Zombi
«Cualquier persona que intente quitar la voluntad
a otra por medio de hechizos será castigada con la prisión.
Pero si, intentándolo, llega a causar la muerte,
será acusado de homicidio».
Artículo 249 del Código Penal de Haití que regula hoy el delito de zombificación.
«Cuando fallecí, me metieron aquí. Yo morí el 3 de mayo de 1962 y fui enterrado al día siguiente. Me metieron aquí debajo y estuve más de dos días sepultado. Después, vinieron a buscarme, me llamaron. Oí que decían: “¡Levántate!”, y salí contestando a los que me llamaban. Después me tuvieron trabajando dos años y nueve meses en una plantación».
Wade Davis es profesor de antropología y etnobotánica en Harvard y autor de Passage of Darkness: The Ethnobiology of the Haitian Zombie. En este texto, todo un clásico, se recoge un episodio estremecedor con documentos irrebatibles. El profesor Davis tuvo acceso al acta de defunción de un hombre llamado Clarivius Narcise y a la declaración firmada por la policía haitiana. La declaración policial tuvo lugar en septiembre de 1980. Era un auténtico zombi, un enterrado en vida sometido a los poderes maléficos de un brujo bokor.
A pesar de los estudios de Davis, el mundo de los zombis es hoy casi un mito, una fábula que el cine lo ha desvirtuado notablemente presentando personajes grotescos en un universo de serie B. Pero, como casi siempre, la cruda realidad supera a cualquier ficción.
Juan José Revenga, presidente de la Sociedad Geográfica Antropológica Española, productor de documentales en TVE, corresponsal de guerra y gran conocedor de los secretos que esconden las montañas haitianas, asegura que ese fenómeno existe. Y, como se verá más adelante, tiene buenas razones para afirmarlo. «Con toda claridad, puede decirse que todo es real, aunque bastante distinto a lo que se ofrece en los espectáculos para turistas».
Según Juan José Revenga, el mundo de los zombis hay que entenderlo en un contexto religioso. Tiene sus orígenes en África, donde estas creencias son más ingenuas y también menos virulentas. El esclavismo, en opinión de Revenga, sólo consiguió que los negros africanos se sintieran desarraigados y, en cierta manera, sus creencias se tornaran más agresivas. «En el Caribe se generó la parte más fuerte del vudú, y ahí nació el zombi. “Zombi”, en las lenguas congoleñas, significa “diablo”. El proceso religioso o mágico consiste en arrebatarle la personalidad a una persona a través de hechizos o conjuros, con los famosos “polvos zombi” o pondré, como los llaman ellos».
Haití es uno de los países más pobres del planeta. Con una población formada por emigración esclava africana de distintos puntos, emplazada en lugares poco accesibles y sumida en la ignorancia, estos rituales se han conservado con pocas modificaciones desde las ceremonias vudús documentadas en África desde mediados del siglo XVIII.
¿Cuándo y por qué se realiza una ceremonia de este tipo? Según Juan José Revenga, las ceremonias no tienen como único fin la zombificación; pueden destinarse a distintos fines, desde la exorcización a la liberación de personas que se sienten amenazadas por otros individuos.
