La horrorosa muerte de Joao Prestes

«Por el resplandor que le precedía se encendieron carbones de fuego».

2SAM 22, 13.

En lo más hondo de algunos archivos policiales duermen varios casos de extrañas muertes jamás aclaradas. Se trata de documentación olvidada sobre personas que desde principios del siglo XX fallecieron tras haberse encontrado con misteriosas luces voladoras. En sus cuerpos, tras una larga agonía, aparecieron las marcas indelebles que revelaban su exposición a cierto tipo de fuentes radiactivas.

Muchos de estos sucesos ocurrieron en aldeas sin luz ni agua, en lo más impenetrable de las selvas de Brasil.

Paisajes del Brasil profundo

El extraño caso de Joao Prestes ocurrió en la década de 1940, en una de esas zonas recónditas del Brasil interior, junto al río Tieté y cerca de la localidad de Aracariguama, una pequeña población del Estado de Sao Paulo. El periodista Pablo Villarrubia Mauso, que ha investigado el caso en profundidad y que conoce perfectamente aquella zona, nos explicaba que «en algunos estudios antropológicos norteamericanos se describía cómo era Aracariguama en aquellos tiempos. Era un pueblo muy atrasado, no tenía luz en aquella época, y el agua se transportaba a mano desde el río, cargando cubos de agua. Era un lugar totalmente aislado, a pesar de que estaba cerca de Sao Paulo, a 47 kilómetros de la capital, que en aquella época tendría alrededor de un millón de habitantes. (En la actualidad cuenta con más de diecisiete millones). Aracariguama, en fin, era un pueblo del Brasil profundo. Cuando he regresado después, he comprobado que la gente sigue hablando el dialecto local, el caipira, la lengua indígena de los campesinos. Allí se sigue hablando de apariciones, de extrañas criaturas, de leyendas e incluso de hombres lobos, del lagarto volador o de las famosas maes do Ouro: esferas voladoras, brillantes, o bien cúmulos brillantes alargados».

Son elementos recurrentes en todas las partes del mundo. Se sabe que están ahí o, al menos, es evidente que las gentes hablan de ellos, que los temen y rehuyen su presencia. En relación con estos fenómenos puede añadirse uno más que resultará relevante: el Boi tata de Brasil. En Argentina se llama «luz mala» y también se da en otros muchos lugares del mundo. En algunas zonas de España, como Las Hurdes, se denomina «luz de muerte» o «lamparil de muerte». En general, estos nombres describen un fenómeno incomprensible, brillante, abrasador y muy peligroso.

Este tipo de luces se han relacionado en ocasiones con el fenómeno ovni y las muertes o desgracias que han causado también se han asociado a ello. En realidad, consiste en un fenómeno ovni, porque se trata verdaderamente de «objetos volantes no identificados», sin más calificativos ni precisiones. Son fenómenos que vuelan y de cuyo origen, procedencia y función no sabemos nada o casi nada. Eso es todo.

Éste es el paisaje en el que iba a desarrollarse una de las historias más estremecedoras y apasionantes de los últimos tiempos.

Muerte de un campesino

Uno de los primeros «mártires del misterio», Joao Prestes Filho, murió en horrorosas circunstancias que jamás han podido dilucidarse por completo. Según los informes iniciales, tenía 39 años cuando falleció, aunque las investigaciones posteriores y las actas de defunción demuestran que contaba con 44. Pablo Villarrubia reconoce que cada vez que recuerda este caso siente miedo y admite que esta historia le persigue desde que investigó aquellos sucesos junto a otro magnífico especialista brasileño-japonés, Claudio Suenaga. «Se me ponen los pelos de punta», dice Villarrubia. «No es ninguna broma: la muerte de Joao Prestes Filho fue estremecedora, y por eso es justo considerarlo uno de los primeros mártires del misterio».

La historia comenzó el 4 de marzo de 1946. Joao había estado pescando, como cualquier otro día, en el río Tieté. Cuando llegó la hora de partir, le dio un apretón de manos a su compañero y se despidió de él.

Este hombre regresó a su casa, una cabaña campesina situada en los alrededores de Aracariguama, a dos kilómetros de la localidad. Era un día de carnaval, y su mujer había ido al pueblo, donde la familia tenía parientes y amigos.

El día transcurría con plena normalidad y tranquilidad, como es habitual en las comunidades campesinas del interior brasileño, y nada hacía sospechar que aquella tarde fuera a convertirse en un verdadero infierno para Joao Prestes. Sin embargo, sucedió algo terrible…

«Hay varias versiones sobre lo que sucedió…», nos dice Villarrubia. «Pero yo conocí a un testigo que conoció a Joao Prestes. Este testigo se llamaba Virgilio Ferreiras, ya fallecido, y fue clave para conocer la verdadera historia de la muerte de Joao Prestes Filho. Virgilio, cuando yo lo conocí, tenía 92 años. Lo encontramos de forma casual, y aún conservaba una fortaleza física increíble: estaba cortando caña y maíz. Era amigo y primo de Joao Prestes y habló con él cuando Joao estaba en su cama, moribundo, poco antes de fallecer».

