Visitantes de dormitorio
«Una voz, la parálisis del cuerpo y la visión
de una figura que nos observa a los pies de nuestra propia
cama. No es un sueño, son miles de casos reales».
John Mack, catedrático de Psiquiatría de Harvard.
En 1987, dos libros provocan un cataclismo en el panorama literario norteamericano: Communion, A True Story, de Withley Strieber, e Intruders, de Budd Hopkins. En ambas obras se daba luz verde al nacimiento de un nuevo misterio: los visitantes de dormitorio. A partir de ese instante, decenas de miles de personas confesaron sus experiencias en un aluvión sin precedentes, gentes de toda condición y cultura tenían un nexo común: una noche cualquiera, frente a su cama, algo desconocido había cobrado forma…
Los testimonios de M3
«Estaba durmiendo y me desperté. Y vi a mi hija sentada a los pies de la cama, viendo la televisión. Me tranquilicé mucho y seguí durmiendo. Al día siguiente me comunicaron que una sobrina mía se había suicidado. Se había suicidado a la una, a la misma hora que yo me desperté. Al día siguiente, le pregunté a mi hija qué hacía viendo la televisión a aquella hora. Me dijo que ella no había estado allí. Estoy absolutamente convencida de que aquella figura que estaba a los pies de mi cama era mi sobrina». (Alicia, de Jaén).
«Yo estaba durmiendo en mi habitación, con mi mujer, y nuestro niño estaba en la cuna. Tuve la sensación de que algo nos miraba y, entonces, me desperté. No puedo decir que estaba durmiendo porque incluso me senté en la cama: estaba incorporado y desperté a mi mujer, medio adormilada, y le dije: “¿No lo estás viendo? ¿No lo estás viendo?”. Era un niño de unos 10 u 11 años, con el pelo largo, aunque no le llegaba a los hombros… era una melenita rubia y lisa. Llevaba una blusa blanca, como una blusa de otra época, como de piratas… La parte de abajo estaba como difuminada, no se veía bien. Estaba en una esquina de la cuna, y como mirando de lado a mi hijo. Me asusté un poco y le dije: “¿Quién eres? ¿Qué quieres?”. Entonces me miró… como si no me hiciera caso, y se disolvió… No se fue, se giró y… se desintegró. ¡Estaba mirando a mi chiquillo! Me dio miedo que mirara al niño, porque sólo tenía cuatro o cinco meses. Mi hijo no lloró. Ni siquiera se despertó. Aquello me miró como ignorándome, como si yo no fuera nadie…». (José, de Valencia).
«Noté que me tocaban el hombro. No hice mucho caso… Abrí los ojos, los volví a cerrar y seguí durmiendo. Entonces, me agita. Pienso que es mi hermana o mi madre, que sólo desean molestarme o bromear… Después… me hizo daño. Yo, completamente despierto, me giro y veo a una figura, nada parecido a algo que hubiese visto antes… Simplemente, me miró, me sonrió y empezó a moverse, casi bailando, de un lado a otro y, así, en la niebla en que estaba envuelto, se fue desvaneciendo hasta que desapareció. Yo intenté gritar, intenté saltar de la cama, pero no fui capaz: estaba completamente mudo y paralizado». (Esteban, de Cáceres).
«Yo estaba tumbada en la cama, y mi niña estaba en su cuarto. Yo estaba empezando a coger el sueño, y sentí como si gatearan por encima de mí. Pensé que era mi hija. Encendí la luz y no había nada. Incluso miré debajo de la cama, a ver si había bajado… Me asusté cuando comprendí que quien había estado allí no era mi hija». (Emma, de Huelva).
«Estaba tumbada sobre la cama, relajada, antes de dormir, y apareció aquella silueta… Dejé pasar un rato porque yo misma creí que eran imaginaciones… Lo que me sorprendió es que la indumentaria era antigua: era un figura masculina con una capa y un sombrero. Mi parte más consciente dijo: “¡Intenta comunicarte con él!”. Pero me quedé paralizada de terror y no pude articular palabra. Hizo así… como un gesto, y desapareció». (Inés).
«Yo estaba acostada de lado, pero no estaba dormida todavía. Y, entonces, noto que a mi espalda… era como si alguien se sentara en el colchón, a mi altura, pero a mis espaldas. El colchón se hundió, se tensó la sábana con el peso… y yo me eché un poquito para atrás. Pensé que era mi hermana: “Leti, ¿qué quieres?”, le dije. Me giré y en la habitación no había nadie. La puerta estaba cerrada y la habitación, vacía. Y la impresión que tuve no tenía nada que ver con el miedo. Era una sensación de confianza, como si eso me hubiera asegurado que alguien velaba por mí. Se me vino a la cabeza mi abuela, que era una persona que me quería mucho, que me protegía mucho. Falleció hace muchos años. Me dio tranquilidad, no fue algo que me preocupara». (Sonia, de A Corana).
