lo ruego.
Dora descendió con el niño y se despidió del Luis otorgándole un beso en la flácida mejilla sin afeitar. Una lágrima rebasó los ojos húmedos del cochero cuando arreó de nuevo al caballo de regreso a casa, porque aquel beso llegaba más de medio siglo tarde.
El barrio de la Barceloneta era por aquel entonces un laberinto de almacenes, fábricas y callejuelas tan intrincado que los mapas turísticos no lograban cartografiar. Allí residía Basilio Mascaró, viudo maduro y taciturno; antiguo maestro represaliado por el franquismo, expulsado para siempre de su profesión por haber sido un librepensador y abrigar ideas republicanas. Desde hace mucho tiempo sobrevivía regentando una penumbrosa librería de obras antiguas y descatalogadas, porque lo que más amaba en el mundo era la literatura.
Basilio habitaba en los interiores de su comercio junto a una sobrina con los treinta bien cumplidos llamada Rebeca y un enorme gatazo atigrado, que pasaba las horas dormitando tumbado en los libros apilados a la entrada de la tienda sobre una mesa dislocada. Como a los turistas extranjeros les hacía gracia el animal, se acercaban a fotografiarlo y a veces compraban algo, cualquier volumen con apariencia de joya bibliográfica sepultada entre montones de hojarasca polvorienta y sin el menor valor. Rebeca era como aquellos libros, una flor de catacumba, lánguida y romántica, esperando desde hace tiempo a su príncipe azul, que por lo visto se retrasaba en llegar.
La librería ocupaba los bajos de un edificio casi medieval, sumido en una tortuosa callejuela en lo más inhóspito del barrio. La única luz natural que penetraba era un famélico rayo de sol reflejado en los brillantes mosaicos que decoraban la fachada de la Torre de las Aguas, un edificio industrial construido en el siglo XIX para el tratamiento del carbón destinado a la primera central termoeléctrica establecida de la ciudad. Aquel efecto refractario se producía siempre a determinada hora de la tarde, cuando el ocaso relumbraba con fulgores de fuego durante una media hora sobre los mosaicos policromados en la parte alta de la torre, para luego extinguirse dejando en el aire un halo de luz temblorosa.
Rebeca pasaba los días aguardando que apareciera su príncipe azul entre la despistada concurrencia de turistas en chancletas y bermudas que atravesaban esa la zona del puerto buscando rincones pintorescos para fotografiar y luego exhibir en sus países de origen la España de posguerra.
El maduro librero y su marchita sobrina conocían a Dora por ser amiga de la difunta señora Mascaró, ya que ambas eran igual de beatas y solían acudir juntas a las adoraciones nocturnas celebradas en el templo de San Felipe Neri, con sus escapularios entre pecho y espalda, sumidas en el sahumerio del incienso y el humo acre de los velones, entre hornacinas, confesionarios y reclinatorios.
Fue allí, a la salida del oficio y ya de madrugada, una noche que Dora no pudo acompañarla y aquella circunstancia le salvó la vida, cuando la mujer de Basilio Mascaró cayó abatida por la metralla de una bomba. Poco antes de llegar las tropas nacionales para liberar la ciudad del oprobio rojo, los aviones franquistas habían atacado por sorpresa el centro de la urbe con el fin de doblegar la posible resistencia civil. En aquella explosión murieron también decenas de niños vestidos de blanco, que acudían justo en ese instante a tomar la primera comunión al templo de San Felipe. Fue después de aquella crueldad cuando Basilio se tornó un hombre taciturno y ermitaño, ajeno a todo lo que no fueran sus libros, ya que Dios, por lo visto, siempre luchaba en el bando de los vencedores.
Por eso, cuando Dora entró en la tienda y depositó al recién nacido en el mostrador de madera carcomida, Mascaró no dijo nada, se limitó a escuchar los argumentos de aquella mujer entristecida, que le traía el recuerdo de su esposa reventada entre cuerpecitos vestidos de blanco, todo rodeado de humo, alaridos de dolor, sangre derramada y el fragor de las explosiones.
—Basilio, tienes que hacerme un favor, aunque sea en memoria de tu santa mujer —Dora se santiguó—, quiero que te quedes con este niño y hagas lo que puedas para que sobreviva. Es una criatura inocente y alguien desea matarlo, como hizo Herodes con los infantes —creyó conveniente añadir.
