Miedo en la playa de Conil

«Oh, grandes padres que después de haber

sembrado sobre un planeta árido

e inculto, nos habéis abandonado.

[…] Y cada día y cada noche escrutamos atentos

a las nubes esperando veros volver sobre los carros

de fuego, a recoger lo que habéis dejado».

Canción quechua ancestral.

«Mi nombre es Pedro González. El viernes 29 de septiembre de 1989 estábamos allí sentados, en la playa de Conil, en Cádiz. Y a las ocho y veinticuatro minutos vimos pasar una especie de luz… que no tenía forma. Seguimos observándola y, en un momento dado, miramos para la orilla… y vimos a dos seres de unos dos metros de altura, vestidos de blanco, con la piel blanca, calvos, sin pelo en absoluto. Daba la impresión de que tenían forma humana. Digo “humana” porque llevaban una especie de túnica… No puedo decir si tenían brazos o piernas… Supongo que tendrían brazos, porque tenían una especie de manos…

»Entonces, estos seres, al parecer, se percatan de que estamos allí, e intentan acercarse a nosotros… con movimientos muy lentos y muy torpes, pero hacia nosotros. Los vemos venir hacia nosotros y, a unos veinte metros, efectivamente, vemos que eran dos seres de casi dos metros, bueno… de más de dos metros, de unos dos metros diez o dos metros quince. La piel era blanca… blanca respecto a la tela, que era blanca también. No tenían pelo. Y no se les podía distinguir las facciones de la cara.

»Estaban de pie, mirando hacia la costa, hacia la luz que estaba dando destellos, hacia el horizonte. Entonces, se sientan, y empiezan a intercambiarse una especie de cera blanca. No… no era brillante, no era como una bombilla que despide destellos, ni nada de eso. Era muy blanca y brillaba tenuemente. Entonces, aquellos dos seres empiezan a cambiársela de mano a mano, cinco o seis veces… Pedro… Pedro Sánchez cogió los prismáticos y vio un tercer ser, una tercera figura. Esta tercera figura tenía más envergadura, unos tres metros, una cabeza bastante más grande, blanca. Estaba allí. Estaba de pie. Entonces, Pedro echó a correr. Se asustó y salió corriendo. Es una persona… muy nerviosa Lo intenté frenar y le pregunté qué había visto Me dijo lo que había visto: un ser de tres metros, con la cabeza bastante grande y vestido de negro.

»Entonces, estos seres hacen una especie de montículo, como queriendo ocultarse o… bueno, por lógica piensas eso, que están intentando ocultarse para que no veamos lo que está haciendo…

»Cuando estos seres se levantan, pues ya no sé… Ya no eran dos seres con la cabeza blanca y vestidos de blanco, sino dos personas normales y corrientes. El hombre era rubio, también bastante alto, con una camisa y un pantalón al parecer vaquero. La mujer era… tenía el pelo moreno, largo, y una camisa y una falda.

»Entonces, claro… esto nos escamó. Dijimos: “Bueno, ¿nos hemos equivocado o esto es una pesadilla o esto qué es? Ninguno somos drogadictos, ni consumimos drogas, ni somos alcohólicos”, esto lo puedo yo asegurar.

»Estuvimos observándolos, porque se dirigían hacia el pueblo, caminando. Los estuvimos observando con los prismáticos. Entonces, Loli mira hacia el mar y ve venir una especie de niebla a mucha velocidad. Cojo los prismáticos, miro y, efectivamente, veo el ser que me había descrito mi compañero. Un ser bastante grande, de unos tres metros, con la cabeza blanca, bastante grande y vestido de negro. Este ser, cuando llega a la orilla, se queda parado, frenado en la orilla, y se queda como… mirándonos… Entonces, uno de los compañeros parece que vio la cuenca de los ojos… como una especie de óvalos en los negros. Este ser, yo creo… yo pienso… que fue una especie de estrategia para despistarnos, para que no viéramos hacia dónde se dirigían los otros dos.

