Civilizaciones perdidas y civilizaciones imaginadas: la cueva de los Tayos

«Y el capitán le pidió el oro a él y a todos sus indios.

El cacique le dijo que no tenía sino poco,

pero lo que tenía, él se lo daría».

P. B. de LAS CASAS, carta anónima en la Brevísima relación…

El día 20 de julio de 1969, el comandante Neil Armstrong descendió del módulo del Apolo XI y puso un pie en el desértico paisaje de la Luna.

«That’s one small step for a man, one giant leap for mankind».

Esta frase, evidentemente preparada desde mucho tiempo atrás y colofón de un esfuerzo supremo de Estados Unidos por ganar la carrera espacial a la extinta Unión Soviética, se tradujo en España así: «Éste es un pequeño paso para el [un] hombre, pero un gran salto para la Humanidad».

Neil Armstrong hablaba de un viaje hacia lo desconocido, y efectivamente lo era. Sin embargo, él hizo otro viaje mucho menos conocido a las profundas selvas de Ecuador. Buscaba la enigmática cueva de los Tayos.

¿Qué buscaba allí?

Junto a un nutrido grupo de especialistas, Armstrong descendió en 1976 a las grutas y pasadizos para encontrar un ancestral legado de dioses desconocidos: la Biblioteca de Oro.

¿Qué significa esta historia? ¿Tiene esto algún sentido? ¿Es cierto que el astronauta más famoso del mundo sucumbió a una leyenda y a una invención? ¿O no se trata de una simple leyenda?

El ingenioso fabulador

En 1972, Erich von Daniken (1935) publicó un libro titulado El oro de los dioses. Los extraterrestres entre nosotros. Al igual que otros anteriores, esta obra alcanzó una gran repercusión, se tradujo a distintas lenguas y tuvo un enorme éxito de ventas. En ese volumen se puede leer el siguiente texto: «Se trata, en mi opinión, de la historia más increíble, la más inverosímil del siglo. Me parecería una historia de ciencia ficción si no lo hubiese visto y fotografiado yo mismo. Lo que he visto no es sueño ni fantasía: es realidad. Bajo el continente sudamericano existe un gigantesco sistema de túneles, hondamente enclavado, de varios miles kilómetros de extensión. ¿Quién lo construyó? ¿Y cuándo? He ahí la incógnita. En Perú y Ecuador se consiguió recorrer cientos de kilómetros de esos túneles, pero esto no es más que el comienzo. El mundo lo ignora todo sobre ellos».

A pesar de los errores, rectificaciones, simulaciones e imaginaciones de que hizo gala Daniken a lo largo de su vida, su obra tiene un mérito innegable: poner sobre la mesa misterios e historias de las que no se hablaba o que parecían escondidas. Otra cuestión muy diferente son sus hipótesis y, desde luego, sus «peculiares» métodos de trabajo.

El explorador suizo se refería a un magnífico entramado de túneles subterráneos, galerías y pasadizos que escondían una fabulosa y mítica Biblioteca de Oro que contendría, en principio, la Historia de la Humanidad, la verdadera Historia de la Humanidad.

Javier Sierra explica cómo se gestó esta historia, al menos desde el punto de vista literario: «El editor de Erich von Daniken le estaba presionando para que escribiera un tercer libro, no menos espectacular que los dos anteriores». Al parecer, el afamado autor estaba investigando una serie de pistas arqueológicas que apuntaban a una supuesta civilización perdida en Ecuador. Los restos y las pruebas de esta civilización olvidada se podrían encontrar en unos túneles cerca de los Tayos, en una zona ocupada por una de las etnias indígenas del Ecuador: los shuaras. «Von Daniken escribió, precipitadamente en mi opinión, ese libro donde afirmaba que gracias a un abogado llamado Janos Moricz, él había entrado en esas cuevas y había tenido ocasión de ver una serie de tablas de oro que pertenecían a una antigua biblioteca de esta civilización perdida».

Las tablas al parecer existían, aunque Daniken nunca las vio en esas cuevas, sino en el pequeño museo de un sacerdote salesiano llamado Cario Crespi, que vivía en Cuenca (Ecuador). En fin, Daniken nunca entró en las cuevas de los Tayos. El tema terminó descubriéndose y, a partir de entonces, la sombra del escándalo no dejó de acompañar a esa historia que sirvió, entre otras cosas, para desacreditar por completo la existencia de esa biblioteca extraña y para ratificar muchas de las opiniones que se tenían respecto a Erich von Daniken.

