Drácula
«¡Strigoiu…! ¡Strigoiu…!». «¡Vampiro…! ¡Vampiro…!».
Agonía de Bram Stoker.
Bram Stoker (1847-1912) acabó sus días devorado por el monstruo que creó. Había escrito un libro que le dio fama y dinero: la historia de un príncipe de Valaquia del siglo XV, el conde Vlad Tepes. El novelista modificó convenientemente aquella historia, añadió otros elementos literarios propios de su época, configuró una trama y destiló gotas de romanticismo en una obra destinada a pervivir durante siglos: Drácula.
Pero la suerte le volvió la espalda en los últimos años de su vida. Dicen que el día de su muerte, Bram Stoker se despertó en mitad de la noche. Las personas que acudieron antes de que su corazón se detuviera definitivamente observaron como miraba fijamente un rincón de aquella sórdida casa de huéspedes dublinesa. Pálido y febril, señalaba con un dedo tembloroso una esquina del cuarto y gritaba como intentando espantar a alguien invisible allí apostado: «¡Strigoiu…! ¡Strigoiu…!».
El vampiro, el no muerto, había regresado de las tinieblas.
El reino del miedo
En el principado de Valaquia, en 1456, pudo verse en el cielo una estrella brillante y desconocida. Las viejas crónicas aseguran que aquel fuego celeste ocupaba la mitad del firmamento y que tenía dos colas: una señalaba al este, y la otra, de color dorado y con aspecto de llama ondulante, al oeste. Aquel fenómeno se consideró un presagio nefasto que auguraba pestes, muerte y destrucción. Los valacos no se equivocaban: aquel mismo año de 1456 ascendía al trono, Vlad IV Draculea.
Vlad Draculea nació en 1431 en Valaquia (en la actualidad sur de Rumanía). Era el segundo hijo del poderoso vaivoda de Valaquia y los retratos lo muestran con unos bigotes vueltos hacia arriba, mantos de marta cibelina, piedras preciosas y una mirada que expresaba bien cómo fue su vida feroz. Su padre y su hermano murieron en una de las múltiples batallas que enfrentaron a la familia con los vecinos húngaros y con los violentos turcos que constantemente amenazaban las estribaciones de los Cárpatos. A su hermano mayor, en 1447, le clavaron hierros candentes en los ojos y lo enterraron vivo. Y se asegura que Vlad Draculea, entonces, jura vengarse… y no sólo de los turcos, sino de todo el género humano.
Ocupó el poder a lo largo de tres períodos (1448, 1456-1462 y 1476), fue secuestrado y encarcelado, y sus enemigos enviaron asesinos y sicarios que nunca pudieron acabar con él. Sencillamente, parecía inmortal.
Cuando Vlad IV accedió al trono, convirtió Valaquia en un fortín. Ni siquiera los turcos, con un ejército mil veces superior, podían hacerle frente. Sobre su territorio se extendía la sombra del terror: sus súbditos le temían y lo adoraban; sus enemigos lo respetaban y temblaban cuando alguien pronunciaba su nombre.
Algunos guerreros invasores pudieron llegar a ver la silueta de su castillo en Sighisoara. Las viejas crónicas cuentan que quedaron horrorizados ante el espectáculo que veían sus ojos: empalados. Decenas y centenares de hombres, mujeres y niños atravesados por grandes estacas; muchos de ellos todavía agonizaban en aquel suplicio. Quizá por eso lo llamaban Vlad Tepes, el Empalador.
Todo olía a muerte en Valaquia.
Vlad Draculea pertenecía a la antiquísima Orden del Dragón. Su padre fue uno de los patriarcas de esa fraternidad. Se trataba de una orden católica que intentaba hacer frente a los turcos. En una época de fanatismo religioso, el cristianismo y el islam se enfrentaban a muerte en los bosques y valles de los Cárpatos. La lucha contra el turco fue feroz. Y Tepes fue un precursor en el uso del terror psicológico como efectiva arma de batalla.
