Ooparts

«Había gigantes en la Tierra por aquellos días, y también

después, cuando los hijos de Dios se unieron a las hijas de

los hombres, y ellas les dieron hijos. Éstos fueron los

héroes que fueron desde muy antiguo hombres famosos».

GÉN 6,4.

Los ooparts son objetos que no deberían estar ahí. Son out of place artifacts, es decir, objetos fuera de lugar… fuera del lugar y del tiempo que les corresponde. No es necesario remitirse a ejemplos imaginados: ¿qué sentido tiene una pila eléctrica en la antigua Babilonia? ¿Qué representa el hallazgo de un avión de juguete en el antiguo Egipto? ¿Para qué utilizaban los griegos clásicos un mecanismo relojero de astronomía? ¿Qué significan los signos caligráficos encontrados en civilizaciones que no deberían conocer la escritura? ¿Por qué hay representaciones de dioses con escafandra en las cuevas primitivas del norte de África? ¿Puede entenderse que civilizaciones con un nivel técnico limitado tallaran calaveras de cuarzo que incluso en la actualidad sería complejísimo fabricar? ¿Será cierto que los antiguos egipcios tenían la tecnología apropiada para tallar y pulimentar lentes? ¿No nos habían dicho que los dinosaurios del período Jurásico y los hombres no convivieron? ¿Entonces, por qué hay huellas humanas —quizá demasiado grandes— junto a ciertas impresiones de saurios en América? ¿Por qué los antiguos textos hinduistas hablaban de naves que se desplazaban a propulsión, con numerosos detalles técnicos, como el tipo de carburante que necesitaban?

Estos objetos que deberían enloquecer a los historiadores y que se apartan prudentemente —porque resultan molestos e incómodos— son los famosos ooparts. A lo largo de las próximas páginas se estudiarán algunos de los más peculiares y se analizará —hasta donde se pueda— qué sentido tienen y cuáles son las explicaciones que se han ofrecido al respecto.

Arqueología imposible

La presencia de estos objetos en un lugar que no les corresponde desde el punto de vista de la historiografía y la arqueología oficial ha sugerido posibilidades de todo tipo. La más radical sugiere que hubo, en un momento del pasado, una civilización —original y perdida, o extraña y visitante— que mantuvo contacto con culturas tecnológicamente menos avanzadas. Estas culturas no siempre habrían comprendido a esos visitantes o vecinos, pero conservaron en su iconografía o en sus objetos o en sus templos esas piezas que hoy resultan desconcertantes.

La explicación de los historiadores que prefieren no meterse en tierras movedizas advierte que simplemente se trata de pequeñas casualidades, piezas estrafalarias o anomalías que no invalidan lo que se sabe. Este grupo de especialistas suele recordar que a lo largo de la historia se han dado muchos casos de personalidades visionarias e imaginativas que han fabricado objetos que no tienen ningún sentido en el ámbito de su propia cultura o civilización.

Nacho Ares es director de la revista De Arqueología y puede afirmarse que tiene una mirada escéptica a la hora de evaluar este tipo de objetos y episodios anacrónicos. Sin embargo, admite que algunas de las piezas señaladas verdaderamente desafían a la ciencia. «El término oopart, al menos desde la perspectiva arqueológica, se ha quedado evidentemente pequeño. En algún sentido, al menos, objetos tan enormes, o tan grandiosos, como la gran pirámide son en sí mismos un objeto fuera de lugar». Desde hace algunas décadas se consideraban ooparts esos pequeños objetos curiosos y extravagantes a los que resultaba difícil situar en su contexto histórico, pero según Nacho Ares, las investigaciones de monumentos grandiosos, como las pirámides de Egipto, demuestran que su construcción, su ejecución y su finalidad también son motivos de dudas: simplemente, no se entiende por qué están ahí y qué significan realmente. «Son objetos y lugares, en definitiva, momentos históricos del pasado del hombre que no encajan en la idiosincrasia propia de la cultura que vivió en ese espacio-tiempo determinado; es decir, son objetos que nos llaman la atención porque son excesivamente sofisticados, excesivamente extraños o que se salen de las coordenadas normales de la cultura que vive en ese lugar y ese momento concreto».

Nacho Ares nos recordaba que hay especialistas en arqueología que simplemente niegan esta posibilidad y que se ciñen a la ciencia académica, pero que también hay investigadores considerados en su disciplina que no se apartan cuando se les presentan estos episodios aparentemente anacrónicos. «Hay investigadores académicos serios que lindan este tipo de investigaciones y que hacen pequeñas incursiones en el mundo del misterio, aunque de una manera más ortodoxa y también muy genérica». Manuel Delgado es autor de El secreto de la gran pirámide y especialista en el apasionante mundo de la egiptología. En su opinión, Egipto es un verdadero enigma histórico que hay que interrogar desde otras perspectivas. La egiptología moderna, más abierta, está incorporando a especialistas de otras ramas del saber, de otras disciplinas, porque sus conocimientos son necesarios para explicar la historia. Es imprescindible, por ejemplo, que ingenieros, arquitectos o astrónomos ayuden a los historiadores que desean explicar las construcciones egipcias; o que médicos y cirujanos colaboren a la hora de estudiar la medicina del país del Nilo. Estos estudios multidisciplinares están revolucionando la comprensión de esa antigua civilización. «Lo importante es el tipo de preguntas que se plantean. A fin de cuentas, yo creo que cada uno encuentra lo que va buscando: los arqueólogos convencionales se hacen preguntas que implícitamente explican lo que descubren. Y, por otro lado, los más excéntricos, con sus preguntas responden lo que desean comunicar finalmente. Por ejemplo, si se ve un objeto en el cielo, uno preguntará qué tipo de fenómeno meteorológico será, y dará una explicación de tipo natural; en cambio, un conspiranoico preguntará por las actividades de organizaciones secretas, y responderá en consecuencia».

