Belchite: voces de una tragedia
«Pueblo viejo de Belchite, ya no te recorran zagales, ya no se sentirán las jotas que cantaban nuestros padres».
Pintada anónima.
Belchite es un pueblo muerto. Ya no hay luz ni agua, ni nadie que pueda necesitarlas. Dicen que sus ruinas constituyen un monumento a la tragedia y al desastre de la Guerra Civil. Tras las cruentas batallas, el pueblo fue abandonado por orden del bando vencedor. Las ruinas, el cartel de la escuela, los garfios en los que se colgaba la carne en las calles, los platos en las mesas… Durante decenios aquel pueblo fue la fotografía de la guerra y permaneció exactamente igual que cuando los vecinos se trasladaron a un nuevo emplazamiento. Hoy Belchite es un pueblo vacío, pero… ¿estamos seguros de ello?
Hay investigadores que piensan que algo quedó suspendido en Belchite y que mucho tiempo después aún puede registrarse en los magnetofones y las grabadoras. Son voces que casi podemos identificar, voces que exigen, cantan, insultan… En otras ocasiones son sólo sonidos estremecedores de ametralladoras, baterías antiaéreas, bombardeos, cazas… Unas y otros parecen el lamento de aquellos que vivieron y quizá murieron allí, en un lugar que aún conserva las sombras de la tragedia.
El pueblo muerto
Belchite está situado al sur de la provincia de Zaragoza, a unos cuarenta kilómetros de la capital. Su historia se remonta al siglo II a.C. Durante la Edad Media fue centro administrativo y judicial de los repobladores musulmanes en Aragón. La población judía también fue importante en Belchite: allí levantaron sinagogas y se convirtió en su refugio durante las persecuciones posteriores. A finales del siglo XIV se construyó la iglesia de San Martín, de estilo mudéjar. Un siglo más tarde se edificó la iglesia de San Juan, con su esbelta torre del reloj.
En la Baja Edad Media, la población pasó a manos del duque de Híjar, que asumió también el título de conde de Belchite. Desde entonces, la familia ostentó un escudo de armas en el que aparecía una B orlada de laurel y con una corona ducal sobre ella.
En 1610, Felipe III ordenó la expulsión de los moriscos aragoneses de Belchite. En el siglo XVIII se construyeron los conventos de San Agustín y de los dominicos.
A pesar de su larga historia, la población de Belchite es conocida en la actualidad por la terrible batalla que se desarrolló en sus inmediaciones y en el pueblo durante la Guerra Civil de España (1936-1939). Emplazada en un lugar estratégico desde el punto de vista militar, los dos bandos en guerra centraron en ese punto sus esfuerzos, de cara a la conquista de Zaragoza y el dominio de la zona norte del país.
El 24 de agosto de 1937, el ejército republicano, al mando del general Pozas, inició una ofensiva para recuperar Belchite. Reunió a unos ochenta mil hombres, un centenar de carros de combate y doscientos aviones. La iniciativa tuvo éxito en principio, pero las fuerzas sublevadas (los llamados «nacionales») trasladaron a la zona un fuerte contingente militar para hacer frente a la ofensiva republicana. Tras cruentas batallas en Quinto, Codo y Belchite, las fuerzas de Franco rindieron la plaza el 3 de septiembre de 1937. El pueblo quedó prácticamente arrasado y se calcula que hubo unos seis mil muertos. Se aseguraba que la carnicería fue de tales dimensiones que los combatientes hacían barricadas con cadáveres y que, cuando aparecían en el horizonte los bombarderos, la gente huía pisando los despojos de civiles y combatientes.
El general Franco quiso mantener intactas las ruinas de Belchite como símbolo de su victoria, y ordenó construir un pueblo nuevo. Además, concedió a las ruinas la Cruz Laureada de San Fernando.
Existe también un Belchite subterráneo, ya que durante la guerra los lugareños excavaron pasadizos entre sus bodegas y túneles para esconderse y poder comunicarse.
Luis del Val, reputado escritor aragonés, autor de numerosos libros sobre la posguerra española, describió así sus impresiones ante las ruinas de Belchite: «Yo no había estado nunca allí. Había oído hablar de que habían ocurrido muchas cosas durante la guerra, lógicamente, pero… yo no estaba preparado para lo que había allí. Lo que te encuentras allí es exactamente el efecto de un pueblo después de haber sido bombardeado: las casas destruidas, los escombros, toda aquella estampa del horror…».
Este paisaje desolador, conocido hoy como el Belchite viejo o el pueblo viejo, está muy cerca del emplazamiento escogido por la facción vencedora para levantar el nuevo Belchite. «Dicen que la gente quería volver a reconstruir su pueblo antiguo», señala Del Val, «pero la ideología política no lo permitió y se ordenó que se levantara un pueblo nuevo para que todo el mundo se fuera a vivir allí. El resultado es un contraste. Puede imaginarse: un pueblo nuevo al lado de un pueblo fantasmagórico, que no es más que la imagen de la destrucción».