Quienes más sufrieron sus desvaríos fueron sus propios súbditos. Se cuentan historias terribles de él. (Las crónicas documentan esos hechos, aunque justo es reconocer que no siempre hay que fiarse de las crónicas del siglo XV). Decían que Vlad Tepes era un hombre que odiaba la holgazanería de su pueblo: hacia 1457 celebró una gran fiesta en su castillo. A ese fastuoso banquete invitó a todos los mendigos, tullidos, pedigüeños y pordioseros de su principado, les ofreció suculentos manjares y regó aquellas delicias con el mejor vino… Incluso permitió que aquellos vagabundos pisaran las riquísimas alfombras de su palacio. Alegres, los desheredados pensaban estar viviendo en el paraíso. Pero cuando hubieron saciado su hambre y el alcohol embotaba sus cerebros, el Empalador bajó las escaleras y con voz cavernosa les dijo:
—¿No es un placer vivir así, queridos amigos?
Todos respondieron afirmativamente y con muestras de gran alegría.
—Sí. No es justo que viváis en la miseria. Yo os llevaré a un lugar donde todo son placeres.
Todos aplaudieron y vitorearon al príncipe.
Entonces, hizo tapiar las puertas de aquel salón, arrojó leña en su interior y le prendió fuego. Se asegura que murieron tres mil seiscientas personas.
También se da por cierto que desayunaba viendo agonizar a los empalados en verdaderos bosques humanos. Vlad Tepes no sólo utilizaba el empalamiento para los musulmanes turcos; también perseguía ferozmente las conductas que consideraba impropias de un buen cristiano. Especialmente, odiaba el adulterio… sobre todo, en las mujeres. Las acusadas de este pecado eran atravesadas, y si habían tenido un hijo ilegítimo con otro que no fuera su marido, empalaba también a los niños sobre su cabeza; y no importaba cuál fuese su edad.
Entre sus súbditos, perseguía con saña a los gitanos. Este pueblo errante se había negado a participar en el ejército de Vlad Tepes. La forma de convencerles fue sencilla: en 1460 capturó a tres patriarcas de las principales tribus gitanas y los asó. Luego obligó a los gitanos a comérselos. Después afirmó con sanguinaria rotundidad que tal era el fin que les esperaba si se negaban a luchar bajo las insignias de la Orden del Dragón y del ejército valaco.
¿Quién podría contar los muertos a manos de este horrible tirano? Se asegura que derramó la sangre de más de cien mil personas. Su política del terror ofreció espectáculos siniestros y se congratuló de haber inventado refinadísimas torturas y métodos de ajusticiamiento. Su obsesión por el control de la población llegó a límites inconcebibles. Se decía que odiaba profundamente a los ladrones, que no toleraba que se escamotearan los impuestos y que la distracción de una sola moneda conducía al patíbulo. En 1463 colocó una copa de oro en mitad de una plaza de Sighisoara. La gente podía beber de ella, pero ¡ay de quien osara robarla! Esa copa se mantuvo tres años en la plaza sin que a nadie se le pasara por la cabeza hurtarla.
Probablemente el mito de Drácula nació en vida del propio Vlad Tepes Draculea, el Empalador. Se comenzó a murmurar que estaba obsesionado con la muerte, con su propia muerte, y que comenzó a delirar a propósito de la posibilidad de vivir para siempre. Aquel interminable derramamiento de sangre no podía permanecer ajeno a los rumores del pueblo y se aseguró que Vlad IV bebía la sangre de sus reos y enemigos para alargar su vida. Cuando capturaba a algún noble turco o a algún personaje importante, lo empalaba y exigía que alguien recogiera la sangre que destilaba del desgraciado prisionero; después, la ingería como si se tratara de un elixir de la vida eterna, un poderoso bebedizo que lo convertiría en un ser… ¡inmortal!