«Vino una cosa… No sé lo que era… muy pesada, que se echaba encima de mí… me asfixiaba. Los primeros días me acariciaba el pelo y el cuerpo… Yo… estaba asustado, y pensaba que tal vez no querría hacerme nada malo… Pero, una noche, aquello se puso violento, me cogió el cuello por detrás, tuve que quitármelo de encima y luchar contra aquello que no veía… hasta que se fue… ¡Fue una cosa… terrorífica!». (Josemi, de Valencia).
«Se apareció mi abuela. Yo estaba sentado en mi sillón, y ella apareció por la puerta, tranquilamente. Yo tenía algunas dificultades y, evidentemente, le pedí ayuda para salir adelante. Y ella me dijo muy tranquila que yo no necesitaba ayuda, que sólo venía a hacerme compañía. Yo no pasé miedo ni me asusté…». (Marc, de Barcelona).
Alguien vela tu sueño
Este tipo de testimonios es más frecuente de lo que creemos, ocurre en todos los lugares, en todos los países y, probablemente, han ocurrido en todos los tiempos. No hay cultura, religión o sociedad que nos diferencie en este punto.
Sin embargo, hasta hace muy poco tiempo, las declaraciones de los testigos eran realmente escasas y las personas que vivían —o sufrían— este tipo de episodios reducían la comunicación al círculo familiar o de los allegados. Es razonable: con la televisión frivolizando y maltratando estos asuntos, es difícil que una persona seria y normal se atreva a desvelar que ha sido protagonista de estos fenómenos. Sólo cuando se trata a las personas con respeto y se les escucha sin prejuicios pueden ofrecer la versión más comprometida de sus vidas. Alguien decía: «Cuando los niños ven a sus amigos imaginarios, decimos que tienen mucha fantasía; cuando los adultos aseguran tener estas visiones, decimos que están locos o enfermos». Efectivamente, parece que por una u otra razón los adultos estamos siempre dispuestos a inventar cualquier excusa con tal de no admitir estas realidades. No sabemos qué son y por qué ocurren, pero no cabe duda de que son realidades. ¿Nacidas de nuestros sueños? ¿Engaños del cerebro? ¿Imaginaciones? ¿Alucinaciones? ¿Visiones?
La mayoría de estas visiones de los visitantes de dormitorio se producen durante la noche, cuando el protagonista está a punto de dormirse o de despertarse. Generalmente se encuentra solo y con frecuencia, una voz que pronuncia el nombre del testigo lo despierta y, entonces, allí está… A partir de los estudios de los especialistas y a partir de las innumerables teorías que se han difundido al respecto, puede establecerse una especie de secuencia paradigmática, un modelo a partir del cual pueden estudiarse los distintos casos particulares.
Los estudios realizados son sobre todo estadounidenses y revelan que estos visitantes de dormitorio son seres antropomorfos que están rodeados de una gran luminosidad; son semitransparentes y en la mayoría de los casos son reconocidos por la persona que vive esta experiencia: puede ser un familiar, un amigo o un conocido fallecido. Normalmente, las personas que tienen estas vivencias ya han experimentado otro tipo de fenómenos, como viajes astrales o premoniciones, y han escuchado voces y sonidos de procedencia no identificable.
Los rasgos comunes de estos sucesos son los siguientes: estos seres o entidades normalmente aparecen cuando una persona está sola en su dormitorio y tumbada en la cama. Son escasos los casos en los que hay alguien más en el dormitorio. (Hay pocos episodios, aunque existen, en que dos personas ven la misma aparición a un tiempo. Si se trata de alucinaciones, son alucinaciones compartidas y, por tanto, muy raras, según afirman los especialistas). En general, la persona es consciente de que está despierta: se intentan incorporar o intentan ver el reloj. Sufren una paralización de algunos miembros de su cuerpo y notan cómo algo o alguien se coloca muy cerca o encima, y a veces oyen una respiración al oído. Normalmente no se reciben mensajes de ningún tipo ni se oyen voces o sonidos de ninguna clase. Esos seres están ahí, miran, observan, pero en general no hablan. El último paso consiste en la negación: los testigos no quieren asumir lo que han visto, no quieren revivirlo ni recordarlo; suele ser una experiencia traumática que, al cabo de los meses, necesitan comunicar a los demás, porque el suceso ha marcado sus vidas. Y las marca hasta el punto de que, en ocasiones, cambian radicalmente su modo de existencia.
