ECM

«Vi un túnel muy largo, y una luz prodigiosa al fondo.

Daba la sensación de que mi vida pasaba

fotograma a fotograma… y al final distinguí a alguien

que me decía que no era mi hora. Entonces regresé

a la mesa de operaciones».

RAYMOND MOODY, Vida después de la vida.

ECM: experiencias cercanas a la muerte. Hace treinta años este término sería un completo absurdo. En la actualidad, prácticamente todo el mundo sabe de qué se habla cuando se invoca ese término. La popularidad de toda la iconografía de esas ECM se debe a un libro de Raymond Moody: Vida después de la vida (Life After Life). Fue un libro que revolucionó el concepto que teníamos de la muerte. Y su formidable éxito tenía una razón de ser: tenemos derecho a intentar saber qué será de nuestra existencia cuando el cuerpo ya no albergue nuestro espíritu o nuestra alma o lo que quiera que sea, si lo hay. Los antiguos decían que la muerte iguala al rey y al mendigo, y en las Danzas de la Muerte medievales, los poetas moralistas recordaban a las gentes que sólo hay una cosa cierta en el mundo de los vivos: que tarde o temprano pasaremos a engrosar el mundo de los muertos. Emperadores, monarcas, nobles, hacendados, artesanos, campesinos y mendigos: ella está ahí, pero quizá no sea más que el preludio de otra historia…

Raymond Moody

Uno de los responsables de la edición española de Vida después de la vida (Edaf) fue Sebastián Vázquez. En España y en el mundo entero fue todo un bestseller, y aún sigue siendo uno de los libros más vendidos. Sebastián Vázquez nos decía que fue un libro que inició un género, y que incluso en las librerías se colocaban carteles donde se anunciaba: «Libros de más allá de la vida» o «Libros de más allá de la muerte». «De verdad se puede decir que existe un antes y un después de la aparición de Vida después de la vida», recordaba Sebastián Vázquez. «Hoy cualquier persona oye hablar de aquellos planteamientos, de la luz, el túnel, la posibilidad de ese encuentro con otras personas fallecidas, etcétera, y no le resulta extraño. Todo el mundo ha oído hablar de ello. Pero en 1977 fue una revolución. Además, el trabajo y la investigación hospitalaria que inició Moody continuó después con otros investigadores. Aquel libro cambió el modo de concebir la muerte y el modo de concebir tantas cosas. En cuanto a la experiencia, bien sea real, bien sea fruto de la imaginación o de los fármacos, como otros opinan, lo que es cierto es que esas personas pierden el miedo a la muerte completamente».

En efecto: el libro tuvo la virtud de divulgar un hecho que, en realidad, debía de estar ocurriendo desde hacía cientos y miles de años, puesto que las experiencias eran increíblemente recurrentes, aunque con variantes, y, desde luego, no es posible imaginar que fuera cosa del azar. El libro de Raymond Moody revolucionó el modo de entender el tránsito hacia la muerte.

¿Quién era Raymond Moody?

Raymond Moody (Georgia, 1944) se doctoró en Filosofía por la Universidad de Virginia en 1965 y se licenció en Medicina y Psiquiatría en el Medical Collage de Georgia en 1976. Tiene una cátedra de Estudios de la Conciencia en la Universidad de Nevada, en Las Vegas.

En 1975 alcanza una gran popularidad, a nivel mundial, por su libro Vida después de la vida. En su obra se recogen numerosísimos testimonios de personas que habían vivido este trance. Según sus declaraciones, decidió escribir ese libro tras conocer el caso de un soldado americano, en diciembre de 1943, durante la Segunda Guerra Mundial: este joven, que tenía 20 años entonces, moría de una pulmonía. Nueve minutos más tarde, incomprensiblemente, volvió a la vida y contó su asombrosa experiencia cercana a la muerte.

Moody vendió más de diez millones de ejemplares de su obra.

En 1982, una encuesta de Gallup reveló que cerca de ocho millones de adultos norteamericanos aseguraban haber tenido una ECM. En 1988, Moody publicó otro título con la misma temática: Más allá de la luz, y después, Regresiones.