Una traición de su propio ejército y una acción rápida de los turcos consiguieron que Vlad IV fuera apresado. Al parecer, le cortaron la cabeza en 1476. Se había rumoreado que era la única manera de acabar con su vida. Cuando trasladaron la cabeza del gran sanguinario a Estambul y la expusieron a la vista del pueblo, las gentes se arremolinaban para ver al tirano valaco que aterrorizaba sus noches. Quizá también deseaban asegurarse de que Vlad Tepes, el Empalador, había muerto.
Tumbas vacías
En Transilvania se da un hecho que puede resultar curioso. Vlad IV Draculea, Drácula, se considera allí un héroe y, sorprendentemente para los occidentales, suele pronunciarse una frase estremecedora: «¡Que vuelva Drácula!». Esta expresión tiene una justificación sociopolítica: en tiempos conflictivos, cuando la delincuencia y las mafias parecieron adueñarse de Rumanía —tras la caída de Nicolae Ceaucescu (1989)—, los rumanos recuerdan la parte «positiva» de la vieja historia. A pesar de sus crímenes, a Vlad IV se le consideraba, en cierto modo, un justiciero.
Fernando Martínez Láinez es autor de Tras los pasos de Drácula, una investigación encaminada a descubrir por qué, por ejemplo, Ceaucescu consideró héroe nacional a Drácula y por qué muchos rumanos, a pesar de la crueldad de Vlad IV, consideran a Drácula un auténtico ídolo. «Vlad Tepes era un príncipe cristiano», explica Fernando Martínez Láinez. «Era un hombre que apoyaba a la iglesia ortodoxa rumana y que favoreció enormemente a los monasterios y conventos religiosos. Él estaba convencido de que actuaba en nombre de Dios. En ese sentido, era un comportamiento “esquizofrénico”, pero muy común en aquella época. Se podían llevar a cabo grandes matanzas y, sin embargo, estar convencidos de que Dios lo aprobaba, lo consentía y lo premiaba».
El fanatismo religioso es así: incongruente e implacable. A lo largo de la Historia pueden espigarse numerosos hechos semejantes: hombres que han sido capaces de las peores tropelías en nombre de Dios.
«Una de las pruebas palpables de la devoción o el respeto que este hombre inspiraba a la Iglesia, o del entendimiento que tenía con la Iglesia, es que fue enterrado en un templo que pertenecía a un monasterio que él mismo había protegido», añade Martínez Láinez. «Es una iglesia pequeñita y allí está la tumba. Y cuidando la tumba de Drácula está una monja, una humilde monjita que, bueno… está allí… como si cuidara las reliquias de un santo».
¡Así que hay una tumba en Sighisoara con los restos del maléfico Vlad Tepes!
Noelia Induráin, coautora de Vampiros, nos contaba que esa capilla, o esa iglesia está realmente dedicada a Vlad IV. Allí, al parecer, todo está relacionado con él, y hay recortes y carteles que perpetúan su memoria. «Es una iglesia por y para Vlad», asegura Noelia Induráin. «En 1933 hubo unas excavaciones y se dice que no se halló el cuerpo de Vlad. Al parecer sólo había huesos de caballos y un anillo con las armas de Valaquia. Sin embargo, hay quien afirma que se halló un esqueleto y dos cráneos. O sea, ni siquiera existe un acuerdo sobre lo que realmente se encontró en esa tumba».
Muchas jóvenes estarían más tranquilas si los historiadores y los arqueólogos les aseguraran que se han encontrado los huesos de Vlad Tepes y que se puede confirmar que está muerto y bien muerto.
«Lo cierto es que se venera a Vlad en Transilvania», asegura Noelia Induráin. «Te puedo asegurar que se le venera». Y se le venera porque fue en realidad un gran guerrero. Noelia Induráin pone el dedo en la llaga cuando habla de la importancia de considerar la historia de Vlad IV en su espacio temporal sin incurrir en anacronismos. En aquella época, Vlad Tepes era un cristiano enfrentado al poder turco, que procuraba la estabilidad de su principado y la prosperidad de su pueblo. Los métodos de Vlad Tepes parecen hoy horrendos —y seguramente lo eran también en su tiempo—, pero no eran muy distintos a los de otros príncipes de su época.