El maduro librero accedió con mudo asentimiento y allí mismo, en la pequeña cocina de la trastienda, bautizaron a la criatura con agua del grifo, imponiéndole de nombre Julián, ya que Julia se llamaba la esposa de Basilio.
Cuando la señora Alapont recuperó el conocimiento tras el accidentado parto, don Germán le dijo que, de los mellizos alumbrados, el varón había nacido muerto. El empresario encargó entonces un lujoso sepulcro en el cementerio de Poblenou y organizó un opulento sepelio, al que asistió casi media ciudad. Nadie, salvo Dora y el médico de la familia, conocía la verdad: que aquel pequeño féretro blanco era sepultado vacío. Pero el dinero y las amenazas cerraron todas las bocas. Don Germán ordenó entonces a su fiel apoderado Emilio Gamazo buscar al niño y eliminarlo, junto a todo el que lo hubiese visto y supiera de quién era hijo aquella monstruosidad.
Gamazo le pasó la orden a Ramiro Albarrán, hijo de un sanguinario anarquista muerto a tiros por la Policía franquista, rescatado en plena calle por Gamazo, que se le llevó consigo a las oficinas centrales de Textiles Alapont, donde lo crió como a un perro de presa, siempre a las órdenes de su amo. Y Albarrán prometió cumplir el encargo aunque le llevase toda la vida. Lo primero que hizo fue obligar al cochero jubilado que confesase dónde había llevado al hijo del señor Alapont. Pero se le fue la mano en el interrogatorio y Luis murió antes de poder hablar. Dora no había regresado a la finca tras llevarse al niño y Albarrán, de momento, aplazó su búsqueda para seguir otra pista.
En cuanto Basilio Mascaró se hubo hecho cargo del niño llamó a un médico de confianza, un republicano represaliado como él, expulsado de todas partes, para conocer por qué motivo la criatura padecía ese horrible aspecto.
—Sufre una enfermedad porfiría —informó el doctor cuando acabó su examen—, la parte superficial de la carne se le pudre conforme va entrando en contacto con el aire, de ahí el tufo maloliente que desprende.
—¿Qué podemos hacer? —preguntó Mascaró.
—Se aliviará si lo alimentas con sangre.
—¿Cómo? —replicó Rebeca, extrañada por el remedio—, que yo sepa los niños recién nacidos beben leche.
—Los pacientes que padecen esta rara enfermedad mejoran mucho ingiriendo plasma sanguíneo —explicó el doctor—, en la sangre se hallan los nutrientes necesarios para mantenerlos con vida.
Según explicó el médico, Julián había venido al mundo con una rara dolencia física llamada zoonosis, la menos común de todas las que aquejan al ser humano. Se trata más bien de un conjunto de enfermedades agrupadas bajo el calificativo de porfirias; la más infrecuente de todas llamada hematodixia. Un siglo atrás la gente todavía pensaba que ciertos animales, como el murciélago, pueden inocularla en el ser humano a través de la saliva.
—Las alteraciones que produce la hematodixia incluyen al sistema límbico y al inmunológico. El enfermo nace con una grave carencia de vitamina B12, por ello los glóbulos rojos no maduran como es debido y el paciente presenta un aspecto tan espantable.
—¿Y no existe algún tratamiento? —preguntó Mascaró, aunque no pudiera pagarlo, ya que junto a Rebeca vivían con lo justo.
—Mejoraría con el suministro masivo de vitamina B12, hierro y ácido fólico, aunque no es un remedio definitivo. La hematodixia no tiene solución.
—¿Qué podemos hacer?
—Suministrarle plasma de cualquier animal, vaca, cerdo, cabra..., cuanto más fresca mejor. Antiguamente, los enfermos buscaban alivio en la sangre humana, de ahí las leyendas que han proliferado sobre vampirismo.
—Qué horror —lamentó Basilio.
—Si no ingiere plasma empeora su apariencia física, la carne se va pudriendo al contacto con el aire, parecido a lo que ocurre con la lepra, y el paciente adquiere todo el aspecto de un monstruo, los ojos amarillos y brillantes, uñas y dientes dimensionados y la piel pálida y jabonosa.