Antes de seguir adelante, no queremos dejar pasar la ocasión para apuntar un rasgo que parece común a todo este tipo de apariciones, encuentros y visiones. A lo largo de muchos años y muchas investigaciones hemos constatado que, en estos episodios, hay varios factores que se repiten. Uno de ellos es la aparente paralización del tiempo. Cuando el encuentro es cercano parece que todo se duerme alrededor: no pasan coches por la carretera, la naturaleza parece detenerse, no hay sonidos, y esas entidades parecen ignorar a las personas que los ven. Da la sensación de que los testigos se encuentran repentinamente en una burbuja espacio-temporal que, por casualidad o por otra razón, se ha emplazado en unas coordenadas muy concretas, en un punto exacto, a una hora y en un lugar preciso y, entonces, acceden a una dimensión distinta. Por eso, tal vez, esas figuras aparecen difuminadas y se comportan como si no vieran a los testigos. No están en este plano de la realidad, sean lo que fueren.
Otra de las características de estas visitas de alcoba es la «personalidad» de los seres. A veces son familiares. Pero, curiosamente, en un altísimo porcentaje son los abuelos los que se aparecen a sus nietos. Y respecto a ese salto generacional, son las abuelas las que con más frecuencia visitan a su descendencia. (¿Son los manes latinos? Los romanos solían afirmar que sus antepasados o los espíritus de sus antepasados vivían con ellos, que vigilaban sus actos y, con frecuencia, los aconsejaban y cuidaban de ellos y su familia. En aquel tiempo, como hoy, aparecen como figuras protectoras). En ocasiones, este tipo de conexión intergeneracional es tan estrecho que los protagonistas se despiertan y ven la imagen de sus familiares en el preciso momento en que fallecen. Muchas veces, esos seres aparecen junto a la puerta. Esto es importante, porque algunos expertos piensan que se trata de mensajes subliminales de nuestro cerebro, cuyas capacidades e intuiciones apenas conocemos. Y ver a alguien que en ese preciso momento está muriendo y verlo en el quicio de la puerta puede considerarse un mensaje de esa entidad. Esta relación no es nueva: los egipcios solían utilizar la idea de la «puerta» para señalar el paso hacia otros mundos. Los psiquiatras suelen proponer una explicación más prosaica: argumentan que el testigo puede saber que su familiar está enfermo o a punto de morir y, por tanto, que ese despertar es casual y que la visión se debe a impresiones o sugerencias de su ánimo. Sin embargo, las muertes repentinas y las apariciones consiguientes —que también se producen— quedarían fuera de este sistema. Este tipo de sucesos premonitorios o avisos de muerte se producen con bastante frecuencia.
Las tres de la madrugada
Casi no es necesario advertir que estamos pisando en terrenos muy resbaladizos, e incluso para los científicos, estas visiones o apariciones constituyen todo un misterio. Y, por supuesto, hay que desestimar que los testigos estén bajo los efectos de drogas u otras sustancias.
Aunque a veces se hallan en situaciones de estrés, con dificultades económicas, sociales o laborales (véase Marc, en los testimonios arriba apuntados), la mayoría admite haber dormido bien y no tener especiales problemas de ningún tipo. Muchos de ellos, incluso, no tienen creencias arraigadas en este sentido o en otros, pero viven estos hechos.
Aunque lo más frecuente son apariciones de personas fallecidas y conocidas, no siempre es así. A veces son individuos desconocidos, vestidos de un modo anticuado, con indumentarias negras, con capa y sombrero; en otras ocasiones son seres luminiscentes, brillantes; en ciertos casos se han presentado de un modo invisible, apoyando su ser inmaterial sobre la cama o colocando su etérea cabeza en la almohada, o golpeando, arañando o acariciando a los habitantes de la casa. Algunos testigos suelen ser recurrentes en la imagen difuminada, quizá sólo de medio cuerpo. A veces son sólo manos negras que acechan a las niñas dormidas. Sólo en muy raras ocasiones —según nuestros registros— son animales, aunque algunos veterinarios aseguran que sus clientes suelen recibir visitas de sus animales muertos.
La galería de terrores es numerosa y muy variada. En el registro de Milenio 3 pueden destacarse los siguientes: hombre vestido de negro que sonríe con maldad, figuras familiares que han muerto o están a punto de morir, presiones y curaciones, caricias en los pies, mujer con vestido blanco, uno o varios seres de luz, alguien que se sienta en la cama y se acuesta al lado, mujer que se despide, opresión del pecho, manos que tocan la espalda, respiraciones, niños, difuntos, ángeles que vienen a buscar a la gente que va a fallecer, niños que juegan —¡o pelean!— con esos seres, sombras paralizantes, arañazos, etcétera.
