El enigma de Cristóbal Colón
«Un piloto desconocido, quizá onubense o vizcaíno,
regresó de lejanas tierras, muy enfermo.
Fue acogido por Cristóbal en Porto Santo
y en agradecimiento le reveló el gran secreto
de ese mundo desconocido».
Juan Manzano y Manzano, El secreto de Colón.
Apenas unos años antes de la odisea de Cristóbal Colón, el geógrafo musulmán Al Idrisi, decía de aquel mar brumoso: «Nadie sabe lo que hay detrás, ni puede averiguarse, por las dificultades que oponen para la navegación las profundas tinieblas, la altura de las olas, la frecuencia de las tempestades, los innumerables monstruos y la violencia de los vientos». Y tan sólo un año antes del viaje colombino, otro geógrafo, Félix Faber de Ulm, escribía: «Más allá de Finis Terrae no hay nada. Sólo las aguas de un mar infinito, cuyos caminos nadie conoce sino Dios».
Un hombre envuelto en sombras
Más allá del fin del mundo, del Finis Terrae, se extendía un reino de tinieblas. Nadie en su sano juicio osaría emprender la aventura de cruzarlo.
Y, sin embargo, un hombre se embarcó en semejante locura en 1492. El lector imagina que conoce el nombre de ese almirante y podría asegurar que se llamaba Cristóbal Colón. Pero las cosas no parecen tan firmes. ¿Cómo llamarlo? Efectivamente, algunos autores no dudan en nombrarlo Cristóbal Colón, pero otros aseguran que su verdadero nombre era Cristóforo Colone y, finalmente, no falta quien asegure que se trataba de un tal Pedro Colom (Luis Ulloa, Universidad Nacional de Lima). La vida del más célebre marino de la historia de España es, en sí misma, un gran misterio. Sus principales biógrafos, incluido su hijo, plasmaron la obsesión del almirante de que no trascendiese ni su lugar de origen ni su procedencia exacta.
Respecto al nombre, nada es seguro y algunas coincidencias hacen sospechar incluso de la autenticidad de ese dato. Sebastián Vázquez, editor de la colección Arca de Sabiduría de la editorial Edaf, advierte que casi hay que suponer que aquel marinero se llamase así, porque muy bien podría haberse cambiado el nombre: «En la tradición cristiana, Cristóbal es aquel gigante que transportaba sobre sus hombros a los viajeros que deseaban cruzar un río; después les robaba o los ahogaba. Su conversión se produce cuando cruza al niño Jesús: es el famoso milagro de San Cristóbal». Hoy esta leyenda está prácticamente olvidada, pero San Cristóbal era un santo muy conocido y venerado en el Renacimiento. «Es muy curiosa la coincidencia», añade Sebastián Vázquez, «porque, como el gigante Cristóbal, el marino llevó el cristianismo de un lado al otro de las aguas. Y tiene el mismo nombre, naturalmente».
Los misterios sobre el nombre del almirante se oscurecen aún más al comprobar la extraña simbología de su firma: «Era una especie de X, y arriba había unas iniciales, separadas por puntos. Es una firma que hoy aún no se ha logrado descifrar», advierte Sebastián Vázquez. «Pidió a sus descendientes que siguieran utilizándola. Hay muchos que aseguran que detrás de todo ello había una especie de contenido… de ceremonia mágica».
Las investigaciones científicas e historiográficas más serias se entrecruzan con vehemencias patrióticas a la hora de decidir dónde nació el prodigioso aventurero. Si se habla de un Cristóbal Colón genovés —él lo afirmó—, habría que explicar por qué no escribió ni una sola palabra en italiano. Y más: cuando leía textos italianos, los anotaba en castellano. Se habla de un Colón barcelonés y de un Colón mallorquín, quizá de orígenes judíos. Desde luego, se habla de un Colón portugués e incluso de un Colón gallego. (Para completar la nómina, también se habla de un navegante en el tiempo). La mayoría de estas teorías apuntan su solvencia basándose en la toponimia y en las relaciones onomásticas y familiares, pero ninguna parece firmemente asentada desde el punto de vista científico. Y en ello tuvo mucha culpa el propio Cristóbal Colón, empeñado en mantener la oscuridad sobre su vida, sus conocimientos y sus actos, y convencido de que sus hijos debían mantener esos secretos bien guardados. Hay cientos de esculturas y retratos del almirante. Pero los historiadores afirman que ninguno es exactamente él.
