BAYONA, 14 DE JUNIO DE 1808

A LAS SIETE MENOS CUARTO, en la explanada en la que se iba a celebrar la revista de las tropas, los generales y el alto estado mayor aguardaban al lado de la tribuna. Ensillados y prestos los dos caballos del emperador.

La variedad de uniformes de los generales refleja la diversidad de las tropas que ocupan la explanada en formación. Granaderos y coraceros de la guardia imperial, fusileros, infantería, las legiones del Vístula, caballería pesada con las corazas relucientes, caballería ligera con el traje de los galones de oro, caballería polaca, ingenieros, cazadores, artillería ligera.

A primera vista se distingue que hay veteranos y tropas bisoñas, de los últimos reclutamientos a los que, tras un apresurado entrenamiento, se envía a España.

Los generales se cuadran y forman para saludarme. Quedo de pie, de conversación con ellos en espera de mi hermano. Noto tenso al general Durosnet, caballerizo mayor del emperador. Tiene motivos. Uno de los fines de la revista de hoy es comprobar los progresos en el adiestramiento de la caballería polaca.

El emperador siente atracción por las tropas exóticas unidas a su ejército. Los polacos mostraron en una revista del mes pasado irregularidades en la maniobra. El emperador encargó a su caballerizo que se ocupase en persona de superarlas: «Quiero que hagáis de estos escuadrones la mejor caballería del mundo».

Unos minutos antes de las siete, el ruido de los cascos de los caballos de la escolta y el de los carruajes envueltos en la polvareda anunció la llegada del cortejo imperial. A galope, para frenar en seco ante la tribuna.

Descendió el emperador en uniforme de granadero. Tras saludamos, rechazó esta vez cabalgar e inició la revista de las tropas a pie.

Los soldados manifiestan una súbita mutación ante la presencia del emperador. Parecen mesmerizados. Mi hermano también cambia entre la tropa. Nunca le he visto sentirse más a gusto. Pasa las revistas a fondo, no de modo formulario. Un botón desabrochado, una hebilla sin brillos y muda el semblante. También el responsable y sus superiores se encuentran con motivos para cambiar de gesto. Se recrea en la perfección marcial. Habla, bromea, elogia. Interrumpe la marcha, comenta con su escolta de mariscales, vuelve a caminar ante los escuadrones.

De regreso a la tribuna, en lugar de consentir el plan de maniobras establecido, eligió él las que debían realizarse, improvisando los movimientos de los escuadrones. Mandó despejar la explanada a la infantería a paso ligero, para formarla al otro lado del campo. Ante cierta torpeza en el desplazamiento de los batallones de reclutas inexpertos, cuando los jefes temían la ira imperial, dijo: «Buenos muchachos, pronto podré estar orgulloso de ellos». Es difícil adivinar las reacciones de mi hermano.

Hizo desfilar, a galope, a la artillería ligera y los furgones de intendencia. «El avituallamiento es tan importante como la capacidad de fuego». Repentinamente ordenó parar a un vagón, desmontar la lona y poner en el suelo la carga. Bajó a inspeccionarla, haciendo desclavar algunas cajas. Satisfecho del contenido, regresó a la tribuna.

En estas revistas en que participa la guardia imperial no se sabe si asombra más la vistosidad o la perfección. Tampoco si el emperador obtiene más placer con la admiración de los extraños o con su propio deleite.

Pudo quedar complacido de mi pasmo al ver maniobrar a la caballería polaca de su escolta. El general Durosnet ha cumplido el encargo. Es la mejor caballería del mundo. Les hizo pasar a galope tendido, entrelazándose a una velocidad de vértigo, en los movimientos más complejos y arriesgados por el peligro de colisión. La disciplina inculcada por Durosnet convierte a estos escuadrones en la más perfecta máquina bélica. El emperador comentó complacido: «No creo que exista un ejército capaz de resistir una carga de esta caballería».

Al acompañarle a su carroza me fijé en Roustan, su mameluco, con el más rutilante de los uniformes. Hoy ha venido vestido de mameluco, sin duda para desconcertar.

—Os veré en el teatro. Ahora trabajaré para vos.

—Gracias, sire.

Partió entre las ovaciones de la tropa. Los soldados bisoños cambiaron con su presencia. En un contagio colectivo del coraje de la guardia imperial al maniobrar conjuntamente ante el emperador, estos hombres, antes desalentados por su destino a España, marcharán mañana con orgullo y decisión.

He logrado organizar los salones del primer piso de mi casa, para el trabajo y las audiencias. Me esperan los mismos de ayer y… un volumen igualmente abrumador de legajos.

—Antes de entrar en materia, debo comunicar que he dado licencia para no asistir a la asamblea de notables al conde de Fuentes y al duque de Medinaceli.

Fue Meneval quien tomó la palabra, mientras abría una carpeta.

—Sólo están en Bayona sesenta y cinco, Majestad. Con estas dos ausencias se reducen a sesenta y tres. Debieran asistir ciento cincuenta. El embajador La Forest y el ministro Piñuela envían desde Madrid una lista con otros nombramientos para sustituciones. Esperamos que vayan llegando. Los dos licenciados por Vuestra Majestad son de la comisión de grandes de España. Si no tenéis inconveniente pueden ocupar sus puestos el marqués de Ariza y el conde de Castel-Florido.

Reemprendido el análisis donde ayer lo dejamos, resulta de los documentos que no figura en el proceso de El Escorial ninguna prueba terminante de que don Fernando pretendiese destronar a su padre o atentar contra la vida de su madre.

El escrito de puño y letra del príncipe de Asturias es un largo alegato, respetuoso en la forma si no fueran por las tremendas acusaciones que contiene, en que trata de convencer al rey Carlos de la mala conducta y peores propósitos del príncipe de la Paz… y de la reina. Todo en un cuadernillo de doce hojas y otro de cinco y media.

Tras las espinosas acusaciones a Godoy de la relación con la reina, le atribuía don Fernando la intención, con carácter de «sospecha», de querer subir al trono y acabar con toda la familia real. Un argumento esgrimido por don Fernando para pensar en el propósito de don Manuel Godoy de privarle de la herencia de la corona era: «… haberle alejado del lado del rey, sin permitirle ir con él de caza, ni asistir al despacho».

Don Fernando, además de hacer acusaciones, da consejos y propone medidas: conceder al príncipe heredero «facultad para arreglarlo todo, a fin de prender al acusado y confinarle en un castillo», «embargarle los bienes, la prisión de sus criados, de doña Josefa Tudó y otros», según conviniese, en averiguaciones posteriores y conveniencias que el príncipe «sometería a su augusto padre para su aprobación».

Suplica una reunión con personas que puedan asesorar imparcialmente al rey sobre la realidad de las acusaciones, con tal que no estuviesen presentes la reina ni el valido, y que… llegado el momento, no se separase al padre del lado de su hijo, «para que los primeros ímpetus de los sentimientos de la reina no alterasen la determinación de S. M.».

Termina rogando a su padre que guarde secreto, en caso de no acceder el rey a su petición, pues, descubierta la denuncia, peligraría su vida.

En la iniciación de la causa de El Escorial, se descubre, además de la carta al emperador, un decreto que don Fernando había expedido de su puño y letra y sello, sin fecha, en favor del duque del Infantado, «luego que falleciese su padre el rey», para que tomase el mando de todas las armas, incluida la guardia real.

Más que de «crimen horrendo», «hechos atroces», «inaudita catástrofe», etc., como publica don Carlos en su decreto, aparece una gran torpeza e ingenuidad.

Ahora que por documentos posteriores, y por el comportamiento de todos estos príncipes en Bayona, los conocemos mejor, comprendemos el aislamiento y abandono, la humillante relegación de don Fernando. Por las circunstancias de esta familia y el protocolo de la corte española, no tenía libertad ni para hablar paseando con su hermano. Es disculpable que tal aislamiento le llevase a hacer una composición ilusoria de las reacciones que pueden tener los dos destinatarios de sus escritos, el rey y el emperador.

Dada su edad y falta de experiencia, era imposible que pudiese comprender la compleja relación del valido con sus padres. Un marido engañado, al saber, ¡al fin!, la traición y deshonor, reaccionará del modo convencional, y lo único que puede oponerse, trayéndole de nuevo a engaño, son las argucias de la esposa descubierta; por eso pide precauciones para que los «primeros ímpetus de los sentimientos de la reina no alterasen la determinación de S. M.».

No podía sospechar que «los ímpetus del sentimiento» hacia don Manuel Godoy eran tan intensos, o quizá aún más, en el rey que en la reina. Las «flaquezas de la afección», que mi hermano supo intuir, no podía adivinarlas un joven. Los hechos posteriores las han confirmado.

El rey vende España y las Indias, para comprar un lugar tranquilo en que pasar el resto de su vida en compañía de la reina y del príncipe de la Paz. Ha partido hacia el exilio, satisfecho, con ellos dos y con doña Josefa Tudó, amante del valido, que es, a la vez, esposo de una sobrina del rey, la condesa de Chinchón.

Quien tiene razón es la emperatriz: no basta con las flaquezas, son «misterios de la afección».

Los documentos que he repasado hoy aportan nuevas pruebas de este ciego cariño, que los acontecimientos de Aranjuez, con la prisión y malos tratos al valido, convierten en desgarrada angustia. Los reyes piden a Murat que salve la vida de Godoy «antes que la nuestra», pues «es nuestro único amigo» y, afirma la reina hablando del rey: «Que la muerte del príncipe de la Paz produciría la suya, pues no podría S. M. sobrevivir a ella».

Leer tantos documentos seguidos tiene el peligro de desordenar las ideas. Don Fernando no podía conocer esas reacciones porque ocurrieron cinco meses más tarde, tras el motín de Aranjuez. Me es fácil rememorar la fecha: coincide con mi onomástica, el 19 de marzo. En estos cinco meses ocurrieron muchas cosas en España.

La ira de don Carlos al suponer amenazada su autoridad y ver ultrajadas a las dos únicas personas que quiere, y que quiere con toda su alma, lanza el proceso de El Escorial. Ya analicé cómo las amenazas del emperador cortan ese proceso. El 25 de enero de 1808 los jueces absolvieron y dejaron libres de todo cargo a los reos.

Durante el proceso y en las semanas siguientes, nuevos ejércitos franceses entran en España y se adueñan de las plazas fuertes principales. El 22 de diciembre de 1807 había penetrado Dupont al mando de veintiocho mil hombres, sin convenio previo con España, en infracción del tratado de Fontainebleau. Francia no se ocupará ni en simular que lo cumple. Dupont, que se porta con mucha menos discreción que Junot, «manda y ordena» a su paso por las ciudades españolas. Comienza la alarma y el resentimiento hacia esas tropas «aliadas y amigas». El 9 de enero entra un nuevo ejército al mando del mariscal Moncey.

Junot el 1 de febrero hace público en Lisboa que la casa en Braganza ha dejado de reinar, y que Napoleón le ha ordenado que gobierne Portugal «en su totalidad», en nombre del emperador. Por tanto, mi hermano descubre su proyecto de no cumplir ninguno de los apartados del tratado de Fontainebleau; entre ellos, los del reino para Godoy en el sur y, como compensación, otro para el rey de Etruria en el norte.

A primeros de febrero entra en Cataluña el ejército del general Duhesme y, en el mismo mes, se produce la toma de fortalezas, por estratagemas que los generales franceses relatan con satisfacción por su astucia, que, si bien no produjeron derramamiento de sangre, han encendido la ira y el resentimiento de los españoles.