Sin embargo, hay detalles que caracterizan a Vlad Tepes como un personaje muy cercano al vampiro. Como se ha señalado, algunas crónicas aseguraban que desayunaba observando a los empalados. Y más: que desayunaba la sangre de los empalados. ¿Es éste el origen o la fuente principal de Bram Stoker? Según la mayoría de los historiadores, no cabe duda de que el escritor conoció algunas crónicas que hablaban de Vlad Tepes y de su fruición sanguinaria. «Los historiadores están de acuerdo en eso», explica Noelia Induráin. «Algunas crónicas dicen que llegaba a desayunar entre los empalados. Y en otras se asegura que untaba el pan en la sangre que caía de la gente que estaba agonizando. Yo supongo que si Bram Stoker llegó a leer eso…».
Otros vampiros
La sangre se ha considerado fuente de vida desde la más remota Antigüedad. La primera referencia a un vampiro se encuentra en piezas arqueológicas persas, babilónicas y chinas (véase el capítulo «Vampiros» para una breve historia del tema). La mitología griega también conoció sus propios vampiros. Pero la verdadera historia del vampiro comienza en la Edad Media. En el siglo XII, algunas crónicas de Inglaterra hablan de muertos hallados fuera de sus ataúdes. En Cataluña es famosa la leyenda del conde Struch, del que se decía que andaba los caminos como alma en pena y que se apoderaba de los viajeros para succionarles la sangre. En el siglo XIV, en Europa del Este comienzan a producirse espectaculares manifestaciones vampíricas que coincidían, además, con grandes epidemias de peste. Los enterramientos precipitados favorecían la aparición de presuntos «resucitados». En el siglo XV, en Francia, fue famoso un personaje llamado Gilles de Rais, identificado como un auténtico vampiro. Este hombre, antiguo compañero de armas de Juana de Arco, pensó que en la sangre se hallaba el secreto de la Piedra Filosofal y su locura le llevó a torturar y a asesinar a más de trescientos niños, a los que extraía la sangre para experimentar con sus pócimas.
La Edad Media fue la época preferida de los románticos. No es extraño que los escritores del siglo XIX recurrieran a historias medievales para recrear y revitalizar personajes que parecían olvidados. El doctor Polidori, médico y consejero de lord Byron, Charles Baudelaire y Bram Stoker fueron algunos de los escritores que desarrollaron el tema del vampiro y, sin duda, fue el último quien le confirió la imagen que de él se tiene en la actualidad: Drácula, el vampiro, es un no muerto, un conde de Transilvania que rejuvenece —hasta adoptar una imagen galante, con capa negra y sombrero de copa— con la sangre de sus víctimas, principalmente damas lánguidas y hermosas. Escapa de la luz del sol y rechaza las imágenes sagradas, especialmente la cruz. (En las películas de serie B, incluso teme a los ajos). Se acaba con él clavándole una estaca en el corazón. Puede transformarse en casi cualquier bestia salvaje, pero preferentemente gusta de revestirse con la imagen de un murciélago.
Aparte de la natural repugnancia del hombre hacia estos animales, hay datos antropológicos y zoológicos que permiten establecer una línea de continuidad entre la imagen común del vampiro y ciertos animales que, precisamente, tienen el mismo nombre. No son animales fantásticos. Son pura realidad.