No cabe duda de que este hombre oscuro era un gran marinero, seguramente versado en geografía y astronomía; probablemente se ejercitó en la piratería y estuvo al servicio tanto de los monarcas portugueses como de los españoles y de los genoveses. Algunas biografías lo consideran imaginativo, fantasioso, imprudente, aventurero, hábil, sagaz, taimado, avaricioso, envidioso, oportunista, diplomático o ingenuo. Seguramente era un hombre común y tal vez todas estas características se dieran en su vida en uno u otro momento.
Lo cierto es que, en un momento dado, este marinero asegura que puede cruzar el océano y llegar a las Indias Occidentales. (Colón murió creyendo que había llegado a las costas de China o de la India). Seguramente realizó propuestas a diferentes Estados (se da por cierto que sólo unos detalles impidieron que hiciera el descubrimiento bajo bandera portuguesa), pero finalmente se empeñó en que la Corona de Castilla sufragase los gastos. ¡Hasta los niños sabían que al final de ese mar tenebroso había monstruos y un mundo infernal! ¿Qué locura era aquella? Isabel y Fernando, los Reyes Católicos, rechazaron inicialmente su propuesta… pero algo hizo que variaran de opinión. De pronto, Colón comienza a recibir prebendas reales, se le nombra almirante de la mar Océana, se le adelantan cuantiosas sumas de dinero para preparar la travesía, se le entregan dos carabelas y una nao perfectamente pertrechadas —aunque no todos los marineros fueron de buena gana, especialmente los cuatro presos a los que se les obligó a embarcar—, se le asegura que recibirá un porcentaje altísimo de las riquezas que se hallen al otro lado del mundo y se le promete un virreinato. Teniendo en cuenta el pragmatismo propio de Fernando de Aragón (a quien el mismo Maquiavelo ensalzó en su famoso ensayo El príncipe) y de Isabel la Católica (más preocupada por la conquista definitiva de Granada, que por hipotéticas aventuras marineras), resulta especialmente extraño que concedieran tantas prebendas al osado marino.
La hazaña de Colón dio un vuelco a la mentalidad occidental. Gracias a Cristóbal Colón se pudo empezar a comprender que la Tierra no era plana. Hasta ese momento, la Iglesia católica —y con ella muchos sabios— aseguraba un modelo astronómico irrebatible: la Tierra era el centro del universo y el Sol, la Luna y los demás planetas y estrellas giraban en torno a ella. La idea común era que la Tierra era una circunferencia plana. Con Cristóbal Colón cambió la percepción del mundo: a los puertos de Europa llegaban animales y plantas distintos a todo cuanto se conocía, además de gentes extrañas e inmensas cantidades de oro y plata.
Este hombre que sacudió con su descubrimiento el mundo occidental, sin embargo, no consiguió en vida ni la fama, ni el prestigio, ni las riquezas que ansiaba. También la bruma se extendió en torno a sus últimos años. J. J. Benítez, con el que Milenio 3 consultó para llevar a cabo esta divulgación histórica, nos comentaba que «Colón murió probablemente en la más absoluta ruina o muy empobrecido. Y quizá olvidado del mundo». Nuestro compañero en las tareas de investigación del misterio aseguraba que esa situación seguramente fue consecuencia de su gran ambición. «En mi opinión, hay una imagen oficial muy equivocada respecto a Colón y el descubrimiento. Nos han dicho que Colón era un hombre que tenía un ideal, que quería descubrir nuevas tierras, todo eso… Probablemente fue cierto, pero en un segundo o en un tercer plano. Lo que verdaderamente le interesaba a Colón era el oro y las riquezas. Eso lo demostró a lo largo de toda su vida».