Es memorable la treta empleada para tomar la fortaleza de Pamplona, el 16 de febrero. Llegó a la ciudad el general D’Armagnac con tres batallones sin previo aviso. Pidió permiso al virrey de Navarra, marqués de Vallesantoro, para alojar sus tropas dentro de las murallas de Pamplona. Se le concedió como aliado. Aparecía difícilmente expugnable la ciudadela, con sus puentes levadizos e imponentes defensas. D’Armagnac quiso meter dentro soldados suyos para facilitar el asalto. Empleó la argucia de solicitar permiso para mantener dentro de la ciudadela a dos batallones de suizos, «de cuya fidelidad dijo no fiarse», pero el virrey manifestó que no podía consentir sin permiso de Madrid. D’Armagnac, hombre lleno de recursos, logró que los franceses fuesen a buscar sus raciones dentro de la ciudadela, en la que con trato tan amistoso se descuidó cada vez más la vigilancia. Logró D’Armagnac que le cediesen para su alojamiento un palacio contiguo a la entrada principal del fuerte. Escondió, poco a poco en su casa, durante la noche del 15, buen número de granaderos especializados en acciones de asalto, que entraban con disfraz de paisanos y allí quedaron esperando. Al día siguiente, a la hora de ir a recoger los víveres al interior de la ciudadela, junto a los soldados que llevaban las cestas, acudió otro grupo más numeroso, fingiendo bromear con ellos y lanzándoles bolas de nieve. Simularon los primeros huir por el puente levadizo. Entre risas y bolazos de nieve entraron los demás aparentando acosarlos, mientras los españoles de guardia contemplaban divertidos aquel simpático jugueteo. A una señal convenida se lanzaron, todos a la vez, sobre los desprevenidos centinelas españoles, impidiéndoles subir el puente levadizo. Entraron como un relámpago los granaderos que aguardaban escondidos en la casa del general D’Armagnac, que así, en un instante, como de broma, sin un herido, se apoderó de la importante fortaleza de Pamplona.

A los pocos minutos se enteró el virrey. Con la noticia le llegó una carta del general D’Armagnac, en la que también en tono festivo le pedía disculpas por lo que había hecho «impulsado por la necesidad», y esperaba que el incidente «no alteraría la buena armonía propia de dos fieles aliados». La carta fue juzgada por el destinatario como «género de mofa que hacía resaltar su fementida conducta». El virrey recibió orden desde Madrid de no provocar el menor incidente con las tropas francesas.

Por la similitud de los sucesos debían de tener los mariscales franceses instrucciones de proceder así, dejando a la improvisación de cada cual y a su ingenio la argucia empleada. Doce días más tarde el general Duhesme empleó un ardid parecido para tomar la ciudadela de Barcelona. Anunció que sus tropas saldrían hacia Cádiz, con gran alivio de los preocupados barceloneses y, cortésmente, ofreció una revista de despedida de sus tropas delante de la ciudadela. La sagacidad francesa parecía ir emparejada en todos esos sucesos con la indisciplina hispana y con su irreflexión. Parece increíble: la guarnición española había marchado a la ciudad, cada cual a su albedrío, tanto oficiales como soldados, dando el peligro por terminado y con una cierta descortesía hacia el desfile de despedida con que los obsequiaban los franceses. Quedaron sólo veinte soldados de guarnición. Se acercó un oficial francés con su destacamento, de gala y batiendo tambores a saludar al oficial de guardia español. Con el ruido de los tambores ahogaron las voces de los sucesivos centinelas españoles sorprendidos y, en lucido desfile entraron, sujetaron el puente para permitir el paso de los demás y… quedó en sus manos la fortaleza.

El capitán general de Cataluña rindió el mismo día la de Montjuic, sin defenderla. Como todos, tenía severas órdenes de Madrid de no «provocar» a los franceses, y Duhesme, ya sin disimulo, dijo que sólo obedecía órdenes del emperador y que si no rendían la fortaleza la tomaría por fuerza.

Lo mismo ocurrió días más tarde en San Sebastián, donde el comandante general de Guipúzcoa, duque de Mahón, quiso defender la plaza. Recibió orden de Godoy, el día 3 de marzo, escrita y firmada por el príncipe de la Paz:

… que ceda el gobernador la plaza, pues no tiene medio de defenderla; pero que lo haga de un modo amistoso, según lo han practicado los de las otras plazas, sin que para ello hubiese tantas razones ni motivos de excusa como en San Sebastián.

Las «razones y motivos de excusa» eran de fuerza mayor: la llegada a la frontera de un nuevo ejército, bajo el mando de mi no menos impresionante cuñado Joaquín Murat. Murat, gran duque de Berg, con tratamiento de alteza imperial, condición de esposo de una hermana del emperador, de modales despóticos y amedrentadores. Se le entregó la plaza de San Sebastián el 5 de marzo. El día 13 ya estaba en Burgos. Como general en jefe de los cien mil hombres que por entonces tenía el emperador en España, dio una proclama a sus soldados «para que tratasen a los españoles, nación por tantos títulos estimable, como tratarían a los franceses mismos; queriendo el emperador el bien y la felicidad de España».

Importa mucho sopesar el proceder de Murat, que es opuesto a la política que yo preconizo, y ha pesado muy negativamente en la evolución de los asuntos de España.

Al avanzar Murat con su ejército por Aranda y Somosierra hacia un Madrid desguarnecido, cundió el pánico en la corte, que marchó a Aranjuez, con la mayoría de las escasas tropas acantonadas en la capital. Corrió entre el pueblo el rumor de que la familia real, a imitación de la portuguesa, se dirigía hacia el sur para embarcar con rumbo a América.

El furor popular por lo que consideraban una huida que los dejaba desamparados, combinado con las intrigas e incitaciones de partidarios del príncipe de Asturias; hicieron estallar el motín de Aranjuez, con la consiguiente abdicación de Carlos IV en su hijo.

Los hechos fundamentales son de sobra conocidos. Sirven para enjuiciar a mis predecesores en el trono de España. Algunos hechos secundarios, perdidos entre los documentos, me han llamado la atención, porque creo que sirven para valorar algunos rasgos que tienen mis nuevos súbditos, de los que carecen otros pueblos.

En el saqueo del palacio de Godoy en Aranjuez y en los que ocurrieron al día siguiente en su palacio de Madrid y en las casas de su madre y de su hermano Diego, acaeció algo extraño. En todas ellas arrojaron los objetos de valor, obras de arte «y preciosidades» por las ventanas para quemarlos ante las fachadas. Dice el relato de Madrid: «… quemáronlo todo, sin que nada se hubiesen quedado ni escondido».

Igualmente en el de Aranjuez: «… el pueblo, si bien quemó y destruyó los muebles y objetos preciosos, no ocultó para sí cosa alguna, ofreciendo el ejemplo del desinterés más acendrado».

Nada de esto imagino en Nápoles o en Francia, con el populacho amotinado en una orgía de violencia, y menos aún otro rasgo. En el saqueo encontraron las condecoraciones del valido: «… las veneras, los collares y todos los distintivos de las dignidades supremas a que Godoy había sido ensalzado, fueron preservados y puestos en manos del rey». ¡Los españoles! Noble y extraño pueblo.

Semejante proceder se repitió en otras ciudades y provincias: júbilo delirante por la proclamación de Fernando VII y por la caída del valido. Paseo triunfal del retrato del primero, y arrastre del retrato del segundo con asalto a las casas de los protegidos locales del valido, y desmanes contra sus personas. Extraña combinación de fiesta y motín, sin rasgos revolucionarios que muchos temían, y eran de esperar.

Con los nuevos informes me voy haciendo una composición diferente de cómo era la situación en España. Debemos ver qué hacían en esos días los españoles, el emperador y Murat, y su relación mutua.

Mientras por todo el mapa de España se extiende, desde Aranjuez y Madrid, la buena nueva del triunfo de don Fernando, inundando de alegría las provincias, don Fernando y sus allegados siguen en Aranjuez y Murat decide precipitar la llegada a Madrid, anticipándose. Lo consigue entrando en la capital del reino el día 23 de marzo.

Don Fernando y sus consejeros gastaron esos preciosos tres días en las primeras providencias del nuevo gobierno, que, como protestó un comentarista español, se iniciaron «con el fatal sistema de echar por tierra lo actual y existente, sin otro examen que ser obra del gobierno que había antecedido».

Carlos IV había abdicado ante todos sus ministros y ceñido la corona a las sienes de su hijo el día 19 a las siete de la tarde en Aranjuez. La noticia llegó a Madrid ese mismo día a las once de la noche. Por lo avanzado de la hora, el júbilo sólo lo disfrutaron algunos grupos. El día 20 el gozo fue universal, en frenesí colectivo, alentado por el anuncio oficial por la mañana en carteles, y ya publicado por la tarde. Las multitudes delirantes de entusiasmo fueron enturbiando su talante en la noche del 20, y comenzaron a cometerse desmanes, que fueron reprimidos por el consejo, que prohibió siguiese «esta suerte de regocijos».

En los tres días siguientes don Fernando VII fue cambiando algunos ministros de su padre por los que le siguieron, y tengo yo ahora aquí, y que conmigo se van a reunir esta tarde en su mayoría: Miguel José de Azanza, antiguo virrey de México, Hacienda; Guerra, don Gonzalo O’Farril; Gracia y Justicia, don Sebastián Piñuela; don Pedro Cevallos sigue de consejero de Estado.

Llamó, para aconsejarse de ellos, a las encausados de El Escorial: Escoiquiz y los duques del Infantado y de San Carlos. Entre los tres decidieron en los asuntos de más importancia. Escoiquiz no sólo era un admirador entusiasta de mi hermano, de su genio y poderío; confiaba además ciegamente en la bondad y rectas intenciones del emperador. Sólo esto explica algunas decisiones posteriores del grupo que rodeaba a Fernando VII.

Inician el proceso de Godoy, al que para mayor seguridad mandan trasladar al castillo de Villaviciosa, y también encarcelan a otros que en realidad no tenían más delito que el haber sido amigos o favorecidos del príncipe de la Paz.

La decretada confiscación de los bienes de Godoy era ilegal; sólo podían haberlos embargado una vez celebrado el juicio.

Lanza Fernando VII un manifiesto garantizando la misma actitud de amistad con Francia y de colaboración con el emperador que había mantenido su padre, y pide a los españoles comportamiento que merecen los «amigos y aliados» para las tropas francesas. Deciden también enviar emisarios del máximo rango al emperador y a Murat, gran duque de Berg. Viajan a Francia los duques de Medinaceli y de Frías y el conde de Fernán Núñez. Sale el duque del Parque al encuentro de Murat «para obsequiarle y servirle».

Por tanto, Fernán Núñez no estaba en Francia para «un asunto particular», como dicen, sino cumpliendo el encargo de su rey. Lo que hizo fue adelantarse a los dos duques, quizá por la vanidad de ser el primero. Tampoco encuentro tan risible que demandase ser presentado a la princesa prometida del rey Fernando VII. Toda la corte española y el gobierno en pleno seguían aferrados a esta idea, como la única vía de salvación de España. El motivo de la embajada de los tres grandes era, entre otras cosas, acelerar el enlace.

Acuerdan desde Aranjuez la entrada de don Fernando en Madrid el día 24 de marzo. Murat ha llegado la víspera, con cuarenta mil hombres y se ha adueñado de la ciudad, cuya guarnición sigue en su mayoría en Aranjuez.

Las dos entradas en Madrid fueron espectaculares, cada una a su modo. Conviene compararlas:

El rey adentra en su capital con poca escolta, y toda la población rodeándole en delirio.

La entrada de Murat, la víspera, fue entre el más brillante cortejo y la manifestación de un poderío militar como jamás habían conocido los españoles. Los madrileños, el día 23, seguían viendo con simpatía a Murat y al emperador. Creían que gracias a ellos se habían librado de Godoy y que Murat aceleró la entrada en Madrid para recibir a don Fernando.

Mi cuñado Joaquín, gran duque de Berg, une a la vanidad más desenfrenada y el mayor aprecio de sí mismo que conozco en persona alguna, un notable sentido de la teatralidad. Demasiadas veces se conduce como un actor. En la interminable caravana de su equipaje va un furgón cargado exclusivamente con los perfumes, tarros de pomada y cosméticos que usa. El guardarropa, por lo exagerado en el afán de lucimiento, cae en el ridículo, pero he de reconocer que deslumbra a las multitudes ignorantes; así fue con los madrileños.