»Entonces, ese ser intenta… alejarse de nosotros, caminando o desplazándose, porque parecía una especie de deslizamiento, no tocaba la arena… Y se dirigía a la parte oeste de la playa, es decir, lo que se le llama “el roquero”. Allí se perdió en la distancia… Pedro y el otro intentaron acercarse más, para verlo mejor y, en el momento que corrían, ese ser se paraba; se llevaban los prismáticos a los ojos y ya se había desplazado una distancia enorme. Así que se perdía… Vimos cómo se perdía. Se veía alejarse la cabeza, hasta que se perdió.

»Entonces, volvimos al sitio donde habían estado y, efectivamente, estaban allí los montículos, estaban las huellas… Eran unas huellas de unos cuarenta y cinco centímetros, bastante grandes. El dedo gordo, por decirlo así, era bastante grande y los demás no se apreciaban, no se apreciaba mucho el desarrollo. La parte más ancha del pie era de irnos quince centímetros y el pie en sí mediría unos cuarenta y cinco centímetros de largo».

Un gigante vestido de negro

Ocurrió un 29 de septiembre de 1989. En Conil de la Frontera, en la costa occidental de Cádiz, aún se recuerda, aunque los sentimientos son encontrados. Es el caso más extraño de cuantos se tienen noticia a lo largo de esa década. Para los ufólogos, que así se denominan los investigadores especializados en el tema ovni, es quizá el más raro de nuestra historia. Tan peculiar, que sería extraño incluso considerarlo o englobarlo en los expedientes ovni.

¿Qué pudieron ver aquellos jóvenes en la playa de Conil? Antes de avanzar en el análisis es imprescindible recordar que hay opiniones para todos los gustos y que se han ofrecido todo tipo de hipótesis y teorías al respecto. Los incidentes, por otra parte, continúan envueltos en una niebla densa y prácticamente impenetrable, incluso para los propios investigadores y testigos.

Raúl Ruiz Berdejo es periodista y ha seguido el «caso Conil» desde hace años, exhumando documentos e información y aportando nuevos datos. A lo largo de su investigación, Raúl Ruiz ha encontrado silencios y olvidos muy reveladores. En su opinión, se castigó injusta e innecesariamente a los testigos. «A día de hoy, no sabemos a ciencia cierta qué vieron verdaderamente. Pero lo que sí es cierto, casi veinte años después, es que los testigos han sido muy castigados. Quizá eso pueda justificar el silencio».

A Pedro González y sus cuatro amigos se les intentó acusar de drogadictos, borrachos, visionarios, estafadores… Hay una tendencia incomprensible a descalificar a las personas que presencian o dicen haber presenciado este tipo de hechos. ¿No sería más justo, en el caso de no creer su palabra, hablar de una confusión o de sugestión o de otras circunstancias que resulten menos ofensivas? Es cierto, como nos decía Raúl Ruiz, que la historia es tan alucinante, tan cargada de detalles, tan sorprendente y tan increíble que, probablemente, despierte suspicacias. Las dudas son tan razonables como cualquier otra opción y, para desentrañar el caso, conviene analizarlo cuidadosamente, sin descalificaciones o burlas a priori.

Es cierto que aquellos cinco jóvenes estaban interesados por lo que habitualmente se mete en el cajón de sastre llamado «lo desconocido» y que habían acudido a la playa porque habían visto luces extrañas en los días previos. El verano prácticamente ya había terminado. Y entonces, sin más calificativos, ellos dicen haber visto eso:

«Me llamo Loli Bermúdez y estaba con Pedro González, con Pedro Sánchez y con Antonio en la playa aquel día. No sé… yo creo que fue casualidad: nosotros habíamos estado viendo esas luces algunos días antes. Y pensamos: “Vamos a sentarnos a la playa, a ver si esas luces hacen algunos movimientos…”. Aquel día estábamos allí sentados, no había luces… cuando de pronto aparecieron las luces en el horizonte y la otra en la vertical. Y de pronto, así… aparecieron aquellos dos seres delante».

En realidad, en sus palabras no hay nada relacionado con ovnis ni extraterrestres. Ellos, simplemente, no saben qué es aquello y lo consideran inexplicable. «Nos están contando su verdad: eso es lo que ellos vieron aquella noche», afirma Raúl Ruiz. «No sé si pudo deberse a una confusión, no sé qué pudo ocurrir allí aquella noche y qué seres son ésos de los que hablan. Yo no sé la naturaleza de lo que vieron».