—Pobre criatura —compadeció Rebeca.
—Os aconsejo que no pruebe la sangre humana, de lo contrario ya no podrá pasar sin ella. Su falta funcionaría entonces como el síndrome de abstinencia para el drogodependiente. Se volvería inestable y violento, no dudaría en hacer lo que sea necesario para calmar su necesidad.
Rebeca prometió que aquel niño, puesto en sus manos por el capricho del azar, conservaría la vida contra todo pronóstico. Era cuanto poseía en este mundo y no estaba dispuesta de ningún modo a perderlo.
Comenzó a traerle sangre de ternera conseguida en los mercados del Borne y la Boquería, tal como recomendaba el buen doctor. Poco a poco, Julián empezó a mejorar y su apariencia cambió. En realidad era un chico atractivo, dotado de gran inteligencia. Durante algunos años creció feliz, rodeado de libros antiguos, con el gato como amigo de juegos en aquel inhóspito territorio de la Barceloneta, barrido por el aire salobre de la playa.
Un día, leyendo la novela Nuestra Señora de París, del gran escritor francés Victor Hugo, el chico descubrió su similitud y paralelismo con Quasimodo, el patético jorobado que habitaba en la catedral de Notre-Dame de París. Y como la Torre de las Aguas quedaba muy cerca de la librería que regentaba su padre adoptivo, pronto encontró allí su propia catedral. Aquellos antiguos edificios abandonados por la compañía del gas eran como un territorio secreto. Allí dentro nadie se aventuraba, porque toda esa zona industrial causaba temor entre los vecinos, ya que durante la Guerra Civil, todo ese inframundo urbano había servido como guarida de indeseables, criminales y perseguidos por la justicia.
Julián ascendía por la escalera de caracol que atraviesa el interior de la torre, iluminada por estrechas troneras, hacia la cima. Un espacio circular alumbrado por alargadas ventanas ojivales y coronado por un formidable cono puntiagudo cubierto de mosaico policromado. Pasaba los días oculto en lo alto de la torre, contemplando la visión de Barcelona toda extendida bajo sus pies, alimentándose de las palomas, golondrinas y estorninos que anidaban entre las oquedades. Aprendió del gato a moverse rodeado de oscuridad, su sigilo felino, junto a las artes para el acecho y la caza. Compartían las piezas cobradas, Julián consumía la sangre y le dejaba la carne al animal. Era la perfecta simbiosis entre gato y humano.
Pasó el tiempo y Julián fue creciendo saludable, aunque su piel continuaba tan membranosa como las alas de un murciélago. Por eso iba solo a todas partes, nunca se relacionaba con nadie, salvo con el gato. Había leído casi todos los fondos de la librería y Basilio Mascaró le impartía clase de distintas materias, pues era un buen profesor. Julián no necesitó ir al colegio para crecer mucho más culto que la mayoría de los jóvenes de su edad, ya que su padre adoptivo le adiestró incluso en el idioma francés.
Mientras Basilio envejecía, su sobrina iba perdiendo la esperanza de hallar a su príncipe azul, cada vez más deprimida y desengañada. Una noche de tormenta, con el cielo negro inflamado de relámpagos, mientras caía un aguacero furioso, entró en la librería Ramiro Albarrán portando un cuchillo de grandes dimensiones, con el que amenazó al anciano.
—Dime dónde se oculta —exigió el sicario.
Finalmente, Albarrán había dado con Dorotea Vilella, oculta en un monasterio de monjas carmelitas enclavado en Sarrià. Le costó que Dora confesara dónde había llevado al niño malformado. Pero cuando él comenzó a sacarle un ojo con el cuchillo, Dorotea no pudo aguantar semejante dolor y reveló entre alaridos el paradero de la criatura, confiando en que ya hubiera muerto hace años debido a su enfermedad. Ramiro Albarrán terminó de arrancar el ojo y luego la dejó con vida, con el fin de que pasara el resto de su existencia culpándose por aquella la delación.
—¿Quién es usted? —preguntó Basilio.
—Para ti, como si fuera la muerte —amenazó Albarrán—, venga, no me hagas perder el tiempo. Dime donde puedo encontrar a ese malnacido.
—No sé de quién me hablas —negó el anciano librero tuteando al desconocido, apenas un muchacho pero de visible peligrosidad.