Cuando se trata de verdaderos terrores nocturnos, una cara desconocida se acerca a gran velocidad hacia nosotros, rápidamente. Es un cúmulo difícilmente soportable: una voz y un rostro difuminado que se acerca violentamente… Terrorífico, especialmente si uno se encuentra solo en su casa.
Más común es la paralización del cuerpo. Los testigos aseguran que, cuando por fin logran moverse, parece que lo hacen en cámara lenta. «Parecía que vivía en cámara lenta», dicen. También es muy curiosa la recurrencia en torno a los relojes: las personas que han tenido estas experiencias suelen fijarse en los relojes que tienen en las mesillas y en la habitación, y ven que los minutos van pasando y ellos no pueden hacer nada. Tienen a alguien que les observa, ahí, enfrente, y se encuentran como paralizados. Algunos especialistas relacionan estas parálisis y estas visiones con viajes astrales. En ocasiones se ha llegado a afirmar que esos seres son personas que están realizando viajes astrales y que se presentan en habitaciones desconocidas, o conocidas. Se trataría de una especie de bilocación: estar en dos lugares a un tiempo. A la vista de los testimonios, en buena parte al menos, no parece que sean visiones de este tipo.
Respecto a la hora o el momento en que suelen producirse estas apariciones, en términos generales ocurren en torno a las tres de la mañana, o ampliando el espectro, entre las dos y las cinco de la madrugada. ¿Durante cuánto tiempo? Es difícil precisar este extremo.
Probablemente se trata de una burbuja temporal en la que la realidad y los sucesos que se están viviendo sean procesos distintos. Lo que pueden ser segundos en el mundo real tal vez se conviertan en minutos u horas si se está en contacto con ese otro plano. A ciencia cierta, nada sabemos.
Y por lo que respecta a las consecuencias, como se ha advertido, suelen producirse dos efectos principales: la negación, la ocultación —generalmente por razones sociales— o la comunicación en círculos íntimos. Generalmente, los testigos admiten que no pueden sobrellevar esa experiencia solos y que se ven obligados a comunicarlo. Un segundo efecto es el cambio en su percepción de la vida. Aunque esos visitantes no siempre hablan o sugieren actuar de un modo u otro, en ocasiones comunican algo que los protagonistas deben callar para siempre. Entonces suele producirse un cambio radical en sus vidas y, generalmente, para bien.
Brevísima historia de los aparecidos
«Un ángel del Señor se le apareció a José en sueños, y le dijo: “Levántate…”». Mt 2, 13.
Todos los pueblos y todas las civilizaciones, en todo tiempo y lugar, han conocido a estos visitantes. Y han interpretado su presencia conforme a su religión (ángeles, demonios, manes, íncubos o súcubos, espíritus e incluso extraterrestres) y de acuerdo con sus temores o sus deseos.
Sócrates (470-399 a.C.) ya hablaba de estos seres. Decía que desde su niñez le acompañaba «por disposición del Cielo, un ser casi divino cuya voz me aconseja algunas veces hacer algunas cosas, pero que nunca me insta a realizar algo».
Literatos, pensadores, filósofos, políticos y militares han sufrido estos terrores nocturnos y a todos les ha cambiado la vida. A poco que se indague en la Historia, se encontrarán numerosos casos. Por ejemplo, el que protagonizó Dante Alighieri (1265-1321), autor de la inmortal Divina comedia. Dante dedicó buena parte de su vida a componer este imponente poema místico pero, celoso de su trabajo, guardó secretamente los últimos trece cantos del «Paraíso» (la primera parte es el «Infierno» y la segunda, el «Purgatorio»), quizá con el fin de revisarlos más adelante. Pero la muerte le sorprendió en ese punto y la familia y los sabios de su tiempo no fueron capaces de encontrar aquella parte final del poema que tanto ansiaban… Jesús Callejo, escritor y divulgador de estos misterios literarios, lo explica así: «Nadie encontraba esos cantos, pero se sabía que los había escrito, porque era una persona bastante metódica y sistemática en sus costumbres. No se encontraban por ninguna parte, aunque buscaron y rebuscaron en su casa y en los lugares que frecuentaba. ¿Cómo se dio con esos cantos perdidos? Tuvo que aparecer su fantasma ocho meses después de fallecido, y se apareció a su hijo menor, a Jacopo, para revelarle el lugar exacto donde están escondidos los manuscritos. No deja de ser sorprendente que sea un coetáneo, Boccaccio, el que narre este episodio, en la primera biografía de Dante Alighieri, y él cuenta con pelos y señales cómo ocho meses después de su fallecimiento se le aparece una figura resplandeciente y luminosa a su hijo menor…».