Y tampoco se sabe por qué motivo iban a contar una historia tan inverosímil si no lo hubieran visto. Se dijo que uno de ellos había guiado a los demás, que se habían puesto de acuerdo, que era una invención… Y les llovieron las críticas y las ofensas, probablemente inmerecidas y seguramente injustas.

«En cualquier caso, no debiéramos tomarnos nada a la ligera y valorar todas las opciones, por descabelladas que pudieran parecer».

Una de las teorías más «descabellada» sugiere, a raíz de las palabras de los testigos, que esos dos seres se transformaron en personas, que adquirieron una forma humana que no poseían —quizá mediante el uso de aquella bola de luz— y que se internaron por las calles de Conil y se hospedaron en un hotel.

Esta teoría entronca perfectamente con la popular y conocida hipótesis de los «infiltrados», es decir, seres de otros mundos que adoptan la forma humana. Existen verdaderas recopilaciones de relatos a propósito de esta versión ufológica de la «conspiranoia». ¿Es una película? ¿Una novela?

José Antonio Caravaca hizo muchos reportajes sobre el caso de Conil; también ponía el acento en esa suerte de suplantación: «Antes de que los testigos observaran esa increíble transformación, habían estado durante varios días observando unas extrañas luces que evolucionaban sobre la localidad gaditana. En ocasiones describían un objeto en forma de media luna, con varias luces en su interior: ése fue el inicio de esta inquietante experiencia que se resolvió finalmente con la visión de estos seres en el margen de la playa, dos seres enfundados en túnicas blancas, sin rasgos faciales, sin fisonomía aparente y que, tras intercambiarse una esfera de luz, se transformaron en seres humanos. J. J. Benítez, en su día, comprobó que aquella pareja, aquel hombre y aquella mujer, se inscribieron en un hotel de Conil, con nombres y apellidos, que resultaron ser de un matrimonio alemán. Pero ese matrimonio no había viajado a Conil. Habían usurpado una identidad real para enmascararse».

Aquella representación, casi teatral, aquella organización de los acontecimientos —la aparición, la transformación, las huellas y la desaparición de los seres— propició toda una suerte de rumores que acabaron por convertir la historia casi en una leyenda urbana. (Algún oyente nos decía que habían desaparecido personas aquel día; personas a las que jamás se había vuelto a ver). La historia, según Raúl Ruiz, estaba tan bien hilvanada y se aportaban tantos detalles que al menos era obligado conceder el beneficio de la duda. Algunos periodistas suelen decir: «Si una historia es perfecta, es mentira»; y otros afirman: «Si una historia es completamente inverosímil, probablemente es verdad». Raúl Ruiz es partidario de explorar todas las posibilidades y tener en cuenta, por ejemplo, el avistamiento de luces y objetos volantes no identificados aquel mismo verano en otros lugares de Andalucía, en la provincia de Cádiz y de Málaga.

A simple vista, parece que la invasión y suplantación alienígena no tiene muchos visos de realidad —aunque, por otra parte es una teoría esgrimida desde los primeros tiempos de la ufología—. En breve: aquello parecía una historia de ciencia ficción en la que, de pronto, podían aparecer los famosos men in black, los personajes que tradicionalmente se ocupan de ocultar estos hechos y de advertir o amenazar a los testigos para que mantengan la boca cerrada. En fin, todo el aparato ornamental de las historias ficticias.

Sin embargo, los cinco jóvenes no fueron los únicos testigos. Juan Bermúdez pudo contemplar las famosas huellas en la playa de Conil: «Lo que yo pude ver fue que el tamaño era desproporcionado respecto a una huella del pie de una persona. La huella normal del pie de una persona suele medir unos… como mucho veinte centímetros, y esa huella tenía cuarenta y cinco centímetros. Como dice Pedro, el dedo gordo era bastante desproporcionado, un dedo bastante grande, redondo y los otros dedos… parecía que tenía tres dedos más pequeñitos; se notaban, pero no estaban muy definidos… Había muchísimas huellas en todas direcciones, había huellas en direcciones hacia el pueblo, dos hileras de huellas y otras dos hileras de huellas que venían del mar. Puedo decir que vi las huellas y las huellas no eran normales. Yo no creo que ellos las hicieran… En fin, engañarme me parece una tontería porque no lleva a ninguna parte…».