Esas ceremonias se celebran en el humfó o houmfort, el templo, donde los bokor o los brujos se entregan a cantos repetitivos y reiterativos acompañados de tambores y otros instrumentos de percusión. Así parece que empiezan a entrar en trance o en estados alterados de conciencia. Los cantos se utilizan como los mantras hinduistas: la repetición de sonidos parece producir estos efectos en algunas culturas. «En esas ceremonias», añade Juan José Revenga, «se reúnen unas cincuenta personas, tocando tambores, cantando, y está presente el hungán, el sacerdote que va a ser poseído por el loa, por el espíritu, que será el que le concederá el poder. Para ello, el sacerdote baila, se mueve entre la gente, se atraviesa la cara con grandes agujas, bebe pociones y llega al trance. Esto ocurre en todas las culturas: se accede al trance mediante la música, la bebida o las drogas. Luego traen una gallina negra, que será la que le conceda el poder. El hungán se sitúa en medio de un círculo satánico pintado en blanco. En ese momento, el sacerdote coge el cuello de la gallina y le arranca la cabeza de un bocado, y se bebe toda su sangre. La sangre no debe caer al suelo, si cae algo sobre la tierra, puede enfadarse el loa y entonces la ceremonia no es válida. El loa es el espíritu que domina el espacio durante todo ese tiempo y el que va a “cabalgar” o a poseer al sacerdote, al hungán. Este hombre mata al pollo, queda poseído y ya puede conseguir los deseos que le han pedido: ya tiene la fuerza que lo hace posible. El sacerdote es como el intermediario entre el mundo visible y el mundo invisible».
Para convertir a alguien en un zombi son necesarios rituales como el que describe Juan José Revenga, pero hay un elemento imprescindible al parecer: el famoso «polvo zombi». Wade Davis descubrió para la ciencia en qué consistía esa sustancia: parte de los ojos de una lechuza, huesos de muertos, escamas del famoso pez globo, ciempiés y arañas. El elemento principal de este ungüento es el pez globo. Sus escamas contienen una sustancia llamada tetradotoxina, quizá uno de los venenos más potentes de la naturaleza, quinientas veces más potente que el cianuro y sesenta mil veces más fuerte que la cocaína, según los últimos estudios. Ese polvo, el poudré, elaborado en proporciones que nadie conoce, se sopla sobre la persona elegida como víctima y la sume en un estado cataléptico difícilmente imaginable: «Simplemente con soplárselos a la cara o que camine sobre ellos, no hace falta más, puede dejar a una persona con dos pulsaciones por minuto, con lo cual, no necesita oxígeno. Y al no necesitar oxígeno, se le puede meter en un ataúd y mantenerlo allí una semana…». La víctima se considera muerta a todos los efectos, se le da sepultura y, al cabo de varios días, el brujo accede a la tumba, lo llama y…
El siniestro poder del «bokor»
José Manuel Novoa, director de documentales de Transglobe Films, también estuvo estudiando el mundo de los zombis en Haití. En su opinión, las víctimas de estos rituales no son personas comunes, sino los malhechores de las aldeas. «En la ley tradicional del vudú, la pena máxima no es la pena de muerte, sino la pena de zombificación. Esto lo suelen hacer cuando en una comunidad hay algún ladrón, algún bandido, alguien que está haciendo daño; en esos casos, la sociedad secreta de vudú se reúne y nombra a un verdugo que es el encargado de soplarle el famoso “polvo zombi”. Es una manera de castigar a los malhechores, o a los asesinos o a los que roban. Esto nos es un poco ajeno, pero es una realidad constatable. Es un proceso bien estudiado y se sabe que existen los zombis».
Una vez convertidos en zombis, en muertos vivientes, esas personas pasan a engrosar las cuadrillas de esclavos o sirven como criados en las casas.
Juan José Revenga opina que la tradición o la costumbre de mantener zombis como esclavos tiene raíces económicas: «Esta historia comenzó en el siglo XIX, en 1850 aproximadamente, cuando se ratifica la abolición de la esclavitud en Haití. La American Sugar Company, que explotaba las plantaciones de caña en Haití, comprendió que a partir de entonces tendría que pagar a los obreros que antes tenía gratis, como esclavos. No estaban dispuestos a pagar, así que contrataron a los brujos, a los bokor de la isla, para que zombificaran a la gente, para arrebatarles la voluntad y para esclavizarlos. Por eso los hechiceros o magos negros eran las personas más ricas de Haití y lo fueron durante mucho tiempo. Los bokor hoy siguen siendo muy poderosos, especialmente por el miedo que infunden en la gente, independientemente del poder mágico que tengan. Toda la población siente este terrible temor».