Los seguidores de Milenio 3 saben que no hacemos valoraciones políticas en el programa, pero en este punto sí vale la pena recordar que Belchite es un monumento a la violencia y a la guerra fratricida y, por tanto, un recuerdo permanente de lo que jamás debe ocurrir.
En la actualidad Belchite es un lugar de referencia para todos los periodistas y aficionados a los sucesos inexplicables. Quienes han estado allí ofrecen versiones contrapuestas e incluso contradictorias por lo que a sus sensaciones particulares se refiere. Desde el punto de vista de las impresiones personales, hay quien opina que las ruinas de Belchite rezuman sosiego y tranquilidad; otros sugieren que allí sólo se siente miedo y pavor. El periodista Carlos Gutiérrez pertenece a los primeros: «Algunas personas con cierta sensibilidad se sienten diferentes al entrar en el interior de lo que queda de la iglesia de San Martín, pero no es inquietud o malestar… Belchite no es un pueblo maldito. Es un pueblo mágico: no se tienen sensaciones de intranquilidad ni de inquietud, sino todo lo contrario. Pese a lo que ocurrió durante el trágico episodio de la Guerra Civil, es un lugar que rezuma tranquilidad». El compañero y también aragonés Ángel Briongos tiene una percepción bien distinta: «Un paseo por ese lugar es… tenebroso. Se siente miedo. Y eso que, como investigador, ya he visto muchas cosas. Pero… sí: allí se siente mucho respeto. Oscuridad. La oscuridad te invade y luego… están esas voces… ahí, que se dirigen a ti… y no tienes escapatoria. Es miedo lo que se siente».
Las voces perdidas
Marconi o Edison esperaban encontrar hace ya tantos años un sistema que reprodujese las palabras que se perdían en el aire. Es como si hubieran comprendido que el espacio —o el éter, en sentido clásico— fuese un inmenso disco duro. Tenían la teoría de que todas las palabras se quedaban suspensas en el aire y que podían ser registradas.
En 1986, un equipo dirigido por Carlos Bogdanich, de Radio Heraldo de Aragón, decide pasar una noche de luna nueva en las ruinas de Belchite. Y éste es el principio de una historia apasionante y estremecedora que cambiará la percepción de las psicofonías en nuestro país.
Carlos Bogdanich era y es un personaje importante en la divulgación de este tipo de temas, sobre todo en Aragón. Dirigió y presentó durante la década de 1980 un exitoso programa de radio llamado Cuarta Dimensión, que durante mucho tiempo fue el punto de referencia de todos los oyentes aragoneses que querían estar informados de estas cuestiones.
¿Por qué se eligió Belchite? ¿Por qué Carlos Bogdanich hizo aquella extraña elección? ¿No era más lógico acudir a los cementerios u otros lugares «clásicos»? «Lo cierto es que en Cuarta Dimensión recibíamos cientos de psicofonías y nos dimos cuenta de que nosotros aún no habíamos experimentado con ello. Si aparentemente sucedían esas cosas, ocurrirían en lugares donde había tenido lugar algo… fuerte. Y buscando algún lugar en Aragón… el lugar era Belchite».
Así de sencillo y, también, así de osado. Carlos Bogdanich decidió pasar una fría noche de octubre en aquellas tierras gélidas y duras para experimentar si en ese lugar podía registrar sonidos psicofónicos. Y se encontró la sorpresa de su vida. «En efecto», admite Bogdanich, «no lo esperábamos…».
Los resultados fueron estremecedores. Las cintas magnetofónicas habían registrado lo que parecían sonidos de otro tiempo, quizá los ecos perdidos de la Guerra Civil.
Voces de niños, lamentos, susurros, acusaciones, insultos, cánticos que parecen militares, indicaciones de rendición y sometimiento… el rosario de sonidos captados en las ruinas de Belchite es interminable. A veces son frases entrecortadas, pero ¿a quién pertenecen? ¿Quién sigue allí, sufriendo tormentos? La idea de la «banda sonora de la Guerra Civil» vuelve a presentarse cada vez que se oyen esas psicofonías. Para Ángel Briongos, estas impregnaciones, al menos, tienen un sentido: «Todo aquello que ocurrió pudo haber quedado impregnado en el ambiente. Fueron sucesos trágicos. En Belchite, durante aproximadamente quince días, murieron más de tres mil personas. Estamos hablando de un sufrimiento mayúsculo, de familias enteras completamente destrozadas. ¿Quién nos dice a nosotros que en ese plano paralelo íntimamente ligado al nuestro no quedan esas presencias, esas sensaciones, ese sufrimiento…?».
