Miguel-Ricardo de Álava y Esquivel (1772-1843) siguió como embajador en el VKN hasta julio de 1819, pasando en París la mayor parte del tiempo. Allí, el 9 de marzo de 1816, se le impuso el hábito de la Orden de Santiago y se convirtió en comendador de Hornachos. El 3 de junio de 1817 recibió la Cruz de Oro de 1.ª Clase de la Orden Nacional de San Fernando;[248] le había sido concedida por sus méritos en la batalla de Vitoria, y por deferencia de SCM venía costeada por la Casa Real —el reglamento de la orden, de agosto de 1811, establecía que las cruces concedidas a jefes y oficiales deberían ser pagadas por los recipiendarios—; era otro guiño de Don Fernando, deseoso de hacerse con su alma, y como tal se lo tomó. Regresó a Vitoria en julio de 1819, con licencia por enfermedad. No tenía nada grave, pero la situación del país se había vuelto apasionante; ni se la quería perder ni verse fuera de las oportunidades que pudieran plantearse, ni dejar de proteger a su familia de un sartenazo de Su Cristiana Majestad. Cinco meses después, el 1 de enero de 1820, el coronel Rafael de Riego se sublevó en Las Cabezas de San Juan, reclamando la Constitución de Cádiz, abolida por SCM en 1814. Fue la primera de incontables algaradas y pronunciamientos, al punto que a Don Fernando, acorralado, no le quedó más opción que plegarse ante lo inevitable y aceptar, el 8 de marzo del mismo 1820, la vigencia de la tal Constitución, expresando su famoso pensamiento de aquella mañana, «marchemos francamente, yo el primero, por la senda constitucional», dando paso así a lo que la historia llamaría Trienio Constitucional.

El primer gobierno bajo la Pepa, presidido por Evaristo Pérez de Castro —hasta poco antes ministro en las ciudades hanseáticas; él y Álava se comprendían bien, por ser más desterrados políticos que verdaderos embajadores—, convocó elecciones. Álava no se presentó, pese a recibir apoyos de todas las facciones, las cuales se agrupaban en «doceañistas» o moderadas y «veinteañistas» o exaltadas. Se le propuso ponerse al frente de la milicia —una guardia nacional a la española—, y así preservar la precaria paz del país, lo que terminó por aceptar aunque nada convencido de que con el caos imperante pudiese hacerse mucho. El 18 de diciembre de aquel 1820 Pérez de Castro le ofreció la embajada de París, necesitado como estaba de apoyos internacionales y de compensar la desfavorable influencia que los enviados de Don Fernando ejercían en la reaccionaria corte de Louis XVIII. Tras pensárselo declinó el nombramiento, alegando mala salud, si bien lo que sentía era una profunda desconfianza. Los enfrentamientos entre moderados y exaltados producían una España ingobernable, y lo último que un embajador honesto podría representar era un gobierno en el que no confiara.

En septiembre de 1821 aceptó la capitanía general de Aragón. Tras eso, y ante una nueva convocatoria electoral, se presentó por Vitoria. Resultó elegido por clara mayoría, pues contra su nombre y en su ciudad era imposible competir. Así, con su acta de diputado y tras renunciar a la capitanía general, arrumbó a Madrid más aprensivo que ilusionado pero dispuesto a trabajar. El 1 de mayo de 1822 fue nombrado presidente de las Cortes en sustitución de Cayetano Valdés, con setenta y tres votos a favor —los de la familia moderada— contra sesenta y nueve —los de la exaltada—; no lo fue mucho tiempo, ya que renunció el 31 del mismo mes, asqueado del vergonzoso comportamiento de sus verduleros colegas, en absoluto digno de un parlamento civilizado. Se quedó en su escaño sin apenas participar, aunque volvió a dirigir la milicia nacional el siguiente 7 de julio, cuando la Guardia Real se sublevó en Madrid, acabando su asonada en un combate contra la milicia, dirigida por Álava —se le nombró por ello Benemérito de la Patria—, en la usualmente pacífica Plaza Mayor. Ante aquella toma de posición de SCM, en cuya neutralidad nadie confiaba, volvió a caer el gobierno —el séptimo y último de moderados cautos, cuya cabeza era Francisco Martínez de la Rosa—, para formarse uno de volcánicos exaltados presidido por Evaristo San Miguel; sería el primero de los siete que padecería la desdichada España en lo que aún faltaba de Trienio Constitucional. Álava dudaba que fuese a durar más allá de unas semanas, pues las advertencias de Wellington eran inequívocas: como no logréis calmaros, y neutralicéis a Fernando, alguien os invadirá; no seremos nosotros, aunque tampoco nos opondremos.