Durante la Edad Media, cuando la religión cristiana ejercía gran influencia en las gentes, estas visiones se atribuían a ángeles o demonios. En la versión más terrorífica, los íncubos eran demonios transfigurados en figura humana que asaltaban las habitaciones de las damas para tener tratos carnales con ellas. Los súcubos son la forma femenina de esos espíritus o demonios.
Más adelante, durante la Contrarreforma, la presión eclesiástica era enorme, de modo que aquellas personas que tenían este tipo de visiones debían vincularlas a lo demoníaco con frecuencia. Muchas monjas y numerosos monjes sufrieron casos típicos de la fenomenología diabólica. Durante la construcción del monasterio de San Lorenzo de El Escorial, se hablaba de un perro negro o de un niño embozado en ropajes negros que aparecía tras una muerte o tras una reyerta (cfr. Iker Jiménez: Camposanto. Suma, Madrid, 2005). Esto atormentó al propio Felipe II, y así lo revela Juan Ginés de Sepúlveda: en su agonía, Felipe II estaba convencido de que aquel ser vagaba por el monasterio durante la noche. Todo aquello produjo un verdadero estado de pánico en la corte escurialense.
En siglos posteriores, durante la Ilustración y el Romanticismo, la influencia eclesiástica disminuyó y estos episodios comenzaron a atribuirse a espíritus que amenazaban las vidas de los hombres y llegaban desde «el otro lado». Los avances científicos del siglo XIX y del siglo XX y la preponderancia del racionalismo provocaron una regresión a la hora de comunicar estas experiencias, pero ello no significa que no existieran. Por ejemplo, Carl Jung, discípulo de Sigmund Freud, estudió las visiones y los terrores nocturnos, y los interpretó de acuerdo con la psicología de su tiempo. En su opinión, el hombre sustituía a los antiguos dioses (o ángeles o demonios) por esos seres espirituales y vaporosos.
Aunque los casos de apariciones animales no son los más frecuentes, cabe recordar aquí los sucesos que le acontecieron al padre Pío de Pietrelcina (1887-1968): al parecer, sufría con frecuencia los ataques de un perro negro que entraba por la ventana durante la noche. Sus cofrades escuchaban en la celda del padre Pío grandes gritos, y aullidos, y ruidos. Al día siguiente, el monje aparecía con moratones, arañazos e incluso mordeduras que se atribuían al perro o los perros negros que entraban en su celda durante las horas de sueño.
Las visiones de los religiosos no son siempre beatíficas. Algunas monjas se vieron atacadas en sus celdas, como María Luisa Zancajo de la Mata (en pleno siglo XX): en su convento de Albacete vivían con ella más religiosas y muchas aseguraban haber visto cómo una mano invisible la arrastraba del pelo y la zarandaba por la celda. Hubo muchos testigos de aquellos sucesos. Además, veían cómo ese pelo estaba estirado hacia atrás, como si una mano invisible lo estuviera sujetando.
Y, a mediados del siglo XX, los terrores de los hombres llegaron a convertir a esos visitantes en extraterrestres. Era el tiempo de la ciencia y la tecnología: no podían ser demonios ni espíritus, sino seres procedentes de otros mundos. Las numerosas encuestas al respecto hablaban de figuras pequeñas a los pies de la cama…
En definitiva, la reinterpretación de los hechos se adapta a la cultura y la mentalidad de cada época.
El escritor, el psiquiatra y el criminal
A lo largo de las próximas páginas van a desfilar dos personajes importantes cuyas experiencias pueden ser ciertamente reveladoras. Los dos tuvieron experiencias de este tipo y sus vidas cambiaron para siempre.
Withley Strieber nació en 1945, en San Antonio (Texas). Estudió artes en la universidad de su localidad natal y posteriormente ingresó en la Escuela de Cine de Londres. En la década de 1980 se convirtió en un afamado escritor de novelas de ciencia ficción y de terror. Entre sus títulos más conocidos se encuentran El ansia, El despertar de los lobos, Sacrilegio o Pesadilla. Gracias a sus escritos sobre una serie de vivencias personales (Communion) también se convirtió en «el abducido más culto y famoso del mundo». Como se sabe, los abducidos dicen haber sido secuestrados por entidades extraterrestres.
El 25 de diciembre de 1985, Strieber se hallaba en una cabaña del norte de Nueva York, en compañía de su mujer, de su hijo y de un matrimonio amigo. Tras pasar una agradable velada navideña, se retiraron a sus habitaciones y fue entonces cuando el escritor escuchó un extraño ruido en el salón. Se levantó para ver qué ocurría en el piso inferior y observó que la puerta de su dormitorio empezaba a abrirse. Vio a un ser pequeño, de ojos rasgados, de cara ovalada y boca recta que se acercaba hasta su cama.