Y, efectivamente, ésta es la cuestión: que es ridículo inventarse una historia que no acarrea más que problemas personales y sociales. ¿Para qué inventar aquello? ¿Alguien puede pensar que con una historia de alienígenas invasores iban a ganar dinero o popularidad o una fama infantil? Admitámoslo: puede que se confundieran, se sugestionaran, creyeran que veían otra cosa… lo que sea, pero no mintieron.

Ahora bien, respecto a las huellas en la arena de la playa, cometieron un grave error, porque iban pertrechados con cámaras fotográficas y ni esa noche ni al día siguiente hicieron fotografías. Raúl Ruiz Berdejo admite que, «en definitiva, no tenemos nada a lo que agarrarnos en este sentido».

La ausencia de pruebas —evidences, dicen los anglosajones— convertía aquella historia en un relato completamente absurdo: dos figuras ataviadas con túnicas que forman montículos en la arena, que manipulan una esfera blanca, como en un juego o un ritual, y de allí salen convertidos en un hombre alemán y una joven morena, que se adentran por las calles del blanco Conil y se inscriben con el nombre de dos personas que se hallan felizmente en una ciudad alemana.

«Es todo tan extraño y a la vez tan absurdo que…».

Que puede ser verdad.

La policía los vio

Jesús Borrego es policía, es un hombre muy interesado en casos que no tienen solución o explicación lógica y que investigó los acontecimientos de Conil. Pocos días después de los hechos pudo entrevistar a los testigos y estuvo en el lugar del encuentro. Los interrogó en doble sentido, como un miembro de las Fuerzas de Seguridad y como hombre que desde mucho tiempo atrás está indagando en estos fenómenos. Y estando allí, en el lugar mismo de los hechos, cayendo la noche y con los muchachos… ¡aquellos seres vuelven a aparecer! Eso nos confesó en antena. Y percibimos nítidamente la inquietud inseparable de la propia voz al recordar…

«Cuando estamos viendo a esta extraña pareja», decía Jesús Borrego, «yo me fijo en la frente. Yo miro para arriba y veo que tienen una altura de dos metros para arriba… Esa frente que le salía del resto de la cara prominente, prominente… de verdad me llamó la atención muchísimo. Tenían el pelo rubio, con una melena… lacia, partida, no es que fuera calvo… es que la frente daba la sensación de que fuera calvo… A él yo le echaría unos 35 años y, a ella, unos 27 o 28 años… Me volví hacia Loli, que había tenido aquella experiencia quince días antes y le digo: “¿Qué piensas de esto?”. Y me dice Loli: “Estos son los que nosotros vimos transformarse el mes pasado”».

Los testigos se disponen a una segunda aproximación a esta misteriosa y extraña pareja —nunca mejor dicho—. «Veíamos perfectamente a los dos. Los veíamos girar hacia el mar». Después, se perdieron… sólo quedaron allí, de nuevo, unas enormes huellas… que tampoco se fotografiaron.

En Milenio 3 se recibieron cientos de mensajes de texto y correos electrónicos en los que se nos aseguraba que habían ocurrido múltiples sucesos de difícil explicación en los alrededores de Conil: luces que cruzan la carretera, esferas sobre las aguas del mar, extrañas visitas, etcétera, etcétera. Conversamos con un joven llamado Javier Gala. En aquel septiembre de 1989 era un niño y estaba pasando los últimos días de verano en una urbanización inmediata a Conil. Nunca lo había contado en público pero la noche anterior estaba jugando con unos amigos, junto a la playa, y vieron algo muy raro: «Varios de nosotros vimos una figura. Una figura que era como un hombre alto, bastante alto… Yo no lo llegué a tener cerca, lo vi de lejos, pero gente que lo tuvo más cerca, dijo que era bastante alto, estilizado y delgado, con los brazos alargados, de un color oscuro… Era… se veía como si emanase ese color oscuro, entre morados y marrones… no era luminoso, pero veías ese color. Parecía como que estuviera pulsando… y esos colores…».

Este ser estuvo en presencia de catorce o quince niños, muy cerca. De nuevo, la pregunta: ¿por qué iban a inventarse esa historia? ¿Influencia de lo que se contaba respecto a Conil? Imposible: el suceso protagonizado por Gala ocurrió un día antes.