El congreso de Verona comenzó el 20 de octubre de 1822. Participaron Austria (representada por el Fürst Metternich), Rusia (el Zar Alexander y el conde Nesselrode), Inglaterra (Wellington), Prusia (el Fürst Hardenberg y el conde Bernstorff) y Francia (el duque de Montmorency-Laval y François-René Chateaubriand). El problema español era el tercero del orden del día —pesaban más el de Italia y el de Turquía—, pero aun así se le prestó atención. No se tardó mucho en acordar que si Francia veía peligro de que se le contagiase una nueva y detestable revolución liberal a la española estaba en su derecho de protegerse, invadiendo España y devolviendo a Fernando de Borbón su poder absoluto. Salvo Inglaterra, que prefirió quedarse al margen —al no disfrutar un sistema de corte absolutista no encontraba razones para perseguir a los que no quisieran uno—, las potencias acordaron retirar sus embajadas de Madrid, tras advertir al gobierno español, si se le pudiera llamar así, que o deponía su capricho de padecer una constitución liberal o se verían obligados a intervenir.

Francia despachó un ejército de cuatro corps d’armée a las órdenes del Duc D’Angoulême, muy satisfecho con la misión porque la campaña sería un paseo militar y su prestigio como gran héroe de la patria se pondría, en consecuencia, por las nubes. La única incógnita, la posible reacción del populacho —los soldados franceses de 1823 eran tan franceses como los de 1808 a 1813; algunos incluso eran los mismos, y a ninguno se le había olvidado la peculiar forma de combatir que tenían los guerrilleros y la maestría de las mujerucas de los pueblos a la hora de trocear gabachos—, la despejó Wellington, que lo sabía todo de luchar en España, con españoles y contra españoles. A su juicio, lo único que D’Angoulême debería cuidar sería no dar un paso sin poner el oro por delante, pagando religiosamente hasta la última hogaza que consumiera su ejército. El mejor antídoto contra el fanatismo patriótico español, en su experiencia, era el dinero en metálico. Bonaparte cometió un gravísimo error al requisar por las malas todo lo que necesitaba su enorme fuerza de doscientos setenta y cinco mil hombres, los cuales, no debía olvidarse, entraron en España no sólo de un modo pacífico, sino pagando. Los alborotos comenzaron cuando Bonaparte mandó cerrar la bolsa de los napoleones, cosa que Wellington tuvo en cuenta las dos veces que invadió Francia, siempre con el saco de las guineas abierto de par en par. Si D’Angoulême ponía cuidado en ese particular detalle tendría garantizado llegar a Cádiz en menos tiempo que Soult, disparando muy pocos tiros y sin apenas bajas.

D’Angoulême le hizo caso, y así, el 7 de abril de 1823, sus flamantes cien mil hijos penetraron en España por los límites oriental y occidental de los Pirineos. Se dirigió primero a Madrid, tras aplastar la episódica resistencia que ofrecieron unos cuantos regimientos despistados, y de allí siguió a Cádiz, donde se refugiaban el gobierno y los diputados, los cuales se habían llevado con ellos a un aterrado Fernando, que unos días se veía colgado y otros fusilado. Hacer de su temor realidad era la corriente de opinión mayoritaria, pero algunos de los más influyentes —costaba serlo en medio de aquel caos—, como el almirante Valdés y el general Álava, sostenían que no, que convertir a Fernando en un mártir al estilo de Louis XVI no tendría ninguna consecuencia positiva y sí muchas negativas. A eso se debió que le salvaran el pellejo, si bien y para ello debieron llevarle desde Cádiz al Puerto de Santa María en una falúa comandada por ellos mismos, Álava y Valdés; nada más dejar el bulto en tierra les bastó una expresiva mirada de SCM para dar todo el velamen y arrumbar a Gibraltar a su máxima velocidad. Aquello tuvo lugar el 1 de octubre de 1823, fecha en que acabó el patético Trienio Liberal, donde la exaltación, la crispación y la falta de serenidad de la clase política privó a España de su mejor oportunidad para volver a ser un gran país. Así comenzó lo que años después se dio en llamar Década Ominosa, en la cual SCM Don Fernando VII de Borbón implantó un régimen de terror tan absoluto como su fórmula política. En cuanto al Duc D’Angoulême, su aventura le salió prodigiosamente bien. Sufrió poquísimas bajas, el coste no llegó a la cifra presupuestada y cuando regresó a Francia lo hizo en loor de multitud, muy animada por un canto laudatorio que le dedicó su rendido admirador François-René de Chateaubriand:

Por aplastar a los españoles en un paseo,

por tener éxito donde Bonaparte fracasó,

por triunfar en la misma tierra donde los ejércitos de aquel gran hombre

sufrieron la adversidad,

por hacer en seis meses lo que él

no pudo hacer en siete años,

esto es una gran maravilla.

Por fortuna para Miguel de Álava los muchos amigos que había hecho en sus diez años de asociación con Wellington le permitieron no ya salir del paso, sino vivir bastante bien pese a que sus propiedades fueron incautadas por el primer gobierno de Don Fernando, el presidido por Víctor Damián Sáez y Sánchez-Mayor. Álava, previsor, había sacado del país una cierta parte, intuyendo lo que a él y a España se les venía encima, pero el caso fue que al llegar a Plymouth en una fragata británica, donde por si fuera poco se había machacado una cadera quedando seriamente averiado, no tenía un céntimo. Tampoco le haría falta, pues en el muelle le aguardaba el propio Wellington. De allí siguieron a su residencia de Stratfield-Saye, Hampshire, donde le había reservado una casa equipada con todo lo que pudiera necesitar un caballero, incluyendo su propio mayordomo. Allí viviría el general hasta 1826, al principio a las plenas expensas de Wellington y después a las suyas propias, cuando pudo comenzar a ganarse la vida.

En 1826 se mudó a Tours, porque la salud de doña Loreto no le permitía disfrutar el maravilloso clima inglés. No le costó conseguir de Charles X el permiso para residir allí —de la gestión se ocuparon Wellington y Talleyrand—, pues por mucho que se hubiera significado en la defensa de un sistema liberal, tanto él como D’Angoulême tenían presente que de no haber sido por él Fernando VII se habría unido al club fundado por Edward II de Inglaterra, del que su hermano y tío Louis XVI era el socio más reciente. La vida en Tours era distinta, pero en general agradable. La salud le mejoró —su mujer no era la única en agradecer que allí lloviera menos— gracias a los excelentes balnearios franceses, y así vivieron hasta 1833, cuando el 29 de septiembre la Divina Providencia se llevó a un Fernando de Borbón tan echado a perder que pese a sólo tener cuarenta y nueve años parecía un anciano decrépito.