J. J. Benítez piensa que durante su primer viaje y en los siguientes, Colón sólo tuvo una obsesión: descubrir el oro que presuntamente escondían aquellas tierras incógnitas: «Al final, el descubrimiento le pasó factura: los Reyes Católicos y los españoles se dieron cuenta de que lo único que le interesaba a este hombre era ganar dinero, tener posesiones, ser el almirante, ser el virrey, y que lo demás no contaba nada para él. Al final lo encadenaron y lo devolvieron a España. Y murió en Valladolid, el 20 de mayo de 1506, en la más absoluta ruina, con un grado importante de demencia y de locura y, sobre todo, muy solo».
Ni siquiera sus restos mortales han escapado al misterio que envolvió su vida. Tanto en Santo Domingo como en Sevilla —y en algunos otros lugares— se asegura poseer los despojos del navegante más famoso del mundo. Ante la polémica y dado que se conocen a ciencia cierta los descendientes del almirante, se decidió realizar pruebas de ADN de los restos dominicanos y sevillanos. Pero aún no se ha llegado a una conclusión definitiva.
Las teorías, las hipótesis y las certezas
Al principio del presente capítulo recordábamos al geógrafo Félix Faber de Ulm, que aseguraba que nadie excepto Dios conocía los caminos del Gran Océano.
No conviene desestimar la osadía de los hombres.
Son bien conocidas las teorías que sugieren que hubo pueblos y civilizaciones que alcanzaron las costas americanas antes que el almirante Colón. Las más difundidas hablan de los pueblos nórdicos, de los pueblos árabes —desde la costa africana— y de los chinos, por la vertiente occidental de América. Otras hipótesis, más o menos justificadas y más o menos legendarias, hablan de los templarios y de la extrañísima decisión de situar uno de sus puertos más importantes en La Rochelle, en la costa atlántica, cuando el comercio y las contiendas bélicas se situaban en el Mediterráneo. Como se sabe, la hipótesis sugiere que los templarios conocían las rutas hacia el Nuevo Mundo, que allí consiguieron buena parte de la plata necesaria para sus negocios bélicos y la construcción de las catedrales, y que allí se retiraron cuando fue disuelta la Orden (véase Jacques de Mahieu, Colón llegó después).
En este capítulo sólo se van a abordar tres de esas teorías. Las tres cuentan con el aval de prestigiosísimos historiadores e investigadores. En fin, puede que las tres historias que se detallan a continuación no aparezcan regularmente en los libros de la historia «oficial», pero sus fundamentos son tales que tal vez merecerían más consideración que el simple olvido.
1. Los hombres del norte. Desde 195 7 se custodia en la Biblioteca Beinecke de libros raros y manuscritos, de la Universidad de Yale, un documento extraño y revelador llamado Mapa Vinland. Se trata de un pergamino de piel de cabra, que mide 27,8 por 41 centímetros y en él se muestra un dibujo medieval de Europa, Asia, África y, además, una tierra llamada Vinland. Esas tierras, según la cartografía, están situadas al otro lado del Atlántico. Contiene un texto en latín que describe cómo un vikingo llamado Eriksson alcanzó esas tierras de Vinland en torno al año 1000, esto es, quinientos años antes de que Colón se embarcara en su aventura. Las tradiciones orales escandinavas, las sagas, corroboraban desde muy antiguo que aquellas lejanas tierras habían sido exploradas en el siglo XI por un vikingo llamado Leif Eriksson, hijo del vikingo más famoso de la Historia, Erik el Rojo.
Aunque ya muy pocos dudaban de la veracidad de la historia de los vikingos arribando a las costas de Islandia y Groenlandia, aún quedaba por determinar si verdaderamente habían pisado tierras de la actual Terranova.