Montó magistralmente su objetivo de teatralidad. Gran parte de su ejército, especialmente la infantería, se componía de reclutas del último reemplazo, llamados a filas precipitadamente, mal vestidos y peor preparados. Los acantonó fuera de la ciudad, rodeándola. Entró con la caballería de la guardia imperial. Los regimientos de uniformes más variados, exóticos y vistosos que existen, en formación impecable. En medio, Murat rodeado de su séquito de generales y altos oficiales, en máximo esplendor marcial. El gran duque exageró un tanto la nota, con su vestimenta, que diseña él mismo en verdaderos arrebatos de fantasía. Vistió para el desfile la gran capa polaca azul celeste, la suya está además ribeteada de ricas pieles y adornos dorados; la portó entreabierta, para que el público pudiese admirar también la chaqueta en la que el negro del terciopelo apenas se vislumbra, cubierto de tantos entorchados de oro y condecoraciones.

Pantalones de cachemira, blancos, con un galón de oro de anchura inhabitual que sube por el centro del lado externo del calzón como es normal, pero llegando cerca de la cadera se curva hacia atrás, ya no es tan normal, como si marcase el límite superior de las nalgas, que las tiene más desarrolladas de lo que su presunción desearía, y quedan realzadas por esa especie de cejas que forma el galón; debió de olvidar mirar su espalda con ayuda de dos espejos. Botas de montar de tafilete rojo, también bordeadas de piel. El gran chacó de pieles a lo cosaco rematado en un penacho blanco, varios galones y borlas de oro, sobre su cabellera rizada y antirreglamentariamente larga, pues los bucles le cuelgan por la espalda. Una gran banda de seda verde a la cintura y sable turco al costado.

Aparte de la discutible combinación de colores, el aspecto general de lo que me describen, tan similar al que le he visto en otras ocasiones, más que el de un mariscal es el de la sublimación soñada por un presentador de circo ambulante, o de amante de lujo para una zarina viciosa. Según las crónicas y despachos, hizo buen efecto en los madrileños. Influyó su excelente equitación, que cuidó poner bien de relieve caracoleando y encabritando al caballo todo el trayecto.

Los espectadores, entre exclamaciones de admiración, ofrecían refrescos y golosinas al paso de las tropas.

Resultado brillante, que oscureció con sus decisiones del día siguiente. Esa noche durmió en el palacio del Retiro, que le habían preparado como residencia. Muchas madrileñas soñaron con él, y él con ser rey de España.

La ciudad despertó en un clima de optimismo y alegría. No sé de qué humor despertó Murat, pero cometió dos errores. Uno, el ocupar sin permiso de los españoles y en ostentoso desdén a su cortesía, la antigua casa de Godoy, despreciando el alojamiento que le habían proporcionado en el palacio del Retiro. El otro error, más grave, fue hacer desfilar y maniobrar tropas suyas por el paseo del Prado, donde había de discurrir la comitiva del rey. No como homenaje a don Fernando, para presentar honores a su paso, sino como acto independiente, festejo que se hacía a sí mismo, para llamar la atención de los madrileños, sólo pendientes de la llegada de su rey.

¡Qué diferente la entrada de don Fernando a Madrid! Ésta es la que deseo para mí y no la de Murat. En lugar de pasmo y admiración, cariño. El entusiasmo que describen los relatos sólo es posible si está transido de amor y devoción. Se adentró don Fernando en Madrid por la puerta de Atocha al paseo del Prado, a caballo, seguido de los infantes don Carlos y don Antonio en coche, con muy poca escolta y escaso séquito. La multitud arremolinada en torno suyo, con fervor encendido, el aire de vivas y gritos de alabanza y alegría. Revoloteo de pañuelos en terrazas y balcones. Algarabía gozosa. Las mujeres rompían el cordón de los soldados para acercarse e intentar tocar el manto real y colocar flores en el sendero. Los hombres, en un gesto gallardo, volteaban sus capas para dejarlas extendidas en el suelo, y que los cascos del caballo del rey pisasen sólo sobre ellas en todo el camino a palacio. Los españoles, que cuidan tanto lo externo, exprimen sus ahorros para el lujo de la capa. Este orgullo en que la suya llevase las marcas de haber sido hollada por la cabalgadura del monarca es una hermosa ofrenda, en gentes que no podrán en su estrechez cambiar de capa. Comprendo ahora que, como me dijo Fuentes, tampoco mudan fácilmente de lealtad.

Vasallos tan devotos merecen mejor suerte que la que tienen. Me enorgullece el empeño de ofrecerles disfrutar las libertades y progresos de las nuevas ideas de la revolución, sin que tengan que pagar el precio de muertes, ruina y anarquía que costó a Francia. Hacerlo en paz y orden, sin daño para nadie. Ésa es mi hermosa misión. ¿Sabrán los españoles entender mis deseos? ¿O va a impedir su dicha precisamente una de sus virtudes, la de no mudar de lealtad?

El que voy comprendiendo que ha trabajado todo lo posible por hacer espinosa mi tarea ha sido el gran duque de Berg. Tras las dos torpezas del día 20, que hicieron, por vez primera, fruncir el ceño a los habitantes de Madrid, añadió el 21 la ofensa de ser, con nuestro embajador Beauhamais, los únicos de todos los diplomáticos y dignatarios extranjeros en la corte que no habían reconocido a Fernando VII como rey. No le dio trato de tal. Tampoco fue a visitarle. Quizá era una medida prudente al no tener aún instrucciones del emperador. Imprudente afrenta que, en lugar de quedar discreto en su palacio, al que obligó a traer nuevos muebles y objetos de valor, se mostrase en absurda ostentación que sólo se comprende conociendo la vanidad que le tiene poseso.

Nuevamente ocupó el paseo del Prado, principal lugar de esparcimiento, y después de un desfile y hacer maniobrar a la caballería de la forma más vistosa que se le ocurrió, con todo el camino acordonado por sus regimientos, se dirigió solemnemente a la misa mayor, en la iglesia de San José, inmediata a la calle de Alcalá, la preferida de la aristocracia. Reservó para su estado mayor los primeros lugares, y él se colocó en un sitial junto al altar. Por ser día de precepto y acudir todos a misa, era el modo de mejor hacerse notar. ¡Joaquín Murat!, que no tiene el menor sentimiento religioso.

También es curiosa la epidemia que nos ha contagiado repentinamente a todos los Bonaparte y a nuestros cuñados de asistir a misa. Yo lo hago en Bayona, nada menos que a la que dice el inquisidor general, por tranquilizar a los españoles, que están muy preocupados con el mantenimiento de la religión católica en el nuevo reinado. El príncipe Borghese mitiga en los consuelos de la religión las amarguras del despego de nuestra hermana Paulina. Luciano, el revolucionario, parece que no puede estar últimamente media hora sin besar la orla del manto del Papa. Luis, en Holanda, muestra tal fervor que roza la beatería. El propio emperador empezó a hacer decir misa en Marrac, durante la estancia de los reyes españoles; no ha interrumpido la costumbre, y en los días de precepto en que viaja, para en el primer pueblo, se hace decir misa y le regala al sorprendido cura una tabaquera de oro. Deben ser normas de su buró de propaganda, para contentar a la Iglesia gala, ahora que ha vuelto a enfrentarse con el Papa. Sólo nos faltaba nuestro cuñado Joaquín, vestido de fuegos artificiales, cuatro escalones sobre la cabeza de los notables de Madrid, doblando una rodilla, una sola, pero doblándola, e inclinando levemente la cabeza con su catarata de rizos durante la elevación, en la iglesia de San José. Tendré que oír misa en ella de modo más devoto y discreto cuando vaya a Madrid.

¿Por qué Murat, con su talento militar y arrojo heroico, precisa ornamentarse como una bailarina con delirio de grandezas? Entre los libros que leo en mis clases de español está «las empresas» de Saavedra Fajardo, una emblemata con dibujos simbólicos para cada capítulo. En algunos de los emblemas combinan en unos animales atributos de otros. He visto uno que parece el retrato del alma de Murat: un pavo real con garras de ave de presa. Eso es Murat, un pavo real con uñas de buitre. Con las plumas de la cola abierta en abanico, y con las garras, nos ha hecho grave daño a España y a mí.

Las plumas siguió agitándolas con nuevos desfiles, maniobras y otras ostentaciones en el paseo del Prado. Mostró las garras en el carácter progresivamente amenazador del despliegue de su poderío bélico, colocando baterías de artillería en el Retiro y otros puntos estratégicos, y mucho más con manipulación de la familia real.

Reconozco que Murat actuó hábilmente y con la rapidez del relámpago. En la euforia general, los españoles olvidaron a Carlos IV y la reina, solos y amedrentados en Aranjuez, rumiando el abandono y desvalimiento. Nadie obedece sus órdenes. Rechazan sus ruegos en favor del príncipe de la Paz. Sólo queda a su lado, fiel y activa, su hija María Luisa, reina de Etruria, recién destronada, que goza de libertad de movimientos.

El gran duque de Berg, con inesperada sutileza diplomática, distrae a la corte anunciando la inminente venida a Madrid del emperador. Refuerza el anuncio, con artimañas triviales pero eficaces, como exponer unas botas y un sombrero que afirma pertenecen al «Gran Napoleón» y que éste ha enviado como parte del equipaje. Admito la eficacia de esta picardía. Un público en que se alternan potentados y pueblo hacen cola para pasar reverentemente ante unas botas de marroquín carmesí forradas de peluche de seda (puedo imaginar a quién pertenece esa extravagancia) y uno de los sombreros del emperador, de fieltro de pelo de castor que sólo se hacen para él, y que tienen la doble virtud de ser impermeables y de insospechada ligereza. A los grandes de España y otros próceres se les permite tenerlo en la mano e incluso colocárselo en la cabeza. Luego contarán a todos la sublime sensación de tener la suya cubierta con el ornamento de la del emperador. El pueblo, al otro lado de un cordón de seda roja que divide la sala y que cede paso a cada figurón que entra, contempla embelesado estas pruebas y las dos reliquias de guardarropía.

Madrid es ciudad gregaria. Tan importantes como las noticias impresas son las que van de boca en boca por corros y mentideros.

Mi cuñado Joaquín, saco de vanidades, sabe usarlas para embotar la percepción ajena y tiene destellos de sagacidad. Mientras desfila y se pavonea, el 23 de marzo, día de su entrada en Madrid, ya tiene en su mano documentos de tan capital importancia, que han hecho cambiar el rumbo de la historia.

Murat tuvo la inteligencia de enviar la víspera, día 22, a su edecán, el comandante general B. de Monthion, a entrevistarse secretamente con el olvidado Carlos IV. La idea no pudo ser más fructífera a los planes del emperador. Creo necesario mantener copia íntegra del informe del edecán; nada da idea más clara de los hechos, al menos de la versión oficial francesa:

Conforme a las órdenes de V. A. L, vine a Aranjuez con la carta de V A. para la reina de Etruria. Llegué a las ocho de la mañana: la reina estaba todavía en cama. Se levantó inmediatamente. Me hizo entrar. Le entregué vuestra carta. Me rogó esperase un momento mientras iba leerla con el rey y la reina, sus padres. Media hora después entraron todos tres a la sala en que yo me hallaba.

El rey me dijo que daba gracias a V. A. de la parte que tomabais en sus desgracias, tanto más grandes cuanto era autor de ellas un hijo suyo. El rey me dijo: «Que esta revolución ha sido muy premeditada; que para ello se había distribuido mucho dinero, y que los principales personajes habían sido su hijo y el marqués de Caballero, ministro de Justicia. Que S. M. había sido violentado para abdicar la corona por salvar la vida de la reina y la suya, pues sabía que sin esta diligencia los dos hubieran sido asesinados aquella noche; que la conducta del príncipe de Asturias era tanto más horrible cuanto más prevenido estaba de que, conociendo el rey los deseos que su hijo tenía de reinar y estando S. M. próximo a cumplir sesenta años, había convenido en ceder a su hijo la corona cuando éste se casara con una princesa de la familia imperial de Francia, como S. M. deseaba ardientemente».

El rey ha añadido que el príncipe de Asturias quería que su padre se retirase con la reina su mujer a Badajoz, frontera de Portugal. Que el rey le había hecho la observación de que el clima de aquel país no le convenía, y le había pedido permiso de escoger otro, por lo cual el mismo rey Carlos deseaba obtener del emperador licencia de adquirir un bien en Francia y de asegurar allí su existencia. La reina me había dicho que había suplicado a su hijo la dilación del viaje a Badajoz; pero que no había conseguido nada, por lo que debería verificarse en el próximo lunes.