A raíz de estas publicaciones, otros médicos y científicos comenzaron sus investigaciones en este campo, como el doctor Kenneth Ring, de la Universidad de Connecticut, quien pudo reunir una gran cantidad de información sobre estas experiencias y creó en 1977 la Asociación Internacional de Experiencias Cercanas a la Muerte (IANDS, International Association for Near-Death Studies). Pero también hubo críticos y escépticos, que aportaron su opinión y sus investigaciones, y ofrecieron distintas explicaciones psicológicas y neurológicas.

En un informe que realizó Moody en 1982, aseguraba que había registrado más de tres millones de casos de personas que habían vivido esta experiencia en Estados Unidos. Moody acuñó varios términos relacionados con esas experiencias ECM, como el de «inefabilidad», que es la imposibilidad de explicar con palabras conocidas lo visto y sentido durante ese trance, y que curiosamente los filólogos suelen utilizar para las descripciones de las experiencias místicas del Siglo de Oro.

En España se han realizado algunas experiencias y estudios relacionados con las ECM. Por ejemplo, la Universidad Complutense de Madrid desarrolló un experimento en el que durante tres años controlaron la actuación de los miembros de una ambulancia. El campo era el grupo de pacientes que estuvieran a en trance de muerte: en días específicos, los enfermeros tratarían de animar a los pacientes con sus palabras, aunque se encontraran inconscientes, y otros días no dirían absolutamente nada. El resultado fue que los pacientes del grupo al que hablaban tenía un porcentaje mucho mayor de recuperaciones que los del otro grupo.

En la introducción de la edición española de Vida después de la vida se destacaba el valor revolucionario de la investigación de Raymond Moody: «Pocos son los libros que modifican conceptos y creencias arraigados poderosamente en la conciencia colectiva de una sociedad y, a su vez, abren un debate intenso y enriquecedor. Vida después de la vida es uno de ellos. Cuando en el decenio de 1970 un joven médico norteamericano sacó a la luz el resultado de sus investigaciones en torno a personas declaradas clínicamente muertas y que después habían sido reanimadas, pocos sospecharon la repercusión que estos testimonios iban a tener en la sociedad. Desde entonces, no es posible concebir ningún estudio, debate o planteamiento referido a experiencias próximas a la muerte que no tenga en consideración el trabajo del doctor Moody contenido en esta obra. No nos corresponde especular sobre dichas experiencias, hoy son ya del dominio público y han sido narradas por miles de personas que aseguran verse fuera de sus cuerpos, mientras contemplan la escena flotando por encima de personas y objetos sin poder tocarlos. Tampoco son ya extraños ni el túnel, que afirman recorrer, en cuyo final luminoso encuentran, habitualmente, a amigos y parientes ya fallecidos que les dan la bienvenida cariñosamente. Ni mucho menos, el estado de paz y alegría que los envuelve y elimina el miedo a la muerte para el resto de sus vidas. Nada de esto nos es ajeno. Hoy son cientos los libros y artículos publicados sobre el tema desde aquella fecha. Y son numerosas las personas que han continuado esta misma línea de investigación y han recopilado miles de nuevos testimonios. Y es rara la persona que no conozca o no haya oído hablar de alguien que haya vivido esta experiencia».

Ánima

Los médicos y especialistas que han estudiado estas ECM han descrito diversas fases por las que los individuos o su espíritu atraviesan una vez que han superado la estremecedora frontera que separa la existencia de los vivos del mundo del más allá, si lo hay.

No todo el mundo que ha tenido una experiencia cercana a la muerte tiene que pasar por todas estas fases. Algunas veces sólo se alcanzan la mitad o sólo se viven algunas.

En principio, los testigos señalan, en un gran porcentaje de casos, que flotan sobre su cuerpo físico observando todo lo que está ocurriendo. Y perciben que poseen otro «cuerpo». Suelen presenciar cómo el cuerpo físico permanece inerte en la cama o en el quirófano y escuchan y ven cómo se les declara fallecidos.

La segunda fase describe una elevación: se van elevando y atraviesan un oscuro túnel; a veces es un movimiento por una escalera, o un vacío, también oscuro, el cual se atraviesa con relativa rapidez y, con frecuencia, con la sensación de estar flotando.

La tercera fase comienza cuando ven aparecer una figura al final de ese túnel: suele ser una presencia hermosa, blanca o transparente. Algunas veces hay paisajes, voces o música.

En la cuarta fase, el testigo se torna espectador, no siente dolor ni molestias, distante de su cuerpo físico. Experimentan una sensación de paz interior.