Virgilio Ferreiras le contó a Villarrubia que Joao Prestes llegó tranquilamente a su cabaña, a su casa. Entró y preparó la lumbre para cocinar el pescado. Acto seguido, se fue a bañar y, al salir, dentro de su propia casa, se topa con una luz amarilla, brillante y zigzagueante… «Era algo… como un destello, como un rayo», dice Villarrubia. El anciano Virgilio habló de un rato de luz. «Y a partir de ese momento, Joao siente que el cuerpo le arde, que se le quema todo el cuerpo. Entonces, se mira en el espejo y percibe que tiene algunas manchas, que está quemado…».

Joao Prestes Filho apenas puede mover los brazos y las manos. Siente que está ardiendo, que se está quemando vivo… Aterrorizado por aquella cosa que había invadido su casa, consigue abrir el pestillo de la puerta con los dientes, y abandona el lugar corriendo y desesperado. Corre dos kilómetros hasta la aldea de Aracariguama en busca de ayuda… Hizo aquel camino infernal descalzo, como era habitual entre el campesinado brasileño de aquellos años.

Desesperado, según relató Virgilio, el desgraciado Prestes alcanzó el centro del pueblo y entró en casa de su hermana, que estaba junto a la iglesia. Le contó lo que le había ocurrido y cómo sentía que se abrasaba… «Se echó en la cama y empezó a temblar y a tener sudores. Notaba que su cuerpo estaba prácticamente quemado. Pero no en su totalidad: ni el pelo ni las partes que estaban cubiertas por ropa parecían haber sufrido daños. Prestes sólo llevaba una especie de bermudas y esa parte de las piernas no se quemó. El cuerpo presentaba un color… como si estuviera asado o tostado… Estaba como la carne de un cerdo tostada, quemada. Ésas fueron las palabras textuales de Virgilio Ferreiras».

Joao empieza a balbucear y a sentir vívamente las graves quemaduras de primer y segundo grado que abrasaban su cuerpo, tal y como indicaba el acta de defunción que Villarrubia tuvo la oportunidad de leer en Aracariguama. Entonces, casi a punto de desvanecerse y morir, fue cuando le contó la historia a Virgilio.

Hay una parte de este impenetrable misterio que ha permanecido oculta durante muchos años. Cuando Prestes le contaba su desdichado episodio a Virgilio, añadió un suceso acontecido meses antes y que puede ofrecer datos reveladores.

Joao Prestes le contó a Virgilio Ferreiras que ya había sido víctima de otro ataque, muy parecido a éste, cuando se dedicaba al transporte de mulas por la sierra que separa Sao Paulo de Río de Janeiro. Por cerros y selvas, Prestes llevaba veinte o treinta mulas a otra comunidad, a otra aldea. Y allí, de pronto, al final de la tarde, vio una especie de bola de luz que comenzó a girar en torno a él, dio varias vueltas y estuvo a punto de derribarlo de su montura.

¿Por qué Joao Prestes no había comentado este suceso antes? Lo cierto es que Joao se asustó, pero sabía que aquello no era más —ni menos— que el Boi tata, el mítico Boi tatú del que hablaban las antiguas leyendas indígenas.

En realidad aparece ya en las crónicas de los conquistadores españoles: entre ellos, el padre José de Anchieta (1534-1597), el célebre cura canario que tradujo a la lengua indígena los catecismos y las obras doctrinales de los conquistadores. El beato José de Anchieta, llamado el Apóstol de Brasil, también fue testigo de la aparición de extrañas esferas luminosas que atacaban y mataban a los indígenas.

Ya poco importaban las antiguas historias: Joao Prestes se estaba consumiendo a la vista de los parientes, vecinos y amigos. En el lecho, el moribundo balbucea: «La luz… la luz…». Un enfermero de la prefectura de Sao Roque describió la imagen de Joao Prestes en términos que encogen el ánimo: «La carne de ese hombre adquirió un aspecto… como si hubiera estado cocida durante muchas horas y las orejas se fueron deslizando por la cara».

Se le abrieron las carnes de las piernas, emergieron las rótulas, los cartílagos fueron desprendiéndose… La agonía debió de ser dolorosísima. En los partes médicos se dice que murió por un ataque cardíaco y por quemaduras de primer y segundo grado.