Las voces, la palabra, así registrada, resultan escalofriantes. Pero lo peculiar de las grabaciones de Carlos Bogdanich en la década de 1980 no eran precisamente las voces, sino ruidos y sonidos que podrían resultar aún más inquietantes.
En una grabación (se publicaron en CD junto a un número especial de la revista Más Allá) puede escucharse perfectamente el ruido de un automóvil. (No será necesario advertir que, durante la grabación, no había ningún automóvil allí). Suena como un coche viejo o, más propiamente, como un coche antiguo, e incluso parece que se aproxima al micrófono. Debería haber absoluto silencio y, sin embargo, puede oírse con claridad el ruido de vehículos o sonidos de vehículos antiguos que se acercan. «Cuando lo oí me quedé estupefacto», admite Carlos Bogdanich. «El sonido, claramente, es el de un coche. Mucha gente ha estado en Belchite y recordará que bajo las ruinas de una casa había un coche, cerca de la iglesia de San Martín. En aquella época, durante la guerra, había unas pocas familias que tenían coche allí. Quiero recalcar que el pueblo viejo era en su época uno de los pueblos más ricos de la zona, es decir, que estamos hablando de una zona donde la capacidad adquisitiva era importante. Era una zona rica en aquel entonces y había gente con coche. Y ese coche estaba allí, bajo unas ruinas, hasta que lo retiraron».
En otra de aquellas impresionantes psicofonías puede escucharse el sonido de un avión. Desde luego, no es un avión como los que sobrevuelan España en la actualidad. Al fondo pueden escucharse explosiones y disparos. «Lo consultamos con expertos y militares del Ejército del Aire y de Tierra, y de personas que habían vivido esa situación histórica», dice Bogdanich. «Y los técnicos y conocedores del armamento utilizado en la Guerra Civil centraban aquellos sonidos en la época: de acuerdo con las cargas y la tecnología, así sonaban las bombas de aquella época».
Durante la batalla de Belchite, un avión sobrevolaba la población un par de veces al día y arrojaba las bombas sobre las casas y los contingentes enemigos. Uno de los pilotos de aquellos aviones, según Carlos Bogdanich, era un vecino de un pueblo cercano.
Los militares que conocen la aviación de aquella época aseguran a ciencia cierta que el motor es un motor de pistón, es decir, nada parecido a los actuales y muy semejante a la tecnología de la aviación de principios de siglo XX. (En este punto, debo reconocer que los oyentes de Milenio 3 ofrecieron un repertorio de conocimientos bélicos realmente apabullante: cuando se emitieron estas psicofonías, muchos de ellos pudieron advertir el tipo de avión concreto al que remitiría aquel sonido y ofrecían explicaciones técnicas verdaderamente sorprendentes).
En esa misma psicofonía en la que puede escucharse el sonido de un aeroplano de hélices que parece planear, elevarse y descender, se pueden oír, de fondo, cañones antiaéreos. «De hecho, históricamente, a la entrada del pueblo viejo de Belchite, en una loma, aún está la zona donde estaba el cañón antiaéreo y desde donde disparaban al vecino del pueblo cercano que pilotaba aquel avión. Son referencias históricas ofrecidas por gente que vivió esa época», añade Bogdanich.
Parece la grabación de una de aquellas terribles batallas. Y sólo hay una cosa cierta: no había ningún avión sobrevolando el cielo de Belchite la noche que se realizaron las grabaciones y, por tanto, no debería haber ningún sonido de ese tipo en la grabación.
¿Cómo entender o cómo explicar estas psicofonías? En opinión de Javier Sierra, esos registros «ponen los pelos de punta incluso a los que estamos más acostumbrados a trabajar con lo paranormal, con lo extraño, con lo imposible. Y ésas en concreto tienen un toque extra. No estamos hablando de psicofonías en abstracto, de psicofonías vagas: estamos hablando de psicofonías asociadas a un lugar. Desde luego, no son grabaciones como las de siempre».
En efecto, como decía nuestro compañero, al oír la grabación de ese avión amenazante «dan ganas de echarse cuerpo a tierra. No estamos hablando de una película. Ante ese sonido aterrador, uno se pone en la piel de los vecinos de Belchite durante las incursiones de la aviación, que debían de ser terribles. Debían de sentirse indefensos…».
Es necesario subrayar que esos sonidos no se estaban escuchando en el momento en que se registraban: quedaron grabados en una cinta, pero ni Carlos Bogdanich ni los técnicos oyeron nada.