Son respuestas condicionadas, de modo que las preguntas deben plantearse de otro modo. Si nos preguntamos sin ningún prejuicio qué hizo Keops en la Gran Pirámide, tal vez la respuesta sea: «No lo sabemos». Y tal vez sea la conclusión más honrada desde el punto de vista intelectual.

Javier Sierra, director de la revista Más Allá, es el autor de un libro que cuadra muy bien en este asunto, En busca de la edad de oro. Su planteamiento —como es habitual— no consistía en mantenerse estupefacto ante esos objetos que parecen conspirar contra toda la historiografía académica, sino ir un tanto más allá: «Traté de leer qué es lo que había detrás de esos objetos anacrónicos, esas construcciones ininteligibles para su época o esos episodios incomprensibles en su tiempo. Y lo que había detrás, o lo que hay detrás, es algo tremendamente importante. Según decían los griegos, y también lo decían los antiguos hindúes, y también está recogido en la mitología egipcia, antes de la historia conocida hubo otra historia. Una historia en la que hubo civilizaciones desarrolladas, en la que se conocían ciencias que se perdieron o se olvidaron. Esas ciencias, según los antiguos, ya se conocían. Y a esa historia olvidada o perdida actualmente los griegos la llamaban la Edad de Oro. Los egipcios la llamaban el Zep Tepi, el Primer Tiempo. Es una época en la que se mezcla un poco lo mitológico con lo real. Los egipcios decían que ese Zep Tepi fue un tiempo en el que los dioses y los hombres convivían y aseguraban que había una especie de estirpe de semidioses que gobernaban la Tierra y hacían proezas».

En esa nebulosa de mitología e historia se hablaba de un desarrollo civilizador del que, en principio, sólo nos habrían quedado ciertos fogonazos de luz… Javier Sierra habla de «guiños de la Edad de Oro». Esos resplandores de una época mítica serían esos objetos y piezas que parecen retar a la ciencia y a la Historia.

Debe añadirse que tales objetos están datados perfectamente y que no se trata de falsificaciones o timos para ingenuos. No: son objetos cronológicamente anómalos, y en ningún caso estafas arqueológicas. Puede que su persistencia haga tambalear los cimientos de la historia conocida y por eso suelen aparecer en rincones de museos o se custodian con mil llaves, alejadas de preguntas indiscretas. Durante siglos se nos ha contado una historia que estos objetos parecen desmentir o, al menos, cuestionar. Por eso es materia de Milenio 3.

Antigüedad electrizante

En el devastado Irak, en el museo de la ciudad de Bagdad, se custodiaba —desapareció durante los saqueos posteriores a la invasión norteamericana de 2003— un objeto que se llamaba la Pila de Bagdad. Era una pequeña vasija de arcilla, datada en el siglo II a.C. Tenía una tapa de asfalto y estaba atravesada por un tubo de cobre que albergaba una varilla de hierro corroída por un ácido. El ingeniero alemán, Wilhelm König, en 1936, comprendió que estaba ante una rudimentaria pila eléctrica.

¿Esto es posible? ¿Es ficción? ¿Es una estafa o una cosa de locos? ¿O es que alguien sabía más de lo que nos cuentan?

«Pues sí», contesta Nacho Ares sin dudar, «es cierto». Nuestro compañero nos recordaba que ese hallazgo ha de entenderse en los términos de la ciencia arqueológica de finales del siglo XIX y principios del XX, cuando esta disciplina estaba en manos de aficionados con dinero. No eran expertos. Eran hombres apasionados —y ricos— que, en parte, jugaban a ser exploradores, pero que ofrecieron grandes hallazgos arqueológicos. Por esa razón a menudo cometían errores graves en las dataciones y en los trabajos de investigación. «König encontró la pila en el museo de la capital iraquí y el arqueólogo la había etiquetado como “Vasija votiva” o “Vasija para rituales religiosos”. Su función real era otra bien distinta».

La Pila de Bagdad tiene más de dos mil años de antigüedad. ¿Para qué servía? En apariencia era una pila que podía generar electricidad. Otra cuestión es si efectivamente ellos conocían la electricidad o si el descubrimiento había sido casual o producto de una investigación. Supongamos que la conocían. ¿Para qué la utilizaban?

La respuesta está en la vanidad.

En el museo de Bagdad y en el museo de El Cairo, por ejemplo, hay joyas que tienen una pátina dorada, una especie de recubrimiento dorado, pero que no es oro. Son falsificaciones antiguas. Joyas antiguas falsas: parecen de oro sin serlo.