El Mapa Vinland es hoy objeto de polémica. La química Jacqueline S. Olin, utilizando la técnica del Carbono-14, aseguró que la piel data del año 1434. En cambio, el doctor Douglas McNaugton afirmó que sólo el pergamino era auténtico, pero no el dibujo, ya que la tinta contiene dióxido de titanio, desconocido hasta el siglo XX. Ahora se han hecho nuevos análisis con espectrografía Raman (láser) que parecen conceder verosimilitud a la primera hipótesis.
Manuel Fernández Alvarez es un historiador de conocida solvencia: miembro de la Real Academia de la Historia, profesor emérito de la Universidad de Salamanca y autor de algunos de los más importantes libros de Historia y de historiografía del siglo XX: Carlos V, El César y el hombre, Felipe II y su tiempo, Juana la Loca, la cautiva de Tordesillas, Jovellanos y otros muchos títulos adornan un brillantísimo currículum. Queríamos que nos contara si la historia de los vikingos en América puede considerarse seriamente o no. «Eso está totalmente demostrado. Hay restos de naves vikingas en las costas del norte de América. Se han encontrados esos restos de naves vikingas de los siglos X y XI. Y, efectivamente, en las sagas se ha conservado la historia de esos viajes». Entonces, ¿por qué no se conoció esta tradición hasta el siglo XIX? «Esa tradición no llegó a las regiones mediterráneas del Renacimiento y, por tanto, se perdió. Además, esas rutas y esas navegaciones se suspendieron a partir del siglo XII. Todos esos conocimientos quedaron interrumpidos y no recibieron el eco que merecían. Pero hoy sí lo sabemos: hoy se ha demostrado científicamente, en efecto, que desde finales del siglo X y durante el siglo XI, las naves vikingas llegaron desde Noruega a Groenlandia, y de aquí, a tierras como las de la Península de Labrador».
2. Exploraciones orientales. Gavin Menzies es el autor de uno de los libros más sorprendentes de las últimas décadas. Se titula 1421: el año en que China descubrió el mundo. Menzies, ex comandante de submarino de la Armada Británica comenzó a estudiar la cultura china durante una estancia que se alargó más de diez años. Allí descubrió un mapa que databa de 1524 y mostraba algunas de las islas del Caribe. Estaba firmado por un cartógrafo veneciano, llamado Zuane Pizigano, y en él podía verse claramente Europa, algunas partes de África y, también, cuatro islas del Atlántico Occidental, a las que se le daban los nombres de Satanaces, Antilia, Saya y Mana. Menzies identificó a las dos primeras con las islas caribeñas de Puerto Rico y Guadalupe. Si eso era cierto, alguien había llegado setenta años antes que Colón al Nuevo Mundo y todo apuntaba a los chinos, ya que en aquella época eran los únicos que tenían los recursos materiales, los conocimientos científicos y astronómicos, los barcos y la experiencia en navegación.
Desde 1368 hasta 1644, China estuvo bajo el poder de la mítica dinastía Ming, fundada por Zhu Yuan-zhang. El emperador Zhu Dhi organizó una de las mayores flotas del mundo, al mando de un antiguo esclavo llamado Zeng He. Miles de embarcaciones surcaron desde aquel momento los mares de China y el Pacífico. Sólo la Flota del Tesoro contaba con trescientos navíos. Se trataba de dar forma a una política claramente expansionista: la misión de esa imponente armada era descubrir nuevas tierras y difundir el poder de China. En uno de esos viajes, según Menzies, los chinos alcanzaron la costa americana, en 1421.
Pero ¿por qué no se sabía nada de esto hasta ahora? Porque en 1423, cuando regresan siete de aquellos barcos, el sucesor de Zhu Dhi ordenó desmantelar las naves, destruir los planos que se habían utilizado para construir los barcos y quemar todos los registros que había de aquellos viajes.