Frente a la imagen un tanto grotesca de los zombis del celuloide, estos muertos vivientes de la realidad haitiana parecen sufrir dolencias que, al menos en parte, los expertos identifican con daños cerebrales. José Manuel Novoa no tiene dudas al respecto: «Realmente, son personas que han sufrido una especie de lobotomía y han quedado prácticamente idiotizadas. Efectivamente, luego los mantienen trabajando en los cultivos o como criados. Para comprender lo que ocurre, hay que detenerse en el “polvo zombi”, que, aparte de muchos componentes mágicos de incierta eficacia, tiene la tetradotoxina extraída del pez globo, que tiene el poder de hacer entrar a la gente en un estado de catalepsia. Entonces, lo sepultan, y a las pocas horas, el bokor acudirá al cementerio y lo desentierran. Durante las horas que pasan en ese estado de catalepsia reducen el metabolismo de tal manera que las células cerebrales, las neuronas, se destruyen y la persona queda prácticamente idiotizada».
Wade Davis hablaba de veinticinco casos —al menos— de personas enterradas y desenterradas que se habían encontrado en calidad de esclavos con el sistema neuronal destrozado y pensando que se hallaban en un mundo de tinieblas. Ese hombre, con un estado mental deterioradísimo, se cree resucitado en plena noche por un hombre con careta: pueden trasladarlo a una plantación, a una hacienda o a cualquier otro lugar, pero ellos creen que permanecen en ese mundo de pesadilla. Hay que tener en cuenta que la creencia en estas posibilidades es absoluta entre la mayoría de los ciudadanos haitianos de orígenes africanos.
Desde la década de 1970 se registran casos de individuos de los que existen actas de defunción y a los que luego se les ha encontrado trabajando en los campos y en las plantaciones. En ocasiones han aparecido muchos años después de que se les diera por muertos; y a veces, porque hayan sido abandonados o hayan conseguido escapar, se les ha visto vagar por los caminos o han sido atropellados en las carreteras.
Revenga explicaba que él había conocido a un hombre al que le aseguraron que un amigo suyo, recientemente fallecido, había sido visto trabajando en una plantación al otro lado de la montaña. «Este hombre cruzó la montaña y fue a ver si aquel del que le hablaban era verdaderamente su amigo». Las palabras de este testigo son estremecedoras: «Lo que vi allí era la puerta del infierno. Los ojos negros, sin expresión, mi amigo trabajando, no me contestaba, no podía hablar… Hasta que apareció el bokor con un látigo, corriendo detrás de mí, y tuve que huir».
Pero Juan José Revenga no necesita testimonios para corroborar la veracidad de la existencia de estos muertos vivientes: «He visto zombis en los caminos: con la mirada perdida, incapaces de hablar, trabajando en las plantaciones, vigilados por un bokor con látigo». Y José Manuel Novoa puede afirmar otro tanto: «Sí, en Haití, en la zona de Artibonite, que es la zona donde los bokor y los hungán son más poderosos, por lo que a magia se refiere, en una ocasión estaba haciendo un documental sobre vudú y tuve la ocasión de ver a dos zombis».
Como en todos los asuntos relacionados con el mundo del misterio y todo aquello que no se admite desde la ortodoxia científica, muchos testigos europeos muestran ciertas reticencias a comentar sus experiencias en público. Aunque no diré nombres, puedo asegurar al lector que algunos compañeros, reporteros y corresponsales de la Cadena SER han admitido en privado que ellos saben que los zombis existen.
Las tradiciones y la ley
Le preguntamos a Juan José Revenga si es cierto que en Haití las gentes entierran a sus muertos en la parcela o en el jardín de su casa y por qué. «Bueno… los entierran donde puedan verlos… Los entierran allí por si viene el brujo o el bokor para llevárselos convertidos en zombis… Así, tal vez podrían salvarlos. Hay muertos a los que se les decapita o se les cosen los oídos o la boca para que no puedan oír al bokor cuando le llama y no puedan ser zombis, muertos en vida».