En la quinta, los testigos suelen recordar que hay personas que van a su encuentro, los padres, familiares o amigos difuntos. Normalmente los identifican con personas conocidas que van a buscarlos.

La sexta fase está protagonizada por una voz o una presencia que se identifica de acuerdo con las creencias religiosas del testigo. Lo identifican con Jesucristo, con un ángel, con Buda, etcétera. En ese momento se establece un diálogo sin palabras con ese ser que parece conocer todo sobre el «espíritu» de quien está traspasando la frontera hacia el otro lado.

En la séptima fase se presenta una revisión global, pero íntegra, de lo vivido. Asiste a la «película» de su existencia como espectador. Finalmente, el sujeto se ve frente a un obstáculo, un muro, una pared o una puerta y adquiere una repentina conciencia de que su hora aún no ha llegado.

Aunque suelen gozar de una paz y una tranquilidad indescriptibles, comienzan a sentir que deben volver. Así se lo indican también sus etéreos acompañantes, que le recuerdan al recién llegado que aún tienen asuntos pendientes que resolver en la vida y que deben regresar para cumplir su tarea.

Pero para aprender y conocer más estas ECM, conviene acercarse a las explicaciones del mismísimo doctor Moody. Cuando sobreviene el colapso y el individuo parece cruzar al otro lado… ¿qué ocurre? Se asegura que los rusos, en la época de la guerra fría, realizaron investigaciones prodigiosas sobre las experiencias en estados de coma. ¿Qué ocurre en el coma? ¿Hay sueños? ¿Qué tipo de sueños? Y cuando sobreviene la muerte clínica, ¿que se desata entonces?

«Nos cuentan que, en este punto, cuando el médico declara que están muertos, quieren realmente oír al médico decir: “Ha muerto”, o “Lo hemos perdido”, o algo similar. Cuentan que desde su perspectiva, realmente, se sienten aún muy vivos. En efecto, tienen un mayor grado de consciencia. Tienen la sensación de abandonar sus cuerpos físicos y flotar en posición horizontal, típica de la cama. Y, entonces, miran hacia abajo y pueden ver sus propios cuerpos físicos tumbados en la cama, justo debajo de ellos».

Raymond Moody comprendió que en la mayoría de casos ocurría ese desdoblamiento, pero lo más extraordinario es que no se trataba de visiones generadas por el cerebro, o sueños, o pesadillas, o alucinaciones, sino que parecía haber una concordancia real entre lo que los sujetos describían desde su mundo luminoso y lo que el resto de la Humanidad vivía realmente.

«Eran unas descripciones muy fidedignas de lo que ocurría mientras los médicos intentaban devolverles a la vida. Por ejemplo, mi amiga Kim, que trabaja en la Universidad de Medicina en la Costa Oeste, me contaba que estaba intentando devolver a la vida a una joven paciente llamada María. María había sido considerada como muerta, pero consiguieron revivirla. Y cuando recuperó la consciencia, mi amiga Kim estaba de pie, junto a su cama. María agarró a Kim del brazo y le contó que mientras intentaban reanimarla, cuando estaba fuera de su cuerpo, salió flotando del hospital y vio un zapato viejo en el alféizar de un piso superior. Kim fue allí y verificó que el zapato estaba exactamente donde la paciente le había indicado».

El proceso continúa a partir de ahí —sólo conocemos las experiencias de los que han «regresado»— y entonces se produce, según los especialistas, un verdadero encuentro con entidades que difícilmente podríamos describir:

«El elemento común quizás más importante de los relatos estudiados, y con toda certeza el que mayor efecto ha producido en el individuo, es el encuentro con una luz muy brillante. Lo típico es que, en su primera aparición, ésta sea débil. Pero rápidamente se hace más brillante, hasta que alcanza un resplandor sobrenatural. Aunque esta luz —generalmente dicen que es blanca o transparente— tiene un brillo indescriptible, muchos de los entrevistados especifican que no daña a la vista, ni deslumbra, ni impide ver las cosas que les rodean. Quizá porque en ese momento ya no tengan ojos físicos para deslumbrarse. No obstante la inusual manifestación de luz, nadie ha expresado duda con respecto a que era un ser: un ser luminoso. Todos afirman que es un ser personal que tiene una personalidad bien definida. El amor y calidez que emanan de él hacia la persona que está muriendo no puede expresarse. Pero ésta se encuentra totalmente rodeada y poseída por él, muy a gusto y totalmente afectada por su presencia. Siente una irresistible atracción magnética ante ese ser. Una atracción inevitable».