Esta certeza había incomodado mucho a los historiadores, porque la única manera de conseguir esa falsificación es por medio de la electrólisis. «Quizá éste era el fin de la Pila de Bagdad», sugiere Nacho Ares. «Únicamente añadiendo un elemento galvánico que podían haber conocido perfectamente hace dos milenios, como el zumo de naranja o el vinagre, podían funcionar esas pilas».

Los arqueólogos de Estados Unidos, ante esta posibilidad, hicieron reconstrucciones de esas baterías y fueron capaces de producir una carga muy pequeña, de 0,5 a 1,5 voltios, lo suficiente al parecer para falsificar joyas hace dos mil años.

«Era un aparato muy primitivo», dice Javier Sierra, «pero los experimentos fueron muy emocionantes: se agregaba zumo de uva, es decir, ácido, y aquello provocaba una reacción pequeña… pero efectiva».

Nuestros compañeros nos dejaban estupefactos. «Y eso sólo es el principio», decía Javier Sierra. «Hay otros ejemplos, todavía más sorprendentes, que nos hablan de un manejo de la electricidad a gran escala y que todavía hoy se nos ponen los pelos de punta…».

En 1952, en una provincia interior de China, se estaban realizando unos trabajos para construir un campo deportivo y, de repente, una parte del terreno se hunde. Resulta que allí había una cueva en la que descubrieron un completo ajuar funerario de un guerrero que vivió, aproximadamente, en el siglo II a.C. Encontraron joyas de todo tipo, armas, toda la armadura completa del guerrero, etcétera. Pero cuando extrajeron el cadáver… ¡su cinturón tenía una hebilla de aluminio! Para que se entienda: el aluminio se fabrica con un mineral llamado bauxita. Estos procesos industriales de manufacturación de aluminio comienzan a partir de 1808. En 1800 se había fabricado la primera pila eléctrica. Pero para fabricar aluminio es necesario algo más que una pila eléctrica; es necesaria una importante cantidad de energía eléctrica. Bien, pues allí estaba aquel chino, con una hebilla de aluminio de hace 2.200 años.

Manuel Delgado está persuadido de que hace 2.000 o 3.000 años hubo personas que tuvieron acceso a la electricidad. «Sí, hay objetos en el museo de El Cairo en los que se han fundido oro y plata y, por la naturaleza de los metales, este procedimiento sólo se puede realizar mediante electrólisis, y eso implica el conocimiento de la electricidad».

Un planteamiento interesante sería, por ejemplo, éste: para fabricar un objeto que produzca electricidad, se debe conocer antes la electricidad. ¿O no? Nadie construye objetos sin función. ¿Es probable que conocieran la electricidad por otras razones y que intentaran imitar máquinas u objetos que habían visto y que sabían que producían esos efectos?

«Tenemos muchas razones para pensar que también en Egipto conocían la electricidad», aseguraba Manuel Delgado. «Desde luego, yo no creo que en Egipto se manejara todo este tipo de conocimientos a nivel popular. En fin, el 99 por ciento de la población ni siquiera conocía la escritura jeroglífica».

Los altos conocimientos —y la escritura era uno de ellos— se consideraban mágicos y sólo estaban al alcance de las castas más elevadas, desde los escribas a los sacerdotes, los nobles y los adjuntos al faraón. Si los egipcios conocían la electricidad, ese tipo de conocimientos se reducirían al estricto recinto sagrado: no se puede pensar que los egipcios teman luz eléctrica en sus casas, por supuesto.

Manuel Delgado está convencido de que aquellos clanes o pequeños grupúsculos, que desde Egipto hasta hoy se han mantenido en la oscuridad y que se han ido transformando en diversas sociedades secretas, sí tenían y ostentaban ese tipo de conocimientos. En su opinión, en el templo de Dendera hay pruebas de que allí se habían instalado una especie de líneas de cobre fundido y de plomo fundido. «En la escalera que da acceso a una terraza, se ve cómo los antiguos sacerdotes llevaban algo muy parecido a un arca, con la imagen de una serpiente, representación de la energía. Y cuando la subían, iba cargada, y cuando bajaba del techo del templo, por otra escalera, el arca ya no tenía la serpiente. Es decir, de alguna forma, se había “descargado” en el templo. No sabemos todavía cómo».

El templo de Dendera se comenzó a construir en el siglo I a.C.

El mapa de Piri Reis

Debería hablarse más propiamente de los mapas de Piri Reis. Fueron descubiertos en 1929, cuando el palacio Topkapi de Estambul estaba siendo remodelado para convertirse en el nuevo Museo de Antigüedades. Su director descubrió que esos mapas habían sido trazados por el marino Piri Reis, un almirante turco de la flota otomana del siglo XVI. Fueron fechados en 1513.

Los mapas se realizaron a varias tintas y sobre piel de gacela. En ellos están cartografiadas las costas de Gran Bretaña, España, África occidental y parte de Norteamérica y Sudamérica, además de la costa antártica. Según algunas de las anotaciones del autor, confeccionó sus mapas utilizando veinte cartas navales y ocho mapamundis realizados en la época de Alejandro Magno, en el siglo VI a.C.