Javier Gala no nos pudo decir qué hacía aquel ser; según él se movía de un lado para otro y, respecto a los niños, mostraba simplemente indiferencia. Ellos no pudieron distinguir formas humanas, no pudieron constatar que tuviera rasgos faciales definidos: era una auténtica sombra. ¿Qué ruidos hacía? Ninguno: la sensación, precisamente, era todo lo contrario. El paisaje pareció invadido de un profundo silencio.

«Si desapareció luego o no… yo no lo sé. Éramos niños, hubo chicos que empezaron a gritar y una niña se puso muy nerviosa. Salimos corriendo…».

Audaz aterrizaje en Voronezh

Aquel otoño de 1989 presentaba el Telediario de Televisión Española el periodista Luis Marinas. A las nueve de la noche suena la música agitada que da paso al noticiario más seguido del país y, con la severidad de un informativo de la televisión pública, el presentador dice:

«Escepticismo en el Ministerio del Interior soviético sobre el posible aterrizaje de extraterrestres en la ciudad de Voronezh, a quinientos kilómetros al sur de de Moscú. El extraño suceso, ratificado por la milicia y científicos locales, tiene conmocionados, sin embargo, a los habitantes de la ciudad. Testigos presenciales señalaron que seres extraterrestres de tres o cuatro metros de estatura habrían descendido de la nave, un enorme disco luminoso…».

Los acontecimientos de Voronezh causaron una tremenda conmoción en la opinión pública mundial. Aquí, en España, el caso se siguió con un interés inusitado. La agencia de noticias TASS, reconocida por su timidez en todos estos episodios y muy rigurosa y precavida —era la agencia oficial de la extinta URSS—, había enviado unos teletipos a sus asociados donde advertía: «Unión Soviética. Tres extraterrestres llegados en un ovni pasearon por la ciudad de Voronezh. El Laboratorio de Geofísica ha corroborado su presencia…». Esta noticia se reprodujo en los principales periódicos, como El País y el ABC, y en muchos otros locales y regionales. El corresponsal del diario ABC en la Unión Soviética, Alberto Sotillo, escribía: «La monótona vida en la industrial, semiolvidada y provinciana ciudad de Voronezh se ha visto súbitamente turbada…». Otras revistas de información general, como Tiempo con el titular «¡Ya están aquí!», e Interviú se hicieron eco de la espectacular presencia de alienígenas en un remoto lugar de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

Voronezh es una ciudad que se encuentra a casi seiscientos kilómetros al sur de Moscú, está situada en una región boscosa y actualmente tiene una población de cerca de dos millones y medio de habitantes. Es una ciudad industrial, dedicada a la metalurgia, la construcción aeronáutica y de maquinaria agrícola.

El lector se preguntará tal vez por qué hemos viajado a la estepa rusa desde las blancas playas de Conil. La respuesta es que ambos episodios ocurrieron prácticamente en el mismo momento.

Para nuestro compañero Guillermo León (informático y webmaster de www.ikerjimenez.com, que ha investigado y documentado profusamente el caso de Voronezh, uno de los aspectos más sorprendentes de aquella noticia es que fue emitida por la agencia TASS: «Sí, exactamente: lo curioso de esta noticia es que provenía precisamente de aquella agencia de noticias soviética, TASS. Las reacciones en Occidente, y también en España, fueron principalmente de sorpresa, de incredulidad y de escepticismo». Para Guillermo León, el contexto histórico es un hecho decisivo: «En la época, a finales de los ochenta, al final de la guerra fría, que una agencia de noticias tan solvente, como era por entonces TASS, informara de un suceso de este tipo… la verdad es que era bastante… impactante y sorprendente».

Tal vez a los occidentales les sorprendía y arqueaban la ceja, pero a los militares rusos no les hizo ninguna gracia: el Instituto de Geofísica y la Universidad de Voronezh aseguraban que habían detectado radiaciones y que habían obtenido material del aterrizaje de un supuesto objeto extraño.

