BAYONA, 8 DE JUNIO DE 1808
POCO MÁS de cuatro horas de sueño. Me he hecho despertar a las cinco. Deseo estar a las seis en Marrac, para que mi hermano no pueda argumentar «la debilidad de José». «Repasad mi proclama a los españoles». Lo he hecho.
Españoles: Después de una larga agonía, vuestra nación perecía. He visto vuestros males; voy a aportarles remedio. Vuestra grandeza y vuestro poder son parte del mío.
Vuestros príncipes me han cedido todos sus derechos a la corona de las Españas. No quiero reinar en vuestras provincias, pero sí quiero conseguir eternos derechos al amor y a la gratitud de vuestra posteridad.
Vuestra monarquía es vieja; es mi misión rejuvenecerla. Mejoraré vuestras instituciones y os haré disfrutar, si me secundáis, de los beneficios de una reforma sin roces, sin desorden, sin convulsiones.
Españoles, he mandado convocar una asamblea general de diputaciones de las provincias y de las ciudades. Quiero comprobar por mí mismo cuáles son vuestros deseos y cuáles vuestras necesidades.
Cederé entonces todos mis derechos y colocaré vuestra corona en las sienes de otro yo mismo, garantizándoos una Constitución que concilie la santa y saludable autoridad del soberano con las libertades y privilegios del pueblo.
Españoles, acordaos de lo que fueron vuestros antepasados; considerad a lo que habéis llegado. La culpa no es vuestra, sino de la mala administración que os ha regido. Estad llenos de confianza y de esperanza en las circunstancias actuales, porque quiero que vuestros descendientes conserven mi recuerdo y digan: «Es el regenerador de nuestra patria».
No recordaba de memoria la proclama cuando anoche llegamos a Marrac. Tampoco allí me dio el emperador lugar a repasarla. En realidad ni me concedió oportunidad para lo que en Nápoles llaman «refrescarse». No sé ni cómo pude resistir. Al final del discurso el esfuerzo mayor no fue elegir las palabras, sino frenar los apremios del cuerpo, a punto de estallar.
A pesar de todo, creo que mis palabras reflejan el espíritu de la proclama del emperador. Al referirse a mí, como «otro yo mismo», parece que se ha puesto en mi lugar. Nunca hemos estado más identificados que en esta proclama. Quizá yo hubiese dado otro giro a «vuestra grandeza y vuestro poder son parte del mío».
Amanece muy temprano en junio. Llego al palacio también entre dos luces, como anoche. En la neblina traslúcida por el clarear, se percibe, con un halo, alguna que otra hoguera en los campamentos al borde del camino.
Traigo conmigo al general Merlin y a Franceschi-Delonne. A la vista del parque del palacio se cruza con mi comitiva la del emperador, que sale de Marrac. Mando detener mi coche para saludarle. Vano intento: la comitiva del emperador no modifica su marcha. Situación embarazosa ante mis ayudantes. Digo a Merlin que mande reemprender el camino. Franceschi-Delonne comenta que anoche escuchó que hoy el emperador va a visitar la barra de la ría, y piensa sondar él mismo su profundidad. Muy propio de mi hermano premeditar esa sabia minucia. Imagino los murmullos: «El propio emperador se ha tomado la molestia de… por sí mismo…», y con ellos acrecentarse la leyenda de su sabiduría y dedicación. También muy propio del meticuloso Franceschi-Delonne haber sido capaz de enterarse, en un día como el de ayer, de los proyectos del emperador para hoy.
Desde la derrota de Trafalgar, mi hermano está pendiente de reconstruir el poderío naval. Inspecciona los arsenales y los puertos. De todas formas, decepciona que no haya reservado un rato para conferenciar conmigo.
En el parque, por el suelo y colgados de las ramas de los árboles, los faroles, con las velas consumidas, reflejan en los cristales los primeros rayos del sol naciente. Unos jardineros los están retirando.
Ahora, iluminado por el amanecer, puedo contemplar el palacio. El cháteau de Marrac es un caserón campestre. Grande y desgarbado. Tenemos en Francia tantos castillos y palacios de majestuosa presencia y majestad, que extraña la elección de esta residencia de nuevo rico de provincias, para cobijar en ella una de las más importantes alteraciones del destino de los pueblos y naciones.