Dependiendo de quién narre la historia, Piri Reis era un almirante o un pirata. La actividad de los turcos en aquella época era muy intensa y se asegura que pudieron apoderarse de otros tesoros y objetos sumamente importantes.

Para Javier Sierra, que ha tenido en sus manos esa joya, el mapa de Piri Reis es casi un objeto de culto. La importancia de esos mapas en la cultura turca es decisiva y, sin embargo, se da una contradicción sorprendente: «Si un turista viaja hoy a Turquía, tendrá que adquirir liras turcas. El billete de 10.000.000 liras turcas (el valor de la lira es casi nulo, como en la vieja lira italiana), tiene en su reverso el mapa de Piri Reis. Si decide visitar el Museo Naval de Estambul, encontrará el mapa de Piri Reis reproducido a una escala gigantesca en piedra». Todos los barcos de la marina mercante turca tienen el mapa de Piri Reis, «en vez de la chica Playboy», nos decía Javier Sierra. Todas las embajadas y oficinas de turismo turcas tienen reproducciones del mapa de Piri Reis o del Atlas se Piri Reis. Es decir, los turcos se sienten orgullosos de poseer ese mapa y lo consideran un tesoro nacional. «Ahora bien», señalaba el director de Más Allá, «si uno va al Museo Topkapi de Estambul y pregunta por el mapa de Piri Reis… Le mostrarán los puñales de los sultanes, las coronas de los sultanes, los cetros de los sultanes, las sillas de los sultanes, pero no le van a enseñar el mapa de Piri Reis».

Es difícil encontrar una explicación a esta incoherencia. Sería como si en España se escondiera el lienzo de Las Meninas de Velázquez. El mítico líder turco Mustafá Kemal Ataturk (1881-1938) tuvo el mapa en su despacho y ordenó los primeros análisis. Este político, verdadero padre de la patria turca, fue en realidad quien creó el mito de los mapas de Piri Reis. Tras su muerte, quedó oculto. Lo habían metido en un cajón de madera, lo habían encerrado en una estantería hermética de la biblioteca del Museo Topkapi y nadie lo había visto… Javier Sierra fue el primero que tuvo acceso a él después de esa ocultación. (Sugirió y denunció que tal vez alguien había vendido los mapas, o se había estropeado, o… Así que las autoridades se vieron obligadas a mostrarlo).

Para Javier Sierra era importante verlo, ¿pero era importante para las autoridades no mostrarlo? ¿Qué tiene de singular?

«Tiene muchas cosas muy interesantes. Ese mapa de 1513 fue dibujado por Piri Reis y era en realidad un regalo para el sultán de Egipto, que en aquella época estaba bajo dominio turco. Era un atlas grande, enorme, de más de un metro de ancho. Del mapa que nos interesa solamente conservamos la mitad. Lo que se ve en la mitad de ese mapa es: Portugal y una parte de la península Ibérica, el cuerno de África, algo de las Islas Británicas y un continente que parece América Central y Sudamérica».

En 1513, fecha de composición del mapa, hacía tan sólo quince años que los españoles habían llegado al Nuevo Mundo y, entre otras cosas, no se conocía la existencia de los Andes. Los Andes no se ven desde la costa y, sin embargo, ahí aparecen representados: en el sitio correcto, donde tienen que estar los Andes. Tampoco se había descubierto ni explorado el Orinoco y, sin embargo, ahí aparece representado el río Orinoco. Tampoco se tenía noticias del Amazonas y… bueno, ahí está. También aparecen representaciones de varios enclaves topográficos de los que sólo se tuvo constancia en Europa cincuenta o cien años más tarde, como las Islas Malvinas, que no se descubrirían hasta 1592 por el marino inglés John Davis. Otro detalle es la perspectiva: parece realizado como si se hubiera dispuesto de una posición privilegiada. El mapa de Piri Reis no se ajusta a la proyección de los mapas actuales; parece como si estuviera registrado desde una altura determinada. Es como si un ojo, desde una cápsula a muchos kilómetros de altura, hubiera hecho una fotografía de nuestro planeta. Esa proyección, realizada desde esa altura, es la que aparece en el mapa de Piri Reis. El eje de proyección está en El Cairo.

«Lo curioso es que el propio Piri Reis, en ese mismo mapa, da cuenta de dónde ha obtenido toda esa información. Y él cuenta, en turco, cómo secuestró “amablemente” cierto mapa a uno de los pilotos del tercer viaje de Colón en el Mediterráneo y que, además, había consultado mapas antiquísimos, anteriores a Cristo, donde ya aparecía esa información».

Actualmente, el debate arqueológico e historiográfico parece centrarse en otro detalle increíble: al parecer, en la parte inferior del mapa se delinean las costas de mi nuevo continente, la Antártida. Esto, simplemente, no es posible y sin embargo, no puede ser otra cosa… «Lo más curioso es que parece describir el perfil de este continente… sin hielos», dice Nacho Ares.