Alex Chionetti, profundo conocedor del asunto, que en 2005 preparaba una exploración a la cueva de los Tayos, corroboraba la versión de Sierra: «Daniken me confirmó que, en realidad, había embellecido la historia, que le dio un tinte romántico y que nunca había estado en el lugar; que nunca descendió con Janos o Juan Moricz a la cueva de los Tayos ni vio ningún tesoro, sino que utilizó las fotos que hizo en el famoso museo del padre Crespi, en Cuenca».

De modo que, como afirma Chionetti, «la historia de los Tayos, lamentablemente, empezó con el pie izquierdo». A este fraude arqueológico se sumaron las muchas leyendas del lugar y las distorsiones de los personajes que intervinieron posteriormente en la historia. «No tenemos una historia verídica», asegura Chionetti, «porque, en realidad, nadie ha investigado con profundidad el tema. Después de treinta años y después de dos expediciones, la de 1968 y la de 1976, aún no se sabe nada a ciencia cierta».

Más falsificaciones

Efectivamente, hubo dos expediciones a la cueva de los Tayos, en 1968 y 1976. Pero la historia de un fabuloso tesoro o los restos de una civilización perdida se remontan a un personaje llamado Cario Crespi. ¿Quién era este hombre?

El padre Crespi, salesiano, es un personaje importante en la ciudad ecuatoriana de Cuenca, pero al tiempo es un personaje del que casi no se conserva memoria histórica. Se sabe que estaba muy interesado por la cultura, la lingüística y la mitografía antigua mediterránea.

El caso es que, misteriosamente, el enigmático padre Crespi va acumulando tablillas de oro —algunas de ellas verdaderamente espectaculares— que, en teoría, pertenecerían a una civilización perdida u oculta en las grutas ecuatorianas. «Él decía que los indios se las traían de la selva y que algunas de las placas y algunas piezas de la colección, que es realmente monumental, venían de la zona de la cueva de los Tayos».

La concentración de planchas de oro y restos arqueológicos en la zona de los Tayos no parece una invención, puesto que otros investigadores han centrado sus esfuerzos en ese territorio. Pero los especialistas no creen que el tesoro, si lo hay, se encuentre allí, sino en una de las cuevas circundantes. ¡Y hay más de ciento cincuenta grutas!

Crespi consiguió reunir un grupo de piezas llamadas la Biblioteca de Oro. Son las piezas que Von Daniken fotografió y publicó en su libro. A veces se cree que esas fotografías se hicieron en la cueva o que Daniken consiguió acceder a ella. Como hemos visto, eso no ocurrió.

Pero los problemas no concluyen aquí. «La mayoría de las láminas de Crespi son falsificaciones», explica Chionetti. «Yo creo que el padre Crespi entregaba a los indios los dibujos y éstos los copiaban. Muchos de los temas son temas mediterráneos y ello conjuga bien con la formación académica del propio padre Crespi».

La acumulación de farsas y falsificaciones parece hundir definitivamente este misterio y relegarlo a uno de los numerosísimos episodios en los que el afán de notoriedad y una publicidad aparatosa anegan intereses más nobles. Sin embargo, la persistencia de la leyenda y el incomprensible hecho de que alguien decida falsificar ¡en oro! obligan a un análisis más detallado del caso.

«Hasta hace poco tiempo, las tablas estaban en Cuenca, Ecuador, en la colección de ese sacerdote», explica Javier Sierra. «Algunas resultaron ser de latón. Las tablas de oro que se fotografiaron y que aparecen en el libro de Daniken, que yo sepa, hoy están en paradero desconocido. No se sabe quién las tiene. No se sabe si se vendieron a algún coleccionista o simplemente se fundieron en alguna de las múltiples crisis económicas que ha sufrido ese país. Pero las tablas existieron».

Algunas de las supuestas tablas de oro —muchas de más de medio metro— que revelaban la Historia de la Humanidad son claramente falsificaciones, claramente fraudulentas. Algunas reflejan elementos impropios de las culturas mesoamericanas, animales que no pertenecen a la fauna local, representaciones geométricas impropias de esas latitudes, pirámides egipcias… Todo es muy naif, demasiado naif, ingenuo, con un aire infantil desconcertante y, al tiempo, sospechoso. Sin embargo, otras láminas parecen verosímiles.