De la escolta de noche, restan dos cordones de centinelas. Unos en la disposición normal, vigilando el entorno. Otros, de espaldas a éstos, miran las fachadas del palacio. La puerta principal, en el entresuelo, tiene una gran escalinata que desciende al jardín, en doble cadena de peldaños, una a cada lado, al modo italiano. Al pie de la escalinata me esperan el ministro Champagny y el gran chambelán de palacio, Duroc. Deben de haber sido avisados por el ruido de mis carruajes.
Escoltado por ellos y por mis dos ayudantes, nos dirigimos a las habitaciones de trabajo del emperador. Mi pasión por los libros hace que, al llegar al despacho, me acerque a curiosear en su biblioteca de viaje.
Una librería portatoria no puede contener muchos libros. Sorprende que tenga entre ellos la Biblia y los Evangelios. Más extraño aún que los acompañen el Corán y unos textos budistas y de otras religiones orientales. Por lo visto, después de haber recibido cartas credenciales de todos los monarcas de la tierra, se prepara para intercambiarlas con su «colega». Dios, quiere estar bien informado del protocolo. Es un maniático del protocolo. Va estableciendo también su propia liturgia. El emperador viaja con su altar y vasos sagrados, la gran mesa sobre la que están siempre extendidos los mapas. Mi hermano dispone de varias copias exactas de los muebles del dormitorio y del despacho. Se trasladan con él. Si alguna vez no es posible transportarlos con tanta rapidez, se prevé, y una copia de todo el mobiliario, biblioteca, útiles y ornamentos, le espera en el siguiente punto de parada. Tenga donde tenga su cuartel general, el espacio de descanso y el de trabajo son los mismos de siempre. Así se siente en casa. En cierto modo consigue estar en todas partes, como el «colega».
Comenzamos el trabajo de la mañana por la lectura de la comunicación, que el emperador hizo a los españoles, de la cesión de la corona a mi persona, el día 4 de junio, tres antes de mi llegada. Champagny aconsejó esta medida para cortar cuanto antes la confusión e insurrecciones que se van extendiendo por las provincias españolas. En la misma comunicación se justifica tal premura, por «las súplicas de los españoles». El texto es así:
… Todos los derechos que hemos adquirido a la corona de España […] hemos resuelto cedérselos a nuestro muy amado hermano José Napoleón, actual rey de Nápoles y de Sicilia, a fin de que disfrute de la corona de España en toda su integridad e independencia… Nuestra primera idea fue esperar a la reunión plenaria de la asamblea de los notables, pero las súplicas que hemos recibido […] no aplazar ni por un solo momento el tranquilizar enteramente en cuanto a su porvenir a todas las provincias de España […] para que el rey de España se vea rodeado del poder y del asentimiento de todos los hombres amantes de su patria, a fin de que las tretas de nuestros eternos enemigos, que quisieran sembrar el desorden en España para facilitar el logro de sus ambiciosos proyectos en las Américas, sean enteramente desbaratadas.
Carece de la grandiosa rotundidad de la proclama. La renuncia a «esperar la reunión plenaria de la asamblea de notables», hace que éstos se hayan anticipado a recibirme anoche como su rey. La función de la asamblea se concentra por tanto en adoptar la Constitución, con las modificaciones que tengan oportuno hacer. Confío en que no sean muchas, por dos motivos. Primero que el texto constitucional es magnífico. Vuelve a brillar en su redacción el genio del emperador. Napoleón la escribió de su propia mano. Dedicó dos días enteros, el 18 y el 19 de mayo. Este es el segundo motivo por el que deseo que los españoles no propongan muchas enmiendas. Herirá el amor propio imperial. No conviene hacerlo a los miembros de la asamblea. Ni a mí, que enfaden al emperador.
Por los datos que me van proporcionando Champagny y Duroc, la irritación de mi hermano con mis súbditos ha tenido sorprendentes irregularidades.
Refiere Champagny que, estando negociando con Cevallos, defendió éste con ardor los derechos de don Fernando. Entró el emperador, que escuchaba tras la puerta, y llamó a Cevallos «traidor». Quedo hondamente preocupado, al sospechar que el grave incidente de anoche no es un hecho aislado, pues parece ir convirtiéndose en una costumbre, en la transformación del carácter de mi hermano. Calificó de traidor a Cevallos por ocupar con «Fernando VII», como aquél llamaba al príncipe de Asturias, el mismo puesto que había ejercido con Carlos IV. Tras otros insultos, dijo al asustado ministro español que debía: «… adoptar ideas más francas, ser menos delicado sobre el pundonor y no sacrificar la prosperidad de España al interés de la familia Borbón».