Si Piri Reis copió un mapa en el que los perfiles antárticos no tenían hielo, y eso ocurrió hace miles y miles de años, significaría que el original que utilizó Piri Reis… «Algunos investigadores han planteado la posibilidad de que ese continente azul sea precisamente una representación de la mítica Atlántida. Es posible que la tradición de la Atlántida esté relacionada, de alguna manera, con la Antártida… eso no lo sabemos, porque es pura especulación y no hay documentos que lo avalen».

Según algunos geólogos el continente que Piri Reis dibujó en la parte inferior del mapa no puede ser la Antártida. En primer lugar, porque las costas representadas no se parecen en nada a las costas heladas del continente y, desde luego, tampoco a las costas terrestres. En segundo lugar, Piri Reis dibujó unos animales allí que parecen tener más relación con Tierra de Fuego y el continente americano que con la Antártida.

«El mapa de Piri Reis es un auténtico y fascinante oopart», asegura Nacho Ares. «Algunos detalles, como los límites del continente sur, pueden discutirse o evaluarse, pero otros no: la representación de las Islas Malvinas no tiene ninguna explicación».

Es necesario recordar al lector una historia que ya se narró a propósito de Cristóbal Colón y ciertos mapas que podría haber utilizado antes de emprender su aventura (véase el capítulo de Cristóbal Colón). Recuérdese la tesis de Gavin Menzies en su libro 1421: el año en que China descubrió el mundo. Allí se contaba que la armada china había desplegado una singular actividad a principios del siglo XV, más de setenta años antes del «descubrimiento oficial» de América. Según el autor citado, esa flota alcanzó las costas americanas y Australia, consiguieron doblar el Cabo de Hornos y el Estrecho de Magallanes (bautizados más tarde con esos nombres, evidentemente). En teoría, los chinos consignaron esos descubrimientos de un modo muy preciso y, según Menzies, semejante información llegó a Venecia en la década de 1430, donde semejante mapa habría sido difundido en todo o en parte. En algún caso, se aseguró que Colón dispuso de él y, en el caso de Piri Reis, también se ha llegado a asegurar que fueron esos mapas chinos los que empleó para delinear el suyo.

Tassili

En el sur de Argelia, en el desierto del Sahara, hay una zona frecuentada por los tuareg que se denomina Tassili. En 1957, Henri Lothe descubrió importantes pinturas rupestres que podrían datarse, según los historiadores ortodoxos, en torno al año 3.500 a.C. Otros investigadores cifran su edad en torno a los 8.000 años o más. Es Patrimonio de la Humanidad desde 1982 y el entorno constituye el Parque Nacional de Tassili n’Ajjer.

En esas cuevas de Tassili, en esas pinturas, parecen concentrarse todos los misterios. J. J. Benítez es uno de los investigadores apasionados por las extrañísimas representaciones neolíticas del Sahara y nos explicaba cómo es el lugar y qué hay allí: «Es un lugar privilegiado. Es una inmensa meseta: parece un gran portaviones de unos 1.800 metros de altura y tiene la longitud de 700 kilómetros. Es un lugar al que se llega con muchas dificultades, porque se necesitan, como mínimo, entre cuatro y seis horas para subir andando. Si pensáramos en una observación o una investigación de seres de otros lugares que quisieran experimentar o estudiar a los nativos, con la gente de la Edad de Piedra, ése sería un lugar ideal».

Allí hay una pintura especialmente llamativa: parece un objeto ovoide que está posado en el suelo, del que salen llamas. Delante de ese objeto aparece representado un ser con una escafandra y con una especie de mochila en la espalda. Un tubo une la escafandra y la mochila. Ese individuo está arrastrando hacia el objeto ovoide a cuatro mujeres, una de ellas con un niño de perfiles negroides. Las mujeres aparecen desnudas. «Para los arqueólogos y los paleontólogos no hay explicación», dice J. J. Benítez, «pero para nosotros, para la gente que tiene un bagaje mínimo de investigación y de estudios sobre estos asuntos, está bastante claro».

En un mundo racionalista y poco dado a las hipótesis imaginativas, da un poco de reparo explicar las palabras de J. J. Benítez… En fin, lo que sugiere J. J. Benítez es esto: que unos seres de otros mundos o de otros tiempos raptaron a varias mujeres y se las llevaron en una nave, en ese objeto esférico u ovoidal que expulsaba llamas. El episodio, si sucedió así, debió conmocionar a aquel pueblo primitivo y lo representaron en sus cuevas.

La respuesta de Manuel Delgado es terminante: «Hay cosas que deberían hacer replantear la Historia».

El hecho es que ese episodio o episodios muy semejantes se encuentran en todos los grandes libros sagrados de las grandes religiones. Manuel Delgado nos recordaba que en la Biblia se asegura que los ángeles del cielo bajaron y vieron a las hembras de los hombres, y las consideraron hermosas, las fecundaron y crearon la raza de los grandes héroes de la Antigüedad. «Yo creo que este mestizaje cósmico-terrenal sí se ha producido. No sé si se está produciendo ahora, posiblemente también, pero creo que se ha producido en el pasado. Y tenemos suficientes referencias como para, por lo menos, plantearnos la hipótesis». En el Tassili existen pinturas de siete mil a nueve mil años de antigüedad en las que aparecen egipcios, absolutamente con todos los rasgos e indumentarias con que son conocidos hoy. Y en algunos relieves de las tumbas del Valle de los Reyes, Manuel Delgado asegura haber encontrado representaciones de personajes exactamente iguales a los que aparecen en las pinturas del Tassili, incluidos todos esos hombres con escafandra.