En el listado de fases ECM —no siempre ocurre así y se han descrito numerosas variantes— lo más llamativo es el famoso túnel. Curiosamente, el túnel es recurrente a lo largo de la Historia, e incluso el Bosco reflejó hace medio milenio esa experiencia en una obra que se encuentra en el Museo Pozzi de Venecia. ¿Por qué el hombre antiguo describe lo mismo que describen nuestros contemporáneos? ¿Qué clase de arquetipo es ése? ¿Por qué un túnel y no otra cosa? ¿Y cómo es posible que creencias de todo tipo no influyan en ese trance?

«Las creencias religiosas y el pasado de la persona parecen no influir en el hecho de tener la experiencia o no», decía Raymond Moody en una entrevista concedida hace algunos años. «E incluso tampoco parece afectar al contenido de la misma. Hemos hablado con personas que eran ateas o agnósticas antes de la experiencia y han tenido durante su muerte vivencias preciosas y auténticas. Una vez que han vuelto, nos cuentan que están totalmente transformados y que no les cabe ya duda de que existe algún Dios y que hay una vida después de la muerte».

En Milenio 3, como luego se comprobará, también tuvimos testimonios que hablaban de esta experiencia gratificante que en muchos casos revolucionaba la vida de los testigos y, en general, para bien.

Una investigación en España

El doctor Enrique Vila López es doctor en Medicina, especialista en microbiología y medicina preventiva, y comenzó a estudiar estos casos en el Hospital de la Macarena, en Sevilla. Es coautor, junto con Julio Marvizón, de Los viajeros de la mente y una parte de ese libro revela experiencias de este tipo. Cuando se emitió el programa, el doctor Vila prometía un volumen dedicado exclusivamente a estas experiencias ECM. Nos reconocía que el libro de Moody fue un aldabonazo en el seno de la comunidad científica y que muchos doctores no estaban cómodos ante aquel trabajo. Para él, sin embargo, fue un revulsivo y gracias a ese texto publicado en 1975 comenzó a investigar si era posible que las experiencias descritas tuvieran alguna verosimilitud.

El doctor Vila nos comentaba uno de los primeros casos que tuvo la oportunidad de registrar. Es un caso excepcional, nada parecido a las experiencias comunes, pero de una emoción indescriptible. «Era un niño de 8 años, de la provincia de Córdoba. Se vio afectado por una enfermedad fulminante y lo llevaron al hospital. Yo supe de ese caso años después, cuando ya era un jovencito de 13 o 14 años. Lo que me contó es una experiencia típica de experiencia cercana a la muerte: sale de su cuerpo, ve cuando lo llevan en la ambulancia, ve la luz… lo habitual. Pero hay un detalle que a mí me fascina y… es muy bonito. Recordemos que el niño tenía 8 años: ¿quién fue a buscarlo cuando está en el túnel? Sus padres vivían, sus abuelos vivían, sus hermanos vivían… ¿Quién podía ir a buscarlo? Se encontró con entidades a las que no conocía. “Mire usted”, me contaba, “yo había tenido un perro… estaba en la casa cuando yo nací… y yo estuve muy unido a él, hasta que murió. Y cuando me ocurrió eso y estaba allí, con la luz y aquellas personas que no conocía, aquel perro vino a buscarme. Yo no tengo la menor duda: era mi perro”».

El caso es tan hermoso que quizá debería plantear algunos interrogantes sobre esos seres misteriosos que andan por la casa y que nos miran con curiosidad, que siempre están dispuestos para una caricia y que muestran su alegría cuando regresamos.

Pero, en fin, lo normal no es que aparezcan perros o gatos, sino seres humanos. Normalmente son seres fallecidos, nos contaba el doctor Vila, «pero yo he registrado también casos en los que esas entidades son seres que están vivos». Y en la luz, según los casos que ha recogido, también se dan algunas variantes: «Dicen que la luz es blanca, muy bonita y que no molesta a la vista, pues yo tengo casos de luces que son blancas, que molestan a la vista, luces rojas, amarillas, violeta y últimamente estoy encontrándome muchísimos casos de luces azules».