Al tiempo de despedirme yo de SS. MM., me dijo el rey: «Yo he escrito al emperador poniendo mi suerte en sus manos. Quise enviar mi carta por un correo; pero no es posible medio más seguro que el de confiarla a vuestro cuidado».

El rey pasó entonces a su gabinete y luego salió trayendo en su mano la carta adjunta. Me la entregó diciendo estas palabras: «Mi situación es de las más tristes; acaban de llevarse al príncipe de la Paz y quieren conducirlo a la muerte. No tiene otro delito que el haber sido muy afecto a mi persona toda su vida».

Añadió: «Que no había modo de ruegos que no hubiese puesto en práctica para salvar la vida de su infeliz amigo; pero que había encontrado sordo a todo el mundo y dominado del espíritu de venganza. Que la muerte del príncipe de la Paz produciría la suya, pues no podría S. M. sobrevivir a ella».

B. DE MONTHION

El informe de Monthion viene cosido a otros tres documentos: la carta del rey Carlos al emperador, fechada el día 23, una de la reina María Luisa de la víspera, y una tercera de la reina María Luisa sin fecha.

El documento de importancia suprema es la carta del rey al emperador. De su puño y letra, deformada ésta por padecer muy doloroso reuma de la mano, penalidad que en el resto de la correspondencia con Murat pone como motivo de que las cartas vayan escritas de mano de la reina, con alguna posdata del rey.

Ya he reproducido algunos fragmentos de esta misiva histórica. El texto íntegro es así:

Aranjuez, a 23 de marzo de 1808.

Señor mi hermano:

V. M. sabrá sin duda con pena los sucesos de Aranjuez y sus resultas; y no verá con indiferencia a un rey que forzado a renunciar a la corona acude a ponerse en los brazos de un gran monarca aliado suyo, subordinándose totalmente a la disposición del único que puede darle su felicidad, la de toda su familia y la de sus fieles vasallos.

Yo no he renunciado a favor de mi hijo sino por la fuerza de las circunstancias, cuando el estruendo de las armas y los clamores de una guardia sublevada me hacían conocer bastante la necesidad de escoger la vida o la muerte, pues esta última se hubiera seguido de la de la reina.

Yo fui forzado a renunciar; pero asegurado ahora con plena confianza en la magnanimidad y el genio del grande hombre que siempre ha mostrado ser amigo mío, yo he tomado la resolución de conformarme con todo lo que este mismo grande hombre quisiera disponer de nosotros y de mi suerte, la de la reina y la del príncipe de la Paz.

Dirijo a V. M. I. y R. una protesta contra los sucesos de Aranjuez y contra mi abdicación. Me entrego y enteramente confío en el corazón y amistad de V. M., con lo cual ruego a Dios que os conserve en su santa y digna guarda.

De V. M. I. y R., su muy afecto hermano y amigo

CARLOS

Acepto que Murat, teniendo tales pruebas en su mano, estuvo cauto no reconociendo la abdicación. A mi juicio sobraban las inútiles provocaciones.

Las otras dos cartas, también en su poder desde el día 23, antes de llegar Fernando VII a Madrid, el 24, confirman el relato de Monthion. Sólo he anotado frases sueltas, que muestran algún dato complementario y el increíble servilismo con que se ponen a merced del gran duque de Berg, y las acusaciones contra su hijo, ya rey.

En la carta de la reina María Luisa (sin fecha) «… el emperador es generoso, es un héroe… De mi hijo no podemos esperar jamás sino miserias y persecuciones… Es necesario que no se crea nada. El rey desea igualmente que yo ver y hablar al gran duque… los dos estamos agradecidos al envío que ha hecho de tropas suyas».

Como no tiene fecha, deja duda sobre qué momento fue el del envío de tropas francesas a Aranjuez. Dice la carta de la reina del 22 de marzo:

Señor mi querido hermano:

Ya no tengo más amigos que V. A. I. El rey mi amado esposo os escribe implorando vuestra amistad… el afecto que siempre hemos profesado a su persona [la del emperador], a la vuestra y a la de todos los franceses. Consíganos V. A. que podamos acabar nuestros días tranquilamente a la salud del rey, la cual está delicada, como también la mía, y que esto se cumpla en compañía de nuestro único amigo […J Mi hija será mi intérprete [la reina de Etruria] si yo no logro la satisfacción de conocer personalmente y hablar a V. A. ¿Podríais hacer esfuerzo para vernos, aunque fuera un solo instante, de noche o como queráis? […J Espero que V. A. conseguirá para nosotros lo que deseamos, y que perdonará las faltas y olvidos que haya cometido yo en el tratamiento, pues no sé dónde estoy, y debéis creer que no habrán sido por faltar a V. A. ni dejar de darle seguridad de toda mi amistad… vuestra más afecta.

LUISA

La reina, en esta carta, además de decirle a Murat que es su único amigo (aún no le conoce) y que siempre le ha querido, que el rey implora su amistad y que está muy preocupada por si no le ha dado los honores adecuados, confirma algo que yo había dudado: que en ese día, protestando de la abdicación forzada, no piden recuperar la corona, sino solamente salvar la vida de Godoy y poder acabar sus días tranquilamente en la compañía del valido.

En el legajo de estas cartas vienen otras de la correspondencia mantenida con Murat en los días siguientes, no tan importantes por ser posteriores y que en esencia repiten el contenido. Me parece prudente conservar memoria de algunas frases.

En la carta del 26 de marzo, la reina detalla su versión del motín de los días 18 y 19 en Aranjuez:

Mi hijo Fernando era el jefe de la conjuración. Las tropas estaban ganadas por él; hizo poner una de las luces de su cuarto en una ventana para señal de que comenzase la explosión. En el instante mismo, los guardias y las personas que estaban a la cabeza de la revolución hicieron tirar dos fusilazos… El rey y yo llamamos a nuestro hijo para decirle que su padre sufría grandes dolores, por lo que no podía asomarse a la ventana, y que lo hiciese por sí mismo a nombre del rey para tranquilizar al pueblo. Me respondió con mucha firmeza que no lo haría… Después, a la mañana siguiente, le preguntamos si podría hacer cesar el tumulto y tranquilizar a los amotinados, y respondió que lo haría… Cuando mi hijo había dado estas órdenes, fue descubierto el príncipe de la Paz… Mi hijo fue y mandó no se tocase más al príncipe de la Paz y se le condujese al cuartel de guardias de corps. Lo mandó en nombre propio… y como si él mismo fuese ya rey dijo al príncipe de la Paz: «Yo te perdono la vida». El príncipe, a pesar de sus grandes heridas, le dio las gracias preguntándole si era ya rey… Mi hijo respondió al príncipe: «No, hasta ahora no soy rey; pero lo seré bien pronto». Lo cierto es que mi hijo mandaba todo como si fuese rey sin serlo y sin saber si lo sería. Las órdenes que el rey mi esposo daba no eran obedecidas… El día 19 […J otro tumulto más fuerte que el primero contra la vida del rey mi esposo y contra la mía obligó a tomar la resolución de abdicar.

Desde el momento de la renuncia mi hijo trató a su padre con todo el desprecio que puede tratarlo un rey, sin consideración alguna para sus padres… Nosotros siempre hemos sido aliados fieles del emperador, grandes amigos del gran duque… Nosotros pedimos al gran duque que salve al príncipe de la Paz, y que, salvándonos a nosotros, nos lo dejen siempre a nuestro lado para que podamos acabar juntos tranquilamente nuestros días en un clima más dulce y retirados de intrigas… mi hijo, que no tiene carácter alguno, y mucho menos el de la sinceridad… Esperamos todo del gran duque, recomendándole también nuestra pobre hija María Luisa, que no es amada de su hermano. Con esta esperanza estamos próximos a verificar nuestro viaje.

LUISA

Vemos que en este día tampoco se reclama la corona, sólo el retiro junto a Godoy. Al día siguiente, 27, nueva carta de la reina a Murat:

Mi hijo no sabe nada de lo que tratamos y conviene que ignore todos nuestros pasos. Su carácter es falso, nada le afecta, es insensible y no inclinado a la clemencia. Está dirigido por hombres malos y hará todo por la ambición que le domina; promete pero no siempre cumple sus promesas. Creo que el gran duque debe tomar medidas para impedir que al pobre príncipe de la Paz se le quite la vida… —Expresa luego sus temores de que Beauharnais, que seguía en Madrid de embajador, escriba contra ellos al emperador—. El embajador es todo de mi hijo; lo cual me hace temblar, porque mi hijo no quiere al gran duque ni al emperador, sino sólo el despotismo. El gran duque debe estar persuadido que no digo esto por venganza ni resentimiento de los malos tratos que nos hace sufrir, pues nosotros no deseamos sino la tranquilidad del gran duque y el emperador.

Esta misiva merece algunas reflexiones. Marta Luisa y el rey cometen crimen de alta traición. Ya no piden favores, sino que su hijo, el rey, ignore sus pasos, los tratos que tienen con Murat. Acusan a su rey, que es su hijo, de «no querer» al emperador y al gran duque, cuya tranquilidad, y no la de su rey ni la de su patria, es la que desean. Si algo precisaba la suspicacia del emperador, siempre sospechando deslealtad en los Borbones, es la afirmación de que el nuevo rey le va a traicionar. Murat, al leer las cartas, comprende que el emperador no va a consentir que personajes de la condición de Carlos y María Luisa vuelvan a reinar en el país vecino, y menos don Fernando. Es disculpable que imagine que esta corona sin posible candidato español ante el emperador, pueda ser para él y comienza, prematuramente, a reflejarlo en sus actos.

Dos días después, el 29 de marzo, María Luisa incita a Murat a actuar en España: «No quisiéramos ser importunos al gran duque», y le pide en nombre de Carlos IV que escriba al emperador, «insinuando que convendría que S. M. 1. diese órdenes sostenidas con la fuerza para que mi hijo o el gobierno nos dejen tranquilos al rey, a mí y al príncipe de la Paz, hasta tanto S. M. llegue. En fin, el emperador y el gran duque sabrán tomar las medidas necesarias para que esperen su arribo u órdenes sin que antes seamos víctimas. MARÍA LUISA».

No queda satisfecha e insiste de nuevo al día siguiente, 30 de marzo: «Si el gran duque no toma a su cargo que el emperador exija prontamente dando órdenes…, yo tiemblo y lo mismo mi marido si mi hijo ve al emperador antes que éste haya dado sus órdenes… Rogamos al gran duque consiga del emperador que proceda sobre el supuesto de que nosotros estamos absolutamente puestos en sus manos…». Y nuevamente solicita el exilio de la real pareja con Godoy: «… sin que ninguno de nosotros tres les hagamos la menor sombra» (al emperador y al gran duque de Berg). Al final de la carta hay dos renglones de mano del rey: «Yo he hecho a la reina escribir todo lo que precede, porque no puedo escribir mucho a causa de mis dolores. CARLOS».

Tras leer esta correspondencia debo rectificar alguna de mis críticas a la pulcritud de conducta del emperador con la familia real española. No todas, porque el emperador, antes de conocer estas cartas, ha empezado a actuar. El día 26 de marzo por la noche recibió el emperador en Saint-Cloud las primeras noticias de Aranjuez; ya de madrugada, otro correo le trajo la de la abdicación de Carlos IV. Inmediatamente, sin esperar más información, escribió la carta ofreciendo la corona de España a nuestro hermano Luis, rey de Holanda, que tan dignamente rechazó la proposición. Conocía sólo la respuesta de Luis; hoy tengo en la mano la invitación del emperador (27 de marzo de 1808).