Disculpo a Cevallos por sus alabanzas de anoche. Mucho tuvo que aliviarle la diferencia de modales. «No sacrificar la prosperidad de España» es el argumento decisivo para convencer a mis vasallos, mas si por lograrlo les inducimos a «ser menos delicados sobre el pundonor», provocamos la más grave mutilación espiritual de mi reino. Los españoles tienen fama de una gran virtud colectiva, el pundonor. Si lo pierden, quedan a merced de sus muchos vicios. Lo grave, en las personas y en las naciones, no son sus defectos; lo irremediable es su falta de virtudes. Sólo vale la pena reinar en España si para ello no es preciso mancillar la honra de los españoles.
Con el canónigo Escoiquiz también mantuvo entrevistas privadas mi hermano. Intentó ardientemente convencer al emperador de que renunciase a su propósito de destronar a los Borbones. Duroc afirma que Napoleón estuvo «dulce y amable» con el canónigo, aunque calificó irónicamente de «cicerónica arenga» su defensa del príncipe, y, al despedirle, «le tiró amistosa, si bien fuertemente, de las orejas». Es original el concepto que tiene Duroc de la amabilidad y la dulzura.
Otros españoles que conversaron en privado con el emperador fueron Azanza y Urquijo. Fracasados ambos en su intento de inducir al emperador a la renuncia de sus planes, han decidido colaborar en ellos, y parece lo están haciendo con dedicación, «por evitar mayores males».
Duroc debe de estar incómodo con la actuación del emperador en la audiencia, pues, sin duda para justificarla, anticipó al estudio de documentos más importantes, uno interceptado al príncipe de Asturias en sus primeros días de Bayona. Va dirigido al duque del Infantado. Se dejó llegar a su destinatario. La copia conservada para el archivo imperial dice así: «Infantado: Te autorizo para que con los generales Quesada y Cruz, todos los que me sean fieles y todos los jefes que me quieran seguir, salves a tu rey. FERNANDO».
—¿Hizo Infantado algún intento de rebelión?
—No, Majestad; aunque le hemos vigilado, no se ha percibido nada. De todos modos, el emperador escribió al gran duque de Berg advirtiendo esa posibilidad; y tiene la intuición de que el duque nos va a traicionar. Por eso le hizo ayer tan seria advertencia.
Si algo he de admirar en mi hermano sobre todas sus cualidades es la increíble capacidad de trabajo. En días pasados ha estudiado a fondo la administración, las finanzas, las leyes de España, e iniciado su reforma. Ha trabajado con Azanza, Urquijo y O’Farril, ministro de la Guerra. La hacienda española está sumida en el caos. Adoptó medidas sabias para enderezarla. Las consultó por correo con su propio ministro del Tesoro Público Mollien. El encabezamiento de la carta tiene verdadera gracia: «… Tengo aquí al ministro de Finanzas de España, que todavía sabe menos que vos…». Ha dado un empréstito sobre los diamantes de la corona. Ha licenciado parte de las tropas españolas para reducir gastos, y su potencial de resistencia. Ha ordenado reorganizar y poner en pleno rendimiento los arsenales de Cartagena, Cádiz y El Ferrol. Escribió a Murat: «… Cuando la nación conozca toda esta actividad en sus puertos, será para ella la más hermosa proclama que se le pueda hacer…».
Simultáneamente a las reformas civiles, el emperador adoptó multitud de medidas para prevenir la rebelión, lograr el óptimo emplazamiento de sus tropas…
Sólo he podido repasar un pequeño número de los documentos que se acumulan para mi estudio en estos días.
Hice servir un sobrio almuerzo en la estancia inmediata al despacho. En el café, con la taza en la mano, me asomé al balcón a respirar un poco de aire puro.
Tras la llovizna de ayer a mediodía, tuvimos noche estrellada, neblina al amanecer, oí el golpear de la lluvia en los cristales durante el trabajo de la mañana. Ahora lucía el sol, y brotaba de la tierra ese aroma incomparable que surge tras la lluvia.
Apoyado en el antepecho, contemplé el parque de Marrac. Su muro marca los límites de un oasis ajardinado en medio de un inmenso campamento militar. Varios regimientos de caballería de la guardia imperial desarrollan sus ejercicios, con destellos del sol matinal en los metales bruñidos de los uniformes y de los arneses de las cabalgaduras. Los reflejos de la luz, sobre armas, arreos y grupas relucientes, se reparten desde los bordes de parque hasta la lejanía. Sobre ellos, en el aire denso por la humedad, flotan nubes de moscas, las que nos molestaron anoche y que ahora, con los primeros calores, inician su acoso con más empeño aún que en la víspera.