Se asustó tanto que en días posteriores hizo colocar en su cabaña un gran sistema de alarmas, tenía una escopeta siempre a mano y revisaba los muebles y su cama antes de acostarse cada noche. Estas experiencias se narran en Communion. A True Story, que se publicó en 1987 y vendió más de diez millones de ejemplares y fue traducido a casi todos los idiomas del mundo. Según el New York Times alcanzó el primer puesto entre los best seller en pocos días. En esta obra se hablaba por primera vez de los visitantes de dormitorio.
Tras el éxito, más de ocho mil personas le escribieron contándole su caso. Semejante avalancha de testimonios le llevó a crear la Fundación Communion, que se encargaría de recoger testimonios, investigarlos y aconsejar a los testigos para saber cómo enfrentarse a este tipo de episodios nocturnos. Esta institución no tuvo mucho éxito y hubo mucha polémica en torno a ella. Poco tiempo después de su creación, se disolvió.
John Mack fue una de las primeras personas que habló abiertamente de estos sucesos nocturnos, trató de investigarlos y se esforzó en ayudar a las personas que verdaderamente sufrían con este tipo de presencias. En el prólogo de Vida secreta (Secret Life), de David Jacobs, John Mack aseguraba que este fenómeno es absolutamente real, que no se trata de sueños, de ensoñaciones, de visiones o alucinaciones producidas por nuestro propio cerebro. En su opinión, estas realidades nocturnas son indisimulables y hay que considerarlas en su forma palpable, y no como desviaciones o errores de la imaginación.
John Mack nació en Nueva York, en 1929. Se licenció en Medicina y en Psiquiatría en la Universidad de Harvard. Trabajó en el hospital Cambridge y fundó el Centro de Psicología y Cambio Social. En 1977 recibió el Premio Pulitzer por su obra A Prince of Our Disorder: The Life of T. E. Lawrence, pero sobre todo fue conocido por publicar en 1994 un libro que en muy poco tiempo se convirtió en un best seller: Abduction (traducido al español como Contactos). Se trata de un estudio sobre las abducciones o secuestros realizados por supuestos entes extraterrestres. (En este sentido, Mack seguía la teoría difundida en la década de 1980 según la cual estas visiones se corresponden con algo procedente del exterior, no de nuestro cerebro, de nuestra imaginación o de otros planos de la realidad, ni de nuestro espacio trascendente, espiritual o mágico).
El interés de John Mack por este tipo concreto de visiones nocturnas comenzó en la década de los setenta, cuando conoció las técnicas terapéuticas de Werner Herhard, que inducía a sus pacientes estados de conciencia semejantes al misticismo. Mack estudió todas estas técnicas de sugestión y llegó a formar parte del consejo consultivo de la entidad dirigida por Herhard. Pero en 1990 se vería atrapado por otro tema que incluso le obligaría a abandonar la medicina: los ovnis y los relatos de personas que aseguraban haber tenido algún contacto con seres extraterrestres en sus habitaciones. En esa época conoció a Budd Hopkins, autor del famoso Intruders (Intrusos), a quien acompañó en muchas sesiones hipnóticas realizadas sobre supuestos abducidos y también sobre personas que habían tenido experiencias VdD (visitantes de dormitorio). Al cabo de unos meses, Mack decidió experimentar él mismo con la llamada terapia regresiva para despertar recuerdos del «tiempo perdido», de la infancia o de otros momentos en los que pudiera haber tenido este tipo de visitas.
John Mack se quedó perplejo ante la cantidad de testimonios que avalaban un hecho real y se asoció a MUFON (Mutual UFO Network), una asociación proovni americana, y pronto se convirtió en uno de sus directivos.
En 1993 fundó el Programa de Investigación de Experiencias Extraordinarias, un grupo de autoayuda para personas que habían tenido este tipo de experiencias, para apoyar a los individuos que hubieran sufrido episodios traumáticos.
John Mack murió atropellado en septiembre de 2004. Aquel desgraciado accidente dio mucho que hablar en los círculos «conspiranoicos». En aquel momento, el profesor iba a dictar una conferencia en la que pondría sobre la mesa sus últimos avances en este campo.
María Vallejo-Nágera, autora de Un mensajero en la noche, narra una historia impresionante y que también fue objeto de gran atención mediática en su momento.