¿Qué ocurrió realmente? He aquí la primera crónica periodística de Luis Ramírez, de EFE, difundida para toda España: «A las seis de la tarde del 27 de septiembre, tres chicos que jugaban en un parque de la ciudad, y otro grupo de personas que esperaban un autobús, vieron una bola roja de unos diez metros de diámetro sobre el lugar. El objeto sobrevoló en círculo la zona, desapareció para volver poco después y se posó sobre el parque. En ese momento, del ovni sale un humanoide de unos tres metros de altura, con una cabeza pequeña y tres ojos, según todos los testigos. Detrás de él, aparecen otras dos criaturas, una de las cuales es aparentemente un robot. Uno de los niños que jugaba al fútbol chilló presa del pánico. La mirada luminosa de uno de los marcianos le paralizó. El objeto y sus ocupantes volvieron a desaparecer en el cielo, y regresaron minutos más tarde. De la nave surgió nuevamente uno de los humanoides, armado con una especie de pistola de cincuenta centímetros de longitud, que disparó sobre uno de los niños. El impacto hizo desaparecer al muchacho. El visitante volvió al ovni, y abandonó el lugar. En ese mismo momento, el joven volvió a aparecer. Según la misma publicación, Sovietska Cultura, los hechos han sido investigados por institutos geofísicos de la ciudad. Y se han encontrado sobre el lugar…».

Hubo más testimonios en esta extraña, y por qué no decirlo, rocambolesca historia. Uno de ellos se hacía eco de las revelaciones de las personas que estuvieron presentes en aquel extraño episodio: «Los testigos vieron junto a la nave una gran figura, de gran estatura, que tenía tres ojos. El ojo central giraba como un radar. Su cabeza era pequeña, se mantenía fija, sin girar. En lugar de nariz, tenía dos orificios. La nave sobrevoló este lugar. También salieron dos personas más y un robot, dicen que era un robot…».

Y uno de los niños aseguraba: «Cuando ellos salieron de la nave, yo me quedé inmóvil, como paralizado. Estábamos todos muy asustados. Y dos de los seres salieron de la nave y observaron el lugar. Después de cinco minutos, se fueron. Cuando desaparecieron, me mareé. La cabeza me dolía y me daba vueltas».

Para rematar esta historia, los muchachos hablaban de un símbolo que se parecía extrañamente a la H que enviaban los farsantes de Ummo (véase capítulo anterior). La policía y los militares entrevistaron a los niños una y otra vez y al parecer todos ellos reprodujeron esa H con un trazo en medio. «Bueno… ésa es la parte más absurda de la historia», admite Guillermo León. Al parecer, ese símbolo se fue deformando a partir de las primeras interpretaciones: al principio se parecía a un asterisco, luego a uno de los caracteres cirílicos de la lengua rusa y, finalmente, era idéntico al sello de los bromistas de Ummo. ¿Casualidad?

Por desgracia, en este tipo de asuntos participa todo el mundo y no siempre con buenas intenciones. De modo que hubo baile de fechas, baile de horas, baile de datos, se habló de piedras nunca vistas en la tierra, se entrevistó mil veces a los niños de aquella localidad industrial y… hoy nadie, salvo los especialistas, se acuerdan de Voronezh.

Y la pregunta sigue siendo la misma: ¿por qué unos niños rusos se iban a inventar una cosa así? ¿Y por qué la agencia TASS se hizo eco de aquella historia aparentemente ridícula, absurda y más propia de un film de serie B?

Buzos o alienígenas

Los episodios de Conil y Voronezh modificaron por completo la idea que se tenía de los avistamientos ovni. Se rompe con el prototipo del ser extraterrestre: hasta entonces, los supuestos alienígenas eran muy distintos a los que describieron los habitantes de Voronezh y los testigos gaditanos.

La explicación más consistente o aparentemente lógica para dar una respuesta lógica a los hechos de Conil sugiere que, en esas fechas, se estaban realizando unas operaciones de cableado submarino. Al parecer, aquella noche se estaban llevando a cabo trabajos cercanos a la playa. Los submarinistas se acercaron en una zodiac a la costa y se metieron en una caseta de la empresa allí situada al efecto. En la caseta esperaban dos técnicos holandeses que, poco después, la abandonaron y regresaron al pueblo.