El rey de España acaba de abdicar la corona, habiendo sido preso el príncipe de la Paz. Un levantamiento empezó a manifestarse en Madrid, cuando mis tropas estaban todavía a cuarenta leguas de distancia de aquella capital. El gran duque de Berg habrá entrado allí el día 23 con cuarenta mil hombres, deseando con ansia sus habitantes mi presencia… He resuelto colocar a un príncipe francés en el trono de España… En tal estado he pensado en ti para colocarte en dicho trono… Respóndeme categóricamente cuál es tu opinión sobre este proyecto, y, aunque tengo cien mil hombres en España, es posible por circunstancias que sobrevengan o que yo mismo vaya directamente, o que todo se acabe en quince días, o que ande más despacio siguiendo en secreto las operaciones durante algunos meses. Respóndeme categóricamente: si te nombro rey de España, ¿lo admites?, ¿puedo contar contigo?…

Ya conocemos el desplante de Luis. En la carta compruebo que pide a Luis su opinión, cosa que no ha hecho conmigo. Segundo, que todavía proyectaba ir a Madrid o que, como alternativa, seguirá enviando refuerzos «secretamente» durante unos meses, hasta poder efectuar la operación con menos riesgo. El inesperado comportamiento de los reyes y del príncipe de Asturias le brindó acelerar y dar un giro más cómodo a la maniobra, pero la hubiese efectuado de todos modos.

Es aún más significativo lo que se le ha escapado al secretario del emperador, Meneval, mientras revisábamos estos papeles: en las pocas horas que transcurren entre la recepción de la noticia de los conflictos de Aranjuez (madrugada del día 26) y la carta a Luis (27 al mediodía), ha hecho venir al representante del rey Carlos IV y de Godoy en París, Izquierdo. En una improvisación de la que nadie me había hablado y que por sí sola me hace mejorar la opinión sobre la capacidad de ese enviado, contesta: «Con gusto y entusiasmo admitirán los españoles a V. M. por monarca, pero después de haber renunciado a la corona de Francia». Me hubiese gustado ver la cara del emperador. Comprendió que si Izquierdo osaba decírselo a la cara, los españoles se atreverían a oponerse a la entrega de la corona al monarca de otro país. No le convenía correr el riesgo. Sólo entonces piensa en sus hermanos. Ya me he enterado de que tampoco soy plato de segunda mesa, sino de tercera: el emperador, Luis y luego yo (que sepa por ahora).

Murat, en Madrid, mantiene la táctica de no reconocer a don Fernando como rey y dar como inminente la venida del emperador a la capital española. Dos medidas inteligentes, pero no el modo de realizarlas, pues no da a don Fernando ninguna muestra de cortesía, actúa con soberbia, caprichos e imposiciones. Los ministros españoles, con el deseo de que el emperador reconozca a su rey sin conflictos y con ello se disipe la amenaza francesa, adoptan una actitud servil frente a Murat, que se envalentona cada vez más.

Murat se atrevió en una visita a la real armería a comentar cuánto le gustaría tener la espada de Francisco I, ganada por los españoles en la batalla de Pavía y desde entonces formando parte del tesoro real. Se la entregaron a las pocas horas, con gran pompa, en procesión presidida por el caballerizo mayor marqués de Astorga.

Estas humillaciones, aceptadas en apariencia, fueron agriando los ánimos. Si las gentes ilustradas, conociendo mejor la impotencia española frente al poderío francés, decidieron disimular y soportar en evitación de males mayores, el pueblo, que no puede tener una visión estratégica general, cambiaba día a día su buena disposición previa hacia los franceses. Comenzaron a surgir altercados entre plebe y soldadesca. Uno grave ocurrió en la plazuela de la Cebada el día 27 de marzo.

El emperador sale el 2 de abril hacia Bayona. Ya vimos en la carta de María Luisa: «Yo tiemblo y lo mismo mi marido si mi hijo ve al emperador antes de que éste haya dado sus órdenes, pues contará tantas mentiras…». El temor que hace «temblar» explica la decisión de la real pareja de emprender viaje a Bayona, al saber que el emperador no viene a Madrid. No era tan fácil convencer a Fernando VII, triunfante y aclamado. Desconfiando de la brusquedad de Murat, el emperador envía al viperino Savary. Con astucia divide la proposición en etapas. Primero informa a don Fernando de que el emperador sólo podrá acercarse hasta Burgos, para allí encontrarse con don Fernando y reconocer le como rey.

El emperador tomaría como grave desaire que don Fernando no acceda a la entrevista en Burgos. Murat no hubiese convencido por sí solo a don Fernando.

Salió Fernando VII el 10 de abril. En el camino no encontró ni un soldado español, sólo tropas francesas. Así quedaban ensombrecidos los vítores, aclamaciones y entusiasmo de los ciudadanos en cada pueblo a su paso, por la sensación de desvalimiento. El día 12 don Fernando entró en Burgos. Ausencia de toda noticia de proximidad del emperador. Piensa retroceder. Savary, con falsas afirmaciones y promesas, le consigue llevar a Vitoria el día 14. Conozco lo que desde Vitoria hizo acudir a Bayona a don Fernando.

Sabemos que la rebelión del 2 de mayo en Madrid dio pretexto al emperador para imponer definitivamente la cesión de la corona. No sabía, hasta que hoy los he estudiado diligentemente, que los actos de brutal represión de Murat dieron motivo a los españoles para el levantamiento general con que hoy nos enfrentamos y de cuya intensidad nos llegan informaciones confusas y contradictorias.

Si algo repugna a mi naturaleza es hacer la entrada en Madrid, caminando hacia el palacio en marcha zigzagueante, para no pisar charcos de sangre de mis súbditos. Murat me ha impuesto esta amargura, y… el emperador ¡le ha felicitado! Mi hermano y yo vemos de modo opuesto cuál es el camino hacia la paz en España. Napoleón confía en el sometimiento por el miedo, yo en la conquista por la fuerza de la razón, la justicia y la conveniencia.

Despedí a mis cuatro fatigados colaboradores, para disfrutar un almuerzo en compañía de mi ayudante de campo, el coronel Gaspard de Clermont-Tonnerre y mi cirujano el doctor Paroise. Imagino que la Avilliers ya estará comentando en las tertulias de Marrac que el puesto de mi cirujano es tan cómodo como el de la lectora de la emperatriz: nunca se supo que yo haya tenido ni un simple dolor de cabeza.

Partiendo de mi buena salud, Paroise es un compañero agradable. Clermont-Tonnerre es el perfecto soldado. De origen noble, y sospecho que de sentimientos realistas, es también un caballero. Menos cómodo de trato que Paroise. Demasiado pendiente de su puritano sentido del deber y del honor. Le he encomendado que se relacione con los representantes del ejército español.

—Coronel, ¿qué opináis de vuestros colegas españoles?

—Vuestra Majestad sabe que los que han llegado aquí son nobles con mando. Casi todos grandes de España. En nuestro ejército los duques y príncipes han llegado a serlo por sus hazañas militares. En el ejército español tienen el mando porque son duques. Desconfío de su capacidad. Ignoran las nuevas formas de hacer la guerra. Carecen de escuelas militares como las nuestras.

—¿Se dan cuenta de la diferencia?

—Es difícil adivinarlo. Los españoles son orgullosos. En las conversaciones manifiestan la admiración por nuestra caballería y artillería. Creen que su infantería conserva las virtudes del pasado.

—Y vos, coronel, ¿qué opináis?

—Lo mismo que ellos, Majestad —rió el coronel—, que tienen las virtudes del pasado, pero no las de este siglo. Si se nos enfrentan, aun con fuerzas dobles en número, no tienen la menor posibilidad de victoria.

—La mejor victoria será que desde mi entrada no haya combate.

—Para que sé cumplan los deseos de Vuestra Majestad es preciso que Zaragoza se rinda. Lleva dos semanas resistiendo. Su ejemplo puede contagiar otras ciudades.

—Ya veis, coronel, que no son tan ineptos. Recuerdo que en la escuela militar estudiamos un manual traducido del español: Las reflexiones militares del marqués de Santa Cruz de Marcenado.

—Sí, Majestad, nuestra promoción también, pero ya modificado con las tácticas modernas.

—Los prusianos lo siguen aplicando.

—Por eso los hemos vencido, Majestad.

—No sólo por eso: contábamos con el genio del emperador.

—De todas maneras, Majestad, los españoles parecen ser los únicos de toda Europa que ni han estudiado su manual ni lo aplican.

—En verdad tiene treinta años, es un texto histórico.

—Su ejército funciona como si fuese prehistórico. Si ese marqués levantase cabeza, moriría del disgusto al ver el ejército en el abandono, ignorancia e indisciplina actuales…

—Coronel —interrumpió Paroise—, no sé si será el mismo o un hijo, pero un marqués de Santa Cruz de Marcenado está al frente de la rebelión en Asturias.

—¿Cómo estáis enterado?

—Vuestra Majestad me indicó que debía relacionarme con los españoles. Ha sido fácil, pues al saber que soy vuestro médico son ellos quienes me buscan. Sienten una curiosidad ilimitada sobre Vuestra Majestad. Forman corro en tomo mío al terminar las comidas. Me ha ocurrido las dos últimas noches: una en los salones del príncipe de Neufchâtel y anoche en la de monseñor Pradt, obispo de Malinas, quien por cierto estaba indignado; se ha hecho demasiado partidario de los españoles.

—Doctor, no nos confundáis con demasiadas ideas a la vez. ¿Cuál era el motivo de enfado del arzobispo Pradt y por qué decís que es partidario de los españoles?

—Disculpe Vuestra Majestad. El arzobispo no oculta su simpatía por los españoles; es el único que habla bien de sus príncipes y también de los que han venido a la asamblea. Ayer se unió su preocupación por un español y por un compañero en el incidente del arzobispo de Burgos.

—¿De qué incidente se trata?

—Pensé que lo conocería Vuestra Majestad, fue la comidilla del día.

—Ayer, amigo doctor, tuve un día ligeramente ocupado para estar pendiente de comidillas. Decid de qué se trata.

—Un lance desagradable, Majestad. El arzobispo de Burgos fue agredido en la calle por un viejo soldado.

—¿Por qué?

—A eso sí os puedo responder, pues ha sido detenido e interrogado. Se trata de un inválido del ejército revolucionario del noventa y tres. Toda su vida ha oído echar pestes de los curas, y ahora mucho más de los curas españoles, a los que se culpa de la resistencia al emperador. Ese soldado es un fanático de Su Majestad Imperial. Al ver al cura español la emprendió a bastonazos con él. Sin duda creía prestar un servicio al emperador.

—¡Dios mío! Lo que faltaba para iniciar una buena relación con la Iglesia española.

—No he tenido tiempo de informar a Vuestra Majestad —interrumpió Clermont-Tonnerre—. En torno a este suceso traigo el encargo de haceros un ruego.

—Coronel, ¿a qué esperáis para hacerlo?

—A que surgiese el tema; no lo creí tan urgente.

—¡No, claro! Apalean en las calles de Bayona a uno de mis prelados y no es urgente. Sin duda lo era más que disertásemos sobre un manual anacrónico.

—Disculpe Vuestra Majestad: iba a hablaros ahora de ello. No ha ocurrido nada irremediable y el emperador ya fue informado.

—El emperador informado ayer y yo al día siguiente… ¡En la luna! ¡Pero ¿es que no lo entendéis?! ¡Es mi arzobispo de Burgos! ¡Mi arzobispo!

El médico y el coronel quedaron en silencio, ambos mirando la mesa. Me percaté de que en la excitación que me embargaba había golpeado el tablero a la vez con los dos puños, que mantenía cerrados uno a cada lado del plato, casi incorporado, con el cuerpo echado hacia delante y ligeramente levantado del asiento. Muy rara vez pierdo los estribos y luego siempre me pesa. Más en esta ocasión, porque ante subordinados ha quedado patente mi enfado porque todos los asuntos españoles pasen siempre primero por el emperador. Cambié de tono, dirigiendo la palabra a mi cirujano:

—¿Son graves las lesiones del arzobispo?

—Me satisface tranquilizar a Vuestra Majestad. Yo mismo reconocí al arzobispo a petición de monseñor Pradt. Sólo tiene contusiones, un chichón en la frente y los anteojos rotos. Fue más el susto que el daño, aunque siempre es de temer en una persona de edad tan avanzada.

—Bien, ahora resulta que además el pobre arzobispo es un anciano. ¡¿Cómo es posible semejante brutalidad?! ¡Pegar en la cara a un viejo indefenso que lleva anteojos! ¿Quién ha sido el monstruo?