En general, el proceso comienza con un desdoblamiento, con una experiencia extracorpórea. «Sí, el sujeto sale de su cuerpo. Normalmente se ve en una posición elevada o en la habitación del hospital, en el quirófano, o en su casa, o en la calle, si ha sido un accidente. Y, desde arriba, él ve todo lo que sucede. Ellos lo describen como si fuese una película. Ellos son el actor principal. O como si fuese una obra de teatro que están representando. Es normal y habitual».

Antes de pasar adelante, quisimos preguntarle al doctor Vila cuáles eran las opiniones que circulaban en el ámbito profesional y qué explicaciones se esgrimían en casos que parecían tan comunes y frecuentes. «Estas experiencias se han explicado relacionándolas con cierta actividad del lóbulo temporal y también se ha propuesto como una reacción cerebral tras la liberación de endorfinas; en otros casos se habla de falta de oxígeno en el cerebro. Pero esta última explicación no es plausible. Porque cuando hay falta de oxígeno y el sujeto se recupera, los síntomas son parecidos a los que tiene una persona que se hubiese despertado de una intoxicación alcohólica aguda».

En opinión del doctor Vila, no hay más explicación que ésta: lo que los testigos cuentan, les sucede realmente. ¿Cómo ha llegado a esa conclusión? «Lo que da veracidad a estas experiencias es esto, precisamente: que el sujeto es capaz de narrar lo que ha visto, cuenta lo que le han hecho, la maniobras de resucitación, de reanimación, narra lo que estaba diciendo el médico con enorme precisión y, lo más importante: lo que el sujeto dice que vio y lo que ocurrió realmente… concuerda».

Este detalle es importantísimo y permite márgenes de investigación asombrosos. El doctor Vila nos contaba un caso pormenorizadamente donde se había dado esta concordancia asombrosa: tres doctores estaban interviniendo a un paciente en el quirófano y, de pronto, una complicación grave… se rompe una arteria coronaria. Urgentemente se llama a un cirujano cardiovascular. Se le explica el caso a la mujer y a los familiares y se les dice que es muy peligroso. Se le practicó un bypass, pero los doctores no podían asegurar nada… El cirujano, en realidad, lo daba por perdido, y le dijo a su esposa: «Mire… si su marido se salva, llévele una vela a la Virgen del Rocío».

Milagrosamente —y gracias al doctor Vila y sus compañeros—, aquel hombre se salvó. Cuando se recuperó, contó que había salido del cuerpo, que había visto la operación, que había salido al pasillo y había visto a sus familiares…

A los dos días, el cirujano cardiovascular pasa por la habitación y el paciente le pide que se acerque. El doctor se inclina sobre él, y el enfermo le dice:

—Oiga… ¿y usted por qué le dijo a mi mujer que le pusiera una vela a la Virgen del Rocío?

El caso es estremecedor. Pero tiene mucha gracia.

El cirujano cardiovascular no pudo dejar de mostrar su asombro, naturalmente. «¿Qué ha pasado aquí…?». El doctor Vila, que ya llevaba algún tiempo investigando casos semejantes, hizo un gesto con la mano y le dijo:

—Da igual. Ya te lo explicaré…

Ese doctor tuvo después alguna experiencia parecida y colaboró con don Enrique Vila en el registro de casos. «También tengo experiencias contrarias. Hay doctores que saben que esas cosas ocurren, porque los pacientes se lo han contado, pero se niegan a creerlo…».

También le preguntamos al doctor Vila si tenía registros en los que los testigos explicaran algo relacionado con el arquetipo de experiencias gratificantes, paz, sosiego o calma placentera, a pesar de que el cuerpo físico estuviera sufriendo un verdadero tormento. «Sí, y algunos casos son extremadamente curiosos. Tengo algunos casos en los que el paciente ha sido reanimado y “ha vuelto”, y entonces le reprochan al médico su actuación: “¿Por qué me ha traído, hombre? ¿Por qué me ha traído?”. En muchos casos explican que han estado en un lugar maravilloso y perfecto, rodeados de paz, tranquilidad y gozo. “¡Y me trae usted aquí, que es una lucha continua…!”».