Álava supo semanas después que, por resolución de la reina regente de 15 de octubre, había sido amnistiado. Al momento salió para Madrid, dejando a su mujer en Vitoria. Nada más llegar se supo propuesto para el Consejo de Estado y para prócer del reino; el secretario de Estado, Francisco Cea Bermúdez, le ofreció la embajada en Londres, donde se cocían asuntos de gran interés para España. Su reacción fue favorable, aunque antes de comprometerse quiso verificar la estabilidad del gobierno Cea, encontrando que no era pétrea. Su sucesor, nombrado el 15 de enero de 1834, era un viejo conocido suyo, Francisco Martínez de la Rosa, y aunque no le inspiraba demasiada confianza le dijo que sí. Aún tardaría en incorporarse, pues el placet se demoraba por la desconfianza de Palmerston, ministro whig de Asuntos Exteriores, en el notorio amigo personal del peor enemigo de su gobierno, Wellington. El asunto llevaba camino de pudrirse cuando Melbourne cesó pillando a todo el mundo de sorpresa, empezando por Sir Robert Peel, de viaje por Italia, lo que dio lugar a que durante unos meses Wellington volviese a ser premier. Inglaterra concedió el placet nada más llegar Sir Robert. El 16 de enero de 1835 la reina regente le designó embajador extraordinario en la corte británica, para gran alegría de sus numerosos amigos ingleses, empezando por el encantado Wellington, a la sazón secretario de Asuntos Exteriores. Era la culminación de su carrera diplomática, pero ya tenía sesenta y tres años bastante castigados por sus muchas heridas de guerra; intuía que su vida pública no sería muy larga, y la personal tampoco, pero aun así se aplicó cuanto pudo en obtener las mejores condiciones en los contenciosos con Inglaterra, casi todos concentrados en la nefasta guerra civil que asolaba el país. La situación era tan inmanejable que meses después, el 7 de junio de 1835, Martínez de la Rosa presentó su dimisión. La reina regente ofreció el puesto a José Queipo de Llano, también moderado, pero éste cayó cuatro meses después. Los progresistas, conducidos por Mendizábal, apostaron por Álava, cuyo prestigio excedía con creces el de todos ellos. La reina regente lo aceptó, pero al llegar la comunicación a Santander, donde se hallaba el general, pues había venido desde Londres acompañando a la British Legion, la declinó en el acto, alegando que dada su mala salud serviría mejor a España desde su puesto en Londres que presidiendo el gobierno. Eso dejó el campo libre a Juan Álvarez Mendizábal, que tampoco lograría estabilizarse, pero al general Álava todo eso le daba igual. Sólo pensaba en retirarse, aunque se vio forzado a dejar la embajada de Londres y hacerse cargo de la de París, donde las relaciones con el gobierno de Louis-Philippe eran calamitosas, por su apoyo descarado al infante Carlos María Isidro. Su gestión tuvo éxito, consiguiendo autorización para que las guarniciones leales cercadas en los puestos fronterizos se aprovisionaran en Francia, o buscasen allí cobijo para no caer prisioneros de los carlistas. Si la situación en España hubiera sido estable sus éxitos diplomáticos le habrían lanzado a lo más alto, pero como era desastrosa nadie prestó atención; para todo el mundo era más interesante la sublevación de la guardia real en la Granja de San Ildefonso, la que tuvo lugar el 12 de agosto del fatídico 1836, cuyo resultado fue la segunda resurrección de la Pepa y la caída del gobierno moderado que desde hacía tres meses presidía Francisco Javier de Istúriz. El golpe lo inspiró el partido progresista, lo cual dio lugar a que Álava, muy asqueado, dimitiera de su cargo y volviese a Tours. La reacción del nuevo gobierno, presidido por José María Calatrava, fue desposeerle de sus honores y prebendas, aunque dos años después, tras volver los moderados al poder, presididos por el incombustible Bardají, se le devolvieron en su totalidad, paso previo a pedirle se ocupara de la embajada en Londres, lo que aceptó el 14 de julio de 1838, con la misión de resolver de la manera más económica posible un gran entuerto financiero, la liquidación de los picos, palas y azadones de la British Legion. Terminada la guerra civil y con la reina marchando al exilio, expulsada por el brioso general Espartero, presentó la última de sus renuncias el 20 de marzo de 1841. No regresó a España de inmediato; prefirió dar un largo rodeo, visitando amigos y recorriendo lugares llenos de recuerdos; para su mujer era evidente que se despedía de la vida, lo que le causaba una gran pena, pero verle padecer sus múltiples dolencias le daba mucha más. Llegó a Vitoria el 8 de junio de 1843, con las justas fuerzas para renovar su testamento, dar cuenta de sus planes al ministro de la Guerra —los tenientes generales no se retiran nunca— y salir para Barèges, un balneario de los Pirineos al pie del Col de Tourmalet donde quizá lograse aliviar sus tormentos. Allí falleció el 14 de julio, sin apenas sufrir. En realidad, se lo llevó el agotamiento.

Recibió sepultura en el propio Barèges. Años después, en junio de 1884, sus restos fueron trasladados al cementerio de Vitoria, junto a los de su esposa. De allí ya no se han movido.

Dos siglos después del gran año de su vida son muy pocos los que se acuerdan del general Álava. En su ciudad le dedicaron una estatua muy poco afortunada, en el portalón de la Diputación Foral, y otra de mármol en el monumento conmemorativo de la batalla de Vitoria, en la Plaza de la Virgen Blanca, pero ésta es tan imprecisa que la mayoría de los que se acercan a verla piensan que se trata de Wellington y no del que salvó a Vitoria del saqueo británico. Salvo en Vitoria no hay muchos colegios, plazas, avenidas, calles o monumentos que honren su memoria, de haber alguno. Quizá sea el destino que merece no sólo por haber sido uno de los más grandes españoles de su tiempo, sino uno de los primeros auténticos europeos de nuestra torturada historia.

Álava, por Sir George Dawe

ILDEFONSO ARENAS

Majadahonda, octubre de 2012

Álava en Waterloo
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