«Yo creo que la ciencia terminará por aceptar alguno de estos planteamientos», explica Javier Sierra. «Terminará aceptando la posibilidad de que podamos haber sido visitados por otras civilizaciones en el remoto pasado de este planeta. Y digo que terminará aceptándolo porque algunos de los popes de la ciencia ya lo han aceptado. Por ejemplo, Francis Crick, que es nada menos que Premio Nobel por haber descubierto la espiral de ADN, se dio cuenta de una cosa elemental, muy obvia, pero muy importante: que de donde no hay vida, no puede nacer vida».

La opinión de Sierra, en fin, es que la vida podría haber llegado a la tierra porque alguien la trajo. «Una inteligencia pudo haberla traído y haberla sembrado como esporas por todo el planeta, quizá a bordo de naves espaciales en el más remoto pasado».

Nacho Ares, quizá desde una perspectiva más ortodoxa, lamenta que las culturas del norte africano aún no estén bien estudiadas. «Prácticamente no sabemos nada». Sabemos que allí pudo gestarse la iconografía faraónica, porque hay huellas evidentes de ello, o más o menos evidentes, y poco más, porque resulta muy difícil realizar una datación ajustada, entre otras razones. «Yo creo que la ciencia, poco a poco, tiene que ir abriendo expectativas y mirar hacia el futuro. En lugares tan vírgenes y tan desconocidos como la cornisa norafricana y el Tassili, poco a poco irán apareciendo elementos culturales y civilizadores que seguramente plantearán problemas históricos que solamente podrán tener respuesta si respondemos antes a esos enigmas que nos plantean». ¿Quién raptaba a las mujeres del Sahara hace diez mil años? ¿Quiénes eran?

Antikitera

Grecia: uno de esos saltos intelectuales prodigiosos en la Historia de la Humanidad, una de esas etapas en las que el hombre sí parece haber avanzado de un modo tan espectacular como inexplicable, una época en la que el hombre adquiere conciencia del poder de la razón y la inteligencia. Eso sí que es un misterio.

Algunos investigadores piensan que la Edad de Oro de Grecia conoció elementos que hoy se han perdido. Al fin y al cabo, los griegos sabían que la Tierra era una esfera y ese conocimiento acabó por desvanecerse durante muchos siglos. Uno de los rastros que podrían indicar que en Grecia se conocían más técnicas de las que nos han sido legadas es la famosa Máquina de Antikitera.

Este artefacto está datado en el siglo I a.C. La llamada máquina fue hallada en la isla griega de Antikitera y en la actualidad está expuesta en el Museo Arqueológico de Atenas. Se trata de un objeto pequeño, una placa de bronce en la que se muestra un complejo mecanismo de relojería que parece relacionado con la astronomía. Cuenta con una rueda que posee doscientos cuarenta dientes y otros cuarenta que se engarzan con éstos perfectamente. El dispositivo de la Máquina de Antikitera permitía calcular los meses lunares, los desplazamientos de Marte o Venus o el comienzo de las estaciones.

Carlos Barroso, colaborador de Milenio 3 y una de las voces terroríficas del programa, es también un apasionado indagador de la cultura griega. En su opinión, la Máquina de Antikitera sólo es uno de los miles de misterios que esconde Grecia. «La Máquina de Antikitera aún no se ha explicado: aún tienen que explicarnos qué hacía esa máquina en el siglo I a.C, en ese barco que se hundió frente a la isla de Antikitera. Lo único que puedo decir es que se trata de un instrumento imposible: no debería estar ahí. Un aparato similar no se conoció hasta muchos siglos después».

Cuando se descubrió, en 1900, no se le dio ninguna importancia, nos decía Carlos Barroso. La descubrieron unos pescadores de esponjas y, junto a ella, extrajeron otros restos arqueológicos, estatuas, otros objetos y piezas de bronce, a los que dieron mayor importancia. «Fue el arqueólogo Valerio Strais quien reparó en la presencia de esa extraña máquina un par de años después de haber sido hallada… Esas piezas de engranaje, esos ejes que parecían el mecanismo de un reloj actual o un reloj de pared antiguo… Después se pudo comprobar que las inscripciones, que hacían referencia al Sol, a la Luna y a otros planetas, correspondían al siglo I a.C».

El detalle es importante: ¿quién iba a pensar que ese mecanismo podía pertenecer a la época griega? Si se había encontrado con restos arqueológicos, ello seguramente se debía a un error o una coincidencia… Quizá algún barco la había abandonado allí mucho tiempo después o había ido a parar al yacimiento marino por otros medios… En fin, el objeto se estudia y se data correctamente en el siglo I a.C. ¿Y…? Y nada. Porque no sabemos qué demonios hacía una máquina como ésa en un barco griego del siglo I a.C. La palabra oopart sugiere tanta emoción como frustración: produce una sensación de vértigo saber que esos hechos ocurren —y con más frecuencia de la que imaginamos— y, al tiempo, tener la práctica seguridad de que no podemos explicarlos.