Eso no es todo. En Haití, en el año 2002, un edicto institucional recomendó que las gentes procuraran enterrar a sus muertos boca abajo y sin ataúd, porque si el muerto se convertía en zombi, siempre intentaría excavar la tierra hacia el frente. Puesto que está boca abajo, excavará hacia las profundidades y no hacia arriba. Así, el bokor nunca podrá poseerlo. Esto ocurre en la actualidad.
El compromiso de las autoridades al respecto no deja lugar a la duda: el artículo 249 del Código Penal de Haití regula el delito de zombificación. Dice textualmente que cualquier persona que intente quitar la voluntad a otra por medio de hechizos será castigada con la prisión. Pero si, intentándolo, llega a causar la muerte, será acusado de homicidio.
Cuando le preguntábamos a Juan José Revenga si había algún antídoto contra estos hombres o algún modo de conseguir que descansen para siempre, el periodista no lo dudó: «La sal».
Al parecer este elemento tan común es utilizado en los rituales diabólicos occidentales contra los demonios, los muertos en vida, los vampiros… «Sí, sólo la sal puede acabar con un zombi. Si un zombi la prueba, corre hacia su tumba inmediatamente y ningún hechicero puede sacarlo de allí».
La dificilísima situación económica y política de Haití, y el fenómeno de la globalización, en todos los sentidos, obliga a detenerse en la posible expansión de estas tradiciones ancestrales. Debemos conocerlas y comprenderlas porque quizá… esos brujos ya estén entre nosotros. Es muy posible que algunos bokor estén abandonando Haití y estén dirigiendo sus miradas a Estados Unidos o Europa. «Eso es una evidencia», asegura Juan José Revenga. «En Estados Unidos están presentes desde hace mucho tiempo. En Nueva Orleans, por ejemplo, hay una cultura vudú incluso más fuerte que la haitiana, y son sectas con mucho dinero».
El poder de estos brujos se extiende. «Yo presencié un ritual vudú en el que un bokor intentaba ayudar a su hermana. Esta mujer, al parecer, tenía problemas con cierto hombre en Estados Unidos. El bokor, en esta ceremonia, lanzó una maldición contra la persona que estaba molestando a su hermana. Esa persona iba a desaparecer de la vida de su hermana y también iba a desaparecer del mundo. Puede parecer un ritual ancestral y algunos pensarán que no tiene ninguna efectividad. Yo hablé con esta mujer algún tiempo después, y me contestó simplemente: “Ya soy feliz”».
Una aventura peligrosa
«Quizá me metí demasiado en su mundo», explica Juan José Revenga. «Estuve viajando por las montañas haitianas en busca de una respuesta y de la realidad. Aquel mundo es completamente diferente: aquellas gentes no han tenido trato con el hombre blanco jamás y, cuando llegas a un pueblo, eres un extraño. Un anciano se me acercó en cierta ocasión, con el pelo blanco, con un sombrero de paja, un bastón lleno de formas ofídicas, y se sentó frente a mí y me dijo: “¿Tú que buscas? Aquí nadie viene por nada”. Yo le dije que estaba buscando la realidad, que quería saber qué había de verdad en aquella historia de los zombis, de los poderes del bokor y de los brujos… “Estoy intentando saber si existen o pueden existir en esta cultura esas figuras de las que todos hablan”. Simplemente me dijo: “Espera. Esta noche vendré a buscarte”.
»Aquella noche estuve en un templo, en un humfó, frente a un brujo. Era un hombre fuerte, con el torso descubierto. Estuvimos hablando de lo que sucedía allí y él me explicó cuál era su trabajo. Le dije que quería ver el “polvo zombi”. Me lo mostró y luego me lo sopló en la cara… Aparecí dos días después en una cabaña, durmiendo. Cuando me desperté, me fui. Abandoné aquel pueblo sin más. No sé qué ocurrió durante aquellos dos días».
Quizá sea mejor no saberlo.