Entonces Albarrán golpeó el rostro de Basilio con la empuñadura metálica del cuchillo y masculló:
—Ni se te ocurra jugar conmigo, viejo idiota, o te parto el corazón.
—A lo mejor me hacías un favor —replicó el anciano—, para lo que hay que ver en este mundo —miró al joven sicario con desprecio—, porque alimañas como tú ya he conocido a muchas.
Era la frase más larga que había dicho en toda su vida.
Cuando la sobrina llegó de su ronda diaria por los mercados y mataderos de la ciudad, siempre recolectando sangre para Julián, que cada vez necesitaba más en abundancia, encontró a su tío al pie del mostrador, los ojos abiertos y perdidos en la nada, con una brutal cuchillada en el pecho. Julián llegó a los pocos minutos, acompañado del gato.
—¿Quién ha hecho esto? —preguntó enfurecido.
Entonces Rebeca le reveló por primera vez en todos aquellos años de bendita ignorancia su verdadera identidad.
—Escucha Julián: eres hijo de un empresario muy rico y te apellidas Alapont. Tu padre te repudió al nacer y nosotros te acogimos. Pero desde hace mucho tiempo la gente del empresario te busca para eliminarte. Debes marcharte de aquí cuanto antes y lo más lejos posible.
—¿Adónde voy a ir? —preguntó el muchacho con los ojos rebosando de llanto —vosotros sois lo único que tengo.
—Vete, por favor, el que ha matado a mi tío no tardará en volver a por ti.
—¿Qué harás tú?
—A mí ya no me quedan ganas de seguir en este mundo.
Dicho aquello, Rebeca se desabrochó el botón superior de la modesta indumentaria que vestía y le ofreció el cuello.
—Toma mi sangre, te dará las fuerzas que necesitas para escapar.
Hubo un fuerte fogonazo en el cielo y un rayo cayó rasgando la noche sobre uno de los pilares metálicos que rodeaban el enorme depósito de gas, todavía medio lleno de combustible, abandonado por los dueños cuando desmantelaron la factoría. La explosión fue oída en toda Barcelona. Una cegadora llamarada iluminó la noche por un instante. Mucha gente humilde que residía en las chabolas de la playa murió en el acto. Milagrosamente, la Torre de las Aguas quedó intacta. Cuando por fin llegaron los bomberos, algunos vecinos del barrio afirmaron haber visto una silueta humana surgiendo de la bola de fuego como un ser incombustible.
Por aquellos días actuaba en Barcelona una extraña compañía de circo en un pequeño y ruinoso teatro del Raval, uno de los barrios menos recomendables de la ciudad, lleno de prostíbulos y antros para fumar opio. Julián había presenciado furtivo una de las representaciones, cayendo fascinado ante la joven contorsionista de la troupe, llamada Liana, flexible como la cera caliente. Cuando surgió entre las llamas ocasionadas por la explosión, asombrosamente intacto, porque su piel de batracio le protegía de calor, caminó bajo la lluvia que caía en ese momento hacia donde acampaba la modesta compañía circense. Al llegar frente al responsable, un tipo barrigudo apellidado Sevestre, descubrió su cuerpo, con la ropa chamuscada por el fuego, todavía oliendo a humo, y solicitó que le contratase como fenómeno de feria. El hombre contempló el infrahumano aspecto que presentaba Julián y aceptó enseguida, pensando que con aquel muchacho se iban a forrar.
—Bienvenido al circo de los horrores. Dime tu nombre y apellido para que te inscriba y anunciemos tu función en los carteles publicitarios.
—No tengo apellido —negó Julián, renegando de su verdadero padre.
—Pues elige uno, aquí a nadie le importa quién seas en realidad.
Entonces fue cuando Julián recordó al ingeniero francés que había diseñado los gasómetros y la Torre de las Aguas. El emblema elegido como marca profesional, impreso en los pilares metálicos del gasómetro, era un ángel surgiendo de una llamarada junto a su extraño apellido: Carax.
—A partir de ahora —proclamó—, me llamaré Julián Carax.
Partieron al día siguiente muy temprano y con rumbo desconocido, cinco carromatos medio dislocados perdiéndose con la niebla del amanecer.