Entre los pocos documentos que se conservaron de aquella prodigiosa travesía vale la pena destacar dos: el Bu Pei Chi, donde se precisaban instrucciones para los viajes, con datos geográficos, astronómicos, descripciones de islas, etcétera. El segundo documento se debe a un historiador chino llamado Mao Wang, que había sido el encargado de documentar el viaje: la Exploración general de las tierras oceánicas (1433). En él destaca la descripción de animales extraños para la cultura china, una suerte de bestiario.
Según Menzies, los mapas de los chinos llegaron hasta Europa gracias a un navegante veneciano llamado Niccolo Da Conti que, según se cree, llegó a realizar algún viaje con la flota china. Al parecer, Da Conti llevó estas copias hasta Italia y se las entregó a Fra Mauro. Este Fra Mauro, trabajaba para los reyes de Portugal. Don Pedro, el delfín de Portugal, hermano de Enrique el Navegante, viajó hasta Venecia en 1428 y allí consiguió un mapa del mundo confeccionado por Fra Mauro, donde se mostraba el que después se llamaría Estrecho de Magallanes, el Cabo de Buena Esperanza y las Indias Orientales.
Menzies afirma que, sin duda, Colón poseía una copia de este mapa. Un marinero español que viajaba junto a Colón tenía en su poder parte de ese mapa que representaba Sudamérica. En 1501, ese marinero fue apresado y se descubrió que poseía esa cartografía excepcional.
Si esta maravillosa historia es real, deberíamos contar con pruebas que lo atestigüen, como ocurría en su caso con las barcazas y utensilios vikingos en Norteamérica. Pues bien, se han encontrado navíos en China de esa época, y en su interior había maíz. Como se sabe, hasta principios del siglo XVI sólo se cultivaba maíz en América.
La tradición de los viajes chinos a América apenas se conoce en Occidente. Hay investigadores que aseguran que esos viajes del siglo XV no eran ni mucho menos nuevos. Las expediciones chinas más antiguas quizá se remonten al siglo V.
A pesar de la polémica que ha desatado el libro de Gavin Menzies —no todos los historiadores creen todos los detalles de su investigación—, lo cierto es que parece muy probable que la imponente flota de la dinastía Ming alcanzara las costas occidentales de un continente que, muchos años después, los europeos llamaríamos América.
3. El prenauta. La historia es ésta: hacia 1485, o quizá antes, Cristóbal Colón vivía en las islas de Madeira, tal vez en Porto Santo. En cierta ocasión, llega a las costas un grupo de náufragos enfermos y doloridos. Uno de ellos, moribundo, febril y plagado de pústulas, es acogido por el marino genovés. En su último aliento, el navegante agónico le explica que más allá de las grandes aguas hay un continente maravilloso, con minas de oro, con insospechados tesoros y delicias, y le confía toda la información precisa al respecto.
El resto de la historia es conocido: Colón oculta esa información y se procura el apoyo de Castilla para la gran expedición al Nuevo Mundo, que se salda con un rotundo éxito.
El lector tiene derecho a arquear las cejas. ¿Qué es esto? ¿Una novela? ¿Una leyenda? ¿Un relato para aficionados a la conspiración?
En busca del prenauta
El Inca Garcilaso de la Vega (1539-1616), en la primera parte de sus Comentarios reales (capítulo 3), describe cómo se descubrió el Nuevo Mundo. Y advierte que cerca del año 1484, un piloto, natural de Huelva, en el Condado de Niebla, llamado Alonso Sánchez, tenía un navío pequeño con el cual contrataba por mar y llevaba de España a las islas Canarias algunas mercaderías.
En una de esas travesías, Alonso Sánchez de Huelva y otros veinte marineros, sobre todo vizcaínos, habrían sido arrastrados por una tormenta o por una corriente feroz que les llevó, durante más de un mes, mar tenebroso adentro. Finalmente llegaron a un mundo completamente distinto a lo que conocían. Allí se asentaron durante un tiempo, al parecer, estrecharon lazos con los pueblos indígenas, e incluso se mezclaron con ellos. En parte al menos, pudieron cartografiarlo, trazar mapas, dibujar contornos y perfiles de islas y montañas. Según cuentan los historiadores, este Alonso Sánchez arribó a las costas de Madeira enfermo de sífilis. Muchos de sus compañeros habían muerto en el Nuevo Mundo o fallecieron al llegar. Pero él sobrevivió lo suficiente para, quizá, entregar la información necesaria a un hombre ávido de poder y gloria: Cristóbal Colón.