El coronel Clermont-Tonnerre, que debía estar deseando paliar mi irritación por su tardanza en informarme, intervino en defensa del soldado.

—Majestad, más que un monstruo es un chiflado. Tan viejo como el arzobispo. Le falta una pierna desde la rodilla. La muleta-bastón con que se sostiene fue el arma de la agresión.

—Pero ¿no había nadie para impedirla?

—No dio tiempo, Majestad; fue un lance entre dos ancianos. Mientras el arzobispo gritaba pidiendo auxilio y se cubría con un brazo, cayendo al suelo al intentar apartarse, el soldado, sin el apoyo de la muleta, se desplomó también —sonrió el coronel—; hubo que auxiliar a los dos.

No; si todavía vais a pretender que me haga gracia.

—Es una desgracia, y Vuestra Majestad se va a afligir más cuando sepa que el soldado ha sido condenado a la última pena.

—Pero, bueno, ¿es que se ha vuelto loco todo el mundo en Bayona? ¿Quién ha impuesto ese castigo desmedido?

—El emperador.

Otra vez he vuelto a hablar antes de tiempo. Dichosa costumbre.

—Sigo sin comprender cómo el séquito del obispo no logró impedir los golpes.

—El arzobispo hace de la sencillez una obligación, se niega a llevar acompañamiento.

—Debieron detener al soldado el hábito y demás distintivos de su rango.

—Con la venia de Vuestra Majestad, me gustaría dar mi opinión —intervino Paroise, y ante mi gesto de aquiescencia dijo—. Ese anciano venerable es un santo, Majestad. En las recepciones oficiales porta sus hábitos, pero por las mañanas, en que da un paseo después de decir misa, va de sotana, tan raída que parece un mendigo que aprovecha la abandonada por un cura de pueblo.

—Puede ser una forma sutil de presunción, o quizá de extravagancia.

—Creedme, es virtud. Cuando llegué a reconocer sus magulladuras, se resistió mucho a desvestirse. La camisa tan raída como la sotana. Cuando logré quitársela vi que llevaba un cilicio de púas de alambre en un brazo y uno de cuerda con nudos atado al muslo. Eran más serias las lesiones que se produce con su penitencia que las que le había hecho el soldado.

—Veo que entiende la religión de modo diferente que los cardenales que he conocido en Roma. No sé cuáles serán más difíciles de tratar. Dicen que los españoles son lunáticos. Con dementes todavía puede uno entenderse, pero ¡si encima se empeñan en ser santos! ¿Cómo intervino el emperador?

—Considerado el asunto grave, por el deplorable efecto en los españoles, se le informó de inmediato. Al instante envió a monseñor Pradt para que llevase al arzobispo a su presencia. Llegó el arzobispo Pradt cuando estaba terminando de aplicar los ungüentos al español.

Curiosa pareja el emperador y ese extraño prelado. Me hubiese gustado contemplar la escena: Paroise la describió:

—El emperador le recibió con suma afabilidad; preguntó al español qué clase de reparación deseaba. El arzobispo contestó que sólo una: el perdón para el soldado.

—Por lo que antes habéis dicho, el emperador se negó.

—Sí, Majestad. El arzobispo llegó a ponerse de rodillas ante el emperador, implorando casi con lágrimas. Su Majestad Imperial le llenó de alabanzas y de manifestaciones de aprecio, pero dijo que de igual manera que él admiraba cómo el arzobispo cumplía con el deber cristiano del perdón, que éste aceptase que el emperador debía cumplir igualmente con su deber de soldado y aplicar las ordenanzas. Se mantuvo inflexible.

—Ése era mi encargo, Majestad —intervino el coronel—. Sugerir que vos le hiciéseis el favor al arzobispo de pedir clemencia para ese soldado.

Debí mascullar unas palabras al ver que me han incluido en el aparato de propaganda. El emperador mata dos pájaros de un tiro: queda bien con los españoles y con el ejército.

—¿Decís, Majestad?

—Nada, nada. Estoy de acuerdo. Deben de estar a punto de llegar los españoles que tengo citados, y no queda tiempo de hacer venir al arzobispo. Presentádmelo esta noche durante el descanso en el teatro.

—El arzobispo no va al teatro —dijo Paroise, que parece que vive con el prelado— ni acepta invitaciones a las comidas. Pasa gran parte de la noche en oración.

—¡Bueno, pues que me diga mañana la misa en vez del inquisidor! Hablaré con el de Burgos al terminar… si es que sus piadosas costumbres no se lo impiden, y acabemos de una vez con este enfadoso asunto.

También habíamos terminado el almuerzo, y el general Merlin entraba a anunciar la llegada de los delegados españoles. Me habían puesto de mal humor la última parte de la conversación y la comida.

Beausset, el prefecto de palacio, proporciona la servidumbre de mi casa y dejó el cocinero que había servido a los reyes y que, al trabajar junto al español que los príncipes traían, aprendió algunos de sus guisos. Me pareció buena idea irme acostumbrando a la comida de mi reino. Hoy noto que la ocurrencia no es tan buena. Aprender una nueva lengua y un nuevo paladar son tareas distintas. Sumarlas en los mismos días puede resultar una carga excesiva. La de hoy tumba a un buey. Distraído con la discusión engullí un guisote de garbanzos y unos repugnantes embutidos de sangre que llaman morcillas. Levantarse de la mesa y se nota pesar tanto el estómago, que pide al resto del cuerpo el alivio del lecho. Si comen así, la famosa siesta no es una costumbre, es una necesidad nacional.

Todos en pie para la despedida, recordé que Paroise no había contestado mi primera pregunta.

—Doctor, seguimos sin saber cómo os habéis enterado de la rebelión de Asturias.

—Por los españoles, Majestad. En Asturias y en otras regiones. La explosión general ha ocurrido el 30 de mayo, onomástica del príncipe de Asturias.

—Bien, me lo contarán ellos mismos.

Me lo contaron y no quedé nada tranquilo con el relato. En la sala contigua esperaban los que había citado: Azanza, Urquijo, los duques del Infantado, de Híjar, San Carlos, el marqués de Santa Cruz y el conde de Orgaz.

El motivo de la entrevista es preparar la primera reunión de la asamblea, que se celebra mañana, para revisar y luego aceptar la Constitución propuesta por el emperador. En este terreno, según ellos, no habrá problemas. Las enmiendas que han enviado de Madrid son mínimas, de detalle. Creen que aquí ocurrirá lo mismo.

No pueden imaginar que yo he repasado esta mañana la copia traducida al francés entregada al emperador. En efecto, todas las enmiendas hechas desde Madrid por la junta y el Consejo de Castilla son minucias, casi mezquindades, pues soslayan los temas fundamentales y defienden intereses de grupo, del suyo. Al margen está escrito con letra del emperador: «¡Sois todos unos cretinos!». Naturalmente no se lo digo, aunque entran ganas para que no caigan en el mismo desacierto.

Otro dato del que tampoco voy a darme por informado lo hallé en la correspondencia de Murat. El 2 de mayo los criados del duque de Híjar, en ausencia del duque y de su familia, se hicieron fuertes en el palacio disparando contra las tropas desde las ventanas. Lograron muchas bajas, resistieron hasta el final. Los soldados enfurecidos, al entrar en la casa, mataron a todos los que encontraban, hombres y mujeres. El duque tenía cerca de doscientos criados. Murieron todos. No es necesaria su presencia hoy. Le he hecho venir con los demás para estudiar la reacción de alguien tan profundamente afectado.

Comencé por preguntar ordenadamente su opinión sobre la marcha de los acontecimientos. Partimos de la buena opinión que los españoles tenían del emperador en el mes de marzo, a la llegada de Murat.

Tomó la palabra Mariano Luis de Urquijo. Me parece el más inteligente. Fue quien más empeño puso en disuadir a don Fernando de marchar de Vitoria a Bayona. Expone brillantemente y sabe resumir las ideas. Su explicación de la popularidad española de Napoleón es razonable: del emperador sólo conocían los españoles las noticias que publicaba la Gazeta de Madrid y otros periódicos. Por ser aliado sólo se imprimían alabanzas de su gloria y poderío. Para el clero era el emperador quien había devuelto a Francia la religión después del ateísmo de la revolución. Para las clases medias era el que restableció el orden tras el caos. Los nobles confiaban que el emperador conserve la nobleza, ya que él mismo ha establecido una nueva nobleza imperial hace pocos meses. Los ilustrados, como el propio Urquijo, esperaban de mi hermano la mejor influencia para disfrutar de las nuevas ideas de progreso y de igualdad, las reformas sin la revolución. El pueblo, el único que podía anhelar la revolución, ni pensaba en ella; es el estamento más leal a lo establecido; veía en el emperador la palanca que había derribado de su pedestal al odiado Godoy. Todo se unía a que los españoles esperasen su anunciada venida con anhelo. Bayona, Murat y el 2 de mayo cambiaron todo de repente.

Fue interesante escuchar a Azanza el 2 de mayo, del que había sido protagonista, conociendo yo la versión de otro actor, Murat.

Azanza, antiguo virrey de México y ministro de Hacienda, que está trabajando con el emperador para encauzarla, tiene fama de hombre muy recto. Opina que Murat estaba desde su llegada preparado para reprimir una rebelión y deseando que se produjese… La convirtió sin necesidad en matanza, para aumentar su gloria con el número de muertos, como si fuese una batalla. El pueblo de Madrid se había retirado vencido a sus casas tras las cuatro primeras horas de lucha. De acuerdo con Murat, él, Azanza, y otro ministro, O’Farril, recorrieron Madrid predicando la calma, con el anuncio de una amnistía que prometió Murat. Si todo hubiese quedado ahí, la insurrección tenía remedio. Murat olvidó la amnistía prometida y ordenó la terrible venganza, indiscriminada y arbitraria, que ha levantado la barrera de odio que hoy separa a España de Francia y a unos españoles de otros.

Por supuesto les oculté que entre los papeles que aún descansaban sobre la mesa frente a la que estaban sentados, tengo los documentos de Murat. En las primeras cuatro horas de lucha, las tropas no tenían órdenes de cortar el motín, sino de «acabar con la canalla»… Una carta del embajador La Forest del 21 de mayo confirma la premeditación del gran duque de Berg: «… ha dado la terrible lección que pensaba dar».

También preferí ocultar que el general Grouchy, gobernador de Madrid y responsable directo de los fusilamientos, dio por no recibida la tardía contraorden de la matanza, enviada por Murat ante las razones y ruegos de las autoridades españolas. Siguió con las ejecuciones. Toda esta tragedia ya no tiene remedio; cuanto menos se conozcan los datos de fría resolución, mejor. La dureza de Murat pareció dar buenos resultados en los primeros días. Ninguna sublevación en provincias similar a la de Madrid. El 17 de mayo escribió optimista:

«… No puedo evitar anunciar a V. M. I. y R. que nunca hubieran podido esperarse tan felices disposiciones de ánimo».

Las felices disposiciones de ánimo no fueron tales. Entre los siete asistentes me hicieron un resumen de la insurrección. Es amargo comprobar que se ha convertido en guerra civil. Aunque España se doblegue ante la superioridad francesa y no llega a haber lucha de su ejército con el nuestro, el odio de unos españoles a otros va a dificultar la paz en mi reinado. Percibo en estas reflexiones que aún tengo el espíritu dividido. Hablo de las tropas francesas como de «nuestro ejército» y de «mi reinado». Debo aprender a pensar como rey de los españoles… si los españoles no me lo impiden.