En la terraza sorprendo a algunas de las damas de la emperatriz. Entre risitas se pasan unas a otras un catalejo de campaña. Atisban las maniobras de los escuadrones de caballería y, también (parece ser el motivo principal de sus risas), los juegos y funciones de aseo de los soldados, que pululan en torno a las tiendas de campaña.
Veo que no hay demasiados entretenimientos matutinos en Marrac.
Vuelta al trabajo. Además de los asuntos de España tengo que ocuparme de los de Nápoles. Dejo una carta escrita al emperador, pidiendo su venia para condecorar, con mi nueva orden de «las Dos Sicilias», a varios oficiales franceses y napolitanos. También concedo varias recompensas. Aprovecho para incluir en ellas al padre y al cretino del marido de mi amada Giulia. Hoy llevo tres días sin carta suya. Las escribe a diario. Llegan acumuladas. Siento impaciencia. También por las de mi mujer, que dan noticia de nuestras hijas.
Enfrascados en nuestro trabajo, nos interrumpen para decir que piden audiencia dos españoles de alto rango.
—¿Quiénes son?
—El ministro Cevallos y el duque del Infantado. Piden disculpas a Vuestra Majestad por lo inesperado de su visita, y ruegan que si hoy no pueden ser recibidos se les cite para una audiencia.
Cevallos e Infantado. Desde mi llegada parece que no voy a poderlos apartar de mi atención. Pasan, o pasaban hasta anoche, por fanáticos partidarios del príncipe de Asturias.
Era conveniente recibirlos. Además siento mucho más agrado estudiando personas que leyendo documentos.
Para irme familiarizando con las reacciones de los españoles, di orden de que «pase el primero», esperando ver cuál elegían, si al ministro o al duque. Entró Infantado.
Le recibí a solas. Noté que la situación para el duque era embarazosa. Sin duda venía a desahogarse sobre la interrupción de anoche.
Tenía marcada apostura. Vestía de modo impecable. Volví a notar su francés sin acento. Le acogí cortésmente, pero dejándole hablar.
—Deseo manifestar que no hubo en mis palabras de ayer la menor intención de menoscabo, en el respeto y devoción que debo a Vuestra Majestad.
—Duque, no lo he dudado.
—Gracias, Majestad. Tampoco hubo ánimo de descortesía en pedir al señor Azanza que leyese en mi lugar la rectificación. Me creeríais si os dijese que estaba tan turbado que no podía hacerlo por mí mismo. No es mi costumbre escudarme en engaños. No lo hice porque creí que ello manchaba mi honra, y el abandono del honor, Majestad, es lo único que no debo ofreceros.
—Estoy de acuerdo, duque: sólo quiero cerca de mí hombres escrupulosos en materias de honor. Comprendí vuestra intención de anoche.
—Sois muy generoso, Majestad.
Habiendo compartido con él el sobresalto que nos produjo el arrebato del emperador, decidí aliviarle la tensión del encuentro. Le pregunté si le acompañaba en Bayona la familia. Lamenté su soledad al saberle separado de parientes y allegados. Infantado, descargado de responsabilidades morales, empezó a mostrarse más relajado y amable. De hablar de sí mismo, pasó a hacerlo de mí. Cantó las alabanzas de mi labor en Nápoles.
—Señor, tengo feudos en Nápoles. Conozco por mis administradores, con detalle, las benéficas reformas que habéis implantado. Las grandes cantidades que habéis empleado en instituciones de enseñanza y de beneficencia. El reemplazo del sistema feudal por el código civil francés. La reforma de los impuestos. La venta de tierras de la corona. El cuerpo legislativo. Las escuelas públicas. El impulso a la universidad y a las artes. Que habéis dado empleo en la construcción de carreteras a los mendigos y desamparados.
—Es mejor hacerlos trabajar que sólo darles de comer. En cuanto a vos no os conviene la supresión del sistema feudal. Tiene mérito que la elogiéis.
—Majestad, mis ideas son las del siglo.
Acabó ofreciéndome sus servicios. Con sinceridad, colocando las cartas boca arriba.