Fernando González Iglesias, prestigioso realizador de documentales, se ha detenido también en este mundo de los chupadores de sangre. Nos decía que en tiempos de los mayas y los aztecas se hablaba de un vampiro gigante. «De este vampiro, notablemente grande, se conocen restos fosilizados de hace más o menos 10.000 o 20.000 años. Se especula que pueda estar todavía vivo en selvas del norte de Sudamérica y de Centroamérica». Este animal parece tener alguna relación con la figura mitológica del «murciélago de la muerte» del que se hablaba en la cultura maya y que aparece representado con frecuencia en la iconografía de dicha cultura. No se trataba de un pequeño murciélago que succionara gotas de sangre, sino de una verdadera bestia capaz de matar a un hombre. «Estos vampiros gigantes se confunden a menudo con los zorros voladores, que son grandes murciélagos de casi dos metros de envergadura», advierte Fernando González Iglesias. «Mucha gente les tiene miedo, pero son absolutamente inofensivos. Viven en el Sudeste Asiático. Sin embargo, existen los vampiros auténticos; son pequeños, pero en absoluto son inofensivos: son unos animales muy peligrosos e históricamente han sido terribles para los hombres». En efecto, los cronistas de Indias hablaban de esos terribles encuentros con los murciélagos vampiros de las zonas pantanosas de Centroamérica. Cuando se quitaban las corazas y se dormían, algo acechaba en las sombras. Notaban que día a día iban perdiendo la fuerza y el vigor y caían desfallecidos en aquellas selvas y pantanales.
«Son pequeños», dice González Iglesias. «Apenas tienen un palmo de envergadura. Pero utilizan una técnica verdaderamente siniestra. Se posan sobre su víctima (precisamente por eso pesan tan poco) y hacen una pequeña incisión con los dientes; su saliva tiene un anestésico y un anticoagulante; lamen la herida y empieza a brotar la sangre sin parar. En vez de succionar la sangre, como el vampiro de Bram Stoker, lo que hacen es lamer la sangre que va cayendo. Entonces es cuando acuden cientos de ellos y, casi sin darse cuenta, su víctima muere».
Este tipo de animales se llaman murciélagos hematófagos, es decir, comedores de sangre. Habitan sobre todo en América Latina, en zonas templadas o tropicales que se extienden desde México hasta el centro de Chile y el norte de Argentina. Hay tres clases principales: el vampiro común o Desmodus rotundus, de pequeño tamaño y aficionado a chupar la sangre de mamíferos como cerdos, vacas, caballos u ovejas. El segundo es el vampiro de alas blancas, Diaemus yuongi, identificable porque posee una mancha blanca en las puntas de cada ala. Este vampiro prefiere la sangre de las aves. La última tipología corresponde al vampiro de patas peludas, Diphylla eucudata, de orejas pequeñas y ojos saltones. También prefiere la sangre de las aves. El vampiro gigante del que hablaba Fernando González se denomina Esmodus draculae. Naturalmente, el nombre se debe al popular Drácula, porque los hallazgos paleontológicos de esa especie se realizaron ya en el siglo XX. Algunas tribus indígenas no consideran que este vampiro gigante se haya extinguido. Para ellas no es un mito. Sigue vivo y esperando…
Estrellas del celuloide
La filmografía sobre Drácula es extensísima. Comienza con una película húngara, hoy perdida, de 1920. Inmediatamente después saltó a las pantallas la terrorífica Nosferatu (1921) de E W. Murnau, con Max Schreck. Drácula, de Tod Browning, con Bela Lugosi es de 1930. A partir de ese momento se suceden las secuelas, las parodias y algunos trabajos más o menos serios. Entre la inmensa producción cinematográfica referida al personaje de Bram Stoker, se pueden citar Drácula, Prince of Darkness (1965), de Terence Fisher, con Christopher Lee, otro de los grandes Dráculas de la historia del cine. De 1978 es Nosferatu: Phantom der Nacht, de Werner Herzog, con Klaus Kinsky. Y, finalmente, una gran pieza cinematográfica: Drácula, de Francis Ford Coppola, con Gary Oldman, de 1992.
Para hablar de cine y de los aspectos más oscuros relacionados con Drácula, Milenio 3 se puso en contacto con Jesús Palacios, crítico cinematográfico y especialista en los recovecos más siniestros de Hollywood. Le comentábamos cuán diferente parece el Nosferatu de Murnau respecto a los Dráculas posteriores, teñidos de romanticismo. El vampiro terrorífico que encarnaba Max Schreck no tenía el glamour que se esperaba de él en los siglos XIX y XX. «Alrededor de Max Schreck hay toda una mitología, porque es un actor muy poco conocido. Murió muy prematuramente, interpretó relativamente pocos papeles y entre ellos, desde luego, el más destacado fue el de Nosferatu. Y el personaje que interpreta Schreck no es tanto el vampiro draculiano de la novela de Stoker ni el del cuento de John William Polidori, que fue el que lanzó esa imagen del vampiro aristócrata. El Nosferatu de Murnau se basa más bien en el folclore original del vampiro: aparece como una alimaña de la noche, como una criatura infernal, como una especie de demonio que extiende la enfermedad a su paso. Lleva con él la peste y las ratas».