Sin embargo, aunque lo habitual son experiencias placenteras, arquetípicas, en ocasiones los testigos hablan de lugares horrorosos y de «vivencias» espantosas. Lo habitual es creer que los suicidas o aquellos que mueren en circunstancias penosas, por ejemplo, con la influencia de drogas o barbitúricos, pueden tener experiencias angustiosas. «La mayoría de las experiencias son positivas, casi todas. Pero hay un 6 o un 7 por ciento que son negativas. En esos casos no hay paz, ni tranquilidad ni gozo. Allí todo es muy distinto: no hay luz, hay oscuridad. Y en el túnel, en vez de ascender, desciende. Oye gritos, alaridos, llantos… y lo que podría llamarse “el suelo” tampoco es placentero: ese “suelo” ya no es como una nube, sino que es oscuro, negro. Y los sujetos lo pasan bastante mal. Cuando “vuelven”, pueden dar síntomas de una afectación psíquica que en muchos casos hay que tratar. ¿Por qué algunas personas tienen la experiencia positiva y otras la negativa? No lo sabemos. Porque una persona que tenga una vida recta y perfecta puede tener una negativa. Y una persona que sea un depravado, que sea una calamidad, la puede tener positiva. No hay una relación entre la vida real y ese tipo de experiencias. ¿Por qué? No lo sabemos».

Aquellos que tienen una mala ECM suelen sufrir secuelas porque verdaderamente no se trata de una pesadilla, sino una realidad. «No es una pesadilla: es una experiencia real, intensa, vívida, fuerte. No ha sido un sueño. Ha sido una cosa que ellos saben que ha sido una realidad, no les cabe duda», explicaba el doctor Enrique Vila.

Para concluir esta interesantísima conversación, de una investigación de ECM en España, le pedimos al doctor que nos adelantara uno de los casos que tiene registrados.

Una señora vivía con su marido, el cual, para desgracia de ambos, es un alcohólico agudo, intenso. Cierto día, están los dos descansando en la cama y el hombre, probablemente enloquecido, coge una escopeta y le pega dos tiros a su esposa en la cara. La mujer es trasladada al hospital inconsciente y está a punto de morir. Los doctores tienen que reconstruirle prácticamente el rostro. La pobre señora estuvo en la UCI y sometida a un tratamiento que se alargó durante más de un año.

La señora le contó su ECM: «Yo estaba allí… con aquella luz y se acercó mi marido, y me dijo: “Perdona, perdona…”; y se fue».

Los familiares de esta señora, dado su estado, no le habían contado lo que había ocurrido después de aquella agresión: su marido, quizá consciente de lo que había hecho, se había pegado un tiro y había muerto.

Cuando el doctor Vila la entrevistó, la señora le dijo:

—Sí… no me lo habían dicho. Pero yo ya lo sabía.

Testimonios en «Milenio 3»

Es difícil saber si la influencia del libro de Moody ha influido en el inconsciente o el subconsciente para que los casos registrados tengan características semejantes. Quizá el libro sólo espoleó el deseo de comunicarlos y, en realidad, siempre haya sido así.

Algunos especialistas sugieren que las medicinas que se les suministraban a los enfermos podían generar esa suerte de visiones y, en otros casos, se explica que el cerebro, ante una situación de shock, reaccionaba generando ese tipo de visiones. En todo caso, ello no explica que los pacientes puedan asistir a actos y acontecimientos de los que no deberían saber nada y, aún más importante, ¿estas razones explican por qué precisamente el cerebro escoge esa secuencia —desdoblamiento, túnel, luz, entes, etcétera— y no otra cualquiera? Y desde algunas ramas de la fisiología se ha intentado demostrar que, dado que el abastecimiento de oxígeno al cerebro se suspende durante la muerte clínica, el fenómeno percibido sería un último estímulo del cerebro. Según Moody el error de esta hipótesis es que muchos de los casos descritos de ECM se produjeron antes de que hubiera cualquier tensión fisiológica. En algunos casos, ni siquiera hubo daño corporal.

José Antonio García Andrade, nuestro «forense de cabecera», por su parte, tiende a creer que en situaciones límite son factibles las alucinaciones de índole visual o auditiva, y en ocasiones podría darse por intoxicación, por ejemplo con la anestesia u otros medicamentos, como ocurre con la intoxicación alcohólica. «Verdaderamente, no podemos hablar del túnel hacia la luz o el túnel hacia la oscuridad. Yo creo que tenemos que tener en cuenta que ese retorno es un retorno que se produce siempre en personas que no llegan a morir. Por lo tanto, podemos establecer que son alucinaciones de tipo psicótico, pero fundamentalmente tóxico».