El protagonista de esta historia era un criminal, un asesino convicto y muy peligroso llamado Albert Wensbourgh. Se encontraba en la cárcel cuando le ocurrió… lo que a tantas otras personas: se despierta porque alguien pronuncia su nombre y ve a un ser que cambia su espíritu y su percepción de la existencia. «Me dijo que era un ser lleno de luz», explica María Vallejo-Nágera, que tuvo la oportunidad de entrevistarlo. «Me dijo que tenía apariencia humana, que llevaba un vestido largo y blanco, del que emanaba muchísima luz. Yo le pregunté por las “alas”, por las famosas alas que todos creemos que tienen los ángeles. No era una pregunta gratuita: yo había investigado los acontecimientos de Fátima y quería saber si existía alguna relación entre este tipo de apariciones; y los tres niños de Fátima, Jacinta, Francisco y Lucía, decían que el ángel que ellos vieron sí tenía alas. Este preso me dijo que el ser que se presentó en su celda no tenía alas, que tenía un haz de luz tremendo en las espaldas y eso podía ser, a los ojos de un niño, alas».
María Vallejo-Nágera no tiene dudas al respecto: «En el caso de Albert Wensbourgh, era un ángel clarísimamente». Es necesario apuntar, en todo caso, que las creencias personales de Vallejo-Nágera, profundamente católica, impregnan su investigación y, quizá por esa razón, cree que no puede ser otra cosa más que un ángel. En todo caso, era un ser luminoso cuya aparición también resulta muy recurrente, sobre todo dentro de la mística. En esos casos, las apariciones eran angélicas o celestiales… o todo lo contrario.
Después de aquel encuentro nocturno, el criminal Albert Wensbourgh cambió por completo: «Era un preso muy inteligente, muy peligroso y muy violento», añade Vallejo-Nágera. «Era un cóctel molotov dentro de la cárcel. Después de vivir esta experiencia, cambió tan radicalmente que cumplió su condena y después quiso dedicar su vida a Dios y a los pobres en el interior de un convento benedictino. No fue sacerdote, sino monje. Obviamente, algo le tuvo que pasar… y algo bueno, en todo caso, porque dejó de delinquir, y de asesinar, y de hacer barbaridades, para dedicarse a hacer el bien a los demás. Por eso yo estoy convencida de que este hombre vio un ángel. Fue lo que él me describió hasta la saciedad».
¿Quieres jugar conmigo?
A veces los niños ven cosas que los adultos no pueden ver.
El «amigo invisible» es una entidad con la que los pequeños parecen comunicarse con fluidez, juegan con ellos, hablan con ellos, discuten con ellos y les cuentan sus secretos. Todos conocemos a niños que tienen estos extraños amigos.
¿Son sólo ensoñaciones y fabulaciones de esos pequeños que poseen una imaginación desbordada? ¿O es que tienen otro tipo de percepciones y ven cosas que nosotros ya no podemos ver? José Luis López Ibor, psiquiatra y una autoridad incuestionable en estos asuntos, no tiene dudas al respecto: «Es imaginación. Lo necesitan. En el fondo, es una llamada de atención y, por otro lado, están buscando su sitio en el mundo. Para dialogar con otras personas, les resulta más fácil inventarse un personaje que dialogar con los adultos, porque a veces los seres que estamos alrededor de los niños somos incomprensibles para ellos. Así entran en juego los amigos invisibles y van dotando a los amigos invisibles o a otros objetos de características propias de los seres que viven. Un niño juega con un objeto o con un muñeco y le confiere vida. Eso es muy frecuente en los niños, hasta que se va desarrollando y va madurando su personalidad; entonces, ya no necesita de esos apoyos».
No hay que tener miedo ni temor a estos amigos invisibles, porque es muy común, muy habitual. Sin embargo, en ocasiones, tratamos de quitar de la cabeza a los niños la posibilidad de esa entidad. «Hoy estamos en un mundo científico y no podemos creer en eso», nos decimos. ¿Pero a esos seres les importa lo que podamos creer o no?
Los etruscos creían que los niños veían cosas y que había una parte de su cerebro más desarrollada y también más pura. Por eso no dudaban de que los niños veían… algo. Al cabo de algunos años, los pequeños perdían esas capacidades y los adultos ni siquiera eran capaces de recordar que habían pasado por esa experiencia.
Y, en efecto, es casi imposible recordar lo que se veía a los 3 o 4 años. El cerebro del niño crece y va olvidando esas visiones. ¿Fueron reales? ¿Es un asunto que se puede mantener en el ámbito de la pura ensoñación o la pura imaginación?
En su habitación o en cualquier rincón de la casa, el niño —especialmente entre los 3 y los 5 años— juega o habla con alguien y le enseña sus juguetes y le cuenta cosas de la escuela o de la familia, se ríe o mantiene durante largos ratos la mirada fija en un lugar concreto de la estancia. Su comportamiento es tan natural y se expresa de una forma tan auténtica que todo el que le rodea tiene la impresión de que verdaderamente hay alguien allí, junto al niño, y al que no pueden ver.