«Es una de las piezas más valoradas por los visitantes que van al Museo Arqueológico Nacional e incluso por el propio Gobierno del país. Se le concede muchísima importancia y la máquina llama muchísimo la atención. Pero está como en una urna y quizá pasa un poco desapercibida entre tanta maravilla como hay en el Museo Arqueológico Nacional de Atenas».

Aviación egipcia

Uno de esos objetos llamados ooparts es un pequeño avión de madera hallado en la necrópolis de Saqqara en 1898. También se llamó «simulacro del pájaro». Está tallado en madera de sicómoro y mide catorce centímetros de largo y dieciocho de ancho.

En un principio se pensó que se trataba de la figura de un halcón, pero algo la diferenciaba de las demás: las otras representaban aves propias de la zona y no tenían el ala izquierda un poco más grande que la derecha; o la cola, que era en este caso vertical. La de cualquier ave es horizontal, como se sabe.

Hasta hace poco tiempo, ese «avión» de Saqqara se encontraba en el Museo de El Cairo. Pero ya no está allí. Voló, como decía Nacho Ares con una sonrisa que delataba también la amargura que produce el comportamiento de algunas instituciones arqueológicas. «Sí, era un avión y salió volando».

Dado el interés y los intereses que genera la egiptología, se pensó que esa talla inverosímil era una falsificación. Pero el hecho es que se descubrió en 1898 y en esa época ni siquiera había aviones y, desde luego, no como éste, cuya estructura se parece más a un avión espía estadounidense.

La Pila de Bagdad o el mapa de Piri Reis tienen caracteres propios de la cultura en que se realizaron. De acuerdo, son extraños e increíbles, pero tienen rasgos propios de su época. El caso del avión o pájaro de Saqqara entra más bien en la categoría de objetos cuyas características no encajan en absoluto en la cultura que supuestamente lo diseñó.

Javier Sierra nos contaba que el diseño se sometió a distintas experiencias en un túnel aerodinámico. Se hicieron todos los tests para comprobar si era un objeto aerodinámico… y lo era. El pájaro de Saqqara se parece a los cazas invisibles F-117. Tiene alas triangulares, el timón alto… En fin, un prodigio de la aeronáutica que debe tener aproximadamente unos mil o mil doscientos años de antigüedad. «Al otro lado del Atlántico, en el Banco Nacional de Bogotá, en Colombia, hay unos objetos de oro que pertenecen a culturas locales y que también tienen ese aspecto aeronáutico extraño», recordaba Javier Sierra.

Manuel Delgado proponía una explicación para este oopart: «Estoy convencido de que ellos no sabían que eso podía volar. Y también estoy convencido de que las innumerables representaciones de boomerangs en los templos y tumbas egipcias no se deben a que conocieran su uso: ellos jamás supieron que aquello volaba. Hemos encontrado a lo largo de Egipto veintitrés representaciones en tumbas con gente que tiene boomerangs en la mano. Lo tienen cogido al revés. Y lo utilizan para golpear en la cabeza a un pato, o están incluso atacando al enemigo. Nunca lo sueltan. Es decir, contaban con objetos que tenían unas características complejas, de aerodinámica perfecta, pero no los utilizaban y no sabían cómo utilizarlos. Estoy convencido de que a los antiguos egipcios les llegaron los flecos de un conocimiento mucho más antiguo…».

Manuel Delgado recordaba que Erik von Daniken explicaba que los habitantes de las islas de Nueva Guinea y Papúa, cuando empezaron a aterrizar los aviones del ejército norteamericano durante la Segunda Guerra Mundial, los consideraron dioses. E incluso reproducían aquellos aviones con paja, cañas y madera.

Quizá ocurrió lo mismo con los egipcios, quizá ellos o sus ancestros vieron esos objetos. Quizá, como sugería Manuel Delgado, conocieron usos y técnicas avanzadísimas que trataron de imitar: «Yo estoy convencido de que Ramsés II, que está en el Museo de El Cairo, jamás volverá a la vida en ese renacimiento que aseguraba su religión. Pero estoy convencido de que, a lo mejor, ese conocimiento que ellos aplicaban para hacer la ceremonia de la momificación guarda alguna relación con técnicas de criogenización».

Los museos egipcios muestran herramientas artesanales que se identifican inmediatamente con su cultura y civilización, «pero también hay otras que no es posible admitir en su tiempo. De hecho, tampoco podrían hacerse ahora». Manuel Delgado nos contaba que habían encontrado en el templo de Karnak, en Luxor, una perforación realizada con una radial en roca de una enorme dureza: el granito rojo. «Y es indudable que esa perforación está hecha con una radial, porque está manejada a mano, y se va por un lado, y ataca por otro… Aplicaron la electricidad y la tecnología avanzada a las grandes perforaciones, a los cortes con sierra milimétrica. Lo que quiero decir, en fin, es que en Egipto existen los flecos, los últimos coletazos de todo un saber escondido. Quizá no les llegó más que un tanto por ciento muy reducido, pero ello nos indica que antiguamente hubo una gran civilización».