No se trata de preguntar quién tiene razón sino, más bien, quién puede aportar razones sólidas que nos hagan avanzar en el conocimiento de este extraordinario proceso. ¿Médicos? ¿Forenses? ¿Psicólogos?

En Milenio 3 los oyentes siempre tienen la última palabra. Son lo más importante, la demostración, noche a noche, de que el misterio sigue existiendo. Pese a quien pese.

Así que es justo que ellos, con sus voces hechas palabra, concluyan este libro. Estas son las experiencias cercanas a la muerte. Las que ellos mismos nos contaron con total confianza. Entre amigos:

«Yo me caí por unas escaleras. Y estuve en coma unas ocho o nueve horas. Durante ese período yo no soy consciente de nada, claro. Y, entonces, yo sentí… Fue un instante, fue un instante antes de despertarme. Y yo sentí como una luz grande, grande. Yo no soy consciente de un túnel, como dice mucha gente. Era una luz grande, grande. Entonces, yo me sentí con las manos abiertas y me veía las manos abiertas y me decía: “Pero… ¿cómo me voy a morir ahora si tengo las manos vacías? ¿Cómo me voy a morir ahora si no he hecho nada?”. Tenía la sensación… “¡No me puedo morir!”, eso sentía. Estaba casi como avergonzada… “¡Yo no me puedo morir ahora!”. Y, entonces, en ese instante… fue un instante, pero que no se me olvidará mientras viva, volví en mí. Había tenido una sensación de paz, de plenitud, de tranquilidad… ¡y venir a un estado de dolor, a estar fatal, mareada, muy mal, muy mal…! ¡Yo no sabía que iba a sentir ese dolor al volver! Fue un instante tan… Sólo sé que había una claridad tremenda y no sabía delante de quién estaba. Yo no sabía que iba a sentir ese dolor tan tremendo al volver». (Ana, de Cantabria).

«Empecé a notar que me faltaba el oxígeno y me costaba trabajo respirar, y poco a poco me faltaba… hasta que llegó un momento que me entró un ligero sueño, me quedé inconsciente, dormido, dulcemente dormido. Y sí, recuerdo que vi un montón de imágenes, algunas podía recordarlas, pero otras no venían a cuento, como… Era como cuando ves una película en DVD y la pasas para atrás y para adelante rápidamente, esas personas que se mueven hacia atrás o hacia delante tan ligeramente, pues todo era así; eso sí lo recuerdo, pero nada más. Vi imágenes de personas, unas conocidas, otras desconocidas, no lo sé… Había imágenes de las que podía decir: “Sí, esto me ha sucedido a mí”, pero otras no las había vivido nunca. Todo fue así, como si pasásemos una cinta, una película. Luego volví poco a poco a despertar, como si me hubiera quedado dormido; desperté muy cansado, el cuerpo me temblaba y estaba sudoroso, muy sudoroso. Yo no sentí nada, simplemente al despertar me di cuenta de que todo eso había sucedido». (Alberto, de Badajoz).

«Fue una chiquillada: una de esas tonterías que se hacen… Unos amigos míos me dijeron que si realmente me quería morir. Y como era… Bueno, el caso es que me pusieron contra una pared y, de pronto, me apretaron. Me apretaron en el tórax y yo me caí. Y en ese momento… Vi pasar un tren, que se iba metiendo en un túnel. Y yo no estaba dentro del tren, yo estaba fuera. Y veía cómo el tren iba pasando. Y la verdad es que sentía una paz inmensa. El tren iba avanzando y se iba metiendo en un túnel, como llamándome, para que yo entrara a él. Pero es que yo creo que aún no era mi hora. Hasta que, de pronto, me empezaron a dar golpes. Sentí unos golpes y sentí que algo me volvía a entrar otra vez en el cuerpo. Y, en ese momento, desperté. Yo, de todas formas, nunca he tenido miedo a la muerte. Porque siempre he pensado que es parte de la vida. Pero lo único que no haré nunca es jugar con eso, con esos juegos de muerte, de espiritismo, ni cosas de ésas. Pero la verdad es que sentí una paz inmensa…». (David, de El Escorial, Madrid).