Ángel Carretero, autor de Humanoides en Conil, tras quince años de investigación, ofrece su versión: «Yo estaba aquella noche allí, en Conil. Yo era el responsable, junto con un compañero, de los trabajos que estaba realizando el buque. Y si soy totalmente sincero, he de decir que nosotros no observamos nada esa noche, absolutamente nada. Nos enteramos de la noticia cuatro o cinco días después, el 4 de octubre, debido a que el Diario de Cádiz le dedica la primera pagina y prácticamente, en su interior, dos hojas completas».

Ángel Carretero, por cuestiones profesionales, estaba haciendo el seguimiento de las labores del buque CS Monarch, que trabajaba en dichas operaciones de cableado. En su opinión, todo fue un carrusel de confusiones. También realizó un análisis comparativo fotográfico del que se deducía que los jóvenes habían visto las luces del barco; también afirmaba que uno de los testigos habría sido el inductor de toda una secuencia de hechos que, en realidad, tenían una explicación racional: «El barco se acercó esa tarde mucho a la playa porque el capitán solicitó la presencia de dos buzos a bordo, para arreglar un problema que tenían… un cable se había enredado en una de sus hélices y necesitaban quitarlo. Entonces, los buzos acudieron al buque y, cuando terminaron su trabajo, desembarcaron con una lancha en la playa. No iban vestidos de buzos, iban vestidos normalmente. Y cuando llegaron a la playa, trasladaron el material a una caseta metálica que había aproximadamente a unos cien metros. Por otro lado, había en la playa una pareja… bueno, la pareja de alemanes que se “transformó”. Bueno, pues no: eran peritos holandeses que controlaban que los trabajos se efectuaran acorde con el proyecto. En ese momento, estos peritos se encontraban en la caseta metálica».

Según Carretero, las luces que ven los testigos son las luces del barco y el resto, una lamentable y triste confusión. A esta opinión pueden añadirse otras teorías similares o líneas de investigación que hablan de sugestión, nerviosismo… y contagio del miedo.

La parte más favorable a creer a los testigos de Conil la encabeza el periodista J. J. Benítez. Su primer argumento se refiere, precisamente, al barco: «Cuando observas las coordenadas de posición de ese barco, a las nueve o nueve y media de la noche del 29 de septiembre de 1989, los satélites dan una posición exacta, que no se puede discutir: y estaba aproximadamente a una distancia de 52 o 54 kilómetros de Conil. Es decir, era imposible que nadie pudiera ver las luces de ese barco, porque a ocho millas de la costa se pierde la línea del horizonte».

Raúl Ruiz Berdejo confirma que, efectivamente, el buque cablero estaba operando por la zona aquella noche. «Las luces que ven estos cinco chicos podrían pertenecer a ese barco», admite. «Pero después, ¿cómo relacionamos a esta pareja de extraños seres con ese tercer ser que aparece o esa pareja que se hospeda en un hotel con un pasaporte falso?».

Como tantas veces, nos quedamos sin poder ofrecer una versión certera y ajustada de las cosas. No sabemos qué ocurrió. ¿Fueron trabajos habituales de un cableado marino? ¿Fueron alienígenas con intención de suplantar cuerpos humanos? ¿Las luces pertenecían al buque pero los chicos sí vieron seres extraños?

Los testigos parecieron optar, después de muchas burlas y muchas ofensas innecesarias, por el silencio. Los medios de comunicación, los periodistas y los especialistas también se enzarzaron en una discusión eterna y un tanto ácida. Y al final, el olvido.

«Men in black»

Francisco Javier León era director y presentador de un programa regional llamado Misterios profanados. En su día, León quiso entrevistar a los jóvenes de Conil y, mientras conversaba con uno de ellos, llamaron a la puerta. Eran dos caballeros que «recomendaban» a los muchachos un prudente silencio. Por su propio bien, por su propia seguridad… por su propia comodidad, para que la prensa no les moleste.

J. J. Benítez incidía en esta misma dirección: «En las mismas fechas en las que sucedió esto, una serie de supuestos policías, pistola en mano, fueron vistos justamente en esa playa, ese anochecer. Incluso una de las furgonetas camufladas llegó a penetrar en la arena, con estos supuestos policías. Repito, pistola en mano, hacia el agua».

Para finalizar, un oyente del programa envió este mensaje: «Soy un guardia civil. En aquel entonces estaba destinado en la provincia de Cádiz, y se movilizó a todas las patrullas de la provincia. Algo raro… sí que pasó».