Nacho Ares, director de la revista De Arqueología, opina que esos dibujos «son tan ingenuos e infantiles que no recuerdan nada americano. Se salen del denominador común del arte precolombino. Cualquier persona con un mínimo de cultura arqueológica puede descubrir en las piezas mayas, aztecas, mochicas, etcétera, lo americano precolombino y en estas piezas del padre Crespi es difícil encontrarlo».

Sin embargo, se aprecian en las tablas alfabetos curiosos y, desde luego, falsificar en oro… es raro. «Falsificar en oro es raro», admite Juanjo Revenga, «pero con todas estas cosas siempre existe la posibilidad del engaño y aún más en países donde el lucro económico es un motivo esencial. Allí se puede matar por estas piezas, porque en muchos lugares la vida no vale nada». En opinión del realizador de La América insólita, de TVE, «con esto ocurre como con el chamanismo y otros asuntos parecidos: un 90 por ciento pueden ser mentira, pueden estar trucados o preparados, pero hay un 10 por ciento inexplicable. Y ya es bastante. Ya hay mucho en lo que trabajar».

El asunto de las tablas de oro, en fin, es muy controvertido y aunque la mayor parte de los especialistas desconfían de la verosimilitud de la historia del padre Crespi, aún hay quien defiende que algunas de esas piezas tienen algún viso de ser reales.

El padre Crespi murió hace algunos años y muy pocos han podido acceder a sus notas, a su legado y a la obsesión que tuvo este sacerdote por recopilar todo lo que tuviera que ver con la cueva de los Tayos.

Dos expediciones

A mediados de la década de 1960, un abogado de origen húngaro y asentado en Argentina, llamado Janos o Juan Moricz, viaja al Ecuador en busca de la mítica Biblioteca de Oro de los Tayos. Juan Moricz, en realidad, era un industrial minero y un contratista de obras. Por añadidura, realizaba negocios con los hallazgos arqueológicos que encontraba.

Este cazatesoros firmó un acta notarial en el despacho central de Cuenca (Ecuador). En ese documento parece sugerirse que el hallazgo fue casual, aunque el personaje invita a pensar que encontrar la cueva era un objetivo y no una coincidencia. Éste es el texto del acta: «Yo, Juan Moricz, ciudadano argentino por residencia, nacido en Hungría, pasaporte número 4361689, en la región Oriental, provincia de Morona Santiago, dentro de los límites de la República del Ecuador, he descubierto valiosos objetos de gran valor cultural y histórico para la Humanidad. Los objetos consisten especialmente en láminas metálicas que contienen probablemente el resumen de una civilización extinguida, de la cual no teníamos hasta la fecha el menor indicio. Los objetos se encuentran diseminados en distintas cuevas y son de la más variada naturaleza. He podido realizar el descubrimiento en circunstancias afortunadas: en mi condición de científico investigué aspectos folclóricos, étnicos y lingüísticos de las etnias ecuatorianas. Los objetos por mí encontrados presentan las siguientes características: 1. Objetos de piedra y metal de distintos tamaños y colores; y 2. Láminas de metal grabadas con signos y escrituras. Se trata aquí de una verdadera biblioteca metálica que podría acaso contener un compendio de la historia de la Humanidad como, asimismo, revelar el origen del hombre o dar noticias acerca de una civilización extinguida».

Moricz, al parecer, dio con ese enclave por la amistad que trabó con dos chamanes shuaras, que lo llevaron al lugar y le mostraron los presuntos tesoros.

Pablo Villarrubia Mauso, nuestro «último aventurero», nos explicaba que, a su entender, aquellas cuevas de los Tayos sí pudieron albergar algún tipo de tesoro arqueológico, pero en su opinión es probable que en la actualidad ya no se encuentre allí. «Quizá fue robado», concluye Villarrubia Mauso, «quizá hubo un pacto entre Moricz y los indígenas para trasladar el tesoro a un lugar más seguro. Y otros dicen que se ha escondido en otra cueva de la zona. Aquella es una zona con muchas cuevas, en las que se podrían ocultar esos objetos».

Moritz murió en 1991 en una expedición arqueológica, en los Andes argentinos.