Uno de los grandes misterios de la historia es la insólita tozudez y la inconcebible seguridad de aquel hombre que consiguió captar la atención de Isabel la Católica, la reina más importante del planeta en aquel momento, y logró que sufragara un proyecto que parecía digno de un loco. ¿Cómo Cristóbal Colón podía asegurar que conocía una ruta para llegar a las Indias si nadie lo había hecho antes? ¿Era pura intuición? ¿Lo había averiguado gracias a estudios geográficos y astronómicos? ¿O es que Colón ya manejaba planos, mapas, cálculos y conocimientos de navegantes anteriores que ya conocían esa ruta?
Como se advirtió más arriba, era imposible que los Reyes Católicos prestasen atención a aquel loco aventurero y, sin embargo, después de ciertas negociaciones personales no muy claras, Isabel y Fernando acceden a sufragar los gastos de semejante empresa. ¿Cómo lo consiguió Colón?
Parecía que todo el mundo se hubiera vuelto loco: la corte española firmó las Capitulaciones de Santa Fe (17 de abril de 1492), con numerosos privilegios, a un hombre que ni siquiera era noble, lo nombraron virrey de las nuevas tierras que supuestamente iba a descubrir, lo coronaron como Almirante de la Mar Océana, un título hereditario… Al parecer, Cristóbal Colón había tenido que mostrar a los monarcas pruebas contundentes de que era posible llegar a las Indias desde Europa. Las leyendas de Madeira contaban que a veces llegaban a las costas cuerpos de animales muertos desconocidos, o troncos de árboles y plantas que no se veían en Europa, incluso cuerpos de hombres con rasgos extraños… Pero eso eran leyendas: para conseguir la financiación de su viaje, Colón tuvo que demostrar palpablemente que podía llegar a las Indias y que sabía cómo hacerlo.
Sin embargo, si estas demostraciones existieron, nada se supo de ellas. De lo único que se tiene conocimiento es de la tozudez de Colón y de su irrefrenable deseo de alcanzar las costas occidentales.
En Milenio 3 quisimos saber, por tanto, si estas consideraciones tenían algún fundamento y cómo la historiografía ortodoxa valoraba esa extraña vehemencia del navegante. Manuel Fernández Alvarez nos aseguró que «Colón estaba tan seguro de todo ello porque, posiblemente, ya había hecho aquel viaje o bien había encontrado o había hablado con alguien que lo había hecho. Ése es el marino desconocido, un marino que encuentra agonizando y que le descubre su secreto. ¿En qué consistía el secreto? El secreto diría que yendo hacia Occidente había encontrado unas tierras. Un testigo de la época, una gran figura, el padre Bartolomé de las Casas, dice que parecía que Colón tenía aquel secreto muy guardado, como si toda aquella aventura fuera un secreto y sólo él tuviera la clave. En efecto, esa seguridad de Colón es verdaderamente lo asombroso y lo que plantea serios interrogantes».
La teoría de Manuel Fernández Alvarez sugiere que quizá fuese el mismo Cristóbal Colón quien encarnase la brumosa figura a la que llamamos «prenauta». El historiador incide en ese extraño giro que sufren los acontecimientos cuando, casi repentinamente, los Reyes Católicos se ofrecen a financiar la expedición: «¿Por qué Colón estaba tan seguro?», se pregunta el profesor Fernández Alvarez. «En realidad, es una prueba indirecta: él estaba seguro de que alcanzaría las costas de las Indias porque tenía una prueba segura, indiscutible. Y esa prueba indiscutible podía ser, efectivamente, que él mismo, en uno de sus innumerables viajes anteriores a 1492, hubiera llegado a las Indias Occidentales».