En opinión de Jesús Palacios, en Nosferatu se aprecian las ideas esotéricas del equipo de dirección y producción. Muchos de ellos estaban afiliados a órdenes y fraternidades secretistas y esotéricas muy frecuentes en la Alemania anterior a la Segunda Guerra Mundial. Por esa razón entiende que Nosferatu se puede observar a la luz de determinadas imágenes relacionadas con el ocultismo. «La película es un conflicto entre la luz y las tinieblas, que va más allá del mero vampirismo. Es una película esotérica a niveles más profundos».
Entre los actores que han interpretado a Drácula pueden destacarse a Bela Lugosi, a Christopher Lee y a Gary Oldman, sin duda. Pero el que más se identificó y se sugestionó con el personaje fue Bela Lugosi. Era de origen húngaro y saltó a la fama gracias a la interpretación del conde transilvano. A partir de entonces se vio un poco encasillado en esos papeles y en otros muy semejantes. En la última fase de su vida, afectado por una enfermedad incurable y adicto a la morfina, comenzó una verdadera obsesión para él. Se vestía habitualmente como el conde Drácula, empezó a dormir en el interior de un ataúd… Se decía que pedía a sus criados que le llevaran telarañas frescas… El día de su funeral, por expreso deseo suyo, fue enterrado con la indumentaria propia del conde Drácula. (Era una indumentaria cinematográfica, que no tenía ninguna relación ni con el verdadero Vlad Draculea, ni con el personaje de Bram Stoker ni con ningún vampiro que se acercara a la historia o a la realidad). El día que bajó a la tumba llevaba puesto un broche que utilizó para la película de Tod Browning (Drácula, 1930).
Damas pálidas y damas sangrientas
En el capítulo dedicado a los vampiros se trataron pormenorizadamente las explicaciones médicas que ofrece la ciencia para poder entender el fenómeno del vampirismo. Porfiria, rabia humana, hematodixia, hematofagia y desequilibrios mentales parecían ser las conclusiones de los especialistas, quienes, además, describían cuadros clínicos muy precisos, como la orina de color rojizo, sensibilidad a la luz del sol, formación de ampollas, fotodermatitis, vómitos, trastornos de la personalidad, entumecimiento y dolor en las extremidades, etcétera.
Aquí se van a proponer dos explicaciones más, pero elaboradas bajo una perspectiva histórica. La primera se debe al patólogo del Instituto Forense de Viena, el doctor Christian Reiter, el cual asociaba el vampirismo con el ántrax. La patología del ántrax atacaba especialmente al ganado lanar y vacuno, y era muy contagioso y virulento. Además, tenía una característica temible: los hombres se podían infectar. Durante las hambrunas que han devastado las regiones centroeuropeas a lo largo de los siglos, la población se veía obligada a consumir en invierno los cadáveres del ganado, algunos infectados con ese contagioso bacilo. Ello daba lugar a que la enfermedad se convirtiese en un endemismo patológico.
Para otros episodios vampíricos, el doctor George Tallar aportó ya en el año 1784 una de las explicaciones más lógicas y más creíbles. Las caras pálidas se debían a fortísimas anemias. La Iglesia ortodoxa imponía a sus fieles rigurosas normas alimenticias, entre las que se encontraban prolongados ayunos. Los desfallecimientos y las muertes, la lividez y la languidez de las damas no se debían a vampiros que entraban en las alcobas femeninas aprovechando las oscuridades nocturnas, sino a carencias alimenticias graves.