La segunda expedición importante tuvo lugar en 1978 y fue dirigida por Stanley Hall. Este ingeniero escocés, en realidad, planteó una expedición arqueológica científica, a pesar de que fue el libro de Erich von Daniken lo que en principio le llamó la atención. Hall estuvo en contacto con Moricz, pero su sistema era academicista y cartesiano: estaba decidido a explorar todas las posibilidades de aquella cueva y zanjar la historia de un lado o de otro. Desde el punto de vista científico, como señala Chionetti, «fue una de las expediciones espeleológicas más grandes de la Historia».

Consiguió un buen registro de las cavidades de los Tayos, con un mapa preciso de su interior, estudió especies animales y vegetales, recogió pruebas geológicas y encontró algunas piezas arqueológicas de pequeño tamaño, sobre todo cerámicas.

¿Dónde estaba la Biblioteca de Oro?

En esta expedición, junto a un buen número de científicos y técnicos, iba el astronauta Neil Armstrong. Existen fotos que demuestran que el cosmonauta estuvo allí, en aquellas galerías. La cuestión es saber por qué. ¿Qué había llevado a Armstrong a aquel remoto paraje?

La historia de la singular peregrinación del astronauta estadounidense comienza —de nuevo— en el fabulador suizo Erich von Daniken: un grupo religioso de Utah leyó el libro que refería la historia de la Biblioteca de Oro y se quedaron prendados de la narración. Ese grupo eran los mormones. Según las invenciones del profeta mormón Joseph Smith, un ángel llamado Moroni le había mostrado un libro de oro y él lo había traducido para su comunidad (Book of Mormon). Una leyenda decía que el libro de oro original se encontraba escondido en las grutas de las montañas de los Andes, de modo que todo parecía conjugarse para que las profecías mormonas se verificaran. A Neil Armstrong lo acompañaron cuatro mormones. Lo consideraban una especie de «elegido» que los llevaría a la prueba definitiva de sus creencias. Y se asegura que fue esta secta religiosa la que proporcionó los fondos necesarios para que se llevara a cabo la expedición.

Sin embargo, ni Armstrong ni el jefe de la expedición, Stanley Hall, vieron la Biblioteca de Oro. Comprobaron, eso sí, que efectivamente existían unas galerías que parecían cortadas a cincel, a unos treinta metros bajo tierra en la Sierra de los Tayos. En esa expedición participaron varios ingenieros y ellos afirman que existe todo un complejo de redes subterráneas en el lugar. No hablan de un solo túnel, sino de un complejo perfectamente tallado y desde luego artificial. La importancia de la cueva de los Tayos reside en las construcciones arqueológicas que no tienen explicación natural.

En particular, hay estructuras arquitectónicas que han atraído las miradas de los especialistas, como el llamado «arco Von Daniken», que es una pared de ladrillos. O las técnicas de la piedra angular, para pulimentar y modificar la roca; técnicas que se encuentran en las ciudades precolombinas de Perú y en Egipto, y que se pueden ver en las profundidades de la cueva de los Tayos.

«En cierto sentido», explica Chionetti, el trabajo de Hall «fue una expedición fallida. Y no creo que Neil Armstrong estuviera muy enterado de que tal vez, a la vuelta de la esquina, en un recodo de la cueva, pudiera haber una biblioteca de láminas de oro que contaría la Historia de la Humanidad en época antediluviana».

Mitología: oro, cuevas y dioses

A pesar de todos los fraudes y mentiras, la leyenda de las cuevas de los Tayos sigue viva. Se habla de individuos que, tras haber visto la Biblioteca de Oro, fueron asesinados en circunstancias extrañas. Tal fue el caso, por ejemplo, de un tal Petronio Jaramillo, que fue tiroteado en 1999, seguramente por razones políticas.

También se habla de tribus peligrosísimas, aunque esto parece formar parte de la mitología de los expedicionarios del siglo XIX: «Algunas de las tribus indígenas podían tener una cierta peligrosidad hasta hace algunos años», asegura Chionetti. «Y ha habido casos de crímenes y muertes, pero es una zona tranquila. Lo que ocurre es que la guerra de 1995 y 1996 entre Perú y Ecuador produjo muchos cambios en el lugar… En este momento, el mayor peligro son las minas: esa zona fue minada por las partes en conflicto, Perú y Ecuador».