La mayoría de los historiadores admiten que Colón disponía de información «privilegiada». Saber qué parte de la misma sirvió para conseguir la financiación es otra cosa bien distinta. Y saber si esa información la poseía por sí mismo o por otro es aún materia de debate y de investigación.
J. J. Benítez considera que los textos de Colón indican claramente que éste se encontraba en posesión de una información bastante ajustada: «Estudiando el Diario de a bordo del almirante y estudiando a los cronistas de la época y posteriores, me inclino a pensar que este hombre tenía información por el prenauta. Es posible que pudiera consultar algún otro tipo de mapas, aunque eso es más dudoso. Pero la información que maneja Cristóbal Colón constantemente es excepcional: por ejemplo, cuando sale de Canarias, se reúne con los capitanes de las otras dos carabelas y les dice que tengan muchísimo cuidado, porque a 750 leguas de Canarias van a encontrar una serie de arrecifes muy peligrosos. Naturalmente, los hermanos Pinzón se quedarían estupefactos. Si ese marino nunca había navegado hacia el oeste, ¿cómo sabía que a esa distancia exacta, 750 leguas, se iban a encontrar con aquellos arrecifes?».
Tal y como señala J. J. Benítez, éste ha sido uno de los datos que han hecho desconfiar de la hipotética «aventura» de Colón. Benítez admite, como Manuel Fernández Álvarez, que el mismo Colón pudiera ser el hombre «al que una tormenta arrastró, estuvo varios años en la zona del Caribe y luego regresó». No obstante, si se viera obligado a elegir, optaría por la primera versión, quizá la más viable o más probable en su opinión.
«Hay otros detalles increíbles», añade J. J. Benítez. «El Monte Christi es un monte situado en el norte de la actual República Dominicana, lo que era La Española para Colón. El piloto anónimo, por lo visto, le proporciona el perfil y la ubicación exacta de este monte, que tiene una forma muy característica, que se ve desde muy lejos y que es muy reconocible; y, además, le dice que a veinte leguas de ese Monte Christi hay unas minas de oro. Efectivamente, a dieciocho leguas exactamente de ese monte, hubo y hay unas minas de oro que explotó Cristóbal Colón».
Según J. J. Benítez, «uno de los días más amargos de Colón fue el día del descubrimiento, porque aquel 12 de octubre, cuando llega a Guanahaní, se da cuenta de que no es la isla que le había pintado o que le había indicado el prenauta, sino que es una pequeña isla, sin nada de particular». No era la isla del oro. E inmediatamente logra trabar amistad con los indios y consigue embarcarlos para que le indiquen dónde está la isla que tiene ese perfil de Monte Christi, ese monte de referencia: a dieciocho o veinte leguas estarían las extraordinarias minas de oro de las que alguien le había hablado.
La información que Cristóbal Colón iba proporcionando a sus compañeros de travesía era tan precisa y tan elocuente que resultaba asombrosa. Sabía que debían partir de las islas Canarias, sabía qué rumbo debían tomar, sabía a qué distancia encontrarían los arrecifes y tierra, sabía incluso cómo se llamaban algunas islas, sabía dónde había oro… «La gente que iba con él pensaba que realmente era un profeta», advierte J. J. Benítez. «Pero no creo que Cristóbal Colón fuera un profeta, ni un médium ni que tuviera poderes paranormales. Simplemente tenía una información previa, una información privilegiada. Yo estoy seguro de que tenía algún objeto físico que le entregó el prenauta cuando murió en sus brazos, en su casa, en la isla de Madeira o quizás en Porto Santo».