Manuel cree que el puzle que configuran todos estos ooparts forma una imagen en la que aparece otra civilización, otros seres y otro saber.

El cronovisor

El cronovisor es un mito —quizá—, o una máquina que en teoría permitiría viajar en el tiempo. Y para que en este sorprendente intento no faltara ningún ingrediente, ahí estaba la Iglesia.

Joan Soles, desde Italia, nos remitía una crónica en la que aseguraba que recuperar los sonidos y las imágenes perdidas había sido siempre una obsesión científica. Edison y Marconi lo intentaron, y Marconi incluso se vio tentado a tratar de recuperar voces de la vida de Jesucristo. Viajar al pasado o conseguir sus sonidos sigue siendo un sueño.

En la década de 1950 el benedictino Pellegrino Ernetti, del monasterio de San Giorgio, cerca de Venecia, habló de su máquina del tiempo y de ciertas antenas de un material desconocido, con un mecanismo para dirigirlas y un complejo sistema de grabación que captaba sonidos del pasado retenidos en «el ambiente etérico». Pero el papa Pío XII les prohibió continuar con aquellos experimentos al padre Ernetti y sus colaboradores.

Algunas teorías científicas parecen sugerir que el tiempo es una dimensión por la que podríamos desplazarnos. Viajar al pasado no parece posible, pero sí al futuro. Si una persona pudiera alejarse lo suficiente de la Tierra, a la velocidad de la luz, al regresar habría pasado muy poco tiempo para esta persona y, en cambio, mucho tiempo lineal en nuestro planeta. El padre Ernetti aseguraba que el pasado no desaparece, porque retiene parte de la energía que tuvo cuando fue generado, cuando fue presente. Y, por consiguiente, en teoría, imágenes o sonidos podrían recuperarse.

A pesar de esa prohibición expresa del Vaticano, Javier Sierra nos aseguraba que de las primeras declaraciones del padre Ernetti se extraía que era un proyecto ultrasecreto encargado precisamente por Pío XII en 1972. Muchos años después de la muerte del Papa, a raíz de la publicación de esta información en el Corriere della Sera, él recibió una amonestación directa de Roma, diciendo que este proyecto debía ser alto secreto todavía. «Y vivió durante toda su vida con el peso de esa orden papal. Porque yo llegué a entrevistarme con él en 1993, unos meses antes de su muerte, en la isla de San Giorgio Maggiore, en Venecia. Al final de la entrevista, después de llevar una hora y pico charlando, le pregunté por el cronovisor. Y la cara de aquel hombre cambió. Se volvió a agobiar, se volvió a impresionar y pareció recordar aquella orden que recibió en 1972. Y no quiso hablar de este asunto».

Calaveras

El caso de las calaveras de cuarzo es uno de los más extravagantes de todos los tiempos. En 1927, el explorador Frederick Mitchel-Hedges descubrió sobre un altar de la ciudad maya de Lubaantum en Belize, Honduras, una extraña calavera de cristal de roca, perfectamente pulida y con la mandíbula móvil. El Cráneo del Destino fue esculpido en una sola pieza. Pesa 5 kilos y 19 gramos y mide 12,7 centímetros de alto, 11,7 de ancho y 19 de profundidad. Sus dientes y mandíbula articulada la convierten en una réplica exacta de un cráneo humano.

La perfección de sus ángulos sugiere que los artesanos poseían una avanzadísima tecnología, ya que el cuarzo es un material muy difícil de trabajar y su estructura hace necesario el uso de láser u otras técnicas que los mayas, en principio, desconocían.

Hay una verdadera historia de ansiedad tras estas calaveras mayas. Al parecer, Mitchel-Hedges no descubrió el cráneo en 1927 en Lubaantum, como afirma la historia convencional, sino que compró el cráneo en una subasta en Sotheby’s, en Londres, en plena Guerra Mundial, en 1943. Existen documentos que prueban que el British Museum pujó por ese objeto, hasta 340 libras esterlinas de la época. Mitchel-Hedges pujó hasta las 400 libras y se lo quedó.

Los cráneos de cuarzo, según Javier Sierra, siguen siendo un misterio en todos los sentidos. No parece siquiera que puedan datarse en la fecha que corresponde a las civilizaciones mesoamericanas. El más conocido —hay trece— tiene una serie de características que lo convierten en un objeto alucinante. «Por ejemplo, está hecho en cristal de cuarzo, pero está tallado en contra de la veta de la piedra, lo que hace que las tensiones lleven ese material hasta el punto de la ruptura, como muchos escultores sabrán».

Sin embargo, ese cráneo no se rompió. Quienes lo diseñaron, lo tallaron y lo pulieron consiguieron un objeto perfecto y maravilloso.

Salvo por un detalle: que desbarata la Historia que conocemos.

Tanto en este, como en todos los ooparts, las teorías están, más que abiertas, enfrentadas. Muchos de ellos no son más que falsificaciones más o menos interesantes. Otros, sin embargo, parecen querer seguir desafiando a nuestra lógica.