«El testimonio de estas gentes no fue único», explica Villarrubia, «porque se formó una especie de peregrinación cuando se supo todo esto. El pueblo entero vio morir a este hombre. Mucha gente lo vio morir. Ese enfermero dice que la carne se le desprendía en jirones del cuerpo y que los huesos y tendones aparecían a la vista…».

Los lamentos y quejidos fueron dando paso a una especie de entumecimiento general. Ya no sentía dolor. «Aparentemente, las terminaciones nerviosas ya estaban totalmente destruidas y este hombre no podía sentir absolutamente nada».

La versión del viejo Virgilio y del sobrino de Joao Prestes no es tan truculenta. (El sobrino de Prestes tenía en aquel entonces sólo 9 años y su familia impidió que pudiera ver a su tío en tan horroroso trance). Estas dos personas aseguraron que la carne no se había desprendido del cuerpo, pero que las quemaduras eran intensísimas y gravísimas. Sin embargo, insisten en que el campesino no estaba quemado en aquellos lugares cubiertos por las bermudas ni en aquellas zonas del cuerpo cubiertas de pelo, como el cuero cabelludo.

Prestes murió poco después. «Fue una lenta agonía de casi nueve horas», comenta Villarrubia. «Intentaron llevarlo al hospital de Santana do Parnaiba, la única población cercana que tenía hospital en aquel momento. Y fallece allí. Parece que la policía científica de aquella época intentó estudiar la muerte de este hombre y se abrió una investigación, pero no hemos descubierto esos documentos. Éstos, sin embargo, existieron: sí se hizo algo, porque el hermano de Joao Prestes era subcomisario de policía en aquella época y buscó todos los medios científicos en Sao Paulo para descubrir algo. Pero esos documentos no aparecieron. Por eso no sabemos qué ocurrió en realidad con Joao Prestes. La última noticia es que un grupo de franceses estuvo allí en la década de 1970 y exhumaron el cadáver. Pero no se sabe más».

Esta es, en breve, la terrorífica aventura de Joao Prestes, «el primer mártir del misterio». Desde el punto de vista objetivo, poco más puede decirse. El resto no dejan de ser especulaciones e hipótesis que pretenden arrojar alguna luz a este episodio lleno de sombras. Este caso se ha presentado como ejemplo de la actuación de ciertas energías negativas o demoníacas, y otros hablan de fenómenos físicos inexplicables, pero nada se sabe a ciencia cierta. Lo más cercano a esas quemaduras son los síntomas propios de la exposición a la energía nuclear o atómica.

Radiación

El doctor Miquel Bibiloni Brotad fue el máximo responsable del Centro de Estudios de Energía Nuclear y actualmente es jefe de Servicio de la Consellería de Innovación Tecnológica de esta institución. Milenio 3 solicitó su colaboración en esta investigación, dado que sólo contábamos con una referencia conocida a la que se pudieran asimilar las quemaduras de Joao Prestes: la radiación nuclear. Sus palabras fueron muy reveladoras y sorprendentes, porque hablaba de catálogos de casos en los que algunas personas habían sufrido la irradiación de determinadas fuentes energéticas desconocidas. Curiosamente, estos hechos se producían en lugares apartados, donde no hay posibilidad de confusión, ya que ni siquiera cuentan con servicios de luz eléctrica.

Bibiloni Brotad nos hablaba, sin medias tintas, de casos ovni: «Yo me baso en un catálogo que han compilado en la NASA. Es un catálogo muy interesante y versa sobre los efectos fisiológicos o presuntos efectos fisiológicos del fenómeno ovni sobre los seres humanos. Hay una colección de casos impresionantes, pero con frecuencia no están bien documentados. Porque hayan ocurrido en regiones remotas del planeta o porque los científicos, y en especial los médicos, no hayan prestado demasiada atención, el caso es que no están muy documentados. Lo que sí se puede decir es que un pequeño porcentaje de las personas que han estado en contacto o en una relación de proximidad con el fenómeno ovni, en algunos casos, presentan una sintomatología cercana a la que se produce con la exposición radiactiva. Esto es verdad. Pero es un número muy pequeño».

Cuando le comunicamos al doctor Brotad el tipo de quemaduras de Joao Prestes, admitió que podrían corresponderse con algunos grados de radiación. «En el caso de las radiaciones ionizantes, a partir de ciertas dosis, naturalmente, pueden causar la muerte. Los efectos de las radiaciones se pueden medir estadísticamente y la gravedad de la radiación depende de los niveles de exposición».

Joao Prestes murió de un modo horrible, quizá por una extrema radiación, quizá por efectos físicos o meteorológicos desconocidos, quizá por un rayo de luz, quizá por el ancestral Boi tata, quizá por fenómenos maléficos y demoníacos…

No faltará quien diga que estos argumentos son leyendas, pero… ¿las leyendas matan?