«Operaron a mi marido y cuando se despertó, me contó. Sólo me lo contó a mí. Me dijo que había visto como una luz. Y en el fondo de la luz vio a su madre fallecida. Y su madre le dijo que no… lo esperaba todavía, que no quería que todavía se reuniese con ella. Fue muy breve, para él fue un instante muy breve. La vio, pero desapareció enseguida. Cuando se despertó, estaba con una sonrisa… Sí, mi marido estaba radiante… Me dijo que su madre estaba muy feliz, que tenía una cara de felicidad inmensa y que… bueno, eso le dijo: que no le esperaba todavía. “Todavía no te espero”. Fue… bueno, para él fue muy importante. Tenía una paz y una tranquilidad…». (Lola, de Valencia).

«Salí corriendo de la casa de mi abuelo y no miré al cruzar… Y, en esto, pasó una moto, me atropello y ya no me acuerdo de nada más. Posteriormente, mis padres me han dicho que me trajeron a Águilas, y de aquí a Lorca, y de Lorca a Murcia. Yo no me acuerdo de nada. Sólo me acuerdo de que vi a mi madre. Y me veía las manos. De lo único que me acuerdo es de que me veía las manos. Y vi a mi madre, como nerviosa, buscaba ropa en su ropero. Y la veía nerviosa, llorando. Y era por eso, iba a ir a verme al hospital. Como si yo estuviera así en alto, me veía las manos y mi madre nerviosa cogiendo ropa. Yo estaba bien, aun viendo a mi madre nerviosa, yo estaba bien. Eso es de lo único que me acuerdo. Del resto, no me acuerdo de nada, ni del accidente, ni del hospital: nada. Estuve tres días ingresado, pero no me acuerdo de nada. No me acuerdo. Sólo tengo esa imagen: mis manos vacías y mi madre llorando». (Feli, de Águilas, Murcia).

«Me abrí la cabeza en dos. Me partí las piernas. Tengo cicatrices por todo el cuerpo. Yo no sentía dolor ninguno… era una cosa rara. Porque si tienes la cabeza abierta, tienes heridas por todos lados y no sientes dolor… Lo que notaba era una sensación de frío y tranquilidad. Una cosa rara. No sabría cómo explicarlo… Y al tiempo, oía voces que me decían que no, que no era mi momento. Me decían que siguiera adelante. Era una voz seca, muy tajante, y me decía que no… ¡No! ¡No!». (Luis, de La Palma, Canarias).

«Yo vivía en una situación… bastante estresante, y… bastante mala vida, por así decirlo. Me sentía muy mal; llevaba un tiempo bastante mal. Tenía un trabajo muy agobiante y vivía a base de café y aspirinas para quitarme el dolor de cabeza. Hasta que un día decido ir al médico. El médico me receta unas pastillas y, al tomarme aquellas pastillas, todo alrededor se dispara. La cabeza me iba a estallar. Y empecé a vomitar sangre… se me había perforado el estómago. Todo alrededor de mí era sangre, sangre… Me agarran por detrás para sujetarme y, en ese momento, el suelo me succiona. Prácticamente siento que me voy como por una espiral hacia el fondo, como por un sumidero que me… “Bueno, esto es la muerte”, pensé. La espiral sigue girando hasta que pasa del negro a un blanco y, de repente… como si estallase. Me quedé en suspensión, en un estado de suspensión absoluto… La idea más clara que recuerdo es que pensé: “¡Uf, menos mal que vuelvo a casa!”. En esa situación, de repente, vuelvo a sentir que deshago el camino hacia atrás… ante lo que reacciono bastante mal. Esa es mi historia. Y esta experiencia, verdaderamente, cambió mi mundo». (Santiago, de Canarias).

«Nunca le presté demasiada atención a la muerte. Hasta que una noche, de camino a Guardamar, tuve un accidente con el coche. Fue muy desagradable. Mi padre se tuvo que tirar hacia un lado para que yo no me diera el golpe más fuerte, pero aún así perdí la consciencia. Lo pasé mal. En un momento pasó toda mi vida por delante… todos los momentos malos que había vivido, los buenos, el tiempo que no había aprovechado… Era bastante joven, pero me pasó esa idea por la cabeza: que no había aprovechado mi tiempo. Entonces yo estaba terminando el instituto y aquello me hizo recapacitar muchísimo. En fin, ves lo que has vivido, lo ves rápidamente y dices: “¡Vaya, estoy aquí otra vez…!”. Había podido ver lo importante… y debía saber aprovecharlo. Y pensé: “Bueno, si me han dado otro poco más… voy a intentar sacarle provecho a lo que me queda…”». (David, de Alicante).