El interés en este mito obligó a la Administración ecuatoriana a realizar mapas y planos de la zona, aunque quizá también se ocultaban motivos estratégicos relacionados con las convulsas relaciones con los vecinos. «Por cierto», precisa Javier Sierra, «el ejército ecuatoriano había obtenido unas fotografías de las que Von Daniken se apropió para su libro».

Después de tantos hechos fraudulentos y de tantas falsificaciones, ¿cómo es posible que el mito siga vivo?

En primer lugar, la cuestión afecta a los intereses científicos. Como dice Javier Sierra, «no se tiene ni la tecnología, ni la motivación ni la subvención para explorar esos lugares». Juanjo Revenga y Nacho Ares coinciden en afirmar que este tipo de expediciones cuesta muchísimo dinero, en personal cualificado, equipos, permisos, etcétera. Hay que luchar permanentemente con las instituciones locales y, en cierto modo, con la población local. Si los especialistas realizan un hallazgo, ello supone un verdadero conflicto para las administraciones, que se ven obligadas a invertir en su protección, a crear museos o a fundar grupos de investigación locales. Eso, en países pobres, constituye todo un problema. Hay pirámides y conjuntos arquitectónicos perfectamente identificados y localizados en América, pero no hay dinero para mantenerlos y estudiarlos. Algunos arqueólogos prefieren que se mantengan así, ocultos, hasta que se den las condiciones apropiadas para su investigación.

Además, en el caso concreto de los Tayos, existe una imposibilidad física de acercarse a esos lugares en temporada seca, porque los caudales son muy escasos y es necesario esperar las crecidas de los ríos para adentrarse en la selva por vía fluvial: ir caminando por la selva es simplemente imposible. Y los conflictos armados en la zona no son desestimables: aunque aparentemente todo esté tranquilo, los roces entre los grupos militares pueden ser frecuentes.

El único medio actual de poder investigar estos lugares «secretos» parece ser la asociación con grandes empresas de comunicación, como Discovery Channel o National Geographic Channel, que financian expediciones contando con resultados económicos y publicitarios. Algunos especialistas piensan que esta metodología puede constituir una cierta «prostitución» de la arqueología, pero quizá no quede más remedio que unir la investigación científica y el espectáculo si se quieren obtener resultados positivos.

Así pues, la leyenda de los Tayos se engrandece porque, simplemente, resulta inaccesible y no se conoce bien.

Pero lo que verdaderamente mantiene viva la historia de la cueva de los Tayos es la tradición del oro americano. Eldorado, las Siete Ciudades de Cíbola, la provincia de la Canela y otras mil leyendas en las que se habla de tesoros maravillosos y enormes cantidades de oro han contribuido a perpetuar el mito. A esta idea se une otra muy popular desde la Antigüedad: las ciudades subterráneas.

En algunas historias se mezclan ambos argumentos, el oro y las cuevas. Por ejemplo, la que cuenta que los incas escondieron su tesoro ante la previsible conquista de los españoles en el siglo XVI. En las junglas de Madre de Dios, una de las selvas menos exploradas del planeta, hay en teoría «una ciudad perdida que se ha buscado miles de veces. Como no se ha encontrado, al final, se ha llegado a la conclusión de que es una ciudad subterránea, donde huyeron los incas con todos sus tesoros. Y eso es lo que se continúa buscando», subraya Juanjo Revenga. Este especialista añade además que ni la Ciudad Perdida de los incas ni la cueva de los Tayos son las únicas historias. Hay ciudades perdidas desde Estados Unidos hasta Tierra del Fuego. En Brasil, por ejemplo, en el distrito de Minas Gerais, se cuenta que una de las muchas cuevas que se abren en aquella zona comunica directamente con las estribaciones andinas. Y en Cuzco y Sacsayhuamán, la zona más visitada y turística de Perú, se asegura que las ciudades se comunican con túneles. «Y en ellos ha desaparecido muchísima gente. La gente que entraba allí no volvía a salir», explica Revenga. «Son túneles reales. Y en Honduras había una cueva donde desaparecieron muchas personas, pero como no había dinero para ir a buscarlas, allí se quedaron. El mito de Eldorado (o El Dorado) ha sido simplemente eso: los tesoros indígenas que se ocultaron en las selvas o en los túneles y que, presumiblemente, están ahí».