Tal pudo ser la razón de la tozudez y la vehemencia de Cristóbal Colón. Simplemente, su expedición contaba con todos los avales de un viaje previo. Quizá por esa razón los «nuevos» viajeros encontraron detalles sorprendentes en aquellas tierras, por ejemplo, hombres blancos. «Si es cierta la historia del prenauta», señala J. J. Benítez, «aquel hombre y su tripulación permanecieron quizá alrededor de dos años en el Caribe, hacia 1476 o 1477, y se mezclaron con las indias. Los premuras no lo sabían, pero en ese contacto sexual con las tainas, con las caribeñas, contrajeron probablemente la sífilis. Por esa razón muchos murieron y, los que regresaron vivos, llegaron muy maltrechos. De aquella hipotética unión con las tainas probablemente nacieron mestizos y probablemente nacieron blancos. Esto es lo que se encontró Colón, lo que se encontró la expedición y lo que se encontraron otras expediciones posteriores en diferentes islas».
El poder de las estrellas
Célebres historiadores como el Inca Garcilaso o Bartolomé de las Casas, asombrados ante la hazaña de ese hombre, aseguraban que la actitud de Cristóbal Colón era verdaderamente portentosa. ¿Cómo era posible que aquella sucesión de maravillosos acontecimientos no parecieran sorprenderle? En sus palabras, daba la impresión de que aquel hombre, el almirante, ya sabía a qué atenerse.
Nadie duda de la capacidad de Cristóbal Colón como navegante. Es cierto que hay zonas oscuras en su biografía, como su pasión por la Orden de los Caballeros de Cristo, o una singular faceta como maestro de religión, que casó con una noble portuguesa y que otros muchos detalles de su biografía parecen velados para la Historia, pero su instrucción y su saber marino están fuera de toda discusión.
Al parecer, hacia 1484, Colón visita la Universidad de Salamanca y se entrevista con astrónomos y cosmógrafos. Para la navegación, la astronomía —o astrología, pues en aquella época constituían una misma disciplina— era absolutamente imprescindible. La orientación de las naves se basaba precisamente en el movimiento de las estrellas. Y, para eso, se necesitaban astrónomos que pudieran hacer cálculos matemáticos y geográficos. La segunda parte de esa disciplina era más peligrosa en aquellos tiempos, aunque difundidísima, y se centraba en las posibilidades de las influencias de los planetas en la vida de los hombres. Ambas partes llegaron a Occidente a través de los árabes. «Si Colón era un conocedor de astronomía y astrología, es lógico que también lo ocultara», nos decía el escritor y editor Sebastián Vázquez.
Sea cierta o no la existencia del prenauta, sea cierta o no la posibilidad de que el propio Colón hubiera realizado el viaje, sea cierto o no que dispusiera de mapas, dibujos o cartas que informaran de un nuevo mundo, lo cierto es que aquellas embarcaciones capitaneadas por el almirante se adentraron en el mar tenebroso, donde los eruditos de la época advertían de la existencia de bestias monstruosas, peces con cabezas de hombres, ballenas con varias hileras de dientes y feroces engendros marinos.
Enfermos y asustados, observando cómo el almirante garabateaba números y cifras en sus cartas de navegación, por fin los marineros escucharon la alegre voz de Rodrigo de Triana que anunciaba «¡Tierra!». El día 12 de octubre de 1492, unos marineros castellanos, enfermos y hastiados tras una agotadora travesía, cambiaron el rumbo de la Historia.
Cientos de estatuas y monumentos diseminados por todo el mundo celebran a Cristóbal Colón; hay plazas, parques, avenidas y calles en miles de ciudades que llevan su apellido; e incluso hay países y Estados que lo llevan en su nombre oficial. Sin embargo, el continente que debería haberse llamado Colombia se denominó finalmente América porque el cosmógrafo Waldseemüller creyó un relato del navegante florentino Amerigo Vespucci (Américo Vespucio), que aseguraba haber llegado al Nuevo Mundo antes que el propio Colón.
Y, mientras el mundo se asombra ante la fama de los grandes navegantes, nadie repara en un pequeño monumento que se encuentra en una recoleta plaza de Huelva. Es un monumento a un hombre que oficialmente nunca existió: Alonso Sánchez, el prenauta.