—Vuestra Majestad debe saber que los españoles que estamos en Bayona amamos profundamente a nuestros príncipes. Con dolor en el alma los hemos visto partir. Hemos seguido lealmente sus órdenes de sometemos al emperador, para evitar mayores males a nuestra patria. Creemos que el mejor servicio a nuestros príncipes y a España es ponemos a las órdenes de Vuestra Majestad. Las reconocidas cualidades de bondad y comprensión de Vuestra Augusta Persona, que ya hemos podido apreciar, pueden apaciguar los ánimos encrespados y traer la paz y la prosperidad. Sois nuestra última esperanza.
Para dar un mayor temple de cordialidad a la despedida, volví a hablarle de temas personales. Ya de pie, antes de abandonar la estancia, tuvo como una inspiración:
—Si Vuestra Majestad me lo permite, quisiera agradecer la gentileza con que me habéis tratado, con un pequeño recuerdo mío. Tenemos parecida envergadura. Si no os parece mal, os enviaré uno de mis uniformes; para que, si lo deseáis, podáis ir vestido de español.
¡Ya lo decía yo! ¡El condenado uniforme! No era una trivialidad. Ellos también lo han notado. Bueno: ya lo tengo. Lo envió un par de horas después. Queda como hecho a mi medida. El destino previsor me hizo con cuerpo de duque, pero he de decir que el destino se quedó corto en sus predicciones.
Cevallos se expresó luego en términos parecidos. No es el personaje ridículo que podía deducirse de mis informes anteriores. Digno, perspicaz, bien informado. Puede ser perfectamente utilizable. Su condición camaleónica de cambiar al instante de color, puede ayudarle a entrar sin esfuerzo a mi servicio. Anunció el deseo que tienen los restantes miembros de la junta de venir a cumplimentarme en pequeños grupos. Accedí. Les iré viendo los próximos días.
Era muy tarde para reanudar el trabajo de despacho. Debía ir a mi casa a mudar de ropa y regresar a Marrac para la velada.
Volví con el tiempo justo para la cena. Al terminar la comida, quedamos repartidos en grupos, hablando o en diversos juegos y entretenimientos.
Es una gran suerte que la moda nos permita disfrutar, de un modo tan generoso, de la belleza de las damas de la corte de la emperatriz. Su piel resplandece, con brillo más seductor que el de las joyas que portan, sobre las mesas de banquete y de juego.
Me intriga cómo un defecto puede aumentar el atractivo. La lectora de la emperatriz y su modo de sonreír anómalo. La leve desviación de la boca hacia un lado, en lugar de afearla, crea un gesto airoso que, combinado con la armonía de las líneas de su rostro, provoca el deseo de verlo repetirse de nuevo y un afán casi obsesivo de seguir contemplando a esta mujer.
Las restantes damas lo han notado. Me han hecho sentir su alerta celosa que no logran dominar. En mi mesa de juego alguien mencionó su cargo de lectora. Mademoiselle d’Auvilliers, de ingenio malicioso, replicó al instante:
—Tiene suerte con el puesto de lectora. Es el más cómodo del mundo. No se recuerda que nadie le haya leído un libro a la emperatriz.
En cambio sí recuerdo que a Napoleón le gusta que su esposa le lea páginas de sus libros preferidos. Tras haber repasado los tejuelos de los volúmenes de su biblioteca actual, sólo deseo por el bien de la emperatriz que no haya elegido el Corán.
Me hastío presto en los juegos de cartas. Abandoné mi mesa para recorrer las demás. En una de ellas se había sentado el emperador. Cosa rara, no suele hacerlo. Se formó un corro de curiosos en tomo a la mesa. Jugaban a «la macedonia». Pidió el emperador la banca, nada más sentarse. Todos apostaron en contra. En el primer descarte sacó veintiuno. Había ganado. Recogió todo el dinero de las apuestas. Le advirtieron que dos monedas de oro no le correspondían, porque era la postura del conde de Swenfft, ministro de Sajonia, que también había sacado veintiuno y quedaban para el próximo envite. Con asombro de todos, Napoleón no devolvió el dinero. Dijo riendo: «Lo que es bueno de aprehender, es también bueno para guardar».
Se levantó casi de inmediato. De excelente humor. Repartió unas cuantas amabilidades y cortesías y, acompañado de la emperatriz, se retiró.
Aproveché para hacerlo yo también. Caí en la cama rendido. Tardé en dormir. Martilleaba en mi cerebro una frase: «Lo que es bueno de aprehender, es bueno para guardar… Lo que es bueno de aprehender, es bueno para guardar».
No puedo olvidar que el emperador ha aprehendido España antes que yo.