La asociación de Carl-Gottlieb von Clausewitz (1780-1831) y Gneisenau se hizo más estrecha cuando Friedrich-Wilhelm confió al segundo el nuevo Rheinarmee, con Clausewitz como su Generalstabschef. A éste le ilusionaba su trabajo, donde la tarea más complicada sería moderar el impulso de Gneisenau, el de pensar que la guerra volvería en cuestión de meses. Era la mayor diferencia entre Scharnhorst, el maestro, y Gneisenau, el mentor. Aquél, rey de la organización, se ocupaba de que las armas prusianas estuvieran preparadas cuando llegara el momento; Gneisenau, genio del ataque, planeaba el antes y el después. Así, mientras Scharnhorst preparaba las fuerzas que habrían de luchar la próxima guerra, Gneisenau ideaba el mejor modo de agredir sin previo aviso a los posibles enemigos, consciente de la debilidad de Prusia, de su incapacidad de sobrevivir a una guerra de atrición y de la necesidad de acabar con el contrario de un golpe brutal y definitivo. Si Scharnhorst opinaba que la misión de la guerra era facilitar la diplomacia, volviendo a ella en cuanto fuera posible, Gneisenau optaba por destruir al adversario, de modo que no pudiera obtener por la fuerza lo que no consiguiera negociando. Con la mentalidad de Scharnhorst las campañas de 1813, 1814 y 1815 no habrían alcanzado el éxito del que todos en el KPA estaban tan orgullosos, pero Clausewitz temía que Gneisenau ya planease la de 1816, y la de 1817, y la de todos los años hasta que algún día reventase. Su misión era moderarle y aplacarle, disuadiéndole de marchar contra los franceses, o los daneses, o los austríacos o, lo que más horror le causaba, los rusos. Le apenaba reconocerlo, pero para su amigo los vecinos eran potenciales enemigos contra los que un día u otro debería lanzarse, y mejor no al frente de un débil ejército prusiano, sino de un devastador ejército alemán.

La retirada de Gneisenau supuso para Clausewitz una gran decepción. De ser un tipo feliz pasó a trabajar con un comandante que, sin mirarle mal, se sentía mejor con otros. A eso se debió que a los pocos meses concluyera su relación con un Rheinarmee cuya orientación estratégica difería notablemente de la concebida por Gneisenau. De ahí su alegría cuando en 1818 éste aceptó ser gobernador de Berlín. Desde aquel momento sólo se separarían el 24 de agosto de 1831, cuando un abatido Clausewitz cerró la tapa del ataúd de su amigo, al que había vestido él mismo aceptando que aquello le costaría una cuarentena en Kobylepole, un suburbio de apestados. Allí comenzó a descender los peldaños de una profunda depresión. Insensible, adusto, antipático y de talante peor que glacial, daba con ensalzable precisión la imagen de un oficial prusiano tan odioso como arquetípico, sin apenas amigos y pensando de sí mismo que se veía rodeado de anormales. El nombramiento del General der Infanterie von dem Knesebeck como nuevo comandante del Ostarmee lo acabaría de redondear, pero Knesebeck, que comprendía sus sentimientos, sabía que la razón de ser de aquel ejército se desvanecía por momentos, pues las fuerzas de Paskewitsch-Erivansky acababan de reducir a cenizas la desdichada Varsovia, con lo cual la sublevación se podía dar por liquidada. Para lo poco que iban a coincidir no valía la pena enemistarse, debió de pensar, y con razón, pues a finales de octubre los dos ejércitos, el ruso y el prusiano, estaban de vuelta en sus cuarteles. Clausewitz llegó el 7 de noviembre a su casa de Breslau, en muy baja forma, pero se las apañó para ofrecer una estampa mejor cuando a las pocas horas llegó su mujer, que venía de Berlín preocupada por la depresión, si no desesperación, que se reflejaba en sus cartas. Nueve días después, cuando parecía que se recuperaba, se sintió mal hacia mediodía; se acostó mientras su esposa mandaba buscar a los médicos de la guarnición, que sin apenas profundizar diagnosticaron cólera. Lo sería o no —algunos opinaron, después, que fue un ataque cardíaco—, pero al anochecer Clausewitz se reunía con Scharnhorst y Gneisenau. Ahí habría concluido su historia, con lo que dos siglos después sería un desconocido más, apenas el ocupante de una pequeña casilla, la del Stabschef del III Armeekorps el día de Wavre, pero Marie von Brühl pensaba invertir sus últimas energías en que su esposo se volviera una de las más admiradas celebridades de la historia militar. No lo hizo sola, sino ayudada por su hermano Heinrich y dos amigos de su marido, el Generalmajor Gröben y el Major O’Etzel. En cuestión de meses organizaron sus escritos en una colección de ocho tomos que denominaron Hinterlassne Werke über Krieg und Kriegführung, de la cual los tres primeros constituirían el famosísimo Vom Krieg,[246] el cuarto describiría la campaña de Italia de 1796-1797, el quinto y el sexto relatarían las de 1799-1800 en Suiza e Italia, el séptimo hablaría de las guerras de 1812 a 1814 y el octavo, por fin, detallaría la campaña de Valonia. En 1835, tras publicar el último volumen y cuando Vom Krieg era no sólo un éxito entre los militares prusianos, alemanes y austríacos, sino entre los rusos —los primeros que lo tradujeron—, Marie von Clausewitz se dejó ir, exhausta. Falleció en Dresden el 28 de enero de 1836. Los suyos la enterraron en Breslau junto al gran amor de su vida, el Generalmajor Karl von Clausewitz.

En la obra de Clausewitz se mezclan el relato analítico de unas campañas vistas desde los ojos de un oficial de estado mayor a la prusiana, con unas ideas filosófico-morales que no siempre partían de sus agudos razonamientos. Los principios esenciales no eran suyos, sino de sus maestros, lo que nunca trató de ocultar; la obra de Clausewitz es, en síntesis, el compendio de los criterios y las ideas de los dos grandes soldados combinados con los suyos propios, que a menudo no son más que ampliaciones o extensiones de conceptos parcamente formulados por los otros, que a su vez sólo pretendían ser entendidos por profesionales, no por profanos. La sabiduría encerrada en esas páginas se convirtió en la base sobre la que los sucesivos estados mayores del KPA construyeron su estrategia. Cuando no muchos años después los ejércitos prusianos aplastaron a sus equivalentes daneses, austríacos y franceses en tres campañas vertiginosas, se puso de relieve lo bien que habían aprovechado el regalo que les hizo Marie von Clausewitz. La tercera, en 1870, fue definitiva, cuando un ejército conducido por el Generalfeldmarschall Helmut von Moltke derrotó al ejército principal francés, mandado por su emperador Napoleón III en persona; lo hizo en Sedán, el lugar donde Gneisenau había puesto su dedo cincuenta y cinco años antes. Meses después el König Wilhelm fue coronado Kaiser del II Deutsche Reich en el château de Versailles, el mismo Wilhelm von Preußen que al frente de la caballería del IV Armeekorps se había lanzado por las laderas de Chapelle-Saint-Lambert contra las posiciones francesas en Plancenoit. Ese día, el seco Generalfeldmarschall no tuvo reparo en afirmar que la clave de hallarse allí, asistiendo a ese acto histórico, estaba en las páginas de Vom Krieg.

Coronel Karl-Gottlieb von Clausewitz

Álava en Waterloo
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