Desde su inicio la rebelión en provincias se caracterizó por división, encono y muerte entre españoles. Generalmente, las turbas mataban a algún miembro del gobierno local al que consideraban, con motivo o sin él, partidario de los franceses o de someterse a ellos. Empezó en Cartagena el 22 de mayo con la muerte del capitán general don Francisco de Borja. El 23, Valencia, con la muerte del barón de Albalat, y su cabeza cortada paseada en la punta de una pica. En esta ciudad hubo también muchos crímenes contra todos los franceses que en ella vivían. El 24 de mayo, en Oviedo los insurrectos se apoderaron del arsenal, dirigidos por un anciano, el marqués de Santa Cruz de Marcenado. Me aclara Urquijo que sí, se trata del mismo de las Reflexiones militares, tan bravo en su decrepitud que afirma en la proclama que si es preciso «irá él solo al puerto de Pajares, a impedir la entrada de los franceses». Declaró la guerra al emperador y ha enviado emisarios a Inglaterra en busca de ayuda. El 26 se subleva Zaragoza, al mando de Palafox, un joven de veintiocho años, que suplantó al capitán general, quien, como casi todos los altos mandos militares, consideraba la lucha perdida de antemano y era partidario de no resistir. El día 27, en Sevilla asesinaban al procurador mayor, conde del Águila; en Cádiz, al general Solano. La insurrección en casi cada ciudad fue acompañada de la inmolación de alguna de las autoridades: del alcalde en Jaén; en Málaga, del ex gobernador Trujillo; en Badajoz, del capitán general conde de la Torre del Fresno; en Tortosa, del gobernador. Varias de estas muertes acaecieron el día 30 de mayo, San Fernando, al oponerse alguna autoridad a pasear en triunfo el retrato de Fernando VII.

—¿Tiene las características de una revolución?

—No, Majestad; el pueblo español no persigue a los notables, como hizo en Francia; los busca para pedirles que se pongan a la cabeza de la insurrección. Sólo cuando se niegan los consideran traidores y los asesinan.

—¿Y los altos mandos del ejército?

—Como los capitanes generales que hemos mencionado, casi todos los oficiales saben que el poderío del emperador es tal que la resistencia armada sería suicida. Creen que doblegarse a la voluntad del emperador es un mal menor. Al menos librará a España de las muertes, saqueo y destrucción. Quedar envueltos en una guerra pone en peligro las posesiones de América, que se alzarán o serán tomadas por los ingleses. El emperador ofrece conservar la integridad y unidad de España y del imperio bajo vuestro reinado, también nuestra religión y costumbres.

—Entonces ¿por qué están pasándose al bando insurrecto?

—Alguno, como Palafox, porque han recibido órdenes directas de don Fernando, y creen que es su deber luchar hasta la muerte. Otros por temor, al ver asesinados a los generales que no se unen al deseo de resistencia del pueblo. Algunos se van contagiando del furor y del entusiasmo populares, porque tienen parientes o allegados entre los muertos de los acontecimientos, o que han sido víctimas de los abusos y atropellos de los generales franceses y de sus tropas.

—¿Quién lleva el mando supremo del ejército español?

—No hay mando supremo de los rebeldes. El mando corresponde al lugarteniente del rey. El rey don Carlos dio este puesto al gran duque de Berg, y Vuestra Majestad le confirmó el mandato. He de confesaros que la delegación en Murat, al que odia la nación, ha sido muy dañina para vuestro partido en España.

—Ya me diréis qué alternativa tenía. Cualquier otra designación habría provocado aún más quebranto; es sólo una medida provisional.

—Pero de consecuencias tan graves —interrumpió el conde de Orgaz— que, si Vuestra Majestad me lo permite, aconsejo vuestra presencia inmediata en España, sin esperar los resultados de la asamblea de Bayona.

—Es interesante. Lo mismo dice una carta del embajador La Forest recibida hoy. El gran duque está seriamente enfermo y no puede cumplir sus difíciles responsabilidades.

—Entonces es aún más urgente, Majestad; el desgobierno en momentos de crisis es lo único peor que la tiranía.

En contra de mis sentimientos hube de salir en defensa de Murat.

—Conde, no os permito que llaméis tirano al gran duque de Berg, por el respeto que debéis a mi lugarteniente y porque además no es justo.

—Pido disculpas a Vuestra Majestad. No me ha movido a hablar ninguna pasión contra el gran duque, sino estar convencido de que vuestra presencia, con los rasgos que todos hemos apreciado de bondad y de nobleza de corazón, es lo único que puede apaciguar los ánimos.

Ni Orgaz ni sus compañeros saben, aunque puedan sospecharlo, que el general Lavalette está registrando su correspondencia (y la mía, ¡pardiez!), y me entrega copia de las cartas de interés. Ayer me envió una de Cevallos del día 8 a su sustituto en Madrid. Dice literalmente casi lo mismo que Orgaz: «… tuve el honor de presentarme ayer ante el rey. Me he hecho a la idea de que su presencia, su bondad y la nobleza de su corazón, que se descubre a primera vista, bastarán para apaciguar las provincias sin tener que recurrir a las armas». Es demasiada coincidencia. O se han puesto de acuerdo en fingir del mismo modo, o realmente en sus conversaciones han llegado a idéntica conclusión. Prefiero lo último.

—Seguís sin decirme quién manda el ejército insurrecto.

—Existe una gran confusión —dijo Azanza—. Hay varios ejércitos y no todos los mandos han resuelto aún sus dudas sobre el bando en que deben alistarse. Es difícil la comunicación entre ellos. Están separados por las fuerzas francesas. Creemos que en Andalucía ha tomado el mando el general Castaños y en Valladolid el general Cuesta.

—El emperador ha ofrecido al general Cuesta el nombramiento de virrey de México.

Infantado tomó la palabra:

—No lo ha aceptado. Piensa que la guerra civil es inevitable y dirigirá su cuerpo de ejército.

—Y vos ¿qué pensáis?

Se miraron unos a otros. Urquijo habló tras una pausa.

—Lo que antes os hemos resumido como opinión de los generales es también la nuestra y la de casi todas las gentes ilustradas. No hemos ocultado a Vuestra Majestad la fidelidad a nuestros príncipes ni la pena con que hemos visto su marcha al exilio. Son ellos quienes nos han ordenado someternos a los designios del emperador y ahora de Vuestra Majestad.

—El emperador —intervino el marqués de Santa Cruz— aceptó las condiciones del rey Carlos para la cesión de la corona: que la integridad del reino no sufrirá merma, asimismo su independencia, los límites de España no se alterarán. La religión católica será la única. Su sinceridad se demuestra al incluir estas condiciones en la Constitución que nos propone.

Como si estuvieran impacientes por descargar la conciencia de culpa por haber cambiado de campo, se quitaban uno a otro la palabra para presentar unas razones que debían haber meditado juntos y que, sin duda, se daban a sí mismos antes que a nadie. Tomó el turno Infantado:

—Ninguno olvidamos, Majestad, la proclama dirigida a los españoles el 12 de mayo por el príncipe de Asturias y los infantes don Carlos y don Antonio. Unas líneas las tengo clavadas en la memoria, pues en ellas los príncipes nos explican por qué han renunciado a sus derechos y por qué nosotros no debemos intentar defendérselos:

… considerando las críticas circunstancias en que se ve España, y que en ellas todo esfuerzo de sus habitantes en favor de nuestros derechos, parece sería no sólo inútil sino funesto, y que sólo serviría para derramar ríos de sangre, asegurar la pérdida cuando menos de gran parte de sus provincias y la de todas sus colonias ultramarinas.

—Opinamos, Majestad —intervino el duque de San Carlos—, que fue intención del rey Carlos, al abdicar, evitar las convulsiones de la guerra civil y extranjera.

—Soy para vosotros el «mal menor» de que antes hablabais.

—Vuestra Majestad es nuestra única esperanza.

La velocidad del diálogo —los españoles hablan demasiado y muy de prisa— hace difícil recordar a quién pertenece cada frase. Hubo una larga pausa después de la última afirmación hecha en tono contundente por el marqués de Santa Cruz. Quedó como sorprendido de su arranque y, en distinta inflexión de voz, reemprendió el hilo de sus pensamientos:

—La adulación no es vicio de los grandes de España, señor. Ni nuestros reyes la deseaban ni nuestros antepasados cayeron en esa bajeza. Aseguro a Vuestra Majestad que el único momento que nos resulta penoso, en la confianza de que nos hacéis honor, es aquel en que os alabamos en vuestra augusta presencia. Preguntáis los motivos de nuestra adhesión y debemos explicarlos, aunque a vos y a nosotros resulte embarazoso.

En verdad estaba consiguiendo el marqués que lo fuese para mí. Intervino el conde de Orgaz:

—No escapa a la perspicacia de Vuestra Majestad la resignación con que os recibimos hace una semana y que, unos minutos después de conoceros, fuimos trocando uno a uno todos nosotros estos sentimientos por los de admiración, gratitud por vuestra cortesía y, al fin, aliento, esperanza, Majestad…, una gran esperanza.

Durante este acaparamiento de la conversación por los grandes, Urquijo fue dando muestras de querer intervenir. No debe de agradarle ceder la tribuna. Medió al fin:

—El tema más espinoso de la Constitución es el tratado de alianza con Francia, que merma nuestra independencia. En realidad hace un siglo que el «pacto de familia» y el poderío de Francia han hecho nuestra total independencia un tanto ilusoria. Creo que acierta don Miguel José de Azanza en una reflexión de que me ha hecho confidencia y que le pido os comunique.

—Tenemos la ilusión de que la corona de España en vuestras sienes quede más libre de lo que ha estado en los últimos lustros. El único freno total al sometimiento a la voluntad del emperador está en el afecto fraternal que tiene a Vuestra Majestad y en el talento de gobierno y habilidad diplomática que habéis mostrado durante dos años en un reinado en Nápoles, del que todos vuestros súbditos napolitanos cantan las alabanzas.

Carezco de la obsesión por la puntualidad del rey Carlos, procuro cumplir mi horario. Vi en el reloj que se acercaba el momento de entrevistarme con el príncipe de Neufchâtel, cuando caí en la cuenta de que el duque de Híjar, de quien deseaba comprobar la reacción, era el único que no abrió la boca en toda la reunión. Le pregunté directamente:

—Duque, ¿no os preocupa la brecha que se está abriendo en España, entre el pueblo, las clases ilustradas y la nobleza?

—La brecha se cerrará, Majestad. Al contrario que en otros países, siempre nos han sido muy leales, y nosotros a ellos. Los enfrentamientos han sido con individuos, no con estamentos. En cada motín se mezclan aldeanos, chusma, frailes, nobles e ilustrados. Nos mezclamos también en nuestras diversiones, en los toros, en el teatro o en el paseo. Hoy nos buscan para que los llevemos a la lucha. Si logramos convencerlos, nos seguirán a la paz.

Ni una alusión, ni un comentario que deje traslucir los sentimientos por sus servidores muertos. Ignoro si es dignidad y estoicismo españoles, o hipocresía, esperando el momento para la venganza. Me encuentro más cómodo con personas que permiten adivinar sus sentimientos. Me levanté para dar por terminada la audiencia, despidiéndolos con unas frases de aliento para las tareas de la asamblea que comienza mañana.

Tuve unos minutos para el aseo y cambio de atuendo, pues tras mi despacho con Neufchâtel pienso ir con él en el mismo coche al teatro y no quiero hacerle esperar. Mientras mi valet Cristophe me ayuda a vestir, el general Merlin o Tascher leen o resumen la correspondencia y despachos de las últimas horas. Hoy ha sido Merlin: el consejo de Castilla propone en la nueva Constitución abolir la Inquisición, pero solicitan que no conste que es a petición suya. El inquisidor general, don Ramón Etenhard, ha visitado hoy al emperador a pedir la permanencia del tribunal. Si se me hubiese ocurrido preguntar a los siete que acaban de salir, habría tenido tres a favor, tres en contra y una abstención. Linda tarea va a ser poner de acuerdo a los españoles.

Noté una cierta complacencia en la voz de Merlin al anunciar:

—Majestad, Lavalette nos envía copia de una carta interceptada del señor Urquijo al general Cuesta, del día 5.

Ábrala, general, y léame las frases importantes.

—Se pregunta Urquijo y pregunta al general Cuesta si la nueva dinastía será un bien al lograr la imposición de las ideas del siglo y las reformas administrativas que España necesita, o si, por el contrario, «va a estallar una guerra de exterminio». Refiere que ha tenido una larga entrevista con el emperador, y que le ha encontrado mal informado de las cosas de España. Que intentó, sin resultado, convencerle de los riesgos que para Francia tiene la invasión de España. El emperador le expuso con claridad que no hay alternativa, o España acepta de buen grado el reinado de un príncipe de su sangre, o la conquistara desmembrándola, anexionando Cataluña, Navarra y Aragón a Francia. Ante la convicción de que el emperador puede cumplir sus amenazas, y va a hacerlo, se ha entregado a convencer a sus compatriotas de que acepten la primera solución, resignándose a lo inevitable. Habla de algunos a los que ha convencido o lo estaban igual que él.