Uno de los investigadores que tomó el relevo de Bogdanich en Belchite fue nuestro compañero y presidente de la Sociedad Española de Investigaciones Parapsicológicas, Pedro Amorós. Catorce años después de las míticas grabaciones de Bogdanich, este experto ingeniero informático —cuenta con un inmenso archivo de este tipo de incursiones sonoras— se desplazó finalmente a Belchite. «No me esperaba encontrar aquello. Para mí Belchite fue un impacto muy fuerte, tanto a nivel personal como a nivel profesional. Fui con un equipo e intentamos grabar psicofonías, como era obvio, después de lo que había ocurrido catorce años antes. Y cuál fue nuestra sorpresa cuando comprobamos que se habían registrado voces impresionantes, en distintas grabadoras. Algunas eran muy fuertes y muy claras, y otras, habiéndose grabado en el lugar, luego se desvanecían. Para mí Belchite representó un impacto muy fuerte».
Es necesario advertir que las psicofonías que registró Amorós son completamente distintas a las grabaciones de Bogdanich. En principio, porque el equipo de Amorós planteaba preguntas y, al parecer, algo contestaba… «Las psicofonías que grabó Bogdanich nos trasladaban a un momento, a una situación, como un fusilamiento, unos disparos, un avión», admite Amorós. «Pero cuando se expone una inteligencia que se dirige al investigador o que responde a las preguntas que se le hacen, la verdad es que entonces te echas las manos a la cabeza: lo que quiera que sea lo que esté respondiendo sabe dónde estoy, sabe cómo me llamo y sabe qué estoy haciendo».
Bogdanich subrayaba que este método obligaba a entender esas nuevas psicofonías desde una perspectiva más relacionada con lo espiritual. «Las nuestras eran los sonidos de la época».
Una de las psicofonías registradas por Amorós decía: «Vive en pecado este hombre…».
Parece la voz de una anciana, pero las voces psicofónicas son muy difíciles de caracterizar. Sin embargo, según los expertos, aquí se daban algunos aspectos sonoros relevantes que podría hacer pensar en una persona anciana.
«No hay más que una vida…».
Algunos entienden aquí «No hay más que claridad…» y otros ofrecen distintas opciones. «Esta psicofonía también nos puso los pelos de punta», recordaba Pedro Amorós, «porque estábamos haciendo preguntas en torno a la vida y la muerte, en torno a la existencia del alma, sobre si perduraba algo. Y nos respondieron eso. Yo, realmente, me quedé perplejo, en primer lugar por la interacción pregunta-respuesta y, en segundo término, por el contenido de la propia psicofonía».
Una de las psicofonías más impactantes registradas en Belchite dice: «Rendíos».
Esta ha sido motivo de debate, porque en ocasiones se ha dejado caer que parece la voz de Francisco Franco. Desde luego, no se puede asegurar nada al respecto, aunque el tono lánguido de la voz parece sugerirlo.
Los registros sonoros en Belchite, como se ha advertido, son numerosos. David Marín Gadea, utilizando sistemas digitales, grabó en 2002 una psicofonía que decía lo que muchos han sentido en mitad de la noche y las ruinas: «Vámonos de aquí».
Terror en Belchite
Carlos Bogdanich recordaba que aquella noche de octubre le aconteció algo sobre lo que sólo ha meditado años después: «Terminada la grabación, hacia las cuatro y media de la madrugada, el técnico de sonido, Ricardo Martínez, y yo comenzamos a recoger todo el equipo. Aún no sabemos por qué, pero en plena oscuridad, con mucho frío y con niebla, nos empezamos a dirigir los dos como autómatas a la torre del reloj. Llegamos arriba sin saber por qué y volvimos a bajar. La torre del reloj está en situación de ruina total. Y nos metimos como gatos entre las ruinas, los peldaños destrozados, las maderas rotas, y cuando bajamos y cogimos el coche, nos preguntamos por qué habíamos subido. Había sido una locura. Incluso de día se comprende que es una locura subir allí. Quizá fue la carga emocional tras haber pasado toda la noche en aquel lugar. Algo nos llamó para que subiéramos allí. Nos jugamos la vida sin saber por qué».
En torno a la iglesia, donde se han obtenido la mayor parte de las psicofonías, y las mejores en alguna medida, parece concentrarse la energía que propicia esta serie de acontecimientos sobrecogedores. Carlos Gutiérrez Tutor recordaba para Milenio 3 un episodio horroroso que protagonizaron un grupo de aficionados al esoterismo. En efecto, desde que Carlos Bogdanich hizo públicas sus grabaciones, muchas personas acudieron por curiosidad a la localidad de Belchite. «Hubo un grupo de personas que fueron allí y acamparon en un lugar muy especial, aunque ellos no lo sabían. Junto a la iglesia de San Martín. Estaban acampados, dentro de la tienda, y todos vieron cómo una especie de dedo o rama o algo que no supieron identificar desgarraba la tienda de campaña de arriba abajo. De inmediato, varios salieron con linternas… pero no vieron ni escucharon nada».