Son innumerables los casos de padres que acuden a consultar a psicólogos y psiquiatras infantiles por esta razón y muchos de ellos dan una explicación atendiendo a la mente de los niños: una mente con acceso a planos de existencia desconocidos u olvidados por los adultos. Los consejos que dan los psicólogos es que debe hablarse con los niños e interesarse por esos amigos, de modo que así se pueda analizar y verificar la lógica de su historia y la realidad, para poder distinguir si se trata de fenómenos paranormales o de una simple invención y fantasía infantil.
En general, esas amistades imaginarias de los niños parecen ser muy importantes para su desarrollo, como señalaba el doctor López Ibor: le ayudan a configurar su mundo y a encontrar un espacio de aprendizaje frente al universo de los adultos, incomprensible para ellos. En ocasiones, esos amigos representan la superación de angustias personales y, por esa razón, conviene que los padres estén atentos. Y luego… los niños lo olvidan por completo. Quizá ese efecto de «borrado» de nuestro cerebro debería tenerse en cuenta. Y nunca sabremos si son reales o no.
A estas alturas, todos los lectores estarán pensando o canturreando una antigua oración infantil que habla de ángeles que velan el sueño de los niños. Es el mítico Ángel de la Guarda. Y de nuevo, las preguntas se acumulan: ¿hay un ángel que protege a los niños? ¿Es ese ángel su amigo invisible?
La ciencia envuelta en dudas
Médicos y psiquiatras han penetrado en este mundo desde su perspectiva de hombres y mujeres de ciencia. En general, los psiquiatras vinculan las apariciones nocturnas a estados relacionados con el sueño. José Luis López Ibor nos recordaba que «a veces se ha concedido a los sueños un contenido especial o se ha dicho que pertenecen al subconsciente, pero hoy las cosas no están tan claras. Es decir, todo el mundo sueña y todo el mundo tiene una cantidad de sueños extraordinariamente ricos. Si esos sueños que recordamos pueden condicionar nuestra vida diaria… eso es otro tema. Se sueña sólo durante unas determinadas fases del sueño, en las fases REM, que sabemos que existen porque los ojos se mueven de una manera determinada y especial. Si nos despertamos en la fase REM, normalmente nos acordamos del sueño; si no nos despertamos en esa fase, generalmente no nos acordamos de los sueños. Los sueños unas veces son de carácter angustioso y otras, no. Generalmente, los sueños no se repiten con una frecuencia tan importante como para condicionar al individuo; en algunos casos ocurre, y es angustioso, pero eso está más ligado a angustias vitales o a la vida común».
No seamos ingenuos: las apariciones y visiones que estamos tratando no son sólo sueños lúcidos o sueños vívidos, como se llaman hoy. Esas experiencias dejan una impronta y generan sensaciones en el testigo que no olvidan jamás.
Tratando de encontrar una explicación científica y coherente que permita racionalizar estos episodios, acudimos a un buen racimo de psiquiatras. Su conclusión sería ésta: «Cuando uno está durmiéndose, se produce lo que podría llamarse una desconexión paulatina de nuestro cerebro y de nuestra consciencia con la realidad. Y al despertar, existe el mismo proceso, pero al contrario. Es decir, vuelve a establecerse esa especie de conexión. En un momento dado, al empezar a entrar en las primeras fases del sueño, cuando todos los sentidos no están perfecta y armoniosamente desconectados con la realidad, pueden provocarse una serie de alucinaciones que se llaman hipnagógicas y, por el contrario, al despertar, se producen las alucinaciones hipnopómpicas. Todos estos hechos se describen perfectamente a lo largo de la Historia y en la literatura. Muchas veces se les ha atribuido relaciones con fenómenos religiosos, pero forman parte de la fisiología del sueño. En segundo lugar, uno de los temores durante el sueño, dado que nos encontramos con nuestras defensas, con nuestra consciencia, en niveles muy bajos de operatividad, consiste en que otra persona se aproxime al lugar en que nos encontramos refugiados, dentro de nuestro propio sueño. Esto ocurre también en los animales, cuando están durmiendo, en ese estado onírico. Además, muchas personas, en el momento de despertar, cuando suceden las alucinaciones hipnopómpicas, sufren también de una verdadera parálisis, pero se trata de procesos fisiológicos bien conocidos».
Así pues, desde esta perspectiva, no se trata más que de procesos relacionados con el sueño. Pero… entonces, ¿todos los casos que se han descrito aquí, y todos los que se han registrado en distintos lugares del mundo y a lo largo de toda la Historia, pueden explicarse así? «No, sigue habiendo muchos fenómenos que son inexplicables», asegura el doctor López Ibor. «Tratar de explicarlos por un afán de notoriedad o por un afán de conocimiento científico no es honesto. Siempre hay en la vida cosas inexplicables, inexplicables para los actuales conocimientos científicos, sin lugar a dudas».