Una de aquellas damas pálidas del siglo XVI se llamaba Elizabeth Bathory y su historia compite con la de Vlad Tepes en crueldad y locura. Elizabeth Bathory es la Condesa Sangrienta.
Beth nació en 1560, en el seno de una rica familia húngara. Desde su infancia, gracias a su niñera, se inició en el esoterismo y a muy temprana edad anidó en ella una especial atracción hacia la sangre. A los 15 años se casó con el conde Ferencz Nadasdi, un guerrero al que se le conocía como el Héroe Negro. Debido a las numerosas batallas a las que tenía que acudir el conde, Beth se sintió atrapada en la soledad de su palacio y comenzó a rodearse de personajes extraños. A uno de ellos lo llamaban «el Vampiro». Eran gentes que se dedicaban a la brujería, alquimistas, hechiceros. La condesa no parecía tener miedo a las artes oscuras, pero, en cambio, le horrorizaba envejecer.
Tras la muerte de su marido, Elizabeth comete su primer crimen: mata a una joven sirvienta que estaba peinándola. La criada, al parecer, le hizo daño mientras le acicalaba el cabello y Elizabeth la abofeteó hasta que la hizo sangrar. Su mano quedó ensangrentada y, en su locura, creyó ver que aquel trozo de piel rejuvenecía. Inmediatamente, ordenó que le cortasen las venas a su doncella y llenaran la bañera con su sangre.
Y así comenzó una orgía de sangre y muerte que nadie era capaz de detener. Todas las mujeres entre 14 y 40 años eran víctimas propicias para esta Condesa Sangrienta. Javier García Sánchez, autor de Ella, Drácula, una novela donde se explora la figura histórica de esta sanguinaria asesina, nos explicaba que se contaron más de mil muertes violentas para dar satisfacción a aquella mujer. «Se sabe de cerca de setecientas mujeres asesinadas con nombres y apellidos. Pero se supone que durante veinte años mató a otras tantas, a las que enterró en lugares indeterminados a lo largo de toda Hungría. Esto es: se calcula que al menos asesinó a mil jóvenes».
¿Puede atribuirse a Elizabeth Bathory alguna relación con la historia de los vampiros o con la tradición sanguinaria de Europa Oriental? En opinión de Javier García Sánchez, aquel monstruo con forma de mujer tenía un delirio, un problema mental. «No podía concebir ser una persona común que nacía, crecía, se deterioraba y moría. Era una mujer extraordinariamente hermosa y me pregunto si la sangre no tendría algo que ver en la hermosura que conservó durante tanto tiempo. Quizá. Pero si aquella sangre mantuvo su belleza en algún grado [cosa improbable], lo que es cierto es que la deterioró mentalmente: ello acrecentó su locura y su afán de sangre, y lo que al principio fue un uso “moderado”, se convirtió en baños permanentes de sangre humana e ingestión oral».
La Condesa Sangrienta llevó a cabo estos cruentos asesinatos durante doce años, hasta que los campesinos denunciaron los hechos ante el soberano Matías II. En 1610, el monarca envió una tropa de soldados al castillo de Beth Bathory. Allí encontraron cincuenta cadáveres sepultados y varias jóvenes brutalmente torturadas y con múltiples cortes por todo su cuerpo. También hallaron, en el sótano, una especie de jaula con forma humana con púas hacia el interior; allí encerraban a las jóvenes y las desangraban. Las púas atravesaban sus cuerpos mientras la condesa se colocaba debajo del artefacto para ducharse con la sangre caliente de aquellas mujeres. Liberaron a las víctimas y siguieron sus pesquisas por las habitaciones: en una de ellas encontraron a la condesa, acompañada de algunos hechiceros, enfrascados en un nuevo ritual sangriento.
«Cuando todo se supo», nos explicaba Javier García Sánchez, «los ciudadanos no daban crédito… Y aunque estaban probados sus crímenes, tardaron dos años en poderla atrapar. Al fin y al cabo, era un personaje importante de la nobleza y estaba emparentada con los reyes de Transilvania, Valaquia y Polonia. Detenerla, juzgarla y ejecutarla, como hicieron con sus cómplices, habría supuesto una guerra segura entre esos tres países».