De modo que el fundamento de la leyenda es real. «Claro», afirma Nacho Ares, «son leyendas que tienen un principio de realidad. No son realidad en su totalidad, pero contienen un poso de verdad. En la leyenda de Eldorado conocemos todo el desarrollo de la historia, pero no conocemos el principio, ese principio de verdad. En la cueva de los Tayos, del mismo modo, puede haber un trasfondo de realidad que después se ha desarrollado, se ha extendido y ha aumentado hasta un tamaño exagerado. Pero la posibilidad de un tesoro en esas cuevas no es extraña ni extravagante».

La configuración geológica de América, al igual que sucede con otros lugares del planeta donde hay infinidad de cuevas y pasadizos subterráneos, permite justificar la idea de que fueran utilizadas en momentos de crisis como refugios. Además, en muchas ocasiones, tenían un significado especial desde el punto de vista religioso para aquellas culturas primitivas. De modo que, según los especialistas, es muy lógico que alguna de esas cuevas tuviera ese significado mágico y que algunas culturas antiguas depositaran en ellas su legado arqueológico, material, bibliográfico, etcétera. Puede que algún personaje local lo encontrara y de ahí naciera la leyenda. En todo caso, según Nacho Ares, «el problema es que no hemos conseguido asir ese principio real que nos daría la clave». Los túneles, las galerías, los pasadizos y las cuevas son paisajes recurrentes. En esos lugares se refugiaron los hombres primitivos, allí construyeron sus templos, allí decían que estaban las puertas del infierno; allí se escondieron eremitas y bandidos, allí se ocultaron tesoros, se encerraron criminales e inocentes; por esas galerías se escapaba de los castillos y las ciudades, etcétera, etcétera. Desde la pitonisa de Delfos, que dictaba sus vaticinios junto a una sima, hasta Julio Verne, que hizo descender por una gruta a sus protagonistas para encontrar el centro de la Tierra, la Humanidad ha mirado estos espacios como lugares de misterio.

En 1994, un equipo dirigido por Javier Sierra descubrió que las principales iglesias de Cuzco, construidas sobre los antiguos templos sagrados incaicos, se podían alinear en la ciudad, de parte a parte y en línea recta. «Eso entroncaba con una leyenda antigua que decía que a través de todos esos antiguos templos sagrados incas se podía acceder a un túnel que podría haber sido utilizado en tiempos de Atahualpa para esconder el famoso oro sagrado del Templo del Sol o Coricancha. La evidencia arquitectónica estaba a la vista de todo el mundo, nadie la había sabido ver, pero las fotos satélite evidenciaban que todas esas iglesias estaban alineadas. Años después se emprendieron las excavaciones en el convento de Santo Domingo (antiguo Templo del Sol en tiempos de los incas). Y hallaron evidencias de que efectivamente existió un túnel, ya hundido».

Finalmente, para que este mito de los tesoros perdidos de América permanezca vivo, es necesario añadir un elemento imprescindible: es una constante en todas aquellas civilizaciones la tradición según la cual los dioses descendieron del cielo —a veces envueltos en luces o en aparatos increíbles— y les legaron «algo». Esa historia, en buena parte de los pueblos americanos, hablaría de los principios de la especie humana, lo cual se vincula con las hipótesis de Erich von Daniken y las tablillas de la Biblioteca de Oro. Los enviados del cielo, o como quieran llamarse, no sólo contribuyeron al progreso de aquellas civilizaciones, sino que, al parecer, depositaron en ellas un bagaje cultural que en Occidente se considera mitológico. Esas culturas, esos pueblos indígenas, transmitieron su sabiduría de modo oral. Los niños escuchan las historias de los viejos porque, a su vez, ellos tendrán que contárselas a sus nietos. Es un hecho que parece común a todas aquellas civilizaciones: todo lo basan en alguien que vino del exterior.

Las entrañas de nuestro planeta esconden aún muchos tesoros por descubrir, pero los problemas se acumulan: financiación deficiente, errores en la investigación, falsificaciones, peligros objetivos en los accesos, incompetencia administrativa, etcétera. De modo que la conclusión popular es más que evidente: no se investiga y no se dan a conocer los resultados porque «alguien» no quiere que todos los secretos que esconde la cueva de los Tayos —y otras— se revelen. Es decir: «conspiranoia».