—¿A quién menciona?

—Cevallos, Azanza, O’Farril, el inquisidor…

Merlín interrumpió la lectura mirando por encima del papel, como si lo último le hubiese sorprendido sobremanera.

—¿Alguien más, general?

—El conde de Fernán Núñez, el duque del Infantado.

—¿Qué dice de Infantado?

—Que intentó ser útil a los reyes, avisándolos a su llegada, pero que se negaron a recibirle, y que, ante lo inevitable, estaba dispuesto a entrar en el nuevo orden de las cosas. Que pudo marchar de Bayona, pero ha preferido quedarse para servir y ser útil.

En ese momento entró Tascher anunciando la llegada del príncipe de Neufchâtel, que acudía con el encargo del emperador de ponerme al corriente de la situación militar en España. Tiene el mismo optimismo de mi hermanó. Las batallas que han presentado parecen sólo revueltas. Las multitudes armadas se dispersan ante la llegada de un regimiento… Se portan del mismo modo las masas de voluntarios que acompañan a las tropas españolas. Pésimo concepto de éstas y de sus mandos.

—Como Vuestra Majestad puede ver en el mapa, tenemos enfrente sólo tres ejércitos. Los de los generales Cuesta y Blake, que ocupan Galicia, León y parte de Castilla, con cuartel general en Benavente. El de Andalucía, al mandó del general Castaños, y el del general Palafox, que se ha refugiado en Zaragoza, sitiada y a punto de caer.

—¿Y estas otras marcas en el mapa?

—No se les puede calificar de ejércitos. Pequeñas partidas en Cataluña y en Valencia, cuya capital también se defiende; no hay apenas tropas regulares; los defensores son casi todos insurrectos, sin preparación ni armamento adecuado. El mariscal Moncey rodea Valencia.

—Esperó que tengamos fuerzas proporcionadas a los tres ejércitos de que habláis.

—En Madrid el general Savary va a sustituir al gran duque de Berg, y queda al mandó de gran parte de sus tropas. No se cierne sobre la capital ninguna amenaza que no puedan cortar los otros ejércitos. Por el contrario, Savary puede enviar auxilió a los nuestros periféricos en casó necesario.

—El ejército que avanza sobre Andalucía va a quedar a gran distancia.

—Es el que corre más riesgo de no recibir apoyo. Por eso el general Dupont, que lo manda, apresura la marcha para dominar Cádiz, antes de que se consolide el ejército insurrecto. El mariscal Bessiéres, desde Valladolid, cortará el acceso al general Cuesta.

—En contra de vuestra mala opinión de la capacidad bélica española, la única batalla importante, la de Zaragoza, no está ganada.

—Todavía no, Majestad. El caso de Zaragoza y el de Valencia son distintos. No son batallas, son sitios. Los españoles tienen una larga tradición de defensa en las ciudades. Allí los grupos de insurrectos son mucho más eficaces que en el campo de batalla. En barricadas, y desde las ventanas de las casas, a corta distancia, hasta las mujeres pueden disparar con fuego mortífero.

—Esperó que no por mucho tiempo. ¿Cuál va ser la suerte de Zaragoza, una vez se rinda?

—Saqueada, arrasada, y sus defensores enviados a Francia como prisioneros.

—Estas medidas extenderán el odio a Francia.

—El odio ya existe. Créame Vuestra Majestad: sólo el miedo puede paralizar la acción del odio. Si no castigamos a Zaragoza, aplastándola, otras ciudades tendrán la tentación de imitar su ejemplo. Con un escarmiento terrible a la ciudad y sus habitantes, el terror a un fin similar tendrá quietos al restó de los españoles, hasta que la política de Vuestra Majestad pueda ejercer sus benéficos efectos y consolidar la paz.

—Me repele comenzar el reinado encumbrado sobre las cenizas de una ciudad y los cadáveres de sus defensores.

—El emperador comprende esos sentimientos, y también desea librar a Vuestra Majestad del peso de imponer tal castigó. Todo debe terminar antes de vuestra llegada. Ha enviado refuerzos al general Verdier y al general Lefevre-Desnóuette, que cercan Zaragoza, especialmente artillería. Zaragoza caerá en los próximos días. Vos llegaréis con medidas de clemencia.

—¿Después de saqueada la ciudad, violadas las mujeres, incendiada y con los supervivientes presos en Francia?

—Vuestra Majestad conoce las normas de la guerra. La ciudad que se resiste sabe que ésta es su suerte.

Comprendí que era inútil argumentar, y había llegado el momento de partir hacia el teatro si queríamos anticiparnos a la llegada del emperador.

En el carruaje pregunté al príncipe:

—¿No pensáis que una batalla perdida por uno de esos cuerpos de ejército, tan diseminados, puede ser fatal?

—Sería un grave contratiempo, Majestad; pero es muy poco probable; aun en ese caso ganaremos los restantes combates y con ellos la guerra.

—Temo, príncipe, que no estamos luchando contra un ejército, sino contra un pueblo.

—Mejor, las turbas no ganan batallas.

—Cuando el enemigo es toda una nación, pueden ganarse las batallas y perder la guerra.

Debió de pensar, igual que yo, que hablábamos lenguajes distintos, porque ninguno de los dos siguió la conversación. Permanecimos en silencio hasta la puerta del teatro.

En Bayona cambia el tiempo repentinamente. Después de un día caluroso, una llovizna fina y constante calaba a los grupos de curiosos apiñados detrás de los cordones de soldados, y hacía humear las antorchas de la hilera de lacayos ante la fachada del teatro.

El emperador gusta que al ocupar su asiento estén todos dentro, por lo que le esperamos en el salón de entrada únicamente quienes debíamos ocupar su palco, el de la emperatriz y los dos inmediatos.

Las autoridades de Bayona permanecían fuera, procurando resguardarse de la lluvia bajo la marquesina, para recibir en la puerta al cortejo imperial.

Llegó con puntualidad. Primero los coches de la emperatriz y su corte. La emperatriz habló unos instantes, con su amabilidad de siempre, a las autoridades, mientras los curiosos expresaban su afecto con aplausos y ovaciones.

Instantes más tarde, el emperador contestó con una seca inclinación de cabeza al alcalde y acompañantes, que se deshacían en cortesías. Siguió su camino. Luego me han informado de que el emperador está molestó con los bayoneses y sus autoridades porque demostraron, a su juicio, «excesiva simpatía por los príncipes españoles», en ocasiones como ésta. Ha comentado que «parecen más españoles que franceses», y los castiga no invitándolos ni una sola vez a Marrac. Ni las autoridades ni los mirones deben haberse percatado de este despego imperial, porque se unieron en delirantes vivas al emperador, en su fugaz tránsito ante ellos.

Departió un momento con nosotros, y le seguimos por la escalera hacia los palcos. Al entrar el emperador todos se pusieron en pie. Se sentó, esperó a que también lo hiciese la emperatriz. Durante unos instantes contempló con un catalejo las hileras de caras que, ante las butacas y los palcos, tenían las miradas fijas en él. Cayó sólo entonces en la cuenta de que todos seguíamos de pie esperando; hizo un gesto con la cabeza y, tras hacerlo nosotros, el teatro entero reposó en sus butacas.

Antes de subir hacia el techo las grandes arañas de cristal con velas, para dejar sólo la luz de las candilejas, pude contemplar el auditorio. Brillante espectáculo. Domina el brillo del oro de los entorchados y condecoraciones. Algunos de los españoles visten, igual que yo, las insignias de la orden de Carlos III. Por el carácter de esta corte, provisional y bélica, pocas damas, de belleza y elegancia difícil de mejorar. El panorama humano magnífico. El edificio, telón, escena, provincianos y de mediano gusto.

Todo en Bayona alude, con frecuencia sin pretenderlo, a la estancia de los príncipes españoles, que se esperaba más prolongada y de diferentes características. El repertorio de la compañía traída de París se eligió con acentos hispánicos. Han sobrado obras, que nos van colocando ahora. Hoy toca Le Cid de Beauvalet. Me aburrí como siempre en esta obra, y pude ponerme a pensar en mis cosas. Cuando quedo ensimismado tengo tendencia a mirar hacia el techo. Vi que las tablas no encajan bien y dejan grietas, por las que desciende el polvo que mueven los pies de los espectadores sentados encima. A una dama del piso superior se le cayó un frasco de perfume. El líquido derramado goteó por la grieta, sobre las solapas del uniforme del coronel Clermont-Tonnerre, empapando la tela hasta que, percatado, logró apartarse. Un intenso aroma se extendió por las plateas, emanado del seno del más bravo de mis soldados. El emperador no le tiene simpatía. Renunciaré durante el descanso a llevar a mi lado al coronel, porque, si mi hermano cata el perfume, no habrá modo de convencerle de que Clermont-Tonnerre no ha dejado de encandilar damas para dedicarse a los efebos.

El que no ha dejado de encandilarse con las damas soy yo. La escena de un teatro sólo se llena con el talento o con la belleza. Tras un buen rato de tedio, la entrada de una de las hijas del Cid dio el toque mágico que prende el alma de los espectadores. Rubia, esbelta, voz bien timbrada, ademanes elegantes. El auditorio quedó cautivado. Yo también. Logré descifrar el nombre en el programa, tan difícil de leer en la penumbra: «Mademoiselle Trefoneau».

Durante el descanso principal, en el que en un salón se sirve al emperador y a sus acompañantes un refrigerio, si la obra agrada a mi hermano, suele hacer subir a los actores para felicitarlos, especialmente a las actrices y verlas de cerca. Es una de sus técnicas de selección de compañía para el reposo del guerrero. Mandé a Clermont a que saliese al exterior a ventilarse un poco y a buscar a mi valet Cristophe.

Mademoiselle Trefoneau no me decepcionó. Por suerte comprobé que el emperador felicitaba más efusivamente a otra actriz; así que concentré mis elogios en ella y, camino del palco, di a Cristophe, que parece nacido para esta tarea, unas monedas de oro y el encargo de ofrecerlas a la actriz con la promesa de un coche a la puerta de la salida de actores

Los cómicos son seres de otro mundo, con reglas distintas. Nunca se sabe cómo van a responder. La incertidumbre da misterio y acrecienta el interés de la espera. ¿Vendrá? La verdad es que juego con ese resabio de épocas anteriores. A los deseos de un rey no es fácil que resista una actriz. Acudió sin hacerse esperar.

Seguía siendo rubia, esbelta, de movimientos felinos (un poco frenados por el embarazo de la situación), pero… ¿por qué, repito, siempre los mismos errores?

Sé que en el encuentro íntimo con una actriz hay siempre desencanto. Son luciérnagas que al tenerlas en la mano se convierten en… otra cosa.

Sobre el escenario, las luces tenues ponen veladuras mágicas en los afeites. Los trajes y las emociones de las heroínas inmortales que representan crean una aureola sobrehumana que prende al espectador, y saca del fondo de su alma ensueños de fascinación e irrealidad.

El lance amoroso ideal debía realizarse sobre las mismas tablas en que están actuando, suprimidos por ensalmo los otros actores y los espectadores.

De pie sobre la alfombra. Con un traje de mal corte y coderas deformes, las manos aferradas al gastado bolso y al abanico, Mademoiselle Trefoneau aparecía real, tremendamente real, tímida y con la frente perlada de sudor.

Mi tendencia natural es no herir los sentimientos ajenos. Con las mujeres que se doblegan a mi deseo me porto como si tuviese que seducirlas…, abreviando las etapas.

Es un juego que disimula la sordidez del lance. Al menos me lo disimula a mí, que es lo que importa.

Mademoiselle Trefoneau respondió espléndidamente, como si la hubiese seducido. Cediendo poco a poco, con sobresalto y luego abandono, pasión al final. Quedé adormecido con los vapores del cansancio y el gozo. Olvidé despedirla.