Así que el rey Matías decidió emparedarla viva en una habitación de su castillo. Sólo le hacían llegar comida cada dos meses. «Y aun así», concluye Javier García Sánchez, «¡la bruja aguantó cuatro años…!».
Adiós al vampiro
Aquí acaba, por el momento, este apasionante viaje por las tierras del Este de Europa: el lugar donde habitan los no muertos, los vampiros y los monstruos más sanguinarios.
Transilvania es una región que aún mantiene inmensos bosques, profundos y oscuros. Situada en la región central de Rumanía, es una meseta elevada, rodeada por los llamados Alpes de Transilvania, una cordillera de los Montes Cárpatos. Las montañas rodean la región como un muro y en varios lugares avanzan hacia el interior. Conocer la región de Transilvania supone entrar en un magnífico paisaje de bosques, valles y colinas, y castillos y poblaciones medievales como Sighisoara, ciudad declarada Patrimonio de la Humanidad.
Hay dos «Rumanías». La Rumanía de las grandes ciudades y la Rumanía rural. Pero la Rumanía rural representa casi el 70 por ciento de la población del país, donde aún perviven hondas tradiciones. La fuerza de la naturaleza —aún hay osos que matan a dos o tres personas cada año— y la profundidad de sus bosques se conjugan bien con los cuentos de los campesinos, que hablan de temibles criaturas de la noche y de demonios.
Pero el marketing turístico también ha llegado a esa remota parte de Europa. Allí, Vlad IV es un héroe, el príncipe valaco que luchaba contra los húngaros y los turcos. El Empalador: un héroe. Así que durante un tiempo se propuso levantar un gran parque temático dedicado a Drácula: Draculandia. Sin embargo, es prácticamente innecesario. A la entrada del castillo de Bram (por Bram Stoker) se encuentra todo tipo de merchandising relacionado con el Drácula romántico: tazas, llaveros, pins, tridentes, sombreros con los cuernos del diablo… En medio de una infinidad de tenderetes, está ese castillo fronterizo, entre la antigua Valaquia y la antigua Transilvania, donde estuvo establecido un regimiento que se encargaba de cobrar impuestos a los viajeros que cruzaran la frontera.
La fantástica ciudadela de Sighisoara es distinta. En su punto más alto se puede visitar un cementerio que recuerda las mejores películas de terror. Losas con musgo, ramas de árboles pelados cayendo sobre las lápidas, estelas torcidas y agrietadas. Aún quedan restos del antiguo miedo en Sighisoara.
Respecto al vampiro, sólo los muy temerosos encuentran en esa figura algún rastro de temor. Óscar Urbiola, coautor de Vampiros, nos explicaba cómo se había modificado la idea del vampiro y cómo en la actualidad se le considera un personaje atractivo, glamouroso y sexualmente apetecible para las jóvenes. «Suena un poco paradójico, pero la vida ha tratado bien a los no muertos. Los vampiros de antaño, los que dieron origen al mito, causaban terror y en absoluto resultaban atractivos. Pero la literatura, el cine y el teatro se han encargado de ir perfilando este personaje y confiriéndole características bien distintas: ahora el público lo desea y lo envidia. El vampiro es inmortal, vive de noche (los jóvenes viven de noche, sobre todo), tiene poder sobre los elementos, sobre los animales… Y posee una atracción erótica irresistible, sobre todo para las mujeres. Además, los condes tienen mucho dinero, dinero acumulado a lo largo de los siglos: tienen poder».
Tal vez el mito del vampiro moderno no es tan horrible como antaño. Seguramente los miedos que hoy nos proporciona no tienen nada que ver con los que atormentaron la última noche de Stoker. Ésos que se concentraban en una esquina de la humilde pensión. Ésos que intentaba alejar de su lecho gritando: «¡Strigoiu…! ¡Strigoiu…!».